viernes, 15 de julio de 2016

15- El Libro en la Oscuridad

 
Estaba decidido, llevaría a cabo su plan esa misma noche. Terminaría su turno como de costumbre, iría con Leonard a Cuerno y Escama, se lo contaría todo y volaría con Ace hasta las inmediaciones de la mansión. Ahí esperaría hasta que la luna comenzara a descender un poco y entonces volaría al techo, siendo muy cuidadoso de no ser visto cerca. Una vez en el tejado de la torre de Darkus esperaría hasta verlo salir.
La primera etapa sucedió sin contratiempos. Cuando terminó el turno, Leonard ya lo esperaba en el jardín. Caminaron hasta la taberna y su amigo ordenó lo de siempre. Edward decidió que era mejor estar en todos sus sentidos. Aunque usdmitió que un trago lo habría ayudado a relajarse. Se aseguró que ninguno de los propietarios de la taberna estuviera cerca y que todos los comensales estuvieran atentos a sus asuntos. Entonces bajó la cabeza, ocultando el rostro en las sombras.
—¿Recuerdas lo que hablamos sobre Lucius D’arque? —preguntó en un susurro.
—Ya me lo suponía, con razón actuabas raro —respondió su amigo —. Sí, lo recuerdo. ¿Qué hay de nuevo?
—Pues... resulta que tiene un plan de ataque contra Darkus.
—Eso está muy bien.
—No exactamente. Me envió en una misión. Quería contártelo por si algo llega a sucederme después de esto.
Leonard dejó su tarro con una expresión aterrada, poco usual en él.
—¿Qué? ¿Acaso es tan grave? —cuestionó, incrédulo.
—Me envió a robarle un libro. Uno que Darkus oculta en su torre. Si me atrapa o descubre que fui yo quien lo robo, no sé que pueda sucederme. Lo único que sé es que no quiero acabar como Lucius. Pensé que, quizá, si alguien más sabe podría usarlo a mi favor —hasta externar aquello, Edward se dio cuenta de lo peligroso que en verdad sonaba. Podía perderlo todo.
—Vaya... —murmuró Leonard recargándose en la silla y llevándose una mano al rostro para acariciarse el bigote, pensativo.
—Creo que puedo ayudarte con eso —dijo por fin —. Puedo montar guardia, así estarás más seguro. ¿Tienes un reemplazo para el libro?
Edward asintió.
—Bien —continuó el hombre —. En ese caso creo improbable que te descubra. Aún si se da cuenta que le robaron, ¿por qué supondría que fuiste tú?
Aquel era un excelente punto. Darkus no tenía evidencia en su contra, a diferencia de Lucius, que había presentado un obstáculo directo en sus planes. Ni siquiera se había desecho de Leonard porque suponía que no tenía idea de lo que había visto esa noche en su escritorio. Se había limitado a cortarle el acceso continuo a su guarida. Cualquiera podría robarle a Darkus, incluso podría ser alguien del pueblo y no un recolector. Eso alentó mucho a Edward y le dio un gran alivio. Mientras siguiera fingiendo que no pasaba nada no tenía por qué pasar algo.
—¿Cuándo lo harás? —lo interrumpió Leonard.
—Esta misma noche.
El hombre juntó las manos y recargó la frente en ellas como si fuera a orar. Estuvo así un rato, meditando.
—De acuerdo, haremos esto —indicó a Edward —. Volarás con Ace hasta el mirador, está al Este del pueblo, lo encontrarás fácil en el mapa. Una vez ahí esperarás mi señal para acercarte.
—¿Cómo sabré...
Leonard levantó las manos, indicándole que le diera tiempo a explicarse.
—En el mirador encontrarás varios telescopios —continuó —. Estoy seguro que alguno te servirá para ver el techo de la mansión. Observa y espera a mi señal, cuando la haga sabrás que puedes entrar a la torre sin riesgo.
—¿Cuál será la señal?
—La sabrás cuando la veas. Ahora, me iré yo primero, espera unos minutos y sal de aquí. Te veo en el techo de la mansión. Ve al mirador. Buena suerte.
Sin más, se levantó y vació el tarro como siempre hacía.
—¡Qué día, mi estimado Angus! Mejor me voy a casa a descansar —exclamó con tal júbilo que varios voltearon la cabeza para verlo. Incluso Angus parecía sorprendido, pero quizá se debía a que estaba quedándose dormido con la cabeza apoyada en su enorme puño.
—Sí, sí, a casa —dijo distraído —. Esa es una buena idea, señor Sinister.
Leonard pagó su trago y salió con prisa. No sin antes mirar a Edward e indicarle con una seña que esperara un poco.
Los minutos que esperó para salir parecieron eternos. Se preguntaba a cada segundo si ya sería buen tiempo. Tamborileo los dedos sobre la mesa, impaciente. Entonces notó la figura que había visto la primera vez que estuvo en la taberna. Se había acostumbrado a ella y por lo tanto no le ponía atención hasta entonces. Admiró la pequeña mano extendida.
—¿Está todo bien, señor Blackwells? —retumbó detrás la voz de Angus.
—Sí... ¿Quién es él? —inquirió, señalando la estatua con la cabeza.
—¡Ah! Ese es el dios Etré-Us, portador de la buena fortuna. Bueno para los negocios y asuntos que requieran que la balanza de la suerte nos favorezca —le dijo el hombre con esa voz que solía usar cuando narraba alguna de sus historias.
—Interesante —murmuró Edward para sí —. Bien, es mejor que me vaya.
Se puso de pie y se acercó al altar. Tomó una moneda de su bolsillo y la colocó en la mano de la pequeña criatura montada en el grillo. Era mejor buscar el favor de los dioses si quería que todo saliera de acuerdo al plan.
Deseo buenas noches al propietario de la taberna y salió. Ace esperaba afuera. En segundos ya estaban elevándose por encima de los tejados de las casas que se reunían alrededor de la plaza.
No requirió el mapa, el mirador era visible desde arriba. Desde ahí parecía como si una montaña hubiera sido cortada por un gran cuchillo justo por la mitad, dejando una explanada que se extendía, casi perfecta, en declive hacia una enorme reja de hierro.
Descendieron. Edward bajó de Ace y buscó los telescopios. Estaban dispuestos a lo largo del borde, montados sobre la misma cerca que estaba dispuesta a la orilla la explanada.
En aquél lugar no había mucho que ver, salvo una enorme reja distante que se ocultaba en las sombras de la noche. Hasta entonce Edward jamás se había preguntado si Gloom Town tenía una entrada o salida y, lo que era aún más importante, que había más allá de ella. Pero ese no era el momento de hacerse preguntas. Se acercó a uno de los telescopios que daba a la mansión. Puso un ojo sobre la mirilla e intentó enfocar la mansión. Sintió que el estómago se le iba a los pies cuando vio que la construcción, aún con el aumento,  era una simple silueta negra en la lejanía. Así jamás vería la señal de Leonard. Su alivio fue grande al enfocar más de cerca el edificio y comprobar que los detalles iban surgiendo poco a poco, delineados por el resplandor del portal.
Ahora sólo quedaba esperar. No tenía idea si su amigo había hecho alguna parada o si había ido a la mansión después de salir de la taberna. Despegó la vista del telescopio y acarició a Ace. Sabía que su compañero podía sentir la tensión que había en él, así que intentó relajarlo. Pero fue el caballo quien, con una mirada firme, le transmitió una inusual calma.
Dio la vuelta y la visión que tuvo lo impactó. Primero no pareció nada importante, un montón de manchas oscuras en la lejanía, pero sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad de la noche y las luces del mirador no eran suficientes para opacarla.
Gloom Town en su totalidad se reveló ante él como nunca lo había hecho antes. Podía verlo todo, no sólo el pueblo, sino los bosques que lo rodeaban y lo que había más allá de ello. No tenía idea de cómo era posible, pero ahí estaba. A su derecha la mansión, imponente sobre la cumbre más alta, en eterna guardia del pueblo debajo. A su izquierda se extendía el cementerio Blackrose, lleno de pasillos y túneles como un laberinto enorme. En las profundidades del bosque se escondía un enorme campo, que en aquellos momentos estaba vacío, pero sabía que unos meses antes había estado rebosante de grandes calabazas. Más allá de éste se extendía un terreno aún más grande dónde el circo ambulante, que llegaba por temporadas, montaba sus carpas y puestos.
Detrás, delimitando todo como un gran muro, el cañón, formado por grandes montañas que en tiempos de otoño eran anaranjadas, amarillentas y cafés, pero conforme el invierno se aproximaba comenzaban a tornarse grises con delgadas líneas azules de hielo. A sus faldas el río que desembocaba en el enorme lago Áqueron que a veces era más parecido al mar con su amplio horizonte. Más adelante, ya entrando en el bosque, estaba la cabaña de Eliza. La imagino, solitaria y pensativa, mirando por la ventana al firmamento que se podía ver con claridad esa noche. Recordó que en algún lugar de lo más profundo, entre árboles y enredaderas, los dioses y guardianes de esas tierras se reunían en secreto, quizá desprevenidos de lo que sucedía en aquellos momentos. O tal vez lo sabían y todo era parte de un plan más grande de lo que Edward pudiera entender.
Sea como fuese, comprendió que no era el entretenimiento, ni la gente, ni los lugares exóticos lo que hacía de Gloom Town un lugar especial. Era algo que había olvidado, porque lo daba por hecho. Era el nuevo comienzo que aquél maravilloso pueblo le había ofrecido desde la primera vez que llegase. Era la manera en que todo a su alrededor le abría los brazos y le daba la bienvenida como si siempre hubiera estado ahí, la aceptación, el cariño, la calidez, las oportunidades. La simple idea de que todo eso pudiera estar en peligro lo ponía furioso. Si había algo amenazando su nuevo hogar, estaría dispuesto a hacer lo que fuera por detenerlo.
Ace de pronto pareció inquieto. Edward salió del trance y se acercó al telescopio. En el techo de la mansión una pequeña luz anaranjada se movía de un lado a otro. Esa era la señal. Dio un vistazo final a la maravillosa visión que se le había presentado y las últimas palabras en las que había pensado resonaron en su mente como un himno de guerra. Iba a hacerlo y no había más que decir. No consideró ni por un segundo lo que podría pasar si Darkus lo descubría. Se enfocó en tomar el libro y salir de ahí lo más rápido que le fuera posible.
Subió al lomo de Ace y ambos despegaron directo al tejado previo a la torre más alta del edificio. La oscuridad los cubría de manera casi perfecta. El ruido que hacían las alas del caballo al rozar el viento se confundía con el de la brisa gélida que, con la velocidad a la que volaban, se sentía como si un montón de agujas se les clavaran en los costados. Pero no flaquearon, no podían darse ese lujo.
Llegaron con rapidez al techo. Leonard seguía blandiendo la lámpara con la que daba la señal. Al parecer no los había visto.
—¡Ey! —llamó Edward en un susurró. El hombre se sobresaltó y de inmediato recuperó la compostura.
—Demonios, Edward. Que susto me has dado. Pensé que alguien me había descubierto —dijo en voz baja —. Darkus salió hace unos minutos. Tardará un rato en volver, pero no te confíes. Si llega no puedo hacer otra cosa que silbar, pero no me quedare esperando para que me encuentre aquí. Así que más vale que te des prisa ¿de acuerdo?
El muchacho asintió, determinado. Indicó a Ace que lo esperara cerca, pero siempre oculto por las sombras. El caballo hizo la habitual seña de comprender y se colocó muy cerca de la torre, donde se perdía entre la penumbra y la textura de la pared.
Edward entró a la torre. No le dio demasiada importancia al ruido de sus pasos. Confiaba en que Leonard hubiera visto salir al director. Pasó entre los retratos de miradas inquisidoras, sintiendo una vez más escalofríos, pero olvidándose de ello en cuanto se topó con la puerta con los cráneos negros. La abrió con sigilo.
El interior de la oficina no era muy distinto a como lo recordaba, aunque parecía más desordenado que la última vez que estuvo ahí. El escritorio estaba cubierto de pergaminos desdoblados y esparcidos en todas direcciones. Algunos incluso habían caído al piso. Se aproximó, buscando algo que revelara alguna información de importancia para la misión. Pero todos parecían listas de nombres y requerimientos usuales sobre asuntos de recolectores. Miró a sus alrededores. Lo único que iluminaba el interior era el fuego moribundo de la gran chimenea y el resplandor del portal. A su derecha se extendía un gran pasillo lleno de libreros y estantes. Pensó en lo que Lucius había dicho, pero no estaba de más echar un vistazo. Por un segundo deseo haber pedido la lámpara a Leonard, pero luego recordó que en momentos sus ojos se adaptarían a la poca iluminación, pero no tenía tiempo de esperar.
Se paseó entre los libreros, palpando la pared detrás en busca de algo que pareciera extraño. En los primeros había frascos y botellas de todos tamaños con etiquetas de papel adheridas a cada uno. Otros exhibían figuras de madera, entre otros objetos decorativos. Más allá comenzaban los libros. El que buscaba en definitiva no estaría ahí, pensó. Pero era posible que alguno sirviera como palanca para abrir algún pasadizo secreto. Recordaba haber leído algo así en una historia o quizá alguien se lo había contado. Palpó los lomos, todos eran muy similares. Conforme sus ojos se fueron adaptando vio que la mayoría eran de color café o marrón. En la oscuridad podían pasar por el encuadernado rojo de su objetivo, pero estaba claro que Darkus no lo haría tan fácil.
Conforme se movía de un lugar a otro, intentaba buscar con el pie alguna parte del suelo que pareciera estar suelta o donde hubiera un hueco. Sin embargo era difícil ya que todo estaba cubierto con alfombras llenas de polvo.
Sin darse cuenta había vuelto al escritorio. Lo rodeó, buscó en cajones y en los bordes de la madera. Luego observó la vitrina donde reposaba la enorme guadaña. De pronto parecía amenazante, quieta, como esperando el momento perfecto para atacarlo. Después se le ocurrió que era ridículo pensar que el objeto tenía vida propia, aunque emanaba una energía peculiar. La luz verdosa que se colaba por la ventana, combinada con la que provenía del fuego, creaba rostros cambiantes en la gran cuchilla plateada. Se dio la vuelta, alejando aquellos pensamientos. La tensión lo ponía paranoico.
Notó un sonido lejano, algo que parecía un búho ululando. Continuó en busca de alguna otra cosa que pareciera sospechosa sin darle mucha importancia a aquello. Hasta que recordó que por ahí no había búhos, o al menos nunca había visto uno cerca de la mansión, solían merodear los bosques.
Sin ningún aviso el cerrojo de la puerta chasqueó. Edward se agachó, ocultándose debajo del escritorio tan rápido como pudo. El terror no tuvo tiempo de sorprenderlo, pero una vez escondido debajo, sintió que las piernas se le entumecían. Los sentidos parecieron abandonarlo por un segundo y la cabeza empezó a darle vueltas.
Entre dos pergaminos que caían desde el borde pudo ver una silueta cruzando el umbral. Se había terminado, Darkus iba a encontrarlo. ¿Cómo podría excusarse? Su mente se puso en blanco, no tenía solución. Comenzó a temblar, pero se obligó a quedarse quieto. No emitió ni un sonido. Por un lado era fácil, al menos no debía aguantar la respiración, pero el resto de él se estremecía con violencia. Entonces notó algo extraño. La silueta era demasiado grande y ancha para pertenecer a Darkus. Quien había irrumpido en la oficina era Balthus. Caminaba con pasos torpes hasta unos de los estantes en los que Edward había buscado minutos atrás. Parecía cauteloso. Cuando la puerta se cerró de golpe ambos se sobresaltaron. El muchacho se cubrió la boca con ambas manos, pero el hombre estaba más ocupado asegurándose que nadie había entrado. ¿Porqué estaría tan nervioso?
Se puso frente al estante, como meditando lo que estaba a punto de hacer. Luego abrió una de las puertas de vidrio, extrajo una botella, removió el corcho y dio un trago breve. Miró detrás para reafirmar que estaba solo y empinó la botella dos veces más antes de rellenarla con otra que estaba cerca. Colocó el corcho y la puso de vuelta en su estante para luego salir de ahí tan rápido como había entrado.
Edward, aún entumecido y confundido, se quedó un rato más debajo del escritorio, abrazándose las piernas. Había estado muy cerca, pero por fortuna Balthus ni siquiera sospechaba de su presencia en la torre.
Salió de dónde estaba. Las piernas aún no le respondían del todo, pero debía seguir. Mientras se apoyaba en el borde del escritorio para recuperar la postura notó algo que no había visto antes. Un destello verdoso lo impactó, proveniente de entre el retrato y la repisa sobre la chimenea. En ese espacio había una pequeña placa en la cual se leía el nombre y título completo de Darkus, a quien no sólo se le acreditaba como director, sino como protector de Gloom Town. El muchacho soltó un respingo de escepticismo. Por alguna razón se sentía atraído hacía la placa, algo había en ella, algo inusual.
Acercó la mano para tocarla, pasó el dedo sobre el borde y luego lo posicionó en el centro. Presionó con delicadeza, comprobando su sospecha. La placa era un botón muy grande en a pared. Esta vez puso suficiente fuerza, empujándola con las yemas de los cinco dedos.
El interior de la chimenea emitió un ruido metálico, como si una máquina se pusiera en marcha después de siglos de quietud. De pronto algo pesado cayó desde lo alto, deslizándose en las paredes internas. Edward se sobresaltó, la cosa estaba haciendo demasiado ruido. Miró frenético a su alrededor, esperando que Balthus volviera o peor, que esta vez fuera Darkus quien entrara.
En el hueco apareció un borde de madera, como una gran boca abriéndose. El cajón oculto descendió y se detuvo justo antes de tocar los restos de leña cuyo fuego estaba por extinguirse. El ruido cesó.
El muchacho se sintió aliviado, pero no lo suficiente, el ruido aún podía haber atraído la atención de alguien. Miró dentro del compartimento secreto. En él reposaba un libro grande, cubierto de piel rojiza, remendada con cuidado y con detalles dorados grabados en la portada. Le sorprendió ver espesas telarañas y una gruesa capa de polvo cubriéndolo. Ahora comprendía porque Lucius no le había advertido sobre un reemplazo. Era probable que Darkus no hubiera tocado el libro por muchos años. Removió las telarañas y lo tomó con cautela. Extrajo, del saco que llevaba al hombro, el libro que había comprado para ponerlo en lugar del otro. En cuanto lo colocó, el cajón inició su rugido una vez más. Comenzó a subir, cerrándose y haciendo su camino hacia la parte posterior de la chimenea.
El proceso tardó menos tiempo, pero fue igual de escandaloso. Aún así, Edward se sintió intrigado por el libro que sostenía, dándose tiempo para revisarlo. El interior era tal como Lucius lo había descrito, paginas negras en su totalidad. Los trazos, planos y líneas que las llenaban estaban trazadas con tinta plateada que resplandecía con cada movimiento. Había esquemas, dibujos y anotaciones con una caligrafía apresurada. En algunas partes grandes manchas se cernían sobre el texto. Algunos otros pasajes eran ilegibles porque alguien había pasado la mano mientras la tinta aún estaba fresca.
Se apresuró a cerrarlo. Comprendió que todavía estaba a la mitad de su misión, aún debía salir de ahí sin ser visto. Guardó el libro en el saco y se dispuso a salir tan rápido como pudo.
Hasta ese momento cayó en cuenta de un pergamino que asomaba entre el resto que se esparcían sobre el escritorio. Lo había visto antes, pero entre letras y esquemas no le dio mucha importancia. Un destello de la luz en la ventana lo marcó, como si alguien hubiera querido que lo viera en aquél preciso momento. En él sólo había escritas unas cuantas palabras, pero lo suficiente importantes para quedarse grabadas en su mente. Con un trazo rápido, preciso y calculado a la perfección el escrito decía: El momento de actuar se acerca.
Lo leyó una y otra vez para asegurarse que no había leído mal. Quería remover lo que estaba encima para ver el resto del texto, pero no estaba seguro de poder acomodarlo todo de nuevo en su lugar.
Comenzó a reflexionar el significado de ello, pero el terror lo invadió de nuevo cuando el claro retumbar de pasos se hizo presente en el pasillo externo a la oficina. No tuvo tiempo de pensar en su siguiente movimiento. Sólo alcanzo a dar una mirada rápida a todo para ver que nada estuviera fuera de lugar. No podía esconderse, era posible que Darkus estuviera volviendo para quedarse. Si permanecía ahí, era cuestión de tiempo para que lo encontrara. Su única salida ahora estaba bloqueada.
Se dio la vuelta, quizá podía escalar por la chimenea. Se acercó, agachándose para introducirse en el agujero, pero el fuego, aunque ya era muy pequeño, de inmediato comenzó a quemarle la ropa. Era una pésima idea. El resplandor verdoso le iluminó la cara, recordándole que había una ventana ahí.
La abrió al tiempo que la manija de la puerta daba vuelta, cediendo el paso a otra silueta en la oscuridad. Sin mirar que había debajo, saltó por la ventana, sin soltarse del borde, mientras con la otra mano pudo cerrarla. Fue tan rápido que no se dio cuenta de cómo lo había logrado.
Alcanzó a ver la alargada figura que se introducía en la oficina. Su paso era lento, parecía pensativo. Edward sintió cierto alivio pues eso le indicaba que no se había dado cuenta de lo que había sucedido esa noche. Aunque no podía estar seguro por completo.
Su calma momentánea fue invadida de nuevo por el horror cuando comprobó que debajo de él no había nada más que los tejados más bajos de la mansión, seguidos por el abismo sombrío entre las montañas que la rodeaban.
Podía intentar aterrizar en uno de los tejados, pero podía ser que rodara hasta el abismo, o podría romperse varios huesos en el proceso. Además de que llamaría mucho la atención y todos se preguntaría que demonios hacía allá arriba en primer lugar.
Comenzaba a sucumbir a su propio peso. Lo único que lo separaba de caer, eran los ocho dedos que se aferraban al borde de la ventana. Éste comenzó a crujir, lo cuál podía llamar la atención de Darkus.
Las manos empezaron a temblarle, ocasionando que los brazos se sacudieran. El cuerpo entero se estremecía y comenzaba a perder la sensibilidad en su mitad superior. El viento le azotaba el rostro, cortándolo como pequeñas navajas. Sentía el peso del libro halar el cordel del saco, hundiéndolo en su clavícula, cada vez más. Todo eso sin contar que el frágil borde de madera estaba a punto de romperse.
Intentó escalar un poco el muro, pero era demasiado liso para hacer cualquier progreso. Lo único que lograba era unos segundos de calma antes de volver a sentir todo el peso halarlo hacía la oscuridad.
Algo se movió en las sombras debajo de él. No pudo observarlo bien, pero se movía con rapidez desde uno de los balcones. Primero le pareció un gran trozo de tela que volaba en el aire, vio que se dirigía hacia él. Entonces sintió que las piernas se le hacían ligeras y el peso de todo disminuía. Se soltó del borde, en parte porque ya no resistía más, sintiendo como su cuerpo entero flotaba. Sostuvo entre sus dedos las crines de Ace, aún confundido, pero agradecido de que su fiel compañero estuviera una vez más ahí para él.
—Gracias, amigo —dijo en un susurro, luego le indicó que bajaran hasta la puerta cerca del jardín.
Con las sombras tan largas que se proyectaban en la parte más baja de la mansión era difícil que alguien lo viera. Aún así descendieron tan cautelosos como les fue posible, ocultos en las partes oscuras. Así fue como alcanzaron la puerta oculta debajo de la gran escalera.
Edward se detuvo un momento antes de entrar al pasillo. Quería acabar cuanto antes con todo eso, pero debía recuperarse antes de ver a Lucius. Le tomó unos minutos más. Cuando por fin se introdujo por el agujero en el piso, recordó que siempre olvidaba llevar una linterna. Se había acostumbrado ya.
Bajó las escaleras arrastrando los pies, aún estaba sobrecogido por todo lo que había pasado y lo rápido que fue. Por un segundo habría dicho que fue fácil, pero la verdad es que no lo consideraba así.
Empujó la puerta, luego se acercó al espejo.
Por un segundo se vio a sí mismo reflejado en la superficie oscura. Aquello era inusual, ya que las sombras en el interior consumían toda luz que pudiera iluminar el espejo. Aún así distinguió a la perfección su pálido rostro antes de que éste fuera reemplazado por la máscara blanca de Lucius, quién apareció como un espectro entre la negrura.
—¡Edward! —exclamó con un júbilo raro en él —. Dime que todo ha salido bien.
El muchacho se limitó a extraer el libro del saco.
—Es una forma de decirlo —respondió.
—¡Vaya! ¡Excelente! Por fin las cosas comienzan bien para mi —festejó el hombre. Edward no dijo nada. Había sido invadido por un repentino cansancio. Pensó que una siesta larga no le caería nada mal en aquél momento.
—Bueno, alégrate, mi amigo. Todo ha salido bien ¿no? —reiteró Lucius. Juraba que la boca en la máscara ahora estaba sonriendo, pero era probable que el cansancio le estuviera engañando la vista.
—Eso creo. Darkus entró en el último momento. No sé si se habrá dado cuenta de algo —dijo con pesar. Hasta entonces no tuvo tiempo de apreciar las alternativas de lo que podía haber pasado. Por lo que sabía, quizá Darkus ya había enviado a alguien a buscar al perpetrador. Con seguridad no sabría que era él, pero si no era cuidadoso no tardarían en encontrarlo.
—No es motivo de preocupación, muchacho. Tenemos lo que buscábamos. Sólo debes andar con cuidado, sé precavido y no levantes sospechas ni atención indeseada.
El tono condescendiente de Lucius lo irritó un poco, pero tenía otras cosas en mente como para rebatirlo.
—Ahora, si fueras tan amable de entregármelo —le indicó con cierto misterio en la voz. Edward se dispuso a hacerlo, pero entonces se le ocurrió que no quería acercarse demasiado al espejo. Las sombras en su interior parecían inquietas, algo en lo que nunca había reparado.
—No estoy seguro.
—¿Qué dices? —inquirió el hombre, molesto. La máscara, en definitiva, había cambiado de expresión en ese momento.
—Sólo quiero estar seguro de que no acabaré del lado equivocado del espejo —expuso Edward, firme.
Lucius se detuvo a pensarlo. El muchacho lo observaba con cuidado, buscando entre la negrura de las cuencas vacías. Ya era tarde para desconfiar de él, por supuesto. Pero no era él quien le preocupaba, sino el mundo que yacía más allá del cristal. Un mundo del que nada sabía y en el que no quería terminar por un descuido.
—Eso no va a pasar —explico con calma el hombre —. Yo no puedo salir y tú no puedes entrar. No permitiré que pasé.
—¿Pero entonces es posible?
Lucius guardó silencio. Aquello preocupó a Edward.
—Tendrás que confiar —dijo por fin.
Después de otro momento de reflexión, el muchacho acercó con cautela el libro. En el interior del espejo pudo escuchar voces, lejanas en un principio, pero entre más se acercaba, éstas parecía incrementar. Primero parecieron susurros, pero pronto se convirtieron en horribles lamentos y gritos.  Algunos ni siquiera parecían humanos.
Con cada paso las voces penetraban más en su mente hasta haberla invadido. Quería soltar el libro y huir de ahí, pero algo lo atraía, una fuerza de la que no podía soltarse. Algo se aferraba a sus muñecas, como delicadas manos dispuestas a tirar de él en cualquier momento.
El libro rompió la barrera del espejo, como si estuviera atravesando una cortina de humo que él pudiera ver. De inmediato Lucius se lo arrebató y sintió como las manos que lo atraían, ahora lo empujaban con violencia. Los lamentos se detuvieron de súbito. Estaba fuera del trance, yacía en el piso cerca del espejo. Al darse cuenta de ello, horrorizado, encogió los pies y se alejó de las sombras como si le quemaran.
—¿Qué demonios ha sido eso? —dijo con voz quebradiza.
—Te dije que no lo permitiría. ¿Ahora confías en mi? —respondió Lucius. También él parecía exhausto.
Edward asintió. Temblaba, sentía un terrible frío que poco a poco se fue dispersando, pero que no olvidaría con facilidad.
—Bien, creo que ha sido suficiente para ti. Te pediré que me des unos días antes de poder descifrar esto —dijo señalando unas páginas del libro abierto —. Mientras tanto recuerda lo que te he dicho. Sé precavido y mantente fuera de problemas.
Observó al hombre, quería decirle que él podía tomar sus propias decisiones, que no necesitaba que nadie le dijera que hacer y mucho menos cómo hacerlo. Después se sintió frustrado, porque ahí, tirado en el suelo, muerto de miedo, debía parecer un pequeño asustado.
Se levantó con furia y dio la espalda a Lucius.
—Volveré cuando lo crea conveniente —espetó, en un último intento por tener la última palabra. Sin más, dejó atrás el salón, subió por las escaleras ocultas y escaló por el hueco en el suelo hasta alcanzar el exterior.
La noche era fresca y la luna ya había comenzado su descenso hacia el cañón. Pero nada de eso le importaba. Lo único que quería era irse a casa, meterse en las cobijas y que nadie más lo molestara.
Los siguientes días fueron muy tensos para Edward. Estuvo mirando sobre su hombro más de lo debido y sospechaba de cualquier cosa que en otros días hubiera sido de lo más normal. Se sentía observado. Lo que más le preocupaba era toparse con Darkus.
Una cosa era segura. De haber sabido el director que alguien había entrado aquella noche en la torre, ya habría visto movimiento o alguna campaña para interrogar a quienes pudieran haber visto algo sospechoso. La otra cosa que lo tranquilizaba era que de saber quien era el culpable, habrían enviado por él de inmediato bajo cualquier excusa. Aunque, por supuesto, Darkus podía estar esperando que Edward se sintiera cómodo y despreocupado para entonces atacarlo. Pero eso le parecía poco probable.
Así transcurrieron varios días en los que no bajo la guardia por un segundo. Leonard le había aconsejado que se relajara, pues si seguía sobresaltándose cada vez que lo llamaban para saludarlo o hablarle, comenzaría a levantar sospechas con su inusual comportamiento.
No logró hacerlo hasta que un día, mientras cruzaba el vestíbulo para ir al túnel, el mismísimo Darkus Grim caminaba hacia él. Primero se le ocurrió pretender que no lo había visto y pasar de largo, pero su presencia ahí no era cualquier cosa. Todos con los que se encontraba lo saludaban o al menos inclinaban la cabeza con respeto. Pensó en hacer esto último y apresurarse a seguir con sus cosas. Entra más rápido pasara sería mejor, pero aquel tramo de pronto se volvió interminable.
Por fin estaban a una distancia corta el uno frente al otro. Inclinó la cabeza con exageración, lo cuál no fue buena idea, pues Darkus ni siquiera parecía que fuera a notarlo hasta que hizo aquel ademán. Entonces decidió que con eso sería suficiente, hasta que la hoz se le resbaló de las manos y cayó con un estrépito, seguido de varios pergaminos que llevaba en el otro brazo. El director se acercó de inmediato para ayudarlo, junto con otros dos recolectores que estaban cerca.
—¿Se encuentra bien, señor Blackwells? —pregunto el hombre.
—Sí... sí, todo está muy bien. Gracias —respondió el muchacho, sorprendiéndose de lo bien que había fingido estar bien.
—De acuerdo, vaya con más cuidado —le dijo, mientras le entregaba un pergamino y seguía su camino como si nada hubiera pasado.
Eso fue todo, sin comentarios sarcásticos o amenazadores. No hubo miradas de advertencia. De hecho el hombre parecía absorto en sus pensamientos y no pareció notar a Edward más de lo usual. Eso sólo podía significar que no sospechaba nada. Incluso podía ser que ni siquiera hubiera notado la falta del libro.
Aquel encuentro lo tranquilizó casi de inmediato. Siguió su día muy animado. Después le contó a Leonard sobre ello, quién le confirmó que no tenía nada que temer.
Se sentía tan aliviado de todo ello que decidió ir esa misma noche a ver a Lucius. Había pasado al menos una semana después de que se introdujera a la torre. Suponía que era un tiempo más que suficiente para que hubiera descifrado algo.
Esperó a que cayera la noche antes de hacer cualquier movimiento. Una vez que la oscuridad podía servirle como escondite de nuevo, se puso en marcha.
Cuando entró al salón, miró con recelo el espejo. No podía sacar de su mente las horribles voces que había escuchado. Lucius ya estaba ahí, como si supiera que tendría visitas. Tenía el libro abierto sobre el regazo.
—Darkus no iba a hacerlo fácil, por supuesto —dijo, sin siquiera levantar la vista para saludar a Edward.
—¿A qué te refieres?
Las oscuras cuencas se posicionaron en el muchacho.
—No sólo escondió el cetro, lo partió y esparció las piezas por todo el lugar —dijo sin abandonar el tono enigmático. La expresión en su máscara estaba recta e imperturbable.
Edward no dijo nada, por lo que Lucius continuó.
—Por fortuna conozco un poco su mente y creo saber en dónde está cada pieza. Una, por ejemplo, la tenemos aquí mismo —señaló el libro con ambas manos.
—¿El libro es parte del cetro?
—No, pero requiere un ritual para devolverle la energía. Cuando Darkus lo partió, también lo despojó de todos sus poderes. Quizá no sabía lo que hacía, quizá era con exactitud lo que quería.
—¿Qué clase de ritual?
Lucius guardó silencio, después respondió
—Hablaremos de eso después. Mientras tanto deberemos planear que piezas buscarás primero.
—Será mejor que me digas de una sola vez cuántas son y cómo las encuentro —dijo Edward decidido. Su ímpetu se quebrantó cuando Lucius dejó salir una risa burlona.
—Admiro tu energía, muchacho. Pero no es tan fácil. Dónde sea que las haya oculto, no lo hizo sin pensarlo. Habrá cosas que las protejan, criaturas que las resguarden. Deberás prepararte para ello.
—¿Qué clase de criaturas?
—Exacto. ¿Cómo saberlo? Nos espera una interesante aventura.
Lucius extendió el libro hacia Edward, quien por instinto se alejó. No quería tener que acercarse de nuevo al espejo. El hombre comprendió y abrió la página en la que estaba. Sujetó el libro para que al otro le fuera visible lo que había en él.
—Da un paso atrás —advirtió. Edward lo hizo.
Las páginas del libro parecieron derramarse frente a él y romper la barrera del cristal. Comenzaron a extenderse como volando en un viento que las acomodaba en una posición exacta. Conforme el rompecabezas se fue armando, éste revelaba una serie de líneas conectadas que formaban símbolos esparcidos por una gigantesca hoja en medio del salón. De algunos signos emanaban estelas de luz plateada que revoloteaban sobre la superficie y fluctuaban de un lado a otro, como una aurora boreal en miniatura.
Unos momentos después, el plano había terminado de revelarse en su totalidad.
—Impresionante —murmuró Edward.
—Lo sé, un truco sencillo, pero interesante. Ahora dime, ¿qué es lo que ves?
Observó el plano con detenimiento. En un principio parecían un montón de líneas y círculos deliberadamente complejos. Pero al estudiar los signos que marcaban puntos específicos empezó a relacionarlos con cosas que conocía.
Vio una luna menguante, un cráneo, una rosa y un telescopio. En los lugares donde no había signos de ninguna clase, todo estaba lleno de trazos cortos en varias direcciones que le recordaron las manchas verdosas que formaban los grandes grupos de árboles desde el cielo. De no haber volado sobre el pueblo, quizá nunca hubiera reconocido lo que tenía enfrente.
—Es un mapa de Gloom Town —aseguró.
—Exacto. Y ahí, donde las estelas cruzan, ahí es dónde deben estar ocultas las piezas. Es lo único que se me ha ocurrido hasta ahora.
Admiraron el mapa en silencio otro rato, hasta que a Edward se le ocurrió otra pregunta.
—¿Cómo sabremos identificar las piezas?
Lucius ya se había adelantado. Sostenía otra página del libro con dos dedos como si fuera algo de suma delicadeza. En ella había bosquejos y notas.
—Nuestro amigo fue muy amable en dejarnos claro eso. Al parecer estaba estudiando la naturaleza de cada una. No llegó a ninguna conclusión importante. Pero nos dejó esquemas precisos de cómo luce cada una.
La habilidad de dibujo de Darkus era buena, lo suficiente para lograr imaginarse como se vería el objeto real. Entre las piezas resaltaban una roca transparente, un medallón con forma de gota que parecía tener grietas en su interior, algo pequeño con espinas oscuras y una esfera cuyo contenido asemejaba un remolino. Las tres restantes debían ser partes del cetro como tal, pues estaban conformadas por dos mangos largos y la última recordaba a un hacha con alas de murciélago por hojas. Ésta le pareció familiar.
—De modo que tendremos que encontrar siete escondites alrededor del pueblo —pensó Edward en voz alta.
—O dentro de él —aclaró Lucius.
—¿Y se supone que debo hacerlo yo solo? —su tono adquirió cierta incredulidad. Después del episodio en la torre, un poco de ayuda no le vendría mal. Pero a los únicos que tenía eran Leonard, quien quizá no querría involucrarse y Lucius, que no era de gran ayuda atrapado en el espejo. Por un segundo pensó en Eliza, pero no la conocía lo suficiente para implicarla en aquello. Sin embargo, que le enseñara algunos trucos sería bueno.
—Preferiría que no hablaras de esto con nadie. No sabemos en quien se puede confiar. Aún así, no estás solo. Yo te ayudare buscando pistas y descifrando que es lo que Darkus puso para ocultar o proteger las piezas. Al menos con esa información podrás prepararte antes de cualquier búsqueda.
En eso tenía mucha razón, pensó Edward.
—Bien, de acuerdo. Aún así no creo poder con esto por mi cuenta. Así que tendrás que confiar si elijo involucrar a alguien.
Lucius estaba renuente a tal idea, pero no mostró oposición alguna. Si él pedía confianza, debía entregarla por igual.
—Sólo sé muy precavido. Si le cuentas a alguien, ya no habrá marcha atrás para ellos tampoco.
—¿Y ahora que sigue? —preguntó el muchacho, sin prestar mucha atención al último comentario.
—Estudiare las piezas y sus posibles escondites. Veré cuales conviene encontrar primero. Dame un par de días. Estoy seguro que para entonces tendré lo que necesitamos para iniciar la búsqueda.
Edward asintió.
Las hojas comenzaron a dispersarse de nuevo, para después volver al libro detrás del espejo.
—Quiero agradecerte de nuevo, Edward. Sin tu ayuda nada de esto sería posible. Con el libro en mis manos hay una nueva esperanza de devolver las cosas a como deben ser. Y, quizá, yo también pueda volver a ser quien era.
El dejo de tristeza en la voz del hombre conmovió al muchacho.
—Así será. Lograremos ponerlo todo en su correcto sitio —aseguró.
—Me gustaría preguntarte algo —la voz de Lucius se tornó en una temible seriedad —. Dime, por salvar Gloom Town y a su gente ¿qué estarías dispuesto a hacer?
La pregunta lo tomó por sorpresa. Estaba claro que no dejaría de luchar por su hogar. No iba a permitir que nada le hiciera daño o lo cambiara en algo diferente. Pero no estaba seguro de su capacidad para hacer algo que considerara incorrecto o inmoral. No esperaba enfrentarse con una decisión así. Sí el bien más grande lo requería, entonces quizá no tenía más que decir.
—Haré lo que esté en mis manos y daré todo de mi. Lo que sea por que las cosas permanezcan como son ahora —respondió con determinación.
—Estoy seguro que sí. Me alegra saberlo.
A veces cuando Lucius hablaba, le hacía sentir escalofríos. Esa voz ligera como un susurro, a la vez firme, convencida de todo cuanto decía y siempre calculadora, le hacía pensar en cosas que estaban en lo más profundo de su mente, pero que yacían ahí sin perturbarlo. No lo comprendía del todo, pero quizá así era mejor. Era como si algo en cada palabra que decía quisiera alcanzar un rincón oculto de su mente. Pero se consideraba con la fuerza y voluntad suficientes para saber si estaba siendo manipulado. Sabía que todo lo que había decidido en aquel asunto había sido por sus propias convicciones, de eso estaba seguro.
—Entonces volveré en un par de días —aseguró, como siempre, con la intensión de tener la última palabra.
—Estaré preparado. Hasta entonces.

Aquella noche no se dirigió a casa. Tenía mucho en que pensar. Dio un paseo por la plaza y el centro. Continuó hasta llegar al parque. Se encontró llegando a los límites del bosque del Este, cruzando los grandes monolitos en dirección a una alta escalera de madera, pasando por un tramo amplio entre árboles y maleza. Pronto se dio cuenta, que de manera inconsciente, había ido a parar en el mirador.
Era la segunda vez que lo visitaba, aún así se estaba convirtiendo en uno de sus lugares favoritos. Subió por las amplias escaleras que crujían con suavidad bajo cada uno de sus pasos. Era un crujido reconfortante, casi tan bueno como el de las hojas secas cuando caminaba por el bosque.
Una vez en la parte alta, se acercó al barandal del balcón, el punto más alto del mirador. Tal como la última vez, Gloom Town se revelaba ante él como una maqueta en el aparador de una tienda, iluminado por la gran esfera plateada que se alzaba en el amplio cielo nocturno.
En las diminutas ventanas podía distinguir las llamas de las velas temblando, algunas siendo sofocadas. La gente tranquila en sus hogares, descansando a la luz de las chimeneas, cuyas ligeras humaredas subían hasta dispersarse en el cielo y no verse más. No tenían idea de todo lo que estaba sucediendo o que estaba por suceder. Sólo Edward, un muchacho solitario recién llegado al pueblo, sabía la gran conspiración que comenzaba a develarse poco a poco.
Observó la silueta oscura más allá del bosque, la mansión que guardaba tantos secretos. Pensó en Darkus. Casi podía verlo sentado tras su escritorio, con las manos entrelazadas y la barbilla apoyada en ellas, pensando su siguiente movimiento como si se tratara de un supremo juego de ajedrez.
Quería sentir aversión, quería odiarlo. Así las cosas serían más fáciles. Pero se dio cuenta que no podía. A pesar de conocerlo poco, sabía a la perfección que el poder era peligroso, corrompía a quienes poseían más de lo debido. No era la primera ni la última vez que algo así sucedía. Incluso la idea de salvarlo le pareció un incentivo para llevar a cabo los planes que Lucius y él habían trazado. Tal vez al final se daría cuenta que manipularlo todo a su favor para tener poder absoluto no era la respuesta. No parecía una mala persona, sólo alguien cuyas decisiones estaban equivocadas.
Aún así no iba a permitir que sus errores se llevaran entre patas aquello por lo que estuvo esperando una vida entera. Podía haberlo hecho con cualquier pueblo, con cualquier gente, con cualquier lugar, excepto Gloom Town.
Aquél era su utopía, y si había dudado en el momento que Lucius cuestionó que tanto era capaz de hacer por salvarlo, ahora sabía que estaba listo, que no se doblegaría con facilidad.  Si salvar su hogar le demandaba arriesgar su alma misma, entonces lo haría.
A su cabeza llegaron todos los recuerdos desde el primer día en que había estado ahí. La noche en que despertó en el bosque confundido, sin saber que sucedía ni a donde debía ir. La primera visión que tuvo de la mansión y las almas que moraban en ella. Leonard llevándolo por todo el lugar hasta el Ojo, quien le permitió elegir su propio destino, un nuevo comienzo. Ahora era un recolector y la noble tarea del recolector consistía en proteger a las almas en el difícil cruce entre la vida y la muerte. Pero no sólo eso, su deber iba más allá, debía protegerlas incluso después del proceso. Si estaban en peligro, lo menos que podía hacer era recordar su juramento y llevarlo a cabo, cada día de su nueva vida, sin importar lo que sucediera.
Las almas descansaban tranquilas en sus casas, porque sabía que había alguien velando por su bienestar y aunque su fe quizá estuviera puesta en la persona equivocada, no estaban incorrectas al pensar que alguien estaba ahí para ellos. Alguien que en sus momentos más oscuros, se levantaría en su nombre para protegerlos de cualquier cosa que amenazara su tranquilidad.
Sí, ahora estaba por completo seguro. Por el bienestar de Gloom Town, era capaz de hacer lo que fuera necesario.

14- Lucius D'arque

Pasaron algunos días antes de que Edward tuviera la mente clara con respecto a lo que había pasado la noche del festival de los muertos. Recordaba todo como un sueño. Apenas creía que había sido capaz de acercarse a Eliza y establecer conversación con ella. Mucho menos creía que lo hubiera invitado a bailar y le permitiera acompañarla a su casa. Esa parte de la celebración la recordaba con una sonrisa boba en el rostro. Pero como una nube llena de furiosa tormenta llegaba el recuerdo del espectro en el bosque y el encuentro con el tal Lucius. Una parte de él se negaba a creer lo que le había dicho. De alguna forma lo hacía sentirse traicionado y, de ser cierto, significaba que todo a su alrededor corría un temible peligro. Esa idea era la que menos podía soportar. Sin embargo lo que Leonard le había contado no dejaban de darle vueltas en la cabeza. Después de todo, Darkus era el hombre que había obligado a su amigo a quedarse en la sociedad. En el tiempo que lo conocía no pensaba en él como una mala persona, sólo alguien que había sido privado de su estilo de vida y lo expresaba con claridad. La razón era incierta, pero sus tropiezos en vida no podían haber sido tan graves. Hasta dónde Edward sabía, la muerte le deparaba un destino cruel a aquellos cuyos actos fueran dignos de castigo. Un destino como el que Lucius estaba sufriendo. Con esto no pudo evitar preguntarse si él era una de esas almas, condenada a una existencia de dolor por sus actos.
La otra parte le indicaba que había algo sincero en el hombre tras el espejo, así como algo siniestro detrás del director de la sociedad. Descubrió que se mantenía tranquilo mientras pensara lo contrario. Pero eso era sólo porque no consentiría que su presente se viera afectado por algo que ni siquiera le incumbía. ¿Qué tenía que ver él en las luchas de poder y cosas que no comprendía del todo? ¿Porqué tendría que afectarle aquello sólo por un accidente? O quizá no había sido accidental el encuentro. Tal vez había sido en el momento justo y era él quién tenía que poner un alto a todo. ¿Estaba preparado para algo así? Podría ser. En los últimos meses se había dado cuenta de su potencial, ya nada le parecía imposible. ¿Quería hacerlo? Por supuesto que no. No quería verse fuera de su tranquilidad. Pero si lo que Lucius decía era cierto entonces no había tranquilidad a la cuál aspirar. Pues, según él, todo eso se acabaría si Darkus lograba el supuesto objetivo.
Al menos mientras viajaba a la Tierra de mortales podía concentrarse en su labor. Pero en los pocos momentos de paz que gozaba, las ideas volvían para atormentarlo. Llegó un punto en que pensó pedir audiencia con Darkus con el simple propósito de buscar cualquier cosa que le pareciera sospechosa. Después de meditarlo la idea no pareció ser muy firme, así decidió que sería mejor hablarlo con alguien. Pero la única persona en quién confiaba era Leonard y sabía lo que opinaría al respecto. Con seguridad daría la razón a Lucius e iniciaría una revolución en el acto al confirmar que su director tramaba algo. Aunque nada perdía al intentar hablarlo con seriedad.

En los días que habían pasado desde el festival todo volvió a la normalidad con una velocidad sorprendente. Las decoraciones en las calles habían desaparecido y los habitantes del pueblo regresaron a sus actividades cotidianas como si nada hubiera ocurrido ahí. De vez en cuando se escuchaban comentarios sobre el excelente desfile o lo divertido que había sido todo. Aquél era el único vestigio de las celebraciones que tuvieron lugar días atrás.
Parte de los actos cotidianos fue el regreso a las tardes en Cuerno y Escama con Leonard después de un largo día de trabajo en la mansión. Edward vio, en una de esas tardes, la oportunidad perfecta para sacar el tema. Su amigo estaba de muy buen humor, lo cuál era poco usual. Aquella noche, el propietario de la taberna los acompañaba a la mesa.
—Sí, una vez tuve un encuentro con el espíritu de la noche de muertos —relataba Angus en voz baja y con los ojos entrecerrados —. Estaba buscando leña a mitad del bosque cuando me sorprendió el anochecer. Fue entonces que vi unos grandes ojos entre la niebla, amarillos como llamas y una gran sonrisa con dientes afilados.
Agna, qué estaba a su lado, giró los ojos con escepticismo.
—Vino a mi con sus garras grandes, pero yo estaba preparado —continuó el hombre haciendo ademanes, atrayendo la atención de quienes estaban en mesas aledañas —. Tomé el hacha y atesté un golpe en su contra. El primero lo fallé, la criatura era demasiado rápida. Pero al segundo no tuvo tanta suerte. Con un rápido movimiento le clavé el arma en la espalda, mientras eso me hizo esto con sus filosas garras.
Mostró a todos tres largas líneas que iban desde el codo hasta la palma de su mano. Varios hicieron exclamaciones de sorpresa.
—Un árbol le hizo eso —le susurró Aghna a Edward —. Intentaba quitarle las bellotas a una ardilla cuando el muy torpe cayó de bruces y se rasgó el brazo con las ramas.
El muchacho tuvo que morderse los labios para reprimir una carcajada. El resto aplaudió cuando Angus terminó su heroica historia diciendo que había ahuyentado a la criatura a gritos.
—Bueno, bueno. Suficiente de tus aventuras por esta noche —dijo la mujer levantándose —. Dejemos que nuestros clientes atiendan sus asuntos.
Los hombres que solían reunirse para jugar naipes fueron los primeros en retomar su juego. Les siguieron los demás comensales, murmurando y comentando la historia que acababan de escuchar.
—Si necesitan algo estamos a sus ordenes, caballeros —les dijo Angus. El banco debajo de él crujió al liberarlo de su gran peso.
—Gracias —respondieron al unísono Leonard y Edward.
—Vaya que debió ser aterrador toparse con ese espíritu —aseguró su amigo.
—Pudo ser peor. Además no fue lo único peculiar con lo que me topé esa noche —respondió él, observando la reacción de su compañero.
—¿Qué quieres decir? —preguntó algo incrédulo.
—Necesito contarte algo, Leonard. Pero primero quiero saber si serías capaz de darme una opinión sobre Darkus sin dejarte llevar por lo que pasó entre ustedes.
Su amigo lo miró sombrío. La sonrisa desapareció de su rostro, aunque no por completo.
—No la necesitas. Ya te la he dicho suficientes veces. No confío en él y es todo.
—¿Por qué? Sé lo que te hizo. ¿Pero acaso hay algo más? Algo que no sólo tenga que ver contigo. Algo que tenga entre manos.
Leonard quedó pensativo mirando el fuego de la chimenea.
—Sí, hay algo más —declaró.
Edward sintió otro peso encima. No quería seguir con aquello. Pero por otro lado sentía que no tenía más opción.
—Tiene algún tiempo desde que sucedió. Antes de Balthus yo solía ser el asistente de Darkus —contó el hombre con expresión sombría —. Por supuesto no me confiaba muchas cosas, sólo me enviaba a resolver todo aquello de lo que él no quería encargarse. A veces pienso que era un pretexto para mantenerme ocupado todo el día.
‹‹ Una noche estaba a punto de irme cuando recordé que debía llevarle unas cosas a la torre. Lo habría pospuesto, pero sabía que encontraría la manera de hacerme pagar por ello, así que subí cuanto antes. Extrañamente encontré su habitación vacía. Entré para dejar lo que debía entregarle y me di cuenta de algo que estaba sobre su escritorio. Pero en ese momento él entró. Logré disimular que hubiera visto algo, aún así me interrogó sobre aquello. Nunca lo había visto tan furioso, en sus ojos había algo distinto, una ira asesina, si es que le puedo llamar así. Al final no sé si quedó convencido. Sólo sé que al siguiente día me envió al área de listas y contrató a Balthus un tiempo después.
Procedió a beber un largo trago del tarro como solía hacer. Mientra tanto Edward se sintió abatido. Las piezas se estaban conectando, eso no le gustaba. Parecía que él sería una pieza clave en todo ese asunto.
—¿Qué fue lo que viste con exactitud? —preguntó en contra de todo deseo.
—Algún tipo de diagrama lleno de símbolos extraños, tú sabes, cómo las runas que representan a los dioses... pero distintas. También había un mapa de Gloom Town en el que marcaba puntos clave del pueblo y sus alrededores.
Edward meditó aquello. Pensó en las runas de los dioses y en lo que había dicho Eliza sobre el dios oscuro cuyo nombre no recordaba. Hasta entonces no había pensado en la existencia de dioses oscuros, pero si existían los que cuidaban las Tierras de Muerte sería lógico que existiera algo de lo cuál debían protegerlos. ¿Sería posible que ese fuera el poder oculto de Darkus? Algún tipo de comunión con esos dioses.
Sin embargo creyó que seguía precipitándose. Aún no estaba por completo seguro que todo eso fuera cierto. Era posible, claro, pero no sentía que lo hubiera confirmado. El hecho de que Leonard no hubiera hecho algún comentario odioso hacia Darkus a lo largo de su relato lo perturbó más. Esa era la clase de opinión que buscaba.
—¿Qué sabes de un tal Lucius D’arque? —inquirió el muchacho. El repentino cambio de tema tomó por sorpresa a su amigo.
—Lucius... me suena ese nombre. ¿Quién es?
—Creo que solía trabajar en la sociedad —pensó que sería mejor no darle tantos detalles. Así quizá sería más fácil confirmar algunas cosas —. ¿Crees poder investigar al respecto?
—¿A qué viene todo esto? —preguntó Leonard, confuso.
—¿Puedes o no? —espetó su compañero.
—Vaya, relájate chico. Sí, puedo hacerlo.
—Lo lamento. Es que... siento que algo no va bien —por primera vez desde que había llegado a Gloom Town, Edward sintió su calma perturbada. Comenzó a pensar que todo había sido demasiado bello para ser cierto. Tal vez por fin comenzaba a ver la cara oculta de aquél lugar. Se llevó las manos a las sienes, a pesar de que el presión que sentía era más bien emocional.
—Debo asumir que tiene que ver con Grim.
—Sí, pero prefiero contártelo cuando hayas investigado lo que te pedí.
—Bien, lo haré. Ahora, bebe y cálmate. Lo que sea que pase seguro tiene una solución.
Y Leonard tuvo razón. Con cada trago del vino la cabeza le parecía más ligera, los problemas lejanos. Pero la sensación no iba a durar para siempre.

Esa noche Edward pasó todo el tiempo que pudo investigando sobre dioses oscuros en la biblioteca. Además de la mención que se hacía de Ténebre, ahora lo recordaba, era aquella de la historia que Eliza le había contado. Cuando preguntó sobre el tema, una de las asistentes del lugar lo miró con recelo y negó, cortante, que hubiera tal cosa en el recinto. El muchacho no supo si preocuparse más, pero decidió no pensar en nada hasta la mañana siguiente.
Leonard llegó con actitud misteriosa al final del turno.
—Ey, ya sé porque se me hacía conocido el nombre —le dijo casi en un susurro —. Tenías razón, Lucius D’arque trabajaba aquí hace mucho tiempo. Antes que yo llegara. Pregunté a uno de los escribanos. Parece que solía ser asistente de Darkus también.
—¿Tienes idea de qué pasó con él?
—Al parecer dejó la sociedad. No sé muy bien la razón, pero me dijeron que tuvo un altercado con nuestro estimado director.
Aquél, pensó Edward, confirmaba hasta cierto grado la veracidad de la historia de Lucius. Lo último que quedaba era preguntarle al mismo Darkus, pero en vista del destino que habían sufrido sus últimos dos asistentes, era mejor sacar conjeturas propias.
—Bueno, ¿ahora vas a contarme qué tienes en mente?
—Sí, pero no aquí. Creo que lo mejor será que vayamos al departamento.
Terminaron de guardar sus cosas y fueron al patio de la mansión para abordar un carruaje. Durante el camino no hablaron nada, pero Edward supo que su compañero podía percibir que estaba preocupado.
Ambos se sentaron a la mesa del comedor una vez que llegaron.
—Todo parece indicar que tenías razón —comenzó Edward —. Puede ser que Darkus no sea quien aparenta ser.
Su amigo lo miro entre satisfecho e intrigado.
—Encontré a Lucius. Según su historia no se fue de la sociedad. Grim lo expulsó porque descubrió algo que pone en peligro todo como lo conocemos.
—¿De qué hablas? ¿Cómo que lo encontraste?
—La noche de muertos —continuó —, mientras buscaba tu lista encontré una puerta debajo de las escaleras. Lleva a un salón lleno de objetos abandonados, entre ellos un espejo muy peculiar. Lucius está encerrado en él. Creo que es un portal. Dijo que estaba prisionero en un lugar donde solo hay oscuridad y odio.
—Suena como el Dominio de sombras —dijo Leonard.
El muchacho lo miró, confundido.
—Es el lugar al que enviamos a las almas negativas. No sabes mucho al respecto porque no es tu área —aseguró él. Edward quiso decirle que sabía más de lo que él pensaba, pero lo dejó seguir —. Verás, el turno nocturno se encarga de ellas. Son las almas de aquellos que han cometido crímenes; Asesinos, corruptos, esa clase de gente, tú entiendes. A diferencia del resto que les es permitido seguir adelante, estas almas van directo al dominio de sombras. Un lugar donde solo existe oscuridad y el tiempo no pasa. Imagina los sentimientos más horrendos y violentos de la humanidad concentrados en un solo lugar, alimentándose de esa misma negatividad una y otra vez por la eternidad. Es un destino peor que cualquiera que puedas imaginarte, una tierra de pesadillas constantes.
Algo llegó a la mente de Edward, no estuvo seguro que era, pero le pareció como si recordara algo similar a lo que le estaba describiendo su amigo. Sintió un repentino pesar por Lucius.
—¿Es posible que un alma inocente entre ahí? —preguntó.
—Bueno, no sé que consideres inocente, pero entiendo que quieres decir y te diré algo; Si Darkus quería deshacerse de Lucius en un lugar que estuviera aislado de las Tierras de Muerte, ese era el sitio indicado. Jamás saldría de ahí y no podría contar su secreto a nadie. Hasta ahora.
Ambos quedaron en silencio, contemplando la noche desde la ventana. Pasó un rato antes de que alguno volviera a decir algo.
—Ya sabía que éste día llegaría pronto —dijo Leonard, aún mirando la ventana —. Los secretos del hombre no podían mantenerse ocultos por siempre. Sabía que un descuido iba a volver para atormentarlo.
—Aún no puedo creerlo. No quisiera creerlo —el muchacho tenía la mirada perdida en el horizonte.
—¿Tanto te agradaba Darkus?
—No me refiero a eso. Es que esto significa que todo está por cambiar.
—Cierto. El cambio, como la muerte, es de las pocas cosas que podemos estar seguros durante y después de la vida. Todo siempre cambia. Ahora procuremos que cambie para bien.
Edward sintió en su interior que algo se abría paso. Ya lo había sentido antes, pero en pequeñas cantidades. Ahora creía que iba a partirle las costillas por la mitad para salir de golpe desde su corazón. Era una extraña mezcla de miedo y decisión. Leonard tenía razón. Si todo iba cambiar, era mejor que hiciera lo posible para equilibrar la balanza.

Después de dos días aún no se había decidido a volver al salón abandonado. Ya no porque desconfiara, sino porque sabía que esa visita marcaría un punto sin retorno en su camino. Aunque no tenía por qué ser así. Podía escuchar lo que Lucius tuviera que decir, pero eso no lo obligaba a nada. Mientras le daba vueltas al asunto observaba las últimas hojas caer de los árboles desde la terraza del departamento. Decidió que entra más lo pospusiera menos querría hacerlo.
Llamó a Ace, que estaba acurrucado en su montón de paja. Se sintió mal por molestarlo, pero el caballo parecía más que contento de acompañarlo.
Volaron directo a la mansión. La luz de la tarde ya comenzaba a cederle el paso al anochecer. Aterrizaron a las afueras del bosque cerca de los límites de la mansión. Indicó a su compañero que lo esperara ahí.
Algunos recolectores venían bajando por la escalera. Edward los saludó como sin nada y procedió a saltar la barda con rapidez para que nadie más se diera cuenta. Ahora, con la luz del atardecer, advirtió unos huecos y piedras que estaban dispuestos a manera de escalones por los que sería más fácil subir. Con cierta amargura pensó que de haberlos visto antes no estaría metido en aquel asunto. Vio el hueco que llevaba a las escaleras, estaba bien oculto entre sombras y trozos de madera. Dio un último vistazo a su alrededor, cuando estuvo seguro que nadie lo miraba, entró.
Se olvidó por completo que el pasillo estaba a oscuras. Lamentó no haber llevado consigo una fuente de luz, lo haría después. Se paró frente a la gran puerta, se tomó unos segundos y la abrió.
Por las rendijas entraba un poco de los últimos rayos del atardecer. Todo seguía igual, excepto por el espejo al fondo que ahora estaba descubierto. Recordó que le había parecido un dragón enroscado y dormido, ahora veía la razón. Las enredaderas no solo tenían espinas. En ellas había grietas que asemejaban escamas grandes. Pensó que aunque era elegante y muy elaborado, no dejaba de haber algo siniestro en él. El interior era negro intenso, aún con la poca luz que había en el cuarto, como si la absorbiera por completo.
—¿Hola? —llamó con cautela.
—Volviste —respondió la voz distorsionada desde el espejo.
—Sí. Debía aclarar cosas antes.
—No te culpo. Hiciste bien en no confiar al principio, ahora lo sé —el rostro blanco y sin expresión apareció en el espejo, seguido del torso y las manos cubiertas por la negrura —. Yo tampoco lo habría hecho.
Edward lo observó materializarse. Había olvidado el detalle de la máscara. Se preguntaba como podría haberlo hecho siendo que era lo más llamativo de aquel personaje.
—¿Porqué llevas esa máscara? —inquirió el muchacho sin preámbulos. Aún intentaba descifrar si había ojos detrás o no. Lucius hizo una pausa antes de responder.
—Ya te he contado la naturaleza del lugar que habito. El dolor aquí es regla, la oscuridad la única compañera —habló en voz baja —. No sé cuánto llevo aquí, podría ser una eternidad y no lo sabría. Pero desde que fui confinado a esta pesadilla he sido torturado, humillado, reducido a las formas más bajas que puede alcanzar un alma humana.
El muchacho se sintió conmovido, en su voz había genuino sufrimiento. Sin embargo esperó a que el hombre terminara de hablar.
—Debido a eso —continuó —, mi rostro y cuerpo han sido mutilados. Ya no soy lo que solía ser. Este escondite me ha proporcionado refugio de mis atormentadores, así como esta máscara te protege a ti de mi temible apariencia. Te aseguro que no querrás ver lo que hay debajo, y aún cuando quisieras no te lo permitiría. Prefiero mantener mi dolor para mi. Nadie más.
Guardaron silencio. Edward decidió que eso no interferiría con lo demás. Aún tenía sus reservas y planeaba ir con cuidado el resto del camino. Si se dejaba influenciar por aquella triste historia terminaría por sucumbir a todo lo que el hombre dijera.
—Entonces —dijo con firmeza y aclarándose la garganta —, sabemos que estamos en peligro. ¿Cómo lo detenemos?
—Me gusta tu actitud, muchacho. Pero no es tan sencillo como eso. Tengo una vaga idea de lo que podemos hacer, pero para llevarla a cabo necesitare de un primer favor. Una misión, si quieres verlo así.
—De acuerdo, ¿cuál es esa idea? —Edward se sorprendió de lo determinado que sonaba.
—Es probable que quieras sentarte. Hay mucho que discutir —dijo Lucius. Hasta entonces notó un silbido que provenía de su pecho, cómo si el mero acto de tomar aire para hablar fuera de extrema dificultad —. La fortaleza de nuestro enemigo radica, no sólo en su mente estratégica y tenaz, hábil para manipular las mentes débiles. Cómo ya te lo había mencionado, posee un poder que podría subyugar a los mismos dioses. ¿Tienes idea de cómo es posible que tal poder exista en primer lugar?
—¿Tiene que ver con los dioses oscuros? —cuestionó.
—No, no en realidad. Se trata de un poder creado por los dioses protectores de esta tierra. Un poder que, por supuesto, ha caído en las manos incorrectas. Aunque ellos no tendrían manera de saberlo. Han pasado eras desde que ese poder tocó las Tierras de Muerte por primera vez y no siempre le perteneció a Darkus.
‹‹ Ahora, ese poder, no existe por sí mismo. Es algo etéreo que necesita de un recipiente para ser manipulado, algo que lo contenga. En este caso se trata de la posesión más preciada de nuestro rival. Una guadaña otorgada por la Muerte misma al hombre para llevar a cabo su labor.
Edward de inmediato identificó el objeto descrito. El instrumento que descansaba en una vitrina detrás del escritorio del director de la sociedad. Sintió un nudo en el estómago.
—Y debo suponer que habrá que quitársela —dijo con temor.
—¡No seas tonto, muchacho! Inténtalo siquiera y entenderás como es este lugar en carne propia... o alma, en realidad. Darkus y su séquito jamás te permitirían poner un dedo sobre ella. Aún si lo hicieras no llegarías muy lejos. No tienes idea de cómo manipularla.
Se relajó por un instante. Ya se imaginaba escabulléndose a mitad de la noche en la torre, sin ninguna idea de cómo salir de ahí ileso.
—No, no. Nosotros debemos actuar en las sombras —respondió Lucius, agitándose y tosiendo —. Pretender que nada está sucediendo, hacer que Darkus se sienta seguro de que nadie sabe sus planes. Además, no podemos sólo destituirlo y expulsarlo como hizo conmigo, no. Primero debemos exponerlo ante sus seguidores como el fraude que es. Así todos se volverán en su contra y llevarlo a su justo destino será más sencillo. Y para eso necesitamos que use su poder. Por supuesto que eso requerirá tiempo.
—¿Cómo haremos ...—se detuvo a pensar. Ya estaba involucrado en su totalidad. Aún podía negarse, pero todo parecía demasiado serio como para huir.
—... para que use ese poder?
—Habrá que provocarlo. Y cuándo eso suceda necesitaremos algo con que defendernos.
Había demasiadas preguntas en su cabeza ahora, todo comenzaba a dar vueltas de nuevo. Empezó a cuestionarse si lo que estaba haciendo era correcto, pero se sorprendió descubriendo que todas esas dudas venían del miedo que sentía por involucrarse en tal situación. Cerró los ojos y se tranquilizó. Lo más importante ahora era saber su papel.
—De acuerdo, un momento. Así que Darkus tiene un arma poderosa creada por los mismos dioses. Aún no comprendo que quieres de mi —le dijo con los ojos todavía cerrados.
—Lo que necesito es que encuentres algo por mi y me lo traigas —concretó Lucius.
—Suena muy sencillo.
—No lo es.
—Eso imagine.
—Para que comprendas que es lo que te pido, debes escuchar algo más.
Edward comenzaba a perder la paciencia. Pero se dijo que el hombre llevaba años sin hablar con nadie.
—Está bien. Cuéntamelo —respondió, paciente.
—El arma de Darkus no es única. Existe otra cuyo poder es el mismo que su contraparte. Pero está escondida en algún lugar del pueblo. Sólo él sabe dónde está.
—Espera... entonces, ¿tiene dos armas de igual poder? Eso no es muy alentador, debes aceptarlo —lo interrumpió el muchacho.
—Cierto, pero la ocultó porque no sabe como usarla. Ese error le costará todo. Nosotros debemos encontrarla.
—¿De qué nos servirá si no sabemos como usarla?
—¡Una cosa a la vez! Si se la quitamos de las manos tendremos una gran ventaja sobre él. ¿Comprendes? —al parecer Lucius también comenzaba a exasperarse.
—Bien. De acuerdo. Entonces ¿qué es lo primero que quieres que haga?
Los ánimos se apaciguaron una vez más.
—Necesito que me traigas un libro. Un libro que Darkus tiene oculto en su oficina —sentenció el hombre.
El nudo en el estómago volvió con mayor fuerza, sintió que le estrujaban los intestinos con una vara de hierro ardiendo. Así que después de todo si tendrá que escabullirse para robar algo. Intentó no mostrarse incómodo.
—¿Cómo entraré a la torre sin que note mi presencia? —preguntó. Era lo primero que había llegado a su mente.
—El viejo Grim tiene el hábito de dar paseos nocturnos. Le ayudan a despejar la mente. O al menos eso decía. Suele tardar bastante. Podrías aprovechar ese momento para encontrarlo. Puedo asegurarte que es un hombre de hábitos, no dejará de hacerlo por ningún motivo —le aseguró.
Al menos esa parte podía corroborarla.
—Creo que si te das prisa, podrías hacerlo esta misma noche.
El salón había quedado sumido en la penumbra sin que Edward lo notara. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba ahí. Ace debía estar inquieto o quizá ya se había ido al bosque.
—Nada de eso. Debo planearlo —aseveró el muchacho. Vio que Lucius iba a reprenderlo, pero se contuvo, lo cuál era sabio. Para esos momentos Edward hubiera salido del salón sin decirle más.
—Bien. Pero no tardes mucho. Entre más tiempo te tomes más ventaja tiene él sobre nosotros. No te confíes y no confíes en su palabra.
—¿Cómo es el libro? —lo único que ahora quería era salir. El salón de pronto le resultaba insoportablemente encerrado.
—Será muy fácil reconocerlo. Su cubierta es de piel rojiza, muy común, pero sus páginas son negras y está escrito en tinta plateada. ¿Crees poder recordar eso?
—Claro, no será un problema.
—Y no te molestes en buscarlo en el primer lugar que te venga a la mente. Con seguridad lo tiene bien oculto. Puede ser una tabla suelta en el piso o un ladrillo en la pared. Piensa en lugares poco comunes para un libro. Eso te hará más sencilla la búsqueda.
Edward asintió con la cabeza. Se levantó del banco donde se había sentado.
—Ya es hora de que me vaya. Hay mucho que hacer —le dijo con fatiga.
—En cuánto lo tengas, tráelo. Quiero descifrar esto lo antes posible —respondió Lucius. Su voz de nuevo parecía enferma y débil.
—Lo haré. Ten una buena noche —no supo si era correcto decirle eso a un hombre en su condición. Pero estaba acostumbrado y no creía que fuera a molestarlo.
—Gracias Edward, por confiar y volver. Si trabajamos juntos lograremos mucho, ya lo verás —le dijo con tal sinceridad que casi lo hizo sentir mal por dejarlo solo en la oscuridad del salón.
—No tienes nada que agradecer —respondió y se dirigió a la salida con rapidez, cerrando la puerta detrás.

Se alegró de no tener que trabajar al día siguiente de aquel encuentro. En cuanto despertó después de una noche de sueño reparador, las ideas le cayeron encima con tal peso que no se levantó hasta pasado el medio día. Pensó que sería buena idea tomarlo con calma, pero se dio cuenta que estando en casa no dejaba de pensar en la cuestión del libro. Lo que más le preocupaba era ser descubierto, ya fuera durante o después. No pensó en preguntarle eso a Lucius. ¿Tenía que reemplazar el libro con algo? Sabía que Darkus no tendría piedad contra él. Lo desaparecería y nadie haría nada para evitarlo. Quizá Leonard. Sí, aquella era una buena idea. Se lo contaría todo, tal vez así estaría un poco más protegido.
Por ahora lo único que no quería era seguir pensando en ello. Podría ser que un paseo por el pueblo lo ayudara a distraerse. Echó un vistazo a la alacena para ver que le hacía falta. Iría a la calle Nightshade para mirar los aparadores y comprar algunos bocadillos, frutas, dulces y té.
Los días gélidos aparecían de forma ocasional. Aquél era uno de ellos. El viento ya no era fresco, sino que parecía cortar la piel, en especial en las partes más altas como el monte Moontower. Esto quería decir que el Invierno apenas despertaba, enviando pequeñas señales de su próxima presencia. A Ace no parecía importarle, de hecho se le notaba más ágil entre más frío estuviera el clima.
Descendieron en el centro del parque, donde no había mucha gente. El caballo lo seguía de cerca cuando iniciaron el recorrido hacia la calle Nightshade.
Para ser un día de descanso las calles parecían solitarias y el mercado no estaba tan repleto de personas como lo hubiera pensado. Camino a las tiendas Ace se quedó mirando los puestos de frutas, moviendo los labios como solía hacer cuando pedía comida a Edward. El muchacho le compró algunas manzanas e hidromoras que lo mantendrían entretenido por el resto del paseo.
Observaron que había de nuevo en los aparadores. Algunas linternas, calabazas y flores sobrevivían ahí desde la noche de muertos, otras habían sido reemplazadas por las habituales decoraciones de las tiendas. En el aparador de una tienda de libros vio varios tomos muy grandes con las portadas envueltas en piel rojiza, como imaginaba aquél descrito por Lucius. Se preguntó si sería buena idea comprar uno en caso de necesitar un reemplazo que colocar en la oficina de Darkus.
Aún no podía creer que estaba considerando hacer algo tan arriesgado. Una vez más pensó que estaba muy a tiempo de negarse. ¿Pero qué pasaría después? ¿Era capaz de seguir adelante con su rutina sabiendo todo lo que sabía? Preocupándose porque en cualquier momento todo resultaría cierto y ya sería muy tarde para hacer algo.
Vio su reflejo en el aparador de la tienda. De nuevo había dejado que esos pensamientos tomaran el control. Así que hizo lo primero que se le ocurrió para distraerse. Entró a la tienda y compró el libro. Al menos eso le daba una vaga sensación de tranquilidad.
Sin embargo cuando salía de ahí todo pensamiento relacionado con Darkus, Lucius y el libro se desvaneció como por arte de magia. Eliza observaba la vitrina de la tienda frente a la que él estaba parado. Llevaba la cabeza cubierta con el gorro de su capa, pero un mechón pelirrojo le asomaba por el borde. Por supuesto sus ojos eran lo que más resaltaban de aquella imagen. Entre el brazo y la cintura sostenía una canasta grande. Edward había tenido intenciones de visitarla en todo ese tiempo, pero no se le había ocurrido un buen pretexto. Además no sabía si lo que habían hablado esa noche era una invitación abierta a ello. Pero esa era la oportunidad perfecta para reestablecer el contacto.
Se acercó decidido, dejando a Ace detrás. El caballo bebía agua de un barril grande cerca de la tienda de libros. La chica estudiaba el contenido de un pedazo de papel que tenía en la mano.
—Buen día, señorita Hallow —la saludo con animo.
—¡Edward! Que sorpresa —respondió ella, algo sobresaltada.
—Oh lo lamento, no quise asustarla —de pronto temió haber sido demasiado efusivo.
—No, no, nada de eso. Me da gusto verte. ¿Cómo has estado?
Le extrañó la confianza con la que le hablaba, pero así era mejor.
—Toda va bien —mintió —. ¿Qué tal usted?
—Oh vamos, no es necesaria tanta formalidad, Edward. Ya me doy cuenta que eres todo un caballero —le dijo con tal sonrisa que le provocó un escalofrío.
—En ese caso, ¿cómo estás tú? —pregunto, devolviéndole la sonrisa.
—Todo muy bien. Hago mis compras matutinas... aunque, claro está, se me ha hecho un poco tarde. ¿Qué hay de ti?
—Salí a pasear un rato, para relajarme y despejar la mente.
—Imagino que un recolector debe tener mucho en que pensar.
Él se limitó a sonreír.
—Qué enigmático —dijo ella estudiándolo con sus bellos ojos.
—¿Le importaría si la acompaño? —preguntó, sin darse cuenta de su reincidencia en la formalidad.
—En lo absoluto. Siempre hago mis compras yo sola. Un poco de compañía me caería bien, para variar. Vayamos.
Entraron a la tienda. En ella había toda clase de canastas llenas al tope con diferentes cosas. Más allá frascos repletos de polvos, hojas, entre otras cosas. Parecía un lugar de especias y semillas.
—Debo reabastecer mi alacena. Los rituales de Otoño se llevaron casi todo lo que tenía —comentó, pasando los delicados dedos sobre las etiquetas en los frascos. Edward recordó la noche del baile.
—¿Qué clase de rituales son esos? Si no le importa que pregunte.
—Ofrendas, en su mayoría. Una ocasional danza bajo la luz de la luna —por su ojos cruzó la mirada de quien oculta algo para sí mismo por ser muy especial —, en fin. Es la época en que más invierto mi yerbas, semillas y frutos.
—Eso me recuerda —dijo él —, después de acompañarla a casa tuve un encuentro con una criatura peculiar.
Eliza dejó el frasco que estaba observando y puso su atención en él.
—Así que te topaste con el espíritu —aseguró, sorprendiéndolo.
—Sí, así es ¿cómo...?
—Lo vi deambulando en las sombras del bosque cuando íbamos camino a la cabaña —respondió con una sonrisa disimulada.
—Me parece extraño que no se acercara a nosotros en ese momento.
—Quizá prefiere que sus víctimas vayan solas —dijo haciendo una exagerada voz macabra y acercándose a Edward con los ojos muy abiertos. El muchacho sintió un repentino golpe de calor y como el rostro le ardía —. O tal vez supo que soy yo quien le deja ofrendas en el camino. Cómo sea, supuse que se encontrarían.
La chica devolvió la atención a las etiquetas de los frascos y comenzó a hacer cuentas con los dedos. Él la admiró. No podía dejar de observar sus movimientos entre delicados e impulsivos.
—Creo que estuve cerca de ser una de sus víctimas —dijo después de un incómodo silencio y desviando la mirada a una de las canastas que había cerca.
—Es una broma. La verdad no creo que quisiera hacerte daño, sólo está haciendo su trabajo —de pronto sonaba defensiva, aunque no molesta. Sin embargo él recordó los ojos luminosos y la sonrisa de dientes desiguales en medio de la oscuridad.
—Pues me dio un muy buen susto.
—Bueno, ¿qué sería la noche de Samhain sin unos cuántos sustos?
Edward meditó su respuesta. Luego recordó a la criatura alzando la mano al obtener la ofrenda que quería, casi como un saludo.
—Bien... puede que tenga razón —le respondió.
—De nuevo tan formal, Edward —dijo entre divertida y enternecida, mientras ponía en su canasta algo que parecía pasto largo y seco.
—Es que no estoy acostumbrado, lo siento.
—Está bien.
Continuaron el recorrido por la tienda. El muchacho inspeccionó de cerca el contenido de una pequeña canasta cercana. Contenía muchos pequeños manojos de ramas gruesas y oscuras que se torcían al final, unidas con hilo.
—Esto no es una garra de cuervo —dijo a la chica, señalando el letrero que lo marcaba como tal.
—Tal vez sea porque no lo son —le respondió Eliza aprovechando para poner varias en su propia canasta —. Se llaman así porque eso asemejan. Pocas cosas en ésta tienda son de origen animal y si lo son es porque los propios animales lo mudaron, abandonaron o ya no lo necesitaban. Usualmente recolectaría esto yo misma, pero con el Invierno tan próximo no creo tener el tiempo.
Edward descubrió que, una vez más se sentía fascinado por todo aquello, como en sus primeros días. Por supuesto que en los meses que llevaba cada día encontraba algo que lo sorprendía o intrigaba. Pero con todo el asunto de Darkus pensó, con tristeza, que su mundo había perdido algo de brillo. Sin embargo Eliza parecía devolverlo con todas las novedades que ahora le presentaba.
—¿No te resulta peligroso? —le preguntó cuando se dirigían a pagar la canasta que ahora estaba repleta de toda clase de hiervas y frascos.
—¿Peligroso? ¿De qué hablas?
—De recolectar todo esto en los bosques.
—¿Por qué lo sería? Los bosques son el lugar más tranquilo en la región. ¿De verdad piensas que son peligrosos?
Pensó en el espíritu y en la criatura enorme que había visto hacía mucho tiempo. Guardó silencio, pero su mirada culpable lo delató.
—Oh no, ¡Eso no puedo permitirlo, Edward! —exclamó la chica con emoción, como si hubiera encontrado un nuevo reto que superar. Pagó apresurada y tomó su canasta con júbilo —. Dejaremos esto en la cabaña y vendrás conmigo al bosque. Hay mucho que mostrarte.
—Permíteme ayudar con eso —ofreció él.
—No, no hace falta. Pero muchas gracias.
Salieron de la tienda y Eliza comenzó a caminar en dirección al arco que marcaba la entrada de la calle Nightshade. Edward iba tras ella y de pronto recordó que no estaban solos. Se dio la vuelta para buscar a Ace, pero ya no estaba cerca de dónde lo había visto por última vez.
—¡Eliza! Un momento —la llamó. La chica, que ya se había alejado bastante, volvió.
Pronto encontró a Ace, con la cabeza pegada al escaparate de una de las tiendas como buscando algo.
—¡Ahí estás! Perdóname —le dijo, acercándose para acariciarlo. El caballo respondió sacudiendo la cabeza con alegría —. Ven, vamos. No creerás a quién encontré.
Lo llevó hasta dónde Eliza esperaba. Su rostro resplandeció al verlo. De inmediato comenzó a usar esa voz melosa como lo había hecho la noche en el jardín.
—Hola, yo te conozco.
El caballo dio saltitos con sus patas delanteras, sacudiendo sus crines. A Edward le preocupó de pronto que ella pudiera conectar los hechos y supiera que también había estado en el jardín aquella noche.
—¿De verdad? —fingió él.
—Sí, nos encontramos una noche en el cementerio Blackrose, mientras recolectaba bayas —respondió, acariciándole el mentón —. Sé que era él por esos lindos ojos que tiene.
Ace estaba encantado una vez más con la chica y Edward pensó que no podía culparlo.
—No sabía que eran amigos —dijo Eliza al muchacho.
—Sí, es una historia interesante. Por ahora será mejor que vayamos. Creo que no tendrá problemas en llevarnos a los dos ¿verdad, amigo?
El caballo plantó las patas con firmeza y levantó el pecho con orgullo, emitiendo un resoplido en señal de aceptación. De inmediato dobló las rodillas para que la chica pudiera subir con facilidad.
—¡Vaya! Qué acomedido —exclamó Edward y luego dijo a Eliza —. Conmigo nunca hace eso.
Ella sonrió mientras él subía al lomo del caballo.
—Sujétate bien —advirtió Edward.
—No te preocupes, ya tengo experiencia —asintió, asegurando la canasta con un brazo y rodeando la cintura del muchacho con el otro. Él sintió un cosquilleo que le estremeció el cuerpo entero.
—Adelante, amigo —indicó a Ace con voz temblorosa y los tres despegaron hacia el cielo que, para entonces, ya estaba despejado.
Desde el cielo, la cabaña de Eliza resaltaba de entre el resto del bosque por el claro círculo de árboles que la rodeaba. Era como si la misma vegetación se hubiera apartado para darle su espacio y, aún así, la casa parecía pertenecer al mismo bosque. Era más grande de lo que Edward había imaginado. La fachada pequeña ocultaba un largo invernadero en la parte trasera de la casa.
Descendieron cerca de la entrada. El muchacho se disponía a bajar para ayudar a su acompañante, pero ella bajó con un salto ágil lleno de gracia. Edward intentó algo similar, pero terminó tambaleándose cuando llegó al suelo. Se sintió aliviado cuando se dio cuenta que la chica no lo había visto. Ace pareció burlarse con un relincho agudo, al cual el muchacho respondió con una mirada inquisidora.
—Dejaré esto en el pórtico y podremos irnos. No te muevas —indicó a Edward y antes de que él pudiera responder algo, la chica ya estaba saltando su propia cerca. Puso sus compras cerca de la entrada a la cabaña y se dirigió de nuevo a ellos.
—¿Tú también vendrás con nosotros, guapo? —dijo, guiñando un ojo a Ace. El caballo asintió, feliz —. Vengan, daremos un paseo por el bosque. Te demostraré que no hay nada que temer.
Iniciaron el recorrido en silencio. La primera sección del bosque era muy tranquila y la luz del día aún entraba por entre las ramas y hojas, que en algunos árboles ya eran escasas. Ahí sólo se oía el ocasional viento paseándose entre las plantas. Pero entonces encontraron una línea que marcaba con claridad la parte externa del bosque y lo que yacía en el interior. Era una división casi recta en la que la luz dejaba de iluminar una gran parte del bosque. Parecía que dentro reinaba una noche perpetua con vestigios de cosas que apenas lograban verse con los rastros de una luz de origen incierto.
Edward se detuvo en seco, mientras Ace y Eliza seguían con naturalidad. Ella se acercó al muchacho.
—Oye, no pasa nada —aseguró con una sonrisa.
—Lo sé, sólo estaba... admirando el panorama —mintió Edward. La chica rió y siguió adentrándose a la oscuridad.
El interior fue como revivir la noche de muertos. La poca luz que había parecía venir de pequeñas motas empotradas en los troncos de los árboles y de rayos azulados que se colaban por la maraña de ramas y hojas que los cubría por completo. Esta vez estuvo seguro de ver pequeños ojos que observaban desde la oscuridad, en los huecos de troncos y entre los arbustos de colores peculiares que había cerca. De vez en cuando se podían escuchar algo como gruñidos y ecos de risas agudas que le ponían los pelos de punta, pero tanto Ace como Eliza parecían acostumbrados a todo aquello, lo cual le dio cierta tranquilidad.
Pequeñas criaturas parecían corretear en el suelo lleno de hojas secas y en las plantas bajas que los rodeaban. Edward se paralizo al escucharlos, pero la chica le aseguró que no había nada que temer. Pensó que podría tratarse de ardillas o ratones, pero sabía que aquellos bosques estaban habitados por criaturas de las que quizá no tenía idea. Vinieron a su mente hadas, gnomos y toda clase de personajes fantásticos que, hasta entonces, moraban en su imaginación, producto de alguna historia fantástica que hubiera leído.
Eliza se detuvo en seco, asustando un poco. Ella le indicó, poniendo un dedo sobre sus labios, que guardara silencio.
—¿Qué sucede? —susurró Edward. La chica enfatizó su ademán con los ojos muy abiertos. Se quedaron inmóviles por completo. Incluso Ace se detuvo y alzó las orejas, pendiente de su entorno.
De las entrañas del bosque emanó un sonido leve y muy claro. Parecía el graznido de un ave muy grande y armoniosa. Edward pensó que estaba intentando articular palabras, aunque no lo estaba logrando muy bien. La sonrisa de Eliza se amplió. Les indicó que la siguieran con el mayor sigilo que les fuera posible.
Hacía mucho que el sendero del bosque había desaparecido, pero en aquella parte las raíces de los árboles se alzaban del piso, creando un laberinto de vegetación casi impenetrable. La chica, con agilidad gatuna, comenzó a escalarlas como si fuera algo que practicara todos los días.
Edward se dio cuenta que las raíces y troncos en aquella parte crecían en torno a algo, como si rodearan algo. Entre ellos se percibía un brillo que le pareció familiar. Se adentraron más entre las raíces y treparon  por ellas. Ace se quedó atrás con la cabeza inclinada, como guardando respeto ante algo. Quiso preguntarle de que se trataba pero Eliza se estaba alejando con rapidez, iba a perderla de vista si no la seguía, así que se adelantó, dando tumbos y aferrándose a lo que tuviera cerca.
Caminaron con extrema cautela sobre un delgado tronco. Debajo yacía una gran fosa de la cual no se podía ver el fondo. Por fin llegaron a la parte alta donde terminaban las raíces y comenzaban los troncos de lo gruesos árboles. Edward se dio cuenta que ya estaban varios metros por encima del nivel del suelo. Se alegró que las alturas ya no fueran un problema para él. Las hojas sobre sus cabezas cambiaban de colores como si se tratara de papel tornasol, coloreando todo a su alrededor.
Eliza se detuvo e indicó a Edward que se acercara, aún con el dedo sobre los labios reiterándole que no debía hacer ni un ruido. Estaban cercanos a una brecha entre los troncos de los árboles de la que emanaba un resplandor blanco.
La luz lo segó por un momento, pero cuando sus ojos se acostumbraron vio un inmenso santuario protegido por los árboles que parecían alzarse más allá del cielo. Hojas doradas caían del gran vórtice de luz que iluminaba con majestuosidad aquel lugar. El extraño canto de ave provenía de ahí, pero el santuario parecía estar vacio. Observó a Eliza en busca de una explicación, pero ella parecía hipnotizada mirando algo.
—Oye —la llamó  en un susurro —. ¿Qué estás mirando?
Ella giró la cabeza para verlo aún sonriendo. De pronto hizo una mueca de confusión.
—¿Qué acaso no lo ves? —le espetó con cierta molestia.
—¿Ver qué?
La chica aún lo miraba como si hubiera cometido un terrible error. Edward se sintió cohibido por ello.
—No estás viendo como deberías. Vamos, eres recolector. Tú sabes cómo observar. Observar de verdad. Cierra los ojos y mira.
Por un segundo se quedó pasmado. No tenía idea de lo que ella quería decir. Pero entonces recordó como era ver las cosas en su estado etéreo y le llegó a la mente el día en que habían viajado a la Tierra de mortales para retribuir la esencia del sauce. Hasta aquel momento nunca había pensado en usar sus habilidades en el mundo de los muertos, ni siquiera estaba seguro de poder hacerlo. Cerró los ojos e intentó concentrarse. El canto, lejos de distraerlo, se introdujo en su mente. Parecía guiarlo por una neblina muy similar a la del abismo en la mansión, aquella que le permitía descorporarse. Sintió, por un segundo, como si fuera a suceder, pero la sorpresa lo hizo volver en sí. Abrió los ojos súbitamente. Percibió el cuerpo entero entumido, como sucedía una vez que volvía por el portal a la mansión.
El santuario frente a él parecía el mismo, pero esta vez vio una enorme ave en su interior. No era cualquier ave, se trataba de un cuervo. Él era el que entonaba los cantos misteriosos. Sus plumas brillaban entre azul y plateado, la cabeza era por completo negra, adornada con un medallón muy brillante, cuyo resplandor sé unía con aquél que iluminaba la cámara.
Rodeándolo, había lo que parecían ser espíritus, todos de diferentes formas y colores. Eran ellos quienes hacían que las hojas se tornaran en varias tonalidades. Unidos por sus extremidades, ya fueran manos, pezuñas, ramas u hojas, formaban un círculo alrededor de la gran y majestuosa ave. Recibían de ella energía en forma de hebras plateadas que emanaban de sus alas abiertas.
En ese momento supo que estaba sucediendo. Se miró las manos y el cuerpo, percibiendo finas hebras luminosas que fluctuaban por sus brazos, piernas, todo lo que estuviera en contacto con otra cosa. También fluían desde Eliza. Las de la chica brillaban con gran intensidad y tenían tonalidades anaranjadas, cafés y cobrizas, a diferencia de las suyas que, aunque levemente más tenues, resplandecían como esmeraldas y plata lustrosa. No tuvo que preguntarse que era aquello, ya lo había visto antes. Lo percibía todos los días al conectarse con las personas a las que acompañaba desde la Tierra de mortales. Las hebras de luz que emanaban de ambos se conectaban con las que brillaban dentro de los árboles y que iban directo a la congregación de espíritus dentro del santuario. Era un constante ir y venir de energía entre todo lo que los rodeaba, al ritmo de lo que en vida hubieran sido los latidos de sus corazones.
Las preocupaciones, el miedo, las sombras, todo había desaparecido en aquél maravilloso instante en el que estuvo conectado por completo a su entorno. Por un segundo se olvido del bosque, de los árboles, incluso de Eliza a pesar de que estaba a menos de un metro de él. Era parte de algo más grande.
Pero tan pronto como había logrado aquello, la conexión se rompió y salió del trance con violencia, como si algo lo hubiera empujado. Creyó haber caído por el impacto que recibió, pero al abrir los ojos se dio cuenta que estaba en la exacta posición en la que había iniciado todo.
Eliza aún parecía embelezada. Sus bellos ojos violeta aún perdidos en la majestuosidad del acto que presenciaban. Pero entonces él se dio cuenta que ya no lograba ver a los espíritus. El santuario ahora parecía un gran claro del bosque sumido en una imposible oscuridad nocturna.
La chica cerró los ojos y alzó el rostro. Se quedó inmóvil por varios segundos, hasta que, con gran tranquilidad, le dirigió una mirada de paz absoluta.
—¿Ahora entiendes porque no hay nada que temer en el bosque? —le dijo sonriendo.
Edward se limitó a observarla y esbozar una sonrisa. Aún se preguntaba qué había roto la conexión de aquella forma.
La chica se sacudió y estiró los brazos, como si apenas hubiera despertado.
—Ahora volvamos —dijo como si ahí no hubiera pasado nada. Saltó por las raíces y, en menos de la mitad del tiempo que le había tomado subir, ya estaba abajo.
El camino de vuelta fue una experiencia nueva en su totalidad. Las sombras ya no le parecían siniestras, sino protectoras. Las ramas danzantes sobre su cabeza bailaban de alegría y ya no como demonios que acecharan en la oscuridad. Cualquier criatura que deambulara el bosque estaba ahí como parte de él y no buscaba hacerle daño. Comprendía ahora que todo estaba conectado. Sólo hacía falta verlo con los ojos correctos.
—Ninguna historia en ninguno de los libros que he leído podría describir con precisión lo que acabamos de presenciar —dijo a Eliza mientras volvían a la parte luminosa del bosque.
—Las maravillas que aguardan más allá de los límites son sólo para los que nos atrevemos a explorarlas. Ahora eres uno de los afortunados —respondió ella. En aquél momento le parecía más radiante y hermosa.
—Debo agradecerte que me ayudaras con eso.
Ace los seguía de cerca, jugueteando con cualquier cosa que encontrara en su camino. También su humor había mejorado.
Llegaron con prontitud al claro en el que la cabaña de Eliza se alzaba. Era curioso como los caminos desconocidos siempre parecían más cortos cuando se les conocía mejor.
—¿Te quedarías a tomar el té? —lo invitó ella.
—Con todo gusto —respondió él.
 El jardín frontal estaba delimitado por una cerca rústica que la misma Eliza había construido con tablas de diferentes tamaños y grosores. En un principio parecía desordenada y dispareja, pero al observarla mejor tenía un cierto encanto. Se había tomado el tiempo de decorarla con garigoles y dibujos de hojas muy bien trazados. Al parecer la chica tenía buena habilidad con los pinceles.
Varias plantas y enredaderas salvajes cubrían la mayor parte del terreno, extendiéndose hasta la fachada de la cabaña, cobijando con su follaje desde el pórtico hasta el tejado, dejando libre algunos espacios en los que asomaba la madera con la que estaba construida la casa. Sin embargo había partes en las que Edward se preguntaba si la cabaña era una construcción o algo que surgía del mismo bosque. Algunas paredes parecían crecer desde el suelo y las decoraciones en las ventanas constaban de ramas que nacían de las mismas tablas que las conformaban.
La puerta de la entrada crujió cuando Eliza la destrabó para abrirse paso. Ésta también estaba decorada con motivos de hojas. El dintel estaba coronado por una estrella de cinco picos rodeada por un círculo. El pentagrama de las brujas, pensó él, aunque no sabía con exactitud porque lo sabía.
—Bueno, bienvenido a mi hogar, Edward Blackwells —anunció Eliza, extendiendo las manos hacia el techo. Ace asomó la cabeza por una de las grandes ventanas abiertas.
El interior no era menos llamativo. Constaba de una gran estancia que en partes estaba solo dividida por cortinas. Pero la mayoría de las habitaciones que había normalmente en una casa, en esta estaban todas en contacto. El pequeño rincón que constituía la cocina era también parte del recibidor, así como de una especie de sala con un montón de cojines apilados junto con unos cuantos libros. Más allá había una pequeña escalera que llevaba a un segundo piso. Al fondo de la gran estancia una puerta de cristal llevaba al invernadero detrás de la casa. No había muchas cosas alrededor, pero Eliza no parecía ser la clase de persona que necesitaba mucho para ser feliz.
—Es un muy bonito hogar —respondió después de admirar todo lo que alcanzaba a ver. La chica sonrió y se dirigió a la parte de la cocina.
—Adelante. Puedes ir al invernadero. En seguida estoy contigo —indicó mientras llenaba de agua la tetera que tenía en la mano.
Se adelantó hasta la puerta de cristal y la empujó con cuidado.
El invernadero era, o eso le pareció, mucho más grande que la cabaña. Estaba lleno de plantas y flores, algunas de colores muy llamativos. Un olor penetrante a tierra mojada impregnaba todo, resultándole confortante. Varias enredaderas con distintos tipos de hojas pendían de cuerdas que cruzaban el lugar de lado a lado.
Justo en medio del lugar crecía un enorme árbol, cuyas ramas eran tan altas que habían atravesado el techo de cristal. Las ramas que estaban debajo del techo crecían frondosas, las que estaban por encima habían perdido la mayoría de sus hojas. De las ramas más bajas pendían frutos redondos de un color pálido.
Además de la luz que entraba por las paredes de cristal, pequeñas lámparas de tela iluminaban con calidez la parte baja del invernadero.
Dio un paseo entre las plantas, admirándolas y percibiendo sus distintos aromas. Vio una flor rojiza que le recordó el color en la portada del libro que había comprado, fue entonces que recordó lo que aún debía realizar. Giró los ojos abatido, harto de sus propios pensamientos que se negaban a dejar de torturarlo. Se dio la vuelta con enojo y se encontró cara a cara con Eliza, quien pareció sobresaltada.
—¿Estás bien? —preguntó casi en un grito.
—Lo lamento, sí... estoy bien —mintió él.
Ella lo miró con sospecha, pero era posible que aún no se sintiera con la suficiente confianza para indagar en lo que estaba sucediendo. Así, optó por indicarle un banco de madera frente a un gran muñón de tronco que hacía la función de mesa.
—Así fue como lo encontré. Yo no corté el árbol —aclaró la chica, a lo que Edward la miró por completo confundido —. Lo siento, no sé porqué sentí que debía mencionarlo.
—No te preocupes, no hacía falta —respondió él, con una sonrisita incómoda.
Eliza sirvió el té y entregó su taza a Edward. Bebió un sorbo, percibiendo un sabor dulce y a la vez un poco ácido.
—Interesante. ¿Qué es?
La chica olfateo su taza, después metió la punta del dedo en ella para luego llevársela a la boca. Se relamió los labios y miró hacia arriba como recordando algo.
—La verdad no tengo idea, estaba en la tetera cuando la puse a hervir —respondió encogiéndose de hombros. El muchacho la miró, entre divertido y confundido. Era impresionante la forma en que Eliza cambiaba de actitud de un momento a otro. Podía ser elegante y misteriosa, mientras que al siguiente minuto era tierna con mirada soñadora, como una niña.
 —Entonces ¿Qué tal el paseo de hoy? —le preguntó la chica. Bebió un sorbo de té y subió las piernas al banco, adoptando una posición poco usual.
Edward, que no estaba en lo absoluto acostumbrado aún a la falta de formalidad, abrió los ojos sorprendido, pero con rapidez disimuló mirando el fondo de la taza con gran curiosidad.
—Revelador, sin duda alguna —dijo, aclarándose la garganta —. Discúlpame si soy directo, pero en verdad me siento intrigado. ¿Cómo es que conoces tantas cosas del bosque?
—Oh bien, como ya te lo había mencionado, voy por ahí recolectando cosas. Paso más tiempo el los bosques que en cualquier otro lugar —mientras respondía, retomó su posición anterior —. Es curioso, porque siempre hay algo nuevo que encontrar. Por ejemplo el ritual de hoy, es apenas la segunda vez que puedo presenciarlo.
—¿Y qué hay con ser una bruja? —soltó él.
—¿Qué hay con ello? —preguntó la chica, defensiva.
—Perdona, no quiero ser entrometido o impertinente. Es que es algo tan nuevo para mi.
—No te preocupes, lo entiendo —dijo, relajándose —. Está bien. ¿Qué quieres saber?
—¿Cómo es? ¿Acaso usas poderes para... lo que sea? ¿Vas por ahí lanzando rayos e invocando cosas?
Ella, que estaba bebiendo de su taza, soltó una carcajada, volcándose el té encima. Edward se apresuró a alcanzarle una servilleta de la charola.
—No hace falta, gracias —respondió, aún riéndose —. Disculpa, es que tu visión de una bruja es muy... muy...
—¿Fantasiosa? ¿Inexacta?
—Irreal. Soy tan normal como cualquiera. La diferencia es que estoy en contacto con mi entorno. Además la magia no es algo que se pueda usar para todo. Te malacostumbrarías si lo hicieras... Aunque claro que puedo hacer varias cosas.
Ambos se quedaron en silencio un rato.
—¿Porqué no me preguntas lo que quieres preguntar? —inquirió Eliza, por fin.
—No sé de que hablas —respondió él, en verdad intrigado.
—¿Te gustaría aprender a usar la magia, Edward?
El muchacho quedó pasmado por un segundo. Había considerado pedírselo, pero no sabía con exactitud si siquiera era posible. Aunque no estaba de más considerarlo. Quizá algo de eso podría ayudarlo en un futuro que parecía aproximarse a pasos agigantados. Volvió al mismo asunto del libro, pero con Eliza como su aliada tal vez podría lograr algo más. Aunque no quería involucrarla en ello. Sí pudiera enseñarle unos cuantos trucos sería suficiente.
—Puede ser... —respondió, enigmático.
—¿Es eso un sí?
—De acuerdo. Sí, me gustaría.
La chica se levantó, tomó la servilleta que tenía al alcance y comenzó a limpiarse con ella donde el té se había derramado.
—Con gusto podría enseñarte. Pero hay varias cosas que debes entender primero.
Edward la miró con atención.
—Primero, como ya dije, no puedes usar la magia para todo. Te servirá para todo, pero no puedes usarla como un pretexto para no hacer algo que puedes hacer por ti mismo. ¿Está eso claro?
—Sí, eso creo.
—Segundo. No puedes usarla en contra de nadie. Por supuesto existe la cláusula de la defensa propia. Pero fuera de eso no puedes atacar ni perjudicar a nadie con ella ¿de acuerdo? En especial si se trata de venganza.
—Entendido.
—Y por último. Debes comprender que no eres mejor que nadie por tener estas habilidades. No estás por encima de nadie ni de nada. Simplemente tienes otra visión de las cosas y si te es posible, compártela y siempre ayuda a quienes lo necesiten. Convive con tu entorno como lo que eres, una parte de él.
Quedó atónito. Aquellas palabras lo habían conmovido de una manera que no comprendía en su totalidad. Nunca se había sentido mejor que nadie, ni siquiera en su posición de recolector. Su oficio siempre era el de ayudar a quienes lo necesitaban. Las almas que acompañaba día a día eran prueba de ello. Con temor pensó en lo que se aproximaba y se le ocurrió que quizá en sus manos estaba ayudar a inclinar la balanza a su favor, no en contra de nadie, sino a favor de todos los habitantes de Gloom Town.
—Lo entiendo —respondió. Eliza lo miraba con suma atención y comenzaba a ponerlo nervioso. Pero eso se debía a que su belleza le imponía tanto como su actitud. Hasta entonces se dio cuenta que con ella no se sentía capaz de llevar las riendas de una situación, pues era ella quien lo había guiado desde que se conocieran aquella noche del baile o incluso desde antes. Podría haberla confrontado en el cementerio, pero había decidido esconderse ¿Por qué?
—¡Me alegro! —exclamó con júbilo la chica —. Sabía que había algo en ti, lo presentía, desde la noche del baile. Ahora dime, ¿te gustaría ver algo en lo que he estado trabajando, Edward? —preguntó, misteriosa.
—Claro —respondió, aún atónito.
Eliza dio un salto e indicó con el dedo que la siguiera.
Entraron de nuevo a la estancia donde ella apartó una de las cortinas, revelando un pasillo lleno de estantes con frascos, y un pedestal en el que descansaba un libro muy grande. Sobre una mesa llena con instrumentos metálicos, entre otras cosas, yacía un bulto grande cubierto por una sábana.
La chica lanzó su mirada misteriosa una vez más antes de develar lo que estaba oculto debajo. Apartó la cubierta de forma dramática. Sobre la mesa había algo similar a una escoba, repleta de alambres, tuercas y tornillos. Un asiento sobresalía del mango, debajo de éste dos pedales. En la parte donde el mango se conectaba con las cerdas, atado con alambres de cobre, descansaba un cilindro metálico. El artefacto entero estaba cubierto por runas y símbolos, tallados a mano con gran cuidado.
—No estoy seguro de qué estoy presenciando —puntualizo Edward.
—Es una escoba que vuela. Aún no, en realidad, pero lo será algún día. Pronto.
—Interesante... Pero ¿para qué querrías algo así?
Eliza lo miró con los ojos molestos.
—Creo que fui clara al describir su función —respondió indignada.
—Claro, lo fuiste. Pero ya tenemos caballos voladores... ¿porqué una escoba?
La chica quedó en silencio. Se cubrió la boca con una mano, considerando que iba a responder.
—Bueno, parecía una idea divertida. En mi época existía la creencia de que las brujas volaban en escobas.
—Aún es así —la interrumpió él.
—Sí, pues, pensé que sería divertido si en realidad lo hiciera... no lo sé. Ahora que lo dices suena tonto.
Su mirada pareció perder brillo y en su rostro se reflejó un profundo desanimo. Edward comprendió que había sido muy insensible ante algo que era importante para ella.
—Creo que es una maravillosa idea —se apresuró a decir.
—¿De verdad?
—¡Claro! Quise decir que ya tenemos caballos ¿porqué no escobas u otros artefactos comunes que nos permitan volar?
Eliza le sonrió.
—Supongo que sí. Pero aún no logro hacerla volar, no conmigo encima.
—Estoy seguro que en algún momento lo harás. Se ve que sabes mucho sobre estas cosas.
Cubrió la escoba con la sábana. Se dio la vuelta y pareció darse cuenta de algo.
—¡Oh! ¡ya es tarde! —exclamó sobresaltada —. Escucha, Edward, no quisiera que te fueras... pero aún debo hacer algunas cosas.
—No tiene importancia —respondió él con cortesía —. Yo también tengo asuntos pendientes.
—Pero, en verdad, ha sido un día interesante. Y espero verte pronto. ¿Podrías venir pasado mañana?
—Creo que podría, sí.
Ambos caminaron hasta la puerta de entrada. Eliza la abrió y cedió el paso a Edward.
—Gracias por todo. Nos veremos muy pronto —se despidió él.
—No tienes nada que agradecerme, de verdad fue un buen día —y sin decir más se acercó a él y le dio un beso en la mejilla —. Nos vemos pronto, Edward Blackwells.
Atónito, una vez más aquel día, salió al jardín delantero.
Ace, que se había recostado sobre el pasto, comenzó a levantarse cuando vio al muchacho salir de la cabaña.
—Vamos, amigo —le dijo al caballo, distraído. Se dio la vuelta para ver si Eliza aún estaba ahí. Pero la puerta de la cabaña estaba cerrada. Aún así una sonrisa se dibujó en su rostro.
Se había hecho de noche muy pronto. En las ventanas de la parte baja de la casa refulgía el tenue resplandor de la luz de velas. La noche era fresca, pero no parecía tan helada como había sido el resto del día. Era una noche excelente, o así lo pensó él.
Con un montón de pensamientos revoloteando en su mente y las sensaciones al tope, mezclándose unas con otras, Edward subió al lomo de su fiel compañero. Ambos se elevaron hacia el cielo, dejando atrás el bosque y todos los bellos misterios que ahí se ocultaban. Pero sin duda alguna, pensó mientras el viento gélido le acariciaba el rostro, el más enigmático y hermoso de todos era Eliza Hallow.