viernes, 15 de julio de 2016

5- Reflejos

La sala era, con exactitud, la misma en la que había estado antes. Pero parecía que varios años habían pasado desde la primera vez que estuvo ahí. Tuvo la ligera impresión de que estaba solo, hasta que Leonard, para su gran alivio, apareció desde uno de los sillones.
—¿Qué tal le ha ido? —preguntó amablemente —. Lo noto algo agotado.
—Lo estoy, no ha sido fácil. Pero está hecho.
—Nunca lo es.
—Supongo que no, pero comienzo a sentirme mejor. —Y era cierto, a pesar de que sentía que alguien le había abierto el cráneo para revolverle los sesos.
—Entonces creo que podemos seguir —dijo Leonard dirigiéndose a la puerta. Se detuvo como si tocar la perilla le hubiera recordado algo.
—Tiene la moneda ¿cierto?
—Claro que a tengo, aquí está. —Edward estiró la mano donde descansaba la moneda esmeralda.
—¡Vaya! Qué interesante, hacía mucho tiempo que no me cruzaba con alguien que obtuviera una de esas.
—¿Qué significa?
—Que es mejor seguir, señor Blackwells. De otra forma nos retrasaremos. —Sin dar más explicación, abrió la puerta y salió de la sala.
Volvieron por el pasillo que habían recorrido anteriormente, pero esta vez dieron vuelta y se desviaron del corredor que guiaba (según recordaba Edward) al vestíbulo.
El largo pasillo, en el que ahora se encontraban, era mucho más amplio que el resto, pero también mucho más lúgubre. Los candelabros en las paredes apenas sostenían un par de velas. La ventana redonda al final del corredor, dejaba entrar el fulgor plateado de la luna llena. Una elegante aldaba de plata adornaba cada una de las múltiples puertas, que se extendían a lo largo de las paredes.
—Espere aquí un segundo —ordenó Leonard y se dirigió a una de aquellas puertas. Tomo la aldaba y golpeó la puerta con ella sin ninguna ceremonia. Luego apoyó el oído contra la puerta, esperando unos segundos —. Excelente, por aquí por favor.
Edward lo siguió al interior del recinto.
Dentro esperaba una cámara amplia, de techo abovedado y columnas de piedra. Las paredes estaban cubiertas por el mismo tapiz del vestíbulo, junto con los paneles y bordes de madera. De nuevo Edward tuvo que preguntarse si se encontraba en el interior de un castillo o de una residencia reformada.
Al fondo de la habitación, esperaba lo que parecía ser un escenario. Una amplia escalinata de roca (con varios símbolos grabados en ella), guiaba a un gran marco de madera, sobre el cual reposaban algunos cirios de varios colores. La cera había creado una cortina espesa, dando la impresión de criaturas con largos dedos que acechaban detrás del umbral. Quizá lo más llamativo de aquello, era el cráneo que se asomaba entre la cera derretida y que adornaba la parte superior del marco aparentemente vacío.
—¿Qué es este lugar? —inquirió Edward observando los símbolos que rodeaban el lúgubre portal.
—Aquí se define el destino, señor Blackwells —respondió Leonard con una mirada misteriosa y un animo que había estado ausente desde que lo conoció. Por alguna razón esto asustó un poco a Edward —. Aquí se pagan las deudas, se recompensa o castiga lo que hicimos en vida. Una vez que cruces, el destino está sellado. Vamos.
Ambos caminaron hacia la escalinata. Se detuvieron justo frente a ella.
—Déme la moneda —indicó Leonard y Edward obedeció de inmediato. El hombre la sostuvo entre sus manos como un tesoro invaluable y sumamente frágil, después las extendió hacia el umbral y agacho la cabeza como si estuviera haciendo una ofrenda a algún dios pagano.
—Venimos ante ti, con este humilde pago y con gran respeto. Te imploramos abras la puerta que permitirá a un alma alcanzar su lugar en el gran orden del universo. Tu voluntad será respetada.
Por un segundo no sucedió nada. Momentos después la moneda comenzó a flotar hasta introducirse en las boca del cráneo. La calavera recibió el pago y sus dientes produjeron un golpe seco que resonó por la habitación. Las llamas en los cirios se tornaron verdes, inundando el recinto con una extraña energía sobrenatural.
—¿Está listo?
Edward no respondió, simplemente se acercó.
—Subirá hasta el espejo y una vez que esté ante él, debe decir lo siguiente:
“Pido, con sumo respeto, permiso para cruzar el umbral”. Una vez que hayas hecho esto podrá ver su reflejo y lo único que debe hacer es atravesar el espejo. ¿Entendido?
—Sí, entiendo... ¿a quién le estoy pidiendo permiso y por qué?
Leonard lo miró intrigado, probablemente era el primero que se lo preguntaba.
—A Mort-Ném Sur-Ect, dios de la muerte. Estas son sus tierras y debemos respetar su autoridad sobre ellas.
Edward asintió lentamente y miró el cráneo sobre el espejo. Después, sin razón aparente, pensó en la visión que había tenido antes de despertar en el bosque, especialmente en el hombre que lo ayudó a cruzar el río.
—Buena suerte —dijo Leonard dando un paso hacia atrás.
—Muchas gracias... por todo —respondió Edward y subió la escalinata de piedra.
Una vez frente al espejo, observó el vacío que había dentro. Pronunció claramente las palabras que se le habían instruido y la oscuridad se tornó en un fulgor plateado. Como si de agua se tratara, del centro del espejo comenzó a emanar una sustancia brillante que llenó el marco en su totalidad. Reflejado en la sustancia, Edward vio un hermoso jardín y una extraña sombra de pie frente a él. Sabía que se trataba de él, sin embargo había algo distinto en ella. Por un segundo creyó verse a si mismo vestido con una gabardina oscura y cargando una hoz. Pero aquella visión fue opacada por otras dos sombras que aparecieron detrás de él. A pesar de que estas eran oscuras y extrañas, no sintió miedo.
Dio el paso decisivo y el espejo hizo el resto del trabajo.


Sintió una brisa cálida envolverlo. A su alrededor solamente había calma que lo hizo sentirse bien y muy cómodo. A lo lejos vio un jardín muy bello y, a pesar de que hacía algunos momentos lo habría relacionado con su fatal muerte, lo sentía como algo hermoso, un lugar que le daba la bienvenida. Sin embargo no se trataba de un hogar, sino que se sentía como una visita. Caminó hacia el jardín y abrió la reja. El aire olía dulce y música lenta llenaba el ambiente. Todo le pareció muy relajante, se sentía contento.
—¿Edward? —preguntó una voz tras de él. Se dio la vuelta y sintió que el corazón le estallaba en el pecho.
—¡Padre! ¡Papá! —Rodeó al hombre con sus brazos y lo estrechó con fuerza. Su padre hizo lo mismo, ambos sintieron un gran alivio, rieron y se miraron incrédulos.
—¿Cómo has estado? ¿Cómo te sientes? —dijo Edward con gran emoción.
—Me siento maravillosamente, hijo. Estamos en el lugar más acogedor, no podríamos pedir por nada más. Me da tanto gusto verte. —Su padre lo abrazó de nuevo y estuvieron así varios segundos más.
—Ven, tomaremos el té. Quiero que conozcas a alguien.
Edward sintió la alegría estallar en su interior. Sabía de quien se trataba y, aunque lo deseaba mucho, no estaba seguro de estar completamente listo.
Entraron a un pequeño salón de cristal donde había una mesita, sobre la cual reposaba un pulcro juego de té. Con una taza de porcelana entre las manos, esperaba una hermosa mujer. El muchacho pudo reconocerla de inmediato a pesar de que su encuentro previo había sido sumamente breve.
—Edward, hijo mío. Ven aquí. —La mujer se levantó y abrazó a su hijo. De sus ojos escaparon lagrimas que resplandecían como diamantes en su mejilla. Edward de pronto se sentía como un niño otra vez, amado y lleno de felicidad.
—Mamá —dijo con voz cortada mientras la estrechaba con afecto —. Pensé que pasaría mucho tiempo antes de que los volviera a ver.
—Lo importante es que ahora estamos juntos —dijo ella con una amplia sonrisa —. Ven, tenemos mucho de que hablar.
Los tres se sentaron a la mesa mientras su padre servía el té.
Conversaron sobre cómo Edward había llegado ahí. Les contó vagamente todo lo que había sucedido. Le llevó un rato, pues aquél lugar parecía incrementar el efecto del agua que había bebido. Cuando terminó de contar la historia, sus padres parecían sorprendidos. Sin embargo Edward notó que durante la conversación no había surgido ninguna sensación de ira o de tristeza. No sabía exactamente donde estaba, pero fuese lo que fuese, ahí se sentía plenamente feliz. Le pidió a su madre que contara cómo había conocido a su padre y por fin saber su versión de la historia. Entre sonrisas y varias tazas de té, el tiempo parecía haberse detenido solamente para ellos.
—Debo admitir que hubo días en los que me hicieron mucha falta —dijo Edward nostálgico —. Es decir, siempre los extrañe, pero algunas veces era difícil sonreír cuando los recordaba.
—Quiero mostrarte algo. —Su madre lo tomó de la mano y lo llevó al otro lado del salón.
Entre dos ventanas altas y sobre una jardinera llena de claveles rosas, reposaba un espejo quebrado, rodeado por una corona de las mismas flores que crecían debajo.
—Cada vez que pensabas en mi, o en tu padre, con anhelo y melancolía, tu imagen aparecía en este espejo. Gracias a él pude observarlos en sus momentos de tristeza. Cuando eso sucedía les enviaba palabras de aliento y les recordaba que yo seguía aquí para consolarlos —dijo su madre, acariciándole el rostro.
—El día que llegué aquí, tu madre me contó que el espejo se había roto por la mitad, pero aún podíamos verte —dijo su padre apoyando una mano en su hombro —. Esta mañana el espejo se rompió repentinamente. Cuando ya no pudimos verte en él, supimos lo que había sucedido.
Edward sonrió. La simple idea de saber que sus padres jamás lo habían abandonado, aún en el otro mundo, lo hacia sentir muy reconfortado.
—Gracias —les dijo sonriendo. Su madre lo abrazó una vez más y fue cuando supo que había llegado la hora, el tiempo comenzaba a moverse de nuevo —. Me gustaría quedarme.
—Lo sabemos, hijo, a nosotros nos encantaría —le dijo su padre, comprensivo —. Pero aún tienes un camino largo por delante y nosotros no debemos interferir.
—Pero tú sabes bien lo mucho que te amamos y lo orgullosos que estamos de ti —agregó su madre. Los tres se miraron, una vez más la ausencia de sentimientos tristes fue evidente.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Edward al notar aquello.
—Es nuestro lugar —respondió su madre sonriendo.
—Donde estamos cómodos, felices, tenemos todo lo que necesitamos y donde nos tenemos mutuamente —dijo su padre.
—Y así como nosotros, es tú destino encontrar la felicidad.
Edward lo comprendió y supo que era el momento de partir.
—Los amo, jamás los olvidaré y siempre pensaré en ustedes. —Se acercó a su madre y le dio un suave beso en la mejilla, después estrechó la mano de su padre y los abrazó a ambos.
—Nosotros te amamos y sabes que siempre estaremos contigo —dijo su madre pasando una delicada mano por el cabello de su hijo. Se dirigieron una última sonrisa y Edward salió del salón. Cuando alcanzó la reja por la que había entrado se dio la vuelta y vio a sus padres, juntos y felices, agitó la mano y ellos le devolvieron la despedida.
Su viaje comenzaba ahora, lo que sea que le aguardara estaba al cruzar el umbral. Finalmente atravesó la reja.

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