La niebla que lo había rodeado momentáneamente comenzaba a disiparse. Notó
una cámara de piedra, de techos y columnas altas. Le tomó varios segundos
reconocer al hombre que estaba parado en medio de la cámara, esperando.
—Bienvenido a la Sociedad de
Recolectores de Almas. Permítame presentarme formalmente, soy Leonard
Sinister —dijo él sin mucha ceremonia, como si hubiera sabido lo que iba a
pasar.
—Pero… ¿qué? —A Edward le tomó otro minuto comprender que había regresado.
—Desde ahora ha pasado a ser parte de nuestra honorable sociedad.
Acompáñeme para el proceso de registro, después le explicare todo y podrá
comenzar en unos días con el entrenamiento —dijo rápidamente con aquella voz
grave y rasposa.
—¿Entrenamiento? ¿De qué clase? ¿Registrarme en dónde?
—Tal parece que se quedará aquí por un largo tiempo —dijo Leonard
tranquilamente y se dirigió a la puerta por la que habían entrado a la cámara.
—¿Aquí? ¿En la mansión? —preguntó desconcertado mirando alrededor.
—Por supuesto que no. —Abrió la puerta y lo miró.
—¿Dónde entonces?
—Le puedo asegurar, que si viene conmigo todas sus dudas serán resueltas.
Edward simplemente no supo que decir, de manera que no le quedó más opción
que seguir a Leonard.
Volvieron por el corredor lúgubre y nuevamente por el pasillo hasta el
vestíbulo. En el balcón se desviaron a un trecho más corto que llevaba a una
amplia escalera de caracol. El chico tenía la intención de hacer muchas
preguntas, sin embargo su compañero caminaba con demasiada prisa.
Al final de la escalera, un gran arco daba paso a un largo balcón exterior.
Desde aquél punto se podía apreciar, más allá del bosque a los pies de la
colina, un pueblo lleno de ventanas iluminadas con luces anaranjadas. Sobre él,
la luna llena aun brillaba, dándole a todo la mansión una atmósfera fantasmal,
contrastando con las cálidas luces que venían del interior. La balaustrada
estaba adornada por gárgolas feroces, algunas sonrientes, otras muy serias y
cada una sostenía unas lámparas con sus garras, fauces o picos.
Aquel camino los dirigió a una pequeña torre al costado de la mansión. Otro
arco les dio la bienvenida al interior, donde esperaba una nueva escalera que
ascendía hasta perderse en la oscuridad. Edward observó un par de candelabros
con forma de cuervo, similares a los que había visto en el pasadizo
subterráneo, un momento que ahora le parecía tremendamente lejano.
Leonard dio un súbito golpe en la pared, muy cerca de los candelabros y
Edward se sobresaltó y miró a su compañero como si temiera que ahora fuera a
golpearlo a él. Un par de flamas saltaron en el interior de las lámparas.
—Síganme —ordenó Leonard mientras comenzaba a subir las escaleras. El
muchacho lo siguió de prisa y, detrás de ellos, los candelabros, flotando sobre
el barandal. Edward intentó tocar uno, pero Leonard le advirtió que no sería
buena idea hacerlo.
Al final de la escalera esperaba una larga habitación llena de escritorios
y pilas de pergaminos. Detrás de cada escritorio se ocultaba un escriba,
hombres y mujeres (en su mayoría de edad avanzada) vestidos con túnicas del
color de los pergaminos y gorros puntiagudos. Todos usaban gafas y estaban
completamente encorvados sobre la pieza de papel en la que escribían con sus
largas plumas y una impecable caligrafía.
Caminaron en medio de los escritorios y ninguno de los escribas parecía
notar su presencia. El rasgar de las plumas era el único sonido que se oía a lo
largo del salón.
Delante esperaba un estrado, el cual le daba apariencia de corte al
recinto. Edward se preguntó si tendría que pasar por una segunda evaluación o
alguna especie de juicio. Detrás apareció una mujer muy pálida y delgada, con
el semblante rígido y los labios fruncidos. Vestía una túnica similar a la del
resto de los escribas pero de un tono violeta.
—¿En qué puedo servirle, señor Sinister? —preguntó con voz apagada y
aburrida.
—Buenas noches, milady. Venimos a
hacer un registro —respondió él con cierto júbilo en la voz.
—Entiendo. ¿Qué clase de registro? —dijo mientras abría un enorme libro
frente a ella.
—Tenemos un nuevo miembro —Leonard apoyó una mano orgullosa en el hombro de
Edward.
—Ya veo —dijo la mujer sin ninguna expresión. Comenzó a hojear el libro
lentamente.
—Sí... respecto a eso, no estoy seguro de que... —comenzó Edward, pero ella
lo interrumpió.
—¿Qué puesto ocupará?
—Recolector —sentenció el hombre.
Con una mano huesuda, la mujer tomó una enorme pluma del tintero y comenzó
a escribir.
—Escuche, señor Sinister, no sé si esto...
—¿Fecha de defunción?
—Es reciente, sucedió ayer —respondió Leonard.
—Bien, entonces es mayo, día ocho, de mil... ochocientos... sesenta y...
cinco —susurró mientras apuntaba el número.
—En verdad, esto es muy repentino...
—Está listo, pase —le interrumpió de nuevo e indicó con la mano a Edward
que subiera al panel lateral del estrado.
—¿Para qué? —preguntó un poco molesto.
—Debe hacer el juramento —respondió ella con la misma voz aburrida.
—¿Qué juramento?, escuchen, por favor... no sé si estoy listo para esto
—dijo Edward por fin, alzando un poco la voz.
—Por supuesto que lo está —le dijo su compañero.
—¿Cómo puede saberlo? Ni siquiera me han dicho que es un recolector o
porque volví aquí, nadie me ha informado ni preguntado nada.
—Sabe, tiene razón, al menos debería informarle en que consiste. Un
recolector es el encargado de viajar al mundo de los vivos y traer las almas de
los muertos al otro lado.
—¿Y cómo se supone que haré eso?
—Hablando con ellos y convenciéndolos de venir con usted.
—Un momento, no soy bueno hablando con las personas, no soy bueno hablando.
No me gusta tratar con la gente, me pone nervioso y...
—Escúchame Edward... ¿puedo llamarte Edward, cierto?
—Supongo que sí —La repentina falta de formalidad le había tomado por
sorpresa, pero no le molestó en absoluto.
—Bien, ¿qué fue lo que hablaste con el Ojo?
Edward quedó en silencio por unos segundos, recordando la conversación que
tuvieron unas horas atrás.
—Le dije que quería ser feliz, el respondió que esa era mi decisión, pero
que él podía ayudarme con un nuevo comienzo, en un lugar donde sería bien
recibido —relató el muchacho.
—Déjame decirte algo, Edward —continuó Leonard con tono comprensivo —. Con
el paso de los años he visto muchas almas desfilar por estos pasillos, yo
personalmente he llevado a muchos a través del espejo del destino. Pero muy
pocas veces, el espejo los devuelve.
»El Ojo ve más allá de lo que muchos de nosotros podemos, él sabe cosas que
nosotros ignoramos por completo. Si te dio esa moneda es porque vio en ti un
potencial para este trabajo y sabe que puedes hacerlo. Él te dio un nuevo
comienzo y nosotros te recibiremos sin prejuicios, pero es solamente tú
decisión.
Aquel discurso conmovió a Edward en lo más profundo. Tenía razón, aquello
era lo que el Ojo le había prometido, aunque involucrara hacer algo que no le
agradaba del todo. Pero si iba a comenzar de nuevo quizá debía abrirse a nuevos
retos.
No dijo nada, simplemente subió al estrado y se paró frente a la mujer.
Ella puso su mano derecha sobre el pecho, a la altura del corazón y le indicó a
Edward que hiciera lo mismo.
—¿Juras cumplir tu deber como recolector de almas, con dignidad, respeto y
diligencia, incluso en tiempos de adversidad? —preguntó la mujer
ceremoniosamente.
—Lo juro —respondió Edward con la mano sobre el corazón y sintiendo cierto
orgullo dentro.
—¿Y juras que serás leal a la Sociedad
de Recolectores de Almas y al pueblo de Gloom
Town cuando estos necesiten de tu ayuda y servicio?
—¿El pueblo de Gloom Town?
—inquirió mirando a Leonard.
—Ya hablaremos de eso, no te preocupes —Le respondió él, despreocupado.
—Entonces, lo juro.
—En ese caso, procede a firmar el libro de la Sociedad —le indicó ella, entregándole la enorme pluma. Él la tomó
con una mano temblorosa y escribió su nombre tan pulcramente como pudo. La
tinta se tornó verde oscuro al tocar la pagina amarillenta y brilló por unos
segundos.
—Sea bienvenido, señor Edward Daniel Blackwells, a nuestra honorable
sociedad. —Cerró el libro y desapareció en las sombras antes de que pudieran
agradecerle.
El muchacho bajó del estrado, sintiendo una mezcla de orgullo, nervios y
una extraña, pero muy agradable, confianza.
—Bueno, es oficial, ya eres uno de los nuestros —Le dijo Leonard alegre,
dándole una palmada en la espalda.
—¿Y ahora que sigue?
—Sígueme y lo sabrás.
Y sin decir más palabras, volvieron por donde habían llegado.
Estaban caminando por el balcón lleno de gárgolas cuando Leonard se detuvo
en seco.
—Ven aquí, Edward —le dijo con gran familiaridad. Era sorprendente la forma
en la que su actitud había cambiado desde que se volviera parte de ellos. Por
supuesto que al muchacho no le molestaba en lo absoluto. Se sentía bienvenido.
Su compañero señaló el cúmulo de luces que se extendía más allá.
—Eso que ves ahí, es el pueblo de Gloom
Town. Y muy pronto tu nuevo hogar. —le dijo con orgullo en la mirada.
—Es pequeño —observó Edward. Sin embargo aquel escenario, con la luna sobre
ellos y el viento susurrando en medio de la noche, le traía una extraña
sensación de haber logrado en unas horas algo que no había logrado en 27 años,
sentirse parte de algo.
—Eso parece desde aquí. Pero si llegas a explorarlo, te darás cuenta de que
no es el caso. Todo lugar oculta secretos, quizá descubras algunos. —Leonard le
sonrió y pronto intuyó que detrás de aquella apariencia desaliñada y dura, tal
vez había un hombre comprensivo y muy amable. Pudiera ser que incluso un amigo.
—¡Sinister! —exclamó una voz grave detrás de ellos. Nuevamente Edward se
sobresaltó. Un hombre de estatura colosal y anchura proporcional se alzaba
entre las sombras, semejante a los guardianes de roca que alumbraban el balcón.
—¡Ah Balthus! ¿Qué puedo hacer por ti? —respondió Leonard con apatía.
—Él quiere verte, ahora —dictó el hombre.
—¿Grim? ¿para qué querría verme el gran jefe?
—Muestra un poco de respeto, Sinister —gruñó el tipo, mirándolo fijamente
—. Y date prisa, quiere verte en este momento.
—Sí, ya lo mencionaste. Gracias por el aviso, Bal —respondió sarcástico. El
hombre no le quitó la mirada de encima y después de unos momentos, se dio la
vuelta y desapareció entre la penumbra. Edward se quedó muy quieto mirando a su
compañero.
—Y yo que pensé que ya podría irme a casa —dijo Leonard con pesar, pensando
en voz alta —. Bien, será mejor que vayamos.
Siguieron su camino de vuelta al largo corredor que guiaba al vestíbulo.
Edward, al no tener más alternativa, siguió a Leonard y decidió que aquella
noche solamente le quedaba seguir la corriente sin hacer demasiadas preguntas.
Esta vez salieron al balcón del vestíbulo, que los llevó a otra gran puerta
que guiaba a una nueva escalera de caracol. Ésta los llevó a una terraza que
parecía encontrarse en el tejado del ala este de la mansión. Al extremo se alzaba
una torre de al menos nueve metros de alto, pequeña a comparación de la torre
contigua que tenía unos cinco metros más. Sobre esta torre se podía apreciar
más de cerca el misterioso halo de luz verde que hacía espirales entre las
nubes.
Leonard parecía ansioso.
—¿Se encuentra bien, señor Sinister? —preguntó Edward por cortesía.
—Sí, claro que sí... y llámame Leonard —respondió distraídamente.
—De acuerdo. ¿Qué es eso? —dijo señalando el extraño fenómeno.
—Si no te molesta, puedo explicártelo más tarde.
—Está bien.
Continuaron. Dentro de la primera torre encontraron otra escalera que los
llevó rápidamente a un pequeño pasillo.
El corredor exhibía las mismas condiciones que el resto de los salones,
derruida, opaca y desatendida. Pero, a diferencia del resto de la mansión, aquí
no se sentía la calidez ni lo hogareño. Aquella estancia era fría. El tapiz era
oscuro y la iluminación insuficiente. A lo largo del corredor colgaban retratos
de hombres y mujeres con miradas inquisidoras. Los ojos, extrañamente vivos,
parecían seguirlos a cada paso que daban.
La puerta que esperaba al final no mejoraba el ambiente, pues era alta,
digna de una catedral antigua, de madera sumamente negra y con varios cráneos
como decoración.
Con exagerada cautela, Leonard alzó un puño y golpeó el portón tres veces,
provocando un ruido hueco que rebotó por todo el recinto. Edward sentía la
garganta terriblemente seca.
La puerta se abrió lentamente
y sin emitir ningún sonido.
—Pase —indicó una voz autoritaria.
Edward y Leonard entraron en una estancia lúgubre. La luz azulada de la
chimenea revelaba, como si se tratase de espectros ocultos en las sombras, los
numeroso libreros que rodeaban la cámara. Al fondo, un solitario escritorio
lleno de pergaminos y libros viejos parecía devolverles la mirada.
—Tengo entendido que tenemos un nuevo miembro. —De entre los estantes
surgió una figura alta y delgada. El cabello gris se le escurría por los
hombros, cubiertos por un abrigo rojo y plateado. Su rostro parecía burdamente
esculpido en mármol y en sus ojos grises, al igual que en su voz, se podía
percibir la dureza de un guerrero que había presenciado las más viles batallas
que el mundo pudiera ofrecer. Aunque estaba lejos de ser un esqueleto envuelto
en ropas negras, aquel hombre se acercaba lo suficiente a ser la
personificación de la muerte misma.
—Buenas noches, estimado Darkus —respondió Leonard sarcásticamente.
—No te debo ninguna especie de cordialidad, Leonard Sinister. Ahora,
infórmame acerca de este nuevo recolector —dijo él con la misma severidad en la
voz. Aquello hizo que Edward se diera cuenta que se había mantenido tan cerca
de la puerta, que la luz de la chimenea no lo alcanzaba.
Leonard miró a Darkus con el entrecejo fruncido y después le dirigió la
mirada a Edward.
—Él está aquí, milord —le dijo con desdén.
El muchacho comprendió que era su turno de hablar y dio unos pasos hacia
delante. La luz fue revelándolo lentamente. La mirada de Darkus era demasiado
imponente, de modo que dirigió su atención al crepitante fuego en la chimenea.
—Mi nombre es Edward Blackwells, señor. —dijo, tratando de que cada palabra
fuera clara.
El pálido hombre quedó en silencio. Leonard advirtió que estaba observando
al muchacho como si hubiera descubierto algo en él. Como si lo reconociera,
incluso.
—Edward Blackwells... —murmuró. Después de darse cuenta que Leonard lo
estaba observando, se dio la vuelta y se sentó detrás del escritorio, apoyando
sobre él sus manos con los dedos entrelazados.
—¿Qué puede decirme sobre usted, señor Blackwells? —inquirió con la mirada
clavada en el muchacho.
—Yo... acabo de llegar hoy, señor —dijo Edward tímidamente.
—Eso está claro —respondió —. ¿Qué espera de su nombramiento oficial como
recolector?
—A decir verdad, señor, no sé que es lo que me espera.
—Por supuesto que no lo sabe, porque no ha recibido el entrenamiento ni las
instrucciones apropiadas. Pero eso se corregirá muy pronto, ya que asignaré al
señor Sinister como su guía y asistente personal. Él lo entrenará y le dirá
todo lo que tiene que hacer.
—Le recuerdo que eso no fue para lo que me asignaron... —comenzó Leonard.
—Y yo le recuerdo que hará lo que yo le diga que debe hacer —dijo Darkus
levantándose —. Así que espero que mañana mismo inicien con el entrenamiento y
la capacitación tanto teórica como práctica del señor Blackwells.
»En cuanto a usted —dijo dirigiéndose a Edward —, espero que esté dispuesto
a dar lo mejor de si para desempeñar su cargo con el respeto que éste le exige.
»Esta sociedad es como un barco, señor Blackwells, y mi trabajo como capitán
es asegurarme que cada miembro de mi tripulación lleve a cabo sus funciones de
manera correcta. Jamás he tenido que prescindir de ningún recolector y espero,
firmemente, que usted no sea la excepción, así como también espero que sea
capaz de mirarme a los ojos cuando le estoy hablando.
Edward se sintió sumamente avergonzado y de inmediato miró a Darkus.
—Así está mejor —le dijo, torciendo sus delgados labios en una especie de
sonrisa oculta —. Entonces... ¿qué opina?
—Estoy dispuesto a hacer mi mejor esfuerzo y desempeñar mi cargo con honor,
señor —respondió, haciendo un gran esfuerzo por mantener la mirada fija.
—Me alegra escuchar eso, señor Blackwells.
—Si ya terminó de intimidar al muchacho, creo que nos podemos marchar
—interrumpió Leonard para el alivio de Edward.
—Tenga cuidado, señor Sinister, esa insolencia podría traerle graves
problemas —le advirtió el hombre sin perder la compostura. Leonard no dejó de
mirarlo.
—Entonces... ¿podemos irnos?
Darkus tomó un pedazo de pergamino de su escritorio y se lo entregó a
Edward.
—El señor Sinister le indicará el camino hacia la estación de carruajes.
Entregue esto al conductor, le he asignado un lugar donde podrá alojarse.
Inicia mañana a las nueve, señor Blackwells. Sea puntual.
—Muchas gracias —dijo Edward tomando el papel.
Darkus no lo soltó de inmediato, sino que se limitó a quedar en completo
silencio mientras miraba al muchacho con una fijeza perturbadora.
—Es todo, pueden irse —dijo finalmente y soltó el pergamino.
Ninguno dijo nada más y procedieron a cruzar el umbral por el que habían
entrado a la estancia.
—Eso fue realmente tenso —dijo el muchacho mientras cruzaban la terraza.
—No permitas que te intimide, Edward —respondió Leonard —. Grim no es lo
que aparenta ser.
—¿Cómo lo sabe?
—Llevo bastante tiempo aquí para saber como son las cosas en realidad.
Llegaron al vestíbulo, bajaron las escaleras y entraron por una de las
puertas en la parte baja.
—¿Y esa es la razón por su desagrado hacia él? —inquirió Edward, curioso.
—No me lo tomes a mal, pero eso no importa ahora. Ha sido un día largo para
ambos, en especial para ti.
—Lamento la imprudencia, señor Sin... Leonard.
—Nada de eso. Vamos, ya es tarde.
Salieron a lo que parecía ser el patio trasero de la mansión. Un gran
jardín lleno de casitas de madera algo torcidas y varios carruajes negros
estacionados en el muro más lejano.
En el pequeño pórtico estaba instalado un largo mostrador, sobre el cual
esperaba una pequeña campana. Leonard la hizo sonar.
La puerta de una de las casitas se abrió con lentitud. Un hombre de aspecto
cansado y el cabello café salpicado de canas, apareció.
—Buenas noches, señor Sinister —dijo bostezando y levantando una mano.
—¿Qué tal, Wilhelm?
—No esperaba a nadie a estas horas.
—El honorable Darkus Grim nos ha retrasado —dijo con una sonrisa burlona.
—Usted jamás cambiará —dijo Wilhelm soltando una carcajada —. Monte
Moontower, ¿cierto?
—Así es, pero está vez necesitaré un carruaje más grande —respondió
Leonard, cediendo la palabra a Edward.
—¡Ah! y ¿a dónde tendré el gusto de conducirlo, señor...
—Blackwells, Edward Blackwells —respondió con una sonrisa tímida.
—Es el nuevo recolector.
—Escuché algo de eso. Bienvenido, es un honor —dijo mientras reía y le
estrechaba enérgicamente la mano —. Así que ¿se dirigen al mismo destino?
Edward le entregó el papel que Darkus le había dado. Wilhelm lo leyó
entrecerrando los ojos.
—Monte Moontower, ¡lo he adivinado! —exclamó animoso —. Vuelvo enseguida
con su transporte, caballeros.
—Te han asignado a la misma zona que yo —mencionó Leonard. Edward no supo
que decir, así que solamente esbozó una sonrisa.
Wilhelm volvió a los pocos minutos y una visión que había olvidado por
completo, impactó a Edward con la misma intensidad de antes.
Un gran corcel, oscuro y brillante, halaba un elegante carruaje y se
dirigía hacia ellos. No sabía que era lo que más le llamaba la atención de
aquel magnífico animal, si las imponentes alas que se desplegaban con gran
elegancia cuando trotaba o esos ojos que emitían un resplandor anaranjado en
los que parecía reflejarse un alma que probablemente no era tan diferente a la
suya.
Fuese lo que fuese, sentía una conexión peculiar con aquella criatura y
ésta parecía percibirlo también.
Cuando el carruaje llegó y el corcel se detuvo, Edward simplemente no pudo
quitarle los ojos de encima. Aquello era demasiado bello.
—Veo que Ace ha captado su atención, señor Blackwells —dijo Wilhelm con una
sonrisa.
—Jamás había visto semejante criatura, ¿Ese es su nombre? ¿Ace?
—Así es y además es un excelente colega, hace muy bien su trabajo.
—Son animales muy listos —puntualizó Leonard, acostumbrado a la visión que
tenía enfrente.
—Y si no me cree —continuó Wilhelm, acercándose al caballo —, esto debe
comprobarlo. Ace, ¿serías tan amable de llevar a estos caballeros en esta
dirección?
El corcel acercó la cabeza al pergamino que sostenía el hombre, sacudió la
cabeza enérgicamente y batió las alas.
—Muchas gracias. Suban, señores —indicó, acarició la cabeza del animal y
abrió la puerta del carruaje.
Leonard fue el primero en subir. Edward se quedó unos segundos más
contemplando a la criatura y luego subió al coche.
—Hasta mañana, Wilhelm. Buena noche —dijo Leonard.
—Igualmente para ustedes, caballeros. —Sonrió y levantó la mano para
despedirse.
El carruaje comenzó a moverse con rapidez y a sacudirse. Los muros de la
mansión pasaban a gran velocidad fuera de las ventanas. Las ruedas de madera
crujían y saltaban con cada bache en el camino y, sin mayor aviso, el irregular
traqueteo dio paso a una sensación de ligereza.
Pronto la mansión no era más grande que una casa de muñecas. La niebla que
comenzó a cubrirla, dejaba ver solamente sus cálidas luces, como pequeños ojos
fantasmales en un bosque oscuro.
—Por fin a casa. Qué día ¿eh? —le dijo Leonard, apoyando la cabeza en la
ventana del carruaje.
—Vaya que sí —respondió Edward, recostando su cabeza en el suave terciopelo
del asiento.
Por la ventanilla veía el oscuro cielo y la luna de plata que parecía
seguirlos lentamente. Apenas podía creer que estaba volando, hasta donde sabía,
aquello podría ser un hermoso sueño. El ligero movimiento del carro lo había
relajado demasiado. Y entonces sucedió algo de lo más extraño.
El carruaje se sacudió de manera inesperada y violenta, sacándolo de aquel
trance en el que había estado por unos segundos. En ese preciso momento lo
comprendió, todo era real.
—Estamos volando —dijo entre dientes, aferrándose al asiento y abriendo los
ojos. Leonard lo miró desconcertado, al parecer también se estaba quedando
dormido.
—Sí, estamos volando —le dijo al muchacho con naturalidad.
—Es que no lo comprende ¡Es imposible!
—Claramente no lo es.
El carro volvió a sacudirse con fuerza. Edward se encogió en el asiento,
clavándole las uñas y apretando los dientes.
—Parece que el viento está soplando fuerte esta noche —puntualizó su
compañero.
—Nos vamos a caer —murmuró Edward.
—No seas ridículo, eso no va a pasar y aunque así fuera...
Otra sacudida. Las paredes de la cabina crujieron, como si la cosa fuera a
deshacerse en pleno vuelo.
—¡Oh no! ¡Caeremos! Vamos a...
—¿Morir?... Ya estamos muertos.
Edward se quedó pasmado. Era muy sencillo olvidarse de eso cuando la
diferencia a estar vivo no era mucha.
El carruaje se estabilizó de nuevo. Leonard miró por la ventanilla.
—No tardaremos en llegar —dijo tranquilo.
El muchacho se recostó en el asiento con la mirada perdida.
—¿Estás bien?
—Sí... lo lamento.
—No te preocupes.
—Es que esto es demasiado extraño.
—Lo comprendo. La primera vez que volé me...
—No, me refiero a todo este asunto de morir. Un día estás sentado, leyendo
tranquilamente, llenándote la cabeza de ilusiones con cada página y de pronto
estás aquí... y todas esas ideas que creías imposibles, después de todo no lo
son.
Ambos quedaron en silencio por unos minutos.
—Todos pasamos por esto, Edward. Y a todos nos afecta de maneras distintas.
A mi me tomó mucho tiempo comprender este mundo y aceptarlo.
De nuevo quedaron en silencio. El carro dio una última sacudida muy leve y
se detuvo.
—¡Ah! Llegamos —dijo Leonard animado y miró a Edward —¿Estás mejor?
—Sí, creo que sí —respondió, algo avergonzado. Trató de recuperar la
compostura aclarándose la garganta y acomodándose el saco.
—¿Listo para conocer tu nuevo hogar?
El muchacho sonrió con una mezcla de emoción y suspenso.
Al bajar del carruaje, entre la niebla se vislumbraba la silueta de una
casa muy grande y la gran reja de hierro, abierta en su totalidad, dándoles la
bienvenida.
—Espera aquí un momento, amigo. Ya vuelvo —dijo Leonard. Edward se dio la
vuelta un poco sorprendido y se dio cuenta que se dirigía a Ace.
Como si hubiera estado preparado, la niebla comenzó a disiparse, dejando
ver la enorme casa que se levantaba frente a ellos, un poco lúgubre y bastante
misteriosa. Aquel lugar podría albergar, al menos, veinte habitaciones y Edward
pensó que sería demasiado para él solo.
Cruzaron el pequeño patio para poder llegar al pórtico de la casona. Los
escalones de madera crujieron bajo sus pies. Leonard sacó de su chaleco un aro
metálico lleno de llaves, de muchos tamaños y formas. Soltó un melancólico
suspiro y procedió a separar las llaves en pequeños grupos mientras murmuraba
palabras sin mucho sentido.
—...área central, monte Moontower, número
nueve... ¡Aquí está! —exclamó con cierto júbilo, tomando la gruesa llave de
cobre. La introdujo en el cerrojo
y luego pareció cambiar de idea.
—Debería dejar que tú lo hicieras —dijo mientras sacaba la llave del aro.
Después de un momento de forcejear con ella, logró sacarla junto con otra llave
más pequeña y se las entregó a Edward.
El ruido metálico hizo eco en el interior de la casa, acompañado de las
bisagras que emitieron un rugido grave.
Un recibidor elegante, lleno de molduras barrocas y lámparas igualmente
ostentosas, les dio la bienvenida. Más adelante esperaba una amplia escalera
cubierta por una alfombra llena de polvo.
—Normalmente sería en este punto en que partiríamos caminos, pero debo
asegurarme que todo esté en orden allá arriba. Espero no te moleste que te
acompañe —dijo Leonard.
—No, en lo absoluto. ¿Arriba? —inquirió Edward.
—Fuiste asignado al último piso . No pensarías que toda esta casa era para
ti solo ¿o sí?
—No, por supuesto que no —mintió el chico.
—Bien, entonces vamos.
Leonard se adelantó y comenzó a subir por las escaleras.
El camino no fue difícil de aprender. Simplemente había que subir, entrar
por la puerta de la derecha y subir un trecho más antes de encontrar un pequeño
descanso. Frente a ellos, iluminada por la pálida luz de luna que se colaba por
el tragaluz, se encontraba una puerta con un “7” metálico empotrado en ella.
Edward adivinó que debía hacer con la segunda llave que Leonard le había
dado.
La puerta no hizo sonido alguno, se abrió lentamente, revelando una
habitación cubierta en sombras.
Ambos entraron con sigilo, esperando no golpearse con nada. Edward se quedó
cerca de la puerta, pero Leonard parecía buscar algo entre la oscuridad.
—¡Maldición!, al menos debieron abrir las cortinas —dijo caminando inseguro
entre las tinieblas —. ¡Ah! ¡Aquí está!
Un débil chasquito resonó en la estancia que de pronto fue revelada por un
fulgor amarillento.
—Ya está. Al menos los depósitos de aceite no están vacíos —mencionó
Leonard, revisando la lámpara que acababa de encender. Mientras tanto Edward
miraba con gran interés a su alrededor.
El apartamento, a primera vista, parecía más que suficiente. Su primer
encuentro fue con la sala de estar, la cual incluía un par de sillones y una
mesa de té. Más allá se posaba una mesa más amplia con un par de sillas a los
costados y un candelabro de plata en el centro. Detrás de la mesa, incrustado
en la pared, había un exhibidor lleno de platos, vasos y cubiertos, que se
podían apreciar pulcramente acomodados detrás de los cristales. El mueble
incluía una estufa de carbón y una repisa sobre la que descansaba una tetera,
tazas, algunas ollas y otros accesorios básicos de cocina. A un costado del
mueble había otro pequeño gabinete que sostenía en la parte superior una vasija
y, sobre esta, algo parecido a una bomba de agua en miniatura. Edward se sintió
sobrecogido por aquella visión y no podía sacarse de la cabeza el sentimiento
de estar hospedado en la casa de un familiar lejano y muy acaudalado.
—Bienvenido a tu nuevo hogar, será mejor que revisemos cada estancia para
ver que no falte nada —dijo Leonard con voz rasposa. Se le notaba sumamente
agotado.
—Si, claro —respondió Edward, aún atónito.
Cruzaron la sala de estar y encontraron una chimenea, ennegrecida y llena
de cenizas. A sus costados, un par de garras de cobre sostenían una pala y un
atizador.
—No te preocupes por el desastre, mañana enviaremos a alguien que se haga
cargo de todo —dijo Leonard al descubrir a Edward deslizando un dedo por la
repisa de la chimenea, comprobando que estaba cubierta por una gruesa capa de
polvo.
Otro leve chasquido iluminó la siguiente habitación. Dentro, los únicos
moradores eran una cama adoselada, un armario de grandes proporciones, un
espejo de pie y un escritorio convenientemente postrado frente a una enorme
ventana, cubierta por gruesas cortinas del color del musgo.
Junto al espejo había otra puerta, pero antes de que Edward pudiera
intentar explorarla, Leonard salió de la habitación, obligando al muchacho a
seguirlo.
Aquel apartamento claramente había sido el ático de la casona antes de ser
adaptado para residir en él, de modo que los techos eran altos e inclinados,
con gruesas vigas que cruzaban de un lado al otro y llenos de espesas
telarañas.
Solamente quedaba una habitación por revisar. Cruzaron de nuevo la sala y
otro chasquido iluminó el interior. Hasta ese momento Edward observó las
lámparas que se encendían con una pequeña llave a la que Leonard daba la vuelta
con facilidad.
—¡Ah! Este cuarto sin duda va a interesarte —dijo llamando al muchacho con
la mano para que se acercara.
Edward entró y se encontró de frente con una especie de vasija de color
pálido sobre la cual reposaba una tapa de madera con forma de herradura. La
vasija estaba conectada, por medio de un tubo grueso, a un recipiente de
cerámica empotrado en la pared de mosaicos, más o menos a dos metros de altura.
Del recipiente pendía una cadena que finalizaba en un mango oscuro. El muchacho
miró el extraño artefacto, preguntándose para qué podría servir.
Leonard soltó una risita grave mientras miraba al chico con curiosidad.
—Si crees que eso es complejo, espera a ver esto —dijo mientras apartaba
una cortina larga y delgada que pendía del techo con argollas, revelando una
vasija lo suficientemente grande para meter a una persona dentro.
Edward la miró aún más desconcertado. Sobre la vasija, incrustadas en la
pared, había más de esas extrañas bombas de agua. El muchacho recordaba haber
visto artefactos como aquel durante su estancia en el campo, pero mucho más
grandes. En medio de las bombas brotaba una palanca pequeña que podía moverse
hacia arriba y hacia abajo y cada extremo estaba marcado por una “C” y “F”
respectivamente.
Leonard parecía divertirse ante la confusión de Edward al ver todas esas
novedades y al no tener la menor idea de que era aquel cuarto.
—Bueno, será mejor que te explique ¿cierto? —dijo por fin. El muchacho lo
miró con recelo y asintió.
—Es el cuarto de aseo, esa cosa de ahí —dijo señalando la vasija más grande
—, se llama “bañera” y sirve para limpiarte de pies a cabeza. Funciona así.
Leonard comenzó a mover el brazo de la bomba de arriba hacia abajo hasta
que un chorro de agua emanó de una campana metálica en la parte más alta de la
pared.
—Está palanca —dijo señalándola —, regula la temperatura del agua —subió la
palanca hasta la “C” y el cuarto se llenó de vapor en unos segundos. Edward
estaba fascinado con tal invención.
—Cuando hayas terminado, cierras esta válvula y el agua dejará de salir y
después remueves ese tapón de ahí abajo para dejar correr el agua.
—Que interesante —dijo Edward con la boca abierta, aún tratando de recordar
los pasos a seguir, después se volvió hacia la vasija más pequeña —. Y ¿esta
para qué sirve?
—Bueno, verás, dada nuestra actual condición, el alimento ya no es una
necesidad, más bien un placer o, a veces, una costumbre. Puedes hacerlo o no,
esa es tu decisión, pero cuando sea que lo hagas pues... todo lo que entra debe
salir de algún modo y eso que ves ahí es una letrina.
—Ah ya entiendo —dijo Edward asintiendo.
—La ventaja de esta, a diferencia de la que tú probablemente conoces, es
que en lugar de acumular los deshechos, se los lleva.
—¿Se los lleva?
—Así es. Lo único que debes hacer es... bueno, lo que usualmente se hace y
cuando termines simplemente jalas de la cadena —la letrina hizo un extraño
ruido de vacío y el agua que tenía dentro desapareció.
—Fascinante.
—Vaya que sí.
Ambos salieron del cuarto de aseo. Edward aún sin poderse acostumbrar a
todo lo que veía.
—Eso concluye mi visita, parece que todo está en orden. ¿Tienes alguna
pregunta? —inquirió Leonard, aunque parecía suplicarle con ojos cansados que lo
dejará marchar.
—Sí, seguro que tendré muchas, pero ahora no puedo pensar en ninguna y no
deseo quitarle más tiempo.
—No hay problema, aunque confieso que necesito un buen descanso, nos espera
un gran día mañana.
—Es verdad.
—¡Ah! Por cierto, no olvides verificar que la pequeña caldera del cuarto de
aseo siempre tenga carbón. De otra forma no tendrás agua caliente.
—De acuerdo.
Fueron hacia la puerta y Leonard le extendió una mano. Edward la estrechó
con una ligera sonrisa.
—Descansa muchacho. Vendré mañana a las nueve para acompañarte a la
mansión.
—Claro, muchas gracias por... bueno, por todo esto.
—No hay nada que agradecerme, ya nos veremos.
Edward sintió que debía decir algo más, pero ninguno pareció tener
comentarios pertinentes, así que Leonard se dio la vuelta y desapareció en las
sombras, mientras él cerraba la puerta con suavidad.
Por primera vez en aquél día
(o eso le pareció), estaba completamente a solas y en silencio, roto solamente
por el sonido de las ruedas del carruaje que partía a su último destino de la
noche.
Dio un último vistazo a la sala y se fue directo a la habitación.
Contempló la puerta misteriosa por un rato desde la orilla de la cama y
decidió que estaba demasiado cansado para explorarla.
Abrió el armario y encontró un repuesto de sábanas y algunas almohadas. Por
lo demás el mueble estaba ocupado por simples telarañas.
Procedió a quitarse el saco, el chaleco y los zapatos. Así el armario ya no
parecía tan vacío.
Revisó los cajones del escritorio y descubrió más telarañas, tres
pergaminos enrollados y amarillentos, un frasco vacío de tinta y una pequeña
llave.
Retiró las cortinas con pereza, de ellas se desprendió una capa de polvo.
Se dio cuenta que tanto las ventanas como los postigos estaban cerrados. Pronto
descubrió la utilidad de la llave que había encontrado.
Las bisagras se quejaron como si las hubiera despertado de su largo
descanso. Luego los postigos le dejaron ver poco a poco la hermosa vista que
tendría la fortuna de apreciar cada noche de ahora en adelante.
Desde su ventana se podía apreciar como el pueblo se extendía, rodeado por
una espesa capa de árboles. Varias de las luces ya estaban apagadas, pero lo
que parecían ser las calles principales brillaban con un fulgor anaranjado. La
luna se alzaba sobre él, rodeada de ligeras nubes grises.
Se tumbó en a la cama mirando al techo. No tardó mucho en perderse en sus
pensamientos.
En un momento estaba tirado en medio de un bosque sin tener la menor idea
de que había sucedido y de pronto tenía su propio apartamento en un mundo lleno
de misterios y cosas que no estaba seguro de cuanto tiempo le tomaría comprender.
Todo aquello simplemente era demasiado y, durante breves momentos, no
dejaba de pensar que quizá todo era un sueño y terminaría por despertar en su
casa, recuperándose de una terrible fiebre que le había causado alucinaciones.
Pero pronto se descubrió pensando que si se trataba de un sueño, entonces
definitivamente no quería despertar.
Con estos pensamientos Edward Blackwells fue cayendo lentamente entre su
pasado y presente, entre caballos voladores y figuras cubiertas en capas
negras. Con su último pensamiento consciente se dijo a sí mismo que quizá estar
muerto no era tan malo como todos lo creían.
En una habitación, oculta en las entrañas de la mansión, un anciano
dormitaba sobre un libro desgastado y grueso, cuyas páginas aumentaban con cada
minuto que pasaba. Como escritas por una mano invisible, cada hoja se llenaba
de información y otra hoja crecía desde el lomo del libro de inmediato. El
proceso era casi rítmico e infinito.
Darkus Grim irrumpió en la cámara, haciendo que el anciano se sobresaltara
y casi cayera de su silla.
—¡Oh señor! ¡Que susto me ha dado!
—¿Qué dice el libro de un tal Edward Blackwells?
—¿Blackwells?... uhm... no me suena.
El anciano comenzó pasar las hojas con rapidez, leyendo cuidadosamente cada
uno de los nombres que ahí aparecían.
—¿Cuándo llegó? —preguntó con voz seca.
—Esta misma noche —respondió Darkus con terrible seriedad.
Las escuálidas manos del anciano temblaron un poco al detenerse en una
sección del libro, pasando el dedo por la lista que contenía.
—Tengo un Edward Crane, que se ahogó en un río y un Igor Blackwells, que
estaba muy enfermo... pero ningún Edward Blackwells, no en esta noche, ni la
anterior a ella, ni la anterior, ni la anterior... debe ser un... error...
—El libro jamás se equivoca —dijo Darkus con voz sombría y desapareció tan
rápido como había llegado.
Nunca nadie lo supo, pero en aquel momento, en aquella noche tan peculiar,
Darkus Grim, por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo.
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