La noche era terriblemente oscura e inusualmente fría. Las nubes negras que
cubrían el cielo no eran producto del clima. Tampoco lo eran de la
contaminación predominante en el ambiente de la descolorida ciudad. Aquellas
nubes, emitían una extraña energía que cualquiera habría denominado como
sobrenatural. Pero las calles estaban vacías. Sólo el viento espectral que
aullaba y mecía con furia los postes de luz, las recorría con total libertad.
La soledad de las calles no era extraña. Podía presenciarse en todo
momento, ya que el crimen reinaba absoluto, disfrazado de políticos con buenas
intenciones y soluciones a los problemas de los más débiles. Era la clase de
gobierno que reprimía a todo aquel que siquiera asomara una opinión distinta.
La clase de gobierno que castigaba con violencia y recompensaba con
indiferencia.
El ambiente de la ciudad era denso. Una terrible peste a gasolina penetraba
hasta el rincón más oculto. La pureza y tranquilidad de aquel mundo se había
convertido en un simple mito.
Entre los titanes de concreto yacía una plaza olvidada. En ella parecía
concentrarse la inmundicia de la humanidad, protegida por sus propios vicios.
Pequeños grupos de personas se reunían ahí, cada uno ocupado con su situación.
Ninguno habría notado que estaban siendo observados por una extraña figura,
postrada en la cima del reloj central.
El hombre que los observaba en las alturas desentonaba por completo con el
mundo que lo rodeaba. Se mantenía erguido y tenso, cómo el poste que sostenía
el reloj debajo de él. Vestía un saco negro, debajo del cual asomaba un chaleco
y corbata, como una mancha de sangre brillante en un pozo de alquitrán. Una
capa ondeaba detrás de él. Un remendado sombrero de copa cubría la maraña de
cabello azabache que se unía a una cabeza de rostro pálido y demacrado. Se
podía pensar que se trataba de un cráneo sin piel, con un par de ojos sin
brillo hundidos en lo más profundo de las cuencas.
En la mano derecha sostenía un artefacto no menos extraño. Un bastón
coronado por una esfera de cristal anaranjado que emitía un fulgor palpitante,
al ritmo de latidos. A los costados de la esfera se extendían lo que parecían
ser una versión metálica de alas de murciélago.
Si alguien hubiera visto aquel personaje habrían pensado de inmediato en un
mago de feria que estaba por iniciar su espectáculo. Un espectáculo macabro
donde la dama en la caja que se corta a la mitad no sobrevive o donde el conejo
bajo el sombrero es reemplazado por las más siniestras alimañas. Pero nadie
notaba su presencia.
Un grupo de jóvenes yacían inconcientes en una sección de la plaza. El
hombre los había observado ingerir varias sustancias de colores llamativos,
para después verlos desplomarse uno por uno. En otra sección, una pequeña
multitud aullaba y alentaba a dos sujetos que había iniciado una discusión
cuyos argumentos, expuestos a través de insultos, pronto se convirtieron en
golpes. Al ver esto, todos comenzaron a golpearse entre sí y a gritar insultos
mientras lo hacían, convirtiéndose en una gran masa de violencia sin sentido.
Unos metros más allá un par de hombres golpeaban sin piedad a una indefensa
chica. Cuando por fin lograron dejarla inconsciente y con el rostro
ensangrentado, comenzaron a buscar objetos de valor que tuviera ocultos entre
la ropa. Otros dos hombres, vestidos de uniforme, llegaron a la escena. Los
cuatro juntos se llevaron a la chica a una parte oculta de la plaza donde el
hombre los perdió de vista.
El grupo más grande de personas, que estaban en una zona aledaña al reloj
central, bebían sin mesura mientras el piso se cubría de botellas vacías cada
vez más rápido. Brincaban eufóricos al ritmo de un estridente sonido que se
cernía sobre toda la escena. Una nube de humo gris comenzó a formarse a su
alrededor, haciéndose cada vez más turbia y hedionda.
Para Lord Morte aquella plaza era como un teatro. Su función estelar
presentaba el descenso hacia la más baja mediocridad a la que cualquier ser
podía aspirar. La terrible protagonista era la humanidad entera.
Sí se obligaba a ver tal espectáculo, era para recordarse lo mucho que los
detestaba. En cada una de sus visitas a la Tierra de mortales se daba más
cuenta de ello. Aprendió cómo los fuertes se aprovechaban de los débiles, cómo
ellos mismos se provocaban daño por aparente y efímera diversión. Cada día que
pasaba sentía la repulsión abriéndose paso en su interior, hasta que un
día lo invadió por completo.
Decidió que tenía que hacer algo al respecto. Aquél sería el día en que
comenzaba su campaña contra la humanidad y su decadencia.
—Asquerosas criaturas —se dijo Lord Morte a sí mismo, con desprecio
emanando de su grave voz —. No merecen la libertad que poseen, ni los dones que
han despreciado.
Un agudo sonido interrumpió sus pensamientos. El reloj debajo de él comenzó
a vibrar. Las manecillas anunciaban la tres de la mañana.
Alzó la mirada y apretó el cetro con ambas manos. Lo levantó sobre su
cabeza, cómo si fuera a golpear el reloj debajo de él. Una de las alas de
murciélago se extendió hacia el cielo, dando al bastón la apariencia de una
guadaña. La cuchilla descendió con la misma rapidez que había subido, haciendo
un fugaz corte en el aire. Después de unos segundos apareció una línea
brillante donde la cuchilla había marcado su trayectoria. La marca se fue
abriendo como un ojo al despertar, hasta convertirse en un espiral de luces
verdes.
Morte saltó dentro del portal, llevando consigo todo rastro de actividad
sobrenatural, así como la terrible oscuridad y el inusual frío que se habían
apoderado aquella noche de la ciudad.
Del cielo descendió una sombra, sin más sonido que el de su capa ondeando
contra el viento frío y nocturno. Sus zapatos apenas rozaron el tejado de la
torre más alta de la mansión. Con movimientos delicados, casi felinos, se
arrastró por el techo hasta llegar al borde. Saltó hacia el tejado que se
extendía debajo. Desde ahí pudo ver un ventanal y detrás una habitación de
aspecto lúgubre, donde crepitaba un solitario fuego azulado. Morte se aseguró
que no hubiera nadie dentro y en cuanto pudo confirmarlo se abalanzó contra la
ventana, haciéndola añicos y aterrizando sobre un desgastado escritorio.
Estudió el lugar con cautela.
Había libreros llenos, estantes desordenados, planos en las paredes y objetos
incomprensibles cuya silueta era marcada por el resplandor azul de la chimenea.
Un silencio tenso inundaba el recinto.
Se dio la vuelta y pronto se encontró con un par de ojos que le devolvían
la mirada. Estuvo a punto de atacar, pero se dio cuenta que se trataba de un
retrato, apenas visible entre la luz de un par de velas. Un hombre de mirada
severa lo observaba desde lo alto de la chimenea. El cabello gris le caía sobre
los hombros y combinaba con el resplandor plateado que emitían sus ojos grises.
Los rasgos duros acentuaban la seriedad de su expresión. La túnica negra que
vestía hacía que sus manos y rostro resaltaran demasiado pálidos. La mano
derecha parecía acariciar el mango de una guadaña que reposaba a su lado y en
la izquierda sostenía un libro abierto, inmenso y de paginas amarillentas.
Posaba sentado en una ostentosa silla, como un emperador o un rey en su trono.
Debajo del retrato había una pequeña placa en la que se leía:
Darkus Grim
Director de la
Sociedad de Recolectores de Almas
Protector de
Gloom Town
Morte apartó el rostro de la placa. Estaba en el lugar correcto.
Las llamas de la chimenea crecieron con un temible rugido, tornándose
plateadas y empujando a Morte de vuelta contra la ventana.
El intruso aterrizó sobre el otro lado del tejado, haciendo que algunas
tejas se desprendieran. Le costó varios segundos recuperar el enfoque de la
mirada, pero pronto descubrió que el hombre del retrato lo observaba,
sosteniendo la guadaña contra su cuello, apoyándola con fuerza.
—Levántate —dijo Darkus en voz baja pero imponente. Morte no se movió.
—He dicho que te levantes, ¡Ahora!
—Te estaba esperando —respondió Morte sin quitarle la mirada de encima a su
rival.
—¿Qué quieres? ¿A qué has venido? —dijo Darkus con frialdad.
—Vine a hacer algunos cambios, mi querido amigo Darkus Grim, cambios que tú
no te atreverías a hacer jamás. —La voz de Morte era casi un susurro y sin
embargo podía sentirse la ferocidad en cada una de sus palabras.
—¿De qué clase de cambios estás hablando?
—Te sientes tan orgulloso de ser el defensor de los débiles, de darles a
todos lo que crees que merecen, pero no sabes que algunos sufrimos injusticias
por lo que tú has hecho.
—¿Quién eres? ¿Cómo llegaste aquí? —La mirada de Darkus era penetrante,
pero Morte no dejaba de
observarlo, intentando profundizar en lo que había detrás.
—Soy una de tus víctimas. Uno de esos sin oportunidad de redención, de
aquellos que ni siquiera has dejado luchar —Los ojos de Morte hervían con ira y
Darkus podía verlo.
—Sé de dónde vienes. Ustedes no merecen redención. Los horrores que
cometieron los llevaron a donde deben estar. Nadie más que ustedes son
culpables de su propio destino. —Por primera vez Darkus elevó la voz.
—Ahí es en donde te equivocas. ¿Es acaso mi culpa ser producto del odio,
del enojo y la ira? ¿Supones que es fácil cambiar de lo que estas hecho por
dentro?, del rencor provocado por la injusticia y las mentiras, ¡No lo es! Y
eso es algo que jamás vas a comprender —la voz de Morte se convirtió en un
rugido —. Así que estoy aquí para
hacerte entender el dolor que tú mismo has provocado.
Morte sujetó el cetro, apuntándolo a su rival. Un relámpago alcanzó a
Darkus, derribándolo hasta el borde del tejado. El hombre quedó colgado con una
mano, mientras con la otra sujetaba su guadaña. Vio la cabeza de Morte asomar
por el borde.
—El sufrimiento después de la muerte. No es algo con lo que estés
familiarizado, quizá por eso que
no te preocupamos. Tal vez por eso nos haces esto. Pero hoy vas a entender mi
punto de vista y sabrás que hay quienes merecen este horrendo destino más que
yo.
Alzó el cetro hacia el cielo y de la esfera se disparó un rayo que
desapareció en las alturas. Enormes nubes negras aparecieron y cubrieron el
cielo por completo, oscureciendo aún más el ambiente. Morte bajó el bastón
dando un golpe al tejado. Un relámpago se precipitó contra Darkus, provocando
que se soltara y cayera en la terraza que se extendía debajo del gran reloj de
la mansión. Violentos rayos caían del cielo e impactaban los muros y techos.
Morte se abalanzó contra Darkus y lo apuntó con el cetro una vez más, con
la mirada llena de odio.
—¡Vamos! ¡Levántate! ¡pelea! —gritaba mientras su grotesco rostro era
iluminado por los relámpagos —. ¿Qué se siente tener todo en tu contra?
Intentó golpear con el cetro a su contrincante, pero éste había recuperado
la guadaña y pudo bloquear el golpe. La navaja de la guadaña rozó el rostro de
Morte, quien dio un salto hacia atrás, sin dejar de dirigir los relámpagos
contra Darkus. Para su desesperación, él seguía bloqueando cada ataque con su
arma. Decidió que era tiempo de utilizar otra táctica e intentó derribarlo con
un puñetazo. Pero Darkus esquivó y aprovechó para cortarle la capa con la
guadaña. Enfurecido, lanzó un grito al aire mientras el cielo rugía al unísono.
Esta vez dirigió un poderoso relámpago hacia el gran reloj, el cual se hizo
añicos en cuestión de segundos. Una nube de polvo de cristal y fragmentos de
metal filoso los cubrió con rapidez. Morte levantó el cetro sobre su cabeza,
logrando desviar todo lo que estaba por caerle encima.
Cuando la nube se disipó, vio con eufórica satisfacción que Darkus no había
tenido la misma suerte. Su oponente yacía en el frío suelo de piedra. Un pedazo
de metal lo había atravesado por el abdomen y lo había inmovilizado contra el
suelo. El resto de su cuerpo y rostro estaba cubierto de fragmentos de vidrio y
grandes cortadas en las que asomaba un color violeta. El hombre intentaba
liberarse con gran esfuerzo, pero era inútil, Morte comenzó a reír.
—Entonces así termina. Este es el final para el poderoso Darkus Grim,
defensor de los débiles —dijo acercándose, apuntando el cetro hacia su
contrincante vencido—. No sé porqué no lo comprendes. He observado a esos
asquerosos mortales por mucho tiempo. ¡Sé en lo que se convertirán! He visto un
futuro lleno de inmundicia, podrido, sin salvación alguna.
Llegó hasta Darkus y apoyó la punta del cetro sobre su pecho, dentro de una
herida. Procedió a recargarse mientras su rival ahogaba un grito y retorcía el
rostro de dolor.
—¿Por qué esperar a que suceda todo lo que he visto?, podríamos comenzar
ahora mismo y que paguen por todo lo que han hecho o harán.
Apartó el cetro del pecho de Darkus y tomó la guadaña. El artefacto vibró
en sus manos, provocándole punzadas desagradables por todo el cuerpo. Tuvo que
aferrarse a él con fuerza, pues éste parecía querer escapar. Dejó el cetro a un
costado, observó la guadaña por unos segundos y luego la alzó sobre su cabeza.
La cuchilla zumbó al rasgar el aire. El cielo rugió furioso cuando Morte dejó
caer la cuchilla, atravesando el piso con ella. La tormenta se intensificó. La
roca bajo sus pies comenzó a quebrarse, trazando una línea torcida. De un
momento a otro el suelo se abrió, creando un abismo negro del que emanaba un
vapor oscuro y hediondo. El eco de lamentos lejanos y cadenas llenó el aire.
Darkus sintió un terrible escalofrío recorrerle la espalda y Morte disfrutó su
expresión de horror.
—Veo que sabes lo que te espera ahí abajo. Cuando conozcas nuestra
encantadora tierra de dolor y sufrimiento tal vez lo pienses mejor antes de
enviar más almas ahí... aunque claro, esa ya no será tu decisión. Te haré el
favor de relevarte de esa pesada tarea que te auto-asignaste.
Su risa burlona se hizo una con los aullidos del viento y el estruendo de
los relámpagos. Caminaba por el borde del abismo con toda calma, disfrutando de
su inminente victoria. La grieta poco a poco se expandía bajo ellos. Era
cuestión de segundos para que Darkus se perdiera en el oscuro vacío por
siempre.
El hombre, herido y sin más fuerza había cerrado los ojos.
—¡Eso es! —dijo Morte con animo—. Es mejor así. Acepta lo que viene, muy
buena desi...
Darkus abrió los ojos con tal impacto que hizo retroceder a su rival.
Extendió la mano hacia el frente. Un par de estelas plateadas salieron de su
palma. Morte se cubrió en un intento de defenderse, levantando la guadaña. Nada
sucedió.
Al bajar la guardia vio con terror como su preciado cetro volaba hacia las
manos de Darkus. Intentó detenerlo, pero el abismo se cruzó en su camino.
El cetro se sacudió con violencia en las manos de Darkus, pero pudo
sostenerlo lo suficiente para apuntarlo a Morte. Éste a su vez apunto la
guadaña en su contra.
De las oscuras nubes surgió un relámpago anaranjado que cruzó el cielo.
Todo se iluminó por unos segundos. A la luz cegadora le siguió un estruendo que
cimbró la mansión entera.
El suelo debajo de Morte desapareció. Sintió su cuerpo entero vibrar y
llenarse de electricidad. Luego algo lo impulsó hacia atrás con tal fuerza que
sintió sus costillas abrirse por la mitad y la columna doblarse más allá de su
límite. Después de eso todo fue oscuridad.
Darkus vio caer la guadaña al piso. Dio un giró el cetro antes de verse
obligado a soltarlo. Los fragmentos de cristal y metal se hicieron polvo,
incluso los que estaban en su interior. El cuerpo se le llenó de punzadas y un
dolor agudo se extendió desde el abdomen hasta las extremidades.
El cetro le había dejado marcas de quemadura en las palmas. Su poder era
algo que no había visto nunca.
Sintiendo un profundo alivio tomó la guadaña. La usó como apoyo para
levantarse. Procedió a golpear el borde del abismo y este comenzó a cerrarse,
acallando los lamentos. Pero aquellos estaba lejos de terminar. Debía conseguir
ayuda y pronto.
Varios recolectores se habían reunido en el salón principal de la mansión.
Algunos habían escuchado todo desde el inicio. Otros apenas se enteraban de lo
que estaba pasando.
Darkus apareció en el balcón del salón. Todos quedaron perplejos ante el
aspecto maltrecho de su líder. El salón quedó en completo silencio.
—¡Escúchenme bien! —bramó con dificultad —. Necesito toda la ayuda posible.
Esta noche hubo un atentado en nuestra contra. El perpetrador se encuentra en
los bosques del norte. Probablemente esté inconsciente, pero no tardará en
despertar. Rodeen los perímetros del bosque. Pidan refuerzos a sus habitantes
si en necesario. Traigan al resto de los recolectores y a todo aquél que pueda
ayudar. ¡Vayan!
El silencio sepulcral fue reemplazado por fuertes zancadas. El salón quedó
vacío en momentos. Darkus se reclinó en el barandal y miró por una de las
ventanas. Grandes nubes grises limpiaban el cielo a su paso. De la tormenta ya
no quedaba nada.
Cerró los ojos con una mezcla de alivio y miedo. Estaba luchando contra
fuerzas que ni siquiera él comprendía del todo.
Morte despertó en medio del bosque. El pasto le acariciaba el rostro y el
olor fresco de la tierra húmeda inundó sus sentidos. Al principio no tenía idea
de lo que había sucedido. Estaba tendido boca abajo, con la visión nublada. Se
levantó con gran esfuerzo, sintiendo la espalda y el pecho destrozados. Se
llevó la mano a la cabeza. Su sombrero no estaba. Sólo sintió el cabello
enredarse entre sus delgados dedos. El siguiente impulso fue apretar la mano
derecha. Encontró nada más que hierba y tierra. El miedo escaló por su garganta
y lo invadió. Ya lo recordaba todo.
Comenzó a correr sin rumbo, algún escape encontraría. Detrás de él se
escuchaban, cada vez más cerca, las pisadas de sus cazadores. El maldito Darkus
había tenido tiempo de reunir a su ejercito.
Continuó corriendo hasta los límites del bosque, donde la tierra se
convertía en arena. Unos metros más allá se detuvo. Las pisadas se habían callado.
Había logrado perderlos. Miró detrás para asegurarse que no estaba en peligro,
pero lo único que vio fue la espesura del bosque.
Entre los árboles aparecieron pequeños fulgores plateados. Supo de
inmediato lo que eran, pero uno de ellos lo alcanzó antes de que pudiera
continuar su escape. El segundo ataque le dio de lleno en el ojo derecho. El
dolor pareció partirle la cabeza por la mitad. Siguió corriendo frenéticamente,
mientras intentaba no desmayarse de nuevo.
Ahora solo podía ver manchas oscuras a su alrededor. La arena bajo sus pies
se convirtió en rígidas tablas y luego en un repentino frío que lo envolvió por
completo.
Se llevó las manos al rostro y sintió el globo ocular fuera de su cuenca
derecha. El dolor le invadía toda la cabeza, el torso y la espalda. Se estaba
cayendo a pedazos.
El agua helada del lago lo ayudaban a mantenerse despierto, pero era como
pequeñas navajas cortándolo completo. Nadó unos metros antes de encontrarse con
la mitad frontal de una pequeña embarcación hundida.
Podía usar el dolor a su favor. Extendió las manos, canalizándolo todo
hacia el barco.
—Ustedes busquen por ese lado y ustedes por allá. No puede estar lejos.
Estoy seguro que lo derribe con ese último golpe.
Darkus estaba cerca del muelle, haciendo todo lo posible por penetrar con
su mirada en la oscuridad de la noche. Escuchaba los pasos de sus hombres en la
arena y el viento que soplaba en la superficie del lago. Pronto algo irrumpió
en la inestable calma.
El agua cerca del muelle había empezado a borbotear, como si estuviera
hirviendo. La miró atentamente. El silencio de la noche se quebró con un
terrible estruendo.
De las profundidades del lago se abrió paso la embarcación, brillando con
un fulgor anaranjado y volando hacia la noche.
Darkus cayó de espaldas contra el muelle, confundido. Observó el barco
elevándose cada vez más. Sin pensarlo un segundo más, tomó su guadaña y rasgó
el aire con ella. Una estela de luz plateada golpeó al ancla del barco, la cuál
impactó contra la arena, haciendo vibrar el piso. La cuerda que la conectaba al
barco se tensó. La nave dio vuelta y quedó suspendida en medio del aire. Ahora
parecía un globo enorme y extraño.
Dos de los recolectores se acercaron. Al primero que llegó le lanzó el
cetro y la guadaña, casi derribando al hombre.
—Aférrate a esto. Por ningún motivo los sueltes. Cuando te de la señal
golpea el suelo con la navaja de la guadaña y apártate.
Sin mayor explicación, Darkus corrió hacia el ancla y escaló la cuerda
hacia la cubierta del barco.
Cuando llegó no vio señales de Morte. El viento mecía los residuos de tela
rasgada que pendían de los mástiles. Aquél panorama le trajo una sensación de
familiaridad.
Una de las trampillas se abrió, la puerta azotó contra los tablones. Morte
se abalanzó contra su rival, las manos como garras y el ojo derecho pendiéndole
fuera de lugar, repugnante. Darkus lo esquivó por poco. Morte se estrelló
contra el podrido barandal del barco, quebrándolo. Darkus se lanzó contra él,
lo aferró por los hombros y lo obligó a encararlo.
—¿Dónde está mi cetro? —inquirió Morte apretando los dientes.
—No lo necesitarás más —respondió Darkus furioso.
La tela del traje de Morte se rasgaba entre sus uñas.
—¿No te das cuenta que todo sería mejor? ¿Por qué no puedes verlo? Un mundo
justo. Dolor para los débiles y nosotros en la cima de todo ello.
El ojo de Morte resplandecía mientras hablaba, mientras que los ojos de
Darkus parecían echar chispas de ira.
—¿Mejor para quién? ¿Para ti? No se trata de eso. Nuestro destino es
nuestra responsabilidad. A cada quien le llegará cuando tenga que suceder, no
cuando tú lo decidas. —La voz de Darkus ahora era un rugido.
El barco giró lentamente, siguiendo su recorrido a pesar de estar anclado.
Perdieron el equilibrio. Darkus no dejó de sujetar a Morte. Comenzaron a
forcejear hasta que el barco tomó una posición casi vertical. Ambos rodaron por la cubierta, aún
sujetos.
Morte se desprendió de las
manos de Darkus, destrozándose las solapas del traje. Pronto se encontró
cayendo por la proa del barco sin poder detenerse.
Su contrincante se lanzó por él y lo alcanzó justo a tiempo, mientras asía
una cuerda atada al bauprés con la otra mano. Su esfuerzo por no dejarlo caer
era sobrehumano, pero su peso no aguantaría más.
—¿Por qué te interesa? ¿Por qué los defiendes con tanto empeño? —Morte
articulaba las palabras con dificultad. El cuello de la camisa se apretaba
contra su nuca y el dolor era insoportable—. ¿No será acaso que tienes otras
intenciones? Quizá eres tú quien pretende decidir su destino —dijo casi con un
último aliento.
—¡HAZLO AHORA! —gritó Darkus al recolector que esperaba debajo.
El hombre tomó la guadaña y golpeó fuerte el piso, para luego apartarse. La
oscura grieta llena de quejidos y lamentos se abrió una vez más, emanando aquel
hediondo vapor negro. Morte la miró con el ojo lleno de temor.
—¡No lo hagas! ¡No tienes idea de lo que me haces! ¡No sabes cómo es
ahí!—exclamó mientras se asía al brazo de Darkus, que estaba a punto de
sucumbir a su peso.
Con un último esfuerzo atrajo al asustado hombre hacía sí, para enfrentarlo
cara a cara.
—Tú y yo somos más parecidos de lo que crees —sentenció Darkus.
Sin más, abrió el puño.
Los gritos desesperados de Lord Morte se unieron al coro espectral y fueron
desapareciendo a medida que la grieta se cerraba.
El barco se desplomó. Darkus apenas tuvo tiempo de lanzarse fuera de
peligro.
Gran parte de la nave se convirtió en astillas y restos de madera podrida,
dejando la proa sobresaliendo de la arena.
Varios de los recolectores se acercaron ante su líder. Darkus los miró
aliviado. Recibió la guadaña y el cetro. El segundo parecía haber perdido toda
la energía vibrante de antes. Los observó por varios segundos y luego levantó
la vista a los recolectores.
—Ya pueden irse, esto se acabó —dijo con seriedad.
—¿Está bien, señor? —preguntó uno de ellos, sorprendido por el terrible
aspecto del hombre, cuestionándose cómo podía seguir de pie.
—Lo estaré. Vayan —dijo con molestia.
Los hombres se dirigieron a los limites del bosque.
Cuando comprobó que todos se habían alejado lo suficiente, Darkus soltó los
artefactos y se desplomó en la arena. Estaba invadido de dolor.
No supo cuanto tiempo estuvo ahí. Le había parecido una eternidad, hasta
que por fin encontró la fuerza suficiente para levantarse.
Miró por un segundo su guadaña antes de recogerla y después le dedicó todo
un momento de reflexión al cetro. Lo levantó con sumo cuidado, como si fuera a
estallar. Tomó ambos artefactos para luego emprender una lenta caminata hasta
la mansión. Cuando llegó a su destino, el amanecer había comenzado.
En la soledad de la torre tuvo tiempo y quietud de sobra para curar sus
heridas e inspeccionar a fondo el extraño artefacto.
No le llevó mucho tiempo comprobar que aquel complejo artilugio tenía
muchas similitudes con su propia guadaña.
—Imposible —se susurró a sí mismo mientras contemplaba el cetro sobre su
escritorio. Le pareció que asemejaba un dragón adormecido.
Ahora, lo único que podía hacer, era esperar a que
despertara.
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