El mes de noviembre y una parte de diciembre habían transcurrido
con tal rapidez que resultaba increíble pensar que la noche de muertos hubiera
quedado tan atrás. Aún parecía que
habían pasado algunos días apenas desde tal evento.
En la mansión las coronas con ramas secas y hojas comenzaron a ser
suplantadas por guirnaldas de un verde muy oscuro adornadas con moños. Los salones
fueron poco a poco llenándose de cristales brillantes que emulaban gotas
congeladas, así como ramas secas pintadas de blanco. El invierno aún no
llegaba, pero entre la gente de la mansión ya se respiraba un ambiente festivo.
Incluso en el pueblo la gente se preparaba para las celebraciones
venideras. Las calabazas sonrientes que habían adornado escaparates y ventanas
desaparecieron, dando paso a pequeños pinos decorados con esferas y frutas en
miniatura, entre otras variedad de adornos. Algunos negocios de la calle
Nightshade pusieron guirnaldas plateadas en los dinteles y aleros. Apenas eran
unas pocas las decoraciones que hacían su aparición, pero auguraban que en los
días cercanos el pueblo estaría cubierto hasta el último rincón.
Sin embargo, para Edward, todo humor festivo se desvaneció una
tarde en que Leonard llegó apresurado al salón de casilleros. Le dio una
palmada enérgica en la espalda. Éste se volvió desconcertado.
—Tenemos que hablar —dijo su agitado compañero —. Nos vemos en
Cuerno y Escama en unos minutos. No tardes.
La tensión en su voz hizo que el muchacho se preocupara. De
inmediato junto sus listas, metió el abrigo y la hoz en el casillero, apresuró
el paso para entregar sus documentos y procedió a volar hasta la taberna.
—¡Buenas noches, señor Blackwells! —lo saludo Angus, jubiloso.
—¿Cómo estás Angus? —saludó Edward, alzando la mano.
—Todo excelente. ¿Le sirvo lo de siempre?
Vislumbró a Leonard a la luz de la chimenea en su mesa usual. Su
rostro estaba retraído en una mueca preocupante.
—Creo que esta noche quiero algo más fuerte —dijo, acercándose a
la barra —. Ponle unas gotas de cicuta a mi trago de siempre.
Angus lo miró asombrado.
—A sus órdenes, señor —respondió, aún incrédulo.
Edward de inmediato se dirigió a la mesa. Leonard ni siquiera lo
saludo.
—¿Qué demonios fue lo que hiciste? —lanzó, con apretando el tarro
con su puño.
—¿De qué estás hablando? —inquirió el muchacho, con los labios
fruncidos.
—Darkus está como loco. Dice que la gente del circo vino a verlo
hace unos días. Estaban furiosos porque alguien destruyó el altar de la diosa
Ixális —al terminar de hablar, se llevó el tarro a la boca.
Edward sintió que el pecho le iba a reventar. La cabeza le dio
vueltas.
—Entonces ya lo sabe —dijo en un hilo de voz.
—No sé si lo sepa. Sólo sé que estaba muy consternado al respecto.
Les aseguró que buscaría al culpable y lo haría pagar por ello. Hasta ahora no
creo que haya ido en persona a revisar el lugar. Pero ahora sabe que algo pasó.
Ambos quedaron en completo silencio salvo por el crepitar de las
llamas y el sonido que hacían las cartas al ser barajadas unas mesas más allá.
Angus llevó su bebida a Edward, percibió que algo pasaba ahí, de
modo que se alejó sin decir nada. El muchacho la probó de inmediato. Le quemaba
la garganta, pero la sensación del ligereza lo compensó.
—¿Porqué crees que esto tiene algo que ver conmigo? —preguntó a Leonard.
El hombre miró al fuego, estaba confundido.
—No lo sé... lo asumí —murmuró —. Lo inferí, después de que fueras
con Lucius, mencionaste algo sobre la caverna en el cañón. No entendí muy bien,
porque estabas de prisa. Pero lo mencionaste.
Era cierto, la tarde en que había vuelto a la caverna se había
encontrado con él de forma tan breve que no lo recordaba hasta ese momento.
—Bien, lo mencioné. Pero, quiero pensar, que Darkus no sabe nada
en realidad.
Leonard pareció caer en la cuenta de ello. Su rostro se relajó de
inmediato.
—Cierto —susurró.
—Pudo haber sido cualquier cosa —pensó Edward en voz alta.
—El punto es, que Darkus sabe que pasó algo allá arriba y va a
investigarlo. ¿Qué pasará si se da cuenta que algo no esta bien?
Edward intentó recordar lo que había pasado esa noche. Había
extraído la esfera de la cámara oculta en la estatua. No se había detenido a
ver, pero era posible que siguiera abierta. Ni hablar de lo que hubiera pasado
con las banshees. Después de que la poción explotara no sabía que pudo haberles
hecho.
—Vamos a investigar —dijo el muchacho.
—¿Qué clase de idea es esa? ¿Qué pasa si alguien nos ve husmeando
por ahí?
—¿Se te ocurre algo mejor? Así podríamos encontrar cualquier cosa
sospechosa antes que Darkus. Si no es que él ya estuvo ahí. De igual forma
debemos ir.
Leonard lo consideró por un buen rato antes de acceder.
Volaron en un carruaje hasta la cima del cañón, donde, para su
sorpresa se encontraron con un grupo de hombres que parecían furiosos.
Ambos se quedaron dentro del carruaje, temerosos.
—Es la gente del circo —murmuró Leonard.
Edward dudó antes de bajar del carruaje. Pero un par de hombres
entre el grupo ya se acercaban a ellos. Sabía que arribar en un carruaje de la
mansión era un terrible plan.
—Vamos — dijo a su amigo.
En cuanto bajaron del carruaje fueron abordados por un hombre
alto, de facciones alargadas y nariz puntiaguda. La piel se le veía grisácea,
remarcándole los pómulos y las cuencas de los ojos. Sin embargo todo detalle
quedaba opacado por un par de hipnóticos ojos blancos y una alto sombrero de
copa adornado con plumas.
—¡Vaya! No veíamos la hora en que vinieran. Casi un mes desde que
reportamos esto a Lord Grim —dijo con una voz atronadora que hizo eco en el
cañón —. Me da gusto verlos caballeros.
Leonard y Edward se miraron. Al menos ya sabían que Darkus no
había aparecido por ahí, aún después de todo ese tiempo. Llegar en el carruaje
de la mansión parecía una mala idea, pero ahora había resultado a su favor.
—A veces Lord Grim tiene
mucho que organizar. Es la razón de que nos enviara a nosotros. Pero sepa que
respondimos tan pronto como se pudo a su llamado, señor... —se apresuró a decir
Leonard.
—Spades. Dante Spades. Director del circo del viento y maestro de
pista —se presentó el hombre con un ademán exagerado.
—Eso explica la potencia de su voz, señor Spades. Ahora, si nos
permite. Mi compañero, Edward Blackwells, y yo, inspeccionaremos el área
—continuó Leonard, muy seguro de lo que decía. Indicó a Edward para que lo
siguiera al interior de la caverna. El resto del grupo los miró con curiosidad.
Entre ellos una chica que también tenía ojos blancos. Los miraba con curiosidad
infantil, acentuada por el tutú negro que llevaba y el moño en su cabello
corto. Edward le sonrió.
La caverna del cráneo parecía la misma que había visto antes. Sin
embargo la oscuridad que se percibía en su interior parecía haber desaparecido.
El ambiente era ligero y por dentro ya se podían vislumbrar los túneles,
alumbrados aún por las antorchas que Edward había encendido.
Caminaron a lo largo del corredor hasta encontrarse con el
recinto. Las paredes y el piso estaban cubiertos de algo que parecía hollín. La
cúpula de cristal en el techo estaba hecha añicos al igual que la escultura del
majestuoso búho debajo de ella. Al verla, Edward sintió una terrible presión en
el estómago.
—Yo hice esto —murmuró para sí mismo. Se agachó para observar la
cabeza destrozada de la escultura —. Lo siento muchísimo.
—No toques nada, Edward. No necesito decirte lo que pasará si Grim
se entera de nuestra pequeña visita —lo reprendió Leonard.
—Ya lo sé —le respondió, molesto —. Pero no es posible que yo haya
destruido el altar.
—No te des tanto crédito. ¿Ya viste esas marcas?
Leonard tenía razón.
En el techo se extendían grandes marcas de quemadura que iban desde la cúpula
hasta los costados de las paredes, como si algo hubiera explotado en el techo.
—¿Alguna novedad, caballeros? —el fuerte eco de Dante Spades se
escuchó desde el túnel. Lo seguía de cerca la chica de los ojos blancos. Oculta
detrás de él, tímida. Hasta entonces Edward notó que sus articulaciones estaban
divididas, como las de una muñeca de madera.
—Creo que descubrimos la causa de lo que sucedió —se adelantó
Leonard. Guió a Spades y a la chica fuera del recinto —, y es bastante sencilla.
Edward observó con cuidado la escena. Entre la negrura que invadía
el piso y los fragmentos de la estatua encontró los trozos rotos de su frasco.
Se apresuró a tomarlos y guardarlos en sus bolsillos. Entonces se dio cuenta de
la marca oscura y redonda debajo, apenas visible. Hasta ese momento entendió
que había causado la explosión y donde yacía la moneda que la niña de la
estación le obsequió. Se lamentó por haberla perdido, pero al mismo tiempo
agradeció que fuera aquello lo que lo salvara. No había rastro alguno de las
temibles banshees.
Se apresuró detrás de Leonard y sus acompañantes.
—¡Un rayo! Eso fue el causante de todo —explicó al grupo afuera de
la caverna. Todos lo miraron desconcertados. Procedieron a murmurar entre
ellos.
—¿Está usted seguro de eso, señor...? —lo interrogó Spades.
—Leonard Sinister. Claro que estoy seguro. Pueden ver ustedes
mismos las marcas que dejó al entrar por la cúpula e impactar la estatua.
Entonces Edward lo recordó. Era cierto, poco antes de que cayera
por el acantilado escuchó un terrible relámpago acompañado de la cegadora luz
de la poción. ¿Sería posible que ambos hubieran ocurrido al mismo tiempo?
—Es cierto, jefe. La noche de la tormenta vi un relámpago impactar
la cima del cañón —dijo un hombre corpulento y calvo entre el grupo —. Pero
hasta hoy no estaba seguro de en dónde había sido.
—¿Y porque demonios no habías dicho nada? —lo reprendió Spades.
—Bueno... Usted nunca preguntó al respecto —respondió el hombre,
estrujando una boina entre sus enormes manos.
El maestro de pista se limitó a cerrar los ojos y llevarse una
mano a la frente, negando con la cabeza.
—Supongo que eso lo aclara —dijo —. Les agradezco la visita,
caballeros. Han sido de gran ayuda.
—Estamos para servirles. Y no hace falta que le mencionen nada a
Lord Grim. Nosotros haremos lo necesario para que inicien la reconstrucción del
templo —aseguró Leonard. Edward aún estaba sorprendido por lo bien que había
manejado la situación —. Que tengan una buena noche.
—No olviden venir a la última función de la temporada. Tenemos un
nuevo acto —agregó Spades.
—Lo tendremos en cuenta.
Ambos se retiraron, aún en su papel de asistentes de Darkus y
abordaron el carruaje de vuelta a la mansión.
—Eso fue increíble —dijo Edward a su amigo, ya dentro del
carruaje.
—Nos salvamos por muy poco. Ahora implora porque Grim no venga a
ver esto. Espero que sólo envíe a alguien a limpiar el desastre. Ahora dime
algo, ¿cómo hiciste para atraer un rayo tan exacto? Destruir la evidencia, no
es la mejor táctica, pero es útil.
—Yo no lo hice. De verdad tuve mucha suerte —explicó el muchacho.
—Pues espero que tu suerte dure mucho más. No creo tener las
agallas para responder por cada problema que se presente porque tú destruyas
propiedad pública.
Edward le dirigió una mirada furiosa.
—Sería mucho más fácil si alguien me ayudara —lanzó —. Además fue
mi idea venir a explorar ¿recuerdas?. Qué no se te suba a la cabeza tu acto
heroico.
Leonard se acomodó en su asiento.
—Ya está. Tienes razón. Supongo que ambos hicimos nuestra parte.
Continuaron el resto del viaje en silencio. Mientras Edward
pensaba que debía convencer a Leonard de que lo ayudara. Entendía que no
quisiera hacerlo, quizá porque ponía en juego su puesto en la Sociedad. Pero
toda la información que podía obtener de él era casi vital para la operación.
Así tendría todas las piezas del rompecabezas. Leonard le proporcionaría
información sobre Darkus y sus acciones. Eliza le daría soluciones para lo que sea que pudiera
encontrarse. Y él, por supuesto, haría lo que estaba haciendo hasta entonces.
Pronto se acercaron al Monte Moontower.
—Entonces ¿qué dices? ¿Me ayudarías con esto? —preguntó al fin
Edward. De nada le serviría dar vueltas al asunto. Tal parecía que Leonard
también había estado pensando en el aquello.
—Te ayudaré en tu próxima misión. Sólo para saber que tan grave es
todo esto. Pero no puedo asegurarte nada en las siguientes —respondió sin
preámbulos.
—Me parece justo —aceptó el muchacho mientras el carruaje
aterrizaba frente a su departamento —. Nos veremos luego para hablar de esto.
—De acuerdo. Descansa tranquilo. Al menos por esta noche.
Edward no tuvo oportunidad de replicar. La puerta se cerró de
golpe y el carruaje despegó.
No paso mucho tiempo antes de averiguar de que se trataba su
siguiente misión. La caverna Flegeton, como nadie solía llamarla, era un lugar
externo a las fronteras del bosque en el norte. Era la clase de lugar que
pasaba desapercibido, incluso en los mapas del pueblo. Pero para los pocos que
la habían explorado o que se habían cruzado con ella, le llamaban la caverna en llamas. Edward no supo de
su existencia hasta revisar el mapa que se extendía en el salón abandonado.
Fue hasta aquel punto esa misma tarde. Cuando vio ante sí el
lugar, se preguntó como podía pasar desapercibido. En primera instancia, se
encontraba rodeado de árboles negros y torcidos, como chamuscados por una brisa
infernal. Largas y afiladas hojas anaranjadas y rojizas emanaban de las puntas
de las ramas como cabellos, danzando al compás de un rugido furioso que
provenía de las entrañas de la caverna. El suelo también era oscuro y se
extendía poco más allá de los límites del bosque. Era rocoso y sus grietas
exhalaban bocanadas de humo, a veces grisáceo, a veces negro como el hollín. Un fuerte olor a azufre impregnaba el
aire alrededor. La entrada de la caverna misma parecía furiosa, como un
torrente de rocas parecidas a olas muy altas. Iban tan alto como si intentaran
alcanzar la cima de la cordillera que se extendía detrás. Las sombras que producían
estas rocas, gracias al río de lava ardiente que fluía debajo, formaban caras
endemoniadas de rasgos filosos y enojados. Danzaban y hacían muecas horribles.
Tardó más tiempo en volar hasta ahí que el que estuvo parado
observando y aún así el calor comenzó a sofocarlo. Razón por la que casi de
inmediato indicó a Ace que se fueran.
Paseó un rato en el sendero del bosque, sintiendo la brisa que
soplaba entre los árboles. Le resultaba refrescante. Llevó a Ace hasta el
riachuelo, donde el caballo bebió en abundancia y el propio Edward sumergió la
cabeza. Estaba helado. Ya algunas partes habían comenzado a congelarse.
Con la mente más clara, decidió que no tenía sentido perder
tiempo, así que fue directo a la cabaña de Eliza, esperando que los recibiera.
Llegaron pronto. Las ventanas de la planta baja estaban
iluminadas. Edward se aventuró a dar un par de golpes en la puerta.
La chica los recibió a ambos con una gran sonrisa. Los hizo pasar.
Aunque Ace tuvo problemas con la puerta, logró encoger un poco las alas para entrar.
Pronto se acurrucó cerca de la chimenea, donde una tetera hervía.
—Espero que no te estemos incomodando —se disculpó el muchacho.
—No te preocupes por eso, la noche es el mejor momento para
visitarme. Preparo chocolate —dijo Eliza, con una gran sonrisa en el rostro. Tomó
la tetera y llevó un par de tazas a la mesita de centro —. ¿A que debo el honor
de su visita?
Edward estuvo a punto de decirle la razón principal. Pero pensó
que sería descortés.
—Pasábamos por aquí. Vimos la luz encendida y ya sabes, Ace se
puso algo inquieto.
El caballo levantó los oídos y miró al muchacho con reproche. Él
le hizo una seña para que le siguiera la corriente.
—¡Ah! De modo que fuiste tú —dijo la chica al animal, acariciando
su cabeza.
—Sí, bueno, a mi tampoco me molesta la idea de venir a verte
—murmuró Edward, llevándose la taza a los labios, amortiguando sus palabras.
—Saben que son bienvenidos. ¿Cómo va todo? —Eliza se sentó en uno
de los cojines.
—Muy ocupado. Tu sabes, trabajo, entre otras cosas —mencionó él.
—¡Claro! ¿Alguna novedad con ese
asunto?
De inmediato sintió un alivio descomunal de que ella sacara el
tema.
—Ahora que lo mencionas —dijo, como si no tuviera demasiado
interés en ello —, sé a donde debemos ir por la siguiente pieza.
Eliza lo miró, insistente, como invitándolo a seguir.
—La caverna que está al norte del bosque ¿la conoces?
Ella pensó por algunos segundos. Entonces su mano golpeó el
platito que descansaba en la mesa, como si hubiera recordado algo desagradable.
Se sorprendió de su propio movimiento.
—¿Estás bien? —preguntó Edward.
—Sí, no sé que fue eso. Disculpa —dijo, desconcertada. Recogió los
trozos de plato y los puso de vuelta en la mesa —. Conozco el lugar. La caverna
en llamas.
—Exacto.
Eliza observó el fuego que ardía en la chimenea, lejos de ellos.
La melancolía invadió sus ojos, así como una profunda confusión. De inmediato
sacudió la cabeza, se levantó y fue a la alacena por un nuevo plato.
—Creo que tengo un par de pociones y hechizos protectores.
Fue al estante de los libros viejos. Hurgó entre ellos aún con el
plato en la mano. Algo no estaba bien. A Edward le pareció que quería
distraerse.
—Puedo volver después —dijo. Aunque debía admitir que si ella
aceptaba, se sentiría algo decepcionado.
—No, no es nada, —comenzó. Pero se detuvo de inmediato. Se había
topado con algo. Extrajo un libro grueso, parecido a un diario. Lo miraba, le
daba vueltas y lo palpaba, como si no pudiera concebir su existencia —. No
recuerdo haber escrito esto.
Se lo entregó a Edward. La pasta estaba en condiciones magnificas,
considerando el resto de los libros que Eliza tenía en el estante. Pero era
indudable que lo había escrito ella. Su caligrafía era única y la forma en que
las notas estaban puestas era idéntica a la de los otros libros.
—Ni siquiera recuerdo haberlo visto. Hasta hoy —se llevó las manos
a las sienes, luchando por recordar. Pero en lugar de eso cada vez parecía más
desconcertada.
—Tiene muchas cosas que podrían ser útiles, justo para esta misión
—mencionó Edward. Aunque estaba preocupado por Eliza, no pudo evitar notar la
cantidad de cosas que mencionaban protección contra el fuego —. Pero, ¿qué
quieres decir con que no recuerdas haberlo escrito?
—No lo sé. No sabía que ese libro existía hasta que lo vi. Pero
ahí ha estado, siempre. ¡Es como si hubiera evitado mirarlo todo este tiempo!
—se dio la vuelta para mirar de nuevo la chimenea. Estaba incomoda y Edward no
sabía como reaccionar ante esas situaciones.
Quedaron en silencio un rato hasta que Eliza se puso de pie con
rapidez. Luego miró al muchacho.
—Creo que debo ir contigo.
El comentario tomó a Edward por sorpresa.
—Sí, supongo que puedes hacerlo —balbuceó.
—No quiero interferir, pero creo que tal vez haya algo en ese
lugar que debo ver.
—En realidad no es un problema. Me ayudaría mucho —afirmó él —.
Aunque creí que lo conocías.
—Sé donde está. Pasé por ahí alguna vez. Sin embargo no me atreví
a entrar. Otra cosa que parece que no recuerdo del todo —se llevó de nuevo las
manos a la cabeza —. Hay algo ahí que al parecer me estoy ocultando a mi misma.
Edward había visto a Eliza convertirse en una versión más joven de
ella a través de sus acciones y gestos. Pero por lo general era cuando se
alegraba de más o algo le interesaba mucho. Aquella vez fue distinto, y eso lo
inquietó. Porque ya no se le veía como una niña alegre y curiosa, sino como una
niña muy asustada.
Se encontraron dos días después en un claro cercano a los límites
del bosque. La frescura de la noche comenzaba a helarse poco a poco. La clase
de frío que calaba hasta los huesos. Pero incluso a varios kilómetros de la
caverna, podía percibirse una ligera calidez en el ambiente.
Los primeros en llegar fueron Edward y Ace. Poco después se unió
Eliza. Llevaba consigo un saco que tintineaba con cada movimiento. Aún parecía
consternada. El saludo vino acompañado del usual abrazo breve, pero esta vez,
Edward intentó transmitirle un aura de calma, diciendo en su mente tranquila, todo estará bien. Ella debió
sentirlo, pues le apretó el hombro, agradecida. El perfume que despedía su
abundante cabellera le resultaba maravilloso.
—Traje todo lo que pienso que podría ayudarnos —dijo ella,
mostrándole el saco —. También algunos trucos bajo la manga. Por cierto, has
rezagado mucho nuestras lecciones. Para ahora ya esperaba estarte enseñando
algo más avanzado que pociones de luz.
Extrajo del saco un libro pequeño y muy destartalado.
—Toma. Son algunas notas que podrían resultarte interesantes.
—Te lo agradezco. Tienes razón. Pero comprenderás que he tenido mi
mente en otros asuntos —Se excusó el muchacho.
—Claro. Aún así recuerda. La magia entre más se practique dará
mejores resultados. Como suele ser con cualquier otra práctica.
—No me dijiste que tendríamos compañía —dijo una voz rasposa entre
los árboles.
Edward se volvió, disimulando el sobresalto que le había ocasionado
la repentina llegada de Leonard.
—Estoy seguro que ya conoces a mi compañero de trabajo, Leonard
Sinister —dijo, dirigiéndose a Eliza.
—Pero claro. En el baile de muertos. ¿Cómo le va, señor Sinister?
—respondió ella, inclinando un poco la cabeza.
—No tan mal —dijo, rascándose la nuca y con una mueca de fastidio
—. Aunque estaría mejor si me dijeran por qué estamos aquí. Llevaba un atizador
en la mano, pegado a la pierna, como si quisiera ocultarlo.
—Por ahora lo único que sé es a donde vamos. Así que síganme—
afirmó Edward.
Ace de inmediato se inclinó ante Eliza. Ella lo miró con ternura y
acarició sus crines.
—Oh, no es necesario, de verdad —dijo, desconcertada. Pero el
caballo no se movió ni un poco —. De acuerdo. Gracias.
Subió al lomo del animal.
Continuaron por el claro hasta que los árboles que los rodeaban ya
no estaban tan distantes unos de los otros.
—Así que te las arreglaste para que esto fuera una cita romántica,
¿no? —murmuró Leonard, burlón. Su amigo de inmediato se dio la vuelta para reñirlo.
—Cierra la boca. Por supuesto que no —respondió, tan bajo como
pudo —. ¿Para qué trajiste eso?
El hombre apretó el mango del atizador y comenzó a jugar con él,
nervioso.
—Bueno, después de tu aventura con las banshees, pensé que sería
mejor si venía preparado —dijo, mientras lo blandía como si se tratara de una
espada.
—Será útil si nos enfrentamos a una pila de carbón o a una sala
llena de chimeneas —respondió Edward, sarcástico.
Su compañero lo miró con fastidio.
—Era lo único que tenía a mi disposición.
—Supongo que es mejor que nada —afirmó el muchacho.
Ace soltó un relinchó. Ambos se habían rezagado durante su
conversación. Edward le hizo una seña para que continuaran.
—Sólo espero que sepas en que nos estamos metiendo —reclamó su
amigo.
Edward guardó silencio por unos segundos, luego dijo — Estamos por
averiguarlo.
Conforme se acercaban, podían sentir el calor que despedía la
caverna y lo que hubiera en su interior. Sobre el lomo de Ace, Eliza estaba cada
vez más inquieta y confundida. Ninguno de los dos hombres lo notó. Para ella
así era mejor.
Por fin alcanzaron el límite del bosque, donde la tierra cubierta
por hojas secas se convertía en roca sólida y oscura, repleta de grietas. Los
árboles altos y casi desnudos revelaron las torcidas ramas negras con mechones
brillantes qué se alzaban varios metros adelante. El ambiente de inmediato se
hizo pesado por el calor que emanaba de cada fisura en las rocas frente a
ellos. El aire se llenó con el ronquido grave que provenía tanto del interior
de la caverna como del río de lava que se extendía debajo. A pesar de todo,
aquel sonido resultaba tranquilizante.
Los cuatro permanecieron ante la caverna, en silencio, en
admiración y meditación de lo que harían a continuación.
A diferencia de la caverna repleta de banshees, Edward no había
llevado a cabo una misión de reconocimiento. Esta vez no tenía idea de lo que
estaban por enfrentar. El pánico lo invadió de súbito. No solo desconocía lo
que había más allá, había metido a Leonard y Eliza en aquello. Si algo
resultaba mal, no podría evitar sentirse culpable.
Se sobrepuso a tal pensamiento. Tenerlos a ambos era mejor que
estar solo.
Eliza bajó de Ace y le dio unas palmadas distraídas. Estaba
absorta en la entrada de la caverna. Entre intrigada y temerosa. Edward
entonces recordó que no estaba ahí por la misma razón que ellos. Su mente la
ocupaba otro asunto, uno que, al parecer, ni ella misma tenía muy en claro.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—No —respondió ella —. Pero debemos seguir.
La determinación en su voz le sorprendió. De modo que, sin
pensarlo más, continuaron. Ace permaneció afuera. Aquél lugar no le agradaba en
lo absoluto.
El eco se hizo más profundo cuando se adentraron en la caverna. En
el interior todo estaba iluminado por un fulgor anaranjado y luces
amarillentas, provenientes de pequeños fuegos que ardían en las paredes.
Una pequeña cámara de roca los recibió. Para su sorpresa el techo
no era muy alto, pero se iba expandiendo conforme avanzaban. Parecía que
tendrían que recorrer un trecho largo y torcido. Sin embargo, al dar la vuelta a
una gran roca el trecho terminaba, revelando algo que los dejó boquiabiertos.
Las paredes de piedra se fundían con una textura extraña y
brillante. Aunque resultara imposible, el interior parecía estar cubierto de hielo.
Extrañados por aquella visión, siguieron con cautela. Dieron pasos
cortos, hasta que tuvieron aquella textura al alcance de sus manos. Eliza fue
la primera en palparla y examinarla de cerca. Entonces se volvió a sus
compañeros.
—¡Son cristales! —exclamó, maravillada. Edward sintió cierto
alivio de verla más tranquila. Aunque notó que sus manos temblaban y ella
intentaba ocultarlo.
Algunos de los cristales eran tan grandes que alcanzaban el techo
y lo atravesaban, formando columnas que se cruzaban unas con otras. Las
superficies eran lisas y sus ángulos pronunciados.
La parte más profunda de la caverna era un laberinto formado por
las alargadas estructuras que irradiaban un fulgor a veces blanco y otras veces
rosado. Surgían en todos los ángulos y desde todas partes. Aquellos que salían
del techo formaban un par de hileras, como una enorme mandíbula repleta de colmillos
torcidos.
El interior de la caverna, a pesar del nombre que le habían dado y
de su apariencia externa, parecía un paraíso invernal. Aunque el calor
sofocante no dejaba que la ilusión se completase.
Continuaron avanzando, esta vez más rápido, pues ninguno
consideraba que hubiera algo peligroso ahí. Al menos no por el momento.
Los colores de los cristales cambiaban según la luz que predominara.
A veces eran amarillos, otras veces rosados. Había momentos en que todos los
colores se mezclaban, como auroras que iban y venían entre el laberinto.
Entre ellos vislumbraron algo que se movía, serpenteando entre
rocas oscuras, en contraste a los cristales que lo rodeaban. Llegaron hasta
otra cámara de la caverna.
Al fondo, los cristales terminaban para dar paso a una gran pared
de roca negra. Aquello que serpenteaba debía ser lava. Brillante y anaranjada,
espesa. Caía a manera de cascada, alimentando un pozo que había debajo.
La cámara era amplia, con el centro despejado, como una arena
dispuesta a que iniciara una batalla. Alrededor, enmarcando aquello, surgían
más cristales alargados. Varios de ellos estaban cortados por la mitad, a
manera de pedestales, dispuestos en un círculo improvisado. Tenían diferentes
alturas, como lo permitía el terreno desigual. Sobre cada pedestal levitaba una
roca envuelta en llamas. Debía haber al menos treinta de ellas. Todas similares,
incluso idénticas entre ellas.
Edward las observó con pesar. Ambos, Eliza y Leonard, lo miraron
esperando a que dijera algo al respecto.
—Lo que estamos buscando —dijo —, es una roca igual a esas.
Leonard se llevó una mano a la frente y Eliza observó con
detenimiento las rocas que los rodeaban.
—¿Qué crees que suceda si tomamos cualquiera? —inquirió la chica.
—No lo sé. Es probable que desencadene algo —respondió Edward,
observando sus alrededores. Todo parecía tranquilo e inofensivo. Eso lo
aterraba.
—¿Cómo piensas tomarla sin cocinarte la mano en el intento? —observó
Leonard.
Eliza se apresuró a hurgar en su saco. Extrajo un frasco que
contenía una sustancia viscosa.
—Quizá quieran frotarse esto en las manos, o en cualquier lugar
donde no quieran que el fuego los dañe —explicó, entregándoselo primero a
Leonard.
—¿Es repelente de fuego? —inquirió él, observando la sustancia.
—No, pero retarda sus efectos. Quiere decir que pueden tocar el
fuego sin quemarse, pero sólo por unos segundos
Leonard abrió el frasco. Los tres se reunieron en el centro de la
cámara y procedieron a cubrirse toda la piel expuesta con la sustancia.
Eliza guardó el frasco con una mano muy temblorosa. Leonard miró a
Edward, también había notado aquello. El muchacho se encogió de hombros con disimulo.
—¿Y bien? ¿Ahora qué? —soltó, como si hubiera notado que la
atención estaba puesta en ella.
—La verdad es que no lo sé —dijo Edward —. Busquemos algo que nos
de un indicio de que piedra debemos tomar.
Los tres se dispusieron a inspeccionar la cámara.
El calor de aquella cámara, por fortuna, no era tan intenso como
afuera. De otra forma la búsqueda se habría hecho insoportable. Aún así, era
como estar parado frente a un horno muy caliente. El pozo de lava exhalaba brisas
cálidas.
Aquel sin duda debía ser el lugar más caliente del pueblo,
considerando que el resto estaba helado la mayoría del tiempo.
Edward y Leonard se volvieron hacia la entrada de la cámara, pues
escucharon un tintineo ruidoso. Vieron a Eliza, golpeando uno de los cristales
con un pequeño martillo. Rompió un trozo y lo guardó en su saco.
—Nunca había estado aquí. Debo llevar una muestra del materia —se
excusó, ante la mirada confundida de sus compañeros.
Continuaron con la exploración hasta que Leonard los llamó a otro
extremo del lugar. Había descubierto un cristal que tenía un fulgor distinto a
los otros. Un ligero resplandor verdoso lo hacía resaltar del resto, aunque no
a simple vista. Tuvieron que observarlo por un minuto antes de asegurarse que
podía significar algo. Apuntaba con claridad a uno de los pedestales.
—Esto no puede ser tan fácil —murmuró Edward.
—Yo tampoco creo que lo sea. Pero es una pista —aseguró Leonard.
—O una trampa —agregó Eliza.
—Me temo que, para poder obtener la roca, tenemos que activar y
enfrentar la trampa —sentenció Edward.
Estiró una mano dubitativa. Los otros dos miraron alrededor, como
si esperaran que algo les fuera a caer encima en cualquier momento.
El muchacho acercó más la mano al objeto envuelto en llamas. Le pareció
extraño que el fuego no emitía calor. O quizá ya hacía suficiente y por eso no
lo sentía. De cualquier manera, cuando por fin la asió, se dio cuenta que la
flama no le provocó dolor o efecto alguno. Quizá solo un ligero cosquilleo en
la mano, pero nada más allá de eso.
Un golpe seco los hizo volverse al otro lado de la cámara. Una de
las rocas había caído de su pedestal y ahora rodaba hacia el pozo de lava. Lo
mismo sucedió con la que estaba junto, hasta que todas las rocas rodaban por el
suelo hasta el borde del agujero.
Incluso la roca que él sujetaba, se escapó de su mano para
acompañar a las demás.
Ninguno supo si debían tratar de detenerlas, pero cuando
reaccionaron ya era tarde. Las rocas estaban cayendo.
En cuanto la última cayó dentro de la lava que se acumulaba
debajo, el suelo comenzó a temblar. La cueva entera se cimbró, algunos
cristales cayeron del techo. El pozo rugió con furia mientras el lago comenzó a
elevarse.
De las paredes comenzaron a emanar torrentes de fuego que arremetían
de manera intermitente contra lo que se les cruzara.
Los tres corrieron hacia la salida de la cámara. No saldrían, pero
al menos estarían cerca por si debían escapar. De cualquier manera, dos
torrentes de fuego les bloquearon el paso.
Edward y Leonard dieron un salto hacia atrás, pero Eliza se quedó
petrificada, con las flamas a punto de alcanzarla. Temblaba sin control, y el
hecho de que aún quisiera ocultarlo lo hacía más notorio.
Edward la tomó por el brazo, alejándola del peligro. Para su
sorpresa, ella quitó su brazo con violencia y lo miró. Estaba aterrada y, al parecer,
ni siquiera ella comprendía por qué.
—Lo siento —murmuró, con los muy ojos abiertos.
En ese momento el ambiente cambió por completo. Ya no sólo sentían
el peso del calor, sino una densidad extraña que los invadía en lo más
profundo. Edward la conocía, era la misma que dominaba en el interior de la
cueva de las banshees. Pero lejos de ser oscuridad, esta energía provenía de la
luz que irradiaba el pozo. En su interior la lava comenzó a torcerse en formas
extrañas. De ella surgió una garra y luego otra de peor aspecto. Entre ellas
una cabeza enorme, cubierta de cuernos. La criatura que nacía de la sustancia
hirviente rugió, haciendo temblar la caverna entera una vez más. Se aferró al
borde con sus garras, buscando apoyo.
Los tres observaron al ser, gigante y feroz. Quería salir del
pozo, pero parecía estar atascado. Entonces advirtió la presencia de los tres
intrusos. Rugió por segunda vez y atestó un golpe en su dirección. Apenas
lograron esquivarlo. Los múltiples ojos del coloso ardían como hierro candente
y cuando se enfurecía lanzaban llamaradas que le encendían la parte superior de
la cabeza.
Ninguno tenía idea de lo que debían hacer. Leonard blandió el
atizador contra el puño de la criatura, dejándole una grieta de la que emanó
lava.
Edward observó todo a su alrededor, algo que pudiera ayudarlos.
Eliza seguía muy quieta y tenía la mirada perdida en los ojos del gigante. Éste
lo notó, de inmediato puso su atención en la chica. La grieta que formaba la
enorme boca del ser se contorsionó en una deforme sonrisa. Lanzó una garra
hacia ella. No pudo moverse. Leonard se lanzó hacía la garra y de nuevo atestó
un golpe certero con el atizador.
—Lo siento, lo siento tanto... no puedo... —dijo Eliza, casi fuera
de sí. Dio la vuelta hacia la salida de la cámara. Extrajo un frasco de su
bolsa y lo lanzó. Una cortina de humo se alzó, bloqueando las llamas el
suficiente tiempo para dejarla pasar. De inmediato volvieron a surgir.
—¡Ah! ¡Excelente! —gritó Leonard — ¡Nuestra única solución! Vaya
cobarde...
Edward quería ir tras ella. Pero por más que quisiera no hubiera
podido hacer nada. Decidió que era mejor enfocarse en la presente situación.
Aún así no dejó pasar la ocasión de lanzarle una mirada de furia a su
compañero.
La criatura estaba distraída. Buscaba a Eliza. Algo la atraía
hacia ella. Pero no tardó en volver su atención a los otros dos. Volvió a
cerrar el puño y lo lanzó con mayor fuerza hacia Leonard.
Algo sobre ellos tintineo.
—¡Mira los cristales! —gritó Edward a su amigo, al tiempo que el
gigante dejaba caer su puño de nuevo. Esta vez casi lograba derribarlos.
—¿Qué? ¿Qué hay con ellos?
—No se queman, no se derriten. Parecen resistir las llam...— La
criatura había dado un golpe con el dorso de la garra. El muchacho voló por la
cámara y aterrizó sobre varios de los cristales que nacían al costado. Perdió
toda noción de donde estaba o qué estaba pasando.
Leonard entonces entendió lo que había querido decir. Los
cristales que nacían del techo eran alargados y se mecían con cada golpe que
daba el monstruo. Creyó saber que tenía que hacer.
—¡Oye! ¡Monstruo estúpido! —gritó, tomó una roca y se la lanzó.
Dio justo en el rostro — ¡Eso es!
El gigante, que se había distraído con Edward, gruñó. De nuevo
inició el combate, esta vez, golpeando todo lo que tenía a su alcance. La
caverna entera temblaba con cada impacto. Leonard apenas podía esquivar los
golpes. Comenzó a hacerse hacia atrás. Como la criatura no lo alcanzaba del
todo, se estiró, cada vez más, luchando por salir del pozo.
—¡Vamos! ¡Golpéame! —lo provocaba.
Edward se levantó, aún aturdido. Sacudió la cabeza. Ya recordaba
donde estaba y por qué estaba ahí. Observó por encima del ser. Los cristales se
sacudían cada vez más. Miró al gigante y entonces la vio. La roca estaba ahí,
en el centro de su torso, como si se tratara de un corazón en llamas. Quizá
podía sacarla mientras estuviera distraído. Pero no tenía como hacerlo.
Mientras tanto Leonard casi lograba el objetivo.
El muchacho tomó un fragmento de cristal que había cerca. Comenzó
a acercarse con sigilo hasta el monstruo.
—¡Otra vez! ¡Vamos! Aún sigo de pie. ¡Derríbame! —seguía Leonard.
Una de las garras ya lo había alcanzado y le había hecho daño en una pierna.
Pero seguía luchando. Él también había acertado varios golpes. Lo que ponía aún
más furioso a la criatura.
Por fin dio el golpe final.
La caverna entera vibró. Ambos cayeron por el impacto. Los
cristales en el techo se vinieron abajo. Varios de ellos atravesaron al gigante.
Éste lanzó un grito, aunque no de dolor, sino de furia. Aunque su movilidad
estaba ya muy limitada, siguió lanzando golpes sin dirección. Vio a Leonard en
el suelo y lo agarró. Aunque intento liberarse aporreándolo con el atizador, al
gigante ya no pareció importarle. Estaba encolerizado.
Edward se lanzo hacia él con el fragmento de cristal y lo apuñaló.
No supo si la roca que conformaba su piel era muy suave o si el cristal era más
fuerte. Pero aquél trozo lo atravesó sin problemas, de modo que siguió. Hasta
que el monstruo tuvo suficiente y con la mano que tenía libre también asió al
muchacho.
Ahora los tenía a los dos en su dominio. El calor de sus garras
era insoportable. Iba a calcinarlos. Hasta entonces Edward se preguntó que
pasaría. Si ya estaba muerto, ¿qué seguía? ¿Pasaría la eternidad hecho cenizas?
¿Sería capaz su cuerpo de regenerarse?
Y mientras estas ideas cruzaban su cabeza, algo voló por el aire.
No supo que era, pero en cuanto impactó contra la criatura, explotó, liberando
una nube de vapor azulado.
El golpe fue efectivo. De inmediato sintieron las garras aflojarse.
Pero no lo suficiente. Otro de esos objetos voló hacia el monstruo. Una vez más
impactó contre él y produjo el mismo efecto. Así sucedió otras cuatro veces
hasta que por fin pudieron liberarse.
Entre las nubes de vapor que habían invadido la cámara, Edward
vislumbró una figura femenina de cabello alborotado que combinaba a la
perfección con los tonos anaranjados de la caverna. Sujetaba algo con una mano,
dispuesta a lanzarlo.
Eliza había vuelto y su mirada era por completo diferente. Estaba
decidida y llena de fortaleza. Apretó el objeto que sujetaba, se dio un momento
para cerrar los ojos, relajarse y entonces lo lanzó. El pequeño frasco dio
vueltas en el aire, para por fin estrellarse en uno de los ojos de la criatura.
Ésta rugió por última vez. Su rostro comenzó a endurecerse, congelado en una
desagradable mueca. La mancha azul que le cubría el rostro se extendió por todo
su cuerpo, inmovilizándolo, hasta quedar petrificado. Ahora parecía un feo
monumento en el centro de la cámara. El ambiente se relajó de inmediato.
Aquella densidad extraña había desaparecido. Incluso el calor disminuyó. El
regreso de Eliza era como un respiro de aire fresco.
Edward la observó. Seguía en posición de ataque, como si esperara
que el gigante se liberara de un momento a otro. Pero él sabía que no. Podía
sentirlo.
—Volviste —le dijo, entre agradecido y sorprendido.
—Sí, tenía que enfrentarlo —dijo ella. Por fin se relajó —Ahora,
¿dónde está esa roca?
Edward volvió en sí. Miró a su alrededor y se encontró con
Leonard. Aunque cojeaba, se veía en buen estado.
—Estoy bien. No piensen en preocuparse —espetó, resentido.
—Por supuesto que lo estás —dijo Edward. De pronto recordó algo. Extrajo
un frasco del bolsillo en su saco —. Toma, póntelo en la herida. Te ayudará.
Leonard lo tomó, aún molesto.
—¿Qué es? —gruñó.
—Polvo de fénix. Hará que sanes pronto —respondió Eliza. Lo miraba
con desagrado.
Edward pudo percibir la tensión. Sabía que no era para menos y
suponía que ella debía haber escuchado el comentario de Leonard.
—¿Estás bien? —le preguntó, acercándose a la chica.
—Claro. Ahora, la roca —respondió. Era claro que no quería hablar.
Al menos no en ese momento.
—Necesitare tu ayuda —indicó él.
El muchacho dio a Eliza un trozo de cristal. Se acercaron al
costado de la criatura. La roca seguía en el interior, con las llamas aún
ardiendo.
Pronto se unió Leonard, golpeando con el atizador. Hasta que por
fin lograron extraerla.
Tal como sucedió antes, el fuego que la rodeaba no tenía efecto
alguno.
Edward tomó la roca. Sintió un profundo alivio. Para como él lo
veía, era un elemento menos en su lista y estaba seguro que Lucius también
estaría muy complacido.
—¿Crees que debamos limpiar el desastre? —preguntó Edward a
Leonard, recordando su conversación en el carruaje.
—No lo creo, no muchos vienen por aquí. Además si tratamos de ser
discretos, Darkus no tiene por qué sospechar nada.
Ambos miraron al gigante congelado en medio de la cámara y los
trozos de cristal esparcidos por todas partes.
—Vámonos ya —concluyó Edward.
Los tres salieron de la caverna agotados. Lo único que querían era
alejarse de ahí. Caminaron en silencio hasta el claro donde se habían reunido.
Ace ya los esperaba, acostado a los pies de un árbol grande.
—Creo que vas a necesitar esto, amigo —fue lo primero que dijo Leonard.
Edward se volvió hacia él, confundido. Su compañero sostenía el frasco de polvo
de fénix. El muchacho se miró las manos y se palpó el torso en busca de
heridas, pero no encontró nada. Entonces Eliza dio un respingo.
—Edward... tu espalda —dijo, haciendo una mueca de dolor —. Será
mejor que vengas conmigo.
Él asintió. Tan agotado como estaba, no podía rechazar esa
invitación.
—Yo me voy a casa — aseguró Leonard.
—Sí y antes de que se vaya permítame dejarle algo en claro, señor
Sinister —Eliza se acercó tanto a él que Edward temió por un momento que fuera
a besarlo, pero en sus ojos había furia y determinación —. Jamás vuelva a
llamarme cobarde.
Leonard quedó en silencio por un momento. Después miró a su amigo.
—Buena suerte. Ya nos veremos luego —dijo entre dientes. Edward
supo que lo que en realidad quería decirle era buena suerte con esta loca, lo cuál lo enfureció un poco.
Se limitó a
despedirlo levantando una mano.
—Por favor no tomes enserio lo que dice. No pienso que en realidad
lo crea —lo excusó el muchacho.
—Como sea, no voy a permitir que nadie me llame cobarde. Porque no
lo soy —aseveró la chica. Él supo que era mejor no seguir la discusión.
Ace se agacho para que ambos subieran.
Eliza limpió las heridas de Edward con un trapo húmedo y aplicó un
poco de polvo de fénix. Eso las ayudó a cicatrizar. No había podido verlas,
pero según la descripción de ella, tenía un agujero grande rodeado de otros más
pequeños. Sin duda los cristales habían hecho más daño del que pensó.
—No tenías que hacerlo. Pero te lo agradezco mucho —dijo Edward.
La calma de la cabaña en el bosque era muy relajante. Entre tanto silencio se
dio cuenta de lo agotado que estaba.
—Hubiera sido difícil que atendieras esa herida tú solo —mencionó
Eliza, dejándose caer en uno de los cojines. Se puso un brazo sobre la cara.
Edward la observó, debatiéndose en el interior si era buena idea
preguntarle o no lo que tenía en mente.
—Si quieres hablar, te escucho —dijo, por fin.
Eliza se quedó callada por tanto tiempo que Edward temió no haber
hablado con suficiente claridad. Quizá no lo había escuchado o tal vez se
estaba quedando dormida. Pero cuando se estaba dando por vencido, ella habló.
—Creo que estoy comenzando a recordar cosas y no me agrada —expuso.
—¿Qué clase de cosas?
—¿Recuerdas algo de cuando estabas vivo? —preguntó la chica.
Edward estaba por responder que no. Sin embargo la palabra se
detuvo en sus labios. Observó la flama moribunda en la chimenea. Hacía mucho
que no pensaba en aquello, si es que había pensado en ello del todo.
Como siguiendo un sendero oscuro en el bosque, recordó sus
primeros días como recolector. Después llegó a su mente la primera vez que
había visto la mansión frente a él. Recordó estar perdido, correr entre los
árboles con la noche a su alrededor. El Ojo le había ofrecido la alternativa de
olvidarlo todo. Bebió de la copa. Pero imágenes breves se infiltraron en su
pensamiento. Escuchó una explosión, sintió un dolor punzante en la espalda, vio
los ojos de una mujer en la oscuridad, burlones. Un intenso sentimiento de ira
lo invadió. Apretó los puños. Cerró los ojos para olvidarse de todo aquello.
Sin más, la ira se desvaneció. Recordó que estaba en la cabaña de Eliza, por un
segundo se había sentido en otro lugar.
—No del todo —murmuró. Para él, aquél momento fue largo, pero tan
sólo habían pasado algunos segundos.
—Yo tampoco. Pero presiento que este repentino temor tiene que ver
con ello — Eliza se levantó y fue al estante. Tomó el libro extraño que no
recordaba haber escrito —. Escribí esto para protegerme, o eso creo. Es sólo un
presentimiento. Lo más lejos que puedo recordar es el día en que llegué aquí.
Aunque no con detalle.
Dejó el libro de nuevo en el estante y volvió hasta la sala, pero
no se volvió a sentar. Siguió caminando de un lado a otro, con la mirada
perdida.
—Dime Edward, ¿crees que se supone que debamos recordar quiénes
éramos antes de llegar aquí? ¿El recordar cómo eran nuestras vidas antes de
esto?
Lo meditó un poco antes de decir cualquier cosa. A su mente
seguían llegando imágenes que no parecían tener ningún sentido y sin embargo lo
llenaban de rabia. No encontraba consuelo alguno, salvo en sus recuerdos desde
que había llegado al pueblo.
—Pienso, que en ocasiones los recuerdos pueden ser dañinos. A
veces son como anclas que no dejan que avancemos. Asuntos pendientes que nos
demorarían sin necesidad. Creo que si estamos aquí sin recordar nada es porque
así debe ser. Lo importante ahora es disfrutar lo que tenemos y, en nuestro
caso, protegerlo.
Ambos quedaron en silencio por un rato, contemplando el bosque,
más allá de las ventanas de la cabaña.
—El otoño está por terminar —observó Eliza —. ¿Sabes lo que el
invierno significa en la tierra de muerte?
—Para ser sincero, no —respondió Edward.
—Es la época en que todo duerme. Un ciclo termina y se prepara
para comenzar otro. El festival de los muertos, por ejemplo, es para agradecer
y celebrar lo que tenemos, disfrutarlo en grande. Pero el invierno trae consigo
el fin que producirá un nuevo comienzo. Es una época de agradecimiento, conclusión
y preparación para la renovación.
Edward quedó en silencio. No estaba seguro a donde quería llegar Eliza
con ello.
—Pienso lo mismo que tú —continuó —. Creo que algunos recuerdos
están mejor enterrados. Es la época perfecta para dejarlos ir y continuar. Nada
bueno puede salir de recordar viejos temores. Además, creo que este noche pude
enfrentarlo.
La chica pareció salir de un trance. Se dio la vuelta para ir de
nuevo al estante, tomó un par de libros y se los entregó al muchacho.
—Si de verdad quieres aprender, deberás leerlos todos. Contienen
muchas notas importantes —dijo, volviendo en sí. Su chispa de nuevo brillaba.
—Te lo agradezco. Lo haré. Ahora te dejaré descansar. Yo también
debo hacerlo.
Se levantó, tomó los libros y se dirigió a la puerta.
—Me alegra que tuvieras la oportunidad de enfrentarlo —le dijo
antes de salir —. Y te agradezco tu ayuda. Si no hubieras vuelto, quien sabe
dónde estaríamos.
Ella sonrió.
—Es bueno saber que pude ayudarte. Ten una buena noche Edward.
—Tú también —dijo. Las palabras querida Eliza también se detuvieron en sus labios.
Salió de la cabaña.
La cabeza le daba vueltas, más que de costumbre. Tenía un elemento
más en su posesión, pero en aquél momento eso carecía de importancia. No podía
dejar de pensar en la ira que había sentido antes. Era un tema en el que le
parecía mejor no indagar. Como bien había dicho Eliza, algunas cosas estaban
mejor en el pasado. ¿Acaso no era su muerte la oportunidad para un nuevo
comienzo? Uno en el que era muy feliz desde el inicio.
Ahora lo importante era seguir con su misión.
Subió al lomo de Ace. Ambos subieron, dejando atrás el bosque. El
aire era gélido y cortante. En el horizonte se percibían los vientos del
cambio. Muy pronto el invierno llegaría. Edward se dijo que los cambios que
trajera, los ciclos que cerrara, serían para un mejor inicio en el futuro. Más
allá de aquella perspectiva yacían nuevas oportunidades, esperando a quien se
atreviera a tomarlas. Sólo debía asegurarse de que la balanza se inclinara a su
favor.