jueves, 14 de julio de 2016

Prólogo - Ultra Mortem

    La noche era terriblemente oscura e inusualmente fría. Las nubes negras que cubrían el cielo no eran producto del clima. Tampoco lo eran de la contaminación predominante en el ambiente de la descolorida ciudad. Aquellas nubes, emitían una extraña energía que cualquiera habría denominado como sobrenatural. Pero las calles estaban vacías. Sólo el viento espectral que aullaba y mecía con furia los postes de luz, las recorría con total libertad.
    La soledad de las calles no era extraña. Podía presenciarse en todo momento, ya que el crimen reinaba absoluto, disfrazado de políticos con buenas intenciones y soluciones a los problemas de los más débiles. Era la clase de gobierno que reprimía a todo aquel que siquiera asomara una opinión distinta. La clase de gobierno que castigaba con violencia y recompensaba con indiferencia.
    El ambiente de la ciudad era denso. Una terrible peste a gasolina penetraba hasta el rincón más oculto. La pureza y tranquilidad de aquel mundo se había convertido en un simple mito.

    Entre los titanes de concreto yacía una plaza olvidada. En ella parecía concentrarse la inmundicia de la humanidad, protegida por sus propios vicios. Pequeños grupos de personas se reunían ahí, cada uno ocupado con su situación. Ninguno habría notado que estaban siendo observados por una extraña figura, postrada en la cima del reloj central.
    El hombre que los observaba en las alturas desentonaba por completo con el mundo que lo rodeaba. Se mantenía erguido y tenso, cómo el poste que sostenía el reloj debajo de él. Vestía un saco negro, debajo del cual asomaba un chaleco y corbata, como una mancha de sangre brillante en un pozo de alquitrán. Una capa ondeaba detrás de él. Un remendado sombrero de copa cubría la maraña de cabello azabache que se unía a una cabeza de rostro pálido y demacrado. Se podía pensar que se trataba de un cráneo sin piel, con un par de ojos sin brillo hundidos en lo más profundo de las cuencas.
    En la mano derecha sostenía un artefacto no menos extraño. Un bastón coronado por una esfera de cristal anaranjado que emitía un fulgor palpitante, al ritmo de latidos. A los costados de la esfera se extendían lo que parecían ser una versión metálica de alas de murciélago.
    Si alguien hubiera visto aquel personaje habrían pensado de inmediato en un mago de feria que estaba por iniciar su espectáculo. Un espectáculo macabro donde la dama en la caja que se corta a la mitad no sobrevive o donde el conejo bajo el sombrero es reemplazado por las más siniestras alimañas. Pero nadie notaba su presencia.
    Un grupo de jóvenes yacían inconcientes en una sección de la plaza. El hombre los había observado ingerir varias sustancias de colores llamativos, para después verlos desplomarse uno por uno. En otra sección, una pequeña multitud aullaba y alentaba a dos sujetos que había iniciado una discusión cuyos argumentos, expuestos a través de insultos, pronto se convirtieron en golpes. Al ver esto, todos comenzaron a golpearse entre sí y a gritar insultos mientras lo hacían, convirtiéndose en una gran masa de violencia sin sentido. Unos metros más allá un par de hombres golpeaban sin piedad a una indefensa chica. Cuando por fin lograron dejarla inconsciente y con el rostro ensangrentado, comenzaron a buscar objetos de valor que tuviera ocultos entre la ropa. Otros dos hombres, vestidos de uniforme, llegaron a la escena. Los cuatro juntos se llevaron a la chica a una parte oculta de la plaza donde el hombre los perdió de vista.
    El grupo más grande de personas, que estaban en una zona aledaña al reloj central, bebían sin mesura mientras el piso se cubría de botellas vacías cada vez más rápido. Brincaban eufóricos al ritmo de un estridente sonido que se cernía sobre toda la escena. Una nube de humo gris comenzó a formarse a su alrededor, haciéndose cada vez más turbia y hedionda. 
Para Lord Morte aquella plaza era como un teatro. Su función estelar presentaba el descenso hacia la más baja mediocridad a la que cualquier ser podía aspirar. La terrible protagonista era la humanidad entera.
    Sí se obligaba a ver tal espectáculo, era para recordarse lo mucho que los detestaba. En cada una de sus visitas a la Tierra de mortales se daba más cuenta de ello. Aprendió cómo los fuertes se aprovechaban de los débiles, cómo ellos mismos se provocaban daño por aparente y efímera diversión. Cada día que pasaba sentía la repulsión abriéndose paso en su interior, hasta que un día  lo invadió por completo. Decidió que tenía que hacer algo al respecto. Aquél sería el día en que comenzaba su campaña contra la humanidad y su decadencia.

    —Asquerosas criaturas —se dijo Lord Morte a sí mismo, con desprecio emanando de su grave voz —. No merecen la libertad que poseen, ni los dones que han despreciado.
    Un agudo sonido interrumpió sus pensamientos. El reloj debajo de él comenzó a vibrar. Las manecillas anunciaban la tres de la mañana.
    ­Alzó la mirada y apretó el cetro con ambas manos. Lo levantó sobre su cabeza, cómo si fuera a golpear el reloj debajo de él. Una de las alas de murciélago se extendió hacia el cielo, dando al bastón la apariencia de una guadaña. La cuchilla descendió con la misma rapidez que había subido, haciendo un fugaz corte en el aire. Después de unos segundos apareció una línea brillante donde la cuchilla había marcado su trayectoria. La marca se fue abriendo como un ojo al despertar, hasta convertirse en un espiral de luces verdes.
    Morte saltó dentro del portal, llevando consigo todo rastro de actividad sobrenatural, así como la terrible oscuridad y el inusual frío que se habían apoderado aquella noche de la ciudad.


    Del cielo descendió una sombra, sin más sonido que el de su capa ondeando contra el viento frío y nocturno. Sus zapatos apenas rozaron el tejado de la torre más alta de la mansión. Con movimientos delicados, casi felinos, se arrastró por el techo hasta llegar al borde. Saltó hacia el tejado que se extendía debajo. Desde ahí pudo ver un ventanal y detrás una habitación de aspecto lúgubre, donde crepitaba un solitario fuego azulado. Morte se aseguró que no hubiera nadie dentro y en cuanto pudo confirmarlo se abalanzó contra la ventana, haciéndola añicos y aterrizando sobre un desgastado escritorio.
    Estudió el lugar con cautela. Había libreros llenos, estantes desordenados, planos en las paredes y objetos incomprensibles cuya silueta era marcada por el resplandor azul de la chimenea. Un silencio tenso inundaba el recinto.
    Se dio la vuelta y pronto se encontró con un par de ojos que le devolvían la mirada. Estuvo a punto de atacar, pero se dio cuenta que se trataba de un retrato, apenas visible entre la luz de un par de velas. Un hombre de mirada severa lo observaba desde lo alto de la chimenea. El cabello gris le caía sobre los hombros y combinaba con el resplandor plateado que emitían sus ojos grises. Los rasgos duros acentuaban la seriedad de su expresión. La túnica negra que vestía hacía que sus manos y rostro resaltaran demasiado pálidos. La mano derecha parecía acariciar el mango de una guadaña que reposaba a su lado y en la izquierda sostenía un libro abierto, inmenso y de paginas amarillentas. Posaba sentado en una ostentosa silla, como un emperador o un rey en su trono. Debajo del retrato había una pequeña placa en la que se leía:

Darkus Grim
Director de la Sociedad de Recolectores de Almas
Protector de Gloom Town

    Morte apartó el rostro de la placa. Estaba en el lugar correcto.
    Las llamas de la chimenea crecieron con un temible rugido, tornándose plateadas y empujando a Morte de vuelta contra la ventana.
    El intruso aterrizó sobre el otro lado del tejado, haciendo que algunas tejas se desprendieran. Le costó varios segundos recuperar el enfoque de la mirada, pero pronto descubrió que el hombre del retrato lo observaba, sosteniendo la guadaña contra su cuello, apoyándola con fuerza.
    —Levántate —dijo Darkus en voz baja pero imponente. Morte no se movió.
    —He dicho que te levantes, ¡Ahora!
    —Te estaba esperando —respondió Morte sin quitarle la mirada de encima a su rival.
    —¿Qué quieres? ¿A qué has venido? —dijo Darkus con frialdad.
    —Vine a hacer algunos cambios, mi querido amigo Darkus Grim, cambios que tú no te atreverías a hacer jamás. —La voz de Morte era casi un susurro y sin embargo podía sentirse la ferocidad en cada una de sus palabras.
    —¿De qué clase de cambios estás hablando?
   —Te sientes tan orgulloso de ser el defensor de los débiles, de darles a todos lo que crees que merecen, pero no sabes que algunos sufrimos injusticias por lo que tú has hecho.
    —¿Quién eres? ¿Cómo llegaste aquí? —La mirada de Darkus era penetrante, pero  Morte no dejaba de observarlo, intentando profundizar en lo que había detrás.
    —Soy una de tus víctimas. Uno de esos sin oportunidad de redención, de aquellos que ni siquiera has dejado luchar —Los ojos de Morte hervían con ira y Darkus podía verlo.
    —Sé de dónde vienes. Ustedes no merecen redención. Los horrores que cometieron los llevaron a donde deben estar. Nadie más que ustedes son culpables de su propio destino. —Por primera vez Darkus elevó la voz.
    —Ahí es en donde te equivocas. ¿Es acaso mi culpa ser producto del odio, del enojo y la ira? ¿Supones que es fácil cambiar de lo que estas hecho por dentro?, del rencor provocado por la injusticia y las mentiras, ¡No lo es! Y eso es algo que jamás vas a comprender —la voz de Morte se convirtió en un rugido —. Así que estoy aquí  para hacerte entender el dolor que tú mismo has provocado.
    Morte sujetó el cetro, apuntándolo a su rival. Un relámpago alcanzó a Darkus, derribándolo hasta el borde del tejado. El hombre quedó colgado con una mano, mientras con la otra sujetaba su guadaña. Vio la cabeza de Morte asomar por el borde.
    —El sufrimiento después de la muerte. No es algo con lo que estés familiarizado,  quizá por eso que no te preocupamos. Tal vez por eso nos haces esto. Pero hoy vas a entender mi punto de vista y sabrás que hay quienes merecen este horrendo destino más que yo.
    Alzó el cetro hacia el cielo y de la esfera se disparó un rayo que desapareció en las alturas. Enormes nubes negras aparecieron y cubrieron el cielo por completo, oscureciendo aún más el ambiente. Morte bajó el bastón dando un golpe al tejado. Un relámpago se precipitó contra Darkus, provocando que se soltara y cayera en la terraza que se extendía debajo del gran reloj de la mansión. Violentos rayos caían del cielo e impactaban los muros y techos.
    Morte se abalanzó contra Darkus y lo apuntó con el cetro una vez más, con la mirada llena de odio.
  —¡Vamos! ¡Levántate! ¡pelea! —gritaba mientras su grotesco rostro era iluminado por los relámpagos —. ¿Qué se siente tener todo en tu contra?
    Intentó golpear con el cetro a su contrincante, pero éste había recuperado la guadaña y pudo bloquear el golpe. La navaja de la guadaña rozó el rostro de Morte, quien dio un salto hacia atrás, sin dejar de dirigir los relámpagos contra Darkus. Para su desesperación, él seguía bloqueando cada ataque con su arma. Decidió que era tiempo de utilizar otra táctica e intentó derribarlo con un puñetazo. Pero Darkus esquivó y aprovechó para cortarle la capa con la guadaña. Enfurecido, lanzó un grito al aire mientras el cielo rugía al unísono. Esta vez dirigió un poderoso relámpago hacia el gran reloj, el cual se hizo añicos en cuestión de segundos. Una nube de polvo de cristal y fragmentos de metal filoso los cubrió con rapidez. Morte levantó el cetro sobre su cabeza, logrando desviar todo lo que estaba por caerle encima.
    Cuando la nube se disipó, vio con eufórica satisfacción que Darkus no había tenido la misma suerte. Su oponente yacía en el frío suelo de piedra. Un pedazo de metal lo había atravesado por el abdomen y lo había inmovilizado contra el suelo. El resto de su cuerpo y rostro estaba cubierto de fragmentos de vidrio y grandes cortadas en las que asomaba un color violeta. El hombre intentaba liberarse con gran esfuerzo, pero era inútil, Morte comenzó a reír.
    —Entonces así termina. Este es el final para el poderoso Darkus Grim, defensor de los débiles —dijo acercándose, apuntando el cetro hacia su contrincante vencido—. No sé porqué no lo comprendes. He observado a esos asquerosos mortales por mucho tiempo. ¡Sé en lo que se convertirán! He visto un futuro lleno de inmundicia, podrido, sin salvación alguna.
    Llegó hasta Darkus y apoyó la punta del cetro sobre su pecho, dentro de una herida. Procedió a recargarse mientras su rival ahogaba un grito y retorcía el rostro de dolor.
    —¿Por qué esperar a que suceda todo lo que he visto?, podríamos comenzar ahora mismo y que paguen por todo lo que han hecho o harán.
    Apartó el cetro del pecho de Darkus y tomó la guadaña. El artefacto vibró en sus manos, provocándole punzadas desagradables por todo el cuerpo. Tuvo que aferrarse a él con fuerza, pues éste parecía querer escapar. Dejó el cetro a un costado, observó la guadaña por unos segundos y luego la alzó sobre su cabeza. La cuchilla zumbó al rasgar el aire. El cielo rugió furioso cuando Morte dejó caer la cuchilla, atravesando el piso con ella. La tormenta se intensificó. La roca bajo sus pies comenzó a quebrarse, trazando una línea torcida. De un momento a otro el suelo se abrió, creando un abismo negro del que emanaba un vapor oscuro y hediondo. El eco de lamentos lejanos y cadenas llenó el aire. Darkus sintió un terrible escalofrío recorrerle la espalda y Morte disfrutó su expresión de horror.
    —Veo que sabes lo que te espera ahí abajo. Cuando conozcas nuestra encantadora tierra de dolor y sufrimiento tal vez lo pienses mejor antes de enviar más almas ahí... aunque claro, esa ya no será tu decisión. Te haré el favor de relevarte de esa pesada tarea que te auto-asignaste.
    Su risa burlona se hizo una con los aullidos del viento y el estruendo de los relámpagos. Caminaba por el borde del abismo con toda calma, disfrutando de su inminente victoria. La grieta poco a poco se expandía bajo ellos. Era cuestión de segundos para que Darkus se perdiera en el oscuro vacío por siempre.
    El hombre, herido y sin más fuerza había cerrado los ojos.
    —¡Eso es! —dijo Morte con animo—. Es mejor así. Acepta lo que viene, muy buena desi...
   Darkus abrió los ojos con tal impacto que hizo retroceder a su rival. Extendió la mano hacia el frente. Un par de estelas plateadas salieron de su palma. Morte se cubrió en un intento de defenderse, levantando la guadaña. Nada sucedió.
    Al bajar la guardia vio con terror como su preciado cetro volaba hacia las manos de Darkus. Intentó detenerlo, pero el abismo se cruzó en su camino.
    El cetro se sacudió con violencia en las manos de Darkus, pero pudo sostenerlo lo suficiente para apuntarlo a Morte. Éste a su vez apunto la guadaña en su contra.
    De las oscuras nubes surgió un relámpago anaranjado que cruzó el cielo. Todo se iluminó por unos segundos. A la luz cegadora le siguió un estruendo que cimbró la mansión entera.
   El suelo debajo de Morte desapareció. Sintió su cuerpo entero vibrar y llenarse de electricidad. Luego algo lo impulsó hacia atrás con tal fuerza que sintió sus costillas abrirse por la mitad y la columna doblarse más allá de su límite. Después de eso todo fue oscuridad.

    Darkus vio caer la guadaña al piso. Dio un giró el cetro antes de verse obligado a soltarlo. Los fragmentos de cristal y metal se hicieron polvo, incluso los que estaban en su interior. El cuerpo se le llenó de punzadas y un dolor agudo se extendió desde el abdomen hasta las extremidades.
    El cetro le había dejado marcas de quemadura en las palmas. Su poder era algo que no había visto nunca.
    Sintiendo un profundo alivio tomó la guadaña. La usó como apoyo para levantarse. Procedió a golpear el borde del abismo y este comenzó a cerrarse, acallando los lamentos. Pero aquellos estaba lejos de terminar. Debía conseguir ayuda y pronto.


    Varios recolectores se habían reunido en el salón principal de la mansión. Algunos habían escuchado todo desde el inicio. Otros apenas se enteraban de lo que estaba pasando.
Darkus apareció en el balcón del salón. Todos quedaron perplejos ante el aspecto maltrecho de su líder. El salón quedó en completo silencio.
    —¡Escúchenme bien! —bramó con dificultad —. Necesito toda la ayuda posible. Esta noche hubo un atentado en nuestra contra. El perpetrador se encuentra en los bosques del norte. Probablemente esté inconsciente, pero no tardará en despertar. Rodeen los perímetros del bosque. Pidan refuerzos a sus habitantes si en necesario. Traigan al resto de los recolectores y a todo aquél que pueda ayudar. ¡Vayan!
    El silencio sepulcral fue reemplazado por fuertes zancadas. El salón quedó vacío en momentos. Darkus se reclinó en el barandal y miró por una de las ventanas. Grandes nubes grises limpiaban el cielo a su paso. De la tormenta ya no quedaba nada.
    Cerró los ojos con una mezcla de alivio y miedo. Estaba luchando contra fuerzas que ni siquiera él comprendía del todo.


    Morte despertó en medio del bosque. El pasto le acariciaba el rostro y el olor fresco de la tierra húmeda inundó sus sentidos. Al principio no tenía idea de lo que había sucedido. Estaba tendido boca abajo, con la visión nublada. Se levantó con gran esfuerzo, sintiendo la espalda y el pecho destrozados. Se llevó la mano a la cabeza. Su sombrero no estaba. Sólo sintió el cabello enredarse entre sus delgados dedos. El siguiente impulso fue apretar la mano derecha. Encontró nada más que hierba y tierra. El miedo escaló por su garganta y lo invadió. Ya lo recordaba todo.
    Comenzó a correr sin rumbo, algún escape encontraría. Detrás de él se escuchaban, cada vez más cerca, las pisadas de sus cazadores. El maldito Darkus había tenido tiempo de reunir a su ejercito.
    Continuó corriendo hasta los límites del bosque, donde la tierra se convertía en arena. Unos metros más allá se detuvo. Las pisadas se habían callado. Había logrado perderlos. Miró detrás para asegurarse que no estaba en peligro, pero lo único que vio fue la espesura del bosque.
    Entre los árboles aparecieron pequeños fulgores plateados. Supo de inmediato lo que eran, pero uno de ellos lo alcanzó antes de que pudiera continuar su escape. El segundo ataque le dio de lleno en el ojo derecho. El dolor pareció partirle la cabeza por la mitad. Siguió corriendo frenéticamente, mientras intentaba no desmayarse de nuevo.
    Ahora solo podía ver manchas oscuras a su alrededor. La arena bajo sus pies se convirtió en rígidas tablas y luego en un repentino frío que lo envolvió por completo.
    Se llevó las manos al rostro y sintió el globo ocular fuera de su cuenca derecha. El dolor le invadía toda la cabeza, el torso y la espalda. Se estaba cayendo a pedazos.
   El agua helada del lago lo ayudaban a mantenerse despierto, pero era como pequeñas navajas cortándolo completo. Nadó unos metros antes de encontrarse con la mitad frontal de una pequeña embarcación hundida.
    Podía usar el dolor a su favor. Extendió las manos, canalizándolo todo hacia el barco.

   —Ustedes busquen por ese lado y ustedes por allá. No puede estar lejos. Estoy seguro que lo derribe con ese último golpe.
    Darkus estaba cerca del muelle, haciendo todo lo posible por penetrar con su mirada en la oscuridad de la noche. Escuchaba los pasos de sus hombres en la arena y el viento que soplaba en la superficie del lago. Pronto algo irrumpió en la inestable calma.
    El agua cerca del muelle había empezado a borbotear, como si estuviera hirviendo. La miró atentamente. El silencio de la noche se quebró con un terrible estruendo.
     De las profundidades del lago se abrió paso la embarcación, brillando con un fulgor anaranjado y volando hacia la noche.
     Darkus cayó de espaldas contra el muelle, confundido. Observó el barco elevándose cada vez más. Sin pensarlo un segundo más, tomó su guadaña y rasgó el aire con ella. Una estela de luz plateada golpeó al ancla del barco, la cuál impactó contra la arena, haciendo vibrar el piso. La cuerda que la conectaba al barco se tensó. La nave dio vuelta y quedó suspendida en medio del aire. Ahora parecía un globo enorme y extraño.
    Dos de los recolectores se acercaron. Al primero que llegó le lanzó el cetro y la guadaña, casi derribando al hombre.
    —Aférrate a esto. Por ningún motivo los sueltes. Cuando te de la señal golpea el suelo con la navaja de la guadaña y apártate.
     Sin mayor explicación, Darkus corrió hacia el ancla y escaló la cuerda hacia la cubierta del barco.
Cuando llegó no vio señales de Morte. El viento mecía los residuos de tela rasgada que pendían de los mástiles. Aquél panorama le trajo una sensación de familiaridad.
    Una de las trampillas se abrió, la puerta azotó contra los tablones. Morte se abalanzó contra su rival, las manos como garras y el ojo derecho pendiéndole fuera de lugar, repugnante. Darkus lo esquivó por poco. Morte se estrelló contra el podrido barandal del barco, quebrándolo. Darkus se lanzó contra él, lo aferró por los hombros y lo obligó a encararlo.
    —¿Dónde está mi cetro? —inquirió Morte apretando los dientes.
    —No lo necesitarás más —respondió Darkus furioso.
    La tela del traje de Morte se rasgaba entre sus uñas.
    —¿No te das cuenta que todo sería mejor? ¿Por qué no puedes verlo? Un mundo justo. Dolor para los débiles y nosotros en la cima de todo ello.
    El ojo de Morte resplandecía mientras hablaba, mientras que los ojos de Darkus parecían echar chispas de ira.
    —¿Mejor para quién? ¿Para ti? No se trata de eso. Nuestro destino es nuestra responsabilidad. A cada quien le llegará cuando tenga que suceder, no cuando tú lo decidas. —La voz de Darkus ahora era un rugido.
    El barco giró lentamente, siguiendo su recorrido a pesar de estar anclado. Perdieron el equilibrio. Darkus no dejó de sujetar a Morte. Comenzaron a forcejear hasta que el barco tomó una posición casi vertical.  Ambos rodaron por la cubierta, aún sujetos.
   Morte se desprendió de las manos de Darkus, destrozándose las solapas del traje. Pronto se encontró cayendo por la proa del barco sin poder detenerse.
    Su contrincante se lanzó por él y lo alcanzó justo a tiempo, mientras asía una cuerda atada al bauprés con la otra mano. Su esfuerzo por no dejarlo caer era sobrehumano, pero su peso no aguantaría más.
    —¿Por qué te interesa? ¿Por qué los defiendes con tanto empeño? —Morte articulaba las palabras con dificultad. El cuello de la camisa se apretaba contra su nuca y el dolor era insoportable—. ¿No será acaso que tienes otras intenciones? Quizá eres tú quien pretende decidir su destino —dijo casi con un último aliento.
    —¡HAZLO AHORA! —gritó Darkus al recolector que esperaba debajo.
    El hombre tomó la guadaña y golpeó fuerte el piso, para luego apartarse. La oscura grieta llena de quejidos y lamentos se abrió una vez más, emanando aquel hediondo vapor negro. Morte la miró con el ojo lleno de temor.
    —¡No lo hagas! ¡No tienes idea de lo que me haces! ¡No sabes cómo es ahí!—exclamó mientras se asía al brazo de Darkus, que estaba a punto de sucumbir a su peso.
    Con un último esfuerzo atrajo al asustado hombre hacía sí, para enfrentarlo cara a cara.
    —Tú y yo somos más parecidos de lo que crees —sentenció Darkus.
    Sin más, abrió el puño.

   Los gritos desesperados de Lord Morte se unieron al coro espectral y fueron desapareciendo a medida que la grieta se cerraba.
    El barco se desplomó. Darkus apenas tuvo tiempo de lanzarse fuera de peligro.
  Gran parte de la nave se convirtió en astillas y restos de madera podrida, dejando la proa sobresaliendo de la arena.
   Varios de los recolectores se acercaron ante su líder. Darkus los miró aliviado. Recibió la guadaña y el cetro. El segundo parecía haber perdido toda la energía vibrante de antes. Los observó por varios segundos y luego levantó la vista a los recolectores.
    —Ya pueden irse, esto se acabó —dijo con seriedad.
   —¿Está bien, señor? —preguntó uno de ellos, sorprendido por el terrible aspecto del hombre, cuestionándose cómo podía seguir de pie.
    —Lo estaré. Vayan —dijo con molestia.
     Los hombres se dirigieron a los limites del bosque.
   Cuando comprobó que todos se habían alejado lo suficiente, Darkus soltó los artefactos y se desplomó en la arena. Estaba invadido de dolor.

    No supo cuanto tiempo estuvo ahí. Le había parecido una eternidad, hasta que por fin encontró la fuerza suficiente para levantarse.
   Miró por un segundo su guadaña antes de recogerla y después le dedicó todo un momento de reflexión al cetro. Lo levantó con sumo cuidado, como si fuera a estallar. Tomó ambos artefactos para luego emprender una lenta caminata hasta la mansión. Cuando llegó a su destino, el amanecer había comenzado.

    En la soledad de la torre tuvo tiempo y quietud de sobra para curar sus heridas e inspeccionar a fondo el extraño artefacto.
    No le llevó mucho tiempo comprobar que aquel complejo artilugio tenía muchas similitudes con su propia guadaña.
    —Imposible —se susurró a sí mismo mientras contemplaba el cetro sobre su escritorio. Le pareció que asemejaba un dragón adormecido.
    Ahora, lo único que podía hacer, era esperar a que despertara.

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