La oscuridad lo cubría todo. El cielo no podía
distinguirse de la tierra. Una extraña niebla negra flotaba a su alrededor,
comprimiéndole el pecho con fuerza. Intentó tocarse el rostro, pero sus manos
pesaban, tenía algo en las muñecas.
Eran cadenas. A lo lejos una luz comenzó a palpitar, primero tenue,
luego fue aumentando el ritmo. Se acercó con violencia hacia él. Era un pozo,
lleno de lava hirviente. Primero lo deslumbro, al punto de sentir como el calor
le lastimaba los ojos. Cuando al fin recuperó la vista vio algo retorciéndose
en el pozo. No quería verlo, pero se acerco, sin poder controlar su impulso.
Era una persona, un hombre, se retorcía en agonía al fondo.
—Ayúdame —dijo moribundo.
No quería acercarse, estaba aterrado. Pero lo hizo, se
inclinó sobre el pozo y estiró una mano. Era imposible alcanzarlo. Ahí se dio
cuenta. No era lava, sino sangre hirviendo.
El hombre quemado comenzó a escalar por las rocas que
flotaban en el llameante río. Se retorcía, cada movimiento como si los huesos
de su cuerpo se dislocaran. El cuerpo entero negro como brea y llagas
sangrantes que emanaban un rojo resplandeciente. El rostro como una calavera
cubierta con retazos de piel quemada. Los ojos llenos de furia.
Quería apartar la vista, debía apartarla. No pudo. En
segundos estaba cara a cara con la criatura.
Una garra le aprisionó el rostro. Quemaba. El miedo le
escaló la garganta. Estaba petrificado. La criatura lo miró directo a los ojos,
sin decir nada.
Una vez más la luz del día se coló entre sus párpados,
salvándolo de la temible pesadilla. El rostro le ardía y lo único que podía ver
era una gran mancha café. Se llevó las manos a la cara, sintió algo rugoso y lo
apartó asustado. El mapa cayó al piso con suavidad. Le tomó un minuto
tranquilizarse. Para cuando se estaba vistiendo, había olvidado los detalles de
la pesadilla.
Acercó la silla al escritorio frente a la ventana,
extendió el mapa y repasó lo que había leído la noche anterior. Decidió que
tomaría el tren, aunque la estación más cercana estuviera lejos del
departamento.
Tomó las llaves, la bolsa con monedas, el mapa y su
reloj, aunque no le sirviera de mucho. Cuando cerró la puerta, bajó las
escaleras y recorrió el vestíbulo para salir, ya ni siquiera recordaba haber
soñado algo.
Un gélido día le dio la bienvenida. Las nubes parecían
dispuestas a ser las protagonistas. El viento que soplaba le calaba hasta los
huesos, pero pronto descubrió que no estaba temblando e incluso le resultaba
reconfortante la sensación que el frío le provocaba.
De acuerdo al mapa, el Monte Moontower estaba construido
como un gran espiral de casas que partía de una torre establecida en el centro
de todo.
Al mirar hacia atrás notó por primera vez lo que debía
ser la torre, cubierta por bruma gris, creando una particular silueta.
Siguió por la calle hasta que descubrió varios
terrenos baldíos y callejones que le permitían cortar camino hasta la estación
del tren.
Durante su trayecto se topó con un par de personas a
las que saludó con cordialidad. Estos le devolvieron el saludo, mirándolo con
curiosidad. Supuso, entonces, que no debían llegar muchas caras nuevas al
pueblo.
En unos minutos, menos de lo que pensó, había llegado
al límite del monte, donde las casas eran escasas. El paisaje que se podía
apreciar desde ahí debía ser majestuoso en días menos nublados. Por el momento
sólo se alcanzaba a ver la parte donde el bosque comenzaba.
La
estación era mucho más pequeña de lo que había imaginado. Consistía en un andén
de techos triangulares, con banquitas de hierro fijas sobre viejos tablones que
crujían cada vez que el viento soplaba. En el extremo derecho se alzaba una
casilla que parecía haberse dado por vencida a la mitad de un intento por
derrumbarse. El añejado letrero que la coronaba tenía escrito las letras TAQ IL A apenas visibles. Sobre los
techos triangulares había otro letrero, en mejor estado, donde se leía Estación Monte Moontower.
El andén estaba construido muy cerca del borde del
rocoso acantilado. Así que Edward decidió rodear la estación por la parte de
atrás.
Se acercó a la taquilla, que en un principio parecía
vacía. Se asomó por la sucia ventanilla rota.
—¿Hola? —dijo e intentó limpiar el vidrio con su
manga.
—¡Hola! —respondió una voz detrás de él, haciéndolo
saltar. Se dio la vuelta para ver quien era, pero al parecer no había nadie.
—Aquí arriba —dijo la vocecilla. Edward miró al techo
de la estación. De las vigas de hierro, colgada de las piernas como un
murciélago, una jovencilla lo observaba con interés —. A ti no te conozco.
—¿Acaso los conoces a todos? —inquirió Edward.
—No... pero sé que tú no eres de por aquí —Le
respondió y, con la agilidad de un acróbata, se descolgó, dio una vuelta en el
aire y aterrizó de pie.
—Vaya, ¿estás bien? —dijo el muchacho, impresionado y
un poco preocupado.
—Claro, lo hago todo el tiempo —respondió la niña
sonriendo —. Tú también podrías si lo intentaras.
—No lo creo.
—¿Ya lo has intentado?
—No...
—¿Entonces cómo sabes que no puedes?
Edward quedó en silencio. Miró a su alrededor.
—¿También esperas al tren? —le preguntó.
—Sí, espero. Pero no al tren.
—Ya veo. ¿Sabes quién puede darme un boleto?
—Sí. En la taquilla.
—Pero ahí no hay nadie.
—No lo sé. ¿Porqué no miras otra vez?
El muchacho, dudoso, observó a la niña. Se dio la
vuelta y se acercó cauteloso a la taquilla, comprobando que estaba vacía.
—Lo ves, no hay... —dijo, volviendo la vista al andén.
La niña se había ido.
—¡Bu! —gritó la vocecilla desde el interior. Edward
volvió a saltar. La pequeña rió.
—¿Cómo llegaste ahí?
—Debe ser divertido ser un fantasma e ir por ahí
asustando a la gente. Quería intentarlo, pero me dijeron que si volvía podría
perderme.
—¿Volver? ¿Al mundo de los vivos?
—Sí. Dicen que ahí es donde te vuelves un fantasma y
puedes atravesar cosas.
Edward rió.
—Pues es cierto. Yo ya he estado ahí y déjame decirte
que es muy difícil ser un fantasma.
—¿Has asustado a alguien? —los ojos de la niña se
abrieron aún más.
—No, aún no.
—Que mal —dijo ella decepcionada.
A lo lejos se escuchó un silbato. El aire comenzó a
inquietarse.
—¡El tren ya viene! —exclamó la pequeña —. El precio
por boleto son dos monedas.
—De acuerdo —dijo él. Sacó la bolsa donde las guardaba
y comenzó a hurgar en ella —Son todas distintas.
—¿Puedo verlas? —sonrió la niña, acercándose más al
cristal. Edward extrajo un puñado de monedas, de distintas denominaciones,
colores y materiales. Ella las estudió frunciendo el ceño.
—Me gustan esa y esa —aseguró, señalando una grande de
forma octagonal y otra que tenía un agujero en el centro.
—Pero... ¿no se supone que debo pagar algún valor
exacto?
—Sí, dos monedas —dijo sonriendo.
—¿Estás segura que eres quien se hace cargo de los
boletos?
—Eso creo. Me dijeron que lo hiciera mientras espero.
—¿Qué es lo que esperas?
Fuertes campanadas irrumpieron en la tranquilidad de
día. El piso comenzó a vibrar. Una oscura silueta fantasmal apareció entre la
niebla, haciéndose más y más grande. La máquina resoplaba como un gran toro
furioso, soltando vapor, llenando el ambiente con él. Cuando por fin llegó, fue
como si el mundo entero se estremeciera. Los faros cubrieron todo con su luz
verdosa, convirtiendo al andén en un limbo extraño y sobrenatural. La
locomotora parecía una silueta recortada a la perfección contra el fondo gris.
El resto de los vagones también eran negros. En su interior brillaban luces
anaranjadas.
Frenó con un grito del silbato, liberando una bocanada
de vapor, como si se tratara de su último aliento de vida.
—¿Entonces quieres un boleto o no? —dijo la niña cuando
la tranquilidad volvió al andén, mirando las monedas con ansia.
—Esta bien —respondió Edward entregándole las que
había elegido.
La pequeña saltó de gusto y le extendió el boleto para
abordar el tren.
—Gracias, espero que te sean útiles —dijo él.
—Son para mi colección, muchas gracias —le sonrió de
nuevo y desapareció en el interior de la taquilla.
Varias personas descendieron del tren. Edward subió al
primer vagón, encontrando pronto un asiento vacío. Esperaba que todos lo
voltearan a ver en cuanto subió, pero nadie lo hizo. Se alegró de ello. Había
empezado a creer que ser nuevo en el pueblo le atraería mucha atención.
El tren inició su marcha con lentitud. Miró por la
ventana por si la niña seguía ahí, pero al parecer aún estaba dentro de la
taquilla. El paisaje no ofrecía mucho que ver. De un lado casas, del otro
neblina.
El vagón se estremeció con fuerza. Las casas habían
cambiado a una enorme pared de rocas. El tren descendía por el acantilado, cada
minuto con mayor velocidad.
Las rocas dieron paso al interior del bosque. Entraron
a un túnel formado por arcos de madera, cubiertos en su totalidad por hojas,
vainas y enredaderas. La naturaleza lo había reclamado como suyo.
Un hombre con semblante rígido entró en el vagón y
pidió el boleto de los primeros pasajeros que encontró. Pronto llegó con
Edward.
—¿Me permitiría su boleto, por favor? —dijo con
amabilidad, extendiéndole una mano cubierta por un guante de blancura impecable.
—Claro, aquí tiene —él se lo entregó.
Con precisión mecánica, tomó el objeto plateado que
llevaba en la otra mano y perforó un agujero en el papel. Procedió a devolverlo
a su dueño.
—¿A dónde se dirige?
—Al centro del pueblo —respondió.
—La tercera estación es su destino.
—Oh, Muchas gracias.
—Con gusto.
El hombre continuó su camino hasta verificar el resto
de los boletos y abandonó el vagón con paso firme.
—Siguiente parada: Bahía Ribcage —anunció una voz a
través de una gran bocina dorada empotrada en la parte delantera. Algunas
personas comenzaron a tomar sus pertenencias, preparándose para bajar.
La parada no demoró mucho. En cuanto el último
pasajero dejó el tren, este se puso de nuevo en marcha.
De pronto Edward tuvo la extraña sensación de que una
vez más estaban descendiendo, pero aquello no era posible, ya que estaban al
nivel de tierra. Sin embargo pudo ver por la ventana como el vagón parecía
hundirse en alguna clase de túnel subterráneo. Un mundo muy distinto se abrió
paso. Un bosque debajo del bosque, construido por raíces, rocas y formas que
fueron desapareciendo conforme la luz de afuera se desvanecía. Sólo quedaba el
resplandor verdoso que emitían las luces del tren.
—Próxima parada: Mansión de las almas —anunció la
misma voz que, debido a la ambientación, sonaba más siniestra que antes.
Llegaron a un área mejor iluminada que reveló un andén
subterráneo. El lugar compartía muchas características arquitectónicas y decorativas
de la mansión.
Sólo un par de personas, vestidas con abrigos de
recolector, bajaron. Edward se preguntó si Leonard estaría en la mansión en
aquellos momentos.
El recorrido continuo por otra serie de túneles
oscuros. El interior del vagón permanecía iluminado por diminutas lámparas y un
candelabro que se mecía en un vaivén hipnotizante.
Por fin la voz hizo el anuncio esperado.
—Siguiente parada: Gloom Town, área central.
Edward se preparó para bajar. Comprobó que nada se le hubiera
salido de los bolsillos y se recorrió al final del asiento. Varias personas se
pusieron de pie.
Conforme iban acercándose al andén, dentro del túnel
de roca se develaban murales y grabados en piedra con personajes similares a
los monolitos que había visto al límite del pueblo el día anterior. Tal como la
parada anterior, no cabía duda que aquella era la estación del centro.
El tren se detuvo y los pasajeros comenzaron a bajar
mientras el hombre de los boletos les deseaba un buen día. Edward decidió que
sería mejor seguir a los demás, aunque pronto se dio cuenta que el camino era
muy sencillo. Lo único que debía hacer era recorrer un largo pasillo hasta las
amplias escaleras que lo llevarían a la parte superior.
Al salir de la estación se encontró de frente con lo
que el mapa marcaba como el límite del área central. Los arcos que dividían el
pueblo del bosque se podían ver desde la esquina donde estaba parado. Miró
hacia un lado, luego al otro. Estudió el mapa unos minutos más y decidió dar
inicio a su aventura.
Con la luz del día se podían ver con claridad los
detalles en cada edificio. Aunque de noche el lugar tenía un encanto distinto.
De día parecía un pueblo algo descuidado y derruido, frío incluso. De noche las
luces anaranjadas y verdosas le atribuían un aura fantasmal, pero cálida y
llamativa.
La mezcla de distintas arquitecturas y estilos era más
evidente, aunque los predominantes colores deslavados y texturas de piedra,
homogeneizaban el paisaje. La mayoría de los techos eran muy altos, oscuros y
triangulares. De unos cuantos se elevaban torrecillas, de otros sobresalían
balcones, de la mayoría salían chimeneas muy largas. Algunos edificios tenían
ángulos muy pronunciados que nunca había visto antes.
Edward sentía como si un montón de libros históricos se
hubieran mezclado con cuentos de hadas y hubieran dado origen a tan peculiar
lugar.
En un momento se encontraba con un elaborado edificio como
a los que estaba acostumbrado en la ciudad, al siguiente una torre en la que
podría habitar un dragón. Incluso observó varios que parecían de civilizaciones
muy antiguas, construidos burdamente con las limitaciones de tiempos ya olvidados.
No sólo los edificios reflejaban aquello. La gente que
paseaba por la plaza también parecía salida de diversas épocas y culturas. Cada
uno de ellos con su particular forma de vestir y comportarse.
El primer edificio importante con el que se topó fue
uno que el mapa denominaba como salón de baile. Si ese era el caso, en aquellos
momentos no estaba muy festivo. Los postigos bloqueaban las ventanas como
párpados de muchos ojos que estuvieran dormidos.
Más adelante, sobre una pequeña glorieta, se alzaba
una torre delgada con un reloj en la punta. La parte más baja estaba construida
alrededor de un gran árbol que parecía haber estado mucho antes de que
cualquier construcción hiciera su aparición. Una frondosa enredadera había
cubierto gran parte del tronco y un costado del edificio.
Las calles, que eran suficiente amplias para permitir
el transito de hasta cinco carruajes, eran rectas, de manera que pudo seguirlas
con facilidad hasta llegar a la parte principal de la plaza. Ahí se encontró
con dos grandes edificios, la biblioteca y el teatro.
Sintió una profunda emoción de ver aquellos edificios
frente a frente. Si algo le gustaba más que leer una buena historia, era verla
interpretada sobre un escenario. Aunque en vida el teatro no había sido una de
sus más grandes aficiones, tuvo la fortuna de ver unos cuantos montajes que le
habían parecido excelentes. Ahora esperaba poder frecuentarlo.
Los carteles dentro de marcos iluminados anunciaban una
ópera y dos obras, una cuya temporada estaba por terminar en las siguientes
semanas.
La fachada del teatro estaba adornada por varias
estatuas de mármol, algunas de mirada pasiva, otras con ojos fieros. La más
llamativa era aquella que representaba a una criatura similar a un fauno. En
una mano sostenía lo que parecía ser una paleta. En la otra un pincel que
extendía con gracia hacia el cielo, como si con él lo estuviera decorando. A
sus pies un pavo real exhibía su cola y plumaje con orgullo.
El edificio estaba resguardado por dos imponentes pegasos,
alzándose sobre sus patas traseras, en un eterno relincho furioso.
Esta observación lo llevó a encontrarse con otra
estatua que no pertenecía a la fachada del teatro. Ésta se alzaba justo en el
medio de la plaza entre ambos edificios, exhibida sobre un pedestal de piedra.
Le pareció que no concordaba con nada de lo que estaba a su alrededor.
Representaba un jinete sobre un caballo, que también,
se alzaba sobre sus patas traseras. El metal que la conformaba estaba
ennegrecido, parecía que hubiera estado en medio de un incendio. A diferencia
de las estatuas que adornaban el teatro, ésta tenía rasgos más espontáneos,
incluso agresivos. A lo lejos daba la apariencia de estar tallada en madera. En
una mano, como preparándose para atacar, llevaba un hacha cuyas hojas tenían la
apariencia de dos alas de murciélago metálicas, que se extendían para darle
forma al arma. Incluso entre la negrura de la estatua, el hacha resaltaba por
ser especialmente oscura. Pero, con seguridad, el rasgo más peculiar de la
escultura era que el jinete estaba decapitado.
Edward la observó por un rato con inquietud. Decidió
que, entre todas las características lúgubres que pudiera tener el pueblo,
aquella no le provocaba la calidez que sentía hacia lo demás.
Se acercó a la biblioteca, un edificio grande y
descolorido. La observó con interés, emocionado por la cantidad de libros que podría
encontrar. Si era similar al resto del pueblo, entonces podía esperar
encontrarse con una diversidad de temas e historias como en ningún otro lugar.
Aquél santuario de conocimiento debía estar lleno de información sobre la vide
después de la muerte y otras cosas igual de misteriosas por fin resueltas. Tuvo
el impulso de entrar, pero se dio cuenta que eso causaría un desvío drástico de
su plan. Pensó, entonces, que la biblioteca merecía una visita aparte.
Caminando por la plaza notó algo que había visto desde
el principio de su travesía, pero que no se detuvo a pensar antes. La mayoría
de las casas y edificios alrededor estaban decorados con banderines y
guirnaldas doradas. También tenían coronas hechas de ramas secas y flores
amarillas. Algunas incluían pequeñas velas. Los banderines exhibían un símbolo
circular rodeado por un halo brillante.
Sin aviso alguno, la gente a su alrededor comenzó a
inquietarse y a reunirse en las aceras. La calle que dividía la plaza de la
otra sección del pueblo, donde estaba el ayuntamiento, estaba vacía por
completo.
Campanas, tambores y trompetas se hicieron presente
poco a poco, hasta que el aire se llenó de sus rítmicos sonidos.
El pequeño grupo de personas ahora era una multitud en
ambos lados de la calle. Edward, que no podía ver sobre las cabezas de los
demás, fue haciéndose camino entre la gente, quien al verlo le cedían el paso
con amabilidad.
A lo lejos, un desfile de figuras vestidas con mantos de
colores claros, se acercaban. Entonaban cantos que en un principio parecieron
lúgubres, pero poco a poco fueron haciéndose alegres y festivos. Blandían
estandartes con símbolos y franjas doradas que destellaban cada vez que el
viento las hacía ondear. Otros llevaban astas con grandes esferas en la punta, grabadas
con más símbolos que eran muy similares a runas. Los mismos que se apreciaban
en las decoraciones del pueblo.
La procesión tardó varios minutos en llegar hasta
donde él se encontraba. Varios miembros del desfile cargaban con grandes
canastas llenas de pétalos dorados que lanzaban con alegría, bañando a los
espectadores.
Aunque Edward no sabía de que se trataba aquello, la
alegría de la festividad lo contagió con facilidad.
Un grupo de acróbatas que hacían piruetas y saltos, se
detuvieron en medio de la calle. Los demás les abrieron espacio. Comenzaron a
subir unos a los hombros de otros. En cuestión de minutos habían construido una
impresionante torre humana. Cuando terminaron, uno de ellos escaló a la punta y
alzó las manos al cielo. La música se silenció, incluso los espectadores que
murmuraban se habían callado. El hombre en la cima inició un canto
incomprensible. Cuando terminó, como por arte de magia las nubes comenzaron a
dispersarse, liberando un cálido fulgor sepia que cubrió la plaza en su
totalidad. Todos a su alrededor aplaudieron y Edward los acompañó,
impresionado. El hombre de la punta se quedó así por unos segundos y procedió a
bajar de un salto. La torre colapsó en la mitad de tiempo que se había
levantado. Los acróbatas hicieron una reverencia hacia el público. La multitud
irrumpió en aplausos y vítores. Muchos comenzaron a lanzar besos y alabanzas al
cielo, donde Edward por primera vez vio con claridad aquella misteriosa esfera
que se escondía tras las nubes. Las suposiciones que había hecho resultaron
ciertas. Aquello no parecía el sol, sino una gran, y mucho más brillante, luna creciente.
Los acróbatas y el resto de la procesión volvieron a
formarse y continuaron el desfile hacia una calle aledaña, en dirección al
bosque.
En medio de todo el caos, distinguió a los
propietarios de Cuerno y Escama en la
acera contraria. Angus daba fuertes palmadas en la espalda a otro hombre ancho
de barriga prominente, mientras Aghna charlaba y reía ruidosamente con un grupo
que se habían congregado afuera de la taberna. Cerca de ellos, sobresaliendo de
la multitud, Edward vio una chica cuya cabellera lanzaba destellos cobrizos.
Miraba al cielo con semblante apacible y agradecido. Era bonita, o al menos eso
le pareció a él. Aún rodeada por decenas de personas, le dio la impresión de
que estaba disfrutando aquél momento en compañía de sí misma.
La gente comenzó a caminar en distintas direcciones,
desocupando con rapidez la plaza y volviendo cada quien a sus asuntos. Entre el
bullicio, Edward perdió de vista a la chica pelirroja. De cualquier forma jamás
se hubiera atrevido a cruzar la calle para hablarle, pensó. ¿Porqué lo haría?
Decidió que era mejor seguir con su paseo, cuando
escuchó una voz grave al otro lado que lo llamaba. Angus agitaba una mano hacia
él y lo invitaba a acercarse. Edward le devolvió el saludo y se apresuro a
cruzar.
—¡Señor Blackwells! Gusto en verlo. ¿Cómo se
encuentra? —dijo, jubiloso.
—Estoy muy bien, gracias. Explorando —respondió.
—Pues llegó a tiempo para las festividades.
—¡Sí! El desfile estuvo deslumbrante, como siempre —aseveró
Aghna, quien había terminado de conversar con el grupo de personas.
—Fue una experiencia novedosa, en definitiva —le dijo
Edward —. Si no les molesta que lo pregunte, ¿Qué se está celebrando?
—Ah, mi estimado muchacho. Hoy celebramos el
renacimiento del dios Átermun, el faro brillante —anunció Angus levantando una
enorme mano hacia el cielo.
—Y despedimos a la diosa Mestea, agradeciéndole su
protección —agregó Aghna, sonriente.
Edward pronto recordó lo que Leonard le había
mencionado sobre el tema.
—Creí que su dios era Mort... Mortem... —
—Mort-Ném Sur-Ect, dios de los muertos y señor de
estas tierras —dijo el hombre con orgullo.
—O señora... no lo sabemos con exactitud —repuso su
esposa—. De cualquier forma, estas tierras son resguardadas por muchos dioses,
Edward.
—Puedes visitar la biblioteca si quieres saber más
sobre el tema. Hay toda clase de historias sobre los dioses ahí. Y sobre muchas
otras cosas —le aconsejó Angus.
—Seguramente lo haré con regularidad —respondió el
muchacho con animo.
—Y siempre puedes pasar por aquí para lo que sea que
necesites, estamos para ayudarte —le dijo la mujer, con una gran sonrisa.
—Se los agradezco mucho.
—Bueno, será mejor que volvamos a nuestros deberes.
Que tenga una excelente tarde, señor Blackwells —le dijo Angus estrechándole la
mano con fuerza.
—También ustedes. Fue un gusto saludarlos —se despidió
Edward y dio la vuelta para volver a la plaza.
Ahora que sabía que clase de libros buscaría en su
primer visita a la biblioteca, continúo su recorrido hacia la tercera sección
de la plaza. Ésta estaba ocupada, casi en su totalidad, por una gran fuente muy
ornamentada. Parecía que en algún tiempo había servido como punto de reunión
para los pueblerinos que la usaban como pozo. Sin embargo ahora sólo era el
recuerdo de aquellos tiempos y un elemento más en la decoración del área.
Al acercarse notó que el fondo estaba cubierto por
llaves y algunas monedas. Después de lo que había aprendido ese día, era
posible que aquello fuera parte de alguna costumbre o ritual de la gente del
pueblo.
Se sentó en el borde de la fuente y extendió el mapa
frente a él para decidir a donde iría después. En él resaltaban todos los
edificios que ya había visto, la taberna, un salón de té y postres llamado As de Espadas y un restaurante cuyo
nombre no pudo distinguir. Más allá, a la altura del salón de baile, el mapa
mostraba un parque pequeño y cerca del él una calle alargada denominada como Calle Nightshade. Esa sería su siguiente
parada.
Con las nubes y la niebla reemplazadas por los rayos
amarillentos del extraño astro que brillaba en el cielo, el pueblo ofrecía un
aspecto muy distinto. La nueva claridad lo hacía ver alegre y cálido. Era como
si los mismos edificios hubieran cobrado vida.
Llegar a la calle que buscaba no fue difícil. Un arco
de metal muy alto marcaba la entrada. En él se leía, con letras estilizadas, el
mismo nombre que en el mapa y debajo agregaba Mercado de importaciones. Para acceder a ella se debía bajar por un
trecho escalonado, lo que posicionaba la calle varios metros por debajo del
resto de la plaza.
En cuanto cruzó el arco, sus oídos fueron invadidos por
los gritos de vendedores anunciando sus productos. Se trataba de una calle llena
de tiendas, negocios y puestillos ambulantes que ofrecían toda clase de cosas.
Cada vez que pasaba frente a uno, los vendedores lo invitaban a probar lo que
sea que estuvieran exhibiendo. Habías desde objetos extraños que jamás había
visto, hasta algo que supuso eran frutas y bienes consumibles. La primera parte
consistía en más puestos callejeros que tiendas establecidas en locales, pero
conforme se iba adentrando los primeros iban desapareciendo y dando paso a una
calle mucho más amplia, iluminada y ventilada. Al extremo opuesto de la
entrada, y donde terminaban los comercios, había varias escaleras de madera que
parecían muy endebles. Por ellas se podía subir hasta otra calle que era parte
del área central. También había varias poleas y pequeños elevadores de madera.
En una rápida observación del mercado pudo identificar
una tienda de artículos para escribir, una barbería, un aparador lleno de
libros viejos, un pequeño local atestado de marcos de madera y otro cuyos
estantes estaban hechos a base de ataúdes. También había una panadería, una
tienda de dulces y una vitrina que exhibía instrumentos musicales. Pero, al
igual que la biblioteca, era probable que en una sola visita no alcanzara a ver
todo lo que el lugar ofrecía.
Cada local y puesto tenía un olor peculiar de acuerdo
a lo que vendían. De modo que al adentrarse en la calle se percibía una mezcla
de olores que no era del todo desagradable.
Todos los comercios, sin importar su tamaño, estaban
decorados con motivos de las festividades que se llevaban a cabo aquel día.
Decidió entonces que era momento de parar la
exploración. Después de todo, como bien le había dicho Leonard, tendría tiempo
de sobra para conocer su nuevo hogar a fondo. Recordó el salón de té que había
visto en la plaza y se dirigió hacia allá.
La gran casa que albergaba al As de Espadas era tan extravagante por dentro como lo era por
fuera. La fachada estaba pintada de blanco con colores azules y rojos como su
acento principal. Los techos resaltaban del resto por su color carmesí.
En el interior había numerosas mesas muy bien
arregladas, con manteles impecables y servilletas dobladas con pulcritud sobre
platitos de porcelana.
El motivo en las decoraciones, como el nombre lo
indicaba, eran naipes, por lo que las lámparas tenían forma de diamantes,
corazones y tréboles.
Eligió una mesa pequeña cerca de la ventana, desde
donde se podía ver a los carruajes pasar y las personas ocupadas en sus
asuntos.
—Bienvenido —dijo una voz dulce detrás de él. Una
mujer robusta de rostro amable lo miraba con ojos claros. Se acercó y le
entregó un menú —Aquí tienes, cuando estés listo no dude en hacérmelo saber.
—Muchas gracias. Preferiría preguntar que es lo que me
recomienda —dijo Edward sonriendo.
—Claro. Tenemos té de raíces del bosque, hojas de
otoño, tallos de lavanda y el de belladona, que es excelente. Para postres le
recomendaría el pastel de pétalos de rosa que esta recién hecho.
—El pastel y el té de belladona suenan excelentes,
muchas gracias.
—Con todo gusto, cielo.
La mujer se retiró para dejarlo a solas con sus
pensamientos.
El pueblo no era, del todo, lo que esperaba. Por un
lado tenía todo lo que podía necesitar alguien. Por el otro ¿Qué tanto podía
necesitarse estando muerto?
Había trascendido la vida misma y el más allá no
parecía muy diferente al mundo de los vivos. Aunque claro, había otras cosas;
dioses, caballos alados y jamás hubiera imaginado que podía salirse de su
cuerpo y flotar por ahí.
Sobre todo, le gustaba. Le gustaba que tuviera las
cantidades justas de todo. No era demasiado diferente, pero no era igual. Tenía
un poco de fantasía y un poco de realidad mezcladas en cantidades exactas para
la receta perfecta. Y, por supuesto, su empleo le hacía sentirse útil.
Asustado, pero útil. Esperaba no tener que trabajar con almas humanas, al menos
no aún. Temía que fuera algo demasiado complicado. ¿Qué haría si una se negaba
a ir con él? ¿Qué haría si una se escapaba? No sentía que tuviera el tacto
necesario para ayudar a las personas en un proceso tan importante como ese.
¿Debía convencerlos de que estaban muertos? ¿Qué tal si no lo sabían?
Un carrito apareció a su lado. En él, una rebanada de
pastel muy grande sobre un plato y una tetera humeante. La mujer los colocó
frente a él con cuidado.
—Aquí tienes, querido —le dijo la mujer —. Si algo más
se te ofrece, estaré por allá.
—Se lo agradezco mucho.
Probó primero el pastel. Luego se sirvió una taza de té.
El pastel era dulce con un ligero sabor herbal. El té un poco amargo para su
gusto. Entre más lo bebía, más relajado se sentía. Las dudas y preocupaciones
sobre su empleo ya parecían lejanas. Vació la taza de un trago. Ahora todo le
parecía un sueño. Afuera la gente seguía en sus asuntos. Pensó en la estatua
decapitada, era fea. En su visión los ojos del caballo resplandecían, eran
rojos, llenos de ira. El hombre quemado del sueño que había olvidado iba
encima, sosteniendo el hacha con una mano esquelética. La sostuvo en lo alto y
luego la lanzó con fuerza en contra de Edward. La ventana por la que observaba
se hizo añicos. El hacha iba directo a su cabeza.
Se sobresaltó, golpeando la mesa. Los cubiertos
hicieron más ruido del necesario. No los vio, pero con seguridad todos los
presentes habían vuelto la vista hacia él. Se sintió avergonzado. Intentó
disimularlo pero se dio cuenta que estaba casi acostado en la silla. Recobró la
postura y se arregló la corbata.
—¿Estás bien, cielo? —la mujer se acercó preocupada.
—Sí, yo, lo lamento...
—No, no, ha sido mi culpa. Debí avisarte antes. El té
de belladona es muy potente. Si lo bebes de un solo trago podrías dormir por
horas. Debes beberlo poco a poco —le dijo frotándose las manos sobre el regazo.
—¿Me quedé dormido? —preguntó Edward aún más
avergonzado.
—Sólo estabas recostado en la silla. Parecía que el té
estaba haciendo efecto, pero algo te despertó.
—Sí... creo que estaba teniendo una pesadilla —dijo,
pasándose una mano por el rostro —. Pero estaré bien. De hecho, creo que estoy
listo para pagar.
—Oh, claro. ¿Quieres que empaque eso? —le dijo
señalando el pastel.
—No, esta bien. Lo terminaré aquí.
—De acuerdo. ¿Qué clase de monedas tienes?
Edward tomó un puñado de la bolsa y se las mostró,
confundido.
—Tomaré tres de madera ¿Esta bien?
—Supongo que sí... en realidad aún no entiendo
—respondió él.
—No te preocupes por ello, puedes preguntarle a quien
vayas a pagar por lo que necesitan. En mi caso uso éstas para encender el horno
más rápido. Prenden mucho y por largo tiempo.
—Está bien —asintió. Mientras pudiera seguirlas
cambiando por servicios y cosas, no había problema —. Muchas gracias.
—A ti, cariño. Ahora, tomate tu tiempo con ese pastel
—le dijo ella, aún mirándolo consternada.
Él apuro el pastel. Le pareció que sabía mucho mejor
que antes. Cuando por fin terminó se levantó para salir.
—Espera, cielo —lo sorprendió la mujer. Se acercó con
una bolsa de papel en la mano —Aquí tienes. Son galletas, una nueva receta. Cortesía
de la casa.
—Vaya, muchas gracias.
—Espero que vuelvas pronto. Y otra cosa, puede que el
efecto de la belladona regrese. Así que, toma tus precauciones —le dijo con una
sonrisa preocupada.
—Bien, gracias por mencionarlo.
Salió de ahí. Quizá lo mejor era volver a casa. De
cualquier manera comenzaba a hacerse tarde.
Se dirigió a una de las calles principales. Tomaría el
tren de vuelta.
Pasó frente a la fuente, la taberna y la biblioteca.
Se detuvo un segundo a mirar de nuevo la estatua del jinete decapitado. Intentó
por varios minutos recordar el detalle de la pesadilla. Pero algo se
interponía. Sólo sabía que había sido algo aterrador. Así que era mejor seguir
adelante.
La estación del tren no estaba tan llena como antes.
Se acercó a la taquilla, pero antes de comprar otro boleto se dio cuenta,
gracias a un anuncio, que su boleto era válido también para el viaje de
regreso. Bajó por la gran escalera. El anden estaba casi vacío. Sólo un par de
personas esperaban ahí.
Mientras esperaba a que el tren apareciera, se recargó
en la pared. Sentía los parpados pesados. La cabeza ligera. Era como estar en
estado etéreo, ligero. Cuando sintió que ya no podía más y estaba por perder la
conciencia, el silbato del tren lo sorprendió. De nuevo tratando de disimular,
hizo su camino hasta el segundo vagón. Entregó su boleto en la entrada y buscó
un lugar. No fue difícil, tenía el vagón para él solo.
Cuando el tren comenzó la marcha, hizo lo posible por
distraer su atención con lo que fuera. Pero todo se mecía con un ritmo lento.
El candelabro hacía pequeños círculos en el aire y seguían bajo tierra, así que
no había mucho que ver. Incluso las llamas de las lámparas crepitaban con
suavidad, acompañando el sonido del metal sobre las vías.
Pensó en el pueblo y en todo lo que había visto. Los
párpados le pesaban más y más. Hizo un recuento de las cosas que le habían
gustado. Se dijo que pronto visitaría la biblioteca para saber sobre la
mitología de aquel mundo. Investigaría las próximas celebraciones y pediría un
calendario para poder presenciar todas. El desfile lo había impresionado. Pensó
en lo mucho que le gustaría asistir al teatro y se preguntó que clase de obras
interpretarían. Luego pensó en las llaves al fondo de la fuente, los adornos
que estaban por todo el pueblo, los símbolos que había visto en ellos y la
extraña luna que brillaba en el cielo durante el día. El faro brillante, la había llamado Angus. Después vio a la chica
pelirroja, se había olvidado de ella. No recordaba mucho, sólo que había
llamado su atención. Su cabello largo que parecía de cobre. Tenía algo
peculiar, algo en su rostro resaltaba, pero no logró verlo con claridad.
Prefería pensar en eso que en la horrible estatua.
El vaivén del vagón era insoportablemente agradable.
El asiento demasiado cómodo. Intentó no sucumbir. Sólo sería un segundo,
cerraría los ojos para descansarlos y el silbato volvería a despertarlo a la
siguiente parada. Aquella era una idea genial. La mejor que había tenido en
todo el día. Cerró los ojos.
El silbato no lo despertó en la siguiente, ni en las
otras paradas.
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