lunes, 13 de febrero de 2017

17- La Caverna en Llamas



El mes de noviembre y una parte de diciembre habían transcurrido con tal rapidez que resultaba increíble pensar que la noche de muertos hubiera quedado tan atrás. Aún  parecía que habían pasado algunos días apenas desde tal evento.
En la mansión las coronas con ramas secas y hojas comenzaron a ser suplantadas por guirnaldas de un verde muy oscuro adornadas con moños. Los salones fueron poco a poco llenándose de cristales brillantes que emulaban gotas congeladas, así como ramas secas pintadas de blanco. El invierno aún no llegaba, pero entre la gente de la mansión ya se respiraba un ambiente festivo.
Incluso en el pueblo la gente se preparaba para las celebraciones venideras. Las calabazas sonrientes que habían adornado escaparates y ventanas desaparecieron, dando paso a pequeños pinos decorados con esferas y frutas en miniatura, entre otras variedad de adornos. Algunos negocios de la calle Nightshade pusieron guirnaldas plateadas en los dinteles y aleros. Apenas eran unas pocas las decoraciones que hacían su aparición, pero auguraban que en los días cercanos el pueblo estaría cubierto hasta el último rincón.
Sin embargo, para Edward, todo humor festivo se desvaneció una tarde en que Leonard llegó apresurado al salón de casilleros. Le dio una palmada enérgica en la espalda. Éste se volvió desconcertado.
—Tenemos que hablar —dijo su agitado compañero —. Nos vemos en Cuerno y Escama en unos minutos. No tardes.
La tensión en su voz hizo que el muchacho se preocupara. De inmediato junto sus listas, metió el abrigo y la hoz en el casillero, apresuró el paso para entregar sus documentos y procedió a volar hasta la taberna.
—¡Buenas noches, señor Blackwells! —lo saludo Angus, jubiloso.
—¿Cómo estás Angus? —saludó Edward, alzando la mano.
—Todo excelente. ¿Le sirvo lo de siempre?
Vislumbró a Leonard a la luz de la chimenea en su mesa usual. Su rostro estaba retraído en una mueca preocupante.
—Creo que esta noche quiero algo más fuerte —dijo, acercándose a la barra —. Ponle unas gotas de cicuta a mi trago de siempre.
Angus lo miró asombrado.
—A sus órdenes, señor —respondió, aún incrédulo.
Edward de inmediato se dirigió a la mesa. Leonard ni siquiera lo saludo.
—¿Qué demonios fue lo que hiciste? —lanzó, con apretando el tarro con su puño.
—¿De qué estás hablando? —inquirió el muchacho, con los labios fruncidos.
—Darkus está como loco. Dice que la gente del circo vino a verlo hace unos días. Estaban furiosos porque alguien destruyó el altar de la diosa Ixális —al terminar de hablar, se llevó el tarro a la boca.
Edward sintió que el pecho le iba a reventar. La cabeza le dio vueltas.
—Entonces ya lo sabe —dijo en un hilo de voz.
—No sé si lo sepa. Sólo sé que estaba muy consternado al respecto. Les aseguró que buscaría al culpable y lo haría pagar por ello. Hasta ahora no creo que haya ido en persona a revisar el lugar. Pero ahora sabe que algo pasó.
Ambos quedaron en completo silencio salvo por el crepitar de las llamas y el sonido que hacían las cartas al ser barajadas unas mesas más allá.
Angus llevó su bebida a Edward, percibió que algo pasaba ahí, de modo que se alejó sin decir nada. El muchacho la probó de inmediato. Le quemaba la garganta, pero la sensación del ligereza lo compensó.
—¿Porqué crees que esto tiene algo que ver conmigo? —preguntó a Leonard.
El hombre miró al fuego, estaba confundido.
—No lo sé... lo asumí —murmuró —. Lo inferí, después de que fueras con Lucius, mencionaste algo sobre la caverna en el cañón. No entendí muy bien, porque estabas de prisa. Pero lo mencionaste.
Era cierto, la tarde en que había vuelto a la caverna se había encontrado con él de forma tan breve que no lo recordaba hasta ese momento.
—Bien, lo mencioné. Pero, quiero pensar, que Darkus no sabe nada en realidad.
Leonard pareció caer en la cuenta de ello. Su rostro se relajó de inmediato.
—Cierto —susurró.
—Pudo haber sido cualquier cosa —pensó Edward en voz alta.
—El punto es, que Darkus sabe que pasó algo allá arriba y va a investigarlo. ¿Qué pasará si se da cuenta que algo no esta bien?
Edward intentó recordar lo que había pasado esa noche. Había extraído la esfera de la cámara oculta en la estatua. No se había detenido a ver, pero era posible que siguiera abierta. Ni hablar de lo que hubiera pasado con las banshees. Después de que la poción explotara no sabía que pudo haberles hecho.
—Vamos a investigar —dijo el muchacho.
—¿Qué clase de idea es esa? ¿Qué pasa si alguien nos ve husmeando por ahí?
—¿Se te ocurre algo mejor? Así podríamos encontrar cualquier cosa sospechosa antes que Darkus. Si no es que él ya estuvo ahí. De igual forma debemos ir.
Leonard lo consideró por un buen rato antes de acceder.

Volaron en un carruaje hasta la cima del cañón, donde, para su sorpresa se encontraron con un grupo de hombres que parecían furiosos.
Ambos se quedaron dentro del carruaje, temerosos.
—Es la gente del circo —murmuró Leonard.
Edward dudó antes de bajar del carruaje. Pero un par de hombres entre el grupo ya se acercaban a ellos. Sabía que arribar en un carruaje de la mansión era un terrible plan.
—Vamos — dijo a su amigo.
En cuanto bajaron del carruaje fueron abordados por un hombre alto, de facciones alargadas y nariz puntiaguda. La piel se le veía grisácea, remarcándole los pómulos y las cuencas de los ojos. Sin embargo todo detalle quedaba opacado por un par de hipnóticos ojos blancos y una alto sombrero de copa adornado con plumas.
—¡Vaya! No veíamos la hora en que vinieran. Casi un mes desde que reportamos esto a Lord Grim —dijo con una voz atronadora que hizo eco en el cañón —. Me da gusto verlos caballeros.
Leonard y Edward se miraron. Al menos ya sabían que Darkus no había aparecido por ahí, aún después de todo ese tiempo. Llegar en el carruaje de la mansión parecía una mala idea, pero ahora había resultado a su favor.
—A veces Lord Grim tiene mucho que organizar. Es la razón de que nos enviara a nosotros. Pero sepa que respondimos tan pronto como se pudo a su llamado, señor... —se apresuró a decir Leonard.
—Spades. Dante Spades. Director del circo del viento y maestro de pista —se presentó el hombre con un ademán exagerado.
—Eso explica la potencia de su voz, señor Spades. Ahora, si nos permite. Mi compañero, Edward Blackwells, y yo, inspeccionaremos el área —continuó Leonard, muy seguro de lo que decía. Indicó a Edward para que lo siguiera al interior de la caverna. El resto del grupo los miró con curiosidad. Entre ellos una chica que también tenía ojos blancos. Los miraba con curiosidad infantil, acentuada por el tutú negro que llevaba y el moño en su cabello corto. Edward le sonrió.
La caverna del cráneo parecía la misma que había visto antes. Sin embargo la oscuridad que se percibía en su interior parecía haber desaparecido. El ambiente era ligero y por dentro ya se podían vislumbrar los túneles, alumbrados aún por las antorchas que Edward había encendido.
Caminaron a lo largo del corredor hasta encontrarse con el recinto. Las paredes y el piso estaban cubiertos de algo que parecía hollín. La cúpula de cristal en el techo estaba hecha añicos al igual que la escultura del majestuoso búho debajo de ella. Al verla, Edward sintió una terrible presión en el estómago.
—Yo hice esto —murmuró para sí mismo. Se agachó para observar la cabeza destrozada de la escultura —. Lo siento muchísimo.
—No toques nada, Edward. No necesito decirte lo que pasará si Grim se entera de nuestra pequeña visita —lo reprendió Leonard.
—Ya lo sé —le respondió, molesto —. Pero no es posible que yo haya destruido el altar.
—No te des tanto crédito. ¿Ya viste esas marcas?
 Leonard tenía razón. En el techo se extendían grandes marcas de quemadura que iban desde la cúpula hasta los costados de las paredes, como si algo hubiera explotado en el techo.
—¿Alguna novedad, caballeros? —el fuerte eco de Dante Spades se escuchó desde el túnel. Lo seguía de cerca la chica de los ojos blancos. Oculta detrás de él, tímida. Hasta entonces Edward notó que sus articulaciones estaban divididas, como las de una muñeca de madera.
—Creo que descubrimos la causa de lo que sucedió —se adelantó Leonard. Guió a Spades y a la chica fuera del recinto —, y es bastante sencilla.
Edward observó con cuidado la escena. Entre la negrura que invadía el piso y los fragmentos de la estatua encontró los trozos rotos de su frasco. Se apresuró a tomarlos y guardarlos en sus bolsillos. Entonces se dio cuenta de la marca oscura y redonda debajo, apenas visible. Hasta ese momento entendió que había causado la explosión y donde yacía la moneda que la niña de la estación le obsequió. Se lamentó por haberla perdido, pero al mismo tiempo agradeció que fuera aquello lo que lo salvara. No había rastro alguno de las temibles banshees.
Se apresuró detrás de Leonard y sus acompañantes.
—¡Un rayo! Eso fue el causante de todo —explicó al grupo afuera de la caverna. Todos lo miraron desconcertados. Procedieron a murmurar entre ellos.
—¿Está usted seguro de eso, señor...? —lo interrogó Spades.
—Leonard Sinister. Claro que estoy seguro. Pueden ver ustedes mismos las marcas que dejó al entrar por la cúpula e impactar la estatua.
Entonces Edward lo recordó. Era cierto, poco antes de que cayera por el acantilado escuchó un terrible relámpago acompañado de la cegadora luz de la poción. ¿Sería posible que ambos hubieran ocurrido al mismo tiempo?
—Es cierto, jefe. La noche de la tormenta vi un relámpago impactar la cima del cañón —dijo un hombre corpulento y calvo entre el grupo —. Pero hasta hoy no estaba seguro de en dónde había sido.
—¿Y porque demonios no habías dicho nada? —lo reprendió Spades.
—Bueno... Usted nunca preguntó al respecto —respondió el hombre, estrujando una boina entre sus enormes manos.
El maestro de pista se limitó a cerrar los ojos y llevarse una mano a la frente, negando con la cabeza.
—Supongo que eso lo aclara —dijo —. Les agradezco la visita, caballeros. Han sido de gran ayuda.
—Estamos para servirles. Y no hace falta que le mencionen nada a Lord Grim. Nosotros haremos lo necesario para que inicien la reconstrucción del templo —aseguró Leonard. Edward aún estaba sorprendido por lo bien que había manejado la situación —. Que tengan una buena noche.
—No olviden venir a la última función de la temporada. Tenemos un nuevo acto —agregó Spades.
—Lo tendremos en cuenta.
Ambos se retiraron, aún en su papel de asistentes de Darkus y abordaron el carruaje de vuelta a la mansión.

—Eso fue increíble —dijo Edward a su amigo, ya dentro del carruaje.
—Nos salvamos por muy poco. Ahora implora porque Grim no venga a ver esto. Espero que sólo envíe a alguien a limpiar el desastre. Ahora dime algo, ¿cómo hiciste para atraer un rayo tan exacto? Destruir la evidencia, no es la mejor táctica, pero es útil.
—Yo no lo hice. De verdad tuve mucha suerte —explicó el muchacho.
—Pues espero que tu suerte dure mucho más. No creo tener las agallas para responder por cada problema que se presente porque tú destruyas propiedad pública.
Edward le dirigió una mirada furiosa.
—Sería mucho más fácil si alguien me ayudara —lanzó —. Además fue mi idea venir a explorar ¿recuerdas?. Qué no se te suba a la cabeza tu acto heroico.
Leonard se acomodó en su asiento.
—Ya está. Tienes razón. Supongo que ambos hicimos nuestra parte.
Continuaron el resto del viaje en silencio. Mientras Edward pensaba que debía convencer a Leonard de que lo ayudara. Entendía que no quisiera hacerlo, quizá porque ponía en juego su puesto en la Sociedad. Pero toda la información que podía obtener de él era casi vital para la operación. Así tendría todas las piezas del rompecabezas. Leonard le proporcionaría información sobre Darkus y sus acciones. Eliza le daría  soluciones para lo que sea que pudiera encontrarse. Y él, por supuesto, haría lo que estaba haciendo hasta entonces.
Pronto se acercaron al Monte Moontower.
—Entonces ¿qué dices? ¿Me ayudarías con esto? —preguntó al fin Edward. De nada le serviría dar vueltas al asunto. Tal parecía que Leonard también había estado pensando en el aquello.
—Te ayudaré en tu próxima misión. Sólo para saber que tan grave es todo esto. Pero no puedo asegurarte nada en las siguientes —respondió sin preámbulos.
—Me parece justo —aceptó el muchacho mientras el carruaje aterrizaba frente a su departamento —. Nos veremos luego para hablar de esto.
—De acuerdo. Descansa tranquilo. Al menos por esta noche.
Edward no tuvo oportunidad de replicar. La puerta se cerró de golpe y el carruaje despegó.

No paso mucho tiempo antes de averiguar de que se trataba su siguiente misión. La caverna Flegeton, como nadie solía llamarla, era un lugar externo a las fronteras del bosque en el norte. Era la clase de lugar que pasaba desapercibido, incluso en los mapas del pueblo. Pero para los pocos que la habían explorado o que se habían cruzado con ella, le llamaban la caverna en llamas. Edward no supo de su existencia hasta revisar el mapa que se extendía en el salón abandonado.
Fue hasta aquel punto esa misma tarde. Cuando vio ante sí el lugar, se preguntó como podía pasar desapercibido. En primera instancia, se encontraba rodeado de árboles negros y torcidos, como chamuscados por una brisa infernal. Largas y afiladas hojas anaranjadas y rojizas emanaban de las puntas de las ramas como cabellos, danzando al compás de un rugido furioso que provenía de las entrañas de la caverna. El suelo también era oscuro y se extendía poco más allá de los límites del bosque. Era rocoso y sus grietas exhalaban bocanadas de humo, a veces grisáceo, a veces negro como el hollín.  Un fuerte olor a azufre impregnaba el aire alrededor. La entrada de la caverna misma parecía furiosa, como un torrente de rocas parecidas a olas muy altas. Iban tan alto como si intentaran alcanzar la cima de la cordillera que se extendía detrás. Las sombras que producían estas rocas, gracias al río de lava ardiente que fluía debajo, formaban caras endemoniadas de rasgos filosos y enojados. Danzaban y hacían muecas horribles.
Tardó más tiempo en volar hasta ahí que el que estuvo parado observando y aún así el calor comenzó a sofocarlo. Razón por la que casi de inmediato indicó a Ace que se fueran.
Paseó un rato en el sendero del bosque, sintiendo la brisa que soplaba entre los árboles. Le resultaba refrescante. Llevó a Ace hasta el riachuelo, donde el caballo bebió en abundancia y el propio Edward sumergió la cabeza. Estaba helado. Ya algunas partes habían comenzado a congelarse.
Con la mente más clara, decidió que no tenía sentido perder tiempo, así que fue directo a la cabaña de Eliza, esperando que los recibiera.
Llegaron pronto. Las ventanas de la planta baja estaban iluminadas. Edward se aventuró a dar un par de golpes en la puerta.
La chica los recibió a ambos con una gran sonrisa. Los hizo pasar. Aunque Ace tuvo problemas con la puerta, logró encoger un poco las alas para entrar. Pronto se acurrucó cerca de la chimenea, donde una tetera hervía.
—Espero que no te estemos incomodando —se disculpó el muchacho.
—No te preocupes por eso, la noche es el mejor momento para visitarme. Preparo chocolate —dijo Eliza, con una gran sonrisa en el rostro. Tomó la tetera y llevó un par de tazas a la mesita de centro —. ¿A que debo el honor de su visita?
Edward estuvo a punto de decirle la razón principal. Pero pensó que sería descortés.
—Pasábamos por aquí. Vimos la luz encendida y ya sabes, Ace se puso algo inquieto.
El caballo levantó los oídos y miró al muchacho con reproche. Él le hizo una seña para que le siguiera la corriente.
—¡Ah! De modo que fuiste tú —dijo la chica al animal, acariciando su cabeza.
—Sí, bueno, a mi tampoco me molesta la idea de venir a verte —murmuró Edward, llevándose la taza a los labios, amortiguando sus palabras.
—Saben que son bienvenidos. ¿Cómo va todo? —Eliza se sentó en uno de los cojines.
—Muy ocupado. Tu sabes, trabajo, entre otras cosas —mencionó él.
—¡Claro! ¿Alguna novedad con ese asunto?
De inmediato sintió un alivio descomunal de que ella sacara el tema.
—Ahora que lo mencionas —dijo, como si no tuviera demasiado interés en ello —, sé a donde debemos ir por la siguiente pieza.
Eliza lo miró, insistente, como invitándolo a seguir.
—La caverna que está al norte del bosque ¿la conoces?
Ella pensó por algunos segundos. Entonces su mano golpeó el platito que descansaba en la mesa, como si hubiera recordado algo desagradable. Se sorprendió de su propio movimiento.
—¿Estás bien? —preguntó Edward.
—Sí, no sé que fue eso. Disculpa —dijo, desconcertada. Recogió los trozos de plato y los puso de vuelta en la mesa —. Conozco el lugar. La caverna en llamas.
—Exacto.
Eliza observó el fuego que ardía en la chimenea, lejos de ellos. La melancolía invadió sus ojos, así como una profunda confusión. De inmediato sacudió la cabeza, se levantó y fue a la alacena por un nuevo plato.
—Creo que tengo un par de pociones y hechizos protectores.
Fue al estante de los libros viejos. Hurgó entre ellos aún con el plato en la mano. Algo no estaba bien. A Edward le pareció que quería distraerse.
—Puedo volver después —dijo. Aunque debía admitir que si ella aceptaba, se sentiría algo decepcionado.
—No, no es nada, —comenzó. Pero se detuvo de inmediato. Se había topado con algo. Extrajo un libro grueso, parecido a un diario. Lo miraba, le daba vueltas y lo palpaba, como si no pudiera concebir su existencia —. No recuerdo haber escrito esto.
Se lo entregó a Edward. La pasta estaba en condiciones magnificas, considerando el resto de los libros que Eliza tenía en el estante. Pero era indudable que lo había escrito ella. Su caligrafía era única y la forma en que las notas estaban puestas era idéntica a la de los otros libros.
—Ni siquiera recuerdo haberlo visto. Hasta hoy —se llevó las manos a las sienes, luchando por recordar. Pero en lugar de eso cada vez parecía más desconcertada.
—Tiene muchas cosas que podrían ser útiles, justo para esta misión —mencionó Edward. Aunque estaba preocupado por Eliza, no pudo evitar notar la cantidad de cosas que mencionaban protección contra el fuego —. Pero, ¿qué quieres decir con que no recuerdas haberlo escrito?
—No lo sé. No sabía que ese libro existía hasta que lo vi. Pero ahí ha estado, siempre. ¡Es como si hubiera evitado mirarlo todo este tiempo! —se dio la vuelta para mirar de nuevo la chimenea. Estaba incomoda y Edward no sabía como reaccionar ante esas situaciones.
Quedaron en silencio un rato hasta que Eliza se puso de pie con rapidez. Luego miró al muchacho.
—Creo que debo ir contigo.
El comentario tomó a Edward por sorpresa.
—Sí, supongo que puedes hacerlo —balbuceó.
—No quiero interferir, pero creo que tal vez haya algo en ese lugar que debo ver.
—En realidad no es un problema. Me ayudaría mucho —afirmó él —. Aunque creí que lo conocías.
—Sé donde está. Pasé por ahí alguna vez. Sin embargo no me atreví a entrar. Otra cosa que parece que no recuerdo del todo —se llevó de nuevo las manos a la cabeza —. Hay algo ahí que al parecer me estoy ocultando a mi misma.
Edward había visto a Eliza convertirse en una versión más joven de ella a través de sus acciones y gestos. Pero por lo general era cuando se alegraba de más o algo le interesaba mucho. Aquella vez fue distinto, y eso lo inquietó. Porque ya no se le veía como una niña alegre y curiosa, sino como una niña muy asustada.

Se encontraron dos días después en un claro cercano a los límites del bosque. La frescura de la noche comenzaba a helarse poco a poco. La clase de frío que calaba hasta los huesos. Pero incluso a varios kilómetros de la caverna, podía percibirse una ligera calidez en el ambiente.
Los primeros en llegar fueron Edward y Ace. Poco después se unió Eliza. Llevaba consigo un saco que tintineaba con cada movimiento. Aún parecía consternada. El saludo vino acompañado del usual abrazo breve, pero esta vez, Edward intentó transmitirle un aura de calma, diciendo en su mente tranquila, todo estará bien. Ella debió sentirlo, pues le apretó el hombro, agradecida. El perfume que despedía su abundante cabellera le resultaba maravilloso.
—Traje todo lo que pienso que podría ayudarnos —dijo ella, mostrándole el saco —. También algunos trucos bajo la manga. Por cierto, has rezagado mucho nuestras lecciones. Para ahora ya esperaba estarte enseñando algo más avanzado que pociones de luz.
Extrajo del saco un libro pequeño y muy destartalado.
—Toma. Son algunas notas que podrían resultarte interesantes.
—Te lo agradezco. Tienes razón. Pero comprenderás que he tenido mi mente en otros asuntos —Se excusó el muchacho.
—Claro. Aún así recuerda. La magia entre más se practique dará mejores resultados. Como suele ser con cualquier otra práctica.
—No me dijiste que tendríamos compañía —dijo una voz rasposa entre los árboles.
Edward se volvió, disimulando el sobresalto que le había ocasionado la repentina llegada de Leonard.
—Estoy seguro que ya conoces a mi compañero de trabajo, Leonard Sinister —dijo, dirigiéndose a Eliza.
—Pero claro. En el baile de muertos. ¿Cómo le va, señor Sinister? —respondió ella, inclinando un poco la cabeza.
—No tan mal —dijo, rascándose la nuca y con una mueca de fastidio —. Aunque estaría mejor si me dijeran por qué estamos aquí. Llevaba un atizador en la mano, pegado a la pierna, como si quisiera ocultarlo.
—Por ahora lo único que sé es a donde vamos. Así que síganme— afirmó Edward.
Ace de inmediato se inclinó ante Eliza. Ella lo miró con ternura y acarició sus crines.
—Oh, no es necesario, de verdad —dijo, desconcertada. Pero el caballo no se movió ni un poco —. De acuerdo. Gracias.
Subió al lomo del animal.
Continuaron por el claro hasta que los árboles que los rodeaban ya no estaban tan distantes unos de los otros.
—Así que te las arreglaste para que esto fuera una cita romántica, ¿no? —murmuró Leonard, burlón. Su amigo de inmediato se dio la vuelta para reñirlo.
—Cierra la boca. Por supuesto que no —respondió, tan bajo como pudo —. ¿Para qué trajiste eso?
El hombre apretó el mango del atizador y comenzó a jugar con él, nervioso.
—Bueno, después de tu aventura con las banshees, pensé que sería mejor si venía preparado —dijo, mientras lo blandía como si se tratara de una espada.
—Será útil si nos enfrentamos a una pila de carbón o a una sala llena de chimeneas —respondió Edward, sarcástico.
Su compañero lo miró con fastidio.
—Era lo único que tenía a mi disposición.
—Supongo que es mejor que nada —afirmó el muchacho.
Ace soltó un relinchó. Ambos se habían rezagado durante su conversación. Edward le hizo una seña para que continuaran.
—Sólo espero que sepas en que nos estamos metiendo —reclamó su amigo.
Edward guardó silencio por unos segundos, luego dijo — Estamos por averiguarlo.

Conforme se acercaban, podían sentir el calor que despedía la caverna y lo que hubiera en su interior. Sobre el lomo de Ace, Eliza estaba cada vez más inquieta y confundida. Ninguno de los dos hombres lo notó. Para ella así era mejor.
Por fin alcanzaron el límite del bosque, donde la tierra cubierta por hojas secas se convertía en roca sólida y oscura, repleta de grietas. Los árboles altos y casi desnudos revelaron las torcidas ramas negras con mechones brillantes qué se alzaban varios metros adelante. El ambiente de inmediato se hizo pesado por el calor que emanaba de cada fisura en las rocas frente a ellos. El aire se llenó con el ronquido grave que provenía tanto del interior de la caverna como del río de lava que se extendía debajo. A pesar de todo, aquel sonido resultaba tranquilizante.
Los cuatro permanecieron ante la caverna, en silencio, en admiración y meditación de lo que harían a continuación.
A diferencia de la caverna repleta de banshees, Edward no había llevado a cabo una misión de reconocimiento. Esta vez no tenía idea de lo que estaban por enfrentar. El pánico lo invadió de súbito. No solo desconocía lo que había más allá, había metido a Leonard y Eliza en aquello. Si algo resultaba mal, no podría evitar sentirse culpable.
Se sobrepuso a tal pensamiento. Tenerlos a ambos era mejor que estar solo.
Eliza bajó de Ace y le dio unas palmadas distraídas. Estaba absorta en la entrada de la caverna. Entre intrigada y temerosa. Edward entonces recordó que no estaba ahí por la misma razón que ellos. Su mente la ocupaba otro asunto, uno que, al parecer, ni ella misma tenía muy en claro.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—No —respondió ella —. Pero debemos seguir.
La determinación en su voz le sorprendió. De modo que, sin pensarlo más, continuaron. Ace permaneció afuera. Aquél lugar no le agradaba en lo absoluto.
El eco se hizo más profundo cuando se adentraron en la caverna. En el interior todo estaba iluminado por un fulgor anaranjado y luces amarillentas, provenientes de pequeños fuegos que ardían en las paredes.
Una pequeña cámara de roca los recibió. Para su sorpresa el techo no era muy alto, pero se iba expandiendo conforme avanzaban. Parecía que tendrían que recorrer un trecho largo y torcido. Sin embargo, al dar la vuelta a una gran roca el trecho terminaba, revelando algo que los dejó boquiabiertos.
Las paredes de piedra se fundían con una textura extraña y brillante. Aunque resultara imposible, el interior parecía estar cubierto de hielo.
Extrañados por aquella visión, siguieron con cautela. Dieron pasos cortos, hasta que tuvieron aquella textura al alcance de sus manos. Eliza fue la primera en palparla y examinarla de cerca. Entonces se volvió a sus compañeros.
—¡Son cristales! —exclamó, maravillada. Edward sintió cierto alivio de verla más tranquila. Aunque notó que sus manos temblaban y ella intentaba ocultarlo.
Algunos de los cristales eran tan grandes que alcanzaban el techo y lo atravesaban, formando columnas que se cruzaban unas con otras. Las superficies eran lisas y sus ángulos pronunciados.
La parte más profunda de la caverna era un laberinto formado por las alargadas estructuras que irradiaban un fulgor a veces blanco y otras veces rosado. Surgían en todos los ángulos y desde todas partes. Aquellos que salían del techo formaban un par de hileras, como una enorme mandíbula repleta de colmillos torcidos.
El interior de la caverna, a pesar del nombre que le habían dado y de su apariencia externa, parecía un paraíso invernal. Aunque el calor sofocante no dejaba que la ilusión se completase.
Continuaron avanzando, esta vez más rápido, pues ninguno consideraba que hubiera algo peligroso ahí. Al menos no por el momento.
Los colores de los cristales cambiaban según la luz que predominara. A veces eran amarillos, otras veces rosados. Había momentos en que todos los colores se mezclaban, como auroras que iban y venían entre el laberinto.
Entre ellos vislumbraron algo que se movía, serpenteando entre rocas oscuras, en contraste a los cristales que lo rodeaban. Llegaron hasta otra cámara de la caverna.
Al fondo, los cristales terminaban para dar paso a una gran pared de roca negra. Aquello que serpenteaba debía ser lava. Brillante y anaranjada, espesa. Caía a manera de cascada, alimentando un pozo que había debajo.
La cámara era amplia, con el centro despejado, como una arena dispuesta a que iniciara una batalla. Alrededor, enmarcando aquello, surgían más cristales alargados. Varios de ellos estaban cortados por la mitad, a manera de pedestales, dispuestos en un círculo improvisado. Tenían diferentes alturas, como lo permitía el terreno desigual. Sobre cada pedestal levitaba una roca envuelta en llamas. Debía haber al menos treinta de ellas. Todas similares, incluso idénticas entre ellas.
Edward las observó con pesar. Ambos, Eliza y Leonard, lo miraron esperando a que dijera algo al respecto.
—Lo que estamos buscando —dijo —, es una roca igual a esas.
Leonard se llevó una mano a la frente y Eliza observó con detenimiento las rocas que los rodeaban.
—¿Qué crees que suceda si tomamos cualquiera? —inquirió la chica.
—No lo sé. Es probable que desencadene algo —respondió Edward, observando sus alrededores. Todo parecía tranquilo e inofensivo. Eso lo aterraba.
—¿Cómo piensas tomarla sin cocinarte la mano en el intento? —observó Leonard.
Eliza se apresuró a hurgar en su saco. Extrajo un frasco que contenía una sustancia viscosa.
—Quizá quieran frotarse esto en las manos, o en cualquier lugar donde no quieran que el fuego los dañe —explicó, entregándoselo primero a Leonard.
—¿Es repelente de fuego? —inquirió él, observando la sustancia.
—No, pero retarda sus efectos. Quiere decir que pueden tocar el fuego sin quemarse, pero sólo por unos segundos
Leonard abrió el frasco. Los tres se reunieron en el centro de la cámara y procedieron a cubrirse toda la piel expuesta con la sustancia.
Eliza guardó el frasco con una mano muy temblorosa. Leonard miró a Edward, también había notado aquello. El muchacho se encogió de hombros con disimulo.
—¿Y bien? ¿Ahora qué? —soltó, como si hubiera notado que la atención estaba puesta en ella.
—La verdad es que no lo sé —dijo Edward —. Busquemos algo que nos de un indicio de que piedra debemos tomar.
Los tres se dispusieron a inspeccionar la cámara.
El calor de aquella cámara, por fortuna, no era tan intenso como afuera. De otra forma la búsqueda se habría hecho insoportable. Aún así, era como estar parado frente a un horno muy caliente. El pozo de lava exhalaba brisas cálidas.
Aquel sin duda debía ser el lugar más caliente del pueblo, considerando que el resto estaba helado la mayoría del tiempo.
Edward y Leonard se volvieron hacia la entrada de la cámara, pues escucharon un tintineo ruidoso. Vieron a Eliza, golpeando uno de los cristales con un pequeño martillo. Rompió un trozo y lo guardó en su saco.
—Nunca había estado aquí. Debo llevar una muestra del materia —se excusó, ante la mirada confundida de sus compañeros.
Continuaron con la exploración hasta que Leonard los llamó a otro extremo del lugar. Había descubierto un cristal que tenía un fulgor distinto a los otros. Un ligero resplandor verdoso lo hacía resaltar del resto, aunque no a simple vista. Tuvieron que observarlo por un minuto antes de asegurarse que podía significar algo. Apuntaba con claridad a uno de los pedestales.
—Esto no puede ser tan fácil —murmuró Edward.
—Yo tampoco creo que lo sea. Pero es una pista —aseguró Leonard.
—O una trampa —agregó Eliza.
—Me temo que, para poder obtener la roca, tenemos que activar y enfrentar la trampa —sentenció Edward.
Estiró una mano dubitativa. Los otros dos miraron alrededor, como si esperaran que algo les fuera a caer encima en cualquier momento.
El muchacho acercó más la mano al objeto envuelto en llamas. Le pareció extraño que el fuego no emitía calor. O quizá ya hacía suficiente y por eso no lo sentía. De cualquier manera, cuando por fin la asió, se dio cuenta que la flama no le provocó dolor o efecto alguno. Quizá solo un ligero cosquilleo en la mano, pero nada más allá de eso.
Un golpe seco los hizo volverse al otro lado de la cámara. Una de las rocas había caído de su pedestal y ahora rodaba hacia el pozo de lava. Lo mismo sucedió con la que estaba junto, hasta que todas las rocas rodaban por el suelo hasta el borde del agujero.
Incluso la roca que él sujetaba, se escapó de su mano para acompañar a las demás.
Ninguno supo si debían tratar de detenerlas, pero cuando reaccionaron ya era tarde. Las rocas estaban cayendo.
En cuanto la última cayó dentro de la lava que se acumulaba debajo, el suelo comenzó a temblar. La cueva entera se cimbró, algunos cristales cayeron del techo. El pozo rugió con furia mientras el lago comenzó a elevarse.
De las paredes comenzaron a emanar torrentes de fuego que arremetían de manera intermitente contra lo que se les cruzara.
Los tres corrieron hacia la salida de la cámara. No saldrían, pero al menos estarían cerca por si debían escapar. De cualquier manera, dos torrentes de fuego les bloquearon el paso.
Edward y Leonard dieron un salto hacia atrás, pero Eliza se quedó petrificada, con las flamas a punto de alcanzarla. Temblaba sin control, y el hecho de que aún quisiera ocultarlo lo hacía más notorio.
Edward la tomó por el brazo, alejándola del peligro. Para su sorpresa, ella quitó su brazo con violencia y lo miró. Estaba aterrada y, al parecer, ni siquiera ella comprendía por qué.
—Lo siento —murmuró, con los muy ojos abiertos.
En ese momento el ambiente cambió por completo. Ya no sólo sentían el peso del calor, sino una densidad extraña que los invadía en lo más profundo. Edward la conocía, era la misma que dominaba en el interior de la cueva de las banshees. Pero lejos de ser oscuridad, esta energía provenía de la luz que irradiaba el pozo. En su interior la lava comenzó a torcerse en formas extrañas. De ella surgió una garra y luego otra de peor aspecto. Entre ellas una cabeza enorme, cubierta de cuernos. La criatura que nacía de la sustancia hirviente rugió, haciendo temblar la caverna entera una vez más. Se aferró al borde con sus garras, buscando apoyo.
Los tres observaron al ser, gigante y feroz. Quería salir del pozo, pero parecía estar atascado. Entonces advirtió la presencia de los tres intrusos. Rugió por segunda vez y atestó un golpe en su dirección. Apenas lograron esquivarlo. Los múltiples ojos del coloso ardían como hierro candente y cuando se enfurecía lanzaban llamaradas que le encendían la parte superior de la cabeza.
Ninguno tenía idea de lo que debían hacer. Leonard blandió el atizador contra el puño de la criatura, dejándole una grieta de la que emanó lava.
Edward observó todo a su alrededor, algo que pudiera ayudarlos. Eliza seguía muy quieta y tenía la mirada perdida en los ojos del gigante. Éste lo notó, de inmediato puso su atención en la chica. La grieta que formaba la enorme boca del ser se contorsionó en una deforme sonrisa. Lanzó una garra hacia ella. No pudo moverse. Leonard se lanzó hacía la garra y de nuevo atestó un golpe certero con el atizador.
—Lo siento, lo siento tanto... no puedo... —dijo Eliza, casi fuera de sí. Dio la vuelta hacia la salida de la cámara. Extrajo un frasco de su bolsa y lo lanzó. Una cortina de humo se alzó, bloqueando las llamas el suficiente tiempo para dejarla pasar. De inmediato volvieron a surgir.
—¡Ah! ¡Excelente! —gritó Leonard — ¡Nuestra única solución! Vaya cobarde...
Edward quería ir tras ella. Pero por más que quisiera no hubiera podido hacer nada. Decidió que era mejor enfocarse en la presente situación. Aún así no dejó pasar la ocasión de lanzarle una mirada de furia a su compañero.
La criatura estaba distraída. Buscaba a Eliza. Algo la atraía hacia ella. Pero no tardó en volver su atención a los otros dos. Volvió a cerrar el puño y lo lanzó con mayor fuerza hacia Leonard.
Algo sobre ellos tintineo.
—¡Mira los cristales! —gritó Edward a su amigo, al tiempo que el gigante dejaba caer su puño de nuevo. Esta vez casi lograba derribarlos.
—¿Qué? ¿Qué hay con ellos?
—No se queman, no se derriten. Parecen resistir las llam...— La criatura había dado un golpe con el dorso de la garra. El muchacho voló por la cámara y aterrizó sobre varios de los cristales que nacían al costado. Perdió toda noción de donde estaba o qué estaba pasando.
Leonard entonces entendió lo que había querido decir. Los cristales que nacían del techo eran alargados y se mecían con cada golpe que daba el monstruo. Creyó saber que tenía que hacer.
—¡Oye! ¡Monstruo estúpido! —gritó, tomó una roca y se la lanzó. Dio justo en el rostro — ¡Eso es!
El gigante, que se había distraído con Edward, gruñó. De nuevo inició el combate, esta vez, golpeando todo lo que tenía a su alcance. La caverna entera temblaba con cada impacto. Leonard apenas podía esquivar los golpes. Comenzó a hacerse hacia atrás. Como la criatura no lo alcanzaba del todo, se estiró, cada vez más, luchando por salir del pozo.
—¡Vamos! ¡Golpéame! —lo provocaba.
Edward se levantó, aún aturdido. Sacudió la cabeza. Ya recordaba donde estaba y por qué estaba ahí. Observó por encima del ser. Los cristales se sacudían cada vez más. Miró al gigante y entonces la vio. La roca estaba ahí, en el centro de su torso, como si se tratara de un corazón en llamas. Quizá podía sacarla mientras estuviera distraído. Pero no tenía como hacerlo. Mientras tanto Leonard casi lograba el objetivo.
El muchacho tomó un fragmento de cristal que había cerca. Comenzó a acercarse con sigilo hasta el monstruo.
—¡Otra vez! ¡Vamos! Aún sigo de pie. ¡Derríbame! —seguía Leonard. Una de las garras ya lo había alcanzado y le había hecho daño en una pierna. Pero seguía luchando. Él también había acertado varios golpes. Lo que ponía aún más furioso a la criatura.
Por fin dio el golpe final.
La caverna entera vibró. Ambos cayeron por el impacto. Los cristales en el techo se vinieron abajo. Varios de ellos atravesaron al gigante. Éste lanzó un grito, aunque no de dolor, sino de furia. Aunque su movilidad estaba ya muy limitada, siguió lanzando golpes sin dirección. Vio a Leonard en el suelo y lo agarró. Aunque intento liberarse aporreándolo con el atizador, al gigante ya no pareció importarle. Estaba encolerizado.
Edward se lanzo hacia él con el fragmento de cristal y lo apuñaló. No supo si la roca que conformaba su piel era muy suave o si el cristal era más fuerte. Pero aquél trozo lo atravesó sin problemas, de modo que siguió. Hasta que el monstruo tuvo suficiente y con la mano que tenía libre también asió al muchacho.
Ahora los tenía a los dos en su dominio. El calor de sus garras era insoportable. Iba a calcinarlos. Hasta entonces Edward se preguntó que pasaría. Si ya estaba muerto, ¿qué seguía? ¿Pasaría la eternidad hecho cenizas? ¿Sería capaz su cuerpo de regenerarse?
Y mientras estas ideas cruzaban su cabeza, algo voló por el aire. No supo que era, pero en cuanto impactó contra la criatura, explotó, liberando una nube de vapor azulado.
El golpe fue efectivo. De inmediato sintieron las garras aflojarse. Pero no lo suficiente. Otro de esos objetos voló hacia el monstruo. Una vez más impactó contre él y produjo el mismo efecto. Así sucedió otras cuatro veces hasta que por fin pudieron liberarse.
Entre las nubes de vapor que habían invadido la cámara, Edward vislumbró una figura femenina de cabello alborotado que combinaba a la perfección con los tonos anaranjados de la caverna. Sujetaba algo con una mano, dispuesta a lanzarlo.
Eliza había vuelto y su mirada era por completo diferente. Estaba decidida y llena de fortaleza. Apretó el objeto que sujetaba, se dio un momento para cerrar los ojos, relajarse y entonces lo lanzó. El pequeño frasco dio vueltas en el aire, para por fin estrellarse en uno de los ojos de la criatura. Ésta rugió por última vez. Su rostro comenzó a endurecerse, congelado en una desagradable mueca. La mancha azul que le cubría el rostro se extendió por todo su cuerpo, inmovilizándolo, hasta quedar petrificado. Ahora parecía un feo monumento en el centro de la cámara. El ambiente se relajó de inmediato. Aquella densidad extraña había desaparecido. Incluso el calor disminuyó. El regreso de Eliza era como un respiro de aire fresco.
Edward la observó. Seguía en posición de ataque, como si esperara que el gigante se liberara de un momento a otro. Pero él sabía que no. Podía sentirlo.
—Volviste —le dijo, entre agradecido y sorprendido.
—Sí, tenía que enfrentarlo —dijo ella. Por fin se relajó —Ahora, ¿dónde está esa roca?
Edward volvió en sí. Miró a su alrededor y se encontró con Leonard. Aunque cojeaba, se veía en buen estado.
—Estoy bien. No piensen en preocuparse —espetó, resentido.
—Por supuesto que lo estás —dijo Edward. De pronto recordó algo. Extrajo un frasco del bolsillo en su saco —. Toma, póntelo en la herida. Te ayudará.
Leonard lo tomó, aún molesto.
—¿Qué es? —gruñó.
—Polvo de fénix. Hará que sanes pronto —respondió Eliza. Lo miraba con desagrado.
Edward pudo percibir la tensión. Sabía que no era para menos y suponía que ella debía haber escuchado el comentario de Leonard.
—¿Estás bien? —le preguntó, acercándose a la chica.
—Claro. Ahora, la roca —respondió. Era claro que no quería hablar. Al menos no en ese momento.
—Necesitare tu ayuda —indicó él.
El muchacho dio a Eliza un trozo de cristal. Se acercaron al costado de la criatura. La roca seguía en el interior, con las llamas aún ardiendo.
Pronto se unió Leonard, golpeando con el atizador. Hasta que por fin lograron extraerla.
Tal como sucedió antes, el fuego que la rodeaba no tenía efecto alguno.
Edward tomó la roca. Sintió un profundo alivio. Para como él lo veía, era un elemento menos en su lista y estaba seguro que Lucius también estaría muy complacido.
—¿Crees que debamos limpiar el desastre? —preguntó Edward a Leonard, recordando su conversación en el carruaje.
—No lo creo, no muchos vienen por aquí. Además si tratamos de ser discretos, Darkus no tiene por qué sospechar nada.
Ambos miraron al gigante congelado en medio de la cámara y los trozos de cristal esparcidos por todas partes.
—Vámonos ya —concluyó Edward.

Los tres salieron de la caverna agotados. Lo único que querían era alejarse de ahí. Caminaron en silencio hasta el claro donde se habían reunido.
Ace ya los esperaba, acostado a los pies de un árbol grande.
—Creo que vas a necesitar esto, amigo —fue lo primero que dijo Leonard. Edward se volvió hacia él, confundido. Su compañero sostenía el frasco de polvo de fénix. El muchacho se miró las manos y se palpó el torso en busca de heridas, pero no encontró nada. Entonces Eliza dio un respingo.
—Edward... tu espalda —dijo, haciendo una mueca de dolor —. Será mejor que vengas conmigo.
Él asintió. Tan agotado como estaba, no podía rechazar esa invitación.
—Yo me voy a casa — aseguró Leonard.
—Sí y antes de que se vaya permítame dejarle algo en claro, señor Sinister —Eliza se acercó tanto a él que Edward temió por un momento que fuera a besarlo, pero en sus ojos había furia y determinación —. Jamás vuelva a llamarme cobarde.
Leonard quedó en silencio por un momento. Después miró a su amigo.
—Buena suerte. Ya nos veremos luego —dijo entre dientes. Edward supo que lo que en realidad quería decirle era buena suerte con esta loca, lo cuál lo enfureció un poco.
 Se limitó a despedirlo levantando una mano.
—Por favor no tomes enserio lo que dice. No pienso que en realidad lo crea —lo excusó el muchacho.
—Como sea, no voy a permitir que nadie me llame cobarde. Porque no lo soy —aseveró la chica. Él supo que era mejor no seguir la discusión.
Ace se agacho para que ambos subieran.


Eliza limpió las heridas de Edward con un trapo húmedo y aplicó un poco de polvo de fénix. Eso las ayudó a cicatrizar. No había podido verlas, pero según la descripción de ella, tenía un agujero grande rodeado de otros más pequeños. Sin duda los cristales habían hecho más daño del que pensó.
—No tenías que hacerlo. Pero te lo agradezco mucho —dijo Edward. La calma de la cabaña en el bosque era muy relajante. Entre tanto silencio se dio cuenta de lo agotado que estaba.
—Hubiera sido difícil que atendieras esa herida tú solo —mencionó Eliza, dejándose caer en uno de los cojines. Se puso un brazo sobre la cara.
Edward la observó, debatiéndose en el interior si era buena idea preguntarle o no lo que tenía en mente.
—Si quieres hablar, te escucho —dijo, por fin.
Eliza se quedó callada por tanto tiempo que Edward temió no haber hablado con suficiente claridad. Quizá no lo había escuchado o tal vez se estaba quedando dormida. Pero cuando se estaba dando por vencido, ella habló.
—Creo que estoy comenzando a recordar cosas y no me agrada —expuso.
—¿Qué clase de cosas?
—¿Recuerdas algo de cuando estabas vivo? —preguntó la chica.
Edward estaba por responder que no. Sin embargo la palabra se detuvo en sus labios. Observó la flama moribunda en la chimenea. Hacía mucho que no pensaba en aquello, si es que había pensado en ello del todo.
Como siguiendo un sendero oscuro en el bosque, recordó sus primeros días como recolector. Después llegó a su mente la primera vez que había visto la mansión frente a él. Recordó estar perdido, correr entre los árboles con la noche a su alrededor. El Ojo le había ofrecido la alternativa de olvidarlo todo. Bebió de la copa. Pero imágenes breves se infiltraron en su pensamiento. Escuchó una explosión, sintió un dolor punzante en la espalda, vio los ojos de una mujer en la oscuridad, burlones. Un intenso sentimiento de ira lo invadió. Apretó los puños. Cerró los ojos para olvidarse de todo aquello. Sin más, la ira se desvaneció. Recordó que estaba en la cabaña de Eliza, por un segundo se había sentido en otro lugar.
—No del todo —murmuró. Para él, aquél momento fue largo, pero tan sólo habían pasado algunos segundos.
—Yo tampoco. Pero presiento que este repentino temor tiene que ver con ello — Eliza se levantó y fue al estante. Tomó el libro extraño que no recordaba haber escrito —. Escribí esto para protegerme, o eso creo. Es sólo un presentimiento. Lo más lejos que puedo recordar es el día en que llegué aquí. Aunque no con detalle.
Dejó el libro de nuevo en el estante y volvió hasta la sala, pero no se volvió a sentar. Siguió caminando de un lado a otro, con la mirada perdida.
—Dime Edward, ¿crees que se supone que debamos recordar quiénes éramos antes de llegar aquí? ¿El recordar cómo eran nuestras vidas antes de esto?
Lo meditó un poco antes de decir cualquier cosa. A su mente seguían llegando imágenes que no parecían tener ningún sentido y sin embargo lo llenaban de rabia. No encontraba consuelo alguno, salvo en sus recuerdos desde que había llegado al pueblo.
—Pienso, que en ocasiones los recuerdos pueden ser dañinos. A veces son como anclas que no dejan que avancemos. Asuntos pendientes que nos demorarían sin necesidad. Creo que si estamos aquí sin recordar nada es porque así debe ser. Lo importante ahora es disfrutar lo que tenemos y, en nuestro caso, protegerlo.
Ambos quedaron en silencio por un rato, contemplando el bosque, más allá de las ventanas de la cabaña.
—El otoño está por terminar —observó Eliza —. ¿Sabes lo que el invierno significa en la tierra de muerte?
—Para ser sincero, no —respondió Edward.
—Es la época en que todo duerme. Un ciclo termina y se prepara para comenzar otro. El festival de los muertos, por ejemplo, es para agradecer y celebrar lo que tenemos, disfrutarlo en grande. Pero el invierno trae consigo el fin que producirá un nuevo comienzo. Es una época de agradecimiento, conclusión y preparación para la renovación.
Edward quedó en silencio. No estaba seguro a donde quería llegar Eliza con ello.
—Pienso lo mismo que tú —continuó —. Creo que algunos recuerdos están mejor enterrados. Es la época perfecta para dejarlos ir y continuar. Nada bueno puede salir de recordar viejos temores. Además, creo que este noche pude enfrentarlo.
La chica pareció salir de un trance. Se dio la vuelta para ir de nuevo al estante, tomó un par de libros y se los entregó al muchacho.
—Si de verdad quieres aprender, deberás leerlos todos. Contienen muchas notas importantes —dijo, volviendo en sí. Su chispa de nuevo brillaba.
—Te lo agradezco. Lo haré. Ahora te dejaré descansar. Yo también debo hacerlo.
Se levantó, tomó los libros y se dirigió a la puerta.
—Me alegra que tuvieras la oportunidad de enfrentarlo —le dijo antes de salir —. Y te agradezco tu ayuda. Si no hubieras vuelto, quien sabe dónde estaríamos.
Ella sonrió.
—Es bueno saber que pude ayudarte. Ten una buena noche Edward.
—Tú también —dijo. Las palabras querida Eliza también se detuvieron en sus labios.
Salió de la cabaña.

La cabeza le daba vueltas, más que de costumbre. Tenía un elemento más en su posesión, pero en aquél momento eso carecía de importancia. No podía dejar de pensar en la ira que había sentido antes. Era un tema en el que le parecía mejor no indagar. Como bien había dicho Eliza, algunas cosas estaban mejor en el pasado. ¿Acaso no era su muerte la oportunidad para un nuevo comienzo? Uno en el que era muy feliz desde el inicio.
Ahora lo importante era seguir con su misión.
Subió al lomo de Ace. Ambos subieron, dejando atrás el bosque. El aire era gélido y cortante. En el horizonte se percibían los vientos del cambio. Muy pronto el invierno llegaría. Edward se dijo que los cambios que trajera, los ciclos que cerrara, serían para un mejor inicio en el futuro. Más allá de aquella perspectiva yacían nuevas oportunidades, esperando a quien se atreviera a tomarlas. Sólo debía asegurarse de que la balanza se inclinara a su favor.