Su mente comenzó a nublarse. El agudo dolor en la
espalda casi desapareció, al igual que el resto de sus sensaciones. Lo último
que logró percibir fue el terreno en el que yacía. Sintió el pasto rozarle la
cara y las manos. El olor de la tierra húmeda penetró en su nariz. Percibió un
ardor mínimo en el labio, mientras un sabor metálico le llenó la boca. Después,
con gran lentitud, todo fue profunda y desesperante oscuridad.
Aquella oscuridad era triste, lo aprisionaba. Sentía
con claridad su cuerpo tendido en un terreno suave, pero al mismo tiempo muy
incomodo. No podía moverse, a pesar de que lo intentó fervientemente. Su
cuerpo, de pronto, había decidido traicionarlo y obedecer a una fuerza mayor
que le ordenaba quedarse quieto.
Comenzó a visualizar algo en su mente, pero incluso
aquellas visiones eran oscuridad pura. No pudo explicar como, pero las veía no
a través, ni sobre ella, sino dentro de la misma oscuridad. Estaba sentado a la
orilla de un inmenso río cuyas aguas corrían velozmente frente a él, emitiendo
un temible rugido a su paso. Su espalda estaba apoyada contra algo rugoso, sin
embargo reconfortante, el tronco de un árbol, un árbol no muy alto ni muy
grueso, pero muy verde y sano. Aquél árbol tenía 27 mil 740 hojas verdes y
saludables, un detalle que le pareció sumamente importante y que simplemente
pareció estar en su cabeza, sin aparente utilidad y sobre el cual no se
cuestionó en lo absoluto, tan sólo acepto que así era. Sin más explicación, las
hojas sanas y fuertes se tornaron débiles y cayeron tan suaves como copos de
nieve, desvaneciéndose en cuanto tocaban el árido suelo. La peculiar y exacta
cifra en su mente disminuyó y tan sólo quedaron 17 mil 885 hojas verdes y sanas
en el árbol, el resto habían desaparecido y en su lugar quedaron ramas grises,
sin vida, pero aún firmes. El número de hojas de pronto careció de importancia.
Vio a un hombre, que no era uno como tal, sino algo
mucho más grande, algo que su mente no alcanzó a comprender lo suficiente para
verlo en su estado natural. Aquel hombre (o lo que sea que fuese) caminaba
descalzo sobre las salvajes aguas del río, sin preocupación de hundirse ni de
ser arrastrado por la corriente. El hombre se le acercó y le tendió una mano,
larga y pálida, pero cálida al tacto. Su rostro estaba cubierto por una capucha
negra, sin embargo juró que había visto una sonrisa dentro de aquellas sombras,
así como veía aquellas cosas dentro de la oscuridad de su mente. Se levantó,
guiado por la mano del hombre y descubrió que él también podía caminar sobre el
río. Tuvo la extraña visión de que aquel personaje estaba rodeado de abejas,
que zumbaban silenciosamente, como un leve susurro.
A mitad del camino pudo ver la orilla del otro lado
del río y en ella otra figura, más humana que el personaje que lo había guiado
hasta ahí y que ahora había desaparecido sin explicación alguna. No se había
desvanecido, ni se había hundido en el río, simplemente de un segundo a otro ya
no estaba.
Entre la niebla pudo distinguir al nuevo personaje que
se le presentaba y el gran bosque que se extendía detrás de él. Este personaje
se trataba de un reflejo de si mismo, un reflejo de mirada amenazadora y un
odio incomprensible en ella, tan latente que casi podía verlo físicamente. Y
así era, aquel reflejo no sólo lo representaba a él, sino también a ese gran
odio. El reflejo abrió la boca y exhibió unos dientes bestiales, sucios y
descuidados. Estaba gritando, o mejor dicho, estaba rugiendo, como una bestia
terrible e infernal, sin que ningún sonido saliera de su boca. Poco a poco pudo
percibirlo y en unos segundos el grito grave y macabro llenó aquél temible
mundo de oscuridad hasta que fue insoportable, y no sólo su reflejo gritaba,
sino que el viento y la oscuridad entera gritaban con él, ya no quería
escucharlo y aún no podía moverse, quería dejar de escucharlo pero no podía,
era terrible, hacía vibrar sus huesos y sentía que su cráneo iba a reventar...
Abrió los ojos.
Edward Blackwells despertó en medio de lo que parecía
ser un bosque. El pasto le acariciaba el rostro y el olor fresco de la tierra
húmeda inundó sus sentidos. Al principio no tenía idea de lo que había
sucedido. Estaba tendido boca abajo y todo estaba borroso.
Con gran dificultad apoyó una mano en el piso e
intentó levantarse, pero solamente consiguió darse la vuelta y terminar tendido
sobre su espalda. Un resplandor plateado lo cegó momentáneamente. Cuando su
visión se aclaró, distinguió un gran globo de plata sobre las copas de los
árboles. Más tarde comprendió que se trataba de la luna, una extrañamente
grande y, si se permitía pensarlo así, sobrenatural. Se levantó con gran
esfuerzo. Tocó su cabeza con una mano fría y delgada. Sintió su cabello
enredarse alrededor de sus dedos, pero nada fuera de lo común. No había sangre
u otra señal de que se hubiera golpeado al caer.
Se quedó inmóvil por varios minutos, tratando de
asimilar lo que estaba sucediendo, intentando recordar lo que había pasado.
¿Era acaso un sueño?, no podía ser, era demasiado real.
Tocó el tronco de un árbol cercano. Cada grieta o nudo
era insoportablemente áspero y el musgo se sentía excesivamente suave. Pisoteó
fuerte las hojas del piso y con cada crujir, sus oídos vibraban intensamente,
como si se tratara, no de hojas, sino de enormes fragmentos de cristal
haciéndose añicos. Incluso arrancó un pedazo de pasto e inhaló el olor a tierra
húmeda. Casi pudo asegurar que sintió el aroma en la parte interior de su nuca
y en la boca del estómago.
«Un sueño demasiado real» pensó «, o quizá una
alucinación potente».
Miró en todas direcciones y no pudo ver más que
árboles que parecían extenderse infinitamente. No había caminos, ni señales.
«Pero de ninguna manera voy a quedarme aquí parado
toda la noche». Y aunque quizá no era la decisión más inteligente (o eso le
parecía), comenzó a caminar.
Sentía el pasto rozando las suelas de los zapatos y
escuchaba el viento correr a través de las ramas de los árboles altos y
espectrales. Definitivamente aquél era un sueño de lo más peculiar y, en
extremo, realista.
«Aunque claro, no estás completamente seguro de que
sea un sueño, ¿No es así, Edward?». Aquella pregunta surgió tan inesperadamente
que por un segundo pensó que alguien más lo acompañaba y tuvo que mirar sobre
su hombro. Nada excepto árboles.
Veía árboles ir y venir. Árboles pequeños, árboles más
grandes, jóvenes, viejos, unos más anchos que otros. Diferentes patrones en el
contraste entre hojas y cielo. Caras angelicales, feroces demonios. Sombras que
danzaban a la luz de la inmensa y espectral luna. Garras que se extendían sobre
él para atraparlo y llevarlo de vuelta a la tierra de sombras que había visto
entre sueños, donde todo era oscuridad y aún así se podían tener visiones de lo
más claras. El temor comenzaba a surgir. Después de todo, estar solo en medio
de un bosque a la mitad de la noche no era precisamente su perspectiva de
seguridad.
«A la mitad de la noche...» pensó exhausto. Sacó su
reloj de bolsillo. El metal de la carcasa estaba helado. Las manecillas
marcaban las nueve en punto. «No es tan tarde, aún podría llegar a casa y
dormir a una buena hora... si es que encuentro el camino». Se paró en seco y
comenzó a reír. Primero fue una risa contenida, después comenzó a reír más
fuerte y de pronto su risa se había tornado histérica, al punto de las
lágrimas. Unos segundos más tarde fue embargado por la terrible sensación de
que ya jamás iba a volver a casa y las lágrimas se hicieron amargas.
—¿QUÉ ESTÁ PASANDO? —gritó desesperadamente. La única
respuesta fue el viento entre los árboles y su propia voz respondiendo de
vuelta con la misma interrogante. ¿Acaso llevaba minutos caminando? ¿Horas
quizá?, ¿Podrían ser incluso días?. Aunque aquello no podía ser posible, lo
creía muy real, tan real como el mundo que lo rodeaba y del que estaba seguro
que no era producto de su imaginación. Desde el momento en que despertó en
medio del bosque, todo era real.
Una rama crujió detrás de él. Giró la cabeza. Árboles
y nada más. Quiso tragar saliva, pero su boca estaba horriblemente seca.
Intentó tranquilizarse. ¡Otra rama! Esta vez más cerca. De nuevo miró, con más
temor esta vez. Árboles y sombras... nada más. Comenzó a caminar con cautela,
tratando de no hacer ruido al hacerlo, pero era prácticamente imposible. Con
cada paso que daba una rama u hoja crujía bajo sus pies y otro eco más fuerte
le acompañaba desde las profundidades del bosque. Intentó no perder el control
de si mismo, pero todo aquello conspiraba en su contra y simplemente no pudo
contenerse.
—¿Hay... alggg... alguien ahí?
La oscuridad respondió con un temible alarido. No supo
si se trataba de alguna creatura demoníaca o de alguna pesada rama cayendo
desde lo alto de un árbol o incluso una simple roca que se había caído por
cualquier razón y había rodado sobre un montón de hojas secas. De cualquier
manera no se quedó a averiguarlo y sus pies despegaron rápidamente del piso.
Los árboles parecían correr hacia él y, aunque era difícil ver hacia donde iba,
logró no chocar contra algo que lo detuviera, hasta que algo se aferró fuerte a
su pie.
No tuvo idea de cómo sucedió, pero de pronto estaba
una vez más tendido sobre el suelo, con el rostro y el traje lleno de lodo. Le
tomó unos segundos darse cuenta de que había caído en una pequeña hondonada. Lo
que sea que lo estuviera persiguiendo (si es que así era) lo habría perdido de
vista para entonces. Nuevamente y con gran dificultad se levantó y se quedó
quieto un par de minutos, esperando algún sonido o movimiento. Pero nada pasó.
El bosque, sin más, había perdido toda cualidad siniestra.
Intentó salir de la hondonada, pero la tierra era
demasiado húmeda y se caía a pedazos cada vez que trataba de subir. Después de
decidir que era inútil, se sentó en la tierra y puso la cara entre las manos.
Había pasado un gran rato sentado en el lodo con la
cabeza baja. Aquella extraña sensibilidad con la que había despertado había
desaparecido, todo le resultaba normal una vez más. Levantó la vista y tuvo una
extraña visión. Al principio pensó que una porción del bosque había
desaparecido y que estaba mirando a un vacío inexplicable. Podía ver con
exactitud las líneas que dividían el resto del bosque de aquel portal de
oscuridad que se extendía frente a él. Retrocedió impactado y se estrelló de
espaldas contra la pared de tierra que le evitaba salir de ahí. Pero, casi como
si quisiera hacerlo, la luz de la luna se coló entre las ramas y hojas del
bosque y alumbró el portal oscuro, revelándole una especie de túnel formado por
árboles y enredaderas que seguían el camino que marcaba la hondonada, como si
se tratara de un río que se hubiera secado abruptamente. Edward lo miró con
desconfianza. Miró a su alrededor, paredes de tierra húmeda, como una tumba
oscura sin salida. Un escalofrío le recorrió la espalda y de nuevo observó el
túnel.
«No tienes muchas opciones ¿eh?» se dijo a sí mismo,
sin quitarle los ojos de encima al pasadizo oscuro. Sin pensarlo mucho levantó
su pie derecho, dio el primer paso y en breve ya estaba cruzando el misterioso
umbral de árboles y plantas.
El camino era recto, sin obstáculos y entre más se
adentraba, la oscuridad más lo recibía con sus frías garras. Por un momento
tuvo la extraña idea de que la luz de la luna parecía seguirle los pasos,
mirándolo por las minúsculas rendijas que se formaban entre el follaje y las
enredaderas en las ramas de los árboles. Pero aquellos diminutos rayos de luna
no eran suficientes para mostrarle el camino que le esperaba con cada paso,
hasta que se desvanecieron completamente y quedó a oscuras, con el sonido del
viento como único compañero. Aminoró el paso, moviendo los pies con lentitud,
extendiendo las manos y palpando los troncos casi unidos de los árboles que
formaban las paredes del pasadizo. No estaba seguro del tiempo o distancia que
llevaba caminando, pero casi pudo asegurar que los imperfectos troncos se
habían convertido súbitamente en superficies bien pulidas y planas. Un pequeño
bache que sintió con el pie le indicó que el suelo había pasado de ser tierra y
hojas a roca sólida. Comprobó que lo era con el resonar de sus pasos en lo que
parecía una pequeña habitación o quizá incluso una cabaña en la que quizá había
entrado sin poder ver hacia dónde iba. Cada determinado tiempo encontraba un
pilar, lo que indicaba que el túnel seguía adelante.
Unos pasos después de que alcanzara el pasadizo de
madera, notó un manchón anaranjado muy tenue. Al principio pensó que estaba
comenzando a ver manchas a falta de iluminación, pero aquella cosa se expandía,
casi palpitaba con cada paso que daba. Eventualmente se dio cuenta que se
trataba de una luz, un pequeño resplandor al final del túnel. Apresuró el paso
hasta que el resplandor fue revelando poco a poco las paredes, el piso de
piedra y el techo abovedado, construido en su totalidad con madera oscura. El
pasadizo terminaba en una abrupta curva y a la vuelta esperaba la fuente del
misterioso resplandor.
Asomó la cabeza para asegurarse de que no estaba
invadiendo la propiedad de alguien. Su primera visión fue una peculiar escalera
de caracol, torcida y oscura, en medio de una pequeña cámara circular. La
escalera parecía crecer del piso y no ser más que una maraña de raíces y tallos
secos que no se había podado correctamente. El recinto estaba iluminado por
lámparas de aceite. Cuervos de plata, ya algo oxidada, las sujetaban con picos
y garras, mientras extendían sus alas en una pose eterna a la que se añadían
sus miradas frías y distantes. El techo de la cámara ya no era como el del
pasadizo. Estaba cubierto por enormes raíces que se extendían por las paredes
como la cera de una vela derretida y congelada a la mitad del camino. Las
raíces partían de un gran tronco hueco en el centro del techo, en el cuál se
introducía la extraña escalera.
Edward se acercó y alargó una mano para sujetar lo que
suponía era el barandal y le dio una sacudida para asegurarse que la cosa no se
caería en pleno ascenso. La escalera entera crujió y de ella se desprendió una
fina capa de tierra que llovió sobre él, ensuciando, aún más, su traje.
Procedió a poner un pie en el primer escalón, con gran desconfianza. La
escalera entera volvió a crujir, sin embargo, parecía muy sólida. Dio el
siguiente paso y los crujidos disminuyeron. Así fue dando pequeños pasos hasta
que estuvo seguro que podía seguir sin preocuparse. La pequeña cámara
desapareció debajo de él mientras se introducía al gran tronco.
Cuando alcanzó el final de la escalera, encontró una
extraña puerta que desentonaba en su totalidad con el resto del escenario.
Mientras todo a su alrededor era cavernoso y orgánico, la puerta era
perfectamente simétrica, digna de una residencia de nobles. La madera brillaba
como si recién la hubieran barnizado, la manija impecablemente pulida y los
adornos perfectamente tallados. Otro cuervo hizo su aparición, pero este era
parte de un peculiar escudo de armas que estaba colocado a manera de aldaba en
el centro de la puerta. El escudo exhibía una elaborada pica como fondo y un
par de guadañas cruzadas detrás de ella, mientras el cuervo, extendiendo
triunfante su alas, encabezaba el escudo. A diferencia de los cuervos que
sostenían las lámparas, la mirada de este era imponente y seria, pero al mismo
tiempo confiable. Debajo del escudo se extendía un roído listón con la leyenda Ultra Mortem Iacet Novum Vitae.
Edward miró el escudo con gran atención, intrigado por
todos aquellos símbolos. Su limitado conocimiento del latín solamente le
permitió reconocer las palabras Vida y
Muerte (esta última provocándole un
extraño escalofrío). Cualquiera que fuera su significado, razón de estar ahí e
incluso las respuestas a gran parte de sus preguntas, se encontraban detrás de
esa puerta, o al menos eso quería pensar.
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