jueves, 14 de julio de 2016

1- Post Mortem

Su mente comenzó a nublarse. El agudo dolor en la espalda casi desapareció, al igual que el resto de sus sensaciones. Lo último que logró percibir fue el terreno en el que yacía. Sintió el pasto rozarle la cara y las manos. El olor de la tierra húmeda penetró en su nariz. Percibió un ardor mínimo en el labio, mientras un sabor metálico le llenó la boca. Después, con gran lentitud, todo fue profunda y desesperante oscuridad.

Aquella oscuridad era triste, lo aprisionaba. Sentía con claridad su cuerpo tendido en un terreno suave, pero al mismo tiempo muy incomodo. No podía moverse, a pesar de que lo intentó fervientemente. Su cuerpo, de pronto, había decidido traicionarlo y obedecer a una fuerza mayor que le ordenaba quedarse quieto.
Comenzó a visualizar algo en su mente, pero incluso aquellas visiones eran oscuridad pura. No pudo explicar como, pero las veía no a través, ni sobre ella, sino dentro de la misma oscuridad. Estaba sentado a la orilla de un inmenso río cuyas aguas corrían velozmente frente a él, emitiendo un temible rugido a su paso. Su espalda estaba apoyada contra algo rugoso, sin embargo reconfortante, el tronco de un árbol, un árbol no muy alto ni muy grueso, pero muy verde y sano. Aquél árbol tenía 27 mil 740 hojas verdes y saludables, un detalle que le pareció sumamente importante y que simplemente pareció estar en su cabeza, sin aparente utilidad y sobre el cual no se cuestionó en lo absoluto, tan sólo acepto que así era. Sin más explicación, las hojas sanas y fuertes se tornaron débiles y cayeron tan suaves como copos de nieve, desvaneciéndose en cuanto tocaban el árido suelo. La peculiar y exacta cifra en su mente disminuyó y tan sólo quedaron 17 mil 885 hojas verdes y sanas en el árbol, el resto habían desaparecido y en su lugar quedaron ramas grises, sin vida, pero aún firmes. El número de hojas de pronto careció de importancia.
Vio a un hombre, que no era uno como tal, sino algo mucho más grande, algo que su mente no alcanzó a comprender lo suficiente para verlo en su estado natural. Aquel hombre (o lo que sea que fuese) caminaba descalzo sobre las salvajes aguas del río, sin preocupación de hundirse ni de ser arrastrado por la corriente. El hombre se le acercó y le tendió una mano, larga y pálida, pero cálida al tacto. Su rostro estaba cubierto por una capucha negra, sin embargo juró que había visto una sonrisa dentro de aquellas sombras, así como veía aquellas cosas dentro de la oscuridad de su mente. Se levantó, guiado por la mano del hombre y descubrió que él también podía caminar sobre el río. Tuvo la extraña visión de que aquel personaje estaba rodeado de abejas, que zumbaban silenciosamente, como un leve susurro.
A mitad del camino pudo ver la orilla del otro lado del río y en ella otra figura, más humana que el personaje que lo había guiado hasta ahí y que ahora había desaparecido sin explicación alguna. No se había desvanecido, ni se había hundido en el río, simplemente de un segundo a otro ya no estaba.
Entre la niebla pudo distinguir al nuevo personaje que se le presentaba y el gran bosque que se extendía detrás de él. Este personaje se trataba de un reflejo de si mismo, un reflejo de mirada amenazadora y un odio incomprensible en ella, tan latente que casi podía verlo físicamente. Y así era, aquel reflejo no sólo lo representaba a él, sino también a ese gran odio. El reflejo abrió la boca y exhibió unos dientes bestiales, sucios y descuidados. Estaba gritando, o mejor dicho, estaba rugiendo, como una bestia terrible e infernal, sin que ningún sonido saliera de su boca. Poco a poco pudo percibirlo y en unos segundos el grito grave y macabro llenó aquél temible mundo de oscuridad hasta que fue insoportable, y no sólo su reflejo gritaba, sino que el viento y la oscuridad entera gritaban con él, ya no quería escucharlo y aún no podía moverse, quería dejar de escucharlo pero no podía, era terrible, hacía vibrar sus huesos y sentía  que su cráneo iba a reventar...

Abrió los ojos.

Edward Blackwells despertó en medio de lo que parecía ser un bosque. El pasto le acariciaba el rostro y el olor fresco de la tierra húmeda inundó sus sentidos. Al principio no tenía idea de lo que había sucedido. Estaba tendido boca abajo y todo estaba borroso.
Con gran dificultad apoyó una mano en el piso e intentó levantarse, pero solamente consiguió darse la vuelta y terminar tendido sobre su espalda. Un resplandor plateado lo cegó momentáneamente. Cuando su visión se aclaró, distinguió un gran globo de plata sobre las copas de los árboles. Más tarde comprendió que se trataba de la luna, una extrañamente grande y, si se permitía pensarlo así, sobrenatural. Se levantó con gran esfuerzo. Tocó su cabeza con una mano fría y delgada. Sintió su cabello enredarse alrededor de sus dedos, pero nada fuera de lo común. No había sangre u otra señal de que se hubiera golpeado al caer.
Se quedó inmóvil por varios minutos, tratando de asimilar lo que estaba sucediendo, intentando recordar lo que había pasado. ¿Era acaso un sueño?, no podía ser, era demasiado real.
Tocó el tronco de un árbol cercano. Cada grieta o nudo era insoportablemente áspero y el musgo se sentía excesivamente suave. Pisoteó fuerte las hojas del piso y con cada crujir, sus oídos vibraban intensamente, como si se tratara, no de hojas, sino de enormes fragmentos de cristal haciéndose añicos. Incluso arrancó un pedazo de pasto e inhaló el olor a tierra húmeda. Casi pudo asegurar que sintió el aroma en la parte interior de su nuca y en la boca del estómago.
«Un sueño demasiado real» pensó «, o quizá una alucinación potente».
Miró en todas direcciones y no pudo ver más que árboles que parecían extenderse infinitamente. No había caminos, ni señales.
«Pero de ninguna manera voy a quedarme aquí parado toda la noche». Y aunque quizá no era la decisión más inteligente (o eso le parecía), comenzó a caminar.
Sentía el pasto rozando las suelas de los zapatos y escuchaba el viento correr a través de las ramas de los árboles altos y espectrales. Definitivamente aquél era un sueño de lo más peculiar y, en extremo, realista.
«Aunque claro, no estás completamente seguro de que sea un sueño, ¿No es así, Edward?». Aquella pregunta surgió tan inesperadamente que por un segundo pensó que alguien más lo acompañaba y tuvo que mirar sobre su hombro. Nada excepto árboles.

Veía árboles ir y venir. Árboles pequeños, árboles más grandes, jóvenes, viejos, unos más anchos que otros. Diferentes patrones en el contraste entre hojas y cielo. Caras angelicales, feroces demonios. Sombras que danzaban a la luz de la inmensa y espectral luna. Garras que se extendían sobre él para atraparlo y llevarlo de vuelta a la tierra de sombras que había visto entre sueños, donde todo era oscuridad y aún así se podían tener visiones de lo más claras. El temor comenzaba a surgir. Después de todo, estar solo en medio de un bosque a la mitad de la noche no era precisamente su perspectiva de seguridad.
«A la mitad de la noche...» pensó exhausto. Sacó su reloj de bolsillo. El metal de la carcasa estaba helado. Las manecillas marcaban las nueve en punto. «No es tan tarde, aún podría llegar a casa y dormir a una buena hora... si es que encuentro el camino». Se paró en seco y comenzó a reír. Primero fue una risa contenida, después comenzó a reír más fuerte y de pronto su risa se había tornado histérica, al punto de las lágrimas. Unos segundos más tarde fue embargado por la terrible sensación de que ya jamás iba a volver a casa y las lágrimas se hicieron amargas.
—¿QUÉ ESTÁ PASANDO? —gritó desesperadamente. La única respuesta fue el viento entre los árboles y su propia voz respondiendo de vuelta con la misma interrogante. ¿Acaso llevaba minutos caminando? ¿Horas quizá?, ¿Podrían ser incluso días?. Aunque aquello no podía ser posible, lo creía muy real, tan real como el mundo que lo rodeaba y del que estaba seguro que no era producto de su imaginación. Desde el momento en que despertó en medio del bosque, todo era real.
Una rama crujió detrás de él. Giró la cabeza. Árboles y nada más. Quiso tragar saliva, pero su boca estaba horriblemente seca. Intentó tranquilizarse. ¡Otra rama! Esta vez más cerca. De nuevo miró, con más temor esta vez. Árboles y sombras... nada más. Comenzó a caminar con cautela, tratando de no hacer ruido al hacerlo, pero era prácticamente imposible. Con cada paso que daba una rama u hoja crujía bajo sus pies y otro eco más fuerte le acompañaba desde las profundidades del bosque. Intentó no perder el control de si mismo, pero todo aquello conspiraba en su contra y simplemente no pudo contenerse.
—¿Hay... alggg... alguien ahí?
La oscuridad respondió con un temible alarido. No supo si se trataba de alguna creatura demoníaca o de alguna pesada rama cayendo desde lo alto de un árbol o incluso una simple roca que se había caído por cualquier razón y había rodado sobre un montón de hojas secas. De cualquier manera no se quedó a averiguarlo y sus pies despegaron rápidamente del piso. Los árboles parecían correr hacia él y, aunque era difícil ver hacia donde iba, logró no chocar contra algo que lo detuviera, hasta que algo se aferró fuerte a su pie.

No tuvo idea de cómo sucedió, pero de pronto estaba una vez más tendido sobre el suelo, con el rostro y el traje lleno de lodo. Le tomó unos segundos darse cuenta de que había caído en una pequeña hondonada. Lo que sea que lo estuviera persiguiendo (si es que así era) lo habría perdido de vista para entonces. Nuevamente y con gran dificultad se levantó y se quedó quieto un par de minutos, esperando algún sonido o movimiento. Pero nada pasó. El bosque, sin más, había perdido toda cualidad siniestra.
Intentó salir de la hondonada, pero la tierra era demasiado húmeda y se caía a pedazos cada vez que trataba de subir. Después de decidir que era inútil, se sentó en la tierra y puso la cara entre las manos.
Había pasado un gran rato sentado en el lodo con la cabeza baja. Aquella extraña sensibilidad con la que había despertado había desaparecido, todo le resultaba normal una vez más. Levantó la vista y tuvo una extraña visión. Al principio pensó que una porción del bosque había desaparecido y que estaba mirando a un vacío inexplicable. Podía ver con exactitud las líneas que dividían el resto del bosque de aquel portal de oscuridad que se extendía frente a él. Retrocedió impactado y se estrelló de espaldas contra la pared de tierra que le evitaba salir de ahí. Pero, casi como si quisiera hacerlo, la luz de la luna se coló entre las ramas y hojas del bosque y alumbró el portal oscuro, revelándole una especie de túnel formado por árboles y enredaderas que seguían el camino que marcaba la hondonada, como si se tratara de un río que se hubiera secado abruptamente. Edward lo miró con desconfianza. Miró a su alrededor, paredes de tierra húmeda, como una tumba oscura sin salida. Un escalofrío le recorrió la espalda y de nuevo observó el túnel.
«No tienes muchas opciones ¿eh?» se dijo a sí mismo, sin quitarle los ojos de encima al pasadizo oscuro. Sin pensarlo mucho levantó su pie derecho, dio el primer paso y en breve ya estaba cruzando el misterioso umbral de árboles y plantas.

El camino era recto, sin obstáculos y entre más se adentraba, la oscuridad más lo recibía con sus frías garras. Por un momento tuvo la extraña idea de que la luz de la luna parecía seguirle los pasos, mirándolo por las minúsculas rendijas que se formaban entre el follaje y las enredaderas en las ramas de los árboles. Pero aquellos diminutos rayos de luna no eran suficientes para mostrarle el camino que le esperaba con cada paso, hasta que se desvanecieron completamente y quedó a oscuras, con el sonido del viento como único compañero. Aminoró el paso, moviendo los pies con lentitud, extendiendo las manos y palpando los troncos casi unidos de los árboles que formaban las paredes del pasadizo. No estaba seguro del tiempo o distancia que llevaba caminando, pero casi pudo asegurar que los imperfectos troncos se habían convertido súbitamente en superficies bien pulidas y planas. Un pequeño bache que sintió con el pie le indicó que el suelo había pasado de ser tierra y hojas a roca sólida. Comprobó que lo era con el resonar de sus pasos en lo que parecía una pequeña habitación o quizá incluso una cabaña en la que quizá había entrado sin poder ver hacia dónde iba. Cada determinado tiempo encontraba un pilar, lo que indicaba que el túnel seguía adelante.
Unos pasos después de que alcanzara el pasadizo de madera, notó un manchón anaranjado muy tenue. Al principio pensó que estaba comenzando a ver manchas a falta de iluminación, pero aquella cosa se expandía, casi palpitaba con cada paso que daba. Eventualmente se dio cuenta que se trataba de una luz, un pequeño resplandor al final del túnel. Apresuró el paso hasta que el resplandor fue revelando poco a poco las paredes, el piso de piedra y el techo abovedado, construido en su totalidad con madera oscura. El pasadizo terminaba en una abrupta curva y a la vuelta esperaba la fuente del misterioso resplandor.
Asomó la cabeza para asegurarse de que no estaba invadiendo la propiedad de alguien. Su primera visión fue una peculiar escalera de caracol, torcida y oscura, en medio de una pequeña cámara circular. La escalera parecía crecer del piso y no ser más que una maraña de raíces y tallos secos que no se había podado correctamente. El recinto estaba iluminado por lámparas de aceite. Cuervos de plata, ya algo oxidada, las sujetaban con picos y garras, mientras extendían sus alas en una pose eterna a la que se añadían sus miradas frías y distantes. El techo de la cámara ya no era como el del pasadizo. Estaba cubierto por enormes raíces que se extendían por las paredes como la cera de una vela derretida y congelada a la mitad del camino. Las raíces partían de un gran tronco hueco en el centro del techo, en el cuál se introducía la extraña escalera.
Edward se acercó y alargó una mano para sujetar lo que suponía era el barandal y le dio una sacudida para asegurarse que la cosa no se caería en pleno ascenso. La escalera entera crujió y de ella se desprendió una fina capa de tierra que llovió sobre él, ensuciando, aún más, su traje. Procedió a poner un pie en el primer escalón, con gran desconfianza. La escalera entera volvió a crujir, sin embargo, parecía muy sólida. Dio el siguiente paso y los crujidos disminuyeron. Así fue dando pequeños pasos hasta que estuvo seguro que podía seguir sin preocuparse. La pequeña cámara desapareció debajo de él mientras se introducía al gran tronco.
Cuando alcanzó el final de la escalera, encontró una extraña puerta que desentonaba en su totalidad con el resto del escenario. Mientras todo a su alrededor era cavernoso y orgánico, la puerta era perfectamente simétrica, digna de una residencia de nobles. La madera brillaba como si recién la hubieran barnizado, la manija impecablemente pulida y los adornos perfectamente tallados. Otro cuervo hizo su aparición, pero este era parte de un peculiar escudo de armas que estaba colocado a manera de aldaba en el centro de la puerta. El escudo exhibía una elaborada pica como fondo y un par de guadañas cruzadas detrás de ella, mientras el cuervo, extendiendo triunfante su alas, encabezaba el escudo. A diferencia de los cuervos que sostenían las lámparas, la mirada de este era imponente y seria, pero al mismo tiempo confiable. Debajo del escudo se extendía un roído listón con la leyenda Ultra Mortem Iacet Novum Vitae.
Edward miró el escudo con gran atención, intrigado por todos aquellos símbolos. Su limitado conocimiento del latín solamente le permitió reconocer las palabras Vida y Muerte (esta última provocándole un extraño escalofrío). Cualquiera que fuera su significado, razón de estar ahí e incluso las respuestas a gran parte de sus preguntas, se encontraban detrás de esa puerta, o al menos eso quería pensar.

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