domingo, 9 de abril de 2017

19 - Bahía Ribcage


En el pueblo se comentaba que no había nevado tanto desde hacía mucho tiempo. Desde el Solsticio no había cesado. Hubo días en los que aminoraba y se podía gozar de una caminata por las calles recién limpiadas por carruajes con enormes palas. Pero por aquellos días tan pronto sonaban las campanadas del atardecer, la tormenta de nieve aparecía. El viento azotaba todo a su paso y hacía que los postes en las aceras se sacudieran. Muchas de las decoraciones habían desaparecido a causa de esto.
A veces por la cantidad de nieve acumulada, los negocios quedaban cerrados hasta que pudieran despejar las puertas.
Tal era el caso de Cuerno y Escama aquella tarde.
Leonard y Edward habían llegado después de un turno agotador. Llevaban ya un par de tragos en silencio, tratando de digerir la actividad del día, cuando Angus intentó abrir la puerta. Fue recibido por una avalancha en miniatura.
—¡¿Pero qué demonios?! —exclamó cuando una cantidad considerable de nieve se deslizó hasta cubrir gran parte de la entrada. La puerta estaba por completo bloqueada por una gran pared blanca.
Todos los comensales giraron la cabeza al mismo tiempo. Alguno abrieron la boca, sorprendidos, otros se limitaron a encogerse de hombros y seguir en lo que estaban. Los jugadores de naipes, que ya eran como parte del mobiliario del lugar, ni siquiera se molestaron en mirar que estaba pasando.
—¿Qué hiciste ahora, gran torpe? —gritó Aghna desde el interior de la cocina.
—No fui yo. La nieve —respondió el hombre, molesto.
Su esposa salió para ver que había pasado. En la mano llevaba un gran cucharón y usaba un delantal lleno de grasa.
—¡Oh, por todos los dioses! —gruñó —. Traeré la pala.
Se introdujo de nuevo en la cocina.
—Parece que estaremos aquí un buen rato —aseguró Leonard.
Edward, que ya estaba muy relajado por la bebida, no le dio importancia. Ya saldrían en algún momento.
—Entonces, estimado señor Sinister. ¿Qué te impidió estar presente en las celebraciones de invierno? —lo cuestionó.
—No me gustan esas fiestas. Prefiero estar solo —respondió, seco.
—¡Oh vamos! Nadie debe estar solo en navidad.
—Yo no celebro navidad.
—¿Ah no? ¿qué celebras? —el muchacho rió.
—Nada. Ya te lo he dicho, prefiero la soledad en estas épocas.
Su amigo lo miró un tanto sorprendido, volvió a reír.
—Bueno, bueno, está bien. No tiene la menor importancia —sacudió una mano como alejando una mosca invisible. Sabía lo mucho que le molestaba a Leonard hablar de cosas personales —. De todas formas espero que no te haya molestado el regalo que te di.
—No debiste molestarte —le dijo, aún seco —. Pero aún así te lo agradezco mucho —agregó, casi a regañadientes.
Edward esbozó una sonrisa.
—No fue nada.
—Bueno, basta de tonterías. ¿Ya sabes el siguiente paso? —Leonard bajó la voz. El muchacho lo miró algo confundido —. La siguiente pieza.
—¡Ah! Sí, claro. Verás. La otra noche fui a ver a Lucius. ¿Sabes algo? No se veía bien. Más que de costumbre, ya sabes siempre se ve mal. Me da algo de pena. Pero esta vez se veía mucho peor.
Leonard lo observó con fastidio.
—Sí, ya. El punto es que se le veía muy débil. Apenas podía hablar. Me mostró una nueva página del libro. Un medallón, con un cristal parecido a una gota incrustado en él. Esa es la siguiente pieza. El mapa lo marcaba en el faro. El faro que está en la... en la... —tuvo que detenerse un segundo a pensar. Recordaba con toda claridad el faro, pero el nombre del lugar se le escapaba —. ¿En dónde es que hay un faro?
—Debe ser la Bahía Ribcage —respondió su compañero.
—¡Eso es! La Bahía Ribcage. Curioso nombre ese. ¿Sabes porqué la llaman así?
—¿Qué nunca has ido?
—No. Quizá. No, en definitivo, no. Eso creo.
Su amigo seguía mirándolo de forma extraña.
—Creo que ya has bebido suficiente, Edward.
—¡Bah! Por supuesto que no. Solo han sido... —contó los tres tarros de cristal vacíos que estaban en la mesa —... dos. ¿Lo ves?
Soltó otra risita molesta.
—¡Angus! Otro trago aquí. Por favor, mi buen señor —gritó, llamando la atención de los que lo rodeaban.
—Por el momento estoy algo ocupado, señor Blackwells. Se lo llevaré en tanto resuelva esto —refunfuño, clavando la pala en la nieve. Sacó un gran montículo, miró a un lado y a otro —. Maldición, mujer. ¿Qué se supone que haga con esto?
—Tengo que resolverlo todo yo ¿cierto? —gritó ella desde donde estaba —. No lo sé, ponlo en esa caja y ya veremos que hacer después.
El hombre dijo algo que nadie pudo escuchar y siguió con lo que estaba haciendo.
—Bien, de todas formas creo que ya fue suficiente —aceptó Edward, frunciendo el ceño.
—La siguiente pieza. En el faro de la bahía. No sé, suena demasiado fácil —reflexionó Leonard.
Esta vez fue el muchacho quien lo miró, escéptico.
—Hasta ahora ninguna de las misiones ha sido fácil —dijo con un dejo de tedio.
—Eso es lo que estoy diciendo. Ponerla en el faro no sería una opción creíble.
—No te preocupes por eso, mi amigo, pues el misterio se complica —extrajo de su bolsillo un rollo de papel viejo, algo maltratado —. El libro tenía estos diagramas y mira aquí.
Señaló una serie de símbolos extraños que estaban puestos como si Darkus hubiera tenido una súbita idea y se decidiera a garabatearla en una esquina del papel. Debajo de los símbolos había números.
Arrastraron las sillas cerca de la chimenea para una mejor visión.
—Será mejor que vayamos a ver —sentenció Leonard.
—Estamos de acuerdo en eso —aseguró su amigo, bostezando—. Vayamos cuando logremos salir de aquí.
Angus seguía peleando con la nieve en la entrada, aunque ya había logrado quitar más de la mitad del camino.
Aghna salió de la cocina. En los brazos llevaba un artefacto grande, con una manija, muchas teclas y cuerdas.
—¿Qué haces? —preguntó su esposo, confundido.
—Ya que estaremos aquí un buen rato, pienso que un poco de música ayudará.
—Ayudaría más que tomaras otra pala y vinieras aquí —la reprendió el hombre.
—¡Bah! Tu eres un hombre fuerte. Puedes con eso y con más.
Los comensales le hicieron lugar en el centro de la taberna. La mujer, aún con el delantal puesto, colocó su instrumento en el regazo.
—Espero que esto les guste, muchachos —anunció.
Dio vuelta a la manija y la música comenzó, tranquila. Poco a poco fue subiendo de intensidad y ritmo.
Así pasaron gran parte de la noche escuchando melodías en un idioma que nadie pudo descifrar, mientras Angus sacaba montones de nieve al ritmo de la música.

La bahía, en esas épocas, era un lugar solitario. La capa de nieve ahí era más delgada y gran parte del lago estaba congelada. A la orilla del muelle había unos cuantos botes que habían quedado atrapados en el hielo. Era una visión extraña de contemplar, pues el lugar solía tener una atmósfera tropical, más calida que el resto del pueblo. Sin embargo durante el invierno era una playa congelada.
La puerta de la taberna quedó libre poco después de la media noche y aunque ambos estaban agotados, decidieron que era buena idea averiguar de que se trataba aquello.
Atravesaron parte del bosque hasta llegar a la bahía. Siguieron su recorrido por el camino de tablas que bordeaba el lago y cruzaron lo que en días más calurosos estaba cubierto por arena.
Entre la niebla que apenas dejaba ver lo que había un metro más adelante, asomó una tenue luz. Aparecía y reaparecía, moviéndose de un lado a otro, con un fulgor verde, casi enfermizo.
Llegaron hasta una caverna grande que marcaba la entrada a una cadena de montañas. Esta debían conectarse con la sierra que delimitaba el norte del pueblo. En el interior había escaleras de madera vieja. Crujían a cada paso y se bamboleaban en ciertos puntos. Aún así parecía que soportarían unos cuantos años más.
El recorrido pareció eterno. A veces se topaban con largos trechos rectos, después con túneles curveados que iban en ascenso. El final del camino era abrupto, señalado por una escalera recta de unos cuatro metros que llevaba al exterior. Subieron.
Ya en la cima de la montaña encontraron el enorme faro. Estaba cubierto de algas, corales secos y grandes parches de percebes. Daba la impresión de que la torre estuvo sumergida durante años en el mar, para luego ser colocada en la cima de esa montaña. Un ruido hueco inundaba el aire, de algo que movía el viento a su paso. Detrás del faro ondeaba un gran trozo de lona, atado desde la punta del faro hasta la base, como si se tratara de la vela frontal de un barco.
Aunque la montaña no era tan alta como aquella donde se erguía la caverna del cráneo, se podía llegar a ver una parte considerable del pueblo. Tendrían que comprobarlo un día más despejado. La niebla que rodeaba todo daba a la frontera la apariencia de un limbo nebuloso en el que no había nada, similar al abismo bajo el puente de la mansión. Edward no pudo evitar preguntarse si en realidad había algo más allá o si estaban aislados por completo, flotando como una isla en un universo mucho más grande. El pensamiento le causó un escalofrío, aunque también le abrió la mente a muchas otras posibilidades.
Leonard dio un empujón a la puerta del faro. Era pesada. Las bisagras rechinaron como el chillido de cientos de sirenas, mientras el eco se replicaba una y otra vez en las paredes internas de la torre.
Subieron por la escalera metálica, acompañados del incesante goteo de fugas que debía haber por todo el lugar.
Por fin alcanzaron la parte más alta, iluminada por el cíclico ir y venir de la lámpara sobre ellos. Un fuerte olor a grasa inundaba el cuarto. En él no había más que un par de sillas, un telescopio que asomaba por el barandal y la máquina de los diagramas. Desde dónde estaban y con la poca iluminación, parecía un monstruo lleno de brazos huesudos, agazapado en una esquina olvidada del cuarto. Algunos de los brazos estaban aferrados al techo, que servía de base para la gran lámpara del faro.
Edward de inmediato sacó las páginas que llevaba en el bolsillo y se acercó.
—Son palancas, todas ellas —dijo a Leonard.
—¿El diagrama dice que hacer? —preguntó su compañero, quitándole los papeles.
—No, pero creo que lo sé. Mira esto —señaló una de las palancas. En el mango tenía grabado uno de los símbolos escritos. Estudió el resto. Las demás también tenían símbolos, otras no tenían nada. Estiró la mano para halar una de ellas.
—¡Espera! —el muchacho se detuvo en seco —. No sabemos lo que pasará —le advirtió Leonard.
—¿Y no quieres saberlo?
—Destruiste un altar con un rayo y un monstruo de lava nos atacó. Por lo que sabemos esas palancas podrían hacer que se derrumbe el faro o que explote.
Edward soltó una carcajada.
—No seas ridículo —se burló —. Nada va a explotar.
—Eso no lo sabes.
Sin esperar más haló la palanca que tenía más cerca.
Ambos se quedaron en completo silencio. La lámpara siguió girando sobre ellos y en único sonido era el del viento blandiendo la vela en el exterior.
—¿Lo ves?. Ahora dame el diagrama, quiero ver algo.
Leonard se lo entregó, aún observando sus alrededores como si algo fuera a caerles encima. Edward de inmediato identificó los símbolos grabados y fue activando las palancas en el orden que estaban escritos.
Cuando activó la última un estruendo llenó el cuarto. La maquina se estaba deshaciendo.
—¡Te lo dije! ¡Maldición! —rugió su amigo.
—¿Quieres tranquilizarte? Observa.
Tenía razón. La maquina no se estaba deshaciendo, se estaba abriendo. Varias de las palancas bajaron o se hicieron a un lado, revelando algo en el interior. Cuando el estruendo por fin se acalló vieron una gran plancha de madera roída. En ella había muchas perillas de color hueso marcadas con números. En la parte superior, como tallado por un cuchillo, estaba la palabra ARCANO.
El siguiente paso era muy obvio, tenía que poner en orden los números que había escritos debajo de los símbolos.
—Creo que sé de que se trata esto —murmuró. Sin esperar más, giró las perillas en el orden que correspondía.
Su compañero lo miraba horrorizado, esperando que en cualquier momento algo estallara o una alarma comenzara a sonar, llamando la atención de todos en el pueblo.
Pero no sucedió. Al terminar de poner la combinación correcta, las palancas aferradas en el techo se movieron de un lado a otro, de arriba hacia abajo y las tuercas y engranes que hacían girar la luz del faro se reacomodaron, chillando por la falta de aceite.
—Sígueme —indicó Edward a su amigo. Lo llevó por las escaleras al exterior, en el barandal del faro desde dónde se podía ver la bahía entera.
Justo como lo tenia en mente, la luz de la enorme lámpara ya no giraba. Iba marcando una línea recta hacia abajo, para después dar vuelta de nuevo.
—¿No lo ves? —dijo con júbilo a Leonard —. La luz se detendrá en algún punto  ¡Nos indicará donde esta enterrado el tesoro!
Y así fue. El perfecto círculo de luz cayó sobre la arena y fue alumbrando, primero el límite entre la bahía y el bosque. Continuó su camino, hasta que no había más bahía.
—Oh no —dijo Edward con desanimo.
La luz siguió, hasta detenerse en medio del lago, donde debía estar la parte más profunda.
—¿Enterrado, dijiste?
—Eso complica las cosas —dijo con enfado.
—De la llamas, al hielo —observó el hombre —. Bien, ahora, ¿cómo lo pondrás a funcionar otra vez?
—Supongo que habrá que poner todo como lo encontramos.
Pero no fue necesario. Para cuando estaban bajando las escaleras de vuelta al cuarto, los engranes comenzaron a moverse de nuevo, colocando la lámpara en su lugar y volviendo a su función inicial.
—Es un efecto temporal —pensó en voz alta Edward —. Alguien tendrá que quedarse aquí.
—Con gusto haré esa labor —dijo Leonard, con un esbozo de sonrisa.
—Sí, ya me lo imaginaba. Por cierto, ¿alguna idea de que podría significar Arcano?
Su compañero se encogió de hombros.

Edward no había visto a Eliza desde la noche en el cementerio. Quería hacerlo pero las ocupaciones en la mansión no se lo habían permitido. Después del solsticio las cosas debían volver a la normalidad poco a poco y aquello requería trabajo.
Sintió un cosquilleo extraño al estar parado frente a su puerta. Era una mezcla de nervios y de dudas. Aún así se dijo que debía dejarse de tonterías y llamó a la puerta.
Ella lo recibió con entusiasmo como siempre, aunque pudo jurar que el abrazo que le dio al saludarlo duró más que de costumbre. Como era usual, le sirvió una taza de té y ambos se sentaron en el invernadero.
—Supongo que ya sabes sobre la siguiente pieza —le dijo ella sin rodeos.
—A decir verdad, sí. Así es —respondió él, sintiendo algo de culpa —. Por favor no pienses que sólo eso me interesa.
—Claro que no. Yo ofrecí ayudarte —bebió de su taza —. Así que, cuéntame.
—Está en el lago. Debajo del hielo. No sé que haya ahí. Tal vez esté enterrado. En realidad no tengo idea.
—Vaya. Nunca he estado debajo del lago —observó ella —. Aunque es probable que esté oscuro. Necesitaras poción de luz.
—Estaba pensando en algo, desde la caverna.
—¿Sí?
—Me sería muy útil llevar mi hoz conmigo. Claro que no puedo sacarla de la mansión. Alguien podría notarlo —explicó.
—Ya veo, ¿has leído los libros que te di?
—Claro.
—Entonces me estás pidiendo que te enseñe a invocar cosas, ¿cierto?
—Exacto.
—Bien, y sabes lo que eso implica, ¿no es así?
—Tiene algo que ver con la... energía interna, me parece.
—Correcto —Eliza se levantó de su asiento y comenzó a pasear por el invernadero, pensativa —. No es para nada sencillo. Sin embargo creo que tú ya tienes un gran paso avanzado.
—¿De verdad? —dijo Edward.
—Sí. Has tenido experiencias extracorpóreas. ¿Recuerdas como fue la primera vez que saliste de tu cuerpo? —mientras hablaba iba de un lado a otro.
—Lo recuerdo muy bien. Primero flotaba fuera de control, tuve que aprender a controlar mis movimientos. Caminar, mover cosas. Fue complicado, pero lo logré —mencionó con un dejo de orgullo.
—Excelente. Esto es lo que harás —dejó de caminar y se puso frente a él —. Es de suma importancia que primero formes un vínculo con el objeto. Tú ya lo tienes, llevas tu hoz a cada viaje ¿sí?.
Edward asintió.
—Bien. Eso quiere decir que estás en contacto con su estado más puro. Cuando ambos son energía y nada más —de pronto soltó una risita —. Esto es emocionante. Casi nunca puedo hablar de estas cosas. Ahora, ¿tienes claro el lugar donde está guardada?
—Claro, lo veo todos los días.
—Excelente, excelente— repitió —. Debes visualizarlo con toda claridad, como si estuvieras parado frente a ese lugar. Levántate. Ven aquí.
Así lo hizo él y Eliza lo guió hasta donde estaba despejado de plantas o cualquier otro objeto.
—Quiero que te concentres. No dejes que nada entre en tu mente más que mi voz y la imagen del lugar. ¿Lo tienes claro?
Hubo un momento de silencio, antes de que Edward asintiera de nuevo. No quería hablar, sentía que perdería la concentración. Por unos momentos fue difícil olvidarse de todo lo que le rodeaba. Se imaginó saliendo de la cabaña, caminando por el sendero del bosque, corriendo a gran velocidad por la calle principal. La escalinata de la mansión estaba clara, subía y entraba, por los pasillos hasta el salón de casilleros. Tan claro como si lo tuviera en frente estaba su lugar usual. Cerrado, como siempre lo encontraba al llegar. Escuchaba la voz de Eliza como un eco lejano.
—Ya estás ahí, ¿sí?
Respondió moviendo la cabeza con suavidad.
—Ahora, lo siguiente es muy simple. Abre la puerta y saca la hoz. De ser necesario hazlo lento. Pero siente cada movimiento. Como si estuvieras fuera de tu cuerpo.
Entonces sucedió. Se sintió ligero, como lo hacía en la tierra de mortales. El mundo a su alrededor se desvaneció. Su cuerpo entero se estremeció. Ahora era una ráfaga de viento. Intentó detenerlo, pero ya era tarde. Lo único que pudo hacer era lo que ella le indicaba. El salón de los casilleros comenzaba a desvanecerse y en su mente sólo quedaba la imagen de lo que tenía en frente. Lo abrió. Su hoz estaba ahí dentro. Estiró la mano, fantasmal, de un verde muy brillante. El instrumento también era de ese color, aunque al principio se veía sólido, como lo vería en un día normal. Se aferró a él y abrió los ojos.
Algo lo golpeó por la espalda y en la parte trasera de su cabeza.
—¡Edward! ¿Estás bien? —escuchó como entre sueños.
—Sí, sí —balbuceó. Parpadeó un par de veces y recobró el sentido. Estaba en el suelo y Eliza de rodillas junto a él. Lo miraba, preocupada. El aroma de su cabello lo inundó —. ¿Qué pasó?
—Es increíble. Jamás lo había visto. Lo he practicado tantas veces, pero tú lo has logrado en el primer intento.
—¿Lo logré? —dijo, aún aturdido.
—¡Saliste de tu cuerpo! Fue menos de un segundo, pero lo hiciste —sus ojos estaban muy abiertos, lo veía como si apenas pudiera creer que existía.
—¿Y la hoz?
Ambos buscaron a su alrededor. Edward sintió algo que se encajaba en su pierna. La levantó. Su hoz estaba ahí.
—En verdad lo logré. Es increíble.
—Sí lo es —reiteró ella, ayudándolo a levantarse.
—Ahora practiquemos no me desmayarme cuando lo hago —ambos rieron.
El resto de su estancia ahí lo ocuparon para practicar un par de veces más, las suficientes para lograr materializar el abrigo de Edward y luego poner ambas cosas de vuelta en el casillero. Después de esto lo invadió el agotamiento. Aunque al principio pareció sencillo, ahora sentía el cuerpo entero abatido. La cabeza la sentía como un gran saco llena de rocas.
—Pensé que nos llevaría días, tal vez semanas —dijo Eliza, aún incrédula —. Era improbable un avance tan apresurado.
El muchacho sólo pudo encoger los hombros. De pronto una idea lo impactó, obligándolo a levantarse.
—¿Sabes el significado de esto? Podemos sacar las siguientes piezas sin ponernos en peligro. Sólo debemos practicar un poco más y...
Ella negó con la cabeza. Lo miraba como si fuera a reprenderlo.
—¿No te quedó claro? Debes tener muy bien ubicado el lugar. No puedes materializar algo que no has visto. Además te estás olvidando del vínculo.
Edward se quedó en silencio.
—Cierto —dijo, algo decepcionado. De nuevo se dejó caer —. Mencionaste haberlo practicado. ¿Usas un objeto en particular?
La sonrisa de la chica le hizo adivinar que ya sospechaba aquella pregunta.
—Sí. Aunque nadie más que yo lo sabe.
—Respetaré tu secreto entonces —aseguró él.
Entonces ella cerró los ojos, extendió las manos con las palmas hacia arriba, como esperando recibir un regalo del cielo.
Pequeños espirales de luz y destellos como diamantes del color de sus ojos aparecieron en sus palmas. En ellas fue pareciendo poco a poco una figura grande, como una caja. De la parte superior brotó un tallo largo. En su otra mano apareció una vara alargada. El muchacho por un momento creyó ver una varita mágica, pero se dio cuenta que era un arco.
Eliza abrió los ojos.
—Un violín —señaló Edward, sorprendido —. No tenía idea que tocaras. Aunque tiene sentido, si lo pienso bien.
—¿Por qué lo dices?
—Hay algo... musical en tu personalidad.
De pronto él notó que la chica no había dejado de sonreír. Pensó que le gustaba mucho cuando lo hacía. Le parecía aún más bonita.
—¿Tocarías algo?
Su rostro enrojeció y la sonrisa fue reemplazada por una risa nerviosa.
—No lo sé —murmuró, desviando la mirada.
—Anda, no voy a juzgarte. Sólo, me gustaría escucharte —la animó él.
Lo pensó unos momentos.
—Está bien —aceptó y procedió a erguir la espalda y colocar el violín en su hombro —. Pero promete que no me observarás.
Aquello le pareció adorable. Por supuesto, accedió a no hacerlo.
Cuando Eliza comenzó a tocar, descubrió que no había forma de fijar su mirada en ella, pues en la mesa de la cocina lo utensilios comenzaron a cobrar vida.
Comenzó con un tintineo. Una de las cucharitas flotó y se meció al compás de la melancólica tonada. Se introdujo en el tarro de la miel y sacó una buena porción. La tapa de la tetera tembló. También estaba flotando. Del caldero en la chimenea emanó un hilo de agua humeante, serpenteando hasta encontrar su destino en el interior de la tetera que giraba. Todo movimiento obedecía a una nota emitida por el instrumento, en una perfecta armonía. Para cuando Eliza terminó de tocar, el té estaba listo y servido en dos tazas que flotaron con suavidad hasta la mesita en el centro de la sala.
Ella abrió los ojos y miró con timidez a su amigo. Él aún tenía la boca abierta y los ojos clavados en las tazas.
—Cuando aprendes a canalizar tu energía con el objeto, puedes usarlo para transmitirla a otros y manipularlos —explicó, aún sonrojada.
—Fascinante —fue lo único que pudo responder Edward.
Eliza hizo una pequeña reverencia con la cabeza. Dejó el violín y tomó una de las tazas.
—De hecho, creo que eras muy buena
—Por su puesto que no —se apresuró a decir, negando con la cabeza. Le lanzó una mirada tímida — ¿tú crees?
—Claro —asintió él. Tomó también su taza—. Deberías unirte a la orquesta de Gloom Town o tocar en algún lugar ¿lo has considerado?
—Lo hice por un tiempo
—¿En serio? Que bien. ¿Qué pasó?
—Descubrí que me gusta más tocar a solas.
Edward asintió con energía.
—Sí. Entiendo de que hablas.
Ambos subieron sus tazas, como brindando por aquellas palabras.

Para cuando decidieron llevar a cabo la nueva búsqueda, las tormentas de nieve habían aminorado de manera considerable. Los negocios reabrieron en sus horarios habituales. Los carruajes que limpiaban las calles ya no eran una visión común. La niebla también se había retirado. Ahora se podía gozar de cielos claros, donde la luna brillaba, enorme y plateada la mayor parte de la noche.
La bahía era una visión fascinante con el clima despejado. De no haber estado cubierto de nieve, se podría distinguir la división exacta en la que el suelo del bosque se convertía en arena, dando paso a la playa delante. En el borde los árboles ya no eran iguales, se transformaban en alargadas palmeras que se mecían con la ligera brisa. El lago, que permanecía congelado, no parecía tener un límite. Era probable que en algún punto se convirtiera en mar.
Edward y Leonard llegaron juntos. Se habían encontrado en el sendero del bosque cerca de la estación de tren. Caminaban dejando huellas en la nieve de la misma forma que lo habrían hecho en la arena debajo. La luz del faro alumbraba a la distancia, rondando. Hasta entonces el muchacho comprendió el nombre de la bahía.
La cadena montañosa, de cimas curveadas y puntiagudas presentaban una similitud ineludible al oleaje del mar. De entre estas olas surgía la proa de un majestuoso barco, conformado por la montaña en la que se erguía el faro. Una formación rocosa alargada fungía como el bauprés y la roca debajo tenía huecos alargados, horizontales, lo que hacía parecer aquello como una gran caja torácica vista del lado. Como si alguien hubiera decidido que la similitud no fuera suficiente, también había un mascarón de proa. Representaba una sirena cadavérica con la mandíbula desencajada, su huesudo brazo se extendía hacia el cielo. Se podría pensar que había quedado congelada mientras interpretaba una melancólica melodía. Su abundante cabello, como mortajas, se fundía con las enormes costillas que tenía detrás. Con aquella visión completa, el faro y la lona atada al costado de este, completaban el enorme barco como un mástil y su vela.
Recordando la caverna con forma de calavera y ahora esto, Edward no pudo evitar preguntarse si sería el trabajo de un habilidoso artista o si acaso pudiera ser producto de la naturaleza del mundo que habitaba. Había visto tantas cosas ya, que no lo hubiera cuestionado. A pesar de todo no dejaba de sorprenderse.
Continuaron hasta llegar a los muelles que les permitían el acceso a las cuevas en la base de la montaña.
El plan estaba claro. Leonard se encargaría de mantener el faro alumbrando el lugar en el que debían explorar, de otra forma la luz no duraría lo suficiente. Eliza y Edward bajarían al fondo del lago a buscar la nueva pieza. No pudo llevar la página con el diagrama de lo que buscarían. Dadas las circunstancias de la última vez, decidió copiarlo en un trozo de pergamino. Si era honesto consigo mismo, sus habilidades de dibujo no estaban mal. Con claridad se entendía que la nueva pieza tenía el aspecto de un medallón. Incrustado en él, como una joya, un cristal en forma de gota que parecía estar quebrado desde el centro hacia fuera.
Entregó a su amigo las páginas con los diagramas y coordenadas que habría de escribir en la maquina.
Cuando aún discutían los últimos detalles, un sonido mecánico los distrajo. Al principio pensaron que podría provenir del faro. Pero el ruido venía de lejos. Entonces lo vieron.
Una silueta extraña se apresuraba hacia ellos. Gruñía como engranes moviendo una maquinaria, también emitía un peculiar zumbido.
El primero en darse cuenta fue Edward, quién soltó un grito de triunfo al notar de que se trataba. Leonard lo miró aún confundido.
Eliza corría hacia ellos, aunque en realidad no estaba corriendo, iba sobre algo, la fuente de los ruidos mecánicos. Se detuvo de golpe, levantando nieve a su alrededor.
—¡Increíble! —la felicitó el muchacho —. ¡Lo lograste!
—No del todo —respondió la chica, desmontando de su invención y removiéndose los grandes lentes que llevaba puestos —. Sólo he logrado que levite un poco. Aún no puedo hacer que vuele.
—¿Qué demonios es eso? —interrumpió Leonard. Eliza lo miró con desdén.
—Ah, señor Sinister —saludó, sin muchas ganas de hacerlo.
—Eliza creó una escoba que vuela —explicó Edward, en un afán por evitar cualquier situación desagradable —. Aunque, como ella dijo, aún no vuela. ¡De cualquier forma es maravilloso!
—Mientras sea útil —dijo el hombre, sin darle demasiada importancia —. Será mejor que vaya.
Sin más, dio la vuelta y caminó por el muelle hasta perderse en la entrada de la cueva.
—A mi me parece que es fascinante —dijo Edward. Sentía la necesidad de disculparse por su amigo.
—Gracias, Edward. Pero no es necesario —respondió Eliza, adivinando sus intensiones —. Sé que es tu amigo, pero debo ser muy honesta contigo.
—Dime.
—Hay algo en él que no me agrada. Sé que al decirlo ahora pensarás que es por lo que ha dicho —agregó en cuanto supo que el muchacho iba a decir algo —. Sin embargo creo que hay algo en él. Algo que no me convence del todo.
Edward se quedó sin palabras. Eliza tenía muchas razones para pensar aquello, pero él era quien lo conocía más y sabía que podía darle su confianza. Aunque le apenaba que dos personas de suma importancia para él hubieran tenido tan mal comienzo. Considerando que fue Leonard quien lo había animado a hablarle, eso le parecía extraño.
—Entiendo. Por ahora deberíamos enfocarnos a lo que vinimos. ¿Esta bien? —dijo, esforzándose por sonreír, mostrando conformidad.
—Claro. Perdona que lo mencionara ahora —se disculpó ella.
—No te preocupes. Sólo quiero saber algo —la chica lo miró preocupada —. ¿Crees que flotará sobre el hielo? —preguntó señalando el artefacto.
Eliza sonrió, entre aliviada y emocionada.
—Podemos averiguarlo de una manera.

Sentir el viento en el rostro mientras montaban en la escoba y sujetándose firme de la cintura de Eliza, hizo que por un momento olvidara porqué estaba ahí. Leonard ya había puesto en marcha la maquinaria del faro y la luz señalaba con claridad en dónde debían detenerse.
El viaje fue breve, pero al menos ahora comprobaban la capacidad de la escoba para flotar sobre nieve y hielo.
Llegaron hasta el círculo de luz, la cual marcaba un área muy amplia. Les hizo sentir como si una luz divina los iluminara desde el cielo.
Eliza extrajo del saco de pociones una botella ámbar. Indicó a Edward que diera unos pasos atrás y vertió el contenido sobre el hielo. Éste comenzó a disolverse como si la poción estuviera hirviendo, provocando una nube de vapor blanco.
Ambos observaron el hueco oscuro, como una mancha de brea en medio del hielo cristalino.
—Será mejor traerla de una vez —dijo él. Cerró los ojos. El silencio del ambiente lo ayudó a concentrarse con mayor facilidad. Pronto estaba frente al casillero en la mansión. Como las otras veces, estiró el brazo y sacó la hoz. Cuando abrió los ojos, apenas se había tambaleado un poco. Por lo resbaloso del hielo creyó que se caería de nuevo, pero tuvo tiempo de reaccionar. Sintió el mango del instrumento en su mano. Aún así la miró para asegurarse de su logro.
—Bien hecho —lo felicitó Eliza.
La luz del faro comenzó a moverse de lugar. En ese momento Edward tuvo la absurda idea de que Leonard había abandonado su puesto. Su temor probó se infundado cuando el círculo se volvió a posicionar en donde estaban. Eso le dio cierto alivio.
Se quitaron toda prenda que resultara estorbosa. Eliza llevaba un gracioso vestido de playa y Edward sólo se dejó puesta la camisa y los pantalones.
—Lindo vestido —dijo Edward con una sonrisa perspicaz.
—Calla, es el único atuendo apto para esto. Era eso o nada —dijo, mientras se sentaba en el hielo. El muchacho se ruborizó ante tal idea. Prefirió guardar silencio.
Si el clima de afuera era frío, el agua aumentaba la sensación en grandes cantidades. Era mejor introducirse de una sola vez y así fue como lo hicieron.
El descenso a las profundidades pareció eterno. Conforme avanzaban el peso del agua les comprimía el cuerpo cada vez más. Aunque no llegaba a ser insoportable.
Con cada brazada, sentían como la densidad iba aumentando.
La luz del faro los guió hasta cierto punto. Después de eso, todo era oscuridad.
Ambos extrajeron un frasco de poción de luz. El contenido era tan viscoso que fue bajando e iluminando todo a su paso. Ahora tenían un camino más claro.
De entre la oscuridad del fondo y las estelas brillantes que disipaban las sombras surgieron largos mástiles, proas y popas. Velas rasgadas se aferraban a ellos, flotando como espectros desanimados. Ahí abajo había tantos barcos hundidos como casas en el centro del pueblo. Por como estaban colocados, se podría pensar que se trataba de una ciudad subacuática. Habías torres, callejones, puertas y ventanas. Detrás de algunas brillaban fulgores verdosos, azulados y blancos. Eliza se emocionó al verlos, pues provenían de plantas fosforescentes. Serpenteaban, dejándose llevar por la corriente marina. De inmediato sacó frascos vacíos y comenzó a recolectar muestras.
Imagina que todos los barcos que alguna vez se hundieron, terminaran aquí, el mar de los muertos pensó Edward, admirando el nuevo panorama.
Había desde pequeñas embarcaciones hasta magníficos galeones. Incluso pudo observar barcas vikingas, identificadas por los dragones en la proa y los restos de escudos en los costados.
Ante aquel laberinto de madera podrida, hierro oxidado y fauna marina, era imposible saber por dónde comenzar. Supuso entonces que su mejor opción era buscar algún cofre.
Nadó hasta quedar por completo inmerso entre los barcos. Eliza lo seguía de cerca y de vez en cuando se detenía a tomar alguna otra muestra.
Bancos de peces extraños a veces los sorprendían, pues al notar a los intrusos nadaban con rapidez en la dirección contraria. En ocasiones se cruzaban con otros animales más grandes. Por suerte ninguno parecía peligroso. La chica los observaba con curiosidad infantil.
Seis frascos de poción de luz más tarde, aún no encontraban indicio alguno.
Ambos se detuvieron en el mástil de un barco enorme. Se sentaron en él para descansar.
Llevaban ahí un rato cuando la chica vio algo que llamó su atención. Fue nadando hacia aquello, mientras Edward la seguía. Era una enredadera dorada. Eliza intentó quitarle una hoja, sólo para darse cuenta que era el adorno de un barco. Con desanimo, guardó el frasco que llevaba. Entonces él se dio cuenta, debajo había una placa. La enredadera la había protegido del desgaste en algunas partes. En ella se leían las letras RC  NC. A su mente vino algo. Nadó para ver la embarcación completa de lejos. El barco se había partido por la mitad, el aparejo era un enredo de cuerdas y madera rota. La proa sobresalía de la arena en vertical, apuntando el bauprés hacia la superficie. Con letras doradas, roídas por el agua y el tiempo estaba el nombre del barco. ARCANO.
Edward se llevó las manos a la cabeza y dejó salir un grito en forma de burbuja. Indicó a Eliza con enérgicas señales que había encontrado algo y nadó de vuelta a donde estaba. Entraron por una abertura en el costado de la mitad trasera. Edward nunca había estado en un barco, pero imagino que aquello debió ser en algún tiempo el camarote del capitán. Dentro había toda clase de cosas. Mesas, cañones, una cama adoselada, un globo terráqueo roto y, lo más importante de todo, varios cofres y cajas.
El muchacho, animado y a la vez lleno de incertidumbre, se lanzó sobre ellos y comenzó a abrirlos. Eliza hizo lo mismo.
Conforme iban abriéndolos, comprobaban algo que no hubieran imaginado, todos estaban vacíos. Edward sintió que el pecho iba a estallarle. Intentando conservar la calma, señaló a su compañera que buscaran en el resto del barco, sólo para encontrar que no era más que una cáscara vacía llena de madera podrida y corales crecidos.
Quizá estaba enterrada, pero eso resultaba imposible, pues debajo no había un lugar apto para ello.
Volvieron al camarote. Edward tuvo que detenerse y cerrar los ojos por un momento. La pieza tenía que estar ahí. No había más. Hasta entonces se dio cuenta. El hueco por el que habían entrado no era producto del envejecimiento del barco. Alguien más lo había hecho. En los bordes se veían con claridad marcas de serruchos y golpes de hachas. Algunas mesas estaban tiradas sobre sus costados y varias tablas del piso habían sido removidas también con hachas. No eran los primeros, alguien estuvo ahí antes.
Para confirmar su descubrimiento, Eliza fue hasta uno de los cofres más pesados. Estaba volcado, como si hubiera caído desde el armario que estaba en frente. Extrajo de él un pedazo alargado de tela. Lo observó y luego se lo entregó a Edward, con mirada enigmática.
Ambos trataban de discernir el significado de aquello, cuando la cabina entera tembló. Varios pedazos del techo se vinieron abajo. Se miraron, confusos. Apenas se preguntaban qué había sido eso cuando las paredes se sacudieron de nuevo. Escucharon el techo crujir. Temieron que todo se fuera a derrumbar, pero en lugar de eso, un gran trozo de madera voló hacia arriba. Por el hueco asomó algo parecido a un cráneo enorme de hocico alargado. Abrió las fauces, emitiendo un rugido agudo y temible. Supieron entonces que debían escapar.
Nadaron con fuerza hasta el agujero en el costado. Edward se guardó el trozo de tela en el cinturón. Era su único indicio.
La criatura embistió de nuevo la cabina, atorando su cabeza en el proceso. Hasta entonces notaron sus afilados colmillos. Sobresalían del hocico como los de un jabalí. Sus ojos estaban vacíos, pero no actuaba como si estuviera ciega. Por si fuera poco la poción se agotaba y les era difícil discernir el camino de vuelta.
Salieron del barco. Se dieron cuenta que la criatura tenía un cuerpo alargado, como una serpiente, con una aleta dorsal que se encrespaba al intentar salir el monstruo de donde se había atorado.
Eliza dio un tirón a Edward. Debían aprovechar eso a su favor. De inmediato lanzaron más poción de luz para guiarse.
Nadaron tan rápido como pudieron, hasta toparse con una nube oscura frente a ellos. Sin tiempo suficiente para frenar, impactaron contra ella. El cuerpo entero se les llenó de una sensación de escozor. Vieron con horror como estaban repletos de sanguijuelas aferradas a sus extremidades y torso. Agitados e intentando avanzar un poco más comenzaron a arrancarlas. Con cada tirón que daban sentían sus pequeños dientes como alfileres rasgándoles la piel. El agua se tornó púrpura a su alrededor.
Las sanguijuelas libres huyeron, a excepción de unas pocas que aún intentaban aferrarse. La serpiente nadaba hacia ellos. Embistiendo furiosa todo en su camino.
Intentaron seguir adelante, pero ésta fue más rápida y les cortó el paso.
Eliza alcanzó un frasco en su saco. Edward tomó la hoz para defenderse. La chica lanzó la poción, la serpiente lo atrapó en sus fauces. Hubo un momento triunfal en el que su contenido explotó, llenando de una nube verdosa el agua al rededor. Sin embargo duró poco, pues de la nube emergió la enorme cabeza, sacudiéndose los efectos. Aquello sólo la había enfurecido más.
Embistió a ambos, con un ataque que apenas pudieron esquivar. Edward pensó en volver a los barcos e intentar atascarla de nuevo en algún lugar. Pero al darse la vuelta sólo vio el abismo oscuro. A pesar de todo habían avanzado mucho, ahora ya estaban más cerca de la superficie.
La serpiente embistió de nuevo, esta vez empujándolos hacia arriba. Quedaron separados, perdiendo la noción por unos segundos. Edward vio como la gran cabeza blanca venía hacia él a toda velocidad. Sintió un empujón detrás. Eliza lo estaba quitando del camino, pero en el proceso uno de los colmillos le rasgó la pierna, provocándole un corte profundo. Al ver esto, Edward se lanzó hacia la criatura, alzando la hoz. Atestó un golpe directo en lo que debían ser las branquias del animal. Éste chilló y dio un respingo. El muchacho sintió una ráfaga empujarle el brazo derecho, pero no tuvo tiempo de reaccionar. De nuevo estaba siendo halado por la corriente.
Volteó a ver a Eliza quien tenía los ojos y la boca abierta en una atemorizante expresión. Se lanzó hacia ella para auxiliarla, pero la chica señaló algo hacia el fondo, llena de pánico.
Edward vio como su hoz caía al vacío. Aferrada a ella iba su puño junto con parte de su brazo derecho. Levantó el brazo, la cabeza se le nubló al ver que desde el codo hasta donde debía estar su mano, no había nada. Sintió que iba a desmayarse, pero en su lugar se lanzó hacia la hoz que caía con rapidez. La serpiente iba tras él, pero no le importó. Sólo le importaba recuperar su instrumento la mano que lo sujetaba.
Con el agua aprisionándolo y las fauces de la criatura a punto de morderle los talones, logró estirar el brazo ileso lo suficiente para alcanzar el mango de la hoz. Pensó en lo extraño que era ver una extremidad suya cercenada de su cuerpo, a pesar de sentirla aún en su lugar. Incluso intentaba nadar con ella. Aquel brazo pálido, desnudo, pegado al mango de la hoz debía ser un parásito, una extraña criatura marina con un parecido asombroso a una mano humana.
Una explosión de tinta verdosa envolvió de nuevo la cabeza de la serpiente. El efecto sería nulo, pero al menos la distraería. Edward nadó de vuelta, alejándose tan rápido como podía del monstruo. Eliza lo tomó por el brazo y ambos sintieron un descomunal alivio al ver la luz del faro, formando una mancha blanca hacia su salvación. Escucharon detrás el eco marino. La criatura aún luchaba por despejar el agua nebulosa a su alrededor.
Cuando por fin alcanzaron el hielo, Eliza subió tan rápido como le fue posible, sin soltar a Edward, ayudándolo a salir más fácil.
Sus cuerpos se tensaron en cuanto el viento frío los golpeó.
—Rápido Edward, sube a la escoba. Yo reuniré las cosas, debemos salir de aquí —le era difícil hablar pues el cuerpo entero se le estremecía.
—Ya hemos escapado. Tomate tu tiempo —la calmó él. Apretó la hoz, no se atrevía a tocar su brazo. Aún no podía creerlo. Sí lo tocaba sabría que era real.
Entonces vio en el rostro de Eliza una mueca de inquietud. No por lo que acababa de pasar, sino porque su escape aún no terminaba.
El primer golpe en el hielo fue la advertencia de que Edward se equivocaba.
La chica corrió, con las manos repletas, intentando no perder nada. Con suma habilidad subió a la escoba delante del muchacho y lo tomó por el brazo de nuevo. Iban avanzando cuando el segundo golpe quebró el hielo. La serpiente surgió, como un gigantesco tallo naciendo del suelo. Se mantuvo un tiempo en el aire, dándoles la horrible ilusión de que podía volar. Sin embargo cayó, rompiendo el hielo a su alrededor, creando olas enormes. La chica aceleró tanto como pudo. La marea los seguía muy de cerca. Sentían el agua salpicarles la nuca.
El camino hasta la orilla pareció eterno. Escuchaban crujir las fauces del monstruo a meros centímetros, después a unos metros, luego eran un simple eco. Habían alcanzado agua superficial y la serpiente ya no tenía espacio para continuar la persecución.
Ya en la orilla la vieron volver por la brecha abierta en el hielo.
Entre tanta conmoción no habían notado la luz del faro, estaba circulando de nuevo. Leonard corría hacia ellos.
—Lo vi todo desde arriba —dijo —. ¿Qué pasó? —notó el brazo de Edward e hizo un gesto que habría resultado gracioso de no ser por las circunstancias.
—Habrá que cosértelo de vuelta, Edward y debemos curar estas heridas. Será mejor irnos pronto —Eliza retomó su posición para avanzar de nuevo.
—¡Espera! —la detuvo Leonard —. ¿Encontraron la pieza?
Edward negó con la cabeza y observó que Eliza entornaba los ojos.
—No estaba ahí. Pero encontramos esto —intentó tomar el trozo de tela con su mano derecha. Exasperado, lo arrancó del cinturón con la otra mano para mostrárselo. El hombre lo observó.
—Tengo una idea de a quién pertenece —aseguró, causándole a Edward la sensación de que le habían quitado una enorme roca de encima.
—Ya lo discutiremos, ahora debemos irnos —gruñó Eliza.
—Espera —repitió Leonard.
—¡¿Qué?! —ambos miraron a la chica como si la enorme serpiente hubiera tomado su lugar de pronto.
—Vaya, sólo iba a decir que al final resultó útil ese artilugio tuyo.
Ella aún así lo miró, desconfiada.
—Lo sé. Por eso lo traje —sin esperar más comenzaron su avance por la playa hasta introducirse en el bosque, dejando solo a Leonard.

Cada vez que la aguja entraba en su piel, sentía como si un rayo le recorriera el cuerpo entero. Pensó que se acostumbraría a la sensación, pero no fue así. A pesar de los esfuerzos de la bruja por administrarle varias cosas para adormecerlo, ninguna había funcionado. Se lo atribuía a las emociones de los eventos previos. Aún estaba conmocionado, apenas podía creer todo lo sucedido. La idea de que todo había sido por nada quería entrar en su mente, pero no se lo permitió. Debía mantenerse firme.
—¿En serio no te duele? —preguntaba ella con asombro.
—Es sólo un cosquilleo —mintió —. Ya has hecho esto antes, ¿cierto?
—Una vez, mientras cortaba zanahorias, me distraje —sin perder la concentración en lo que hacía levantó su dedo meñique, moviéndolo hacia arriba y hacia abajo —. Debo decir que coser un brazo es más fácil. Las puntadas en el dedo son más pequeñas. Un poco de polvo de fénix, una noche de reposo. Mañana podrás moverlo sin problemas.
Edward se tranquilizó. Si bien no dudaba de las habilidades de Eliza, prefería corroborarlo, por si acaso. Cerró los ojos.
—Dime, ¿Qué es con exactitud lo que no te agrada de Leonard? —habló despacio. Intentaba evitar que el dolor fuera aparente en su voz —. Además de lo obvio, claro.
Ella mantuvo la mirada fija en la aguja, mientras penetraba en la piel.
—Pienso que se involucró en esto por razones un tanto egoístas —respondió —. Presiento algo oculto. Sus intenciones no son claras.
—Yo fui quien le pidió ayuda. Como sabes, no podía hacer esto sólo.
—Escucha, Edward. Mi intensión no es convencerte de que hay algo mal en él. Comprendo que es tu amigo.
—Fue la primera persona que conocí al llegar aquí. Él me entrenó para ser recolector. Sé que puede ser hosco. Créeme, también me gustaría saber más el porqué de su enemistad con Darkus. Sólo sé que puedo confiar en él.
Eliza por primera vez desvió la mirada hacia la del muchacho. A la luz de las velas había otra clase de intensidad en sus brillantes ojos violeta.
—Si es importante para ti, haré un esfuerzo para olvidarme de ello. Sin embargo si él hiciera algo al respecto también, lo apreciaría —hizo un nudo al hilo, lo recortó con cuidado y aplicó el polvo azul cubriendo la herida.
—Hablaré con él —le aseguró Edward, mientras ella volvía con vendas para envolver y sujetar el brazo.
—Está listo —anunció al terminar, no sin cierto orgullo.
—No tienes idea de lo muy agradecido que estoy —él permaneció quieto con el brazo reposando sobre la mesa —. Aunque me preocupa que esto se esté convirtiendo en costumbre.
—Ofrecí ayudarte y es lo menos que puedo hacer. Sin embargo pienso que debemos ser cautelosos en la siguiente misión.
—Estamos de acuerdo en eso.
A la luz del fuego en la chimenea y con lo silenciosa que estaba la noche, pensó que era el ambiente perfecto para dejarse llevar. Durante todo el proceso no pudo dejar de observar el rostro de Eliza. Intentaba no hacerlo demasiado, pues temía que lo notara. Sin embargo a cada oportunidad quedaba absorto por las forma de su nariz, sus labios, el brillo en sus ojos y la textura tersa de su piel. El tacto de sus manos le estremecía tanto como la aguja al atravesarlo. La belleza de su rostro era un mero reflejo de la mente cautivadora que había detrás. Tan libre, tan auténtica.
Sabes algo, Elizabeth Hallow, eres hermosa. Estoy seguro que ya lo sabes, pero aún así me encantaría decírtelo, no una, sino un millón de veces. Con gusto me volvería a sumergir en las heladas aguas del lago y pelearía con esa horrenda serpiente si luego de eso me concedieras besar esos labios tan perfectos pensó. Las palabras estaban ahí, las sentía empujando desde su cabeza. Era una simple cuestión de abrir la boca. Pero no lo hizo. Prefirió callar. Se quedó con ese pensamiento y el sabor amargo que le provocaba tener que guardarlo. Aquello lo siguió todo el camino de vuelta a casa y sólo sucumbió cuando el agotamiento lo hizo sumirse en el más profundo sueño.


En el salón abandonado se percibía un ambiente vacío. No había frío, ni calidez. El silencio era tenso. Al entrar Edward tuvo la sensación de que el abismo oscuro en el espejo estaba cruzando sus límites.
Cuando llamó a Lucius, este fue apareciendo poco a poco. Primero un fragmento de la máscara blanca, chorreando sombras, revelando la capa que lo cubría. Lo último en aparecer fueron aquellos ojos sin brillo. Uno amarillento y opaco, el otro negro como una canica, con un ligero resplandor rojizo. Algo no estaba bien.
—¿Qué ocurre? —indagó el muchacho. Se negaba a sucumbir ante el temible escalofrío cuya garra helada le acariciaba en el hombro.
—No tiene importancia —graznó el espectro —. He visto mejores días. Cuéntame tus logros en esta misión
En su voz había agonía. Así debía hablar un prisionero a quien le han sacado una confesión después de horas de tortura.
—Me temo que tengo malas noticias.
Lucius calló. La expresión fría en la máscara, aunque neutral de pronto resultaba atemorizante —. La pieza no estaba.
El silencio no se rompió. El espectro se mantuvo muy quieto, su apariencia era la de una estatua siniestra.
—Pero creo tener un indicio de dónde está —añadió para calmar la tensión.
—Vaya, por un momento creí ver como todo se venía abajo —respondió por fin Lucius. El cuarto entero se hizo más ligero de inmediato —. ¿Dónde crees que esté?
—La única pista es esta —dijo, estirando el trozo de tala para mostrárselo —. Aún no he tenido oportunidad de investigarlo.
—¡Será mejor que lo hagas pronto! —dio un alarido.
—Estoy en eso —se contuvo Edward.
Los ojos muertos se posaron en él. El muchacho desvió la mirada. Disimuló estudiar la tela en sus manos.
—Han sido días duros para mi. Si no te importa, debo pedirte paciencia.
La voz del hombre era lastimera, orillándolo a no tener más opción que comprenderlo.
—Entiendo. En realidad iba a proponerte algo —expuso con calma el muchacho —. Dime en dónde está la siguiente pieza. Estoy de acuerdo, el tiempo corre. Debemos apresurar esta búsqueda.
Lucius se irguió un poco. Sin preámbulos, extendió el mapa y mostró a Edward el dibujo de la siguiente pieza.
—El elemento final. Reuniendo los cuatro habremos logrado un avance considerable —explicó —. La semilla. Resguardada en un lugar del bosque del sur. Su ubicación no es clara.
En efecto. El mapa mostraba una estela brillante en un punto del bosque, pero no marcaba un sitio específico, a diferencia del resto. La pieza tenía el aspecto de una roca cubierta con espinas. Junto con las pistas también estaba el dibujo de un árbol, de tronco ancho, ramas extensas que casi tocaban el suelo. Sobre él, en los ya familiares garabatos de Darkus, se extendían un par de alas negras.
—El bosque del sur es el menos amplio de todos. Esperaría no tener problema para hallarlo —pensó Edward en voz alta. Eliza debía conocerlo bien.
—Así lo espero yo también —puntualizó Lucius con gran esfuerzo.
—Te dejaré descansar ahora —Tomó los dibujos y se dispuso a salir.
—Las sombras no permiten descanso —le oyó murmurar mientras desaparecía.

Al salir del salón al frío de la noche la imagen de Lucius tan deteriorado como estaba lo acompañó. ¿Sería posible que al terminar la búsqueda aún podría luchar? Terminar la búsqueda, repitió en su mente. Parecía tan lejano y, sin embargo, llevaba tanto tiempo pensando en ello. Ya no había una línea clara en cuando había iniciado y se sorprendió al darse cuenta que sólo habían pasado tres meses. Si contaba con que pensaba en ello en todo momento del día, entonces era mucho tiempo. Aunque no más del que llevaba muerto. El tiempo era algo extraño en la Tierra de Muerte, avanzaba y no. Se medía en recuerdos, pero también en relojes, aunque en realidad ya no importaba. Una mera costumbre, se dijo, como la comida y las siestas nocturnas.
De cualquier manera, la arena de su reloj personal ya le causaba estragos, aún no le llegaba ni a las rodillas, pero caminaba con dificultad. Era sólo una suposición, porque aquel reloj era invisible y lo manipulaba alguien más. La idea le hizo doler el estómago. Las tripas le ardieron mientras fruncía el ceño.
 Levantó la vista hacia la torre más alta de la mansión. La luz estaba encendida y titilaba, tranquila. Sin duda el fuego moribundo de la chimenea. Cuánto tiempo más antes de que se convirtiera en un incendio.


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