lunes, 10 de octubre de 2016

16- Los Secretos de Gloom Town

La nieve que cubría el largo y tranquilo callejón llegaba tan alto que cualquiera que pasara por ahí se hubiera encontrado hundido hasta las rodillas. Para su fortuna había dominado caminar sobre toda clase de superficies, levitando a unos milímetros de ellas. No le gustaba esa calma aparente, significaba el preludio de algo próximo a desencadenarse.
Una torre de cajas apiladas en un rincón del callejón tembló, las botellas vacías en su interior tintinearon. Se acercó con suma cautela. Sujetó la hoz con fuerza por si tenía que actuar rápido. Una mancha oscura se abalanzó sobre él, atravesándolo en el acto y soltando un bufido feroz.  El gato escapó aterrado hacia el borde de una ventana, para después, de un saltó, alcanzar el alero del tejado.
Estaba acostumbrado a que los animales reaccionaran así ante su presencia. Incluso el viento parecía enfriarse cuando hacía su aparición. En ocasiones las velas titilaban o se apagaban por completo.
Detrás de las cajas se había agolpado un cerro de nieve, entre el cual distinguieron los pálidos rasgos de alguien que yacía debajo. Sintió lástima al verlo, era probable que tardaran hasta pasado el invierno para encontrarlo. Al menos el frío lo conservaría un tanto intacto.
Alguien gritó detrás de él. Sin tiempo de comprender que sucedía, lo sujetaron por detrás, rodeándolo por el cuello con un brazo delgado pero muy fuerte. Tuvo que soltar la hoz para forcejear contra su oponente.
Por fin logró liberarse, se dio la vuelta para encarar a un hombre delgado de ojos muy hundidos. El mismo hombre que yacía bajo la nieve.
—¡Aléjate, demonio! No me llevarás contigo —vociferó, al tiempo que empujaba a Edward contra las cajas.
—Sólo quiero ayudarlo... —dijo, quedando su mente en blanco. No recordaba el nombre del sujeto, algo que no pasaba a menudo. Introdujo la mano en el bolsillo del abrigo con intención de revisar su lista.
—¡No! —gritó el hombre. Su gritó hizo un eco estremecedor. Incluso él mismo pareció sorprenderse de aquello. Entonces se dio la vuelta, echó a correr, escapando del callejón
—¡No! ¡Espere! —lo llamó Edward, pero ya era tarde. Hizo una mueca de exasperación —. Detesto cuando corren.
De inmediato comenzó la persecución. En un día como aquel las calles estaban vacías y eso era de gran ayuda. Una tormenta de nieve se aproximaba. El hombre no estaba tan lejos y no tenía muchas opciones donde esconderse. Aún no había descubierto que era capaz de atravesar paredes u objetos. Sabía que estaba muerto, Edward así lo presentía, pero también sabía que estaba confundido y muy asustado. Era el momento perfecto para usar ese truco que había estado practicando.
El hombre se detuvo para mirar detrás. No había nadie. Sentía como el viento pasaba a través de él y su cuerpo ligero como un trozo de papel a merced de la ventisca. No lograba entender del todo lo que estaba pasando. Sabía que se había quedado dormido entre la helada nieve, era muy probable que ya no estuviera vivo. Aquél demonio había venido para llevárselo. Aunque para un demonio tenía una apariencia muy humana. El arma que llevaba lo delataba, solo los demonios cargaban con instrumentos como esos.
Ahora todo parecía tranquilo. El viento se aminoró, la calle quedó en completo silencio. No había rastros del espectro. Se detuvo para recuperar el aliento y se dio cuenta que ni siquiera estaba respirando. A unos centímetros de él, un montículo de nieve explotó, enviando una brisa blanca en su contra. Se alejó, fuera de sí.
Edward se materializó justo detrás de él. Con un hábil tajo de la hoz entre los barrotes de una reja descuidada, el portal se abrió. Tomó al sujeto por los hombros y lo atrajo para que ambos pudieran entrar en el estrecho agujero.
El recolector se limitó a aferrarse al hombre, que gritaba a todo pulmón.
—¡Me quemo! ¡Oh, las llamas del infierno! —exclamó, con los ojos desorbitados.
Aquello comenzaba a exasperar a Edward. De inmediato recordó la primera vez que se había excorporado y la horrible sensación que provocaba. Se dijo que debía calmarse. Pronto bajo sus pies apareció el techo más alto de la mansión.
Aterrizaron con suavidad en el santuario de los vitrales.
El hombre tenía los ojos cerrados, aunque había dejado de gritar. Quizá su acompañante había logrado transmitirle algo de calma. Poco a poco fue abriéndolos. A pesar del cabello largo y grisáceo que le asomaba debajo del ajado sombrero, parecía un chiquillo curioso con la fe renovada.
—Esto no parece el infierno —murmuró, su voz aún trémula.
—No lo es —aseveró Edward.
Continuaron el resto del camino en silencio por la mansión. El hombre miraba todo con grandes ojos llorosos y se sobresaltaba ante la visión de los recolectores.
A ese encuentro le siguieron tres más que fueron igual o más difíciles, incluyendo un anciano que se negaba a ir con Edward por temor a que éste fuera a hacerle daño con su hoz, una mujer que le había dado una buena bofetada cuando le recordó con amabilidad que ya había fallecido y un viejo sabueso que, con impresionante destreza, lo hizo cruzar todo un bosque para al fin encontrarlo.
Para cuando el día terminó, se sentía más agotado que nunca. El esfuerzo físico no era el problema. Pero pensaba que sus emociones lo habían llevado de un extremo a otro en cuestión de minutos.
—¿Cómo estuvo el trabajo hoy? —preguntó Leonard en el salón de casilleros. Su amigo hizo una mueca de desagrado. Era lo que menos quería discutir en ese momento.
—Ah ya veo— respondió el hombre con una sonrisa burlona.
—No sé en que momento pasé de tener mucha gente agradecida a personas que huyen de mi y me creen el mismísimo Satanás —se quejó, recostado sobre un banco, contemplando las molduras de piedra cercanas al techo.
—Bah, eso no es nada —espetó Leonard. Edward lo miró, molesto —. Deberías alegrarte, significa que te estás volviendo un mejor recolector.
—Hoy tuve que desmaterializarme de nuevo. No me encanta hacerlo. Siento como que en cualquier momento desapareceré por siempre.
—Vamos, pero sí es uno de los trucos más útiles.
El muchacho bufó y se cubrió los ojos con el brazo.
—Sólo quiero ir a casa —se lamentó, para luego sentarse de un salto, asustando a su compañero —. Oh no, prometí a Lucius que iría a verlo hoy. Se supone que ya ha descifrado...
Leonard lo miraba con los ojos muy abiertos. Entonces se dio cuenta que estaba hablando en voz muy alta.
—¡Oh, vamos! No hay nadie aquí.
—Nunca sabes cuando Darkus pueda estar escuchando —murmuró el hombre. Era muy extraño verlo tan alerta. Desde que había comenzado todo, a Edward le parecía que su amigo quizá estaba involucrándose demasiado. Aunque la ayuda no le venía nada mal, tampoco el poder hablar del asunto con alguien más. Por ello, no dijo nada.
—Tienes razón —admitió —. Aún así, debo hacer eso. Será mejor que me vaya de una vez.
Sin esperar replica alguna, guardó su abrigo en el gabinete y se dirigió al jardín.
Escabullirse debajo de las escaleras ya no le parecía difícil. Al contrario, su rutina era tal que podía saber si alguien estaba presente o no para verlo entrar en el escondite. Y aunque hubiera alguien por ahí, lo habría hecho con tal naturalidad que era probable que no levantara sospecha alguna.
Se había reiterado miles de veces la necesidad de llevar consigo una linterna. Pero ahora se lo repetía por simple costumbre, pues siempre que llegaba ante la gran puerta del salón, sus ojos estaban adaptados por completo a la ya no tan temible oscuridad.
La última vez que estuvo en el salón, Lucius había logrado descifrar varios escondites en el mapa del pueblo. La mayoría a sus alrededores, pero unos cuantos justo en el centro o muy cerca de él. Aquella noche ya suponía de lo que hablarían. Con extrañeza se dio cuenta que se sentía emocionado al respecto, aunque un poco avergonzado, ya que aquello no se trataba de un juego.
En el interior del salón se extendía el gran mapa, como una mesa delgada sin necesidad de base alguna que la sostuviera. Las estelas titilaban y se mecían como humo proveniente de incienso encendido, en especial cuando Edward se acercaba. Detrás del mapa estaba el umbral de oscuridad, apacible y aún así inquietante.
—¿Lucius? —llamó él en voz alta. Para entonces ya sabía que una banda podía tocar un vals en aquel recinto sin que nadie de la superficie detectara siquiera un eco.
La habitual materialización del espectro en el espejo se llevó a cabo. Al principio había resultado impactante, pero en aquellos días ya era algo normal.
—Buenas noches, Edward —dijo con voz ronca —. Perdona que salte las formalidades, pero hay mucho que discutir aún.
—No esperaba menos —respondió el muchacho, aun con algo de pereza en la voz.
—Bien, creo que sé el orden en que debemos encontrar las piezas —continuó Lucius, ensimismado —. Lo más conveniente será buscar ésta primero.
Tomo una de las hojas en el libro y la desplegó. En ella había un diagrama, representando una esfera, marcada con el símbolo alquímico del viento.
—¿Alguna idea de donde encontrarla? —preguntó, mientras apreciaba los finos trazos de Darkus.
—Creo tener una pista. Aunque es un poco obvia, creo que es la correcta.
Extendió otro diagrama. Esta vez en él aparecía una caverna cuyas rocas parecían formar un cráneo muy grande.
—¿Conoces este lugar? —preguntó al muchacho. Edward reflexionó. Le parecía haber visto algo semejante antes, al menos por un breve instante. Pero no lo recordaba del todo.
—No estoy seguro —respondió al final.
—Es una cueva en lo alto del cañón. Según recuerdo, en el interior se irguió un altar a la diosa Ixális —Lucius esperó a que Edward relacionara los hechos, pero el chico se encontró forzándose a recordar dónde había escuchado mencionar a dicha diosa.
—El nombre me parece conocido...
—Es la diosa de los vientos —espetó el espectro con cierta exasperación.
—Bien, al menos eso nos da una pista clara entonces —dijo, molesto ante la actitud repentina de Lucius.
—Será una misión de exploración. No estoy por completo seguro de lo que encontrarás ahí. Pero no hay otra forma de saberlo —reflexionó el hombre, volviendo de súbito a su habitual seriedad.
Pronto se encontraron sumidos en un silencio muy incómodo.
—Así que... ¿es todo? ¿Hay algo más que debamos discutir? —inquirió Edward.
—Por el momento. Esperaré a que vuelvas con noticias del lugar. Así sabremos como proceder.
El muchacho asintió, deseó buenas noches a Lucius y salió del recinto.
Tenía mucho en que pensar, sin embargo en ese momento no le quedaban ganas de hacerlo. Se dirigió a casa, se recostó en uno de los sillones y se dijo que por la mañana las cosas estarían más organizadas en su mente.

Al final había decidido que sería mejor no posponerlo. La siguiente noche se dispuso a encontrar a Ace y volar hasta la parte más alta del cañón. Para su fortuna, las almas que había recolectado esa tarde le habían dado un descanso que necesitaba desde hace mucho tiempo.
Llegó al departamento ya cuando la luna se alzaba en el horizonte. Desde el inicio de otoño los días se habían hecho mucho más cortos y la penumbra se apoderaba de Gloom Town varias horas antes de lo acostumbrado.
Ace acudió a su llamado casi de inmediato. El viento helado les dio la bienvenida mientras ascendían, dejando atrás los tejados de las casas en el Monte Moontower.
Una espesa capa de niebla se extendía debajo, de entre la cual resaltaban pequeñas púas verdosas, como una gran campo árido donde apenas estuviera naciendo un poco de pasto. Aquél era el bosque del oeste, en su mayoría compuesto por pinos muy altos y frondosos. Conforme iban acercándose al cañón, la neblina escalaba las faldas de las montañas como pequeñas garras aferrándose a las rocas, en un débil intento por llegar a la cima.
Una serie de montañas afiladas, bordeadas por peñascos y rocas de aspecto un tanto agresivo formaban el cañón. En aquel momento, la luz de la luna les pegaba por un costado, resaltando los bordes torcidos como manchas grises en medio de un lienzo negro. En aquella área la vegetación era nula. Iniciaba sólo en las faldas y continuaba extendiéndose hasta mezclarse con el bosque.
La caverna fue fácil de identificar, pues se alzaba en la cima de una solitaria montaña que parecía haberse apartado del resto. Daba la impresión de haber sido esculpida a partir de la parte más alta de la roca.
Aterrizaron en un pequeño mirador. Sin duda aquel lugar era resultado de manos humanas quienes habían tallado rocas como escalones y encontraron la manera de hacer un camino por el interior de la montaña a través de túneles que llegaban hasta la base. Una gran escalera ascendía por el costado hasta la cima, donde se extendía una amplia explanada que servía de antesala a la cueva.
Recordaba el diagrama que Lucius le había mostrado. En aquél momento pensó que el dibujo era deliberadamente exagerado, pero ahora se daba cuenta que la cueva en verdad tenía la forma de un cráneo humano. Un par de rocas enorme sostenían otra con forma circular, con dos grandes huecos en el frente, representando las cuencas de la calavera. La entrada era la boca, mostrando una hilera de toscos dientes torcidos, compuestos por diferentes piedras. Alrededor sobresalían otras rocas que parecían formar los dientes de abajo, un par de ellas eran altas y afiladas, dándole al rostro un aspecto salvaje. Bajo la luz de la luna resultaba con una expresión apacible, como un gigante amable. No sabía porque estaba construida de aquella forma, pero quien quiera que lo hubiera llevado a cabo había hecho un trabajo excepcional.
Ace parecía intimidado por el lugar, mientras más se acercaban a la cueva, el caballo se rezagaba y lo miraba con temor. Sus ojos decían que no era buena idea acercarse ahí. Edward también lo sentía, como una mano helada que le oprimía el pecho y las entrañas. Lo que sea que Darkus hubiera puesto ahí, emitía una energía desagradable.
El interior estaba, por completo, sumido en las sombras.
—¡Oh! Maldición, siempre olvido la linterna —exclamó Edward, a lo que Ace respondió soltando un resoplido ligero. De inmediato sus orejas se levantaron, como si hubiera temido que aquel sonido atrajera algo hacia ellos.
—Tranquilo, no pasa nada —intentó calmarlo, pero de nada servía cuando él mismo se sentía inquieto. A pesar de ello avanzó unos pasos, adentrándose un poco más en la cueva. Toda la calma que había sentido durante el vuelo hasta el cañón, se había desvanecido en unos segundos.
Una vez dentro de la cueva no pudo ver nada, ni siquiera momentos después, cuando sus ojos ya debía haberse adaptado a la oscuridad. Se topó con algo que rodó por el piso. Era madera y era largo. Con cautela se inclinó para sentir de que se trataba. En un principio pensó en el mango de una escoba, pero pronto se dio cuenta, con alivio, que era una antorcha. La llevó afuera de la cueva.
—Parece que tenemos mucha suerte —dijo al caballo, acariciando su cabeza. Aún así no logró que se calmara. Observó sus al rededores, tenía la antorcha, pero no como encenderla. A juzgar por el paño seco que la coronaba, no había sido utilizada en mucho tiempo.
Cerca del umbral, ocultos por la sombras, encontró varios barriles apilados. Se acercó y cuando un nauseabundo olor llegó de súbito a su nariz, comprobó que los barriles estaban repletos de algún tipo de combustible o grasa, como había sospechado. Y por si fuera poco, al costado de los barriles había una caja de madera repleta de veladoras de muchos colores y cajas de cerillos.
Casi no pudo creer lo conveniente de aquello, pero se sintió agradecido que así fuera. Remojó la antorcha en el combustible y encendió el cerillo. La llama ardió de inmediato.
—¿Vienes? —preguntó a Ace, pero éste seguía renuente a avanzar más allá de la entrada. Lo miró, asustado —. Esta bien, quédate aquí, no tardaré. O eso espero —agregó en un susurro.
Observó el interior de la cueva. Aunque alzó la antorcha, la oscuridad impregnaba el lugar de tal forma que no veía más allá de un metro delante.
Fue dando pasos desconfiados, revelando poco a poco el interior. Cada ciertos pasos encontraba otras antorchas empotradas en la pared. Por fortuna algunas tenían un pequeño depósito de combustible, de modo que pudo iluminar una parte del camino. El túnel por el que pasaba se torcía en ángulos pronunciados para luego dar paso a un largo corredor repleto de telarañas.
Pronto llegó a lo que debía ser la cámara principal de aquél sitio. Se trataba de una gran cúpula, toda tallada en piedra. Le recordó a una pequeña capilla, con columnas gruesas, adornadas con hojas y enredaderas. En el techo había un pequeño tragaluz redondo que servía como punto de convergencia para los soportes de madera que terminaban donde las columnas iniciaban. La luz de la luna apenas alcanzaba a iluminar un fragmento de muro.
Con ayuda de la antorcha y un par de lámparas que logró encender, se dio cuenta que estaba rodeado por esculturas de aves. Había de toda clase, gorriones, palomas, águilas e incluso cisnes y patos. Pero había una en el centro, que además de su posición, resaltaba por su majestuosidad y colosal tamaño. Ésta representaba un búho con las alas extendidas.
Era una estatua imponente, con una mirada pacífica, aunque severa. Tenía la cabeza inclinada, con los ojos bien puestos en su objetivo. Su pose revelaba que estaba por aterrizar o que apenas comenzaba el vuelo. Sus patas no tocaban el piso. Edward la contempló por un rato, estaba impresionado con la habilidad de quien quiera que la hubiese esculpido.
Sus ojos no sólo transmitían emoción, había algo más en ellos. Se acercó y puso la antorcha lo más cerca que podía sin dañar al ave. En el interior de su cabeza algo zumbaba ligero, como la brisa colándose por una ranura pequeña. En el recinto reinaba el silencio, por lo que le fue fácil identificar el sonido.
En efecto, descubrió que los ojos del ave eran traslúcidos y en el interior de la estatua yacía la esfera. Aquello era lo que emitía el zumbido. Una esfera de cristal que podía sujetar con la mano y casi cerrar el puño sobre ella. En su interior algo serpenteaba con rapidez, como la tempestad en el mar, en ocasiones se arremolinaba, creando pequeños tornados.
Edward bajó la antorcha. Se había dejado llevar por la majestuosidad del recinto, pero ahora recordaba porqué estaba ahí. La pieza estaba ante él, pero sabía que no era tan simple. Para empezar debía encontrar la forma de sacarla sin dañar la estatua. Quizá alguna combinación o llave. Eso lo llevó a la otra cuestión ¿Había algo más ahí que la estuviera protegiendo o vigilando?
Con tan sólo pensar en ello, se sintió observado. Un escalofrío lo recorrió, por fin se dio cuenta de su situación. La luz no iluminaba más que a él y unas cuantas partes en los muros. Pero en la penumbra podía haber cualquier cosa esperándolo.
Se quedó quieto por completo. Después comenzó a hacer su camino de vuelta por el túnel. Dio unos cuantos pasos con la antorcha por delante. La flama de ésta comenzó a danzar y a chisporrotear, como si amenazara con apagarse. Sintió sus pies hacerse pesados.
Cuando por fin llegó a la entrada del túnel, se topó con una reja metálica. El sonido que hizo al golpearla con el pié creó eco por todo el recinto. Algo no estaba bien. Lo habían descubierto.
Alguien estaba entrando. Escuchó algo que rozaba con las paredes y el piso. Puso la antorcha frente a la reja, al menos para saber si quien lo había descubierto estaba cerca. Entonces el silencio volvió.
Pegó el rostro a los delgado barrotes. Una repentino frío le heló el cuerpo entero. De entre la oscuridad se manifestó una horrible mueca, con la boca abierta de forma desmesurada, los ojos blancos y vacíos, los pómulos saltones, la piel gris como podredumbre.
Al principió el terror lo invadió de tal forma que no escucho el temible grito que emitía el espectro, pero pronto el recinto se llenó por completo. Era un chirrido espeluznante como jamás lo había escuchado antes. Siguió aferrado a la reja hasta que una mano huesuda se estiró para alcanzarlo. Sólo entonces se lanzó hacia atrás, admirando por completo aquella temible aparición. Sintió que iba a perder la conciencia en cualquier momento, la cabeza le dio vueltas. Se arrastró de espaldas hasta toparse con el búho, replegándose lo más que pudo fuera del alcance de la garra que hacía todo lo posible por aferrarse a él. Las piernas ya no le respondían.
No supo si fue el terror del momento, pero juraba que no sólo una de esas cosas gritaba, parecía haber más.
—¡Fuera de aquí! —distinguió por fin entre los alaridos. Temblando de pies a cabeza, dejó caer la antorcha, la cual rodó fuera de su alcance, iluminando el hueco por el que había entrado. En cuanto retomó el control de su cuerpo, dio un salto y de tres pasos muy largos alcanzó la salida del recinto.
Se olvidó de la antorcha, de todas formas aquellas que había encendido antes eran suficientes para ver a dónde iba.
El camino de vuelta resulto más corto que al inicio, en especial cuando había corrido lo más rápido que le era posible. Sintió un alivio descomunal ante la visión de Ace, que relinchó asustado al ver a Edward abalanzarse sobre él.
—¡Vámonos de aquí! —le gritó con voz aguda. Se montó sobre el caballo. Segundos después la montaña con la caverna había desaparecido en la oscuridad de la noche detrás de ellos.

—¡Banshees! —exclamó Lucius, indignado.
—Era horrenda —se limitó a decir Edward. No dejó pasar ni un día antes de volver al salón para contarle todo lo que había visto. Aún en aquellos momentos la visión del temible espectro le hacía temblar. A comparación de éste, la inquietante máscara que usaba Lucius parecía un antifaz de carnaval.
—Vaya, si Darkus me parecía despreciable antes, ahora creo que no merece ninguna oportunidad de redención —insistió el hombre. Era evidente que estaba furioso.
—¿Cuál es el problema? —inquirió el chico, intentando apartar la imagen de su mente.
—¿Sabes que son las Banshees? Criaturas de las sombras, sí. Pero solían ser almas; almas necesitadas de comprensión. Mujeres llenas de culpa. Y Darkus las usa para sus propios fines, como si se tratara de un objeto a su disposición.
Edward jamás había visto a Lucius tan enfadado y, para ser franco consigo mismo, le ponía los pelos de punta. Casi esperaba que le salieran llamas por las cuencas vacías.
Hasta entonces no se había puesto a pensar en la posibilidad de que hubiera criaturas originarias del dominio de sombras, pero ahora que lo pensaba, era lógico que así fuera.
—Tal parece que nuestro amigo conoce más de lo que esperaba sobre estas tierras —murmuró el hombre casi para sí mismo.
—¿Cómo es eso posible?
—¿No se te ocurre nada? —La atención de Lucius de nuevo recayó en él, lo que hizo que se le helara la sangre.
—Estuvo del otro lado... ¿no es así?
—Es posible. Y ni siquiera te atrevas a preguntarme como es que salió de aquí, porque no tengo idea. Cualquier cosa que nace o entra aquí jamás sale.
La voz de Lucius no solo revelaba ira, había algo más, algo muy semejante a la tristeza. Aunque Edward sintió pena por él, se encontró más herido por la manera en que le había hablado.
—Quizá deba regresar en otro momento —dijo, frunciendo el ceño.
—No, no —se apresuro a decir el espectro —. Al menos ahora sabemos a qué nos enfrentamos.
Hubo un momento de silencio, tras el cuál Lucius continuó.
—Ahora sabemos que Darkus usa criaturas de las sombras. Eso nos da cierta ventaja.
—Porque las conoces —intuyó el muchacho.
—Así es. No a todas, pero conozco gran parte, yo mismo me he enfrentado a algunas.
—¿Y qué se hace en un caso de banshees?
El espectro desvió la mirada. Edward sintió alivio.
—No creo que podamos hacer nada, lo único que puedes hacer es huir rápido. Ellas no te harán demasiado daño, pero si te atrapan, Darkus sabrá que algo sucede. No podemos permitirnos eso.
Edward asintió. Se imagino las frías garras cerrarse sobre su cuello. Sacudió la cabeza para deshacerse de ese pensamiento. Apenas podía creer el terror que provocaban en él.
—Por ahora es necesario que pienses muy bien en lo que viste e intentes buscar la manera de extraer esa esfera, de ser posible sin dañar la estatua —dictó Lucius.
—De acuerdo.

Cuando llegó el fin de semana, Edward aún no tenía idea de cómo resolvería el problema. Había pensado con detenimiento en cada detalle de la estatua, pero nada en su recuerdo le indicaba una posible solución. No le ayudaba en lo absoluto que el temible rostro de la banshee se colara en sus pensamientos cada vez que le era posible. Sin embargo había un dejo de esperanza. Aquella tarde iba a encontrarse con Eliza en su cabaña. Hacía ya un tiempo desde que se vieran por última vez. Lo recordaba con agrado, sus largas conversaciones sobre la naturaleza de la magia y lo cómodo que se sentía en su compañía. Ella debía sentirse igual, o al menos eso quería pensar. De no ser así no seguiría invitándolo a tomar el té, se dijo mientras se peinaba frente al espejo en su habitación.
Tomó el tren y caminó desde la estación en la bahía Ribcage hasta el sendero que llevaba a las profundidades del bosque. Aún era temprano cuando vislumbró el techo puntiagudo y el humo lila que se elevaba por la delgada chimenea de la cabaña.
Abrió con cuidado la pequeña puerta del jardín y se aseguró que la loción que se había puesto aún se percibiera. De todas formas extrajo el frasco de su bolsillo, puso unas gotas en su muñeca y se las pasó por las solapas del saco. Procedió a golpear la puerta con sus nudillos.
En el interior se escuchó un estruendo metálico, seguido por apresurados pasos en los tablones del piso. La puerta se abrió y Eliza apareció detrás. Llevaba el cabello recogido por un listón; algunos mechones rebeldes le salían por los lados y le caían sobre el rostro. Él pensó que aquello la hacía verse aún más bonita.
—Hola Edward, que gusto verte. Pasa —dijo, extendiendo los brazos para abrazarlo.
Aún no estaba acostumbrado al trato tan cercano, pero no iba a negar que le parecía muy agradable, de modo que le devolvió el abrazo efusivo. Le entregó un pequeño plato con galletas.
—Siempre tan amable —dijo sonriéndole. De inmediato lo puso junto a una tetera ya lista para servirse —. Anda, siéntate. Disculpa el desorden, intentaba arreglar esto antes de que llegaras —señaló unas ollas que estaban esparcidas por el piso de la cocina.
—¡Ah! No te preocupes por eso. Deja que te ayude —se acercó a levantar los utensilios.
—Oh Edward, pero si no es necesario. No te hice venir para ponerte a limpiar —le dijo, algo avergonzada, y apresurándose a recoger el resto de las cosas.
—¡Bah! No es problema. Es lo mínimo que puedo hacer ya que me recibes en tu casa.
Eliza sonrió.
—Por cierto, he estado revisando mis notas. Creo que tengo varias cosas que pueden interesarte— dejó los utensilios sobre la mesa sin darles importancia y se dirigió al estante lleno de libros.
—¿Ya has logrado algo con ese proyecto tuyo? —preguntó él, acercándose a la mesa cubierta por una sábana.
—¿Proyecto?.... ¡Ah! la escoba. Por ahora no. Lo dejaré descansar un tiempo, quizá algo se me ocurra después —respondió, más atenta a lo que estaba buscando— ¡Aquí están!
Extrajo un libro muy grueso. El encuadernado estaba agrietado y seco. Lo abrió y comenzó a hojearlo. Las páginas eran amarillentas y tan delgadas que amenazaban con hacerse pedazos al contacto con los dedos. Tenía un olor peculiar, aunque muy agradable. La caligrafía de éste a veces era muy bella, en otras páginas parecía más un garabato rápido. Los diagramas eran muy detallados. Por un segundo pensó en el libro de Darkus, aunque el de Eliza era más rústico, era probable que ella misma lo hubiera construido.
—Tengo muchas recetas para pociones sencillas. Podríamos comenzar a practicarlas. La he hecho tantas veces que nos ahorraremos todo lo que puede salir mal —dijo ella, pasando las hojas con rapidez, deteniéndose de vez en cuando como si descubriera algo nuevo en sus propios escritos.
—Suena emocionante y me alegro que nos evitemos eso. No quisiera hacer volar tu tejado o terminar con un hueco en tu pared —declaró el chico.
—Bueno, no sería la primera vez. Es probable que tampoco la última —dijo Eliza, riéndose. Señaló hacía arriba. En el techo había al menos seis agujeros tapados cuidadosamente con tablones de madera que resaltaban por ser más nuevos que el resto del tejado.
Ambos rieron. Ella le entregó el libro.
—Adelante, mira el índice. Dime si algo te interesa. Y por favor ven a sentarte.
Se acercaron a la mesita y se acomodaron en las enormes almohadas que hacían de sillones. Edward repasó el índice. Lejos de pensar en lo que le gustaría probar, buscaba algo que le fuera útil en su misión. No quería tener que preguntarle a Eliza, de lo contrario podría sospechar algo.
En el índice había muchos títulos de diferentes tamaños, algunos con pequeños diagramas, algunos tachados y reemplazados por algún nombre alternativo. En general el libro estaba repleto de enmendaduras, parches, rayones y muestras de cosas.
Pasó el dedo sobre los diferentes títulos de las recetas. No comprendía muchos, pero encontró algunos que quizá serían de ayuda.
—Me gustaría intentar con esta... poción de luz — dijo, señalando el título para ser más claro.
—Vaya, una de las más complejas. Pero claro, puede hacerse.
Eliza dejó su taza y se levantó de súbito, golpeándose la rodilla con el borde de la mesita. Se dirigió a la alacena sin importarle aquello y extrajo varios frascos. Puso un caldero frente a Edward.
—Es simple, solo hay que seguir las instrucciones, ¿me lo permites? —pidió mientras estiraba las manos para tomar el libro.
—Claro —él se lo entregó. Aprovechó para tomar algunos frascos y examinar su contenido.
—¿Alguna razón por la que te interese?
La pregunta lo tomó por sorpresa.
—Sería útil si voy a explorar de noche, en lugares con poca iluminación... como el bosque —dijo como si aquello fuera obvio, después de todo no era una mentira. Le gustaba entrenar en las noches y a veces se encontraba en necesidad de una fuente de luz. Aunque siempre terminaba por acostumbrarse, pero la oscuridad de la caverna era distinta. No cualquier cosa parecía poder penetrarla.
—No hay nada como la luz de la luna para explorar los bosques —se dijo Eliza, más bien para sí misma —. Pero claro, entiendo que puedas llegar a necesitar algo adicional –agregó y le guiñó un ojo. El muchacho se sintió más tranquilo.
Iniciaron la elaboración de la pócima. Ella iba indicándole con paciencia que es lo que debía hacer y como es que debía hacerlo. Había pasado algún tiempo desde que no se sentía en el papel de estudiante. Por supuesto cuando se inició como recolector, Leonard lo hacía sentir un poco inútil e inexperto, pero con Eliza era distinto. Si hacía algo mal o se desviaba de las instrucciones, ella reía y lo corregía con amabilidad. Todo aquél proceso fue rompiendo poco a poco las barreras que aún percibía entre ellos. Al final se dio cuenta que se sentía como en casa, casi pudo haberle contado lo que sucedía. Pero se contuvo, aunque decidió que sería mejor preguntárselo directo.
Ella estaba agregando el ingrediente final al caldero.
—Dime, sabes tanto sobre las criaturas del bosque... me preguntaba, ¿qué sabes acerca de las banshees? —soltó por fin Edward. Aunque temeroso, pensaba que quizá aún podía mantener el control de la situación.
—¿Banshees? —inquirió Eliza, sorprendida —. No mucho en realidad.
El muchacho se sintió algo decepcionado, sin embargo percibió en la mirada de la chica que sabía más de lo que aparentaba.
—¿Pasa algo? —insistió.
—Es sólo que hace un tiempo me topé con algunas. Lo cual es extraño. Hasta donde recuerdo, las banshees, bueno, ellas no pertenecen aquí —respondió, con la mirada perdida en el interior del caldero.
—¿En dónde las encontraste? —preguntó él, en parte para aparentar que no sabía nada del tema y para prolongar el tiempo hasta que Eliza preguntara porqué quería saber todo aquello.
—¿Has ido al cañón? Hay una gran caverna con forma de cráneo. Es donde solían ofrendar a la diosa Ixális. Pero un día el lugar fue invadido por una extraña oscuridad y por las banshees. En realidad nadie sabe como es que llegaron ahí.
Yo sí lo sé pensó él.
—Estuviste ahí, ¿no es así? —espetó la chica. Su pregunta fue tan repentina que Edward se vio obligado a aparentar que bebía un largo trago de una taza de té que llevaba mucho rato vacía. Quizá era mejor decirle la verdad. Aunque, por supuesto, no por completo.
—Sí, es cierto. Estaba explorando una noche y me topé con la caverna.
—¡Lo sabía! ¿para eso quieres la poción? ¿estás planeando volver? —en su mirada ahora había tanta curiosidad como temor.
—¡No!... No lo sé. Puede que sí —murmuró él, desviando los ojos a la tetera.
—¿Porqué querrías hacer eso? Ya muchos hemos intentado recuperar el recinto, pero todo ha sido en vano. Esa oscuridad. No es nada bueno, no es algo de este mundo —ella se levantó. Se llevó una mano a la boca, como reflexionando la situación.
—¿Así que te enfrentaste a ellas?
—¿Qué dices?
—Muchos hemos intentado. Eso fue lo que dijiste —se sintió aliviado de evitar responder a su pregunta inicial.
Eliza se quedó quieta, de pie, mirándolo.
—Sí. La gente del circo vino a pedirme ayuda. Pensaron que yo podría hacer algo para tratar con ellas. Pero no logré nada, sino enfurecerlas más. Desde entonces nadie se ha atrevido a subir a la caverna. ¿Qué hacías tú ahí? —aún estaba muy confundida.
—Te lo dije, estaba explorando. Volé con Ace hasta allá. Lo sé, también sentí la oscuridad, pero supongo que la curiosidad pudo más que el temor.
Al decir esto, Eliza lo miró y, para su sorpresa, sonrió. Sin embargo su sonrisa se borró pronto, dando paso de nuevo a su mirada reflexiva.
El caldero en la mesa emitió un silbido, como el de una tetera al fuego. Ambos voltearon, para darse cuenta que del interior provenía un fuerte fulgor dorado.
—¡Oh, demonios! —exclamó ella, apresurándose a tomar un frasco, oscuro como una botella de vino. De inmediato vertió el contenido de la olla en éste. Hizo una mueca de dolor y comenzó a pisotear con rapidez. Entonces Edward comprendió que el caldero debía estarle quemando los dedos. Se acercó e intentó quitárselo de las manos, pero para entonces ya había terminado de vaciarlo.
—¿Estás bien? —le preguntó con los ojos muy abiertos.
—Sí, lo estaré —dijo, soltando el caldero, molesta y agitando la mano —. Solo espero que no se haya arruinado. Se supone que la pongas en el frasco antes de que comience a brillar —aclaró. Fue hasta su alacena y sacó un recipiente. Al abrirlo reveló un polvo fino y brillante de color azul. Tomó un poco, para luego frotarlo en la mano dañada. Edward observó asombrado como el enrojecimiento de la quemadura desaparecía casi de inmediato.
—Así está mejor —murmuró Eliza con alivio.
—Vaya, ¿qué es eso? —preguntó, aún sorprendido.
—Polvo de fénix. Ya habrás adivinado para que sirve. Eso no importa ahora. Edward, no sé que tienes entre manos. Pero te advierto que no es buena idea que vuelvas ahí. Te lo digo yo, que conozco casi todos los rincones de este pueblo.
—No iba a hacer nada. Sólo tenía algo de curiosidad.
—A veces demasiada curiosidad puede resultar dañina. Esa energía, no es normal. No logro entender qué es ni de dónde proviene.
—¿Y no te gustaría comprenderla? —de inmediato se arrepintió de haberlo dicho. Quizá Eliza lo tomaría como una invitación a acompañarlo. Para su fortuna ella parecía bien plantada en su posición.
—No, o quizá sí. Pero no fui de mucha ayuda la última vez que estuve ahí. Preferiría mantenerme alejada. Y tú deberías hacer lo mismo.
Ambos quedaron en silencio por varios minutos. Edward observaba el frasco con la poción recién hecha en su interior.
—Entonces, ¿crees que funcione?
—Tendrás que probarla —respondió ella —. Es tuya, llévatela. Lo que hagas con esa poción y con todo lo que pueda enseñarte es responsabilidad tuya. Pero recuerda que el principio más importante de la magia es que no debes usarla a la ligera. Sólo cuando en verdad sea necesaria.
—¿Qué pasa si no?
—Te harás adicto. Y llegará un momento en que se vuelva tu muleta, más que tu herramienta. Las pociones son inofensivas. Pero si en realidad quieres ir más allá y manipular tu energía interna, debes tener bien claro este principio. De lo contrario tendré que retractarme en mi decisión de enseñarte todo esto —sus ojos por primera vez se llenaron de una rigidez inquietante. Hablaba demasiado en serio.
—De acuerdo. Me queda claro —afirmó Edward. Intentó ponerse tan rígido como ella, pero la chica parecía tener el control total en esos momentos.
—Bien, me alegro. Ahora, sé que no puedo persuadirte de no volver a la caverna, pero debe quedar muy claro que no estoy a favor de ello.
—Entiendo. Lo pensaré —mintió —. Quisiera preguntarte algo.
—Dime —respondió Eliza, algo más tranquila.
—¿Podrías regalarme un poco de ese polvo de fénix?
La chica suspiró. Aquél hombre frente a ella podía ser muy amable, pero era un necio y tal vez hasta un poco tonto.


Esperó un par de noches después del fin de semana antes de volver al cañón. Aún no tenía idea de lo que haría. La poción que Eliza le había dado no haría más que iluminar el lugar si llegaba a necesitarlo. Y ni siquiera estaba seguro de ello. Más allá de eso, no contaba con nada que no hubiera tenido la última vez. Sin embargo había estudiado con detenimiento la situación. Ahora había confirmado que había más de una banshee y recordaba que al menos una de ellas se encontraba tras una reja. Las demás no habían aparecido, así que también debían estar encerradas. Eso le daría tiempo a buscar una forma de sacar la esfera sin perturbar la estatua.
La reunión con Eliza le había recordado que el recinto de la diosa Ixális era un lugar que debía ser respetado. De modo que ahora se sentía más presionado a extraer la esfera con el mayor cuidado que le fuera posible.
Por fin decidió que estaba listo, al menos para volver y quizá recolectar más pistas de que es lo que debía hacer. Si podía obtener la esfera, mejor.
No quiso esperar hasta el anochecer. Por fortuna tenía la tarde libre después de dos días de adelantar trabajo. Así que salió corriendo de la mansión, buscó a Leonard, pero en aquellos días parecía muy ocupado. Tomó un carruaje a casa.
Al llegar, encontró a Ace en el patio, acurrucado entre un montoncito de hojas secas que el final del otoño estaba dejando como único vestigio de su presencia.
—Hola, amigo. ¿Estás descansando? —le pregunto con afecto, acariciándole las crines. El caballo respondió con un resoplido, se levantó de inmediato, se sacudió. Ahora parecía listo para lo que su compañero le pidiera.
—Excelente. Iremos al cañón —dictó Edward, dispuesto a montarlo. Sin embargo el animal soltó un relincho agudo, se hizo para atrás y agachó las orejas. La simple mención del lugar le provocaba terror.
—Oye, oye. Esta bien. Supongo que preferirías no acompañarme —le dijo con calma. El caballo, relinchó y plantó las patas en el piso —. Lo comprendo, pero es que necesito tu ayuda. Prometo que no te pasará nada.
No logró convencerlo. Ace extendió sus alas y despegó, dirigiéndose al lado opuesto del cañón, hacia el bosque del norte.
—¡Caballo testarudo! —le espetó Edward. Molesto, se dio la vuelta e hizo su camino a la estación de tren.
El viento de esa tarde era más gélido que de costumbre. Un cúmulo de nubes grises surgía detrás de las montañas, pero no parecía nada serio. Aún faltaban semanas para que el otoño acabara.
Al llegar a la estación del tren la encontró por completo vacía. Se disponía a sentarse en el banco de hierro cuando escucho unos diminutos pasos en los tablones detrás. Volvió la cabeza para encontrarse con una figura ya conocida.
—¡Demonios! Quería asustarte —exclamó la niña con vocecita chillona.
—Mejor que no lo hagas —respondió Edward, malhumorado. De inmediato se sintió culpable, en especial cuando la pequeña hizo una mueca, entre desconcertada y dolida.
—Perdona. Es que no me siento muy bien —se disculpó.
—¿Porqué estás tan molesto? —inquirió la niña, como olvidando la repentina reacción del muchacho y sentándose a su lado.
Edward la miró. Pensó en decirle que era probable que a su corta edad no lo entendiera. Pero después se dio cuenta de su atuendo y reparó en que quizá ella llevara en aquél mundo mucho más tiempo que él.
—Es que hay algo que debo hacer. Pero, si soy sincero, me asusta un poco.
La niña lo miró, incrédula, de arriba abajo.
—¿Cómo puedes tener miedo? ¿Qué podría pasarte que no te haya pasado ya?
El muchacho pensó en ello. En realidad, si lo reflexionaba, tenía mucho que perder. Quizá las banshees lo atraparan y si Darkus sabía lo que estaba haciendo, tal vez podría expulsarlo. El miedo constante de terminar como Lucius lo invadiría si encontraba la oportunidad. Sin embargo ella tenía un punto. Recordó cuando temía saltar el muro por miedo a las alturas. Lo único que debía hacer era saltar para descubrir que nada pasaría. Por otro lado, y como tanto pensaba desde la noche del mirador, si no hacía nada, de cualquier forma podría perderlo todo.
—Supongo que tienes razón —respondió, observando el horizonte. La neblina nocturna ya comenzaba a descender desde las montañas, por el bosque y hasta colarse entre las casas del pueblo como serpientes al acecho. Varias velas ya ardían detrás de las diminutas ventanas.
El silbido del tren aproximándose hizo eco en la lejanía. Edward se llevó la mano al bolsillo y sacó un puñado de monedas.
—¿Cuáles elegirás hoy? —le dijo a la niña, extendiendo la mano frente a ella.
Ella las observó, después puso su mirada en él. Una diminuta sonrisa se dibujo en su rostro.
Sin decir nada se levantó del banco y corrió a la descuidada cabina. El tren apenas se hizo visible mientras daba la vuelta al monte.
La niña volvió tan rápido como se había ido. Llevaba el puño cerrado. Se aproximó a Edward.
—Toma, te ayudará —extendió el puño. El muchacho estiró la mano esperando recibir su boleto. Además del trozo de papel, la pequeña le había entregado una moneda. Era oscura y dejaba marcas de polvo negro al tacto.
—Vaya ¿y esto?
—Es una de mis monedas de la suerte. Sea lo que sea que tengas que hacer, todo saldrá bien —respondió con una gran sonrisa.
Él la observó, después a la chiquilla.
—Seguro que todo saldrá bien —le dijo mientras le revolvía el cabello —. Muchas gracias.
Se dio la vuelta para darse cuenta que el tren ya estaba por llegar a la estación. De pronto recordó algo.
—Por cierto, nunca respondiste mi pregunta, ¿qué es lo que estás esperando? —preguntó. No hubo respuesta. Giró la cabeza. La niña ya no estaba. Debía haber vuelto a la taquilla —. Bien, quizá la próxima.
Una vez dentro del tren, buscó un vagón que estuviera vacío. Aquello no era difícil. Se sentó en el extremo final. Tenía un largo trecho por delante para reflexionar sobre lo que estaba a punto de hacer.

Vio la torre de la luna desaparecer entre los tejados y la oscuridad del bosque cubrirlo todo a su alrededor; vio pasar el sendero hacia la mansión y la parada cerca del mirador. Casi daría la vuelta completa a las vías. Más adelante fue la estación de Blackrose la que le indicó que estaba ya próximo. Cruzaron un trecho de bosque y entonces el tren comenzó el ascender por la ladera del cañón. Aún no estaba seguro de lo que estaba por hacer, pero ya que Ace se había rehusado a llevarlo hasta allá, aquella era la única opción.
El ascenso parecía demasiado lento. El tren se sentía más pesado que de costumbre. Entraron en un túnel, donde los momentos en la penumbra se alargaron. Quizá solo eran los nervios. La luz del atardecer ya estaba por ceder a la oscuridad nocturna, pero desde las alturas se podían apreciar aún los colores anaranjados del atardecer. Sobrepuesto al cielo estaba el cañón, como una gran sombra que se extendía varios kilómetros. En la parte más alta, apenas visible, estaba su destino y, tal como lo había adivinado, las vías pasaban muy cerca de ahí.
—Debo estar demente —se dijo. Después miró la moneda polvorienta en su palma en busca de consuelo. Se frotó la cara con la otra mano. Procedió a abrir por completo una de las ventanas del vagón. Quizá tendría que pasar de costado, pero en definitiva cabía.
A diferencia de los segundos anteriores, la montaña se aproximaba con terrible rapidez. Estudió el terreno lo mejor que pudo con tan poco tiempo. Del otro lado de la caverna se extendía un pequeño mirador con una estación que estaba fuera de servicio. Sería el lugar perfecto, pues era amplio y los barandales parecían resistentes.
Subió al asiento, después puso un pie en el borde de la ventana.
—Seis... cinco... cuatro... —murmuró, con la vista puesta en la plataforma —... tres... dos...
—Me permite su... ¡¿Qué está haciendo?! —exclamó una voz agitada al otro extremo del vagón. El revisor había entrado en el momento justo.
Edward sintió el impulso de voltear a verlo, darle alguna explicación sobre lo que estaba sucediendo, disculparse y seguir su camino. Se impulso sobre el borde y sintió la inercia del tren empujarlo más lejos de lo que había calculado.
Vio la plataforma de la estación pasar debajo de él con rapidez. Estaba seguro que iba a caer por el acantilado. El vacío se aproximaba, pero uno de los barandales apareció en su campo de visión. Iba a golpearlo directo en el rostro. Alzó los brazos para protegerse. Algo rígido lo detuvo en seco. El suelo lo envolvió de pronto y comprendió que estaba girando.
Abrió los ojos. Estaba envuelto en una nube de polvo, tumbado boca arriba a varios metros de la estación. Parpadeo varias veces para recuperarse y se quedó tirado por un rato. Todo le daba vueltas. Apoyó los codos y se levantó con lentitud. Intentó sacudirse el polvo, pero un dolor agudo en su mano izquierda cruzó por todo el brazo hasta el hombro.
Horrorizado, se dio cuenta que donde solía estar su mano ahora había una garra torcida y deforme. El hueso de uno de sus dedos atravesaba la palma, cubierto por esa sustancia negruzca que hacía de sangre. La mano estaba por completo vuelta, de modo que la palma ocupaba el lugar del dorso y el dorso el de la palma.
Incapaz de comprender que estaba mirando y con los ojos desorbitados, observó la deformidad e intentó palparla, lo cual le ocasionaba un dolor terrible.
En aquel estado le sería imposible continuar. Miró al cielo, apretó los dientes y tragó saliva. Con la mano derecha tomó la izquierda y le dio la vuelta para reacomodarla en su lugar. El dolor hizo que le zumbaran los oídos; la vista se le hizo borrosa y un escalofrío pareció clavarle agujas desde la cabeza hasta la planta de los pies.
Aprovechando aquello, empujó el hueso del dedo. Éste emitió un chasquido al volver a su sitio. Lagrimas corrieron por sus mejillas y un sudor frío le cubrió el rostro. No recordaba haber sentido un dolor así nunca, ni siquiera cuando estaba vivo.
—Debo superarlo, debo olvidarlo —se repetía una y otra vez.
Le tomó varios minutos. Cuando el dolor por fin pareció adormecerle el brazo entero, extrajo el polvo azul que Eliza le había dado. Con cuidado lo aplico sobre las heridas y en la muñeca. Al principio sintió escozor y un ardor ligero, sin embargo la diferencia que hizo fue enorme. Ya todo parecía en orden, aunque el dolor hizo que mantuviera el brazo quieto por un buen rato.
Decidió continuar. La caverna estaba apenas a unos pasos de donde había aterrizado, separada de la estación por un pequeño trecho de roca tan angosto que dos personas habrían tenido dificultad de pasar lado a lado. En realidad había tenido mucha suerte de no caer por el risco.
Ya era por completo de noche, aún así se podía percibir la diferencia entre las sombras usuales y la oscuridad dentro de la cueva. Era probable que ya estuviera predispuesto por todo lo que Eliza había dicho, sin embargo, aquella noche, incluso el rostro de la calavera le pareció amenazante, con aquellos colmillos que salían a los costados como los de un jabalí salvaje.
Pequeñas gotas frías, apenas perceptibles, comenzaron a caer del cielo.
Se aproximo a la entrada de la caverna. Antes de internarse palpó sus bolsillos para asegurarse que todo estaba en su lugar. Extrajo la botella que contenía la poción. Era una suerte que no se rompiera con la caída. Como Eliza le había indicado, la destapó, vertió el líquido viscoso, cálido y brillante en la yema se sus dedos y alzó la mano, como saludando a alguien a lo lejos. La poción comenzó a evaporarse, impregnando el ambiente con pequeñas partículas luminosas. Funcionaba.
Al menos aquella luz cubría más que una antorcha, pero duraba menos. A lo lejos vio el fulgor anaranjado de las llamas que había logrado encender la última vez. Con cautela se aproximó, cada vez más cerca del recinto.
Ya en el umbral del lugar sintió como todo a su alrededor se tornaba gélido. Intentó no pensar en la temible mueca de la banshee, pero no lo logró. A cada paso que daba temía que un alarido rompiera la calma.
Vertió otro poco de poción cerca de la estatua, iluminando apenas el rostro majestuoso del búho. De inmediato identificó la ráfaga de viento en su interior.
Observó la escultura por un rato. Todo lo que lo rodeaba estaba tan oscuro que de cualquier forma sería imposible ver algo acercarse hasta que ya fuera muy tarde. De modo que decidió concentrarse por completo en lo que tenía en frente.
No encontró nada que le resultara sospechoso.
Renuente a la idea, se aproximó a la escultura.
—Por favor, discúlpame —murmuró, alzó las manos y comenzó a palparla. Comenzó por el frente, después siguió con las alas, la parte trasera y terminó en lo más alto. Por fin encontró lo que parecía una pluma suelta en una de las alas. Eso tenía que ser algo, o quizá sólo era un defecto de la estatua. Parecía que podía empujarse hacia adentro, así que lo hizo.
Una serie de ruidos mecánicos se inició, justo como en la torre de Darkus. El piso tembló, la escalinata redonda bajo sus pies giró; el búho junto con ella.
Pero aquellos ruidos no provenían sólo del altar, parecían estar también alrededor. Entonces tuvo sentido. Quedó paralizado. No sólo había accionado la función secreta de la estatua, también las rejas que había a los costados del recinto se estaban abriendo.
No supo que hacer. Miró frenético de un lado a otro. Era cuestión de segundos para que uno de esos terribles espíritus viniera a él y quién sabe cuántos más habría ahí atrapados. Por lo que sabía podía ser una legión entera.
Un tintineo suave le hizo darse la vuelta para mirar el altar.
Debajo del búho se había abierto una cámara oculta. En ella, a su completa disposición, estaba la esfera.
La observó por varios segundos. La ráfaga en su interior parecía débil. Se le percibía como hebras plateadas arremolinándose, como un globo de nieve decorativo que en su interior no tuviera más que finos cordones que se movieran de un lado a otro. Aunque la había visto antes, aún se impresionó de su tamaño. Esperaba algo más grande, pero era en realidad algo pequeña.
Aún paralizado por el temor y el repentino silencio, miró a un lado, luego al otro. No había señal alguna de las banshees. Quizá aún tendría tiempo de tomar la esfera y largarse de ahí tan pronto como pudiera.
El efecto de la poción ya estaba menguando. Su luz era tan potente como una minúscula llama en una vela a punto de extinguirse. Podía alcanzar la botella en su bolsillo, pero la prioridad era la esfera, mientras aún pudiera verla. Ya tenía bien ubicada la salida y gracias a una antorcha podía ver el borde del arco.
Estiró la mano para alcanzar la bola de cristal.
—No —susurró alguien detrás. El ambiente se volvió aún más gélido, al grado que la llama de la antorcha comenzó a titilar con violencia.
Edward quedó pasmado. No tenía idea de dónde venía la voz, pero parecía estar lejos y, aún así, detrás de él. Se quedó inmóvil, su vista clavada en los ojos del búho.
—No podemos dejar que te la lleves —aseguró la débil voz, como si le hablara al oído.
Entonces la vio, reflejada en los ojos brillantes de la estatua y con el último atisbo de la luz mágica. Una silueta femenina, con un leve resplandor gris.
Primero fue aquella, detrás de él. Pero pronto comenzaron a reunirse alrededor del altar y pudo verlas en su totalidad. Mujeres harapientas, con extremidades de longitud anormal. La cabeza hundida en los hombros y cubierta por una maraña de cabello sucio, algunas gris, otras tan negro que parecían estar decapitadas. Sus facciones eran alargadas, deformados en una permanente mueca de sufrimiento. Las cuencas de los ojos estaban vacías, prolongadas por canalillos negros que iban hasta las barbillas como lagrimas de brea. Sus movimientos eran torpes, sus manos se estiraban para palpar la oscuridad. Eran ciegas.
La que estaba detrás habló de nuevo.
—No debiste volver —dijo en un hilo de voz, acercándose cada vez más a él.
Todo camino estaba cerrado. Cualquier posibilidad de escape estaba fuera de su alcance. El terror lo tenía congelado en su sitio.
—Sé porque están aquí —soltó, recordando lo que Lucius le había dicho. Para su sorpresa y alivio, las banshees cesaron en su avance.
—Para proteger la esfera —respondió una delante de él.
—No, no. Lo que quiero decir es que sé quien las aprisionó aquí —continuó Edward. Parecía funcionar.
—El hombre de la voz terrible —murmuró una de ellas y todas parecieron sollozar. Sus voces sonaban como si fueran a romper en llanto en cualquier momento.
—Darkus Grim —anunció él.
—No tuvo elección. Estamos aquí por nuestras propias faltas —sonó una voz en el fondo del recinto.
—Nos dijo que merecíamos algo mucho peor por lo que hicimos —comenzó otra.
—Dijo que tendría clemencia.
—Cualquier lugar es mejor que el mundo de sombras.
Volvieron a inquietarse.
—¿Qué fue lo que hicieron? —inquirió Edward. Mientras les hablaba, buscaba un espacio libre para poder correr en cuanto tuviera oportunidad.
El silencio lo invadió todo de nuevo. Seguido de profundos sollozos temibles. Algunas comenzaron a gritar.
—Asesine a mi esposo —dijo una entre los lamentos.
—Avergoncé a mi familia —soltó otra.
—¡Maté a mis hijos! —gritó una voz que se alzó entre las demás.
El ambiente volvió a ser gélido. Una ráfaga recorrió el recinto. Se escucharon cadenas golpeando contra las paredes.
Edward sintió un escalofrío. Lo único que quería era tomar la esfera y salir de ahí. La tenía al alcance de su mano.
Mientras las banshees se lamentaban, intentó de nuevo tomarla.
—¡No! ¿No lo entiendes? ¡No podemos dejar que te la lleves! —los alaridos se volvieron más agresivos.
—Yo podría liberarlas —espetó él en un arranque de desesperación.
Los lamentos se aminoraron.
—Darkus escondió esto porque es parte de algo que podría derrotarlo —continuó —. Si me dejan salir de aquí con ella, sería un paso más a terminar con su terrible sufrimiento. Podrían ser libres.
Las banshees quedaron en completo silencio.
—Eso es imposible —dijo una.
—No lo es. Entiendo que crean eso. Han pasado todo este tiempo en la oscuridad. Sé que sienten culpa. Pero esto puede significar un nuevo comienzo para ustedes —aseguró mientras tomaba la esfera de su lugar. Se sentía ligera y muy fría al tacto.
Las muecas de las mujeres empezaron a transformarse. El viento en el interior del recinto comenzó a azotar las cadenas que pendían del techo unas contra otras y contra las paredes. Incluso la estatua se meció como si fuera a caer.
—No debiste hacerlo ¡Te advertimos que no lo hicieras!
Sus rostros ahora estaban furiosos. En sus bocas crecieron colmillos afilados y las uñas se les alargaron para formar garras.
—¡Estamos malditas! —gritó la que estaba frente a él. Ella parecía resistirse a la transformación —. ¡Vete! ¡O te haremos daño!
Edward se abalanzó contra ella, esperando que con el impacto pudiera atravesar la barrera que los espíritus habían formado. Pero en la oscuridad casi total le era imposible ver hacia donde iba.
Se llevó la mano libre al bolsillo, extrajo la botella con la poción y algo más que no estaba seguro de que era. Intentó quitarle la tapa, pero con una mano le era imposible hacer cualquier cosa. El frasco, junto con el otro objeto se le escapó de la mano, al tiempo que sentía una garra cerrarse sobre su hombro.
Aterrado, se lanzó hacia delante, mientras otra garra se cerraba en su tobillo y otra lo halaba de una de las solapas de su saco. Cayó y golpeó de lleno la pared con su cabeza. Con la mano palpó el arco de la entrada. Estaba muy cerca, pero las banshees lo tenían por completo aprisionado, llevándolo de regreso al altar.
Entonces algo crujió más allá. Un fulgor dorado se alzó del suelo bajo el pie de una de ellas. Comenzó tenue, pero fue aumentando poco a poco. Las fantasmales mujeres se llevaron los brazos al rostro. No estaban ciegas, sólo habían pasado demasiado tiempo en la oscuridad y ahora la luz las lastimaba.
Las garras se abrieron de inmediato, dejando libre a Edward para escapar. Se puso de pie de un salto y se impulsó a la salida, asegurándose de aferrarse a la esfera que llevaba en la mano.
Las banshees gritaban. Sus alaridos eran algo terrible que le sería muy difícil olvidar. Las escuchaba acercarse por el túnel. Pero entonces algo sucedió. Comenzó como un crujido, como si la caverna se fuera a derrumbar. La luz que inundó el recinto invadió también el túnel, acercándose a toda velocidad. Estaba metiéndose en cada grieta, en cada espacio que le fuera posible.
Por fin alcanzó la salida de la cueva. Los alaridos se habían detenido, reemplazados por truenos y el viento aullando. Las gruesas y frías gotas de lluvia lo impactaron.
Algo pasaba dentro de la cueva. Se dio vuelta para comprobarlo. En efecto, estaba solo de nuevo y aún con la tormenta en su apogeo, el exterior parecía más calmado que lo que había dejado atrás.
Palpó sus bolsillos. El saco con el polvo de fénix seguía ahí, sin embargo faltaba la botella y la moneda que la niña de la estación le había dado.
No tuvo tiempo de lamentarse, pues un resplandor cegador salió expulsado por las cuencas de la calavera y por su boca, al tiempo que un relámpago cimbraba la montaña entera con un eco atronador. Fue tal el impacto que lo impulsó hacia atrás. Su pie dio con una roca y lo siguiente que supo es que estaba cayendo por el acantilado.
Lo primero que hizo fue proteger las esfera con ambas manos pegadas al pecho. Bajó la cabeza e intentó cerrarse lo más que pudo para asegurar que no se le escapara.
Un golpe frío lo desconcertó. Había caído al lago. El agua comenzó a sacudirlo de un lado a otro. Grandes olas al compás de la lluvia lo azotaban por todas partes. Así debía sentirse un barco a la deriva.  
La corriente lo estaba llevando hacia lo que parecía una cascada. Aquello parecía imposible, pues el agua viajaba hacia arriba. Vio el lago alejarse poco a poco mientras el río corría hacia arriba hasta llegar a la cima de un monte para después caer en ángulo recto del otro lado.
Cayó con rapidez y su cabeza alcanzó una roca muy grande. Escucho los truenos desvanecerse y el golpeteo de las gotas sumirlo con lentitud en la oscuridad.

Entre las sombras de su mente vislumbró una sonrisa de dientes amarillentos. La piel alrededor de la boca parecía chamuscada, pero sanando. Se distinguían unos surcos que atravesaban los labios de forma vertical. Una risa débil resonó en su cabeza. Poco a poco se transformó en un alarido que pronto se convirtió en un coro aterrador. Quería escapar, ya no quería ver los horribles rostros que se le presentaban y le gritaban en el oído.
Entre visiones sintió su cuerpo ligero. Arrastrado por la suave corriente del río, hasta que todo dejó de moverse. Una silueta oscura se aproximaba a él. Las sombras volvieron a abrazarlo.

Abrió los ojos y la claridad del día lo cegó. Sintió un peso en el pecho, como algo que lo presionaba desde adentro. Notó un aroma nauseabundo en el aire. Se levantó de golpe y vomitó un torrente de agua. Una mano lo reconfortó con suavidad en la espalda.
—Eso es, sácalo todo —dijo una voz que por un segundo no reconoció. Entonces vio el resplandor cobrizo que asomaba por debajo de una capa. La mano pálida que lo reconfortaba se apartó para cubrir un frasco que estaba en el suelo.
—¡Oh no! ¡Que vergüenza! —exclamó él, cubriéndose el rostro con las manos. Al sentir ambas libres se sobresaltó y comenzó a palpar la tierra a su alrededor —¿Dónde está? ¡¿Dónde está?
Eliza también se sobresaltó y buscó entre su capa.
—¿Hablas de esto? —dijo, mostrándole la esfera. Edward sintió un alivio enorme, seguido de una profunda vergüenza.
—Sí, exacto —dijo, volviéndose a cubrir el rostro con las manos.
—¡Oh vamos! No estás tan mal. ¿Puedes caminar? —preguntó la chica. Parecía preocupada.
—Creo que sí —respondió él, intentando ponerse de pie.
—Bien, que bueno. Sígueme, tenemos mucho que discutir.
Ella se levantó con rapidez e hizo su camino al interior del bosque. Se encontraban a la orilla del lago. Edward, aún muy aturdido, la siguió.

—¿Qué sucedió? —preguntó Eliza cuando ya ambos estaban sentados en su invernadero, con una taza de té caliente entre las manos —. Aunque, tengo la sensación de que sé la respuesta.
Edward suspiró. Sabía demasiadas cosas. De nada serviría mentirle.
—Volví a la caverna —murmuró. Sentía la garganta como una lija.
—Volviste para buscar esto ¿no es así? —le señaló la esfera, que reposaba en la mesa del centro —¿Qué es?
Él sabía que no podía mentirle. Aún así no quería involucrarla más. Pero la cabeza le daba demasiadas vueltas.
—Es una esfera de luz, la estaba usando para ver en la oscuridad —mintió.
Eliza lo miró, escéptica. Ya lo imaginaba.
—Bien, Edward. Voy a decirte algo que es muy importante. Entiendo que no quieras hablar de algo conmigo, no tendrías por qué hacerlo. Pero si no quieres contarme algo, sólo dilo y ya. No soporto las mentiras. Y no quisiera sonar arrogante, pero tengo más experiencia que tú en el tema como para saber que esto no es una esfera de luz.
Edward quedó en silencio. Se había sentido como si un adulto lo estuviera reprendiendo y él solo fuera un chiquillo torpe. Quizá, en esos momentos, estaba actuando como tal. Se aclaró la garganta e irguió la espalda.
—De acuerdo. No, no es eso. En realidad no estoy muy seguro de que sea. Pero es importante que lo obtuviera y lo logré —afirmó.
—¿Quieres hablar de ello? —Eliza lo miraba con total atención.
No quería. No debía hacerlo. Pero había algo en la chica. Pensó que si tal vez hubiera sido más claro desde el principio se hubiera evitado todo lo que sucedió la noche anterior. Quien sabe, quizá incluso estaría dispuesta a ayudarlo. Había considerado pedirle ayuda a Leonard, pero Eliza tenía algo más, conocía el pueblo y sus lugares ocultos. Además tenía un impresionante catálogo de trucos y cosas que podían ser de gran utilidad. Entre los tres, si Leonard estaba de acuerdo, aquello podría ser más fácil. Y claro que no dejaba de pensar que eso le ayudaría a acercarse más a ella. Pero eso no era importante, al menos no en ese momento.
—Lo que estoy a punto de decirte no puedes hablarlo con nadie más. Y si voy a contártelo es porque tengo plena confianza en ti. ¿Tengo tu promesa de que no lo mencionarás a nadie? —incluso Edward se sorprendió de su propia seriedad. La mirada de la chica había cambiado por completo. Estaba invadida por la curiosidad, pero también había cautela.
—Descuida, todos lo que hablemos es entre nosotros y nadie más —respondió, depositando la taza en la mesa y cruzando las piernas sobre el asiento.
Fue entonces cuando narró todo lo que sabía. Desde la noche de los muertos en que por accidente se había topado con el salón secreto de la mansión, el misterioso Lucius que resultó ser la mano derecha de Darkus Grim, desaparecido por saber demasiadas cosas y cuestionarlo. Le habló de los planes que el director tenía para Gloom Town. Contó como había extraído el libro de la torre, su función, del cetro y las piezas que estaban ocultar por todo el pueblo. Contó con detalle el plan de Lucius, como ahora Edward había decidido ser el responsable de ayudar a llevarlo a cabo. Mientras tanto Eliza lo miraba boquiabierta. Le resultaba increíble que todo aquello estuviera pasando. Por supuesto, no tenía manera de saberlo. El muchacho tenía la fortuna de pertenecer a la Sociedad y tener toda esa información de primera mano. Pero el pueblo en general jamás hubieran sospechado que una conspiración de tal magnitud se iba construyendo poco a poco. Lo único que ellos sabían era que Darkus estaba al mando de la Sociedad, porque había sido el único que pudo defenderlos, porque había construido y porque parecía ser la única figura autoritaria sobre el pueblo, aunque éste fuera lo suficientemente independiente. Y ese era con exactitud el problema. Darkus estaba al mando de la Sociedad y sus recolectores, pero más allá de la mansión y algunas plazas de importancia, lo demás se escapaba de sus manos.
Cuando Edward terminó el relato, Eliza se levantó y caminó en círculos, con la mirada perdida entre las plantas del invernadero.
—Me cuesta mucho creer que todo esto esté pasando —dijo al final —. Pero tampoco dudo que así sea.
—Lo sé. Yo tampoco pude creerlo antes. Pero he visto ya tantas cosas —respondió Edward en un suspiro. Sentía que una gran carga se había levantado. Hablarlo con alguien más le reafirmaba todo.
Eliza tomó la esfera y le dio vueltas para examinarla.
—Entonces esto es sólo una de siete piezas. Tiene una energía muy peculiar que no logro identificar.
La ráfaga en el interior se había apaciguado. Casi parecía una esfera de cristal común.
Edward esperó. En realidad no sabía que más decir después de todo lo que ya había contado.
—Por supuesto, no hace falta decir que me preocupa. Al menos ahora sé. No quisiera ver el pueblo hundirse bajo el mandato de un tirano —volvió a sentarse, aún si mirar al muchacho. Reflexionaba —. ¿Hay algo que pueda hacer?
—Te mentiría si te dijera que no esperaba esa pregunta. Hay mucho que puedes hacer —aseguró Edward —. Conoces el pueblo mejor que yo, además, con todo lo que sabes, estoy seguro que sería de gran utilidad.
Se tocó la mano lastimada la noche anterior. Aún sentía punzadas de dolor, pero en realidad parecía haber sanado de inmediato.
—Aunque debo ser sincero. No quisiera involucrarte en algo que pudiera resultar peligroso para ti.
Eliza lo miró de inmediato. Lo que sus ojos reflejaban no le gustó. Parecía ofendida.
—Jamás asumas que no soy capaz de algo. Si es peligroso o no ya lo veremos, pero esa es decisión mía —le espetó con un tono tan hosco que Edward se quedó en silencio con los ojos muy abiertos.
—Lo lamento. No quise ofenderte —aclaró.
Ella lo miró, aún molesta. Luego se alejó a una de las ventanas. Pareció debatir algo consigo misma.
—Esta bien. Es que no estoy acostumbrada —respondió, en un tono más amable.
Edward quiso preguntarle a que había querido decir con eso, pero tal vez era un tema para otra ocasión. De cualquier forma, la chica volvió a sentarse, admiró su invernadero como buscando una respuesta entre los peculiares pétalos y vainas enredadas en el techo —. Quiero ayudarte —dijo por fin.
Edward sintió un alivio descomunal. Aunque no podía evitar sentirse preocupado. Había dicho a Lucius que buscaría ayuda de quien lo pensara pertinente. Aún así no sabía como es que reaccionaría ante aquello.
—Te lo agradezco. Tal vez no tengas idea de cuanto —respondió él. Hasta entonces se dio cuenta de lo exhausto que estaba. Miró la taza, aún humeante, se la llevó a los labios y la vació de un trago. De inmediato sintió la cabeza ligera. El sabor le resultó muy familiar.
—¡Oh! —exclamó —. Té de belladona.
—Te ayudará a descansar —dijo Eliza con una sonrisa amable.
—Entonces me retiro —comenzó Edward, arrastrando las palabras —. No quisiera importunarte.
—No hace falta. Puedes dormir en la sala. Anda, te hace mucha falta.
Lo ayudó a levantarse y lo llevó hasta una de las grandes almohadas.
Entre el agradable aroma de su perfume y la visión de sus bellos ojos violeta, Edward se sumió en un sueño profundo donde no supo más de conspiraciones, magia ni preocupaciones.
Después de dormir hasta el anochecer, Edward decidió que sería mejor deshacerse de la responsabilidad que acarreaba tener la esfera en su posesión. Tomó el tren desde la estación de Ribcage y se inmiscuyó en las sombras para cruzar el umbral oculto, como ya era costumbre.
Lucius ya estaba en el espejo. Expectante, verlo así era muy inusual. Una fría sonrisa se materializó en la máscara.
—Sentí su poder en cuanto entraste —explicó al muchacho.
Edward extrajo la esfera de un saco de piel que llevaba colgado al cinturón. Eliza y Lucius parecían percibir algo en el objeto. Pero él no veía más allá de un globo decorativo con un tornado en el interior.
—No fue nada sencillo. Pero aquí está —se acercó al espejo y de pronto recordó lo que había pasado con el libro. Dio un paso atrás.
—Oh, no te preocupes Edward. Será mejor que permanezca afuera. Ocúltala por ahí —indicó Lucius. El muchacho así lo hizo. Encontró una caja de madera cubierta por una mortaja empolvada. Aquél era el lugar perfecto.
—Debo admitir —continuó el espectro —, que al ver la primera pieza ante mi, puedo confiar en tus capacidades para retribuir el resto. Eso me tranquiliza.
Edward le lanzó una mirada molesta.
—Espero que no estés insinuando que no me creías capaz —gruñó.
—Nada de eso. Me refería a que hemos dado un gran paso. Uno de suma importancia y ahora debemos planear el que sigue.
Lucius se apresuró a mostrarle el esquema de la nueva pieza. Una roca envuelta en una llama.
El muchacho de pronto se sintió presionado. No había pasado más de una día desde que hubiera ido a la caverna del cráneo. Lo que menos quería hacer en ese momento era planear una nueva búsqueda.
—Mira, Lucius. Sé que debemos hacer esto cuanto antes. Pero, si he de ser sincero, la última excursión me dejó algo herido y cansado. ¿Crees que pudiéramos hacer esto otro día? —expuso. Aunque había descansado muy bien, aún se sentía abatido. Incluso la mano izquierda se puso rígida y comenzó a dolerle un poco.
La sonrisa en la máscara del espectro dio paso a su usual expresión seria.
—Entiendes que entre más pronto acabemos con esto, mejor será para todos ¿no es así? —aseveró.
—Lo entiendo, de verdad que sí. Pero tuve que saltar de un tren, me rompí la mano, enfrenté a las banshees y me caí por el acantilado hasta el río. Estoy seguro que un par de semanas bastarán para planear la siguiente búsqueda —su voz ya no era de súplica, más bien estaba informando a Lucius de sus intenciones y no estaba dispuesto a ser tan flexible esta vez.
Después de un rato en silencio, los vacíos ojos del hombre se posaron en él.
—De acuerdo. Pero que no pase más de un par de semanas. Están por llegar épocas en las que no estaré muy dispuesto a planear —dijo, guardando el diagrama en el interior del libro.
—¿A que te refieres?
—Ya hablaremos de eso después —lanzó el hombre con un dejo de fastidio. 
—Bien. Vendré antes de que acabe el mes. Lo prometo —aseguró Edward.

Al salir de la mansión y hacia el bosque, el viento frío le revolvió el cabello. El ambiente se estaba enfriando con rapidez. La tormenta del día anterior había dejado un cielo nublado que no permitía a la luna asomarse siquiera. La niebla era más espesa que de costumbre. De no conocer el sendero al pueblo, quizá se hubiera perdido en el bosque.
Caminó por la plaza. Todo estaba muy tranquilo. Las llamas de los faroles danzaban, cálidas y reconfortantes. Las pocas personas que vagaban por ahí estaban absortas en sus pensamientos.
Fue hasta el parque y se sentó en una se las bancas de hierro. Estaban heladas, pero eso no era molestia. El camino de piedra y el pasto que lo rodeaba estaba cubierto por hojas secas. Enormes montones de ellas se apilaban bajo los árboles, cuyas ramas estaban casi en su totalidad expuestas.
El viento aullaba y mecía las copas. Aquello le resultaba tranquilizador.
Un par de hojas se desprendieron sobre él y cayeron en su regazo. No faltaba mucho para que el paisaje cambiara por completo. El otoño languidecía, agonizante y el invierno acechaba en el umbral. Era el primer invierno que pasaría en Gloom Town, pero tenía la sensación de que no sería muy diferente a los que había presenciado en vida.


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