Conforme se acercaban los días finales de Otoño, el trabajo
incrementaba en la mansión. Los recolectores cuyo trabajo se enfocaba en las
esencias de la naturaleza eran los más ocupados. Se les veía marchar por el
puente la mayor parte del día. Volvían por el portal con sacos repletos de
frascos y cajas. Edward no había estudiado demasiado al respecto, pero sabía
que debían guardar aquellas esencias en la mansión hasta pasado el invierno.
Después algunas volverían a la tierra de mortales y otras se quedarían en Gloom
Town. No tenía idea de que dependía aquello.
Los recolectores como él (encargados de las almas humanas),
también tenía más trabajo. Aunque en su caso era un trabajo emocional. El lazo
entre las almas y el recolector era mucho más fuerte en aquellas épocas, porque
a la gente le costaba más aceptar su muerte.
Tan sólo en una tarde había tenido que posponer el cruce de tres
personas que le habían implorado quedarse un poco más con sus familias y
amigos. Edward comenzó a preguntarse porqué debía ir hacia ellos si aún no era
su momento de partir. Pero supuso que era una buena manera de advertirles que
su tiempo en ese mundo estaba por llegar a su fin. No podía sacarse de la
cabeza aquello que Eliza había dicho sobre los recuerdos. En especial ahora que
muchos conversaban acerca que como solían celebrar las festividades cuando estaban
vivos. Aunque él lo recordaba, todo eso le hacía pensar en los espacios en
blanco que había en su memoria.
El humor nostálgico se hizo aún más denso el día previo al
solsticio de Invierno.
Comenzó como cualquier otro día en la mansión. Edward llegó
temprano. Se metió al salón de casilleros, se puso el abrigo y tomó la hoz. A
algunos recolectores les gustaba llevar el rostro cubierto o algún accesorio
que los enalteciera. Pero a él siempre le pareció que era mejor la sencillez.
Creía que la gente tenía suficiente con la noticia de estar muertos como para
aún soportar que se la entregara un ser estrafalario. De modo que el prefería
llevar el rostro descubierto y nada más.
Recogió sus listas en uno de los salones, procedió al ya familiar
ritual de caminar por el puente. Si llegaba a encontrarse con algún conocido lo
saludaba con amabilidad. Colocó su lista en el marco y procedió a saltar al
abismo, cosa que no dejaba ser tan emocionante como la primera vez. Por más
experiencia que tuviera, jamás sabía con lo que se iba a encontrar.
Sintió el familiar cosquilleo de la excorporeación, mientras caía
por el vórtice vaporoso. Observó las siluetas amorfas que pasaban con rapidez
de abajo hacia arriba, como si se tratara de un elevador de cristal.
Por fin llegó a su destino. Una fría habitación como tantas otras
que había visitado. De inmediato lo invadió una profunda tristeza. No era la
primera vez que sucedía, pero sí era más fuerte de lo que hubiera sentido antes.
Aunque aquel lugar podía haber sido una magnífica residencia, en la habitación
no había más que unos cuantos muebles destartalados. Se podría haber pensado
que el lugar estaba abandonado, por la gruesa capa de polvo que lo cubría todo.
Uno de los muebles era una amplia cama en la que yacía aquel con quién debía
encontrarse. Por supuesto, era tan sólo su cadáver. El espíritu de Charles Jacobs,
el nombre que indicaba la lista, miraba por la ventana de la habitación.
Edward supo que estaba triste, ensimismado y con la mente en un
lugar lejano. También supo que a pesar de ello, Jacobs estaba al tanto de su
presencia en el cuarto.
—Mi tiempo llegó a su fin —murmuró. Aún si el muchacho no supiera
de la tristeza que había en el corazón del anciano, con estas breves palabras
la habría percibido.
—Es tan sólo el inicio —dijo él.
El espíritu se dio la vuelta despacio. Tenía miedo. Sin embargo su
expresión cambió al verlo.
—Pero si eres un chico —mencionó, con la misma voz apagada de
antes —No eras a quien yo esperaba.
—¿Esperaba a alguien en especial?
El hombre pensó por un segundo y de inmediato se encogió de
hombros.
—No. Un viejo huraño como yo... ¿a quién podría esperar? Quise que
todos se alejaran de mi. Supongo que al final lo conseguí.
—Es tiempo de irnos —señaló Edward. Estiró su mano con suavidad.
Ninguno se movió. El anciano lo observó con detenimiento.
—Siempre pensé en la muerte como mi enemiga —dijo —. Imaginaba que
tendrías otro aspecto. Algo más amenazante.
—Es porque no soy la muerte, señor Jacobs. Tan sólo vengo en su
nombre —explicó Edward.
—No estoy seguro de entender —continuó el anciano. Después miró al
muchacho con suma curiosidad. Algo lo intrigaba de él.
—Dime, ¿te conozco? —inquirió
—Me temo que no, señor —respondió el recolector con amabilidad.
Sin embargo el hombre no dejó de mirarlo. Entonces se dio cuenta de algo.
—Sí, te conozco —aseguró —. Por supuesto que no me recordarías, te
vi cuando eras un pequeño. Pero
conocía a tu padre. Maximilian Blackwells. Tú eres Edward.
Él se sobresaltó tanto, que salió del trance. Algo que jamás le
había ocurrido. Por un momento se sintió indefenso. Se mantuvo serio y miró al
anciano. No le resultaba familiar.
—¿Porqué eres tú quién ha venido por mi? ¿Acaso tengo alguna
cuenta pendiente contigo? —reclamó el señor Jacobs, aún acongojado.
—Es mi trabajo. Llevarlo al nuevo mundo. Su relación conmigo, o
con mi padre, no tiene nada que ver con ello —explicó.
—Entiendo —pausó un segundo, con la mirada perdida —. Supe cuando
tu padre murió. Fue una pena, era un buen hombre.
—Sí, lo es —respondió Edward. recordó la última vez que lo había
visto y lo feliz que se veía con su madre. No había pensado en ellos hacía
mucho tiempo.
—También es una pena lo qué te sucedió.
Sintió como si algo lo golpeara en la nuca. Algo en su mente se
desató. Imágenes breves pasaron por la mente del recolector, justo como había
sucedido en la cabaña de Eliza. Nada era claro, pero lo llenaban de ira y
tristeza. Fue con ayuda de ello que el vínculo se recuperó y junto con él, su
autoridad. Este momento no debía ser sobre él, sino sobre el hombre que estaba
parado enfrente. Aunque no olvidaría con facilidad aquellas palabras.
—Eso no importa ahora, señor Jacobs. Es momento de irnos —afirmó
—. Sus asuntos en este mundo terminaron.
—No, no es así —el anciano agachó la cabeza y sollozó —. Temí a
este momento siempre y aún así, apenas me doy cuenta que estuve muerto mucho
antes de hoy.
Quiso seguir, pero el llanto no le permitió hablar. Edward se
limitó a observarlo. Él sabía cuando era prudente reconfortar a alguien. Éste
no era el caso.
—Uno piensa que las cosas se arreglarán —continuó, entre sollozos
—. Estaba seguro que alguien vendría, pero ¿porqué habrían de hacerlo? ¿Qué
otra opción tenían más que alejarse? Sí yo fui quien los empujó a ello.
Edward permaneció en silencio. Hasta ese momento sintió que era
apropiado acercarse. Puso una mano en el hombro del anciano, quién levantó la
vista y lo miró, implorando.
—Iré contigo, pero antes debes decirme, ¿es posible cambiar las cosas?
¿Puedo hacer algo para recuperar el tiempo perdido? —preguntó, aferrándose al
brazo del recolector como si de él dependiera esa oportunidad. El muchacho
pensó un poco antes de responder.
—No. Las cosas que han pasado no se pueden cambiar —aseveró —. Aún
así, puedo prometerle que lo siguiente será un nuevo comienzo y, si usted en
verdad lo desea, es posible que algún día se reúna con aquellos a quienes alejó.
Entonces podrá decirles todo lo que no hizo en vida. Quizá no sea pronto, pero
le diré algo. El tiempo no importa mucho en nuestro mundo.
El señor Jacobs escuchó con suma atención las palabras del
recolector. Estaba más tranquilo, aunque la tristeza seguía ahí.
Arrepentimiento, congoja e incertidumbre lo llenaban en ese momento, sin
embargo estaba listo.
Edward usó el marco de la ventana para abrir el portal. Apretó el
hombro del anciano en señal de apoyo. Ambos caminaron juntos y se introdujeron
en el espiral de luces.
Durante la transición, el muchacho no pudo evitar pensar en las
palabras del señor Jacobs. Resonaban en su mente, tentándolo. En ese momento
parecía que jamás lo iban a dejar tranquilo. No quería saber, era mejor no
saberlo. Luego pensó en sus padres y sintió una súbita nostalgia.
Sus pensamientos llegaron a una abrupta interrupción cuando
descendieron con suavidad en el salón de los vitrales.
El señor Jacobs estaba tan sorprendido
como la mayoría que pisaba aquel lugar por primera vez.
Continuaron su camino en silencio, mientras el anciano intentaba
procesar todo lo que sucedía a su alrededor.
Los pasillos ahora estaban decorados por guirnaldas entre los que
asomaban pequeñas moras violeta. En el interior de una de las estancias, un
escribano colocaba con sumo cuidado esferas de cristal en un enorme pino. Aquella
escena provocó un destello en la mente de Edward. En vida, su padre y él,
solían celebrar Navidad. Siempre había sido una época especial. Decoraban el
árbol y se reunían con algunas de las amistades de su padre para la cena. No
recordaba a nadie en específico, pero recordaba la calidez, la alegría, las
canciones y un bienestar que los rodeaba a todos como un abrazo. Aunque el
aspecto religioso jamás fue algo muy presente en su vida, recordaba celebrarlo
por los recuerdos y los sentimientos que traía. Incluso podía recordar que era
en ésta época cuando sentía más la presencia de su madre junto a él. Ahora
sabía que aquello era posible.
Pronto llegaron hasta la sala de espera ante la puerta del Ojo.
—Es tan lejos como puedo llegar, señor Jacobs —dijo Edward,
retomando su actitud servicial —. En breve estará en compañía de alguien más
que le indicará que hacer.
—Sí, de acuerdo —respondió el anciano, distraído. Casi
balbuceando.
El recolector se dio la vuelta, dispuesto a salir de la sala. Pero
sus pies se congelaron en el límite de la puerta. Se aferró al marco como si
fuera a desmayarse. Su mente era una madeja ruidosa de pensamientos. No tenía
nada claro, salvo la imagen de su padre decorando el pino con velas y un
profundo abismo del que emanaban susurros. Las cosas que decían le provocaban
enojo, aunque no sabía porque. Aquella podría ser la última vez que viera a ese
hombre. Quizá era el momento de saber algo más sobre su muerte. Tal vez así
aquellos susurros lo dejarían en paz.
Volvió.
Charles Jacobs lo miró, expectante.
—¿Cómo conocía a mi padre?
Los ojos cansados del anciano se detuvieron en los de Edward.
Caviló por unos instantes antes de hablar.
—Me debía una considerable suma de dinero —respondió —. Ahora lo
recuerdo. La deuda pasó a ti. Pensé que lo más humano sería esperar a que
lloraras su muerte. Esa fue una costosa decisión. Esperé demasiado. Sí. Ya lo
había olvidado.
—Usted sabe como morí —soltó Edward. El anciano lo observo,
confuso —. Por supuesto que yo también lo sé. Lo sabía... pero ya no. Lo olvidé
por voluntad propia. Sin embargo ahora siento la necesidad de que me lo diga.
—Sólo sé lo que escuché, muchacho —declaró Jacobs —. No son más
que rumores. Yo hubiera pensado que huiste para no pagarme, pero hasta hoy sé
que estaba equivocado. Nada de eso importa ya.
—¿Qué rumores?
—Bueno. Para empezar, hallaron tu cuerpo en el río.
Edward se quedó pasmado.
—Dijeron que fue suicidio —continuó —. Algunos dijeron que no
soportaste que tu padre te dejara solo. Otros que fue por una mujer. Como ya
dije, yo hubiera pensado que fueron las deudas. Pero ¿suicidio? No supe que
pensar cuando me enteré.
El muchacho se quedó en silencio. Él tampoco sabía que pensar. Si
antes su mente estaba confusa, ahora todo parecía peor. Aquella pieza del
rompecabezas no sólo no encajaba, sino que revelaba otras más que ni siquiera
parecían embonar.
Recordó todo lo que Eliza le había dicho. Se sintió como un tonto,
pues había dicho que esas cosas era mejor no tenerlas presentes y aún así no
había podido evitar inquirir en asuntos que creía que no tendrían importancia.
Sentía que tendría la fuerza suficiente para soportarlo, pero se había
equivocado.
Ya no sabía si era mejor no saberlo.
—Gracias, señor Jacobs —dijo Edward. Se retiró de la sala y se
dirigió al puente de nuevo. Debía continuar sus deberes. Si tenía una habilidad
era la de poder enfocarse en algo y apartar ideas de su cabeza. Aunque fuera
por unas horas nada más.
Ahora sabía. Quizá olvidar las cosas no había sido el mejor
camino, sino una solución conveniente en el momento. Pero las imágenes que
llegaban a su mente estaban ahí por alguna razón. Tal vez el ciclo que debía
cerrar era el de superar su pasado, en lugar de olvidarse de él. Tal vez,
después de todo, el Invierno si le tenía algo preparado.
Aquella noche no logró conciliar el sueño. Ambas voces, las de
Eliza y el señor Jacobs resonaban como ecos en su cabeza. Una parte de él
sentía que había hecho lo correcto, pero otra decía que era un tonto, pues
hasta cierto grado su ignorancia era un beneficio. ¿Para que querría tener
ideas que sólo darían vueltas en su cabeza? ¿Qué podía hacer? Estaba muerto. La
causa no era importante. No cuando aquello le había traído tantas cosas buenas.
Incluso se dijo que de haber seguido vivo, las cosas se hubieran puesto peor,
ahora que ya sabía que tenía deudas que saldar. Además se había quedado solo.
Con la muerte de su padre ya no había nada más para él en el mundo. Tal vez si
se había quitado la vida. Todo apuntaba a ello.
Cerró los ojos, en un intento de no pensar en nada más. Entonces
de nuevo vio los ojos de una mujer, burlones, malvados. Escucho un ruido, como
el de un látigo. Lo escuchó tan claro que se dio la vuelta, pensando que algo
se había caído detrás. Pero sabía que no, aquello estaba en su mente.
Decidió que no lo soportaría más. Tomó la caja donde guardaba la
roca en llamas, se puso el abrigo y salió de su departamento, camino a la
mansión.
El tren jamás paraba de circular, de modo que esperó en la
estación. El fresco de la noche le era muy reconfortante. Del cielo descendían
pequeñas partículas que revoloteaban antes de caer. Como mecanismo de un reloj
de suma precisión, la primera nevada estaba comenzando.
Subió al vagón y admiró los paisajes nocturnos mientras aparecían
y desaparecían con rapidez en la ventana.
—¿Asuntos pendientes? —dijo el revisor cuando entró al vagón. A
pesar de la hora Edward no era el único a bordo del tren, pero sí el único en
aquel vagón.
—No tiene idea —respondió, sarcástico.
El hombre con el uniforme lo observó por unos segundos.
—Quería hacerle saber que hemos reanudado el servicio en la
estación del cañón —mencionó, poniendo énfasis en la última parte. Edward lo
miró, confuso —. Quiero decir que ya no será necesario que salte desde la
ventana si tiene que volver. Pudo habernos informado y hubiéramos detenido la
marcha.
Entonces comprendió.
—Claro, le agradezco la información —se limitó a decir, esperando
no profundizar en el tema. Para su fortuna, el revisor asintió, satisfecho y
procedió al vagón siguiente.
La mansión era muy lúgubre de noche. Las luces en su interior
parecían más tenues que de costumbre, aunque no recordaba haber estado ahí
desde la noche de muertos. Un escalofrío le recorrió la espalda, pues casi pudo
jurar que del interior provenían gritos. Su mente debía estarle jugando una
mala broma. Sacudió la cabeza e hizo su camino al salón oculto.
La puerta rechinó, provocándole un sobresalto, lo cuál lo hizo
sentirse peor consigo mismo. Fue hasta el fondo y se paró frente al espejo. Con
la poca iluminación, aquel parecía un abismo negro que se había quedado
congelado en un intento por tragarse el recinto.
—¿Lucius? ¿Estás ahí? —susurró. Por supuesto que iba a esta ahí,
¿A dónde podría ir? Aún así durante varios minutos nada sucedió —¿Lucius?
—llamó una vez más.
—Edward —dijo la voz rasposa del espectro —. Comenzaba a
preocuparme por ti.
Sonaba más débil que de costumbre.
—Sí, lamento venir así a esta hora. Pero aquí está —el muchacho
abrió la caja. Un fulgor anaranjado inundó el salón. Las cuencas casi vacías de
Lucius reflejaron la roca, dándole una apariencia demoníaca.
—Excelente, muy bien. Ponla ahí junto con la esfera —indicó. Así
lo hizo Edward. Puso la caja junto al cofre donde descansaba el primer
elemento, luego puso el roído tapiz encima.
—¿Quieres que discutamos la siguiente misión? —preguntó él,
haciendo su mejor esfuerzo por ocultar su sentir. Fue inútil.
—No esta noche, no —respondió el espectro —. Sin embargo, veo que
algo te preocupa, muchacho.
Edward cerró los ojos con fastidio. Las palabras, que hasta ahora
habían permanecido atoradas en su garganta, se agolparon, provocándole un nudo.
—Sabes que puedes confiar en mi, colega —lo animó Lucius. Aún en
su tono más comprensivo, el susurro que era su voz sonaba atemorizante. Pero
las ideas daban martillazos en el interior de su frente y si no hablaba sentía
que iba a explotar.
—Me enteré de algo que quizá era mejor no saber. Acerca de cómo
morí —soltó. Una lagrima escurrió por su mejilla.
El espectro guardó silencio, pero en su rostro blanco había una
expresión de incredulidad.
—¿Quieres decir que no sabes como moriste? —preguntó, asombrado.
—Lo supe, cuando llegué aquí. Pero decidí olvidarlo. Era muy
doloroso —respondió, odiando que aquello sonara como una justificación.
—Si lo olvidaste, ¿cómo sabes que fue doloroso?
—Porque cada vez que algo me hace pensar en ello siento una rabia
incontenible.
Ambos guardaron silencio por unos momentos.
—¿Cómo es que lo olvidaste? —inquirió Lucius.
—Bebí el agua del río. Justo después de ver mis recuerdos, cuando
llegué aquí —respondió Edward en voz baja.
—¿Has oído los lamentos cierto? —dijo el espectro.
—¿Los lamentos? ¿Te refieres a los que vienen del interior del
espejo?
—Los mismos. Son miles de almas siendo torturadas. Algunas de
ellas inocentes. No tengo que decir lo que es obvio ¿cierto?
—¿Qué tiene eso que ver conmigo? —espetó Edward. Aunque de
inmediato se sintió mal por ello.
—Lo que quiero decir —continuó —, es que he sufrido mucho dolor
aquí. No creo que ni siquiera puedas imaginarlo. Aún así, si tuviera la
oportunidad de olvidarlo, no lo haría. Es el dolor que siento, la rabia, la
furia, lo que me mantiene en pie y firme en mi propósito. Mi pasado y todos sus
recuerdos son una parte vital de quien soy. No importa si muchos de ellos son
lugares oscuros. Es probable que tu muerte fuera dolorosa, lo es para todos.
Pero es parte muy importante de quien eres, de otra forma estás incompleto.
Edward se limitó a guardar silencio. La voz de Eliza resonaba con
la misma pregunta. ¿Acaso no había algo que faltaba?
—De todas formas no hay manera de saber que pasó en realidad —dijo
por fin. En realidad no lo sabía, pero para como se sentía, pensaba que era
mejor así por ahora. Si había de recordar lo haría a su debido tiempo.
—Eso es cierto. Aún así, si estos recuerdos tuyos vuelven o buscan
volver, no los apartes. Recuerda. Quizá en alguno de ellos encuentres algo que
te sea valioso o tan sólo te sirva para superarlo. De cualquier manera será
aprendizaje. No olvides eso.
—Lo recordaré— respondió el muchacho. A pesar de todo hablar con
Lucius le hacia sentirse mejor, quizá ya podría dormir un poco— Ahora ya debo
irme.
—Vuelve pasadas las festividades. Estos son días en que yo también
debo enfrentar mis lugares oscuros —agregó el espectro mientras las sombras comenzaban
a cubrirlo.
—Entiendo —dio la vuelta y antes de salir dijo —. Gracias, por
escucharme.
Lucius no respondió. Quizá ya se había desvanecido.
Con la cabeza más ligera se dispuso a volver a su departamento.
Al salir de la mansión encontró una fina capa de nieve cubriendo
el campo como grandes parches brillantes. El ambiente estaba cambiando por
completo. El cielo negro de la noche se estaba tornando en un azul muy oscuro
frente a sus ojos y el fulgor amarillento de cualquier luz a la vista
parpadeaba un par de veces antes de convertirse en plata. La blancura de la
poca nieve que había hacía resplandecer todo a su alrededor.
Edward se detuvo en la parte baja de la escalinata, admirando
aquel majestuoso cambio. Por un segundo olvido como se sentía.
El eco de campanas llegó hasta donde él estaba. El gran reloj de
la mansión anunciaba las tres de la mañana.
Cerró los ojos y permitió que el ambiente entrara en él, se
concentró en el sonido del viento gélido entre las ramas de los árboles,
arrastrando las pocas hojas que quedaban. Sintió el frío apoderarse de todo
cuanto lo rodeaba. De nuevo estaba flotando. Abrió los ojos, de inmediato lo
percibió.
En el cielo, más allá de la torre más alta de la mansión, surcaba
una estela de luz blanca. Entornó los ojos para admirarlo mejor. Una figura
corpulenta, vestida de túnicas azules montaba lo que parecía un trineo guiado
por tres majestuosos ciervos blancos. Los ojos de los cuatro seres eran blancos
de mirada glacial. Una corona de hojas plateadas descansaba en la cabeza de la
figura sobre el trineo. Con mano firme sujetaba un cuerno enorme y con él
comandaba cada copo de nieve en el viento, congelaba el río y cubría la tierra
de muerte con su hechizo invernal.
Edward se sintió insignificante al verlo. De haber bajado el dios
en su carruaje se daría cuenta que sería tan alto como tres hombres, uno encima
del otro.
Lo admiró por un rato, mientras movía el cuerno de lado a otro y
volaba por encima de cada tejado y la copa de cada árbol.
Entonces los ojos del dios se posaron sobre aquél muchacho sentado
en la escalinata. Aunque estaba lejos, sintió la mirada cruzar hasta donde él
estaba. Por un momento se tensó. Pero al observar el rostro amable del espíritu,
cubierto por largos mechones de cabello blanco, se tranquilizó. El hombre en el
trineo guió el cuerno hacia él. Edward sintió una calida mano en su interior,
como si le abrazara el corazón y calmara todas sus preocupaciones.
—Debes ser fuerte, Edward Blackwells, debes prevalecer —dijo un
eco grave en su cabeza.
Los ojos de Edward se llenaron de lagrimas. Alzo la vista hacia el
trineo y casi pudo jurar que una sonrisa se dibujaba bajo el grueso bigote
pálido del dios. Sin más, desvió el cuerno hacia el bosque y comenzó su
descenso.
Edward se quedó ahí, incrédulo de lo que había sucedido. Parecía
tan sólo un sueño maravilloso.
Tranquilo y dichoso, se dirigió a casa.
A la mañana siguiente era el día del solsticio y no había manera
alguna de ocultarlo. Parecía que no había en el pueblo una sola alma que no
estuviera celebrando.
Las ordenes en la Sociedad fueron claras. Toda actividad había de
suspenderse a medio día. No había problema por ello, estaban preparados, los
meses anteriores el trabajo extra les permitía olvidarse un día completo de sus
tareas. El mismo Darkus Grim lo anunció en el vestíbulo. Fue recibido con
gritos jubilosos por todos los que lo escucharon. A excepción de Leonard que,
como era de esperarse, explicó a Edward que sólo se trataba de una estrategia
para continuar cegando a sus seguidores. Aunque el muchacho no sospechaba que
fuera falsa su teoría, de cualquier forma agradeció el día libre.
Así, cuando el gran reloj hizo sonar las campanadas del medio día,
todos los moradores de la mansión desaparecieron en el acto.
Los portales se abrieron una vez más, para dar la bienvenida a
quienes quisieran retornar a sus hogares al menos por una noche. Siempre bajo
la advertencia de que debían regresar antes de que acabara el día. Hasta ahora
aquello no les había ocasionado ningún problema, ni durante el Festival de los
Muertos, ni en estas épocas. O eso había comentado Leonard a su compañero.
En días previos las decoraciones iban apareciendo poco a poco por
todo el pueblo, pero aquél día no había rincón falto de adornos.
Así como las casas y edificios eran una mezcla de muchos tiempos,
estilos y gustos, también lo eran las decoraciones, pues mucho habían traído
consigo su propia versión de las celebraciones de invierno.
Por supuesto, la visión más común era aquella de los árboles de
Navidad, llenos de esferas y bastones de dulce, pero esto no excluía otras
clases de adornos y motivos.
Lo que predominaba en general eran las tonalidades azules, grises
y blancas, que hacían referencia a los colores del invierno. Largas tiras de
festón se extendían de poste a poste, decoradas con grandes coronas que
simulaban estar hechas de carámbanos.
En las chimeneas de cada negocio y casa ardían fuegos magníficos,
contrastando sus tonalidades anaranjadas y cálidas.
Si había un lugar en que la armonía festiva hubiera elegido
morada, era la calle Nightshade. El aire estaba impregnado de deliciosos aromas.
Por todas partes bullían calderos llenos hasta el borde de bebida de frutas o sopas
de muchos ingredientes. Los vendedores en los puestos anunciaban a todo pulmón
su mercancía y, aunque se pudiera pensar que esto resultaba molesto, en
realidad era como una melodía que acompañaba los ruidosos pasos de los
transeúntes que adquirían sus productos con los rostros más sonrientes que se
hubieran visto jamás.
Muchos propietarios regalaban cosas afuera de sus negocios. El
destino había sido generoso con ellos durante el resto del año, por lo que
ahora retribuían ese bienestar a sus clientes.
En el aire no sólo había aromas, también se escuchaban ligeras cancioncillas,
algunas interpretadas por grupos de personas, otras por hábiles músicos con
variedad de instrumentos. En ocasiones surgía algún villancico ya conocido,
pero gran parte eran canciones que narraban la belleza del invierno y las
escenas que traía consigo.
Sobrevolando sobre el lomo de Ace, Edward observaba las escenas
festivas que sucedían por todas partes. Aquél era un pueblo muy distinto al que
estaba acostumbrado hasta ahora. Le gustaba quizá aún más, si eso era posible.
Volaban hacia el Monte Moontower, pues debía alistarse para la
gala que la Sociedad ofrecía en el salón de baile. A cada miembro se le animaba
a ir acompañado de alguien y Edward, sin tener que pensarlo mucho, había
invitado a Eliza, quien para su fortuna aceptó casi de inmediato.
El día anterior había sido duro, pero ahora ya parecía tan sólo un
mal sueño. Se sentía con un animo festivo que lo alegraba por sobre todas las
cosas.
Se puso un traje nuevo y se colocó una rama de acebo en la solapa.
Incluso se pasó un peine por la cabeza. Tuvo que dar varios vistazos al espejo
antes de decidir que estaba listo.
Cuando volvió al pueblo, y como tenía algo de tiempo extra,
decidió pasar por la calle Nightshade. Miró los escaparates y saludó alegre a
quienes conocía. Dio una vuelta por la licorería para comprarle a Leonard una
botella de Veneno de Araña. Procedió
a la librería, donde consiguió un cuaderno en blanco. Estaba seguro que a Eliza
le encantaría llenarlo con nuevos descubrimientos.
El humor festivo lo invadió de tal forma que se permitió comprar
un pequeño pino junto con varias decoraciones e hizo que lo enviaran a su
departamento. Estaba por completo dispuesto a decorarlo en cuanto volviera.
Después, mientras paseaban por los puestos de camino al centro,
Ace se volvió loco al ver una canasta repleta de hidromoras. Edward no pudo resistirse y se las compró todas. El
caballo relinchó de gusto todo el camino hasta el salón de baile.
Eliza llegó puntual. El sencillo vestido color hueso que llevaba
hacía resaltar su piel pálida y su abundante cabellera cobriza. A su paso más
de un caballero, y una que otra dama, habían girado la cabeza para dirigirle
una sonrisa o algún cumplido. Aquello hizo sentir a Edward muy orgulloso de sí
mismo, en su interior se decía bajen la
guardia, viene conmigo, aunque sabía que ella estaba ahí por si misma y no
por nadie más. Aún así la idea le resultaba reconfortante.
La gala estuvo repleta de diversiones, comida y ambiente festivo.
Habían dispuesto una gran mesa redonda que formaba un espiral hacia el interior
de la pista. Los platillos desfilaban uno tras otro, y cada uno era igual o más
abundante que el anterior. La orquesta llenaba el recinto con tonadas de la
época y cuando aparecía un villancico populares se unían a los cánticos con
energía. Hubo concursos donde tanto participantes como espectadores rieron a
carcajadas cada vez que alguien hacía su mejor esfuerzo por resultar vencedor
del reto en turno.
Para ser una fiesta de contemplación y momentos de reflexión,
aquello parecía un segundo Festival de los Muertos.
Edward y Eliza caminaban alrededor del lugar, charlando de lo que
veían y lo que acontecía. Solían hablar tanto de temas profundos que resultaba
refrescante la plática ligera de vez en cuando.
Leonard no se presentó, al igual que Darkus Grim, quién se hubiera
esperado que presidiera el evento con sus usuales discursos. El muchacho se
preguntó el porqué de la ausencia de su amigo. Ya tendría oportunidad de
preguntarle y darle su regalo.
Así permaneció la fiesta durante gran parte de la tarde hasta que
el faro brillante comenzó su descenso en el horizonte. Como guiados por las
luces del atardecer, la algarabía se fue apaciguando momento a momento.
Para cuando los últimos fulgores acariciaron los tejados de las
casas más altas, el pueblo entero se había sumido en contemplación.
Los músicos en la orquesta apenas acariciaban sus instrumentos y
estos emitían ligeras melodías que invitaban al público a retirarse solemnes.
—Debo estar imaginando cosas —señaló Edward. Eliza lo había guiado
hasta una de las ventanas para observar el atardecer.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella con la mirada perdida.
—Es aún muy temprano para que comience a oscurecer —respondió.
—La noche más larga del año. A partir de hoy los días se hacen
cortos, la oscuridad permanece por más tiempo— explicó la bruja.
Afuera, la nieve comenzó su descenso una vez más. Las calles aún
no estaban cubiertas por completo. Pronto lo estarían. El espíritu del trineo
debía estar ahí, haciendo su trabajo. Edward pensó en contárselo a Eliza, pero
por una vez creyó que le gustaría quedarse con ese recuerdo para sí, al menos
por un tiempo más.
—¿Te importa si salimos de aquí? —dijo de pronto ella.
—En lo absoluto. ¿Tienes algo en mente?
Eliza se limitó a mirarlo y a sonreír. Había un peculiar brillo en
sus ojos.
Momentos más tarde se encontraban caminando por el sendero que
Edward reconoció como el camino hacia el jardín Blackrose. No había estado ahí
desde antes del Festival. A su mente vino un recuerdo, vago al principio.
Caminaba con Ace cerca de la escultura de los tres dioses, cuando escuchó un
canto. Que extraño era pensar que ahora caminaba al lado de aquella chica, que
en ese entonces era una completa desconocida. Tantas cosas que habían pasado
desde ese momento. Así es como debía medirse el tiempo en la Tierra de Muerte,
en recuerdos.
A pesar de que hacía tan sólo unos momentos había comenzado a
nevar, la entrada ya estaba cubierta por una gruesa capa blanca. Pequeños
carámbanos de hielo ya empezaban a formarse en los arcos. Entraron al jardín y
Eliza guiaba a Edward por túneles y escaleras sin siquiera mirar un mapa.
—Sabes hay algo que nunca he entendido de éste lugar —dijo él,
después de un rato de silencio.
—¿Sí? —lo invitó a continuar ella.
—En los mapas, o al menos en el mío, este lugar esta señalado como
cementerio.
Eliza río y dio la vuelta para encarar al muchacho. Estaban en un
pasillo estrecho, por lo que sus rostros quedaron muy cerca.
—Edward, te traje aquí porque quiero mostrarte algo, espero no
estarme entrometiendo en cosas que no me incumben. Pero pensé que quizá te
gustaría verlo.
Sintió en su pecho y estómago un cosquilleo. Quería preguntarle
que era, pero sabía que se rehusaría a decírselo.
—Vaya, y yo creyendo que sólo querías cambiar de ambiente —le
dijo, con una enorme sonrisa boba en el rostro —. Te sigo.
Continuaron el recorrido por el pasillo estrecho. Salieron a un
amplio patio repleto de esculturas y bancos de piedra, sólo para entrar de
nuevo en otro túnel, éste flanqueado por ángeles que tocaban diversos
instrumentos. Finalmente dieron con un muro grande en el cual había tres arcos
distintos. Se introdujeron en el primero.
Llegaron a un área muy amplia. Estaba rodeada por trozos de madera
que en algún tiempo habían sido ventanas. Algunas estructuras aún estaban en
pie. Aquello debió ser un invernadero muy grande, pero algo había arrancado el
techo por completo. En otras épocas aquello habría estado lleno de vegetación. Ahora
solo había vestigios de flores y enredaderas congeladas que parecían querer
alcanzar el cielo como retorcidos tentáculos. También aquí había lápidas, todas
desgastadas por el paso del tiempo. La nieve que lo cubría todo y con su blanco
resplandor, hacía sentir que estaban en un cuento o algo similar. Ahí sólo se
podía escuchar el ligero viento paseándose entre las ramas de un viejo roble
que había atravesando el suelo de roca y daba la apariencia de ser producto de
la erupción de un pequeño volcán. Desde
ahí, el cielo tenía una tonalidad púrpura.
—Estaba recolectando corteza. Algunos días después de la caverna
—comenzó Eliza —. Recuerdas lo que hablamos ese día ¿cierto? Sobre los
recuerdos.
—He pensado mucho en ello —respondió el muchacho.
—Bien. Verás, encontré algo que puede interesarte —estiró una mano
para guiarlo hasta una lápida cercana al roble.
Edward se acercó, no tenía idea de que estaba por ver. Se inclinó
un poco para ver mejor. La roca estaba cubierta por la nieve, por lo que tuvo
que limpiarla con la mano. Grabados en la lápida estaban dos nombres. Eleonor y
Maximilian Blackwells.
Eliza lo observaba. Sabía que en su interior estaba rogando porque
aquello no desatara algún mal recuerdo en él.
—Mis padres —murmuró Edward. Una leve sonrisa se dibujó en su
rostro. Miró a la chica para tranquilizarla —. También he pensado en ellos.
Recordó el día en que los había visto. Justo la noche en que llegó
a Gloom Town. Ahora parecía tan lejano. Cerró los ojos un momento. Acarició la
lápida.
—¿Necesitas que te deje solo? —preguntó ella.
—No, de ninguna manera. Sólo quiero darles algo.
Después se levantó y buscó a su alrededor. Entre un montón de
nieve, en una pequeña jardinera, crecían rosas. El frío las había congelado,
conservando así su momento más glorioso. El tallo de algunas estaba roto, por
lo que había unas cuantas en el suelo. Recogió una y volvió a la lápida.
Se detuvo otro instante a observar, a recordar. Sonrió una vez
más.
—Feliz Navidad —susurró, dejando la rosa con afecto.
Dio la vuelta e indicó a Eliza que estaba listo para volver.
—Gracias —dijo por fin Edward —. Fue un lindo gesto.
—No sabía que clase de recuerdos te traería. Me alegro que hayan
sido agradables.
—Así que esto sí es un cementerio. Aunque no logro comprenderlo
—observó él.
—Bueno, como recolector debes saber que muchas personas no se
quedan. Siguen adelante —explicó —. Es un jardín de memorias. Cuando alguien
cruza al otro lado sus nombres aparecen aquí. Por eso es tan grande, y sigue en
aumento. A veces esculturas enteras aparecen. Otras veces lápidas. Sus
recuerdos van construyendo este lugar.
El muchacho observó a su alrededor. En efecto, en donde pusiera la
vista ahí había uno o más nombres.
—Y... ¿has buscado...
—¿Algún indicio de mi vida pasada? Sí. Pero hasta ahora nada.
—Espera un momento, ¿quieres decir que no recuerdas nada?
Eliza se detuvo. Habían salido a otro jardín, lleno de estatuas de
ángeles de rostros melancólicos, sumidos en eterna contemplación.
—Recuerdo que el bosque siempre ha estado ahí, desde el comienzo.
Recuerdo mi casa, pequeña, cálida. Solía viajar mucho, pero siempre oculta en
el bosque. Mi eterno protector. Me gustaba bailar a la luz de la luna. Amaba
nadar en el río.
—¿No recuerdas a otras personas? ¿No tenías una familia? —Edward
estaba muy intrigado acerca de ello. En lo personal, sabía que por decisión
propia había eliminado cosas de su memoria. Pero aún tenía recuerdos de quien
era, las personas que conocía y muchas cosas que había hecho ante de morir. Sin
embargo, tal parecía que Eliza no, salvo por sensaciones y unos cuantos
lugares.
—Eso es lo que he tratado de encontrar aquí. Hasta donde sé
siempre he estado en este pueblo. Podría asegurar que aquí nací, que un día
aparecí junto con mi cabaña en el bosque y desde entonces me he dedicado a
recolectar y estudiar este mundo. De no ser porque sé que hay algo más. Hubo
algo antes. Pero no puedo ver más allá.
De pronto Eliza era uno de esos ángeles, con la mirada en algún
lugar distante, reflexiva y hermosa. Edward la observaba absorto, sentado en un
pedestal de roca.
—¿Qué hay de ti? Me dijiste que no recordabas mucho, pero creo que
recuerdas más que yo—lo cuestionó sin mirarlo aún —. ¿Quién eras, Edward
Blackwells?
Él lo pensó por unos minutos.
—Nadie, en realidad. Mi vida no era significativa, ni logré nada
digno de llamar la atención. Quizá lo más relevante de mi haya sido mi muerte y
ni siquiera estoy seguro de eso —se levantó de donde estaba y comenzó a pasear
entre los ángeles.
—¡Oh! Que pena, era tan joven —dijo con un tono exagerado —.
Seguro eso dijeron quienes me conocían. Aunque no tenía muchos amigos.
—¿Qué hay de tus padres?
—Mi madre murió el día en que yo nací. Desde entonces mi padre se
hizo cargo de mi. Así fue gran parte de mi vida. Él y yo, solos. Murió pocos
días antes que yo. Pero a partir de ahí todo es como un pozo oscuro. No puedo
ver más allá.
‹‹Apenas ayer supe de un rumor sobre mi. Encontraron mi cuerpo en
un río.
Eliza por fin salió de su reflexión para mirarlo. Fue hasta donde
él estaba.
—¿Qué crees que haya pasado? —le preguntó.
—No lo sé. Pero sea lo que fuese debió ser algo desagradable.
Elegí olvidarlo por una razón. Cada vez que pienso en ello siento ira. Mucha.
Como fuego quemándome las entrañas —confesó —. El hombre que me lo contó dijo
que podría haber sido suicido. Aunque él no lo creía así.
‹‹Dime, ¿no crees que quizá hayas olvidado porque era algo muy
terrible de recordar?
La chica paseo la mirada por el jardín.
—Lo he pensado. Ni siquiera recuerdo como es que lo olvidé. Aunque
dudo que mi vida haya sido tan mala como para olvidarla por completo —dijo más
para sí misma que para Edward —. Sé que tal vez pasó algo. Sea como sea es
parte de mi.
Las palabras de Lucius resonaron en la cabeza del muchacho.
—¿Estarías lista? La verdad podría resultar algo demasiado doloroso.
De inmediato ella manifestó otra actitud. Su mirada era otra y él
ya podía identificarla. Esa que decía por
supuesto que lo estoy, estoy lista para lo que venga. Sin embargo de
inmediato cambió de vuelta.
—En realidad no lo sé. ¿Crees que alguna vez estamos listos para
algo? —se encogió de hombros y siguió paseando por el jardín.
Tenía razón, o así lo creía él.
Se palpó el bolsillo del saco y extrajo el libro que había
comprado antes.
—Yo también tengo un regalo para ti —le dijo, acercándose —. Toma,
feliz solsticio.
Eliza lo miró con sus grandes ojos brillantes y una expresión de
sorpresa.
—Edward, no. Te lo agradezco mucho, pero yo no te compré nada —dijo
con preocupación.
—¡Bah! ¿Eso qué importa? Es un detalle insignificante.
—No, no lo es. Significa mucho —se abalanzó contra él, abrazándolo
con tal fuerza que casi cayeron al piso —. Muchas gracias.
Él sonrió, intoxicado por el olor de su cabello. Era imposible no
percibirlo.
Lejos de ello, su mente bullía con preocupaciones y la odió,
porque en ese momento tan perfecto lo único que podía pensar era que
recordarían. Estaba seguro, de una forma u otra los recuerdos volverían. Podía
ser en el momento menos esperado, quizá cuando ni siquiera estuvieran pensando
en ello. Dolerían, mucho, también estaba seguro de eso. ¿Qué pasaría entonces?
¿Sería capaz de soportarlo?
Entonces vio la nieve caer con suavidad sobre ellos. Sintió
calidez en su corazón una vez más y recordó las palabras del espíritu. Debía
prevalecer. Sonrió y devolvió el abrazo a Eliza, enérgico.
Cuando por fin se soltaron y no tuvieron más opción que mirarse a
los ojos, ambos supieron que ahí había algo más. Algo que no tenía que ver con
recuerdos, ni con cementerios, ni con el pasado. Más bien, tenía que ver mucho
con el futuro. Tal vez si alguno de los dos se hubiera atrevido, aquella noche
habría sido distinta. Pero aún había duda en sus miradas. Porque ninguno pudo
ver lo que el otro sentía, a pesar de que compartían algo muy similar.
Quizá pensó Edward ,el pasado no
debe doler tanto si se comparte con alguien.
Tal vez pensó Eliza ,me preocupa
demasiado lo que fue. Tal vez debería pensar en lo que ahora es.
Ninguno dijo nada. Sólo se miraron. Sin embargo no veían al otro,
sino dentro de sí mismos.
La nieve continuó su descenso, acumulándose, formando montañas y
superficies brillantes, con destellos de pequeños diamantes. A pesar del frío,
que era cada minuto más intenso, hubo una llamarada de calor aquella noche en
el cementerio Blackrose.
No fue el único lugar.
Al otro lado, cruzando el bosque del sur, el mirador, las casas al
límite del pueblo y el bosque del norte estaba la mansión de las almas. En su
interior también hubo una llamarada, pero de odio e ira. Un grito de terrible
agonía.
La noche más larga se cernía sobre Gloom Town y la luna llena
guardaba el cielo, protegiendo a quienes moraban debajo. Porque en aquella
oscuridad, no la de la noche, sino otra más profunda, más allá del cielo y de
la luna, yacían sombras. Sombras que al paso de cada día se hacían más fuertes.
Nadie las vería venir. Como los recuerdos, llegarían en el momento
menos esperado, desde un pasado tan antiguo como la humanidad misma. Y, tal
como Edward y Eliza, nadie estaría preparado para ello.
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