Estaba decidido, llevaría a cabo su plan esa misma noche.
Terminaría su turno como de costumbre, iría con Leonard a Cuerno y Escama, se lo contaría todo y volaría con Ace hasta las
inmediaciones de la mansión. Ahí esperaría hasta que la luna comenzara a descender
un poco y entonces volaría al techo, siendo muy cuidadoso de no ser visto cerca.
Una vez en el tejado de la torre de Darkus esperaría hasta verlo salir.
La primera etapa sucedió sin contratiempos. Cuando terminó el
turno, Leonard ya lo esperaba en el jardín. Caminaron hasta la taberna y su
amigo ordenó lo de siempre. Edward decidió que era mejor estar en todos sus
sentidos. Aunque usdmitió que un trago lo habría ayudado a relajarse. Se
aseguró que ninguno de los propietarios de la taberna estuviera cerca y que
todos los comensales estuvieran atentos a sus asuntos. Entonces bajó la cabeza,
ocultando el rostro en las sombras.
—¿Recuerdas lo que hablamos sobre Lucius D’arque? —preguntó en un
susurro.
—Ya me lo suponía, con razón actuabas raro —respondió su amigo —.
Sí, lo recuerdo. ¿Qué hay de nuevo?
—Pues... resulta que tiene un plan de ataque contra Darkus.
—Eso está muy bien.
—No exactamente. Me envió en una misión. Quería contártelo por si
algo llega a sucederme después de esto.
Leonard dejó su tarro con una expresión aterrada, poco usual en
él.
—¿Qué? ¿Acaso es tan grave? —cuestionó, incrédulo.
—Me envió a robarle un libro. Uno que Darkus oculta en su torre.
Si me atrapa o descubre que fui yo quien lo robo, no sé que pueda sucederme. Lo
único que sé es que no quiero acabar como Lucius. Pensé que, quizá, si alguien
más sabe podría usarlo a mi favor —hasta externar aquello, Edward se dio cuenta
de lo peligroso que en verdad sonaba. Podía perderlo todo.
—Vaya... —murmuró Leonard recargándose en la silla y llevándose
una mano al rostro para acariciarse el bigote, pensativo.
—Creo que puedo ayudarte con eso —dijo por fin —. Puedo montar
guardia, así estarás más seguro. ¿Tienes un reemplazo para el libro?
Edward asintió.
—Bien —continuó el hombre —. En ese caso creo improbable que te
descubra. Aún si se da cuenta que le robaron, ¿por qué supondría que fuiste tú?
Aquel era un excelente punto. Darkus no tenía evidencia en su
contra, a diferencia de Lucius, que había presentado un obstáculo directo en
sus planes. Ni siquiera se había desecho de Leonard porque suponía que no tenía
idea de lo que había visto esa noche en su escritorio. Se había limitado a
cortarle el acceso continuo a su guarida. Cualquiera podría robarle a Darkus,
incluso podría ser alguien del pueblo y no un recolector. Eso alentó mucho a
Edward y le dio un gran alivio. Mientras siguiera fingiendo que no pasaba nada
no tenía por qué pasar algo.
—¿Cuándo lo harás? —lo interrumpió Leonard.
—Esta misma noche.
El hombre juntó las manos y recargó la frente en ellas como si
fuera a orar. Estuvo así un rato, meditando.
—De acuerdo, haremos esto —indicó a Edward —. Volarás con Ace
hasta el mirador, está al Este del pueblo, lo encontrarás fácil en el mapa. Una
vez ahí esperarás mi señal para acercarte.
—¿Cómo sabré...
Leonard levantó las manos, indicándole que le diera tiempo a
explicarse.
—En el mirador encontrarás varios telescopios —continuó —. Estoy
seguro que alguno te servirá para ver el techo de la mansión. Observa y espera
a mi señal, cuando la haga sabrás que puedes entrar a la torre sin riesgo.
—¿Cuál será la señal?
—La sabrás cuando la veas. Ahora, me iré yo primero, espera unos
minutos y sal de aquí. Te veo en el techo de la mansión. Ve al mirador. Buena
suerte.
Sin más, se levantó y vació el tarro como siempre hacía.
—¡Qué día, mi estimado Angus! Mejor me voy a casa a descansar
—exclamó con tal júbilo que varios voltearon la cabeza para verlo. Incluso
Angus parecía sorprendido, pero quizá se debía a que estaba quedándose dormido
con la cabeza apoyada en su enorme puño.
—Sí, sí, a casa —dijo distraído —. Esa es una buena idea, señor
Sinister.
Leonard pagó su trago y salió con prisa. No sin antes mirar a
Edward e indicarle con una seña que esperara un poco.
Los minutos que esperó para salir parecieron eternos. Se
preguntaba a cada segundo si ya sería buen tiempo. Tamborileo los dedos sobre
la mesa, impaciente. Entonces notó la figura que había visto la primera vez que
estuvo en la taberna. Se había acostumbrado a ella y por lo tanto no le ponía
atención hasta entonces. Admiró la pequeña mano extendida.
—¿Está todo bien, señor Blackwells? —retumbó detrás la voz de
Angus.
—Sí... ¿Quién es él? —inquirió, señalando la estatua con la
cabeza.
—¡Ah! Ese es el dios Etré-Us, portador de la buena fortuna. Bueno
para los negocios y asuntos que requieran que la balanza de la suerte nos
favorezca —le dijo el hombre con esa voz que solía usar cuando narraba alguna
de sus historias.
—Interesante —murmuró Edward para sí —. Bien, es mejor que me
vaya.
Se puso de pie y se acercó al altar. Tomó una moneda de su
bolsillo y la colocó en la mano de la pequeña criatura montada en el grillo. Era
mejor buscar el favor de los dioses si quería que todo saliera de acuerdo al
plan.
Deseo buenas noches al propietario de la taberna y salió. Ace
esperaba afuera. En segundos ya estaban elevándose por encima de los tejados de
las casas que se reunían alrededor de la plaza.
No requirió el mapa, el mirador era visible desde arriba. Desde
ahí parecía como si una montaña hubiera sido cortada por un gran cuchillo justo
por la mitad, dejando una explanada que se extendía, casi perfecta, en declive
hacia una enorme reja de hierro.
Descendieron. Edward bajó de Ace y buscó los telescopios. Estaban
dispuestos a lo largo del borde, montados sobre la misma cerca que estaba
dispuesta a la orilla la explanada.
En aquél lugar no había mucho que ver, salvo una enorme reja
distante que se ocultaba en las sombras de la noche. Hasta entonce Edward jamás
se había preguntado si Gloom Town tenía una entrada o salida y, lo que era aún
más importante, que había más allá de ella. Pero ese no era el momento de
hacerse preguntas. Se acercó a uno de los telescopios que daba a la mansión.
Puso un ojo sobre la mirilla e intentó enfocar la mansión. Sintió que el
estómago se le iba a los pies cuando vio que la construcción, aún con el
aumento, era una simple silueta
negra en la lejanía. Así jamás vería la señal de Leonard. Su alivio fue grande
al enfocar más de cerca el edificio y comprobar que los detalles iban surgiendo
poco a poco, delineados por el resplandor del portal.
Ahora sólo quedaba esperar. No tenía idea si su amigo había hecho
alguna parada o si había ido a la mansión después de salir de la taberna.
Despegó la vista del telescopio y acarició a Ace. Sabía que su compañero podía
sentir la tensión que había en él, así que intentó relajarlo. Pero fue el
caballo quien, con una mirada firme, le transmitió una inusual calma.
Dio la vuelta y la visión que tuvo lo impactó. Primero no pareció
nada importante, un montón de manchas oscuras en la lejanía, pero sus ojos ya
se habían acostumbrado a la oscuridad de la noche y las luces del mirador no
eran suficientes para opacarla.
Gloom Town en su totalidad se reveló ante él como nunca lo había
hecho antes. Podía verlo todo, no sólo el pueblo, sino los bosques que lo
rodeaban y lo que había más allá de ello. No tenía idea de cómo era posible,
pero ahí estaba. A su derecha la mansión, imponente sobre la cumbre más alta,
en eterna guardia del pueblo debajo. A su izquierda se extendía el cementerio
Blackrose, lleno de pasillos y túneles como un laberinto enorme. En las
profundidades del bosque se escondía un enorme campo, que en aquellos momentos
estaba vacío, pero sabía que unos meses antes había estado rebosante de grandes
calabazas. Más allá de éste se extendía un terreno aún más grande dónde el
circo ambulante, que llegaba por temporadas, montaba sus carpas y puestos.
Detrás, delimitando todo como un gran muro, el cañón, formado por
grandes montañas que en tiempos de otoño eran anaranjadas, amarillentas y
cafés, pero conforme el invierno se aproximaba comenzaban a tornarse grises con
delgadas líneas azules de hielo. A sus faldas el río que desembocaba en el
enorme lago Áqueron que a veces era más parecido al mar con su amplio
horizonte. Más adelante, ya entrando en el bosque, estaba la cabaña de Eliza.
La imagino, solitaria y pensativa, mirando por la ventana al firmamento que se
podía ver con claridad esa noche. Recordó que en algún lugar de lo más
profundo, entre árboles y enredaderas, los dioses y guardianes de esas tierras
se reunían en secreto, quizá desprevenidos de lo que sucedía en aquellos
momentos. O tal vez lo sabían y todo era parte de un plan más grande de lo que
Edward pudiera entender.
Sea como fuese, comprendió que no era el entretenimiento, ni la
gente, ni los lugares exóticos lo que hacía de Gloom Town un lugar especial.
Era algo que había olvidado, porque lo daba por hecho. Era el nuevo comienzo
que aquél maravilloso pueblo le había ofrecido desde la primera vez que
llegase. Era la manera en que todo a su alrededor le abría los brazos y le daba
la bienvenida como si siempre hubiera estado ahí, la aceptación, el cariño, la
calidez, las oportunidades. La simple idea de que todo eso pudiera estar en
peligro lo ponía furioso. Si había algo amenazando su nuevo hogar, estaría
dispuesto a hacer lo que fuera por detenerlo.
Ace de pronto pareció inquieto. Edward salió del trance y se
acercó al telescopio. En el techo de la mansión una pequeña luz anaranjada se
movía de un lado a otro. Esa era la señal. Dio un vistazo final a la
maravillosa visión que se le había presentado y las últimas palabras en las que
había pensado resonaron en su mente como un himno de guerra. Iba a hacerlo y no
había más que decir. No consideró ni por un segundo lo que podría pasar si
Darkus lo descubría. Se enfocó en tomar el libro y salir de ahí lo más rápido
que le fuera posible.
Subió al lomo de Ace y ambos despegaron directo al tejado previo a
la torre más alta del edificio. La oscuridad los cubría de manera casi
perfecta. El ruido que hacían las alas del caballo al rozar el viento se
confundía con el de la brisa gélida que, con la velocidad a la que volaban, se
sentía como si un montón de agujas se les clavaran en los costados. Pero no
flaquearon, no podían darse ese lujo.
Llegaron con rapidez al techo. Leonard seguía blandiendo la
lámpara con la que daba la señal. Al parecer no los había visto.
—¡Ey! —llamó Edward en un susurró. El hombre se sobresaltó y de
inmediato recuperó la compostura.
—Demonios, Edward. Que susto me has dado. Pensé que alguien me
había descubierto —dijo en voz baja —. Darkus salió hace unos minutos. Tardará
un rato en volver, pero no te confíes. Si llega no puedo hacer otra cosa que silbar,
pero no me quedare esperando para que me encuentre aquí. Así que más vale que
te des prisa ¿de acuerdo?
El muchacho asintió, determinado. Indicó a Ace que lo esperara cerca,
pero siempre oculto por las sombras. El caballo hizo la habitual seña de
comprender y se colocó muy cerca de la torre, donde se perdía entre la penumbra
y la textura de la pared.
Edward entró a la torre. No le dio demasiada importancia al ruido
de sus pasos. Confiaba en que Leonard hubiera visto salir al director. Pasó
entre los retratos de miradas inquisidoras, sintiendo una vez más escalofríos,
pero olvidándose de ello en cuanto se topó con la puerta con los cráneos
negros. La abrió con sigilo.
El interior de la oficina no era muy distinto a como lo recordaba,
aunque parecía más desordenado que la última vez que estuvo ahí. El escritorio
estaba cubierto de pergaminos desdoblados y esparcidos en todas direcciones.
Algunos incluso habían caído al piso. Se aproximó, buscando algo que revelara
alguna información de importancia para la misión. Pero todos parecían listas de
nombres y requerimientos usuales sobre asuntos de recolectores. Miró a sus
alrededores. Lo único que iluminaba el interior era el fuego moribundo de la
gran chimenea y el resplandor del portal. A su derecha se extendía un gran
pasillo lleno de libreros y estantes. Pensó en lo que Lucius había dicho, pero
no estaba de más echar un vistazo. Por un segundo deseo haber pedido la lámpara
a Leonard, pero luego recordó que en momentos sus ojos se adaptarían a la poca
iluminación, pero no tenía tiempo de esperar.
Se paseó entre los libreros, palpando la pared detrás en busca de
algo que pareciera extraño. En los primeros había frascos y botellas de todos
tamaños con etiquetas de papel adheridas a cada uno. Otros exhibían figuras de
madera, entre otros objetos decorativos. Más allá comenzaban los libros. El que
buscaba en definitiva no estaría ahí, pensó. Pero era posible que alguno
sirviera como palanca para abrir algún pasadizo secreto. Recordaba haber leído
algo así en una historia o quizá alguien se lo había contado. Palpó los lomos,
todos eran muy similares. Conforme sus ojos se fueron adaptando vio que la
mayoría eran de color café o marrón. En la oscuridad podían pasar por el
encuadernado rojo de su objetivo, pero estaba claro que Darkus no lo haría tan
fácil.
Conforme se movía de un lugar a otro, intentaba buscar con el pie
alguna parte del suelo que pareciera estar suelta o donde hubiera un hueco. Sin
embargo era difícil ya que todo estaba cubierto con alfombras llenas de polvo.
Sin darse cuenta había vuelto al escritorio. Lo rodeó, buscó en
cajones y en los bordes de la madera. Luego observó la vitrina donde reposaba
la enorme guadaña. De pronto parecía amenazante, quieta, como esperando el
momento perfecto para atacarlo. Después se le ocurrió que era ridículo pensar
que el objeto tenía vida propia, aunque emanaba una energía peculiar. La luz
verdosa que se colaba por la ventana, combinada con la que provenía del fuego,
creaba rostros cambiantes en la gran cuchilla plateada. Se dio la vuelta,
alejando aquellos pensamientos. La tensión lo ponía paranoico.
Notó un sonido lejano, algo que parecía un búho ululando. Continuó
en busca de alguna otra cosa que pareciera sospechosa sin darle mucha
importancia a aquello. Hasta que recordó que por ahí no había búhos, o al menos
nunca había visto uno cerca de la mansión, solían merodear los bosques.
Sin ningún aviso el cerrojo de la puerta chasqueó. Edward se
agachó, ocultándose debajo del escritorio tan rápido como pudo. El terror no
tuvo tiempo de sorprenderlo, pero una vez escondido debajo, sintió que las
piernas se le entumecían. Los sentidos parecieron abandonarlo por un segundo y
la cabeza empezó a darle vueltas.
Entre dos pergaminos que caían desde el borde pudo ver una silueta
cruzando el umbral. Se había terminado, Darkus iba a encontrarlo. ¿Cómo podría
excusarse? Su mente se puso en blanco, no tenía solución. Comenzó a temblar,
pero se obligó a quedarse quieto. No emitió ni un sonido. Por un lado era
fácil, al menos no debía aguantar la respiración, pero el resto de él se
estremecía con violencia. Entonces notó algo extraño. La silueta era demasiado
grande y ancha para pertenecer a Darkus. Quien había irrumpido en la oficina
era Balthus. Caminaba con pasos torpes hasta unos de los estantes en los que
Edward había buscado minutos atrás. Parecía cauteloso. Cuando la puerta se
cerró de golpe ambos se sobresaltaron. El muchacho se cubrió la boca con ambas
manos, pero el hombre estaba más ocupado asegurándose que nadie había entrado.
¿Porqué estaría tan nervioso?
Se puso frente al estante, como meditando lo que estaba a punto de
hacer. Luego abrió una de las puertas de vidrio, extrajo una botella, removió
el corcho y dio un trago breve. Miró detrás para reafirmar que estaba solo y
empinó la botella dos veces más antes de rellenarla con otra que estaba cerca.
Colocó el corcho y la puso de vuelta en su estante para luego salir de ahí tan
rápido como había entrado.
Edward, aún entumecido y confundido, se quedó un rato más debajo
del escritorio, abrazándose las piernas. Había estado muy cerca, pero por
fortuna Balthus ni siquiera sospechaba de su presencia en la torre.
Salió de dónde estaba. Las piernas aún no le respondían del todo,
pero debía seguir. Mientras se apoyaba en el borde del escritorio para
recuperar la postura notó algo que no había visto antes. Un destello verdoso lo
impactó, proveniente de entre el retrato y la repisa sobre la chimenea. En ese
espacio había una pequeña placa en la cual se leía el nombre y título completo
de Darkus, a quien no sólo se le acreditaba como director, sino como protector
de Gloom Town. El muchacho soltó un respingo de escepticismo. Por alguna razón
se sentía atraído hacía la placa, algo había en ella, algo inusual.
Acercó la mano para tocarla, pasó el dedo sobre el borde y luego
lo posicionó en el centro. Presionó con delicadeza, comprobando su sospecha. La
placa era un botón muy grande en a pared. Esta vez puso suficiente fuerza,
empujándola con las yemas de los cinco dedos.
El interior de la chimenea emitió un ruido metálico, como si una
máquina se pusiera en marcha después de siglos de quietud. De pronto algo
pesado cayó desde lo alto, deslizándose en las paredes internas. Edward se
sobresaltó, la cosa estaba haciendo demasiado ruido. Miró frenético a su
alrededor, esperando que Balthus volviera o peor, que esta vez fuera Darkus
quien entrara.
En el hueco apareció un borde de madera, como una gran boca
abriéndose. El cajón oculto descendió y se detuvo justo antes de tocar los
restos de leña cuyo fuego estaba por extinguirse. El ruido cesó.
El muchacho se sintió aliviado, pero no lo suficiente, el ruido
aún podía haber atraído la atención de alguien. Miró dentro del compartimento
secreto. En él reposaba un libro grande, cubierto de piel rojiza, remendada con
cuidado y con detalles dorados grabados en la portada. Le sorprendió ver
espesas telarañas y una gruesa capa de polvo cubriéndolo. Ahora comprendía
porque Lucius no le había advertido sobre un reemplazo. Era probable que Darkus
no hubiera tocado el libro por muchos años. Removió las telarañas y lo tomó con
cautela. Extrajo, del saco que llevaba al hombro, el libro que había comprado
para ponerlo en lugar del otro. En cuanto lo colocó, el cajón inició su rugido
una vez más. Comenzó a subir, cerrándose y haciendo su camino hacia la parte
posterior de la chimenea.
El proceso tardó menos tiempo, pero fue igual de escandaloso. Aún
así, Edward se sintió intrigado por el libro que sostenía, dándose tiempo para
revisarlo. El interior era tal como Lucius lo había descrito, paginas negras en
su totalidad. Los trazos, planos y líneas que las llenaban estaban trazadas con
tinta plateada que resplandecía con cada movimiento. Había esquemas, dibujos y
anotaciones con una caligrafía apresurada. En algunas partes grandes manchas se
cernían sobre el texto. Algunos otros pasajes eran ilegibles porque alguien
había pasado la mano mientras la tinta aún estaba fresca.
Se apresuró a cerrarlo. Comprendió que todavía estaba a la mitad
de su misión, aún debía salir de ahí sin ser visto. Guardó el libro en el saco
y se dispuso a salir tan rápido como pudo.
Hasta ese momento cayó en cuenta de un pergamino que asomaba entre
el resto que se esparcían sobre el escritorio. Lo había visto antes, pero entre
letras y esquemas no le dio mucha importancia. Un destello de la luz en la
ventana lo marcó, como si alguien hubiera querido que lo viera en aquél preciso
momento. En él sólo había escritas unas cuantas palabras, pero lo suficiente
importantes para quedarse grabadas en su mente. Con un trazo rápido, preciso y
calculado a la perfección el escrito decía: El
momento de actuar se acerca.
Lo leyó una y otra vez para asegurarse que no había leído mal.
Quería remover lo que estaba encima para ver el resto del texto, pero no estaba
seguro de poder acomodarlo todo de nuevo en su lugar.
Comenzó a reflexionar el significado de ello, pero el terror lo
invadió de nuevo cuando el claro retumbar de pasos se hizo presente en el
pasillo externo a la oficina. No tuvo tiempo de pensar en su siguiente
movimiento. Sólo alcanzo a dar una mirada rápida a todo para ver que nada
estuviera fuera de lugar. No podía esconderse, era posible que Darkus estuviera
volviendo para quedarse. Si permanecía ahí, era cuestión de tiempo para que lo
encontrara. Su única salida ahora estaba bloqueada.
Se dio la vuelta, quizá podía escalar por la chimenea. Se acercó,
agachándose para introducirse en el agujero, pero el fuego, aunque ya era muy
pequeño, de inmediato comenzó a quemarle la ropa. Era una pésima idea. El
resplandor verdoso le iluminó la cara, recordándole que había una ventana ahí.
La abrió al tiempo que la manija de la puerta daba vuelta,
cediendo el paso a otra silueta en la oscuridad. Sin mirar que había debajo,
saltó por la ventana, sin soltarse del borde, mientras con la otra mano pudo
cerrarla. Fue tan rápido que no se dio cuenta de cómo lo había logrado.
Alcanzó a ver la alargada figura que se introducía en la oficina.
Su paso era lento, parecía pensativo. Edward sintió cierto alivio pues eso le
indicaba que no se había dado cuenta de lo que había sucedido esa noche. Aunque
no podía estar seguro por completo.
Su calma momentánea fue invadida de nuevo por el horror cuando
comprobó que debajo de él no había nada más que los tejados más bajos de la
mansión, seguidos por el abismo sombrío entre las montañas que la rodeaban.
Podía intentar aterrizar en uno de los tejados, pero podía ser que
rodara hasta el abismo, o podría romperse varios huesos en el proceso. Además
de que llamaría mucho la atención y todos se preguntaría que demonios hacía
allá arriba en primer lugar.
Comenzaba a sucumbir a su propio peso. Lo único que lo separaba de
caer, eran los ocho dedos que se aferraban al borde de la ventana. Éste comenzó
a crujir, lo cuál podía llamar la atención de Darkus.
Las manos empezaron a temblarle, ocasionando que los brazos se
sacudieran. El cuerpo entero se estremecía y comenzaba a perder la sensibilidad
en su mitad superior. El viento le azotaba el rostro, cortándolo como pequeñas
navajas. Sentía el peso del libro halar el cordel del saco, hundiéndolo en su clavícula,
cada vez más. Todo eso sin contar que el frágil borde de madera estaba a punto
de romperse.
Intentó escalar un poco el muro, pero era demasiado liso para
hacer cualquier progreso. Lo único que lograba era unos segundos de calma antes
de volver a sentir todo el peso halarlo hacía la oscuridad.
Algo se movió en las sombras debajo de él. No pudo observarlo
bien, pero se movía con rapidez desde uno de los balcones. Primero le pareció
un gran trozo de tela que volaba en el aire, vio que se dirigía hacia él.
Entonces sintió que las piernas se le hacían ligeras y el peso de todo
disminuía. Se soltó del borde, en parte porque ya no resistía más, sintiendo
como su cuerpo entero flotaba. Sostuvo entre sus dedos las crines de Ace, aún
confundido, pero agradecido de que su fiel compañero estuviera una vez más ahí
para él.
—Gracias, amigo —dijo en un susurro, luego le indicó que bajaran
hasta la puerta cerca del jardín.
Con las sombras tan largas que se proyectaban en la parte más baja
de la mansión era difícil que alguien lo viera. Aún así descendieron tan
cautelosos como les fue posible, ocultos en las partes oscuras. Así fue como
alcanzaron la puerta oculta debajo de la gran escalera.
Edward se detuvo un momento antes de entrar al pasillo. Quería
acabar cuanto antes con todo eso, pero debía recuperarse antes de ver a Lucius.
Le tomó unos minutos más. Cuando por fin se introdujo por el agujero en el
piso, recordó que siempre olvidaba llevar una linterna. Se había acostumbrado
ya.
Bajó las escaleras arrastrando los pies, aún estaba sobrecogido por
todo lo que había pasado y lo rápido que fue. Por un segundo habría dicho que
fue fácil, pero la verdad es que no lo consideraba así.
Empujó la puerta, luego se acercó al espejo.
Por un segundo se vio a sí mismo reflejado en la superficie
oscura. Aquello era inusual, ya que las sombras en el interior consumían toda
luz que pudiera iluminar el espejo. Aún así distinguió a la perfección su
pálido rostro antes de que éste fuera reemplazado por la máscara blanca de
Lucius, quién apareció como un espectro entre la negrura.
—¡Edward! —exclamó con un júbilo raro en él —. Dime que todo ha
salido bien.
El muchacho se limitó a extraer el libro del saco.
—Es una forma de decirlo —respondió.
—¡Vaya! ¡Excelente! Por fin las cosas comienzan bien para mi —festejó
el hombre. Edward no dijo nada. Había sido invadido por un repentino cansancio.
Pensó que una siesta larga no le caería nada mal en aquél momento.
—Bueno, alégrate, mi amigo. Todo ha salido bien ¿no? —reiteró
Lucius. Juraba que la boca en la máscara ahora estaba sonriendo, pero era
probable que el cansancio le estuviera engañando la vista.
—Eso creo. Darkus entró en el último momento. No sé si se habrá
dado cuenta de algo —dijo con pesar. Hasta entonces no tuvo tiempo de apreciar
las alternativas de lo que podía haber pasado. Por lo que sabía, quizá Darkus
ya había enviado a alguien a buscar al perpetrador. Con seguridad no sabría que
era él, pero si no era cuidadoso no tardarían en encontrarlo.
—No es motivo de preocupación, muchacho. Tenemos lo que buscábamos.
Sólo debes andar con cuidado, sé precavido y no levantes sospechas ni atención
indeseada.
El tono condescendiente de Lucius lo irritó un poco, pero tenía
otras cosas en mente como para rebatirlo.
—Ahora, si fueras tan amable de entregármelo —le indicó con cierto
misterio en la voz. Edward se dispuso a hacerlo, pero entonces se le ocurrió
que no quería acercarse demasiado al espejo. Las sombras en su interior parecían
inquietas, algo en lo que nunca había reparado.
—No estoy seguro.
—¿Qué dices? —inquirió el hombre, molesto. La máscara, en
definitiva, había cambiado de expresión en ese momento.
—Sólo quiero estar seguro de que no acabaré del lado equivocado
del espejo —expuso Edward, firme.
Lucius se detuvo a pensarlo. El muchacho lo observaba con cuidado,
buscando entre la negrura de las cuencas vacías. Ya era tarde para desconfiar
de él, por supuesto. Pero no era él quien le preocupaba, sino el mundo que
yacía más allá del cristal. Un mundo del que nada sabía y en el que no quería
terminar por un descuido.
—Eso no va a pasar —explico con calma el hombre —. Yo no puedo
salir y tú no puedes entrar. No permitiré que pasé.
—¿Pero entonces es posible?
Lucius guardó silencio. Aquello preocupó a Edward.
—Tendrás que confiar —dijo por fin.
Después de otro momento de reflexión, el muchacho acercó con
cautela el libro. En el interior del espejo pudo escuchar voces, lejanas en un
principio, pero entre más se acercaba, éstas parecía incrementar. Primero
parecieron susurros, pero pronto se convirtieron en horribles lamentos y
gritos. Algunos ni siquiera
parecían humanos.
Con cada paso las voces penetraban más en su mente hasta haberla
invadido. Quería soltar el libro y huir de ahí, pero algo lo atraía, una fuerza
de la que no podía soltarse. Algo se aferraba a sus muñecas, como delicadas
manos dispuestas a tirar de él en cualquier momento.
El libro rompió la barrera del espejo, como si estuviera
atravesando una cortina de humo que él pudiera ver. De inmediato Lucius se lo
arrebató y sintió como las manos que lo atraían, ahora lo empujaban con
violencia. Los lamentos se detuvieron de súbito. Estaba fuera del trance, yacía
en el piso cerca del espejo. Al darse cuenta de ello, horrorizado, encogió los
pies y se alejó de las sombras como si le quemaran.
—¿Qué demonios ha sido eso? —dijo con voz quebradiza.
—Te dije que no lo permitiría. ¿Ahora confías en mi? —respondió
Lucius. También él parecía exhausto.
Edward asintió. Temblaba, sentía un terrible frío que poco a poco
se fue dispersando, pero que no olvidaría con facilidad.
—Bien, creo que ha sido suficiente para ti. Te pediré que me des
unos días antes de poder descifrar esto —dijo señalando unas páginas del libro
abierto —. Mientras tanto recuerda lo que te he dicho. Sé precavido y mantente
fuera de problemas.
Observó al hombre, quería decirle que él podía tomar sus propias
decisiones, que no necesitaba que nadie le dijera que hacer y mucho menos cómo
hacerlo. Después se sintió frustrado, porque ahí, tirado en el suelo, muerto de
miedo, debía parecer un pequeño asustado.
Se levantó con furia y dio la espalda a Lucius.
—Volveré cuando lo crea conveniente —espetó, en un último intento
por tener la última palabra. Sin más, dejó atrás el salón, subió por las
escaleras ocultas y escaló por el hueco en el suelo hasta alcanzar el exterior.
La noche era fresca y la luna ya había comenzado su descenso hacia
el cañón. Pero nada de eso le importaba. Lo único que quería era irse a casa,
meterse en las cobijas y que nadie más lo molestara.
Los siguientes días fueron muy tensos para Edward. Estuvo mirando
sobre su hombro más de lo debido y sospechaba de cualquier cosa que en otros
días hubiera sido de lo más normal. Se sentía observado. Lo que más le
preocupaba era toparse con Darkus.
Una cosa era segura. De haber sabido el director que alguien había
entrado aquella noche en la torre, ya habría visto movimiento o alguna campaña
para interrogar a quienes pudieran haber visto algo sospechoso. La otra cosa
que lo tranquilizaba era que de saber quien era el culpable, habrían enviado
por él de inmediato bajo cualquier excusa. Aunque, por supuesto, Darkus podía
estar esperando que Edward se sintiera cómodo y despreocupado para entonces
atacarlo. Pero eso le parecía poco probable.
Así transcurrieron varios días en los que no bajo la guardia por
un segundo. Leonard le había aconsejado que se relajara, pues si seguía
sobresaltándose cada vez que lo llamaban para saludarlo o hablarle, comenzaría
a levantar sospechas con su inusual comportamiento.
No logró hacerlo hasta que un día, mientras cruzaba el vestíbulo
para ir al túnel, el mismísimo Darkus Grim caminaba hacia él. Primero se le
ocurrió pretender que no lo había visto y pasar de largo, pero su presencia ahí
no era cualquier cosa. Todos con los que se encontraba lo saludaban o al menos
inclinaban la cabeza con respeto. Pensó en hacer esto último y apresurarse a
seguir con sus cosas. Entra más rápido pasara sería mejor, pero aquel tramo de
pronto se volvió interminable.
Por fin estaban a una distancia corta el uno frente al otro.
Inclinó la cabeza con exageración, lo cuál no fue buena idea, pues Darkus ni
siquiera parecía que fuera a notarlo hasta que hizo aquel ademán. Entonces
decidió que con eso sería suficiente, hasta que la hoz se le resbaló de las
manos y cayó con un estrépito, seguido de varios pergaminos que llevaba en el
otro brazo. El director se acercó de inmediato para ayudarlo, junto con otros
dos recolectores que estaban cerca.
—¿Se encuentra bien, señor Blackwells? —pregunto el hombre.
—Sí... sí, todo está muy bien. Gracias —respondió el muchacho,
sorprendiéndose de lo bien que había fingido estar bien.
—De acuerdo, vaya con más cuidado —le dijo, mientras le entregaba un
pergamino y seguía su camino como si nada hubiera pasado.
Eso fue todo, sin comentarios sarcásticos o amenazadores. No hubo
miradas de advertencia. De hecho el hombre parecía absorto en sus pensamientos
y no pareció notar a Edward más de lo usual. Eso sólo podía significar que no
sospechaba nada. Incluso podía ser que ni siquiera hubiera notado la falta del
libro.
Aquel encuentro lo tranquilizó casi de inmediato. Siguió su día
muy animado. Después le contó a Leonard sobre ello, quién le confirmó que no
tenía nada que temer.
Se sentía tan aliviado de todo ello que decidió ir esa misma noche
a ver a Lucius. Había pasado al menos una semana después de que se introdujera
a la torre. Suponía que era un tiempo más que suficiente para que hubiera
descifrado algo.
Esperó a que cayera la noche antes de hacer cualquier movimiento.
Una vez que la oscuridad podía servirle como escondite de nuevo, se puso en
marcha.
Cuando entró al salón, miró con recelo el espejo. No podía sacar
de su mente las horribles voces que había escuchado. Lucius ya estaba ahí, como
si supiera que tendría visitas. Tenía el libro abierto sobre el regazo.
—Darkus no iba a hacerlo fácil, por supuesto —dijo, sin siquiera
levantar la vista para saludar a Edward.
—¿A qué te refieres?
Las oscuras cuencas se posicionaron en el muchacho.
—No sólo escondió el cetro, lo partió y esparció las piezas por
todo el lugar —dijo sin abandonar el tono enigmático. La expresión en su
máscara estaba recta e imperturbable.
Edward no dijo nada, por lo que Lucius continuó.
—Por fortuna conozco un poco su mente y creo saber en dónde está
cada pieza. Una, por ejemplo, la tenemos aquí mismo —señaló el libro con ambas
manos.
—¿El libro es parte del cetro?
—No, pero requiere un ritual para devolverle la energía. Cuando
Darkus lo partió, también lo despojó de todos sus poderes. Quizá no sabía lo
que hacía, quizá era con exactitud lo que quería.
—¿Qué clase de ritual?
Lucius guardó silencio, después respondió
—Hablaremos de eso después. Mientras tanto deberemos planear que
piezas buscarás primero.
—Será mejor que me digas de una sola vez cuántas son y cómo las
encuentro —dijo Edward decidido. Su ímpetu se quebrantó cuando Lucius dejó
salir una risa burlona.
—Admiro tu energía, muchacho. Pero no es tan fácil. Dónde sea que
las haya oculto, no lo hizo sin pensarlo. Habrá cosas que las protejan,
criaturas que las resguarden. Deberás prepararte para ello.
—¿Qué clase de criaturas?
—Exacto. ¿Cómo saberlo? Nos espera una interesante aventura.
Lucius extendió el libro hacia Edward, quien por instinto se
alejó. No quería tener que acercarse de nuevo al espejo. El hombre comprendió y
abrió la página en la que estaba. Sujetó el libro para que al otro le fuera
visible lo que había en él.
—Da un paso atrás —advirtió. Edward lo hizo.
Las páginas del libro parecieron derramarse frente a él y romper
la barrera del cristal. Comenzaron a extenderse como volando en un viento que
las acomodaba en una posición exacta. Conforme el rompecabezas se fue armando,
éste revelaba una serie de líneas conectadas que formaban símbolos esparcidos
por una gigantesca hoja en medio del salón. De algunos signos emanaban estelas
de luz plateada que revoloteaban sobre la superficie y fluctuaban de un lado a
otro, como una aurora boreal en miniatura.
Unos momentos después, el plano había terminado de revelarse en su
totalidad.
—Impresionante —murmuró Edward.
—Lo sé, un truco sencillo, pero interesante. Ahora dime, ¿qué es
lo que ves?
Observó el plano con detenimiento. En un principio parecían un
montón de líneas y círculos deliberadamente complejos. Pero al estudiar los
signos que marcaban puntos específicos empezó a relacionarlos con cosas que
conocía.
Vio una luna menguante, un cráneo, una rosa y un telescopio. En
los lugares donde no había signos de ninguna clase, todo estaba lleno de trazos
cortos en varias direcciones que le recordaron las manchas verdosas que
formaban los grandes grupos de árboles desde el cielo. De no haber volado sobre
el pueblo, quizá nunca hubiera reconocido lo que tenía enfrente.
—Es un mapa de Gloom Town —aseguró.
—Exacto. Y ahí, donde las estelas cruzan, ahí es dónde deben estar
ocultas las piezas. Es lo único que se me ha ocurrido hasta ahora.
Admiraron el mapa en silencio otro rato, hasta que a Edward se le
ocurrió otra pregunta.
—¿Cómo sabremos identificar las piezas?
Lucius ya se había adelantado. Sostenía otra página del libro con
dos dedos como si fuera algo de suma delicadeza. En ella había bosquejos y notas.
—Nuestro amigo fue muy amable en dejarnos claro eso. Al parecer
estaba estudiando la naturaleza de cada una. No llegó a ninguna conclusión
importante. Pero nos dejó esquemas precisos de cómo luce cada una.
La habilidad de dibujo de Darkus era buena, lo suficiente para
lograr imaginarse como se vería el objeto real. Entre las piezas resaltaban una
roca transparente, un medallón con forma de gota que parecía tener grietas en
su interior, algo pequeño con espinas oscuras y una esfera cuyo contenido asemejaba
un remolino. Las tres restantes debían ser partes del cetro como tal, pues
estaban conformadas por dos mangos largos y la última recordaba a un hacha con
alas de murciélago por hojas. Ésta le pareció familiar.
—De modo que tendremos que encontrar siete escondites alrededor
del pueblo —pensó Edward en voz alta.
—O dentro de él —aclaró Lucius.
—¿Y se supone que debo hacerlo yo solo? —su tono adquirió cierta
incredulidad. Después del episodio en la torre, un poco de ayuda no le vendría
mal. Pero a los únicos que tenía eran Leonard, quien quizá no querría
involucrarse y Lucius, que no era de gran ayuda atrapado en el espejo. Por un
segundo pensó en Eliza, pero no la conocía lo suficiente para implicarla en
aquello. Sin embargo, que le enseñara algunos trucos sería bueno.
—Preferiría que no hablaras de esto con nadie. No sabemos en quien
se puede confiar. Aún así, no estás solo. Yo te ayudare buscando pistas y
descifrando que es lo que Darkus puso para ocultar o proteger las piezas. Al
menos con esa información podrás prepararte antes de cualquier búsqueda.
En eso tenía mucha razón, pensó Edward.
—Bien, de acuerdo. Aún así no creo poder con esto por mi cuenta.
Así que tendrás que confiar si elijo involucrar a alguien.
Lucius estaba renuente a tal idea, pero no mostró oposición
alguna. Si él pedía confianza, debía entregarla por igual.
—Sólo sé muy precavido. Si le cuentas a alguien, ya no habrá
marcha atrás para ellos tampoco.
—¿Y ahora que sigue? —preguntó el muchacho, sin prestar mucha
atención al último comentario.
—Estudiare las piezas y sus posibles escondites. Veré cuales
conviene encontrar primero. Dame un par de días. Estoy seguro que para entonces
tendré lo que necesitamos para iniciar la búsqueda.
Edward asintió.
Las hojas comenzaron a dispersarse de nuevo, para después volver
al libro detrás del espejo.
—Quiero agradecerte de nuevo, Edward. Sin tu ayuda nada de esto
sería posible. Con el libro en mis manos hay una nueva esperanza de devolver
las cosas a como deben ser. Y, quizá, yo también pueda volver a ser quien era.
El dejo de tristeza en la voz del hombre conmovió al muchacho.
—Así será. Lograremos ponerlo todo en su correcto sitio —aseguró.
—Me gustaría preguntarte algo —la voz de Lucius se tornó en una
temible seriedad —. Dime, por salvar Gloom Town y a su gente ¿qué estarías
dispuesto a hacer?
La pregunta lo tomó por sorpresa. Estaba claro que no dejaría de
luchar por su hogar. No iba a permitir que nada le hiciera daño o lo cambiara
en algo diferente. Pero no estaba seguro de su capacidad para hacer algo que
considerara incorrecto o inmoral. No esperaba enfrentarse con una decisión así.
Sí el bien más grande lo requería, entonces quizá no tenía más que decir.
—Haré lo que esté en mis manos y daré todo de mi. Lo que sea por
que las cosas permanezcan como son ahora —respondió con determinación.
—Estoy seguro que sí. Me alegra saberlo.
A veces cuando Lucius hablaba, le hacía sentir escalofríos. Esa
voz ligera como un susurro, a la vez firme, convencida de todo cuanto decía y
siempre calculadora, le hacía pensar en cosas que estaban en lo más profundo de
su mente, pero que yacían ahí sin perturbarlo. No lo comprendía del todo, pero
quizá así era mejor. Era como si algo en cada palabra que decía quisiera
alcanzar un rincón oculto de su mente. Pero se consideraba con la fuerza y
voluntad suficientes para saber si estaba siendo manipulado. Sabía que todo lo
que había decidido en aquel asunto había sido por sus propias convicciones, de
eso estaba seguro.
—Entonces volveré en un par de días —aseguró, como siempre, con la
intensión de tener la última palabra.
—Estaré preparado. Hasta entonces.
Aquella noche no se dirigió a casa. Tenía mucho en que pensar. Dio
un paseo por la plaza y el centro. Continuó hasta llegar al parque. Se encontró
llegando a los límites del bosque del Este, cruzando los grandes monolitos en
dirección a una alta escalera de madera, pasando por un tramo amplio entre
árboles y maleza. Pronto se dio cuenta, que de manera inconsciente, había ido a
parar en el mirador.
Era la segunda vez que lo visitaba, aún así se estaba convirtiendo
en uno de sus lugares favoritos. Subió por las amplias escaleras que crujían
con suavidad bajo cada uno de sus pasos. Era un crujido reconfortante, casi tan
bueno como el de las hojas secas cuando caminaba por el bosque.
Una vez en la parte alta, se acercó al barandal del balcón, el
punto más alto del mirador. Tal como la última vez, Gloom Town se revelaba ante
él como una maqueta en el aparador de una tienda, iluminado por la gran esfera
plateada que se alzaba en el amplio cielo nocturno.
En las diminutas ventanas podía distinguir las llamas de las velas
temblando, algunas siendo sofocadas. La gente tranquila en sus hogares,
descansando a la luz de las chimeneas, cuyas ligeras humaredas subían hasta
dispersarse en el cielo y no verse más. No tenían idea de todo lo que estaba
sucediendo o que estaba por suceder. Sólo Edward, un muchacho solitario recién
llegado al pueblo, sabía la gran conspiración que comenzaba a develarse poco a
poco.
Observó la silueta oscura más allá del bosque, la mansión que
guardaba tantos secretos. Pensó en Darkus. Casi podía verlo sentado tras su
escritorio, con las manos entrelazadas y la barbilla apoyada en ellas, pensando
su siguiente movimiento como si se tratara de un supremo juego de ajedrez.
Quería sentir aversión, quería odiarlo. Así las cosas serían más
fáciles. Pero se dio cuenta que no podía. A pesar de conocerlo poco, sabía a la
perfección que el poder era peligroso, corrompía a quienes poseían más de lo
debido. No era la primera ni la última vez que algo así sucedía. Incluso la
idea de salvarlo le pareció un incentivo para llevar a cabo los planes que
Lucius y él habían trazado. Tal vez al final se daría cuenta que manipularlo
todo a su favor para tener poder absoluto no era la respuesta. No parecía una
mala persona, sólo alguien cuyas decisiones estaban equivocadas.
Aún así no iba a permitir que sus errores se llevaran entre patas
aquello por lo que estuvo esperando una vida entera. Podía haberlo hecho con
cualquier pueblo, con cualquier gente, con cualquier lugar, excepto Gloom Town.
Aquél era su utopía, y si había dudado en el momento que Lucius cuestionó
que tanto era capaz de hacer por salvarlo, ahora sabía que estaba listo, que no
se doblegaría con facilidad. Si
salvar su hogar le demandaba arriesgar su alma misma, entonces lo haría.
A su cabeza llegaron todos los recuerdos desde el primer día en
que había estado ahí. La noche en que despertó en el bosque confundido, sin
saber que sucedía ni a donde debía ir. La primera visión que tuvo de la mansión
y las almas que moraban en ella. Leonard llevándolo por todo el lugar hasta el
Ojo, quien le permitió elegir su propio destino, un nuevo comienzo. Ahora era
un recolector y la noble tarea del recolector consistía en proteger a las almas
en el difícil cruce entre la vida y la muerte. Pero no sólo eso, su deber iba
más allá, debía protegerlas incluso después del proceso. Si estaban en peligro,
lo menos que podía hacer era recordar su juramento y llevarlo a cabo, cada día
de su nueva vida, sin importar lo que sucediera.
Las almas descansaban tranquilas en sus casas, porque sabía que
había alguien velando por su bienestar y aunque su fe quizá estuviera puesta en
la persona equivocada, no estaban incorrectas al pensar que alguien estaba ahí
para ellos. Alguien que en sus momentos más oscuros, se levantaría en su nombre
para protegerlos de cualquier cosa que amenazara su tranquilidad.
Sí, ahora estaba por completo seguro. Por el bienestar de Gloom
Town, era capaz de hacer lo que fuera necesario.
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