La nieve que cubría el largo y tranquilo callejón
llegaba tan alto que cualquiera que pasara por ahí se hubiera encontrado
hundido hasta las rodillas. Para su fortuna había dominado caminar sobre toda
clase de superficies, levitando a unos milímetros de ellas. No le gustaba esa
calma aparente, significaba el preludio de algo próximo a desencadenarse.
Una torre de cajas apiladas en un rincón del callejón
tembló, las botellas vacías en su interior tintinearon. Se acercó con suma
cautela. Sujetó la hoz con fuerza por si tenía que actuar rápido. Una mancha
oscura se abalanzó sobre él, atravesándolo en el acto y soltando un bufido
feroz. El gato escapó aterrado
hacia el borde de una ventana, para después, de un saltó, alcanzar el alero del
tejado.
Estaba acostumbrado a que los animales reaccionaran
así ante su presencia. Incluso el viento parecía enfriarse cuando hacía su
aparición. En ocasiones las velas titilaban o se apagaban por completo.
Detrás de las cajas se había agolpado un cerro de
nieve, entre el cual distinguieron los pálidos rasgos de alguien que yacía
debajo. Sintió lástima al verlo, era probable que tardaran hasta pasado el
invierno para encontrarlo. Al menos el frío lo conservaría un tanto intacto.
Alguien gritó detrás de él. Sin tiempo de comprender
que sucedía, lo sujetaron por detrás, rodeándolo por el cuello con un brazo
delgado pero muy fuerte. Tuvo que soltar la hoz para forcejear contra su
oponente.
Por fin logró liberarse, se dio la vuelta para encarar
a un hombre delgado de ojos muy hundidos. El mismo hombre que yacía bajo la
nieve.
—¡Aléjate, demonio! No me llevarás contigo —vociferó,
al tiempo que empujaba a Edward contra las cajas.
—Sólo quiero ayudarlo... —dijo, quedando su mente en
blanco. No recordaba el nombre del sujeto, algo que no pasaba a menudo.
Introdujo la mano en el bolsillo del abrigo con intención de revisar su lista.
—¡No! —gritó el hombre. Su gritó hizo un eco
estremecedor. Incluso él mismo pareció sorprenderse de aquello. Entonces se dio
la vuelta, echó a correr, escapando del callejón
—¡No! ¡Espere! —lo llamó Edward, pero ya era tarde.
Hizo una mueca de exasperación —. Detesto cuando corren.
De inmediato comenzó la persecución. En un día como
aquel las calles estaban vacías y eso era de gran ayuda. Una tormenta de nieve
se aproximaba. El hombre no estaba tan lejos y no tenía muchas opciones donde
esconderse. Aún no había descubierto que era capaz de atravesar paredes u
objetos. Sabía que estaba muerto, Edward así lo presentía, pero también sabía
que estaba confundido y muy asustado. Era el momento perfecto para usar ese
truco que había estado practicando.
El hombre se detuvo para mirar detrás. No había nadie.
Sentía como el viento pasaba a través de él y su cuerpo ligero como un trozo de
papel a merced de la ventisca. No lograba entender del todo lo que estaba
pasando. Sabía que se había quedado dormido entre la helada nieve, era muy
probable que ya no estuviera vivo. Aquél demonio había venido para llevárselo.
Aunque para un demonio tenía una apariencia muy humana. El arma que llevaba lo
delataba, solo los demonios cargaban con instrumentos como esos.
Ahora todo parecía tranquilo. El viento se aminoró, la
calle quedó en completo silencio. No había rastros del espectro. Se detuvo para
recuperar el aliento y se dio cuenta que ni siquiera estaba respirando. A unos
centímetros de él, un montículo de nieve explotó, enviando una brisa blanca en
su contra. Se alejó, fuera de sí.
Edward se materializó justo detrás de él. Con un hábil
tajo de la hoz entre los barrotes de una reja descuidada, el portal se abrió.
Tomó al sujeto por los hombros y lo atrajo para que ambos pudieran entrar en el
estrecho agujero.
El recolector se limitó a aferrarse al hombre, que
gritaba a todo pulmón.
—¡Me quemo! ¡Oh, las llamas del infierno! —exclamó,
con los ojos desorbitados.
Aquello comenzaba a exasperar a Edward. De inmediato
recordó la primera vez que se había excorporado y la horrible sensación que
provocaba. Se dijo que debía calmarse. Pronto bajo sus pies apareció el techo
más alto de la mansión.
Aterrizaron con suavidad en el santuario de los
vitrales.
El hombre tenía los ojos cerrados, aunque había dejado
de gritar. Quizá su acompañante había logrado transmitirle algo de calma. Poco
a poco fue abriéndolos. A pesar del cabello largo y grisáceo que le asomaba
debajo del ajado sombrero, parecía un chiquillo curioso con la fe renovada.
—Esto no parece el infierno —murmuró, su voz aún
trémula.
—No lo es —aseveró Edward.
Continuaron el resto del camino en silencio por la
mansión. El hombre miraba todo con grandes ojos llorosos y se sobresaltaba ante
la visión de los recolectores.
A ese encuentro le siguieron tres más que fueron igual
o más difíciles, incluyendo un anciano que se negaba a ir con Edward por temor
a que éste fuera a hacerle daño con su hoz, una mujer que le había dado una buena
bofetada cuando le recordó con amabilidad que ya había fallecido y un viejo
sabueso que, con impresionante destreza, lo hizo cruzar todo un bosque para al
fin encontrarlo.
Para cuando el día terminó, se sentía más agotado que
nunca. El esfuerzo físico no era el problema. Pero pensaba que sus emociones lo
habían llevado de un extremo a otro en cuestión de minutos.
—¿Cómo estuvo el trabajo hoy? —preguntó Leonard en el
salón de casilleros. Su amigo hizo una mueca de desagrado. Era lo que menos
quería discutir en ese momento.
—Ah ya veo— respondió el hombre con una sonrisa
burlona.
—No sé en que momento pasé de tener mucha gente
agradecida a personas que huyen de mi y me creen el mismísimo Satanás —se
quejó, recostado sobre un banco, contemplando las molduras de piedra cercanas
al techo.
—Bah, eso no es nada —espetó Leonard. Edward lo miró,
molesto —. Deberías alegrarte, significa que te estás volviendo un mejor
recolector.
—Hoy tuve que desmaterializarme de nuevo. No me
encanta hacerlo. Siento como que en cualquier momento desapareceré por siempre.
—Vamos, pero sí es uno de los trucos más útiles.
El muchacho bufó y se cubrió los ojos con el brazo.
—Sólo quiero ir a casa —se lamentó, para luego
sentarse de un salto, asustando a su compañero —. Oh no, prometí a Lucius que
iría a verlo hoy. Se supone que ya ha descifrado...
Leonard lo miraba con los ojos muy abiertos. Entonces
se dio cuenta que estaba hablando en voz muy alta.
—¡Oh, vamos! No hay nadie aquí.
—Nunca sabes cuando Darkus pueda estar escuchando
—murmuró el hombre. Era muy extraño verlo tan alerta. Desde que había comenzado
todo, a Edward le parecía que su amigo quizá estaba involucrándose demasiado.
Aunque la ayuda no le venía nada mal, tampoco el poder hablar del asunto con
alguien más. Por ello, no dijo nada.
—Tienes razón —admitió —. Aún así, debo hacer eso.
Será mejor que me vaya de una vez.
Sin esperar replica alguna, guardó su abrigo en el gabinete
y se dirigió al jardín.
Escabullirse debajo de las escaleras ya no le parecía
difícil. Al contrario, su rutina era tal que podía saber si alguien estaba
presente o no para verlo entrar en el escondite. Y aunque hubiera alguien por
ahí, lo habría hecho con tal naturalidad que era probable que no levantara
sospecha alguna.
Se había reiterado miles de veces la necesidad de
llevar consigo una linterna. Pero ahora se lo repetía por simple costumbre,
pues siempre que llegaba ante la gran puerta del salón, sus ojos estaban adaptados
por completo a la ya no tan temible oscuridad.
La última vez que estuvo en el salón, Lucius había
logrado descifrar varios escondites en el mapa del pueblo. La mayoría a sus
alrededores, pero unos cuantos justo en el centro o muy cerca de él. Aquella
noche ya suponía de lo que hablarían. Con extrañeza se dio cuenta que se sentía
emocionado al respecto, aunque un poco avergonzado, ya que aquello no se
trataba de un juego.
En el interior del salón se extendía el gran mapa,
como una mesa delgada sin necesidad de base alguna que la sostuviera. Las
estelas titilaban y se mecían como humo proveniente de incienso encendido, en
especial cuando Edward se acercaba. Detrás del mapa estaba el umbral de
oscuridad, apacible y aún así inquietante.
—¿Lucius? —llamó él en voz alta. Para entonces ya
sabía que una banda podía tocar un vals en aquel recinto sin que nadie de la
superficie detectara siquiera un eco.
La habitual materialización del espectro en el espejo
se llevó a cabo. Al principio había resultado impactante, pero en aquellos días
ya era algo normal.
—Buenas noches, Edward —dijo con voz ronca —. Perdona
que salte las formalidades, pero hay mucho que discutir aún.
—No esperaba menos —respondió el muchacho, aun con
algo de pereza en la voz.
—Bien, creo que sé el orden en que debemos encontrar
las piezas —continuó Lucius, ensimismado —. Lo más conveniente será buscar ésta
primero.
Tomo una de las hojas en el libro y la desplegó. En
ella había un diagrama, representando una esfera, marcada con el símbolo
alquímico del viento.
—¿Alguna idea de donde encontrarla? —preguntó,
mientras apreciaba los finos trazos de Darkus.
—Creo tener una pista. Aunque es un poco obvia, creo
que es la correcta.
Extendió otro diagrama. Esta vez en él aparecía una
caverna cuyas rocas parecían formar un cráneo muy grande.
—¿Conoces este lugar? —preguntó al muchacho. Edward
reflexionó. Le parecía haber visto algo semejante antes, al menos por un breve
instante. Pero no lo recordaba del todo.
—No estoy seguro —respondió al final.
—Es una cueva en lo alto del cañón. Según recuerdo, en
el interior se irguió un altar a la diosa Ixális —Lucius esperó a que Edward relacionara
los hechos, pero el chico se encontró forzándose a recordar dónde había
escuchado mencionar a dicha diosa.
—El nombre me parece conocido...
—Es la diosa de los vientos —espetó el espectro con
cierta exasperación.
—Bien, al menos eso nos da una pista clara entonces —dijo,
molesto ante la actitud repentina de Lucius.
—Será una misión de exploración. No estoy por completo
seguro de lo que encontrarás ahí. Pero no hay otra forma de saberlo —reflexionó
el hombre, volviendo de súbito a su habitual seriedad.
Pronto se encontraron sumidos en un silencio muy
incómodo.
—Así que... ¿es todo? ¿Hay algo más que debamos
discutir? —inquirió Edward.
—Por el momento. Esperaré a que vuelvas con noticias
del lugar. Así sabremos como proceder.
El muchacho asintió, deseó buenas noches a Lucius y
salió del recinto.
Tenía mucho en que pensar, sin embargo en ese momento
no le quedaban ganas de hacerlo. Se dirigió a casa, se recostó en uno de los
sillones y se dijo que por la mañana las cosas estarían más organizadas en su
mente.
Al final había decidido que sería mejor no posponerlo.
La siguiente noche se dispuso a encontrar a Ace y volar hasta la parte más alta
del cañón. Para su fortuna, las almas que había recolectado esa tarde le habían
dado un descanso que necesitaba desde hace mucho tiempo.
Llegó al departamento ya cuando la luna se alzaba en
el horizonte. Desde el inicio de otoño los días se habían hecho mucho más
cortos y la penumbra se apoderaba de Gloom Town varias horas antes de lo
acostumbrado.
Ace acudió a su llamado casi de inmediato. El viento
helado les dio la bienvenida mientras ascendían, dejando atrás los tejados de
las casas en el Monte Moontower.
Una espesa capa de niebla se extendía debajo, de entre
la cual resaltaban pequeñas púas verdosas, como una gran campo árido donde
apenas estuviera naciendo un poco de pasto. Aquél era el bosque del oeste, en
su mayoría compuesto por pinos muy altos y frondosos. Conforme iban acercándose
al cañón, la neblina escalaba las faldas de las montañas como pequeñas garras
aferrándose a las rocas, en un débil intento por llegar a la cima.
Una serie de montañas afiladas, bordeadas por peñascos
y rocas de aspecto un tanto agresivo formaban el cañón. En aquel momento, la
luz de la luna les pegaba por un costado, resaltando los bordes torcidos como
manchas grises en medio de un lienzo negro. En aquella área la vegetación era
nula. Iniciaba sólo en las faldas y continuaba extendiéndose hasta mezclarse
con el bosque.
La caverna fue fácil de identificar, pues se alzaba en
la cima de una solitaria montaña que parecía haberse apartado del resto. Daba
la impresión de haber sido esculpida a partir de la parte más alta de la roca.
Aterrizaron en un pequeño mirador. Sin duda aquel
lugar era resultado de manos humanas quienes habían tallado rocas como
escalones y encontraron la manera de hacer un camino por el interior de la
montaña a través de túneles que llegaban hasta la base. Una gran escalera
ascendía por el costado hasta la cima, donde se extendía una amplia explanada
que servía de antesala a la cueva.
Recordaba el diagrama que Lucius le había mostrado. En
aquél momento pensó que el dibujo era deliberadamente exagerado, pero ahora se
daba cuenta que la cueva en verdad tenía la forma de un cráneo humano. Un par
de rocas enorme sostenían otra con forma circular, con dos grandes huecos en el
frente, representando las cuencas de la calavera. La entrada era la boca,
mostrando una hilera de toscos dientes torcidos, compuestos por diferentes
piedras. Alrededor sobresalían otras rocas que parecían formar los dientes de
abajo, un par de ellas eran altas y afiladas, dándole al rostro un aspecto
salvaje. Bajo la luz de la luna resultaba con una expresión apacible, como un
gigante amable. No sabía porque estaba construida de aquella forma, pero quien
quiera que lo hubiera llevado a cabo había hecho un trabajo excepcional.
Ace parecía intimidado por el lugar, mientras más se
acercaban a la cueva, el caballo se rezagaba y lo miraba con temor. Sus ojos
decían que no era buena idea acercarse ahí. Edward también lo sentía, como una
mano helada que le oprimía el pecho y las entrañas. Lo que sea que Darkus
hubiera puesto ahí, emitía una energía desagradable.
El interior estaba, por completo, sumido en las
sombras.
—¡Oh! Maldición, siempre olvido la linterna —exclamó
Edward, a lo que Ace respondió soltando un resoplido ligero. De inmediato sus
orejas se levantaron, como si hubiera temido que aquel sonido atrajera algo
hacia ellos.
—Tranquilo, no pasa nada —intentó calmarlo, pero de
nada servía cuando él mismo se sentía inquieto. A pesar de ello avanzó unos
pasos, adentrándose un poco más en la cueva. Toda la calma que había sentido
durante el vuelo hasta el cañón, se había desvanecido en unos segundos.
Una vez dentro de la cueva no pudo ver nada, ni
siquiera momentos después, cuando sus ojos ya debía haberse adaptado a la
oscuridad. Se topó con algo que rodó por el piso. Era madera y era largo. Con
cautela se inclinó para sentir de que se trataba. En un principio pensó en el
mango de una escoba, pero pronto se dio cuenta, con alivio, que era una
antorcha. La llevó afuera de la cueva.
—Parece que tenemos mucha suerte —dijo al caballo,
acariciando su cabeza. Aún así no logró que se calmara. Observó sus al
rededores, tenía la antorcha, pero no como encenderla. A juzgar por el paño
seco que la coronaba, no había sido utilizada en mucho tiempo.
Cerca del umbral, ocultos por la sombras, encontró
varios barriles apilados. Se acercó y cuando un nauseabundo olor llegó de
súbito a su nariz, comprobó que los barriles estaban repletos de algún tipo de
combustible o grasa, como había sospechado. Y por si fuera poco, al costado de
los barriles había una caja de madera repleta de veladoras de muchos colores y
cajas de cerillos.
Casi no pudo creer lo conveniente de aquello, pero se
sintió agradecido que así fuera. Remojó la antorcha en el combustible y
encendió el cerillo. La llama ardió de inmediato.
—¿Vienes? —preguntó a Ace, pero éste seguía renuente a
avanzar más allá de la entrada. Lo miró, asustado —. Esta bien, quédate aquí,
no tardaré. O eso espero —agregó en un susurro.
Observó el interior de la cueva. Aunque alzó la
antorcha, la oscuridad impregnaba el lugar de tal forma que no veía más allá de
un metro delante.
Fue dando pasos desconfiados, revelando poco a poco el
interior. Cada ciertos pasos encontraba otras antorchas empotradas en la pared.
Por fortuna algunas tenían un pequeño depósito de combustible, de modo que pudo
iluminar una parte del camino. El túnel por el que pasaba se torcía en ángulos
pronunciados para luego dar paso a un largo corredor repleto de telarañas.
Pronto llegó a lo que debía ser la cámara principal de
aquél sitio. Se trataba de una gran cúpula, toda tallada en piedra. Le recordó
a una pequeña capilla, con columnas gruesas, adornadas con hojas y enredaderas.
En el techo había un pequeño tragaluz redondo que servía como punto de
convergencia para los soportes de madera que terminaban donde las columnas
iniciaban. La luz de la luna apenas alcanzaba a iluminar un fragmento de muro.
Con ayuda de la antorcha y un par de lámparas que
logró encender, se dio cuenta que estaba rodeado por esculturas de aves. Había
de toda clase, gorriones, palomas, águilas e incluso cisnes y patos. Pero había
una en el centro, que además de su posición, resaltaba por su majestuosidad y
colosal tamaño. Ésta representaba un búho con las alas extendidas.
Era una estatua imponente, con una mirada pacífica,
aunque severa. Tenía la cabeza inclinada, con los ojos bien puestos en su
objetivo. Su pose revelaba que estaba por aterrizar o que apenas comenzaba el vuelo.
Sus patas no tocaban el piso. Edward la contempló por un rato, estaba
impresionado con la habilidad de quien quiera que la hubiese esculpido.
Sus ojos no sólo transmitían emoción, había algo más
en ellos. Se acercó y puso la antorcha lo más cerca que podía sin dañar al ave.
En el interior de su cabeza algo zumbaba ligero, como la brisa colándose por
una ranura pequeña. En el recinto reinaba el silencio, por lo que le fue fácil
identificar el sonido.
En efecto, descubrió que los ojos del ave eran traslúcidos
y en el interior de la estatua yacía la esfera. Aquello era lo que emitía el
zumbido. Una esfera de cristal que podía sujetar con la mano y casi cerrar el
puño sobre ella. En su interior algo serpenteaba con rapidez, como la tempestad
en el mar, en ocasiones se arremolinaba, creando pequeños tornados.
Edward bajó la antorcha. Se había dejado llevar por la
majestuosidad del recinto, pero ahora recordaba porqué estaba ahí. La pieza
estaba ante él, pero sabía que no era tan simple. Para empezar debía encontrar
la forma de sacarla sin dañar la estatua. Quizá alguna combinación o llave. Eso
lo llevó a la otra cuestión ¿Había algo más ahí que la estuviera protegiendo o
vigilando?
Con tan sólo pensar en ello, se sintió observado. Un
escalofrío lo recorrió, por fin se dio cuenta de su situación. La luz no iluminaba
más que a él y unas cuantas partes en los muros. Pero en la penumbra podía
haber cualquier cosa esperándolo.
Se quedó quieto por completo. Después comenzó a hacer
su camino de vuelta por el túnel. Dio unos cuantos pasos con la antorcha por
delante. La flama de ésta comenzó a danzar y a chisporrotear, como si amenazara
con apagarse. Sintió sus pies hacerse pesados.
Cuando por fin llegó a la entrada del túnel, se topó
con una reja metálica. El sonido que hizo al golpearla con el pié creó eco por
todo el recinto. Algo no estaba bien. Lo habían descubierto.
Alguien estaba entrando. Escuchó algo que rozaba con
las paredes y el piso. Puso la antorcha frente a la reja, al menos para saber
si quien lo había descubierto estaba cerca. Entonces el silencio volvió.
Pegó el rostro a los delgado barrotes. Una repentino frío
le heló el cuerpo entero. De entre la oscuridad se manifestó una horrible
mueca, con la boca abierta de forma desmesurada, los ojos blancos y vacíos, los
pómulos saltones, la piel gris como podredumbre.
Al principió el terror lo invadió de tal forma que no
escucho el temible grito que emitía el espectro, pero pronto el recinto se
llenó por completo. Era un chirrido espeluznante como jamás lo había escuchado antes.
Siguió aferrado a la reja hasta que una mano huesuda se estiró para alcanzarlo.
Sólo entonces se lanzó hacia atrás, admirando por completo aquella temible
aparición. Sintió que iba a perder la conciencia en cualquier momento, la
cabeza le dio vueltas. Se arrastró de espaldas hasta toparse con el búho,
replegándose lo más que pudo fuera del alcance de la garra que hacía todo lo
posible por aferrarse a él. Las piernas ya no le respondían.
No supo si fue el terror del momento, pero juraba que
no sólo una de esas cosas gritaba, parecía haber más.
—¡Fuera de aquí! —distinguió por fin entre los
alaridos. Temblando de pies a cabeza, dejó caer la antorcha, la cual rodó fuera
de su alcance, iluminando el hueco por el que había entrado. En cuanto retomó
el control de su cuerpo, dio un salto y de tres pasos muy largos alcanzó la
salida del recinto.
Se olvidó de la antorcha, de todas formas aquellas que
había encendido antes eran suficientes para ver a dónde iba.
El camino de vuelta resulto más corto que al inicio, en
especial cuando había corrido lo más rápido que le era posible. Sintió un
alivio descomunal ante la visión de Ace, que relinchó asustado al ver a Edward
abalanzarse sobre él.
—¡Vámonos de aquí! —le gritó con voz aguda. Se montó
sobre el caballo. Segundos después la montaña con la caverna había desaparecido
en la oscuridad de la noche detrás de ellos.
—¡Banshees! —exclamó Lucius, indignado.
—Era horrenda —se limitó a decir Edward. No dejó pasar
ni un día antes de volver al salón para contarle todo lo que había visto. Aún
en aquellos momentos la visión del temible espectro le hacía temblar. A
comparación de éste, la inquietante máscara que usaba Lucius parecía un antifaz
de carnaval.
—Vaya, si Darkus me parecía despreciable antes, ahora
creo que no merece ninguna oportunidad de redención —insistió el hombre. Era
evidente que estaba furioso.
—¿Cuál es el problema? —inquirió el chico, intentando
apartar la imagen de su mente.
—¿Sabes que son las Banshees? Criaturas de las
sombras, sí. Pero solían ser almas; almas necesitadas de comprensión. Mujeres
llenas de culpa. Y Darkus las usa para sus propios fines, como si se tratara de
un objeto a su disposición.
Edward jamás había visto a Lucius tan enfadado y, para
ser franco consigo mismo, le ponía los pelos de punta. Casi esperaba que le
salieran llamas por las cuencas vacías.
Hasta entonces no se había puesto a pensar en la
posibilidad de que hubiera criaturas originarias del dominio de sombras, pero
ahora que lo pensaba, era lógico que así fuera.
—Tal parece que nuestro amigo conoce más de lo que
esperaba sobre estas tierras —murmuró el hombre casi para sí mismo.
—¿Cómo es eso posible?
—¿No se te ocurre nada? —La atención de Lucius de
nuevo recayó en él, lo que hizo que se le helara la sangre.
—Estuvo del otro lado... ¿no es así?
—Es posible. Y ni siquiera te atrevas a preguntarme
como es que salió de aquí, porque no tengo idea. Cualquier cosa que nace o
entra aquí jamás sale.
La voz de Lucius no solo revelaba ira, había algo más,
algo muy semejante a la tristeza. Aunque Edward sintió pena por él, se encontró
más herido por la manera en que le había hablado.
—Quizá deba regresar en otro momento —dijo, frunciendo
el ceño.
—No, no —se apresuro a decir el espectro —. Al menos
ahora sabemos a qué nos enfrentamos.
Hubo un momento de silencio, tras el cuál Lucius
continuó.
—Ahora sabemos que Darkus usa criaturas de las
sombras. Eso nos da cierta ventaja.
—Porque las conoces —intuyó el muchacho.
—Así es. No a todas, pero conozco gran parte, yo mismo
me he enfrentado a algunas.
—¿Y qué se hace en un caso de banshees?
El espectro desvió la mirada. Edward sintió alivio.
—No creo que podamos hacer nada, lo único que puedes
hacer es huir rápido. Ellas no te harán demasiado daño, pero si te atrapan,
Darkus sabrá que algo sucede. No podemos permitirnos eso.
Edward asintió. Se imagino las frías garras cerrarse
sobre su cuello. Sacudió la cabeza para deshacerse de ese pensamiento. Apenas
podía creer el terror que provocaban en él.
—Por ahora es necesario que pienses muy bien en lo que
viste e intentes buscar la manera de extraer esa esfera, de ser posible sin
dañar la estatua —dictó Lucius.
—De acuerdo.
Cuando llegó el fin de semana, Edward aún no tenía
idea de cómo resolvería el problema. Había pensado con detenimiento en cada detalle
de la estatua, pero nada en su recuerdo le indicaba una posible solución. No le
ayudaba en lo absoluto que el temible rostro de la banshee se colara en sus
pensamientos cada vez que le era posible. Sin embargo había un dejo de
esperanza. Aquella tarde iba a encontrarse con Eliza en su cabaña. Hacía ya un
tiempo desde que se vieran por última vez. Lo recordaba con agrado, sus largas
conversaciones sobre la naturaleza de la magia y lo cómodo que se sentía en su
compañía. Ella debía sentirse igual, o al menos eso quería pensar. De no ser
así no seguiría invitándolo a tomar el té, se dijo mientras se peinaba frente
al espejo en su habitación.
Tomó el tren y caminó desde la estación en la bahía
Ribcage hasta el sendero que llevaba a las profundidades del bosque. Aún era
temprano cuando vislumbró el techo puntiagudo y el humo lila que se elevaba por
la delgada chimenea de la cabaña.
Abrió con cuidado la pequeña puerta del jardín y se
aseguró que la loción que se había puesto aún se percibiera. De todas formas
extrajo el frasco de su bolsillo, puso unas gotas en su muñeca y se las pasó
por las solapas del saco. Procedió a golpear la puerta con sus nudillos.
En el interior se escuchó un estruendo metálico,
seguido por apresurados pasos en los tablones del piso. La puerta se abrió y
Eliza apareció detrás. Llevaba el cabello recogido por un listón; algunos
mechones rebeldes le salían por los lados y le caían sobre el rostro. Él pensó
que aquello la hacía verse aún más bonita.
—Hola Edward, que gusto verte. Pasa —dijo, extendiendo
los brazos para abrazarlo.
Aún no estaba acostumbrado al trato tan cercano, pero
no iba a negar que le parecía muy agradable, de modo que le devolvió el abrazo
efusivo. Le entregó un pequeño plato con galletas.
—Siempre tan amable —dijo sonriéndole. De inmediato lo
puso junto a una tetera ya lista para servirse —. Anda, siéntate. Disculpa el desorden,
intentaba arreglar esto antes de que llegaras —señaló unas ollas que estaban
esparcidas por el piso de la cocina.
—¡Ah! No te preocupes por eso. Deja que te ayude —se
acercó a levantar los utensilios.
—Oh Edward, pero si no es necesario. No te hice venir
para ponerte a limpiar —le dijo, algo avergonzada, y apresurándose a recoger el
resto de las cosas.
—¡Bah! No es problema. Es lo mínimo que puedo hacer ya
que me recibes en tu casa.
Eliza sonrió.
—Por cierto, he estado revisando mis notas. Creo que
tengo varias cosas que pueden interesarte— dejó los utensilios sobre la mesa
sin darles importancia y se dirigió al estante lleno de libros.
—¿Ya has logrado algo con ese proyecto tuyo? —preguntó
él, acercándose a la mesa cubierta por una sábana.
—¿Proyecto?.... ¡Ah! la escoba. Por ahora no. Lo
dejaré descansar un tiempo, quizá algo se me ocurra después —respondió, más
atenta a lo que estaba buscando— ¡Aquí están!
Extrajo un libro muy grueso. El encuadernado estaba
agrietado y seco. Lo abrió y comenzó a hojearlo. Las páginas eran amarillentas
y tan delgadas que amenazaban con hacerse pedazos al contacto con los dedos.
Tenía un olor peculiar, aunque muy agradable. La caligrafía de éste a veces era
muy bella, en otras páginas parecía más un garabato rápido. Los diagramas eran
muy detallados. Por un segundo pensó en el libro de Darkus, aunque el de Eliza
era más rústico, era probable que ella misma lo hubiera construido.
—Tengo muchas recetas para pociones sencillas.
Podríamos comenzar a practicarlas. La he hecho tantas veces que nos ahorraremos
todo lo que puede salir mal —dijo ella, pasando las hojas con rapidez,
deteniéndose de vez en cuando como si descubriera algo nuevo en sus propios
escritos.
—Suena emocionante y me alegro que nos evitemos eso.
No quisiera hacer volar tu tejado o terminar con un hueco en tu pared —declaró
el chico.
—Bueno, no sería la primera vez. Es probable que
tampoco la última —dijo Eliza, riéndose. Señaló hacía arriba. En el techo había
al menos seis agujeros tapados cuidadosamente con tablones de madera que
resaltaban por ser más nuevos que el resto del tejado.
Ambos rieron. Ella le entregó el libro.
—Adelante, mira el índice. Dime si algo te interesa. Y
por favor ven a sentarte.
Se acercaron a la mesita y se acomodaron en las
enormes almohadas que hacían de sillones. Edward repasó el índice. Lejos de
pensar en lo que le gustaría probar, buscaba algo que le fuera útil en su
misión. No quería tener que preguntarle a Eliza, de lo contrario podría
sospechar algo.
En el índice había muchos títulos de diferentes
tamaños, algunos con pequeños diagramas, algunos tachados y reemplazados por
algún nombre alternativo. En general el libro estaba repleto de enmendaduras,
parches, rayones y muestras de cosas.
Pasó el dedo sobre los diferentes títulos de las
recetas. No comprendía muchos, pero encontró algunos que quizá serían de ayuda.
—Me gustaría intentar con esta... poción de luz —
dijo, señalando el título para ser más claro.
—Vaya, una de las más complejas. Pero claro, puede
hacerse.
Eliza dejó su taza y se levantó de súbito, golpeándose
la rodilla con el borde de la mesita. Se dirigió a la alacena sin importarle
aquello y extrajo varios frascos. Puso un caldero frente a Edward.
—Es simple, solo hay que seguir las instrucciones, ¿me
lo permites? —pidió mientras estiraba las manos para tomar el libro.
—Claro —él se lo entregó. Aprovechó para tomar algunos
frascos y examinar su contenido.
—¿Alguna razón por la que te interese?
La pregunta lo tomó por sorpresa.
—Sería útil si voy a explorar de noche, en lugares con
poca iluminación... como el bosque —dijo como si aquello fuera obvio, después
de todo no era una mentira. Le gustaba entrenar en las noches y a veces se
encontraba en necesidad de una fuente de luz. Aunque siempre terminaba por
acostumbrarse, pero la oscuridad de la caverna era distinta. No cualquier cosa
parecía poder penetrarla.
—No hay nada como la luz de la luna para explorar los
bosques —se dijo Eliza, más bien para sí misma —. Pero claro, entiendo que
puedas llegar a necesitar algo adicional –agregó y le guiñó un ojo. El muchacho
se sintió más tranquilo.
Iniciaron la elaboración de la pócima. Ella iba
indicándole con paciencia que es lo que debía hacer y como es que debía hacerlo.
Había pasado algún tiempo desde que no se sentía en el papel de estudiante. Por
supuesto cuando se inició como recolector, Leonard lo hacía sentir un poco
inútil e inexperto, pero con Eliza era distinto. Si hacía algo mal o se
desviaba de las instrucciones, ella reía y lo corregía con amabilidad. Todo
aquél proceso fue rompiendo poco a poco las barreras que aún percibía entre
ellos. Al final se dio cuenta que se sentía como en casa, casi pudo haberle
contado lo que sucedía. Pero se contuvo, aunque decidió que sería mejor
preguntárselo directo.
Ella estaba agregando el ingrediente final al caldero.
—Dime, sabes tanto sobre las criaturas del bosque...
me preguntaba, ¿qué sabes acerca de las banshees? —soltó por fin Edward. Aunque
temeroso, pensaba que quizá aún podía mantener el control de la situación.
—¿Banshees? —inquirió Eliza, sorprendida —. No mucho
en realidad.
El muchacho se sintió algo decepcionado, sin embargo
percibió en la mirada de la chica que sabía más de lo que aparentaba.
—¿Pasa algo? —insistió.
—Es sólo que hace un tiempo me topé con algunas. Lo
cual es extraño. Hasta donde recuerdo, las banshees, bueno, ellas no pertenecen
aquí —respondió, con la mirada perdida en el interior del caldero.
—¿En dónde las encontraste? —preguntó él, en parte
para aparentar que no sabía nada del tema y para prolongar el tiempo hasta que
Eliza preguntara porqué quería saber todo aquello.
—¿Has ido al cañón? Hay una gran caverna con forma de
cráneo. Es donde solían ofrendar a la diosa Ixális. Pero un día el lugar fue
invadido por una extraña oscuridad y por las banshees. En realidad nadie sabe
como es que llegaron ahí.
Yo sí lo sé pensó él.
—Estuviste ahí, ¿no es así? —espetó la chica. Su pregunta
fue tan repentina que Edward se vio obligado a aparentar que bebía un largo
trago de una taza de té que llevaba mucho rato vacía. Quizá era mejor decirle
la verdad. Aunque, por supuesto, no por completo.
—Sí, es cierto. Estaba explorando una noche y me topé
con la caverna.
—¡Lo sabía! ¿para eso quieres la poción? ¿estás
planeando volver? —en su mirada ahora había tanta curiosidad como temor.
—¡No!... No lo sé. Puede que sí —murmuró él, desviando
los ojos a la tetera.
—¿Porqué querrías hacer eso? Ya muchos hemos intentado
recuperar el recinto, pero todo ha sido en vano. Esa oscuridad. No es nada
bueno, no es algo de este mundo —ella se levantó. Se llevó una mano a la boca,
como reflexionando la situación.
—¿Así que te enfrentaste a ellas?
—¿Qué dices?
—Muchos hemos intentado. Eso fue lo que dijiste —se
sintió aliviado de evitar responder a su pregunta inicial.
Eliza se quedó quieta, de pie, mirándolo.
—Sí. La gente del circo vino a pedirme ayuda. Pensaron
que yo podría hacer algo para tratar con ellas. Pero no logré nada, sino
enfurecerlas más. Desde entonces nadie se ha atrevido a subir a la caverna.
¿Qué hacías tú ahí? —aún estaba muy confundida.
—Te lo dije, estaba explorando. Volé con Ace hasta
allá. Lo sé, también sentí la oscuridad, pero supongo que la curiosidad pudo
más que el temor.
Al decir esto, Eliza lo miró y, para su sorpresa,
sonrió. Sin embargo su sonrisa se borró pronto, dando paso de nuevo a su mirada
reflexiva.
El caldero en la mesa emitió un silbido, como el de
una tetera al fuego. Ambos voltearon, para darse cuenta que del interior
provenía un fuerte fulgor dorado.
—¡Oh, demonios! —exclamó ella, apresurándose a tomar
un frasco, oscuro como una botella de vino. De inmediato vertió el contenido de
la olla en éste. Hizo una mueca de dolor y comenzó a pisotear con rapidez.
Entonces Edward comprendió que el caldero debía estarle quemando los dedos. Se
acercó e intentó quitárselo de las manos, pero para entonces ya había terminado
de vaciarlo.
—¿Estás bien? —le preguntó con los ojos muy abiertos.
—Sí, lo estaré —dijo, soltando el caldero, molesta y
agitando la mano —. Solo espero que no se haya arruinado. Se supone que la pongas
en el frasco antes de que comience a brillar —aclaró. Fue hasta su alacena y
sacó un recipiente. Al abrirlo reveló un polvo fino y brillante de color azul.
Tomó un poco, para luego frotarlo en la mano dañada. Edward observó asombrado
como el enrojecimiento de la quemadura desaparecía casi de inmediato.
—Así está mejor —murmuró Eliza con alivio.
—Vaya, ¿qué es eso? —preguntó, aún sorprendido.
—Polvo de fénix. Ya habrás adivinado para que sirve.
Eso no importa ahora. Edward, no sé que tienes entre manos. Pero te advierto
que no es buena idea que vuelvas ahí. Te lo digo yo, que conozco casi todos los
rincones de este pueblo.
—No iba a hacer nada. Sólo tenía algo de curiosidad.
—A veces demasiada curiosidad puede resultar dañina.
Esa energía, no es normal. No logro entender qué es ni de dónde proviene.
—¿Y no te gustaría comprenderla? —de inmediato se
arrepintió de haberlo dicho. Quizá Eliza lo tomaría como una invitación a
acompañarlo. Para su fortuna ella parecía bien plantada en su posición.
—No, o quizá sí. Pero no fui de mucha ayuda la última
vez que estuve ahí. Preferiría mantenerme alejada. Y tú deberías hacer lo
mismo.
Ambos quedaron en silencio por varios minutos. Edward
observaba el frasco con la poción recién hecha en su interior.
—Entonces, ¿crees que funcione?
—Tendrás que probarla —respondió ella —. Es tuya,
llévatela. Lo que hagas con esa poción y con todo lo que pueda enseñarte es
responsabilidad tuya. Pero recuerda que el principio más importante de la magia
es que no debes usarla a la ligera. Sólo cuando en verdad sea necesaria.
—¿Qué pasa si no?
—Te harás adicto. Y llegará un momento en que se
vuelva tu muleta, más que tu herramienta. Las pociones son inofensivas. Pero si
en realidad quieres ir más allá y manipular tu energía interna, debes tener
bien claro este principio. De lo contrario tendré que retractarme en mi
decisión de enseñarte todo esto —sus ojos por primera vez se llenaron de una
rigidez inquietante. Hablaba demasiado en serio.
—De acuerdo. Me queda claro —afirmó Edward. Intentó
ponerse tan rígido como ella, pero la chica parecía tener el control total en
esos momentos.
—Bien, me alegro. Ahora, sé que no puedo persuadirte
de no volver a la caverna, pero debe quedar muy claro que no estoy a favor de ello.
—Entiendo. Lo pensaré —mintió —. Quisiera preguntarte
algo.
—Dime —respondió Eliza, algo más tranquila.
—¿Podrías regalarme un poco de ese polvo de fénix?
La chica suspiró. Aquél hombre frente a ella podía ser
muy amable, pero era un necio y tal vez hasta un poco tonto.
Esperó un par de noches después del fin de semana
antes de volver al cañón. Aún no tenía idea de lo que haría. La poción que
Eliza le había dado no haría más que iluminar el lugar si llegaba a necesitarlo.
Y ni siquiera estaba seguro de ello. Más allá de eso, no contaba con nada que
no hubiera tenido la última vez. Sin embargo había estudiado con detenimiento
la situación. Ahora había confirmado que había más de una banshee y recordaba
que al menos una de ellas se encontraba tras una reja. Las demás no habían
aparecido, así que también debían estar encerradas. Eso le daría tiempo a
buscar una forma de sacar la esfera sin perturbar la estatua.
La reunión con Eliza le había recordado que el recinto
de la diosa Ixális era un lugar que debía ser respetado. De modo que ahora se
sentía más presionado a extraer la esfera con el mayor cuidado que le fuera
posible.
Por fin decidió que estaba listo, al menos para volver
y quizá recolectar más pistas de que es lo que debía hacer. Si podía obtener la
esfera, mejor.
No quiso esperar hasta el anochecer. Por fortuna tenía
la tarde libre después de dos días de adelantar trabajo. Así que salió
corriendo de la mansión, buscó a Leonard, pero en aquellos días parecía muy
ocupado. Tomó un carruaje a casa.
Al llegar, encontró a Ace en el patio, acurrucado
entre un montoncito de hojas secas que el final del otoño estaba dejando como
único vestigio de su presencia.
—Hola, amigo. ¿Estás descansando? —le pregunto con
afecto, acariciándole las crines. El caballo respondió con un resoplido, se
levantó de inmediato, se sacudió. Ahora parecía listo para lo que su compañero
le pidiera.
—Excelente. Iremos al cañón —dictó Edward, dispuesto a
montarlo. Sin embargo el animal soltó un relincho agudo, se hizo para atrás y
agachó las orejas. La simple mención del lugar le provocaba terror.
—Oye, oye. Esta bien. Supongo que preferirías no
acompañarme —le dijo con calma. El caballo, relinchó y plantó las patas en el
piso —. Lo comprendo, pero es que necesito tu ayuda. Prometo que no te pasará
nada.
No logró convencerlo. Ace extendió sus alas y despegó,
dirigiéndose al lado opuesto del cañón, hacia el bosque del norte.
—¡Caballo testarudo! —le espetó Edward. Molesto, se
dio la vuelta e hizo su camino a la estación de tren.
El viento de esa tarde era más gélido que de
costumbre. Un cúmulo de nubes grises surgía detrás de las montañas, pero no
parecía nada serio. Aún faltaban semanas para que el otoño acabara.
Al llegar a la estación del tren la encontró por
completo vacía. Se disponía a sentarse en el banco de hierro cuando escucho unos
diminutos pasos en los tablones detrás. Volvió la cabeza para encontrarse con
una figura ya conocida.
—¡Demonios! Quería asustarte —exclamó la niña con
vocecita chillona.
—Mejor que no lo hagas —respondió Edward, malhumorado.
De inmediato se sintió culpable, en especial cuando la pequeña hizo una mueca,
entre desconcertada y dolida.
—Perdona. Es que no me siento muy bien —se disculpó.
—¿Porqué estás tan molesto? —inquirió la niña, como
olvidando la repentina reacción del muchacho y sentándose a su lado.
Edward la miró. Pensó en decirle que era probable que
a su corta edad no lo entendiera. Pero después se dio cuenta de su atuendo y reparó
en que quizá ella llevara en aquél mundo mucho más tiempo que él.
—Es que hay algo que debo hacer. Pero, si soy sincero,
me asusta un poco.
La niña lo miró, incrédula, de arriba abajo.
—¿Cómo puedes tener miedo? ¿Qué podría pasarte que no
te haya pasado ya?
El muchacho pensó en ello. En realidad, si lo
reflexionaba, tenía mucho que perder. Quizá las banshees lo atraparan y si
Darkus sabía lo que estaba haciendo, tal vez podría expulsarlo. El miedo
constante de terminar como Lucius lo invadiría si encontraba la oportunidad.
Sin embargo ella tenía un punto. Recordó cuando temía saltar el muro por miedo
a las alturas. Lo único que debía hacer era saltar para descubrir que nada
pasaría. Por otro lado, y como tanto pensaba desde la noche del mirador, si no
hacía nada, de cualquier forma podría perderlo todo.
—Supongo que tienes razón —respondió, observando el
horizonte. La neblina nocturna ya comenzaba a descender desde las montañas, por
el bosque y hasta colarse entre las casas del pueblo como serpientes al acecho.
Varias velas ya ardían detrás de las diminutas ventanas.
El silbido del tren aproximándose hizo eco en la
lejanía. Edward se llevó la mano al bolsillo y sacó un puñado de monedas.
—¿Cuáles elegirás hoy? —le dijo a la niña, extendiendo
la mano frente a ella.
Ella las observó, después puso su mirada en él. Una
diminuta sonrisa se dibujo en su rostro.
Sin decir nada se levantó del banco y corrió a la descuidada
cabina. El tren apenas se hizo visible mientras daba la vuelta al monte.
La niña volvió tan rápido como se había ido. Llevaba
el puño cerrado. Se aproximó a Edward.
—Toma, te ayudará —extendió el puño. El muchacho
estiró la mano esperando recibir su boleto. Además del trozo de papel, la
pequeña le había entregado una moneda. Era oscura y dejaba marcas de polvo
negro al tacto.
—Vaya ¿y esto?
—Es una de mis monedas de la suerte. Sea lo que sea
que tengas que hacer, todo saldrá bien —respondió con una gran sonrisa.
Él la observó, después a la chiquilla.
—Seguro que todo saldrá bien —le dijo mientras le
revolvía el cabello —. Muchas gracias.
Se dio la vuelta para darse cuenta que el tren ya
estaba por llegar a la estación. De pronto recordó algo.
—Por cierto, nunca respondiste mi pregunta, ¿qué es lo
que estás esperando? —preguntó. No hubo respuesta. Giró la cabeza. La niña ya
no estaba. Debía haber vuelto a la taquilla —. Bien, quizá la próxima.
Una vez dentro del tren, buscó un vagón que estuviera
vacío. Aquello no era difícil. Se sentó en el extremo final. Tenía un largo
trecho por delante para reflexionar sobre lo que estaba a punto de hacer.
Vio la torre de la luna desaparecer entre los tejados
y la oscuridad del bosque cubrirlo todo a su alrededor; vio pasar el sendero
hacia la mansión y la parada cerca del mirador. Casi daría la vuelta completa a
las vías. Más adelante fue la estación de Blackrose la que le indicó que estaba
ya próximo. Cruzaron un trecho de bosque y entonces el tren comenzó el ascender
por la ladera del cañón. Aún no estaba seguro de lo que estaba por hacer, pero
ya que Ace se había rehusado a llevarlo hasta allá, aquella era la única
opción.
El ascenso parecía demasiado lento. El tren se sentía
más pesado que de costumbre. Entraron en un túnel, donde los momentos en la
penumbra se alargaron. Quizá solo eran los nervios. La luz del atardecer ya
estaba por ceder a la oscuridad nocturna, pero desde las alturas se podían
apreciar aún los colores anaranjados del atardecer. Sobrepuesto al cielo estaba
el cañón, como una gran sombra que se extendía varios kilómetros. En la parte
más alta, apenas visible, estaba su destino y, tal como lo había adivinado, las
vías pasaban muy cerca de ahí.
—Debo estar demente —se dijo. Después miró la moneda
polvorienta en su palma en busca de consuelo. Se frotó la cara con la otra
mano. Procedió a abrir por completo una de las ventanas del vagón. Quizá
tendría que pasar de costado, pero en definitiva cabía.
A diferencia de los segundos anteriores, la montaña se
aproximaba con terrible rapidez. Estudió el terreno lo mejor que pudo con tan
poco tiempo. Del otro lado de la caverna se extendía un pequeño mirador con una
estación que estaba fuera de servicio. Sería el lugar perfecto, pues era amplio
y los barandales parecían resistentes.
Subió al asiento, después puso un pie en el borde de
la ventana.
—Seis... cinco... cuatro... —murmuró, con la vista
puesta en la plataforma —... tres... dos...
—Me permite su... ¡¿Qué está haciendo?! —exclamó una
voz agitada al otro extremo del vagón. El revisor había entrado en el momento
justo.
Edward sintió el impulso de voltear a verlo, darle
alguna explicación sobre lo que estaba sucediendo, disculparse y seguir su
camino. Se impulso sobre el borde y sintió la inercia del tren empujarlo más
lejos de lo que había calculado.
Vio la plataforma de la estación pasar debajo de él
con rapidez. Estaba seguro que iba a caer por el acantilado. El vacío se
aproximaba, pero uno de los barandales apareció en su campo de visión. Iba a
golpearlo directo en el rostro. Alzó los brazos para protegerse. Algo rígido lo
detuvo en seco. El suelo lo envolvió de pronto y comprendió que estaba girando.
Abrió los ojos. Estaba envuelto en una nube de polvo, tumbado
boca arriba a varios metros de la estación. Parpadeo varias veces para
recuperarse y se quedó tirado por un rato. Todo le daba vueltas. Apoyó los
codos y se levantó con lentitud. Intentó sacudirse el polvo, pero un dolor
agudo en su mano izquierda cruzó por todo el brazo hasta el hombro.
Horrorizado, se dio cuenta que donde solía estar su
mano ahora había una garra torcida y deforme. El hueso de uno de sus dedos
atravesaba la palma, cubierto por esa sustancia negruzca que hacía de sangre.
La mano estaba por completo vuelta, de modo que la palma ocupaba el lugar del
dorso y el dorso el de la palma.
Incapaz de comprender que estaba mirando y con los
ojos desorbitados, observó la deformidad e intentó palparla, lo cual le
ocasionaba un dolor terrible.
En aquel estado le sería imposible continuar. Miró al
cielo, apretó los dientes y tragó saliva. Con la mano derecha tomó la izquierda
y le dio la vuelta para reacomodarla en su lugar. El dolor hizo que le zumbaran
los oídos; la vista se le hizo borrosa y un escalofrío pareció clavarle agujas
desde la cabeza hasta la planta de los pies.
Aprovechando aquello, empujó el hueso del dedo. Éste
emitió un chasquido al volver a su sitio. Lagrimas corrieron por sus mejillas y
un sudor frío le cubrió el rostro. No recordaba haber sentido un dolor así
nunca, ni siquiera cuando estaba vivo.
—Debo superarlo, debo olvidarlo —se repetía una y otra
vez.
Le tomó varios minutos. Cuando el dolor por fin
pareció adormecerle el brazo entero, extrajo el polvo azul que Eliza le había
dado. Con cuidado lo aplico sobre las heridas y en la muñeca. Al principio
sintió escozor y un ardor ligero, sin embargo la diferencia que hizo fue
enorme. Ya todo parecía en orden, aunque el dolor hizo que mantuviera el brazo
quieto por un buen rato.
Decidió continuar. La caverna estaba apenas a unos
pasos de donde había aterrizado, separada de la estación por un pequeño trecho
de roca tan angosto que dos personas habrían tenido dificultad de pasar lado a
lado. En realidad había tenido mucha suerte de no caer por el risco.
Ya era por completo de noche, aún así se podía
percibir la diferencia entre las sombras usuales y la oscuridad dentro de la cueva.
Era probable que ya estuviera predispuesto por todo lo que Eliza había dicho,
sin embargo, aquella noche, incluso el rostro de la calavera le pareció
amenazante, con aquellos colmillos que salían a los costados como los de un
jabalí salvaje.
Pequeñas gotas frías, apenas perceptibles, comenzaron
a caer del cielo.
Se aproximo a la entrada de la caverna. Antes de
internarse palpó sus bolsillos para asegurarse que todo estaba en su lugar.
Extrajo la botella que contenía la poción. Era una suerte que no se rompiera
con la caída. Como Eliza le había indicado, la destapó, vertió el líquido
viscoso, cálido y brillante en la yema se sus dedos y alzó la mano, como
saludando a alguien a lo lejos. La poción comenzó a evaporarse, impregnando el ambiente
con pequeñas partículas luminosas. Funcionaba.
Al menos aquella luz cubría más que una antorcha, pero
duraba menos. A lo lejos vio el fulgor anaranjado de las llamas que había
logrado encender la última vez. Con cautela se aproximó, cada vez más cerca del
recinto.
Ya en el umbral del lugar sintió como todo a su
alrededor se tornaba gélido. Intentó no pensar en la temible mueca de la
banshee, pero no lo logró. A cada paso que daba temía que un alarido rompiera
la calma.
Vertió otro poco de poción cerca de la estatua,
iluminando apenas el rostro majestuoso del búho. De inmediato identificó la
ráfaga de viento en su interior.
Observó la escultura por un rato. Todo lo que lo
rodeaba estaba tan oscuro que de cualquier forma sería imposible ver algo
acercarse hasta que ya fuera muy tarde. De modo que decidió concentrarse por
completo en lo que tenía en frente.
No encontró nada que le resultara sospechoso.
Renuente a la idea, se aproximó a la escultura.
—Por favor, discúlpame —murmuró, alzó las manos y
comenzó a palparla. Comenzó por el frente, después siguió con las alas, la
parte trasera y terminó en lo más alto. Por fin encontró lo que parecía una
pluma suelta en una de las alas. Eso tenía que ser algo, o quizá sólo era un defecto
de la estatua. Parecía que podía empujarse hacia adentro, así que lo hizo.
Una serie de ruidos mecánicos se inició, justo como en
la torre de Darkus. El piso tembló, la escalinata redonda bajo sus pies giró;
el búho junto con ella.
Pero aquellos ruidos no provenían sólo del altar, parecían
estar también alrededor. Entonces tuvo sentido. Quedó paralizado. No sólo había
accionado la función secreta de la estatua, también las rejas que había a los
costados del recinto se estaban abriendo.
No supo que hacer. Miró frenético de un lado a otro.
Era cuestión de segundos para que uno de esos terribles espíritus viniera a él
y quién sabe cuántos más habría ahí atrapados. Por lo que sabía podía ser una
legión entera.
Un tintineo suave le hizo darse la vuelta para mirar
el altar.
Debajo del búho se había abierto una cámara oculta. En
ella, a su completa disposición, estaba la esfera.
La observó por varios segundos. La ráfaga en su
interior parecía débil. Se le percibía como hebras plateadas arremolinándose,
como un globo de nieve decorativo que en su interior no tuviera más que finos
cordones que se movieran de un lado a otro. Aunque la había visto antes, aún se
impresionó de su tamaño. Esperaba algo más grande, pero era en realidad algo pequeña.
Aún paralizado por el temor y el repentino silencio,
miró a un lado, luego al otro. No había señal alguna de las banshees. Quizá aún
tendría tiempo de tomar la esfera y largarse de ahí tan pronto como pudiera.
El efecto de la poción ya estaba menguando. Su luz era
tan potente como una minúscula llama en una vela a punto de extinguirse. Podía
alcanzar la botella en su bolsillo, pero la prioridad era la esfera, mientras
aún pudiera verla. Ya tenía bien ubicada la salida y gracias a una antorcha
podía ver el borde del arco.
Estiró la mano para alcanzar la bola de cristal.
—No —susurró alguien detrás. El ambiente se volvió aún
más gélido, al grado que la llama de la antorcha comenzó a titilar con
violencia.
Edward quedó pasmado. No tenía idea de dónde venía la
voz, pero parecía estar lejos y, aún así, detrás de él. Se quedó inmóvil, su
vista clavada en los ojos del búho.
—No podemos dejar que te la lleves —aseguró la débil
voz, como si le hablara al oído.
Entonces la vio, reflejada en los ojos brillantes de
la estatua y con el último atisbo de la luz mágica. Una silueta femenina, con
un leve resplandor gris.
Primero fue aquella, detrás de él. Pero pronto
comenzaron a reunirse alrededor del altar y pudo verlas en su totalidad.
Mujeres harapientas, con extremidades de longitud anormal. La cabeza hundida en
los hombros y cubierta por una maraña de cabello sucio, algunas gris, otras tan
negro que parecían estar decapitadas. Sus facciones eran alargadas, deformados
en una permanente mueca de sufrimiento. Las cuencas de los ojos estaban vacías,
prolongadas por canalillos negros que iban hasta las barbillas como lagrimas de
brea. Sus movimientos eran torpes, sus manos se estiraban para palpar la
oscuridad. Eran ciegas.
La que estaba detrás habló de nuevo.
—No debiste volver —dijo en un hilo de voz,
acercándose cada vez más a él.
Todo camino estaba cerrado. Cualquier posibilidad de
escape estaba fuera de su alcance. El terror lo tenía congelado en su sitio.
—Sé porque están aquí —soltó, recordando lo que Lucius
le había dicho. Para su sorpresa y alivio, las banshees cesaron en su avance.
—Para proteger la esfera —respondió una delante de él.
—No, no. Lo que quiero decir es que sé quien las
aprisionó aquí —continuó Edward. Parecía funcionar.
—El hombre de la voz terrible —murmuró una de ellas y
todas parecieron sollozar. Sus voces sonaban como si fueran a romper en llanto
en cualquier momento.
—Darkus Grim —anunció él.
—No tuvo elección. Estamos aquí por nuestras propias
faltas —sonó una voz en el fondo del recinto.
—Nos dijo que merecíamos algo mucho peor por lo que
hicimos —comenzó otra.
—Dijo que tendría clemencia.
—Cualquier lugar es mejor que el mundo de sombras.
Volvieron a inquietarse.
—¿Qué fue lo que hicieron? —inquirió Edward. Mientras
les hablaba, buscaba un espacio libre para poder correr en cuanto tuviera
oportunidad.
El silencio lo invadió todo de nuevo. Seguido de
profundos sollozos temibles. Algunas comenzaron a gritar.
—Asesine a mi esposo —dijo una entre los lamentos.
—Avergoncé a mi familia —soltó otra.
—¡Maté a mis hijos! —gritó una voz que se alzó entre
las demás.
El ambiente volvió a ser gélido. Una ráfaga recorrió
el recinto. Se escucharon cadenas golpeando contra las paredes.
Edward sintió un escalofrío. Lo único que quería era
tomar la esfera y salir de ahí. La tenía al alcance de su mano.
Mientras las banshees se lamentaban, intentó de nuevo
tomarla.
—¡No! ¿No lo entiendes? ¡No podemos dejar que te la
lleves! —los alaridos se volvieron más agresivos.
—Yo podría liberarlas —espetó él en un arranque de
desesperación.
Los lamentos se aminoraron.
—Darkus escondió esto porque es parte de algo que
podría derrotarlo —continuó —. Si me dejan salir de aquí con ella, sería un
paso más a terminar con su terrible sufrimiento. Podrían ser libres.
Las banshees quedaron en completo silencio.
—Eso es imposible —dijo una.
—No lo es. Entiendo que crean eso. Han pasado todo
este tiempo en la oscuridad. Sé que sienten culpa. Pero esto puede significar
un nuevo comienzo para ustedes —aseguró mientras tomaba la esfera de su lugar.
Se sentía ligera y muy fría al tacto.
Las muecas de las mujeres empezaron a transformarse. El
viento en el interior del recinto comenzó a azotar las cadenas que pendían del
techo unas contra otras y contra las paredes. Incluso la estatua se meció como
si fuera a caer.
—No debiste hacerlo ¡Te advertimos que no lo hicieras!
Sus rostros ahora estaban furiosos. En sus bocas
crecieron colmillos afilados y las uñas se les alargaron para formar garras.
—¡Estamos malditas! —gritó la que estaba frente a él.
Ella parecía resistirse a la transformación —. ¡Vete! ¡O te haremos daño!
Edward se abalanzó contra ella, esperando que con el
impacto pudiera atravesar la barrera que los espíritus habían formado. Pero en
la oscuridad casi total le era imposible ver hacia donde iba.
Se llevó la mano libre al bolsillo, extrajo la botella
con la poción y algo más que no estaba seguro de que era. Intentó quitarle la
tapa, pero con una mano le era imposible hacer cualquier cosa. El frasco, junto
con el otro objeto se le escapó de la mano, al tiempo que sentía una garra
cerrarse sobre su hombro.
Aterrado, se lanzó hacia delante, mientras otra garra se
cerraba en su tobillo y otra lo halaba de una de las solapas de su saco. Cayó y
golpeó de lleno la pared con su cabeza. Con la mano palpó el arco de la
entrada. Estaba muy cerca, pero las banshees lo tenían por completo
aprisionado, llevándolo de regreso al altar.
Entonces algo crujió más allá. Un fulgor dorado se
alzó del suelo bajo el pie de una de ellas. Comenzó tenue, pero fue aumentando
poco a poco. Las fantasmales mujeres se llevaron los brazos al rostro. No
estaban ciegas, sólo habían pasado demasiado tiempo en la oscuridad y ahora la
luz las lastimaba.
Las garras se abrieron de inmediato, dejando libre a
Edward para escapar. Se puso de pie de un salto y se impulsó a la salida,
asegurándose de aferrarse a la esfera que llevaba en la mano.
Las banshees gritaban. Sus alaridos eran algo terrible
que le sería muy difícil olvidar. Las escuchaba acercarse por el túnel. Pero
entonces algo sucedió. Comenzó como un crujido, como si la caverna se fuera a
derrumbar. La luz que inundó el recinto invadió también el túnel, acercándose a
toda velocidad. Estaba metiéndose en cada grieta, en cada espacio que le fuera
posible.
Por fin alcanzó la salida de la cueva. Los alaridos se
habían detenido, reemplazados por truenos y el viento aullando. Las gruesas y
frías gotas de lluvia lo impactaron.
Algo pasaba dentro de la cueva. Se dio vuelta para
comprobarlo. En efecto, estaba solo de nuevo y aún con la tormenta en su
apogeo, el exterior parecía más calmado que lo que había dejado atrás.
Palpó sus bolsillos. El saco con el polvo de fénix
seguía ahí, sin embargo faltaba la botella y la moneda que la niña de la
estación le había dado.
No tuvo tiempo de lamentarse, pues un resplandor
cegador salió expulsado por las cuencas de la calavera y por su boca, al tiempo
que un relámpago cimbraba la montaña entera con un eco atronador. Fue tal el
impacto que lo impulsó hacia atrás. Su pie dio con una roca y lo siguiente que
supo es que estaba cayendo por el acantilado.
Lo primero que hizo fue proteger las esfera con ambas
manos pegadas al pecho. Bajó la cabeza e intentó cerrarse lo más que pudo para
asegurar que no se le escapara.
Un golpe frío lo desconcertó. Había caído al lago. El
agua comenzó a sacudirlo de un lado a otro. Grandes olas al compás de la lluvia
lo azotaban por todas partes. Así debía sentirse un barco a la deriva.
La corriente lo estaba llevando hacia lo que parecía
una cascada. Aquello parecía imposible, pues el agua viajaba hacia arriba. Vio
el lago alejarse poco a poco mientras el río corría hacia arriba hasta llegar a
la cima de un monte para después caer en ángulo recto del otro lado.
Cayó con rapidez y su cabeza alcanzó una roca muy
grande. Escucho los truenos desvanecerse y el golpeteo de las gotas sumirlo con
lentitud en la oscuridad.
Entre las sombras de su mente vislumbró una sonrisa de
dientes amarillentos. La piel alrededor de la boca parecía chamuscada, pero
sanando. Se distinguían unos surcos que atravesaban los labios de forma
vertical. Una risa débil resonó en su cabeza. Poco a poco se transformó en un
alarido que pronto se convirtió en un coro aterrador. Quería escapar, ya no
quería ver los horribles rostros que se le presentaban y le gritaban en el
oído.
Entre visiones sintió su cuerpo ligero. Arrastrado por
la suave corriente del río, hasta que todo dejó de moverse. Una silueta oscura
se aproximaba a él. Las sombras volvieron a abrazarlo.
Abrió los ojos y la claridad del día lo cegó. Sintió
un peso en el pecho, como algo que lo presionaba desde adentro. Notó un aroma
nauseabundo en el aire. Se levantó de golpe y vomitó un torrente de agua. Una
mano lo reconfortó con suavidad en la espalda.
—Eso es, sácalo todo —dijo una voz que por un segundo
no reconoció. Entonces vio el resplandor cobrizo que asomaba por debajo de una
capa. La mano pálida que lo reconfortaba se apartó para cubrir un frasco que
estaba en el suelo.
—¡Oh no! ¡Que vergüenza! —exclamó él, cubriéndose el
rostro con las manos. Al sentir ambas libres se sobresaltó y comenzó a palpar
la tierra a su alrededor —¿Dónde está? ¡¿Dónde está?
Eliza también se sobresaltó y buscó entre su capa.
—¿Hablas de esto? —dijo, mostrándole la esfera. Edward
sintió un alivio enorme, seguido de una profunda vergüenza.
—Sí, exacto —dijo, volviéndose a cubrir el rostro con
las manos.
—¡Oh vamos! No estás tan mal. ¿Puedes caminar?
—preguntó la chica. Parecía preocupada.
—Creo que sí —respondió él, intentando ponerse de pie.
—Bien, que bueno. Sígueme, tenemos mucho que discutir.
Ella se levantó con rapidez e hizo su camino al
interior del bosque. Se encontraban a la orilla del lago. Edward, aún muy
aturdido, la siguió.
—¿Qué sucedió? —preguntó Eliza cuando ya ambos estaban
sentados en su invernadero, con una taza de té caliente entre las manos —.
Aunque, tengo la sensación de que sé la respuesta.
Edward suspiró. Sabía demasiadas cosas. De nada
serviría mentirle.
—Volví a la caverna —murmuró. Sentía la garganta como
una lija.
—Volviste para buscar esto ¿no es así? —le señaló la
esfera, que reposaba en la mesa del centro —¿Qué es?
Él sabía que no podía mentirle. Aún así no quería involucrarla
más. Pero la cabeza le daba demasiadas vueltas.
—Es una esfera de luz, la estaba usando para ver en la
oscuridad —mintió.
Eliza lo miró, escéptica. Ya lo imaginaba.
—Bien, Edward. Voy a decirte algo que es muy
importante. Entiendo que no quieras hablar de algo conmigo, no tendrías por qué
hacerlo. Pero si no quieres contarme algo, sólo dilo y ya. No soporto las
mentiras. Y no quisiera sonar arrogante, pero tengo más experiencia que tú en
el tema como para saber que esto no es una esfera de luz.
Edward quedó en silencio. Se había sentido como si un
adulto lo estuviera reprendiendo y él solo fuera un chiquillo torpe. Quizá, en
esos momentos, estaba actuando como tal. Se aclaró la garganta e irguió la
espalda.
—De acuerdo. No, no es eso. En realidad no estoy muy
seguro de que sea. Pero es importante que lo obtuviera y lo logré —afirmó.
—¿Quieres hablar de ello? —Eliza lo miraba con total
atención.
No quería. No debía hacerlo. Pero había algo en la
chica. Pensó que si tal vez hubiera sido más claro desde el principio se
hubiera evitado todo lo que sucedió la noche anterior. Quien sabe, quizá
incluso estaría dispuesta a ayudarlo. Había considerado pedirle ayuda a
Leonard, pero Eliza tenía algo más, conocía el pueblo y sus lugares ocultos.
Además tenía un impresionante catálogo de trucos y cosas que podían ser de gran
utilidad. Entre los tres, si Leonard estaba de acuerdo, aquello podría ser más
fácil. Y claro que no dejaba de pensar que eso le ayudaría a acercarse más a
ella. Pero eso no era importante, al menos no en ese momento.
—Lo que estoy a punto de decirte no puedes hablarlo
con nadie más. Y si voy a contártelo es porque tengo plena confianza en ti.
¿Tengo tu promesa de que no lo mencionarás a nadie? —incluso Edward se
sorprendió de su propia seriedad. La mirada de la chica había cambiado por
completo. Estaba invadida por la curiosidad, pero también había cautela.
—Descuida, todos lo que hablemos es entre nosotros y
nadie más —respondió, depositando la taza en la mesa y cruzando las piernas
sobre el asiento.
Fue entonces cuando narró todo lo que sabía. Desde la
noche de los muertos en que por accidente se había topado con el salón secreto
de la mansión, el misterioso Lucius que resultó ser la mano derecha de Darkus
Grim, desaparecido por saber demasiadas cosas y cuestionarlo. Le habló de los
planes que el director tenía para Gloom Town. Contó como había extraído el libro
de la torre, su función, del cetro y las piezas que estaban ocultar por todo el
pueblo. Contó con detalle el plan de Lucius, como ahora Edward había decidido
ser el responsable de ayudar a llevarlo a cabo. Mientras tanto Eliza lo miraba
boquiabierta. Le resultaba increíble que todo aquello estuviera pasando. Por
supuesto, no tenía manera de saberlo. El muchacho tenía la fortuna de
pertenecer a la Sociedad y tener toda esa información de primera mano. Pero el
pueblo en general jamás hubieran sospechado que una conspiración de tal
magnitud se iba construyendo poco a poco. Lo único que ellos sabían era que
Darkus estaba al mando de la Sociedad, porque había sido el único que pudo
defenderlos, porque había construido y porque parecía ser la única figura
autoritaria sobre el pueblo, aunque éste fuera lo suficientemente
independiente. Y ese era con exactitud el problema. Darkus estaba al mando de
la Sociedad y sus recolectores, pero más allá de la mansión y algunas plazas de
importancia, lo demás se escapaba de sus manos.
Cuando Edward terminó el relato, Eliza se levantó y
caminó en círculos, con la mirada perdida entre las plantas del invernadero.
—Me cuesta mucho creer que todo esto esté pasando —dijo
al final —. Pero tampoco dudo que así sea.
—Lo sé. Yo tampoco pude creerlo antes. Pero he visto
ya tantas cosas —respondió Edward en un suspiro. Sentía que una gran carga se
había levantado. Hablarlo con alguien más le reafirmaba todo.
Eliza tomó la esfera y le dio vueltas para examinarla.
—Entonces esto es sólo una de siete piezas. Tiene una
energía muy peculiar que no logro identificar.
La ráfaga en el interior se había apaciguado. Casi
parecía una esfera de cristal común.
Edward esperó. En realidad no sabía que más decir
después de todo lo que ya había contado.
—Por supuesto, no hace falta decir que me preocupa. Al
menos ahora sé. No quisiera ver el pueblo hundirse bajo el mandato de un tirano
—volvió a sentarse, aún si mirar al muchacho. Reflexionaba —. ¿Hay algo que
pueda hacer?
—Te mentiría si te dijera que no esperaba esa
pregunta. Hay mucho que puedes hacer —aseguró Edward —. Conoces el pueblo mejor
que yo, además, con todo lo que sabes, estoy seguro que sería de gran utilidad.
Se tocó la mano lastimada la noche anterior. Aún sentía
punzadas de dolor, pero en realidad parecía haber sanado de inmediato.
—Aunque debo ser sincero. No quisiera involucrarte en
algo que pudiera resultar peligroso para ti.
Eliza lo miró de inmediato. Lo que sus ojos reflejaban
no le gustó. Parecía ofendida.
—Jamás asumas que no soy capaz de algo. Si es
peligroso o no ya lo veremos, pero esa es decisión mía —le espetó con un tono
tan hosco que Edward se quedó en silencio con los ojos muy abiertos.
—Lo lamento. No quise ofenderte —aclaró.
Ella lo miró, aún molesta. Luego se alejó a una de las
ventanas. Pareció debatir algo consigo misma.
—Esta bien. Es que no estoy acostumbrada —respondió,
en un tono más amable.
Edward quiso preguntarle a que había querido decir con
eso, pero tal vez era un tema para otra ocasión. De cualquier forma, la chica
volvió a sentarse, admiró su invernadero como buscando una respuesta entre los
peculiares pétalos y vainas enredadas en el techo —. Quiero ayudarte —dijo por
fin.
Edward sintió un alivio descomunal. Aunque no podía
evitar sentirse preocupado. Había dicho a Lucius que buscaría ayuda de quien lo
pensara pertinente. Aún así no sabía como es que reaccionaría ante aquello.
—Te lo agradezco. Tal vez no tengas idea de cuanto
—respondió él. Hasta entonces se dio cuenta de lo exhausto que estaba. Miró la
taza, aún humeante, se la llevó a los labios y la vació de un trago. De
inmediato sintió la cabeza ligera. El sabor le resultó muy familiar.
—¡Oh! —exclamó —. Té de belladona.
—Te ayudará a descansar —dijo Eliza con una sonrisa
amable.
—Entonces me retiro —comenzó Edward, arrastrando las
palabras —. No quisiera importunarte.
—No hace falta. Puedes dormir en la sala. Anda, te
hace mucha falta.
Lo ayudó a levantarse y lo llevó hasta una de las
grandes almohadas.
Entre el agradable aroma de su perfume y la visión de
sus bellos ojos violeta, Edward se sumió en un sueño profundo donde no supo más
de conspiraciones, magia ni preocupaciones.
Después de dormir hasta el anochecer, Edward decidió
que sería mejor deshacerse de la responsabilidad que acarreaba tener la esfera
en su posesión. Tomó el tren desde la estación de Ribcage y se inmiscuyó en las
sombras para cruzar el umbral oculto, como ya era costumbre.
Lucius ya estaba en el espejo. Expectante, verlo así
era muy inusual. Una fría sonrisa se materializó en la máscara.
—Sentí su poder en cuanto entraste —explicó al
muchacho.
Edward extrajo la esfera de un saco de piel que
llevaba colgado al cinturón. Eliza y Lucius parecían percibir algo en el
objeto. Pero él no veía más allá de un globo decorativo con un tornado en el
interior.
—No fue nada sencillo. Pero aquí está —se acercó al
espejo y de pronto recordó lo que había pasado con el libro. Dio un paso atrás.
—Oh, no te preocupes Edward. Será mejor que permanezca
afuera. Ocúltala por ahí —indicó Lucius. El muchacho así lo hizo. Encontró una
caja de madera cubierta por una mortaja empolvada. Aquél era el lugar perfecto.
—Debo admitir —continuó el espectro —, que al ver la
primera pieza ante mi, puedo confiar en tus capacidades para retribuir el
resto. Eso me tranquiliza.
Edward le lanzó una mirada molesta.
—Espero que no estés insinuando que no me creías capaz
—gruñó.
—Nada de eso. Me refería a que hemos dado un gran
paso. Uno de suma importancia y ahora debemos planear el que sigue.
Lucius se apresuró a mostrarle el esquema de la nueva
pieza. Una roca envuelta en una llama.
El muchacho de pronto se sintió presionado. No había
pasado más de una día desde que hubiera ido a la caverna del cráneo. Lo que
menos quería hacer en ese momento era planear una nueva búsqueda.
—Mira, Lucius. Sé que debemos hacer esto cuanto antes.
Pero, si he de ser sincero, la última excursión me dejó algo herido y cansado.
¿Crees que pudiéramos hacer esto otro día? —expuso. Aunque había descansado muy
bien, aún se sentía abatido. Incluso la mano izquierda se puso rígida y comenzó
a dolerle un poco.
La sonrisa en la máscara del espectro dio paso a su
usual expresión seria.
—Entiendes que entre más pronto acabemos con esto,
mejor será para todos ¿no es así? —aseveró.
—Lo entiendo, de verdad que sí. Pero tuve que saltar
de un tren, me rompí la mano, enfrenté a las banshees y me caí por el
acantilado hasta el río. Estoy seguro que un par de semanas bastarán para
planear la siguiente búsqueda —su voz ya no era de súplica, más bien estaba
informando a Lucius de sus intenciones y no estaba dispuesto a ser tan flexible
esta vez.
Después de un rato en silencio, los vacíos ojos del
hombre se posaron en él.
—De acuerdo. Pero que no pase más de un par de
semanas. Están por llegar épocas en las que no estaré muy dispuesto a planear
—dijo, guardando el diagrama en el interior del libro.
—¿A que te refieres?
—Ya hablaremos de eso después —lanzó el hombre con un
dejo de fastidio.
—Bien. Vendré antes de que acabe el mes. Lo prometo
—aseguró Edward.
Al salir de la mansión y hacia el bosque, el viento
frío le revolvió el cabello. El ambiente se estaba enfriando con rapidez. La
tormenta del día anterior había dejado un cielo nublado que no permitía a la
luna asomarse siquiera. La niebla era más espesa que de costumbre. De no conocer
el sendero al pueblo, quizá se hubiera perdido en el bosque.
Caminó por la plaza. Todo estaba muy tranquilo. Las
llamas de los faroles danzaban, cálidas y reconfortantes. Las pocas personas
que vagaban por ahí estaban absortas en sus pensamientos.
Fue hasta el parque y se sentó en una se las bancas de
hierro. Estaban heladas, pero eso no era molestia. El camino de piedra y el
pasto que lo rodeaba estaba cubierto por hojas secas. Enormes montones de ellas
se apilaban bajo los árboles, cuyas ramas estaban casi en su totalidad
expuestas.
El viento aullaba y mecía las copas. Aquello le
resultaba tranquilizador.
Un par de hojas se desprendieron sobre él y cayeron en
su regazo. No faltaba mucho para que el paisaje cambiara por completo. El otoño
languidecía, agonizante y el invierno acechaba en el umbral. Era el primer
invierno que pasaría en Gloom Town, pero tenía la sensación de que no sería muy
diferente a los que había presenciado en vida.