—¿Dónde estoy? —Su voz era como un susurro.
—A salvo —respondió otra voz cuyo genero no pudo
distinguir.
—¿A salvo de qué?
A lo lejos observó un árbol, al otro lado de un río.
Un árbol que le resultaba muy familiar. Muerto de un lado, vivo del otro.
De nuevo se vio a sí mismo, está vez en la copa del
árbol. Arrancaba las hojas una por una y las dejaba caer al piso con una
sonrisa maliciosa.
—No, no lo estás —dijo su reflejo sin parpadear. Su
mirada era penetrante y terrible, llena de odio.
—¿Porqué me odias? —preguntó, su voz era cada vez más
baja.
—No tengo alternativa —respondió el reflejo y comenzó
a reír. Pero su risa ocultaba algo, era casi un llanto.
Una luz grisácea penetró las sombras de su mente,
haciéndose cada vez más intensa, hasta el punto en que tuvo que abrir los ojos
para librarse de ella.
Lo primero que vio fue el dosel de la cama. La luz
seguía ahí, se había atenuado considerablemente y entraba por la ventana que
dejó abierta toda la noche.
Se levantó, rascándose las costillas y con la
intensión de dar un bostezo. Pero pronto descubrió que no tenía ganas, pues no
se sentía cansado en lo absoluto. De cualquier manera lo intentó por mera
costumbre. Su energía se había repuesto de inmediato y no le costaba trabajo
levantarse, lo cual era casi un milagro para él.
Buenos días, Edward
le dijo su propia voz. No olvides que
estás muerto.
—Como si pudiera olvidarlo —dijo en voz alta, pero
esta vez no lo decía con tristeza. De pronto algo llegó a su cabeza y lo hizo
buscar su reloj.
Se llevó la mano a la cintura y recordó que el chaleco
estaba en el armario. Lo abrió de golpe y hurgó en sus bolsillos, solo para
encontrar que las manecillas del reloj daban vueltas descontroladamente.
Salió de la habitación en busca de un reloj, pero no
recordaba haber visto ninguno. La sala lo recibió casi en completa oscuridad a
excepción de la luz de las lámparas. Había olvidado apagarlas.
Abrió las cortinas y, después de observarla por un
minuto, hizo girar la llave de la lámpara. Ésta emitió el chasquido de antes y
extinguió su llama. Hizo lo mismo con todas las que había dejado encendidas la
noche anterior.
Decidió que era mejor vestirse y encontrar una manera
de llegar a la mansión, si es que ya se le había hecho tarde. Aunque no tenía
la menor idea de cómo transportarse, pero eso ya lo vería después.
En menos de un minuto ya estaba vestido. Fue al cuarto
de aseo y contempló los extraños artefactos que había ahí. Notó un espejo que
no había visto la noche anterior y un tapete lleno de polvo. Tenía intensiones
de lavarse la cara aunque le tomó un rato recordar como es que funcionaba la
bañera. Cuando por fin logró que el agua saliera, esta se precipitó por la
campana de metal y se las arregló para mojarle la cabeza y la mitad del torso.
Se miró al espejo, su cabello era un completo
desastre. Como no tenía un cepillo, resolvió pasarse los dedos por la cabeza
unas cuantas veces para que al menos se viera presentable. Unos segundos más
tarde alguien llamó a la puerta del apartamento.
Aún tratando de arreglarse la ropa y de disimular su
pequeño accidente, Edward abrió la puerta y se encontró con Leonard y otras dos
personas detrás de él.
—Buenos días... ¿Está todo bien? —le dijo, arqueando
una ceja y mirándolo de arriba abajo.
—Tuve un problema con la bañera —respondió el
muchacho, avergonzado.
—Bueno ya tendrás tiempo de estudiarla. Pueden pasar
—dijo dirigiéndose a quienes estaban detrás.
—Buenos días —dijeron al unísono el hombre y la mujer
mientras entraban al apartamento con varios utensilios en mano.
—Buenos días —respondió Edward mirándolos algo confundido.
—Van a hacerse cargo de la limpieza —explicó Leonard
—. ¿Nos vamos?
—Si, claro.
A esa hora de la mañana era mucho más fácil ver los
descuidados pasillos llenos de telarañas y polvo. Excepto por el recibidor que
mantenía la elegancia.
—¿Alguien más vive aquí? —preguntó Edward observando
las otras puertas marcadas con números.
—Sí, pero no conozco a nadie —contestó Leonard
levantando los hombros.
La mañana era fría, el viento soplaba tranquilo y
entre las nubes grises se escondía una misteriosa esfera pálida. A pesar de que
se parecía mucho al sol, tenía un aura distinta y Edward sospechó que aquel
mundo tenía su propia versión del sol así como parecía tener su propia versión
de todo.
El caballo alado que tiraba del carruaje relinchó con
alegría y batió las alas.
—Parece que alguien está contento de verte —dijo
Leonard a Edward. Él se acercó y acarició el hocico del bello animal.
—Hola Ace —dijo reconociéndolo de inmediato. Podía ser
que hubiera muchos como él y, aunque no los había visto aún, creía que serían
fáciles de reconocer uno del otro.
El caballo movió la cabeza y agitó las crines.
Segundos después ya estaban volando a la altura de los
tejados.
—¿Cómo te sientes hoy, Edward? —preguntó Leonard
mirando unos pergaminos que llevaba con él.
—Mucho mejor que anoche, gracias —dijo y notó algo de
nerviosismo en su voz.
—Me alegra escucharlo porque hoy nos espera un día...
interesante.
Edward esbozó una sonrisa y se reclinó en el asiento
con cautela. Temía que si hacía movimientos muy bruscos el carruaje perdería el
equilibrio. Leonard se limitó a sonreír y a darle una palmada en la rodilla.
—Te acostumbraras —le dijo. Continuaron el resto del
viaje en silenció.
Llegaron a la mansión en poco tiempo. Cuando bajaron
del carruaje Leonard saludó a Wilhelm levantando una mano. Edward hizo lo mismo
y el hombre respondió con una pequeña reverencia.
La carencia de ventanas hacía que el vestíbulo se
viera igual de oscuro que la noche anterior. Las luces amarillentas de las
velas y la luz gris del día en el exterior, iluminaban el resto de los
pasillos, donde las ventanas eran alargadas.
Tal como la noche anterior, Leonard dirigió a Edward
por los corredores de la mansión mientras el chico lo seguía, observándolo
todo.
Unas escaleras más arriba y un estrecho pasillo más
adelante los condujo a un cuarto lleno de armarios y casilleros. Todos ellos
alineados contra una pared de piedra más propia de un calabozo. La luz del
exterior se colaba por pequeñas rendijas verticales.
—¿Recuerdas el camino que acabamos de recorrer?
—preguntó Leonard.
—Creo que sí —respondió el muchacho.
—Bien, porque de hoy en adelante harás estos
recorridos tú solo.
Edward se sintió preocupado. Aunque quiso disimularlo
Leonard lo notó.
—No te preocupes, de cualquier forma te daré un mapa
del lugar.
—Gracias.
Lo llevó hasta uno de los casilleros cerrado con un
candado que parecía muy frágil. Las iniciales de Edward aparecían grabadas en
una pequeña placa de metal atornillada a la puerta.
—Aquí está tu llave. Será mejor que la pongas con las
demás.
Edward sacó el aró donde había puesto las llaves de su
nuevo departamento. Después abrió el candado del casillero. El interior estaba
dividido a la mitad por una tabla. De un lado, colgado con pulcritud en un
gancho, descansaba una gabardina negra con adornos plateados. Del otro un
instrumento extraño, que parecía más apropiado para la labor de cosecha, se
reclinaba perezoso sobre el fondo del casillero.
—Lo primero que harás es usar la gabardina. Todos los
días es lo primero que debes hacer. Es tu uniforme y tiene otros usos que ya te
explicaré.
El muchacho la tomó con cuidado y la admiró en sus
manos. Le gustaba, era algo a lo que se podría acostumbrar fácilmente.
Al colocársela sobre los hombros la sintió como un
cálido abrazo de bienvenida. Y una vez que la tuvo puesta, algo en él cambió.
Se sentía confiado.
Leonard tomó el instrumento dentro del casillero y se
lo entregó a Edward. Él lo admiró, acarició el mango y lo tomó firme. Estaba
completo, se sentía poderoso.
—Esta es tu hoz. Será tu herramienta de trabajo. Irá
contigo a donde tú vayas. Jamás la olvides. En un momento sabrás porque. Ambas
cosas son parte de tu rutina diaria.
Edward se preguntó como podría olvidarla. No sabía
para lo que serviría, pero ya sentía como si fuera parte de él.
Su compañero lo observaba con atención.
—Me agrada— dijo Edward admirándose la gabardina
puesta y la hoz en la mano.
—Ya te ves como todo un recolector. Ahora sigamos.
Leonard fue hacia la puerta y Edward tras de él.
Volvieron al vestíbulo, donde el muchacho se
sorprendió un poco inseguro de mostrarse ante sus ahora compañeros. Pero pronto
se dio cuenta que nadie le prestaba demasiada atención lejos de un cordial
saludo o alguna palabra de aliento para darle la bienvenida. Tras comprobar
aquello Edward parecía caminar erguido y con la cabeza en alto por primera vez
en mucho tiempo.
Leonard lo condujo por una de las puertas debajo del
balcón. Bajaron por una gran escalera de piedra hasta un túnel amplio. Vio que
varios recolectores iban junto con ellos. Todos en sus respectivos asuntos.
El túnel parecía pasar por debajo de la mansión, para
luego desembocar fuera de ella sobre un acantilado al que no se le veía el
fondo.
La luz del día lo cegó por unos segundos. Después se
dio cuenta que estaban debajo del puente de piedra en el que Leonard lo había
recibido la noche anterior.
Rejas de hierro formaban las paredes de aquella parte
del túnel.
Caminaron hasta una de las rejas donde también había
una placa con las iniciales de Edward. Leonard sacó un pergamino de la gabardina.
—Bien, ahora te enseñaré como cruzar a la Tierra de
Mortales.
El muchacho se mostró algo incómodo. Miró hacia la
reja. Detrás no había nada para recibirlo. Sólo el abismo cubierto de niebla.
—Presta mucha atención porque tendrás que hacerlo exactamente
como yo lo haga —continúo Leonard —. Primero te entregaré una lista en cuanto
llegues a la mansión. En ella encontraras los nombres de las almas que se te
han asignado por el día. Tendrás dos listas iguales. La segunda la llevarás
contigo en todo momento.
El hombre tomó el pergamino que llevaba y se lo mostró
a Edward. En él tan sólo unas palabras escritas: Asignación de prueba. Comprobó que el segundo contenía lo mismo.
Tomó una de las copias y la enrolló. Leonard extendió la otra, colocándola en
lo que parecía el marco de un retrato antiguo al costado de la reja.
—Colocas una de las copias aquí y el portal se abre.
Él sabrá a donde llevarte, así tú sólo debes preocuparte por entrar.
El pergamino en el marco se sostuvo en su lugar,
cubierto por una ligera capa de niebla como la que llenaba el abismo. La reja
chasqueó, indicando que ya podían abrirla.
Sin más, Leonard la abrió y le indicó que entrara.
Exactamente lo que Edward temía que hiciera.
—No estoy seguro de que sea una buena idea —dijo el muchacho,
dando un paso hacia atrás.
—Vamos ¿qué es lo peor que puede pasarte?
—No sé que pueda pasarme, ese es el punto.
Leonard lo miró con impaciencia.
—Recuerda, estamos muertos. Esto ya no puede hacernos
daño.
Edward apretó la hoz con ambas manos.
—Esta bien. ¿Te sentirías mejor si lo hago yo primero?
—le dijo su compañero frunciendo los labios. El orgullo del muchacho se hizo
presente. No iba a permitir que nadie pensara que era un cobarde.
—No, no. En lo absoluto.
Se acercó al borde y lo miró con desconfianza. La
caída era de al menos treinta metros de alto, sin contar lo que hubiera debajo
de la espesa capa de niebla.
Leonard se paró junto a él. Cruzó los brazos sobre el
pecho como si yaciera en un ataúd.
—Esta es la posición correcta. Mantén las piernas
estiradas. Cuerpo tenso. Aférrate a
la hoz. Es la única manera de asegurar que volveremos.
A Edward se le hizo un nudo en el estómago. Asumió la
posición indicada y estuvo parado en el borde, tratando de no pensar demasiado
en ello.
—Solamente un paso. Es todo lo que necesitas —dijo
Leonard en voz baja.
Una brisa helada le alborotó el cabello a Edward.
Cerró los ojos. Levantó un pie.
Al siguiente instante el piso había desaparecido y el
viento lo impactaba con fuerza desde abajo. Tuvo el impulso de gritar, pero la
presión era tan fuerte que no podía hacerlo.
Su cuerpo entero se tensó, para luego relajarse en un
instante. Sintió que la hoz se le escapaba y apretó el puño con fuerza.
Algo comenzó a hacerle cosquillas en los pies,
escalando por sus piernas poco a poco. Luego fueron los dedos, el brazo, los
hombros. Todo el cuerpo completamente adormecido. Después la sensación de que
le arrancaban la piel. No le dolía, pero no era del todo agradable.
Cuando esto se detuvo, le siguió la sensación de que
un vapor fresco le recorría cada rincón del cuerpo. Intentó tensarse de nuevo,
pero no pudo. Su cuerpo estaba demasiado relajado.
Abrió los ojos. Estaba en un limbo gris. Nada a su
alrededor. Cada vez que giraba la cabeza la sentía ligera, como llena de helio.
De entre la niebla comenzó a formarse algo. Recordó
cuando el ojo le había mostrado su pasado y como las escenas se materializaban,
envolviéndolo poco a poco.
Lo primero que vio fue una ventana rota, a la que se
fueron añadiendo tablas de madera con pequeños agujeros que dejaban pasar la
luz. Las paredes se fundieron con el techo y concluyeron con el piso. Ahora
estaba en la estancia de lo que parecía una pequeña cabaña.
Le tomó varios minutos comprender qué estaba
sucediendo. Notó que se sentía ligero y extraño. El cuerpo entero parecía
entumecido. Quiso comprobar que aún llevaba la hoz consigo y cuando se miró la
mano vio un vapor verdoso en su lugar.
Extendió las manos al frente. Estaban ahí, pero
traslucidas, como si él mismo estuviera hecho de humo. Se tocó el pecho, los
brazos y la cabeza. Comprobó que se sentía tan sólido como solía serlo.
Una cascada nebulosa emanó del techo y se derramó a su
lado. Dos segundos después, una versión vaporosa de Leonard lo acompañaba en la
estancia.
Edward lo miró atónito y estiró la mano para tocarlo.
Se sentía tan sólido como él. El hombre lo miró desconcertado. Luego pareció
recordar algo.
—Claro, olvide mencionar la descorporeación.
—¿Qué?
Leonard aún se tomó el tiempo de dar una vuelta por la
estancia, asegurándose que la cabaña estaba vacía.
—Descorporeación.
Es el termino dado al proceso que le ocurre a nuestros cuerpos al pasar de un
mundo a otro. El cuerpo terrenal se vuelve etéreo al cruzar entre mundos. En
otras palabras, somos fantasmas.
Edward lo observó con la boca abierta y luego se miró
a si mismo de nuevo. Se sentía un poco adormecido y demasiado relajado.
—¿Dónde está tu hoz? —le preguntó Leonard. El muchacho
volvió en si. Por un segundo pensó que la había perdido, pero luego se dio
cuenta que la había dejado caer al piso. Con alivio la señaló. Su compañero le
dirigió una mirada impaciente.
—Bueno, no va a levantarse por si sola, ¿verdad?
Edward de inmediato intentó agacharse para levantarla.
Los pies se resbalaron en el piso como si caminara sobre hielo. Agitó los
brazos y estos empezaron a girar sin control. Sentía cada una de sus
extremidades como hechas de papel.
—Sí, va a tomarte un tiempo acostumbrarte a eso.
Necesitas concentrarte en cada movimiento. Estar conciente de tu estado etéreo.
—No es tan fácil.
—Solamente relájate.
El cuerpo parecía no responderle. Entre más intentaba
quedarse quieto más perdía el control. En un momento comenzó a flotar hacia el
techo, dando manotazos torpes a la nada. Leonard fue hacia él y tiró de su
pierna para evitar que llegara muy alto.
—Piensa que tu cuerpo es mucho más ligero ahora. Así
que la fuerza que aplicas para moverte debe ser igual de ligera.
Edward entonces se detuvo en medio del aire. Comenzó a
bajar lentamente hasta quedar tendido sobre el piso. Su compañero le extendió
una mano y el muchacho se levantó con suma lentitud.
—Eso... me hubiera... sido... útil.... saberlo antes
—susurró Edward, temiendo que el esfuerzo de hablar lo hiciera caer de espaldas
o algo similar.
Leonard sonrió.
—Lo lamento. También soy nuevo en mi empleo como
asistente —dijo torciendo la boca en la última palabra. Fue por la hoz y se la
entregó al chico, quién tardó varios segundos en asirla con firmeza.
Se sentía ridículo haciendo movimientos tan lentos y
sutiles.
—No dejes que se vuelva a ir de tus manos —reiteró
Leonard apretando los dientes.
—De... acuerdo.
—Vaya, creí que esto nos llevaría menos tiempo. Pero
parece que tardaremos mucho en que te acostumbres y puedas moverte lo
suficiente para abrir el portal.
—¿Qué... portal?
—Deja de susurrar. Te prometo que no te pasará nada.
Edward se aclaró la garganta.
—Bien, lo siento. Jamás había sido un fantasma.
No se movió de donde estaba. Ya era un buen avance.
—No, no. Tienes razón. Es que no soy muy paciente
—dijo Leonard rascándose la nuca.
—Pues más vale que lo practique. Aún tengo mucho por
aprender —Edward se sorprendió con su repentina confianza. Por un segundo temió
que su compañero fuera a reñirlo.
—Así está mejor. Si vamos a hacer esto necesitas un
poco más de actitud.
El chico guardó silencio ante la calmada reacción de
Leonard.
—Muy bien. A lo que sigue. Ahora intenta caminar. —El
hombre fue al otro extremo de la estancia, cerca de la ventana rota.
Edward intentaba no esforzarse demasiado y aún así de
pronto sentía que volvería a perder el control. Se movía como si no le
importara mucho lo que estaba haciendo.
Pronto se encontró yendo y viniendo en línea recta por
la mitad de la estancia.
Después de un rato de hacer movimientos repetitivos en
silencio, se sintió con la suficiente confianza para conversar con su
compañero.
—Así que este es el mundo de los vivos— dijo,
deteniéndose unos segundos para mirar por la ventana. Le resultó extraño pensar
que el día anterior presenciaba un escenario no tan distinto al que observaba
ahora. Sin embargo aquello le parecía tan lejano como un sueño que hubiera
tenido años atrás, del que sólo quedaran destellos. La noche anterior le había
abierto los ojos (y la mente) de una manera inexplicable. Ya nada era igual y
jamás lo sería. Ahora sabía la respuesta a una de las incógnitas más grandes de
la humanidad. Aquello le hacía sentirse poderoso, pero aquel sentimiento se
mitigaba cuando recordaba que no tendría nadie a quien decírselo, nadie que no
lo supiera ya. De pronto se encontró preguntándose si los vivos, o mortales
como parecían llamarles, merecían tal respuesta.
—Hacía mucho que no venía aquí —dijo Leonard y Edward
pudo notar un dejo de nostalgia en su voz. La simpatía que había sentido por él
la noche anterior, volvió.
—¿Solía venir aquí seguido?
—En ocasiones, cuando necesitaba estar solo y pensar.
Ambos guardaron silencio por unos momentos.
Mientras Edward intentaba dar la vuelta a una silla,
se le ocurrió algo.
—Debo suponer que los vivos no pueden vernos.
Una de sus piernas decidió dar un paso demasiado
grande y terminó tendido en el piso por segunda vez. Leonard le ofreció una
mano, pero se negó, pensando que sería mejor que intentara levantarse solo.
—Para la mayoría somos invisibles. La muerte no es
algo en lo que a muchos les guste pensar. Tienen los ojos cerrados a nuestro
mundo y, por lo tanto, a nosotros. Pero hay quienes están en un nivel de
conciencia distinto. Ellos pueden sentirnos, percibir nuestra presencia y, en
algunos casos, vernos.
Edward logró levantarse, no sin antes intentar
apoyarse en la silla, la cual atravesó como si se tratara de niebla. Aquello le
recordó la sensación de meter la mano con lentitud en agua.
—Por supuesto, nosotros podemos hacernos presentes de
diversas formas —continuó Leonard—. Con el tiempo aprenderás a mover objetos y
otros trucos que pueden serte útiles en tus visitas a este mundo. Descubrirás
que es un arte, uno que muchas almas han perfeccionado. Pero de eso hablaremos
luego. Veo que ya te mueves mejor.
—Creo que sí. Te acostumbras después de un rato.
—Te lo dije. ¿Crees que puedes abrir el portal ahora?
—Puedo intentarlo.
Tomó la hoz con las dos manos y la observó.
—Excelente. Ahora, lo segundo que necesitamos es una
estructura redonda o con un marco. Puedes utilizar ventanas, puertas, espejos,
retratos. Siempre y cuando puedas pasar por ellos. Lo más fácil será intentarlo
con aquella puerta.
Ambos caminaron hacia la maltrecha tabla que pendía de
una sola bisagra. Se pararon frente a ella como si fueran a cruzar el umbral.
—Lo que debes hacer, es tomar la hoz, levantarla y
trazar una línea recta en el aire. Es importante que cubras desde la parte más
alta y hasta tocar el piso. ¡Ah! y tiene que ser de un solo tajo, rápido y
preciso. ¿De acuerdo?
—Sí, creo que sí.
—Muy bien. Adelante.
Con cautela, Edward alzó la hoz sobre su cabeza,
intentando calcular la altura de la puerta. Dejó que la cuchilla cayera. Nada
sucedió.
—Espera un momento —indicó Leonard.
Todo seguía como antes.
—Bueno, no esperaba que lo lograras en el primer intento.
No importa, de nuevo.
Edward repitió el proceso, esta vez alzando el
instrumento más rápido y dejando que el peso le ayudara con el impulso de la
caída. De nuevo nada sucedió.
Intentó otro par de veces sin resultado alguno, pero
Leonard se mostró comprensivo y eso lo alentaba.
Seis intentos más tarde comprendió que debía sentir
como si cortara algo sólido. Una vez que se imagino que lo que sostenía era un
hacha y que frente a él había un pedazo de leña, todo fue más sencillo.
El impulso del último golpe hizo que cayera al piso
por tercera vez. Leonard ni siquiera lo notó, pues observaba como dentro del
marco de la puerta se abría lo que
parecía un ojo enorme y vertical. Dentro un torrente de luces verdes daban
vueltas formando un espiral. Edward reconoció aquel fenómeno. Lo había visto
sobre la torre más alta de la mansión.
—¡Lo logre! —dijo con jubilo desde el piso.
—Bien hecho —Leonard parecía orgulloso. Aunque Edward
no supo si lo estaba por él o por sí mismo al haber logrado transmitirle los procedimientos
con claridad.
—El siguiente paso es mucho más sencillo. Entremos
—indicó al muchacho con una mano hacia el portal. Él se levantó, apoyándose en
la hoz, y camino hacia él.
El viento le revolvió el cabello y las luces lo
deslumbraron. Por unos segundos todo fue confusión mientras una sensación entre
cálida y fría lo envolvió. El cuerpo entero le cosquilleaba. Supuso que estaba
retomando su forma física, ya que comenzó a percibir una extraña tensión. De
nuevo comenzó con los pies. La idea más peculiar le llegó en aquel momento,
pensando que así debía sentirse la arcilla húmeda al secarse con el viento y el
sol.
Pronto el remolino de luces fue disolviéndose hasta
revelar lo que debían ser los tejados de la mansión. El vértigo le volvió
cuando se dio cuenta que estaba cayendo una vez más. El tejado más alto se
acercó con peligrosa velocidad. Con alivio, notó el tragaluz que le evitaría
estrellarse contra el techo.
Una vez dentro de la torre, sintió como si cayera en
un enorme colchón invisible. Con lentitud siguió su camino hasta llegar al piso
del recinto, sano y salvo.
La sensación de familiaridad volvió a invadirlo. Se
miró las manos. Tenía su cuerpo de vuelta. Por varios minutos percibió su
cuerpo mucha más pesado de lo normal.
A su lado, Leonard aterrizó con la misma calma y con
rostro de satisfacción.
—Felicidades, hiciste tu primer cruce entre mundos.
¿Cómo te sientes? —dijo sonriendo.
—Un poco confundido. Pero no está tan mal.
La nueva estancia era mucho más elegante que el resto
de la mansión, incluso parecía estar mejor cuidada. De todas las habitaciones
en las que había estado, aquella exhibía la grandeza de antaño del lugar. No
había cortinas rasgadas, el piso brillaba, los candelabros estaban limpios.
Enormes vitrales se extendían a los costados. Cada uno
representaba una imagen distinta. La primera que reconoció fue al esqueleto
cubierto de mantos negros, sujetando su guadaña. Miraba al cielo, sus pies
sobre un suelo lleno de retoños y a la vez cubierto de hojas secas que caían de
un árbol moribundo al fondo.
A su paso vio algunos otros en los cuales reconoció a
Odín, Hades y Osiris. Otro representaba a una mujer mitad ave, rodeada de
cuervos en un bosque oscuro e invernal. Más allá un esqueleto femenino sonreía
mientras sujetaba una flor anaranjada cerca de su rostro. Aquél vitral era el
más alegre de todos, pues tenía colores intensos y vibrantes. Parecía
representar una celebración de la muerte a diferencia del resto que eran serios
y a veces incluso lúgubres. En total había cuatro a cada costado del recinto.
Las monturas parecían hechas de cera derretida. Tenían
diversos animales tallados, entre los que predominaban cuervos y abejas. Se
alzaban desde el piso hasta una bóveda que lo cubría todo.
La bóveda estaba decorada con una imagen celestial. En
ella, un esqueleto extendía su mano hacia una mujer hermosa de piel rosada y
mirada brillante. Ambos estiraban sus brazos para alcanzarse el uno al otro, sin
poder tocarse. La mujer lo miraba con afecto y el esqueleto, a pesar de la
falta de facciones, tenía un rostro cálido y añorante. Sobre ellos se extendía
el firmamento. El lado del esqueleto era nocturno, lleno de estrellas
destellantes. El de la mujer era claro, azul, adornado con nubes de un blanco
puro. Algo que parecía un eclipse de sol enmarcaba las manos de los personajes
a punto de tocarse.
A Edward no le fue difícil adivinar lo que aquélla
imagen representaba. Sin embargo su atención se desvió por completo al notar un
vitral que no había visto. Éste coronaba la parte superior de la enorme puerta
que guiaba al resto de la mansión, la única salida de la estancia.
En él, un hombre pálido, de facciones alargadas,
similar al esqueleto de la guadaña, les devolvía desde arriba una mirada
pacífica. Sus ojos brillaban, a pesar de estar muy hundidos en sus cuencas. La
boca delgada era casi una sonrisa, una mueca tranquilizadora como si dijera todo está bien. Observándolo más de
cerca no supo si se trataba de un hombre o una mujer. Tal vez ninguno de los
dos. Quizá era más como la representación que se solía hacer de los ángeles.
Aquellos seres que no eran ni lo uno ni lo otro. Sin embargo había asumido que
era un hombre porque a eso estaba acostumbrado. Podía ser que aquello fuera una
mera representación de algo más allá de su entendimiento.
—¿Quién es? —preguntó Edward absorto en el vitral.
—¿Recuerdas que antes de cruzar el espejo te dije que
debíamos pedir permiso para pasar? —respondió Leonard
—Sí
—¿Y recuerdas a quién te dije que debíamos pedírselo?
Edward reflexionó por varios minutos antes de dar con
la respuesta. Recordó que había pensado en la visión del árbol y el hombre que
le ayudó a cruzar el río. Después, por primera vez en el día, pensó en el
extraño sueño que tuvo antes de despertar.
—El dios de los muertos —dijo casi en un murmullo.
—Así es. Mort-Ném Sur-Ect, dios de la muerte. Tendrás
mucho tiempo para investigar sobre ello y el resto de los dioses.
Ambos siguieron su camino por el recinto. La cabeza de
Edward daba vueltas. Tenía muchísimo que aprender sobre aquél mundo
extraordinario.
Pronto advirtió que no estaban solos. Detrás de ellos
venían varios recolectores, casi en procesión. Todos venían acompañados de
otras personas. Algunas se les veía confundidas, otras tranquilas, había
quienes parecían muy asustados. Todos hablaban con sus respectivos
acompañantes.
—Son almas recién fallecidas —dijo Leonard antes que
Edward pudiera preguntárselo —. Es exactamente de lo que se trata tu trabajo.
Traerlas desde la Tierra de Mortales.
El muchacho se sintió nervioso de pronto. No olvidaba
que tendría que interactuar con desconocidos, pero intentaba no darle demasiada
importancia. Así se sentía más seguro.
Minutos después ya se encontraban en el cuarto de los
casilleros. Leonard le había indicado a su compañero que lo esperara ahí
mientra iba por unas cosas para él. Tras las rendijas el día comenzaba a
sucumbir. La luz anaranjada iluminó el cuarto.
Un golpe seco lo hizo sobresaltarse. Leonard había
vuelto con un libro y algunos pergaminos plegados, dejándolos caer en el banco
de madera.
—Oh lo lamento, no quise asustarte.
—No hay problema. ¿Qué es todo eso?
—Te traje un par de mapas y este libro que te ayudará
con algunos aspectos de tu posición como recolector —El hombre tomó el libro y
se lo entregó. En la portada se leía en letras plateadas Manual del Recolector.
Edward lo hojeo sin ver nada en realidad.
—Intenta leerlo hoy. Mañana hablaremos más a fondo de
algunos de los temas. También estos te servirán.
Le entregó los pergaminos y procedió a quitarse el abrigo
para luego guardarlo en su respectivo casillero.
—Hora de irse. ¿Te importa si no te acompaño esta vez?
Creo que ya sabes como llegar a casa—le dijo con voz agotada. De pronto la
simpatía que Edward había sentido por él se desvaneció un poco.
—Ah... claro. Sí, puedo hacerlo.
—Buen muchacho, gracias.
—¿Usted no piensa ir a casa? —preguntó con cierto
recelo.
—Puedes dejar las formalidades fuera —le recordó
Leonard.
—Cierto, lo lamento.
—No tiene importancia. Y no, por lo general tengo...
otros negocios en el pueblo.
Edward notó la misma reserva que había visto en su
compañero la noche anterior al hablar del señor Grim.
—Entiendo. En ese caso nos veremos mañana. Aunque
necesitaré que me diga... que me digas como transportarme aquí.
—Sólo dile a Wilhelm que te envíe un carruaje por la
mañana, ya sabe la dirección. Te veré aquí mismo.
—De acuerdo. Por cierto, gracias.
—No hay nada que agradecer, es mi trabajo.
La repentina hosquedad de Leonard le hizo ver a Edward
que había mucho más detrás de su compañero de lo que había imaginado. Después
de todo llevaba un par de días de conocerlo. Aún así estaba determinado a que
se llevaran bien. De otra forma trabajar con él no sería del todo agradable.
—Bien, pues que tengas una excelente tarde Leonard. Y
éxito en tus negocios —le dijo con firmeza y le estrechó una mano. El hombre
parecía algo desconcertado.
—Claro. Igual para ti, muchacho.
Edward tomó los pergaminos, el libro y se encaminó a
la puerta.
—¡Eh! —le lanzó Leonard desde el otro extremo del
cuarto — Quizá quieras dejar eso por aquí.
El muchacho
observó que aún llevaba puesto el abrigo y la hoz firme en la mano.
—Claro. Es verdad.
Por fortuna recordaba bien el camino hacia los
carruajes. Si se le podía atribuir algo a Edward, era su buena memoria para esa
clase de cosas.
—Buenas tardes, señor Blackwells —Lo saludó Wilhelm,
animoso.
—Buenas tardes, Wilhelm.
—¿Qué tal su primer día?
—Interesante, en definitiva.
—Vaya que sí. Este lugar esta lleno de sorpresas.
—Y aún me falta mucho por descubrir.
Wilhelm soltó una risita.
—Al menos es hora de ir a casa ¿no es así?
—Así es —respondió Edward sonriendo.
—Aguarde un segundo. Ya vuelvo.
—Por supuesto. Muchas gracias.
Wilhelm se levantó de su banco y fue detrás de las
casitas del patio. Un par de hombres aparecieron frente al mostrador,
enfrascados en su conversación. Ambos sonrieron a Edward, quien les devolvió el
saludo inclinando la cabeza, luego siguieron en lo que estaban.
Pronto el alegre hombre volvió, acompañado de un
rostro que cada vez se le hacía más familiar al muchacho.
—No sé que le ha dado, señor Blackwells. Pero desde
que Ace supo que era usted quien estaba aquí, se ofreció de inmediato a
llevarlo.
El caballo batía las alas con júbilo. Edward sonrió al
verlo.
—Yo tampoco sé que pasa. Pero también me alegra
encontrarlo de nuevo —Se acercó para darle unas palmadas al animal.
—¿Cómo estás, buen amigo?
Ace relinchó. Wilhelm ajustó las correas para unir el
carruaje, que era mucho más pequeño que el de la noche anterior.
—Bien, chico. Monte Moontower. Ya sabes a dónde —le
dijo acariciándole el lomo. Abrió la puerta del coche —Suba, señor.
—Le agradezco. Buena tarde, caballeros —dijo Edward,
volviéndose a los hombres frente al mostrador. Ambos respondieron con sonrisas
corteses.
—¡Ah! Por cierto, Wilhelm. Necesitaré que envíe un
carruaje a las nueve mañana, a mi dirección, por favor.
—Considérelo hecho, señor Blackwells.
—Muchas gracias.
Una vez en el aire, Edward volvió a sentirse nervioso.
Por más que lo intentaba no lograba acostumbrare a la sensación. Aquello ya era
mucho, contando que se había lanzado a un abismo sin fondo y que gran parte del
día se había sentido como un globo lleno de helio. A pesar de que quería saber
como era el pueblo, mirar por el borde del carruaje estaba fuera de la
discusión. Suficiente era estar expuesto al exterior. El asiento debajo de él
parecía ser lo único que lo separaba de caer. Sin embargo, el lento aleteo de
Ace lo tranquilizaba bastante. El animal no sólo le inspiraba respeto, también
calidez y cierta armonía. Seguro no era la única criatura amistosa en aquél
mundo. Pero como le había dicho a Wilhelm, aún le faltaba mucho por explorar y
descubrir.
Ya en tierra firme. Edward bajó del coche y agradeció
al caballo por el viaje.
—Espero verte pronto —le dijo. El animal cerró los
ojos y bajó la cabeza. Su manera de asentir. Luego se impulsó por la calle
vacía y despegó junto con el carruaje. Ver aquello era un espectáculo único.
Edward subió las escaleras para encontrarse con un
departamento mucho más agradable en términos de limpieza. El polvo se había
ido, las telarañas también. Las ventanas abiertas permitían que los últimos
vestigios de luz alumbraran la estancia con calidez. El olor a humedad había
desaparecido. Que agradable era poder llamarlo hogar.
Colocó los pergaminos y el libro sobre la mesa del
comedor. El aire de la tarde se colaba por las ventanas, fresco y reconfortante.
A manera de exploración, se dirigió a los muebles de
la cocina y abrió cada una de sus puertas. Descubrió que habían sido reabastecidos
con varios frascos rebosantes de diversas especias, condimentos y bocadillos.
Junto a la estufa encontró una caja llena de carbón e incluso algunos
utensilios para encender un fuego.
Para cuando la tarde le había cedido el puesto a la
oscuridad nocturna, Edward ya tenía una tetera llena de té de canela y algunas
galletas de mantequilla en un plato. Estudiaba con atención uno de los
pergaminos, que resultaba ser un mapa de la mansión.
La noche era silenciosa, salvo por el viento
acariciando las hojas de los árboles afuera de la ventana.
Nunca se había sentido incomodo con su soledad. De
hecho, la disfrutaba mucho. Siempre parecía tener algo en que pensar, algo que
debatir consigo mismo. Aquella noche se reclinó en la silla y observó el
horizonte. La luna lo observaba de vuelta. Parecía demasiado bueno para ser
cierto. Incluso en aquel momento dudó de su cordura y volvió a la idea de que
quizá todo era un sueño producto de algo más. Pero era demasiado real, tenía muchas
evidencias en su contra. Acarició los brazos de la silla para confirmar que
estaban ahí. Se palpó el rostro, el cuello, el torso. Estaba ahí. Bebió del té.
Acarició el libro. Olió el aroma fresco del viento. Sus sentidos le dictaban
que todo era real.
Tal vez no le quedaba más remedio que aceptarlo. Quizá,
al final, era posible tenerlo todo y ser feliz con ello.
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