La sala era, con exactitud, la misma en la que había
estado antes. Pero parecía que varios años habían pasado desde la primera vez
que estuvo ahí. Tuvo la ligera impresión de que estaba solo, hasta que Leonard,
para su gran alivio, apareció desde uno de los sillones.
—¿Qué tal le ha ido? —preguntó amablemente —. Lo noto
algo agotado.
—Lo estoy, no ha sido fácil. Pero está hecho.
—Nunca lo es.
—Supongo que no, pero comienzo a sentirme mejor. —Y
era cierto, a pesar de que sentía que alguien le había abierto el cráneo para
revolverle los sesos.
—Entonces creo que podemos seguir —dijo Leonard
dirigiéndose a la puerta. Se detuvo como si tocar la perilla le hubiera
recordado algo.
—Tiene la moneda ¿cierto?
—Claro que a tengo, aquí está. —Edward estiró la mano
donde descansaba la moneda esmeralda.
—¡Vaya! Qué interesante, hacía mucho tiempo que no me
cruzaba con alguien que obtuviera una de esas.
—¿Qué significa?
—Que es mejor seguir, señor Blackwells. De otra forma
nos retrasaremos. —Sin dar más explicación, abrió la puerta y salió de la sala.
Volvieron por el pasillo que habían recorrido
anteriormente, pero esta vez dieron vuelta y se desviaron del corredor que
guiaba (según recordaba Edward) al vestíbulo.
El largo pasillo, en el que ahora se encontraban, era
mucho más amplio que el resto, pero también mucho más lúgubre. Los candelabros
en las paredes apenas sostenían un par de velas. La ventana redonda al final
del corredor, dejaba entrar el fulgor plateado de la luna llena. Una elegante
aldaba de plata adornaba cada una de las múltiples puertas, que se extendían a
lo largo de las paredes.
—Espere aquí un segundo —ordenó Leonard y se dirigió a
una de aquellas puertas. Tomo la aldaba y golpeó la puerta con ella sin ninguna
ceremonia. Luego apoyó el oído contra la puerta, esperando unos segundos —.
Excelente, por aquí por favor.
Edward lo siguió al interior del recinto.
Dentro esperaba una cámara amplia, de techo abovedado
y columnas de piedra. Las paredes estaban cubiertas por el mismo tapiz del
vestíbulo, junto con los paneles y bordes de madera. De nuevo Edward tuvo que
preguntarse si se encontraba en el interior de un castillo o de una residencia
reformada.
Al fondo de la habitación, esperaba lo que parecía ser
un escenario. Una amplia escalinata de roca (con varios símbolos grabados en
ella), guiaba a un gran marco de madera, sobre el cual reposaban algunos cirios
de varios colores. La cera había creado una cortina espesa, dando la impresión
de criaturas con largos dedos que acechaban detrás del umbral. Quizá lo más
llamativo de aquello, era el cráneo que se asomaba entre la cera derretida y
que adornaba la parte superior del marco aparentemente vacío.
—¿Qué es este lugar? —inquirió Edward observando los
símbolos que rodeaban el lúgubre portal.
—Aquí se define el destino, señor Blackwells
—respondió Leonard con una mirada misteriosa y un animo que había estado
ausente desde que lo conoció. Por alguna razón esto asustó un poco a Edward —.
Aquí se pagan las deudas, se recompensa o castiga lo que hicimos en vida. Una
vez que cruces, el destino está sellado. Vamos.
Ambos caminaron hacia la escalinata. Se detuvieron
justo frente a ella.
—Déme la moneda —indicó Leonard y Edward obedeció de
inmediato. El hombre la sostuvo entre sus manos como un tesoro invaluable y
sumamente frágil, después las extendió hacia el umbral y agacho la cabeza como
si estuviera haciendo una ofrenda a algún dios pagano.
—Venimos ante ti, con este humilde pago y con gran
respeto. Te imploramos abras la puerta que permitirá a un alma alcanzar su
lugar en el gran orden del universo. Tu voluntad será respetada.
Por un segundo no sucedió nada. Momentos después la
moneda comenzó a flotar hasta introducirse en las boca del cráneo. La calavera
recibió el pago y sus dientes produjeron un golpe seco que resonó por la
habitación. Las llamas en los cirios se tornaron verdes, inundando el recinto
con una extraña energía sobrenatural.
—¿Está listo?
Edward no respondió, simplemente se acercó.
—Subirá hasta el espejo y una vez que esté ante él,
debe decir lo siguiente:
“Pido, con sumo
respeto, permiso para cruzar el umbral”. Una vez que
hayas hecho esto podrá ver su reflejo y lo único que debe hacer es atravesar el
espejo. ¿Entendido?
—Sí, entiendo... ¿a quién le estoy pidiendo permiso y
por qué?
Leonard lo miró intrigado, probablemente era el
primero que se lo preguntaba.
—A Mort-Ném Sur-Ect, dios de la muerte. Estas son sus
tierras y debemos respetar su autoridad sobre ellas.
Edward asintió lentamente y miró el cráneo sobre el
espejo. Después, sin razón aparente, pensó en la visión que había tenido antes
de despertar en el bosque, especialmente en el hombre que lo ayudó a cruzar el
río.
—Buena suerte —dijo Leonard dando un paso hacia atrás.
—Muchas gracias... por todo —respondió Edward y subió
la escalinata de piedra.
Una vez frente al espejo, observó el vacío que había
dentro. Pronunció claramente las palabras que se le habían instruido y la
oscuridad se tornó en un fulgor plateado. Como si de agua se tratara, del
centro del espejo comenzó a emanar una sustancia brillante que llenó el marco
en su totalidad. Reflejado en la sustancia, Edward vio un hermoso jardín y una
extraña sombra de pie frente a él. Sabía que se trataba de él, sin embargo
había algo distinto en ella. Por un segundo creyó verse a si mismo vestido con
una gabardina oscura y cargando una hoz. Pero aquella visión fue opacada por
otras dos sombras que aparecieron detrás de él. A pesar de que estas eran
oscuras y extrañas, no sintió miedo.
Dio el paso decisivo y el espejo hizo el resto del
trabajo.
Sintió una brisa cálida envolverlo. A su alrededor
solamente había calma que lo hizo sentirse bien y muy cómodo. A lo lejos vio un
jardín muy bello y, a pesar de que hacía algunos momentos lo habría relacionado
con su fatal muerte, lo sentía como algo hermoso, un lugar que le daba la
bienvenida. Sin embargo no se trataba de un hogar, sino que se sentía como una
visita. Caminó hacia el jardín y abrió la reja. El aire olía dulce y música
lenta llenaba el ambiente. Todo le pareció muy relajante, se sentía contento.
—¿Edward? —preguntó una voz tras de él. Se dio la
vuelta y sintió que el corazón le estallaba en el pecho.
—¡Padre! ¡Papá! —Rodeó al hombre con sus brazos y lo
estrechó con fuerza. Su padre hizo lo mismo, ambos sintieron un gran alivio,
rieron y se miraron incrédulos.
—¿Cómo has estado? ¿Cómo te sientes? —dijo Edward con
gran emoción.
—Me siento maravillosamente, hijo. Estamos en el lugar
más acogedor, no podríamos pedir por nada más. Me da tanto gusto verte. —Su
padre lo abrazó de nuevo y estuvieron así varios segundos más.
—Ven, tomaremos el té. Quiero que conozcas a alguien.
Edward sintió la alegría estallar en su interior.
Sabía de quien se trataba y, aunque lo deseaba mucho, no estaba seguro de estar
completamente listo.
Entraron a un pequeño salón de cristal donde había una
mesita, sobre la cual reposaba un pulcro juego de té. Con una taza de porcelana
entre las manos, esperaba una hermosa mujer. El muchacho pudo reconocerla de
inmediato a pesar de que su encuentro previo había sido sumamente breve.
—Edward, hijo mío. Ven aquí. —La mujer se levantó y
abrazó a su hijo. De sus ojos escaparon lagrimas que resplandecían como
diamantes en su mejilla. Edward de pronto se sentía como un niño otra vez,
amado y lleno de felicidad.
—Mamá —dijo con voz cortada mientras la estrechaba con
afecto —. Pensé que pasaría mucho tiempo antes de que los volviera a ver.
—Lo importante es que ahora estamos juntos —dijo ella
con una amplia sonrisa —. Ven, tenemos mucho de que hablar.
Los tres se sentaron a la mesa mientras su padre
servía el té.
Conversaron sobre cómo Edward había llegado ahí. Les
contó vagamente todo lo que había sucedido. Le llevó un rato, pues aquél lugar
parecía incrementar el efecto del agua que había bebido. Cuando terminó de
contar la historia, sus padres parecían sorprendidos. Sin embargo Edward notó
que durante la conversación no había surgido ninguna sensación de ira o de
tristeza. No sabía exactamente donde estaba, pero fuese lo que fuese, ahí se
sentía plenamente feliz. Le pidió a su madre que contara cómo había conocido a
su padre y por fin saber su versión de la historia. Entre sonrisas y varias
tazas de té, el tiempo parecía haberse detenido solamente para ellos.
—Debo admitir que hubo días en los que me hicieron
mucha falta —dijo Edward nostálgico —. Es decir, siempre los extrañe, pero
algunas veces era difícil sonreír cuando los recordaba.
—Quiero mostrarte algo. —Su madre lo tomó de la mano y
lo llevó al otro lado del salón.
Entre dos ventanas altas y sobre una jardinera llena
de claveles rosas, reposaba un espejo quebrado, rodeado por una corona de las
mismas flores que crecían debajo.
—Cada vez que pensabas en mi, o en tu padre, con
anhelo y melancolía, tu imagen aparecía en este espejo. Gracias a él pude observarlos
en sus momentos de tristeza. Cuando eso sucedía les enviaba palabras de aliento
y les recordaba que yo seguía aquí para consolarlos —dijo su madre,
acariciándole el rostro.
—El día que llegué aquí, tu madre me contó que el
espejo se había roto por la mitad, pero aún podíamos verte —dijo su padre
apoyando una mano en su hombro —. Esta mañana el espejo se rompió
repentinamente. Cuando ya no pudimos verte en él, supimos lo que había
sucedido.
Edward sonrió. La simple idea de saber que sus padres jamás
lo habían abandonado, aún en el otro mundo, lo hacia sentir muy reconfortado.
—Gracias —les dijo sonriendo. Su madre lo abrazó una
vez más y fue cuando supo que había llegado la hora, el tiempo comenzaba a
moverse de nuevo —. Me gustaría quedarme.
—Lo sabemos, hijo, a nosotros nos encantaría —le dijo
su padre, comprensivo —. Pero aún tienes un camino largo por delante y nosotros
no debemos interferir.
—Pero tú sabes bien lo mucho que te amamos y lo
orgullosos que estamos de ti —agregó su madre. Los tres se miraron, una vez más
la ausencia de sentimientos tristes fue evidente.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Edward al notar
aquello.
—Es nuestro lugar —respondió su madre sonriendo.
—Donde estamos cómodos, felices, tenemos todo lo que
necesitamos y donde nos tenemos mutuamente —dijo su padre.
—Y así como nosotros, es tú destino encontrar la
felicidad.
Edward lo comprendió y supo que era el momento de
partir.
—Los amo, jamás los olvidaré y siempre pensaré en
ustedes. —Se acercó a su madre y le dio un suave beso en la mejilla, después
estrechó la mano de su padre y los abrazó a ambos.
—Nosotros te amamos y sabes que siempre estaremos
contigo —dijo su madre pasando una delicada mano por el cabello de su hijo. Se
dirigieron una última sonrisa y Edward salió del salón. Cuando alcanzó la reja
por la que había entrado se dio la vuelta y vio a sus padres, juntos y felices,
agitó la mano y ellos le devolvieron la despedida.
Su viaje comenzaba ahora, lo que sea que le aguardara
estaba al cruzar el umbral. Finalmente atravesó la reja.
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