Con el segundo otoño llegó a la Tierra de muerte la
celebración más importante de todas. En las calles principales habían puesto
grandes guirnaldas que iban de poste a poste, hechas con hojas secas de colores
anaranjados, amarillos y cafés. Colgaron coronas de ramas secas, adornadas con
frutos de la época y flores marchitas, en puertas y ventanas por igual.
En la mayoría de los comercios se ponían altares
repletos de veladoras y dulces. En ellos abundaba la presencia de una flor
amarilla similar a un crisantemo y otras de color morado que asemejaban
cerebros. También eran decorados con papeles de color en lo que se veían
escenas cotidianas protagonizadas por cómicos esqueletos.
Los pórticos y aleros de las ventanas se volvieron
hogar de miles de calabazas talladas con símbolos y caras siniestras que al
anochecer cobraban vida con las decenas de velas que se les ponían dentro.
Esqueletos de papel danzaban al paso del viento que
aullaba en cada rincón, en una tétrica sinfonía acompañada de la niebla nocturna,
proveniente de la oscuridad del bosque.
La panadería rebosaba de biscochos azucarados que
representaban huesos y calaveras. Según la gente decía, aquél era el pan más
delicioso de todo el año, por lo que nadie desaprovechaba la oportunidad de
comprar uno cada vez que pasaban por ahí.
El aparador de Hilo
de plata, la tienda dónde se elaboraban vestimentas a medida, se llenó de
antifaces con caras burlonas, rostros de animales y otras más tétricas.
En la plaza, rodeando la fuente, se fueron colocando
varios trozos de leña. Día con día aquella pila crecía un poco más.
Las paredes de la calle Nightshade y de los estrechos
callejones entre las casas rebosaban de carteles invitando a eventos y
reuniones que se realizarían todas las noches de Octubre y parte de Noviembre.
Los mismo carteles, en forma de volantes, llegaban a cada casa a manos de los
carteros que parecían estar más ocupados que de costumbre.
Incluso un circo ambulante había llegado a las afueras
del pueblo y anunciaba su espectáculo exclusivo para la noche de Halloween.
De todo aquello la imagen que se veía en donde sea que
se pusiera la vista, era aquella de un par de esqueletos, uno vestido con
ropajes negros y sosteniendo una guadaña. La otra con un vestido de colores y
un sombrero de plumas muy grande. La segunda siempre guiñaba un ojo y la
primera observaba con el ceño fruncido.
Por supuesto, Edward estaba familiarizado con las
celebraciones de la noche de brujas. En casa solían reunirse unas cuantas
personas para pasar una velada tranquila en la que contaban historias de
fantasmas y espectros. De vez en cuando asistía a lugares donde se clamaba que
se sostendría una sesión espiritista o que se leería la fortuna de los
asistentes. Pero con seguridad, el aspecto que más le gustaba de aquellas
fechas mientras vivía, era que la gente parecía tener una percepción más
abierta a las cosas. Se hablaba de monstruos, brujas y espíritus como un tema
serio. Ahora, desde su nuevo punto de vista, no podía esperar a ver lo que
ofrecía la tierra que había inspirado aquellas fiestas.
Durante aquellos meses el trabajo parecía aumentar. Se
debía, según lo que decía el Manual del recolector,
a que más almas entraban en contacto con el mundo espiritual y encontraban la
forma de llamar su atención. Por lo que el muchacho dedujo que no todas las
almas eran recolectadas al momento de morir. Otras debían deambular por el
mundo de los vivos hasta encontrar la manera de contactar con el otro lado o hasta
que alguien los ayudaba a trascender. Quizá, incluso, algunas vagaban por
voluntad propia.
Por este aumento en el trabajo a veces se veía forzado
a salir de la mansión cuando ya estaba por oscurecer, pero jamás una vez que
había caído la noche. Aquél era el turno de lo recolectores nocturnos, quienes
eran los encargados de lidiar con asuntos como las almas negativas. Se decía
que durante ese turno la mansión se transformaba en un manicomio. Pero nunca
había tenido la suficiente curiosidad o voluntad para quedarse a presenciar
aquello.
Aún cuando terminaba el día agotado, le gustaba
caminar por el pueblo antes de volver a casa. Pasear de noche por ahí, en
especial en esa época, era un deleite. Las usuales luces se mezclaban con las
llamas de velas y lámparas teñidas de morado y verde. El ambiente parecía mucho
más espectral que de costumbre, pero también más festivo y divertido. Para entonces
ya conocía todo de tal forma que podría recorrerlo con los ojos cerrados. Por
lo tanto comenzó a preguntarse que otros secretos se escondían cruzando los
grandes arcos de piedra que rodeaban el pueblo.
Una noche se encontró en el mapa con un campo grande más
allá de los bosques del sur. Tan sólo el nombre era suficiente para provocar su
interés. El título de Cementerio
Blackrose escrito con una bella caligrafía, sobre un pedazo de tierra que
parecía desolado era tan llamativo que se preguntó porque no había dado con
aquél lugar antes. Se asomó por la ventana del comedor, el ambiente era fresco
y la noche ideal para un paseo.
Para esas épocas Ace ya había crecido bastante y sus
alas se desarrollaron con rapidez. Como no podía tenerlo dentro del
departamento, le había hecho un rincón en el patio con un poco de paja para que
descansara ahí. Pero al caballo le gustaba pasar la noche en el bosque de vez
en cuando. Aún así, cada mañana estaba presente para llevar a Edward al trabajo.
Él había insistido en que no lo hiciera, le gustaba
verlo libre por ahí yendo y viniendo a su antojo. Pero era el propio animal
quien parecía muy entusiasmado con la idea de transportar al muchacho. Debía
considerarlo como su ejercicio.
El lazo que habían formado desde el día en que lo vio
renacer se hacía más y más fuerte al grado de que Edward comenzaba a entender,
sin mucho esfuerzo, algunas de las cosas que Ace quería decirle.
Esa noche el caballo estaba afuera, correteando las
hojas que llevaba el viento e intentando atraparlas bajo sus pezuñas. Al
llamarlo, éste acudió veloz y con un movimiento de cabeza le indicó a su amigo
que subiera.
Volaron sobre las casas del monte Moontower y siguieron
por el bosque del este hasta alcanzar los alargados tejados de las casas en el
pueblo. En él se veía mucho movimiento. Colgaban banderines en los
establecimientos grandes y en algunos postes de las calles principales. Montaban
también puestos pequeños en las aceras de la plaza.
Pasaron sobre la biblioteca y el parque, después el
bosque del sur para descender al límite de éste, justo donde iniciaba un
terreno muy extenso en el que las ramas de los árboles no eran tan densas.
Lo primero que encontraron al aterrizar fue un tramo
de las vías del tren. Ahí también había una estación similar a la de Moontower,
aunque esta parecía mejor cuidada. Estaba construida con piedra y mármol. En
ella había esculturas de ángeles y coronas de flores. Casi parecía un
monumento. Un sendero conectaba la estación con un gran arco oculto entre enredaderas
secas y flores marchitas de colores peculiares. A pesar de lo que decía el
mapa, las letras esculpidas en el arco denominaban el lugar como Jardín Blackrose.
La gran reja de hierro forjado presentaba un
intrincado diseño entre el que apenas se podían apreciar algunas figuras como
relojes de arena y símbolos que remitían a la alquimia. Las enredaderas la
sujetaban firme en su posición, manteniéndola abierta de modo que los visitantes
no encontraban restricción alguna para entrar. Una ráfaga de viento llegó desde
el interior, meciendo las plantas y alborotándole el cabello.
Más allá de la reja esperaba un enorme jardín. En él
había plantas, algunas recién crecidas, otras marchitas o muy descuidadas. Al
igual que la mansión, parecía carecer de mantenimiento, pero aquél era un mal
común en todo el pueblo, por lo que no lo sorprendió. Grandes muros de ladrillo
estaban cubiertos por numerosas enredaderas que apenas dejaban ver lo que había
detrás. Las cercas en el interior eran de hierro, algunas muy altas, otras
pequeñas. El piso de ladrillos oscuros serpenteaba, comenzando en el arco de
entrada para luego dividirse en múltiples opciones que llevaban a otras áreas
del jardín. El lugar era un laberinto. Pensando en eso, se había colocado una
placa que presentaba un mapa de las secciones en las que estaba dividido, pero
incluso éste era confuso. Con el paso de los años habían ido añadiendo
secciones, construyendo unas cosas sobre otras o entre ellas. Así mismo, cada
vez añadían más planos al mapa para hacerlo similar a la construcción actual.
Estaba trazado sobre varios materiales, haciendo de éste un remiendo de telas y
pieles.
Pensó en volver, aún podía caminar por el pueblo. Pero
después recordó que Ace estaba ahí, si se perdía no había más que salir
volando. Así decidió adentrarse en el misterioso jardín.
Conforme fueron avanzando, descubrieron áreas que eran
amplias y otras en las que apenas cabían los dos juntos. Ninguna era igual a la
anterior. En unas crecían plantas por todas partes, en otras predominaban
esculturas de piedra y paneles de cristal que asemejaban a los de un invernadero.
Algunas partes debían accederse a través de escaleras, otras por túneles
subterráneos. El jardín entero parecía un mundo en si mismo y estaba seguro,
por más que avanzaban, que no habían explorado ni la mitad de él.
Pronto se dieron cuenta de un elemento que se repetía
por donde pasaran. En cada sección había nombres escritos o grabados, algunos en
los pedestales de las estatuas y esculturas, otros en simples placas empotradas
en paredes que las contenían por montones. La mayoría puestos en lápidas que
adornaban las jardineras y los pasillos. Debía haber miles o más esparcidos por
todo el lugar. Pasillos angostos repletos de malesa, amplios patios con fuentes
secas y a veces rotas, estatuas de ángeles implorantes, arcos altos que bien
podrían pertenecer a una catedral gótica, todos ellos, por donde se les
observara, tenían al menos diez nombres en ellos.
A través de un túnel, llegaron a una sección muy
extensa, quizá la más amplia de todo el jardín. Era semejante a un cementerio,
quizá de ahí sacaba el nombre que el mapa indicaba. Un número considerable de
lápidas torcidas habían sido dispuestas a lo largo del terreno desigual, lleno
de colinas y declives. Entre ellas nacían árboles anchos y altos que cubrían
con su sombra grandes porciones del terreno.
El punto más elevado de esa área estaba ocupado por un
monumento grande. Edward y Ace se acercaron para verlo mejor. Lo conformaban tres columnas muy altas.
Sobre ellas se posaban tres criaturas extrañas. La primera una figura humanoide
con la cabeza de un ave negra. Guardaba entre sus manos una semilla de la que crecía
un pequeño árbol. La segunda representaba una mujer que, con los brazos
extendidos hacia el cielo, sostenía una esfera que emanaba luz y la proyectaba
a su alrededor. La tercera escultura representaba un hombre recto de semblante
imperturbable. Sostenía con ambas manos frente a sí, un disco con símbolos
grabados alrededor. Las tres esculturas estaban protegidas por el manto oscuro que
vestía la calavera sonriente con la mirada puesta en el horizonte, más allá del
jardín.
Desde la base del monumento crecían enredaderas colmadas
de aquella peculiar flor amarilla que exhibían la mayoría de los altares y, al
contrario del resto de las esculturas y estatuas, ésta no tenía ni un solo
nombre escrito por ningún lado.
Estaba intentando descifrar a quienes representaban
las tres efigies en las columnas, cuando algo llegó hasta él, irrumpiendo la
quietud de la noche.
Comenzó distante, podría haber pasado por el zumbido
del viento entre las ramas de los árboles, pero creció poco a poco hasta
alcanzar un eco inconfundible. Alguien cantaba, una mujer, joven y de voz muy
armoniosa. Venía del otro lado del monumento. Se acercó más a las columnas,
tratando de ocultarse para ver si lograba verla. Ace también se acercó y al
poner su hocico cerca de las espalda del muchacho lo hizo sobresaltarse.
—¡Oye! Ven, escóndete —le dijo, susurrando. El caballo
respondió echándose en el suelo cerca de la base y cubriéndose con sus alas.
No había nadie ahí, sólo lápidas enfiladas por los
senderos abandonados y bañados en luz de luna. Lo único que se movía eran las
sombras proyectadas por los árboles y un par de cuervos que picoteaban el piso.
Observó, intrigado, pues la voz se hacía cada vez más clara y cercana.
Entonces la vio, una sombra que no pertenecía a ningún
ave ni árbol. Se movía lenta y subía por la colina hacia el monumento. A Edward
se le aceleró el corazón, o eso creyó sentir. No supo si debía alejarse o
esperar a que pasara para hacer notar su presencia. Tal vez lo que debía hacer
era volver al sendero y pretender que estaba ocupándose de sus asuntos. Pero ya
era muy tarde, ella venía en su dirección y se daría cuenta que él estaba
escondido detrás. Quizá pensaría que la estaba espiando o siguiendo y en
definitiva no quería darle esa impresión. Luego vio a Ace, a él sí que lo
notaría.
—¡Ace! ¡Ven aquí! ¡Rápido! —le indicó exagerando las
palabras con el movimiento de los labios y en voz casi inaudible. Su compañero levantó
las orejas y comenzó a descubrirse pero ya era tarde. Ella estaba a punto de
pasar por dónde ellos estaban. Así que Edward decidió dar la vuelta a una de las
columnas y ocultarse. Ella dejó de cantar.
—Oh lo siento, no quería molestarte —dijo con la misma
voz dulce.
Lo había descubierto. Se sintió sumamente avergonzado.
¿Ahora qué iba a decirle? ¿Qué jugaba a las escondidas con su caballo? Vaya
pretexto más bobo se le había ocurrido. Decidió que se mostraría desinteresado,
como si hubiera estado buscando algo detrás de las columnas y no hubiera notado
que ella estaba ahí. Contuvo la vergüenza y se dispuso a dar un paso fuera de
su escondite para presentarse con formalidad.
—Hola, ¿dando un paseo nocturno? —su voz sonaba
melosa, como si hablara con un pequeño— Pero que lindos ojos tienes.
—¿Qué? —murmuró Edward para sí mismo. Se dio la vuelta
con cautela y asomó la cabeza antes de hacer cualquier otra cosa. Reconocía ese
abundante cabello que lanzaba destellos cobrizos con la luz de la luna. La mano
blanca que asomaba por la manga de un vestido claro le era familiar. Era la
chica que había visto entre la multitud el día en que había presenciado su
primer desfile. Acariciaba a Ace en la barbilla y el caballo parecía encantado
con ello. Se calmó por un segundo antes de ponerse aún más nervioso al saber
que era ella. Aunque no estaba seguro porque. Las chicas bonitas tenían ese
efecto en él.
Entonces recordó algo que había llamado su atención
aquél día, pero que no había hecho consciente hasta más tarde en el tren. Sus
ojos. Eran grandes y magnéticos, tenía una mirada única. Pero eso no era todo,
por un segundo creyó haber visto un reflejo violeta en ellos. Se quedó
mirándola desde su escondite como hipnotizado, hasta que se dio cuenta que si
llegaba a verlo se sentiría como un acosador. Ella seguía mimando al caballo y
éste daba relinchos de felicidad, agitando las alas.
—Eso es —decía ella —. Bien, te dejaré seguir con lo
tuyo y yo, me voy a casa. Suficientes lunabayas
por esta noche. Adiós, guapo.
Ace se inclinó con cortesía y agitó sus crines gustoso.
Hasta entonces Edward notó la canasta que llevaba ella en la otra mano, repleta
de algo que parecían fresas blancuzcas. La chica hizo una reverencia ante el
animal y sonrió de la manera más encantadora que él jamás había visto. Se alejó
con el cabello ondeándole detrás y dando saltitos que luego se convertían en pasos
largos como si bailara un vals con un compañero invisible. Reanudó su canto
hasta que desapareció en el interior del túnel.
—Parece que alguien hizo una nueva amiga —dijo a Ace
—. Tal vez algún día quieras presentármela.
Su amigo sacudió la cabeza y se enderezó con orgullo.
—Ven, vamos a casa. Otra noche seguiremos explorando.
Llegando al departamento lo primero que encontró
fueron una serie de volantes e invitaciones en el piso. Las levanto para
ponerlas en la mesa y sintió un sobre más pesado de lo usual. Era plateado y estaba
lacrado con el escudo de la Sociedad. De inmediato lo abrió, temiendo que fuera
una notificación urgente. Extrajo una gruesa hoja de papel impresa con una fina
caligrafía que ya había visto antes. En ella se leía:
Estimado joven
Blackwells:
Con motivo de
las celebraciones anuales tendremos un evento en honor a todos los recolectores
y funcionarios de nuestra honorable sociedad. Por lo tanto es mi deber
informarle que, por supuesto, está cordialmente invitado a dicho evento.
Así mismo lo
invito, e insisto, a que forme parte del resto de las celebraciones y
actividades que se llevarán a cabo durante nuestro famoso Festival de los
Muertos, a lo largo de las calles y plazas de Gloom Town.
El evento en
cuestión consiste en un baile de máscaras, por lo que se le pide vestir de
acuerdo a la situación. Puede llevar un acompañante si así lo desea.
Espero contar
con su presencia la noche del 31 de Octubre en el salón de baile frente a la
torre del reloj.
Sin más por el
momento, quedo a sus ordenes y le deseo una excelente noche.
Darkus Grim
Director de la
S.R.A
Jamás había sido muy adepto a los eventos sociales,
pero este era distinto. No se trataba solo de la celebración más importante,
sino que ofrecían un baile en honor al puesto que desempeñaba a diario y no
podía rechazar una invitación como esa. En especial cuando estaba escrita por el
director. Se consideraba afortunado de ser parte de ello y, pensándolo bien,
nunca había asistido a un baile de máscaras. Aunque existía el ligero
inconveniente de que sabía tanto de baile como de lo que fuera que moraba en
los bosques de Gloom Town.
Aunque hubo algunos eventos días antes, el humor
festivo llegó a su máximo esplendor el último día de Octubre. A los
recolectores y demás funcionarios les ordenaron que terminaran su turno antes
del medio día para poder preparar la mansión.
Esa noche y durante tres más, abrirían sus puertas a
quienes desearan cruzar a la Tierra de mortales para visitar a sus seres
queridos. Era la única época en la que los portales permitían un acceso de ida
y vuelta sin necesidad de una hoz ni un recolector que los acompañara. Eso
explicaba porque habían asignado a muchos asistentes a decorar los pasillos con
flores y coronas y a triplicar la cantidad de velas. También colgaron telones y
cortinas para disimular el estado de las paredes.
Edward estaba dejando las cosas en su casillero cuando
Leonard lo alcanzó.
—Vaya, nos están sacando a patadas —dijo, molesto. El
muchacho ignoró su mal humor.
—¿Tienes preparado tu atuendo para ésta noche? —le
preguntó, animado.
El hombre hizo una mueca de desagrado.
—¡Bah! Improvisaré algo de último minuto. Si voy a
presentarme no será por gusto, mi amigo. La verdad es que me siento obligado.
—Anímate, no creo que sea tan malo. Tampoco me agradan
mucho las fiestas, pero ésta es especial.
Entonces Edward reflexionó porqué Leonard no parecía a
gusto con la reunión de esa noche. Nada tenía que ver con las festividades, el
problema era quien las organizaba. Así que decidió que no hablaría más del tema
e iría a casa para prepararse.
—En fin, te veré esta noche —le dijo mientras le daba
una palmada amistosa en el hombro.
—Claro. Ya nos veremos.
El ambiente se llenó de música al iniciar el
atardecer. Los colores anaranjados del cielo complementaban la escena de un
pueblo lleno de actividad y diversiones que no solían estar ahí. Había mucha
más gente de la que se veía con normalidad, todos con vestidos de gala y
algunos con disfraces, máscaras y antifaces.
Edward llegó junto con Ace y decidieron aterrizar unas
calles antes de llegar a la plaza de la fuente. Cuando al fin llegaron vieron
los puestos y banderines que habían colocado previamente. El pueblo parecía una
feria ambulante, iluminado por los focos amarillentos y otras lámparas pálidas
que daban a todos los que pasaran debajo un aspecto enfermizo.
Ace hizo una seña al muchacho y miró al callejón que
guiaba al bosque.
—Oh, de acuerdo. Te veré más tarde ¿está bien? Estaré
en el salón de baile.
El caballo guiño un ojo y se dirigió a la oscuridad
más allá de los arcos de piedra.
En las pequeñas carpas se ofrecían bocadillos y
bebidas elaboradas con ingredientes que se cosechaban exclusivamente en esa
época del año. En otras había juegos de destreza y retos en los que varias
personas ya estaban haciendo fila.
El alboroto de murmullos, risas y música fue acallado
por trompetas que venían desde el final de la calle. Un grupo de personas enfiladas
marchaban al compás de una tonada fúnebre. Sobre sus hombros llevaban un ataúd
muy largo en el que debían caber al menos tres personas recostadas. Detrás de
ellos un grupo de mujeres y hombres que sollozaban con exageración y de manera
cómica. La gente reía al verlos. La banda que los precedía continuó su marcha
luctuosa. Entonces todos se detuvieron en seco. El ataúd se abrió con estrépito,
liberando a seis arlequines con el rostro pintado como esqueleto.
—¡Atención! —pidió el que venía al frente —. Damos
inicio oficial a las festividades de la noche de muertos.
—¡Que comience la fiesta! —gritaron los otros cinco
mientras todos saltaban fuera del ataúd.
La banda inició un ritmo eufórico y el grupo que había
estado lloriqueando detrás de la procesión se despojó de sus ropajes negros
para revelar vestidos y trajes de colores llamativos. Los arlequines pasaron
por la multitud lanzando dulces y pequeños cráneos de azúcar. La fila que
cargaba el ataúd extrajo de él dos marionetas gigantescas de esqueletos que
danzaban al ritmo de la nueva música. El grito de asombro de la multitud
recorrió la plaza entera.
La gran fogata alrededor de la fuente fue encendida
hasta que las llamas parecían rebasar la altura de la biblioteca. Alrededor se
congregó un grupo de danzantes que rendían tributo al fuego.
No había un solo rincón exento de la alegría festiva.
En el cuadro en medio de la biblioteca y el teatro habían montado un pequeño
escenario donde los actores tomaban turnos para relatar historias de espectros
y monstruos.
Edward vio de lejos a Angus y Aghna, él vestido con un
chaleco peludo y un enorme par de cuernos sobre su cabeza. Ella llevaba una
corona de diamantes y un vestido rojo muy llamativo. Entregaban dulces que
sacaban de un gran caldero dispuesto fuera de la taberna e invitaban a la gente
a pasar.
En su camino hacia el salón de baile fue interceptado
por tres payasos de aspecto siniestro que hacían sonar cornetas en lugar de
hablar. Hicieron un par de trucos e ilusiones y terminaron por obsequiarle uno
de esos cráneos de azúcar con su nombre en la frente.
Nunca había visto el salón de baile arreglado y aseado.
Desde su primer paseo por el pueblo pocas veces lo habían abierto al público y
en general era para eventos que nada tenían que ver con baile. Aquella noche
brillaba esplendoroso con luces blancas y azules. De los balcones pendían
banderines y cenefas de tela bordadas con patrones de esqueletos y lunas. Las
puertas estaban abiertas de par en par dando la bienvenida a todos los asistentes.
Por dentro el ambiente era el doble de festivo, con
vasijas llenas de flores, cientos de candelabros repletos de veladoras que bañaban
todo en su calida luz anaranjada y mesas decoradas con toda clase de
parafernalia de la época.
El salón era redondo y muy amplio. Las grandes
ventanas que lo rodeaban eran vitrales con motivos de flores que brillaban con
un resplandor anaranjado. En las orillas había un balcón que daba toda la
vuelta al interior del edificio a manera de un segundo piso. En el centro se
extendía una enorme escalera desde dónde se podía acceder a la parte alta. En
ellos la gente charlaba y reía. La parte baja constaba en una amplia pista de
baile pulida con tal perfección que reflejaba a las parejas que bailaban en ese
momento.
Una tarima había sido dispuesta al costado de la
escalera para albergar a la orquesta que tocaba melodías lentas. Todos sus
integrantes vestían con trajes cuyo decorado remitía a osamentas.
Rodeando la pista, las mesas decoradas, llenas de
comida y bebida esperaban por quienes se acercaran a tomar algo de ellas.
Edward entró buscando con la mirada a Leonard, pero
iba a ser difícil entre aquella galería de rostros lúgubres, algunos alegres y
uno que otro animal. Algunos compañeros lo reconocían y lo saludaban de lejos o
se acercaban para darle un apretón de manos. Se preguntó como era posible hasta
que se dio cuenta que no se había puesto el antifaz. Aunque le parecía que no
era difícil reconocerlo aunque lo tuviera puesto. Tras colocárselo siguió en
busca de su amigo hasta que por fin lo encontró cerca de una mesa donde servían
bebidas en grandes tarros de peltre. Llevaba el usual uniforme que usaba
durante las horas de trabajo.
—Debí adivinar que te encontraría cerca de las bebidas
—le dijo, burlón.
—Bueno, ya me conoces. Además, si una noche amerita
que beba en su honor, es ésta— respondió Leonard, alzando el tarro en el aire
—. ¿De qué se supone que estás vestido?
—¿No es algo obvio? —dijo, sacudiendo el cuello adornado
con grandes plumas negras y girando el rostro para mostrar de perfil la nariz
puntiaguda del antifaz.
Su amigo lo contempló por unos segundos.
—Alguna clase de ave... el sombrero sobra, si me lo
preguntas.
—No pude resistirme, me parece que va bien con el
atuendo. Soy un cuervo, por cierto. ¿Tú qué se supone que eres? ¿Un recolector
de almas?
—Algo así —Leonard dejó el tarro en la mesa y se
colocó la máscara que llevaba colgada al cuello. Era una sonriente calavera —.
Soy la muerte ¡Temed ante mi!
Edward rió.
—Que idea tan original —le dijo con sarcasmo.
—Ríe cuanto quieras, de todas formas no estaré aquí
toda la noche.
—Vamos, amigo. Ya estás aquí. Al menos intenta
divertirte un poco.
—Eso es lo que intento hacer —respondió y se llevó el tarro
a la boca.
Pasaron un rato paseándose por las mesas observando lo
que se ofrecía en ellas. Vieron a Balthus en el balcón, estudiando sus
alrededores con cautela. Leonard tomó un tenedor de los bocadillos y una banda
elástica que sostenía las servilletas en su lugar.
—¿Quieres ver algo gracioso? —dijo con mirada pícara
detrás de la máscara.
Edward se dio la vuelta. Se había distraído con unos
panecillos que tenían una peculiar crema grisácea encima y parecían
espolvoreados con telarañas. Esperaba que no fuera el caso. Para cuando vio lo
que su amigo estaba a punto de hacer fue muy tarde para detenerlo. El tenedor
voló directo a su víctima. Balthus, que estaba de frente, se dio la vuelta y el
cubierto se le clavó en el hombro.
—¿Pero qué estás haciendo? —lo reprendió el muchacho.
Leonard reía a carcajadas.
—Intento divertirme, relájate. ¿Quieres intentarlo?
—dijo, ofreciéndole otro tenedor.
—Claro que no.
Observó al hombre en el balcón, esperando que se
pusiera furioso y buscara al culpable. Pero éste parecía no haberse dado cuenta.
Se dio la vuelta para seguir vigilando la zona y le rompió la copa, con el
mango del tenedor, al hombre que estaba a su lado. Leonard rió con más fuerza.
—¡Lo ves! No sintió nada —le dijo entre risotadas.
—No es gracioso —respondió Edward sin poder contener
la risa. No pudo evitarlo y ambos terminaron llorando de risa cuando el hombre
comenzó a reñir a Balthus, y mientras éste se daba la vuelta para confrontarlo,
el tenedor se atoro en la peluca de una mujer, dándole un fuerte tirón,
haciéndola graznar de sorpresa.
—¿Qué es tan divertido? —inquirió una voz grave detrás
de ellos.
Edward se dio la vuelta para encontrarse cara a cara
con un par de ojos grises tras un antifaz rojo de expresión maligna. De
inmediato retomó la seriedad y le dio un codazo a Leonard.
—Estábamos... es que... —tartamudeo el muchacho.
—Tranquilo Darkus, sólo estamos pasando un buen rato
¿no es eso lo que querías? —respondió su compañero, quitándose la máscara.
El hombre, alto y con la boca contraída en una mueca
severa, observó a ambos como solía hacerlo cuando quería imponerse.
—Sólo usted podría usar su uniforme como un simple
disfraz, señor Sinister. Por lo menos podría intentar mostrar respeto a nuestra
honorable sociedad —aseveró.
Ninguno dijo nada, pero la mirada que Leonard le
dirigió fue más que suficiente.
—Me alegra verlo, joven Blackwells. Al menos uno de
ustedes demuestra interés y devoción por su trabajo. Eso debo aplaudirlo.
—Gracias, señor. Pero mucho se lo debo al señor
Sinister —dijo sin desviar la mirada. Darkus pareció intrigado, pero no
molesto.
—Manténgase fuera de problemas, joven. Sigan
disfrutando la noche —les espetó a ambos e hizo una seña a Balthus para que
bajara. Luego procedió al escenario.
—Gracias, pero no tienes que defenderme —dijo Leonard,
irritado.
—No lo hice. Sólo dije la verdad.
Él le dirigió una mirada a su amigo quién esbozo una
sonrisa. Después siguieron riendo mientras el asistente de Darkus ocasionaba
pequeños desastres a su paso.
La orquesta se detuvo y el director de la sociedad se
colocó en el centro, levantando una copa y golpeándola con una cuchara,
atrayendo la atención de todos. Abrió la boca para decir algo pero se distrajo.
Observaba a Balthus, qué estaba de espaldas a él, intrigado. Edward y Leonard tuvieron
que contener la risa una vez más.
—Imploro su atención —dijo por fin Darkus, entregando
la copa a uno de los miembros de la orquesta —. Quiero aprovechar este momento
para agradecer a todos su presencia. Durante mucho tiempo nuestra sociedad ha
llevado a cabo una labor necesaria para la humanidad. Día con día hacemos un
gran esfuerzo por ayudar a los recién fallecidos a encontrar su camino en la
oscuridad y fuera de ella. Me gustaría que recuerden el día en que murieron y
llegaron aquí. En como varios de los presentes se volvieron parte de nuestra
sociedad. Miren hasta dónde hemos llegado. Los más antiguos recordarán como
solían ser las cosas y los cambios que hemos logrado con el tiempo y, por
supuesto, con la dedicación de todos ustedes. Lo único que quiero decir es
gracias. Gracias por años devotos a tan noble obra. Gracias por los que
decidieron quedarse y enfrentarse a los retos que conlleva esta colosal tarea
que nos fue otorgada por Mort-Ném Sur-Ect, quien vela por nosotros y nuestras
tierras. Por hoy podemos gozar del fruto de nuestros esfuerzos. Esta noche los
celebramos a ustedes, así que dense un gran aplauso y feliciten a sus
compañeros. De mi obtengan un sincero y profundo agradecimiento —terminó con
una reverencia al público quien prorrumpió en aplausos. Muchos se daban
palmadas amistosas y se abrazaban con estima. Edward se sintió conmovido por el
discurso pero al mirar a Leonard, de brazos cruzados e imperturbable, decidió
limitarse a seguir aplaudiendo.
Unos cuantos recolectores felicitaron a ambos y
estrecharon manos.
—Míralos, parecen ovejas haciendo todo lo que el jefe
les dice —gruñó Leonard.
—Vamos, amigo. No es por él, ¿sabes? Lo que hacemos
merece reconocimiento —dijo el muchacho, comprensivo pero firme.
—En eso supongo que tienes razón. Buen trabajo,
compañero —respondió y le estrechó la mano con fuerza.
—Buen trabajo y gracias por todo.
Siguieron explorando los contenidos de las charolas en
las mesas. Edward tomó una copa de vino con frutas. mientras inspeccionaba un
plato lleno de algo que le resultaba familiar. Se trataba de fresas de piel muy
blanca con pequeñas motas azules. Probó una, era dulce y fresca. Combinada con
el vino sabía muy bien aunque sabían aún mejor con el chocolate blanco y oscuro
que hervían en dos ollas grandes a los costados de la mesa.
—Lunabayas —murmuró para sí mismo, recordando la noche
en el jardín Blackrose. Dio un mordisco a una y se dio la vuelta para seguir observando
lo que había al rededor.
Entre la multitud le pareció percibir un destello
cobrizo. Sus sospechas se confirmaron cuando vio a una chica joven que llevaba
un vestido modesto para la ocasión. Aún así se veía elegante y muy bonita, en
especial con el antifaz plateado que enmarcaba unos bellos ojos violeta. El
muchacho se quedó pasmado. Era la chica del cementerio. Se veía muy distinta a
como la había encontrado las veces anteriores, pero su aura y su mirada eran
inconfundibles. Se paseaba con gracia entre las personas, saludando a unos
cuantos mientras pasaba.
—¿La conoces? —dijo Leonard detrás, asustándolo. Se
había olvidado por un segundo de él.
—Eh.. no, claro que no —respondió alejando la mirada
de ella y pretendiendo que observaba a otras personas —. Creí que la fiesta era
sólo para la gente de la sociedad.
—No, es en honor a nosotros. Pero todos están
invitados ¿Qué acaso te molesta que esté ella aquí?
—No, no dije eso... sólo...
—Ohhh vaya, vaya —dijo Leonard, la mirada pícara
volvió a él. Edward comenzó a ponerse nervioso —. Ya veo lo que está pasando
aquí.
—No sé de qué hablas.
—Yo creo que sí —su amigo junto las manos y se las
puso en el costado del resto de rostro, haciendo una mueca burlona simulando
estar conmovido —. Crecen tan rápido.
—Oh cállate —le espetó el muchacho, empujándolo y
llevándose las copa a los labios. Bebió con tal rapidez que comenzó a sentirse
mareado.
—Tranquilo, amigo. Recuerda todo lo que te he
enseñado. Esto también cuenta como superar tus límites.
—No creo que sea una buena noche para lecciones.
—Yo creo que es perfecto para practicar tus
habilidades sociales.
—¿Y que hay de ti? ¿Tu ni siquiera querías estar aquí?
—Pero aquí estoy. Así que vamos. Ve y háblale.
—¿Por qué querría hacer eso?
—Oh vamos Edward, todos necesitamos un poco de
compañía. O al menos alguien con quien compartir esta noche y te aseguro que no
soy el mejor. Dentro de unas horas habrá tanto veneno en mi cuerpo que no podré
distinguir entre blanco y oscuro —diciendo esto se llevó el tarro a la boca y
lo vació —. De cualquier forma si el árbol no vuela a los cuervos…
—¿Qué se supone que significa eso? —Edward lo miró
entre confuso y asustado. Luego se dio la vuelta y vio que la chica iba hacia
donde ellos estaban. De inmediato volvió a poner su atención en los postres y
bebidas en la mesa. Leonard soltó una carcajada de incredulidad.
—De verdad vas a desaprovechar la oportunidad?
—Calla, te escuchará.
Siguió bebiendo y sintió que la cabeza le empezaba a
dar vueltas. Así que dejó la copa y jugueteo con las plumas que le colgaban de
las mangas, tratando de controlarse. Leonard negó con la cabeza y sonrió. La
chica estaba merodeando la charola de frutas. Llevaba en las manos una copa
plateada. Pasaba los dedos sobre los trozos de fruta como si fuera a tocarlos
pero sin hacerlo. Edward pensó que había una elegancia muy natural en sus
movimientos. Verla contonearse mientras estudiaba los postres le recordó, con
extrañeza, a los movimientos de un gato. Por fin se detuvo y miro la comida,
sonriendo.
—Tú, tú y tú... Y tú también —decía mientras escogía
trozos de ciertas frutas y los ponía en su copa plateada. Después se acercó a
las bebidas, tan cerca del muchacho que pudo oler su perfume. Olía dulce y
fresca, como caminar por un bosque en el que recién había llovido.
—No sé repetirá esta oportunidad —le susurró Leonard.
Edward estaba demasiado nervioso para responder algo. Se había quedado
petrificado ante la presencia de la chica. Su amigo le dio un golpe con el codo
—. ¡Vamos!
—¡Basta! —se quejó el muchacho, devolviéndole el golpe
a su amigo.
—Recuerda
el abismo o la primer alma que ayudaste a cruzar ¿Recuerdas lo nervioso que
estabas?
La mente de Edward se aclaro. Su amigo tenía razón. Ya había logrado
muchas cosas como para acobardarse en ese momento. Se enderezó, no tenía idea
de que como podía iniciar la conversación, pero había tantos temas que era
probable que la platica fluyeron de forma natural. Se aclaro la garganta. Estaba listo para hacerlo. Entonces
Leonard le dio otro golpe. El
muchacho no estaba preparado y perdió el equilibrio, derribando una copa con el
brazo y aplastándola con la palma. Sintió un dolor agudo que se mitigó de
inmediato. Tenía trozos de vidrió incrustados y de las heridas salía una sangre
espesa, casi de color negro. La visión lo impactó. La chica soltó una
exclamación de sorpresa y esto lo impactó aún más.
Pese a todo su esfuerzo, Edward quedó en blanco. Su
mirada era casi hipnótica y le pareció que era mucho más bonita de cerca. Casi
podía sentir la suavidad de su piel de sólo verla.
—¿Me permitiría ayudarle? —le dijo con voz dulce. Un
escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
—Sí, muchas gracias —respondió él, tímido.
Ella sacó de entre los pliegues de su falda una bolsa
de cuero. La abrió con estudiada cautela e introdujo tres dedos en ella.
Extrajo un polvo azulado. Procedió a quitar los trozos de cristal con
delicadeza y pasó los dedos empolvados por sus heridas. Edward estaba
incrédulo, la cabeza le daba vueltas y no gracias al vino. Ni siquiera pudo
notar que las cortadas en la palma habían sanado casi de inmediato.
—Listo, eso será suficiente —aseguró ella, regalándole
una sonrisa radiante. Edward se la devolvió, las palabras quedaron atoradas en
su garganta —. Bueno, siga disfrutando la noche.
Se dio la vuelta para seguir su camino. Leonard le dio
otro golpe con el codo en la espalda.
—¡Soy Edwell, Edwell Blackwards! —dijo casi gritando.
Varios voltearon a verlo, sorprendidos. La chica lo miró de nuevo y se acercó.
—Oh, mucho gusto. Elizabeth Hallow —respondió con una
reverencia y extendiéndole una delicada mano. Él la tomó, se inclinó para
besarla, aunque dudo en hacerlo. Ya era muy tarde, sus piel era tan suave como
había imaginado. Ella pareció sorprendida pero no incómoda.
—Que galante, señor Blackwards.
—¿Black...? No, no. Lo siento. Soy Blackwells, Edward
Blackwells.
Ella sonrió una vez más. Él pensó que podría
contemplar esa sonrisa por horas.
—De acuerdo, señor Blackwells. Lo tomaré en cuenta.
¿Es usted parte de la sociedad?
—Así es, soy recolector.
—¡Que interesante! Debe conocer muchos lugares y gente
nueva —sus ojos se abrieron más, su atención ahora estaba por completo en él.
—Sí, he viajado y conocido sitios diferentes. Aunque las
relaciones, como los viajes, siempre han sido breves.
—Puedo imaginarlo. Aún así es fascinante.
—Lo es, eso no puedo negarlo. Dígame, señorita Hallow,
¿usted a qué se dedica? —le tomó un tiempo darse cuenta, pero la timidez había
desaparecido. Sentía que podría conversar con ella por largo tiempo.
—Un poco de todo. Podría decirse que también soy
recolectora. Busco y recolecto ingredientes, entre muchas otras cosas. Si
quisiera darle un nombre a mi profesión, sí se le puede llamar así, supongo que
sería la bruja del pueblo —diciendo esta última parte con cierta reserva,
terminó por beber un sorbo de su copa plateada.
—¿Bruja? ¿La clase de persona que vuela en escoba y hace
amistad con los sapos? —preguntó Edward, sorprendido.
—Bueno, en realidad soy mucho más que eso, señor
Blackwells —dijo indignada.
—Disculpe, no quise decir eso. Es que, a pesar de todo
lo que he visto, no creo haberme topado con una bruja antes —se disculpó. Ella
pareció tomarlo con calma.
—Nunca se sabe, podría haberse topado con muchas sin
siquiera notarlas —volvió a sonreír.
—Supongo que tiene razón, lamento mi comentario. Fue
impertinente.
La chica lo miró con ternura.
—No se preocupe. Es fácil olvidar que alguna vez debí
ocultar quien era. Pero ahora todo es diferente —algo radiante le cruzó por la
mirada —. Veo que ya ha sanado su herida por completo.
Edward se miró la palma. Tenía residuos del polvo
azul, pero su mano estaba como nueva.
—Vaya, es cierto. Se lo agradezco mucho.
—¿No vas a presentarnos? —dijo una voz grave detrás.
De nuevo se había olvidado de su amigo. La chica miró a ambos con curiosidad.
Entonces algo cruzó la mente de Edward. Sintió un
temor irracional de que Leonard interfiriera. Recordó su casa en el mundo de
los vivos y el funeral de su padre, pero no logró conectarlo con nada. ¿Acaso
eran celos?
—Claro. Él es Leonard Sinister, mi asistente —lo
introdujo Edward. Su amigo lo miró con entre inconforme y divertido con su
comentario.
—Un gusto, señor Sinister. Elizabeth Hallow —esta vez
se limitó a su pequeña reverencia.
—No creo haberla visto antes —le dijo el hombre
intrigado. Edward estuvo a punto de intervenir para decir que él la había visto
un par de veces, pero se contuvo.
—Quizá se debe a que no asisto a muchos eventos como
estos. De hecho es mi primer baile —dijo con emoción contenida.
—¿Su primer baile? —respondió Leonard con falsa
sorpresa, dándole palmadas a su amigo en la espalda —¿Y aún no la han invitado
a bailar? Es una lástima.
—Bueno, la noche aún no termina. Además ¿quién dice
que debo esperar a que me inviten? —aseguró levantando la nariz y torciendo la
boca en una exagerada mueca de inconformidad —. De hecho, me preguntaba si le
gustaría acompañarme a la pista, señor Blackwells.
El muchacho abrió los ojos y la boca, pero no supo que
decir. Jamás lo habían invitado a bailar, mucho menos una chica.
—Si no aceptas tú, aceptaré yo —le murmuró su amigo.
—¡Claro! Será un honor —asintió y acribilló a Leonard
con la mirada.
—¡Excelente! Vamos —ella lo tomó del brazo y lo llevó
a la pista.
Edward miró a su amigo quién rió y con el movimiento
de los labios dijo de nada.
La orquesta tocaba una melodía un poco más animada que
lo que habían estado tocando esa noche. Tomaron su lugar en la pista y entonces
el muchacho recordó que no sabía bailar. Aunque había visto a la gente hacerlo,
¿qué tan difícil podía ser?
—Ese amigo suyo es algo impetuoso ¿no es así? —le dijo
ella, casi como reclamo.
—Eso parece. Pero cuando uno llega a conocerlo verá
que no es el caso. Olvidémonos de él. Sabe, siempre he encontrado fascinante el
tema de la magia —Y era cierto, pero lo que Edward quería era desviar el tema de
Leonard, aún tenía ese extraño sentimiento que no lo dejaba en paz.
—Eso depende a que se refiera con magia, señor
Blackwells —respondió Elizabeth, cuyos movimientos estaban llenos de gracia.
Estaba claro que aunque fuera su primer baile, en definitiva era algo que practicaba
fuera de la pista —. La muerte misma es mágica. Nos abre la mente a
percepciones que en vida jamás imaginamos tener.
Aunque él se sentía torpe, debía considerar que estaba
haciendo un buen trabajo. No parecía desagradarle a su compañera. Su dialogo
fue interrumpido cuando debieron cambiar de pareja. Edward dio la mano a una
mujer con antifaz de conejo, después a una que llevaba grandes plumas en la
cabeza. De nuevo volvieron a juntarse.
—Lo que dice es cierto —retomó él —. Pero creo que me
refiero a la clase de magia que usted practica. La que puede enfrascarse y
medirse ¿Es acaso una habilidad nata?
Las parejas volvieron a separarse para formar un
circulo. Dieron un par de vueltas y las mujeres se formaron al centro mientras
los hombres aplaudían al ritmo de la música.
—En mi caso, sí —respondió ella cuando volvieron a
unirse —. Soy así desde que puedo recordar. Pero también es algo que puede
aprenderse y que debe estudiarse con constancia. Como todo, si no se usa, se
pierde.
Hicieron filas y comenzaron a intercambiarse entre
ellos mismos. Esta vez fue el turno de una mujer robusta con antifaz de arlequín
y otra con un gran sombrero decorado con cráneos de colores.
—¿Y qué es necesario para poder aprenderla? —volvieron
a unirse y comenzaron a dar vueltas con las manos entrelazadas.
—Paciencia, mucha. Interés, disposición y una mente
amplia. Por supuesto, un tutor preparado.
El vigor del baile lo había animado, mezclado con la
desinhibición que causaba el vino, lo hacían sentir capaz de lo que fuera.
—O tutora —dijo sin retraerse. Elizabeth pareció, una
vez más, sorprendida.
—Claro, podría ser.
El circulo se volvió a formar, dieron tres vueltas y
la melodía terminó. Todos aplaudieron entre risas.
—Digame, señorita Hallow. ¿Qué le ha parecido su
primer baile de salón?
—En realidad no lo sabré, hasta que pueda compararlo
con otro —dijo con una mirada que le hizo a Edward estremecerse por completo.
Bailaron tres piezas más. La última una melodía
alocada que les había exigido desprenderse de las inhibiciones y las reglas de
etiqueta. Al principio Edward se sintió incomodo, pero al ver que el resto de
los asistentes disfrutaban de aquel baile animado comenzó a sentirse mejor.
Al terminar el baile entre risas y euforia, ambos
fueron de vuelta a la mesa de las bebidas.
—Eso ha sido muy divertido. Muchas gracias —le dijo
Elizabeth, animada. Tomaron un par de copas de refrescante jugo.
—Gracias a usted.
Leonard entonces se acercó a ellos. Había estado
sentado en la parte alejada del salón. Se le notaba que había bebido
suficiente.
—Vaya, querido amigo. Te he visto hacer muchas cosas,
pero no creí que el baile se te diera bien. Un aplauso para ti —comenzó a
aplaudir y a inclinarse en una reverencia cómica —. Usted también ha estado
fenomenal, señorita. Excelente.
Edward y Elizabeth rieron.
Sin aviso alguno, un silencio espectral llenó el
recinto. La música se detuvo y los asistentes callaron. Fuertes campanadas se
colaron desde los ventanales y la puerta principal. El público comenzó a
murmurar. Elizabeth se detuvo y miró afuera, expectante. Muchos comenzaron a
salir del salón con moderada prisa.
—Es la hora —susurró ella —. Venga, acompáñeme —dijo a
Edward y lo tomó por el brazo de nuevo para que la siguiera. De pronto le
pareció diez años más joven.
Caminaron fuera del recinto y vieron que todos afuera
estaban en silencio admirando el cielo. Lo único que irrumpía la tranquilidad
eran las campanas que emitían sus roncas voces desde lo más profundo de la
torre del reloj. La media noche había llegado.
—¿Qué está pasando? —preguntó a Elizabeth.
—Observe.
No tardó en darse cuenta que un lado del pueblo se
estaba aclarando como si estuviera amaneciendo. Mientras el otro parecía sumido
en la oscuridad aún. Las sombras se intensificaron. La luna que brillaba
redonda y plateada en aquel momento, se mantenía quieta en su punto mas alto.
La otra luna, el faro brillante, emergía desde el cañón y subía al cielo con
gran velocidad.
Aunque no era la primera vez que lo veían, todos
parecían sorprendidos. Miraban a ambas lunas con las bocas abiertas tanto como
los ojos. Elizabeth estaba hipnotizada por aquello. Sus ojos violeta resplandecían
con el brillo de ambas lunas.
Por fin ambas lunas se unieron. Fueron momentos en que
todo se sumió en la oscuridad. Entonces un halo brillante se formó alrededor de
ellas y bañó el pueblo entero en luz fría y azulada.
Estallaron los aplausos. Muchas parejas a su alrededor
se besaron. Edward miró a Elizabeth, aún conmovida por el momento. Aún lo tenía
aferrado por el brazo, seguro porque no había reparado en ello. Decidió que
disfrutaría de ello mientras pudiera.
El cielo se llenó con luces verdosas y moradas,
haciendo olas y chispeando, iluminándolo todo con sus colores. Se quedaron
varios minutos observando aquél bello espectáculo. Pronto todos comenzaron con
los murmullos y la charla, para después volver a lo que estaban antes de lo
sucedido.
—Que belleza —dijo ella en un suspiro. Soltó el brazo
de Edward, quién sonrió satisfecho.
—No podría estar más de acuerdo—respondió —. Si me
permite la pregunta, ¿qué acaba de suceder?
—Me encantaría contárselo, señor Blackwells, en verdad
que sí. Pero tendrá que ser otro día. Es hora de que me vaya a casa —lo miró
con sinceridad en los ojos. Él se estremeció por dentro una vez más.
—Permítame que la acompañe.
—Oh, no quisiera molestarlo.
—En lo absoluto, no es molestia.
—Pero con seguridad su amigo lo espera.
Edward se dio la vuelta para buscar a Leonard en el
salón. Seguía cerca de las bebidas. Miraba su reflejo en una cuchara y se
peinaba el bigote con los dedos.
—Él estará bien. Lo encontraré después. Además me
interesa mucho lo que usted me pueda contar.
Se quitó el antifaz y sonrió a la chica.
—En ese caso, me complacerá que lo haga. Muchas
gracias.
Le ofreció el brazo y ella lo tomó de nuevo.
Caminaron a lo largo del pueblo, entre puestos y
cirqueros. Entre luces, aromas y colores. Llegaron al final de la plaza, ahí
fueron hacia una calle estrecha que terminaba por convertirse en un callejón.
Ella también se removió el antifaz. Su piel resplandeció con la luz cálida.
—Bien —asentó Elizabeth —. Me imagino que debe estar
enterado de las deidades que guardan estas tierras. Como miembro de la sociedad
debe conocer al menos a una de ellas.
—Sí, estoy al tanto de ello. No las conozco a todas,
pero sé de varias y lo que representan.
—¿Cree en ellas? —preguntó la chica con repentina
seriedad.
—Después de todo lo que he visto, ¿cómo podría no
hacerlo?
—Lo que sus ojos le muestran no tiene importancia
alguna. Mi pregunta es si reconoce que existe un poder más grande que va más
allá de cualquier comprensión, que nos conecta a todos y que influye lo que nos
rodea. ¿Está consciente de lo que trato de explicar?
El viento frío sopló por el callejón haciendo vibrar
cada fibra de su ser. Observó las luces en el cielo y el eclipse que poco a
poco iba desprendiéndose, revelando la dualidad de las lunas que daban cobijo
con su luz a bosques y montañas, ríos, lagos, edificios y a sus respectivos
habitantes.
—Sí, creo en ellos —dijo convencido.
—De acuerdo. Cuenta una antigua leyenda que la diosa
Plenamuna, protectora del faro nocturno, y el dios Átermun, protector del faro
brillante, estaban muy enamorados el uno del otro. Pero su amor era imposible,
ya que no podían descuidar la guardia que cada uno debía montar en su
respectivo momento. Verá, se dice que el oscuro dios Ténebre espera un momento
de debilidad para poder tomar el control de las Tierras de Muerte, por lo tanto
ambos dioses jamás deben permitirlo.
‹‹ Con
tan importante tarea asignada a ellos, era imposible que pudieran estar juntos.
Pero entonces Muerte vio lo mucho que deseaban estar juntos y aunque sabía que
no podrían estarlo siempre, decidió darles una oportunidad. Conmovida por el
anhelo que se tenían, accedió a permitirles consumar su amor por una noche al
año. Se dice que tan intenso deseo por fin saciado es lo que produce las luces
que vemos en el cielo de esta noche. También se cree que todo el evento es
causa de que la línea entre nuestro mundo y el de los vivos se haga más
delgada, permitiendo el paso de los difuntos hacia el otro lado.
—¿Y el dios oscuro? ¿Porqué no ha logrado entrar en
nuestro mundo? —inquirió Edward, inmerso en la historia. Las luces de las
lámparas parecieron parpadear y el ambiente se hizo más frío. Elizabeth se
mostró preocupada mientras dejaban atrás el pueblo, cruzando los monolitos de
piedra hacia la oscuridad del bosque.
—Algunos creen que las luces celestiales no le
permiten encontrar las Tierras de Muerte. Yo creo que además de eso los dioses
nocturnos nos protegen. Noxbis, la bestia guardiana de las sombras, por
ejemplo. El bosque está inquieto esta noche ¿puede sentirlo?
Las últimas casas habían quedado muy atrás. Su única
luz, las velas dentro calabazas que habían sido dispuestas marcando un camino
al interior del bosque. El viento aullaba entre las ramas y las sombras
danzaban, parecían burlarse de ellos. Escucharon cantos como de aves chillonas
que parecían risas agudas y macabras. El eco de lo que fuera que habitara en el
bosque retumbaba de un lado y luego del otro, como pasos de alguna criatura de
proporciones gigantes.
Las velas en el interior de las linternas parpadeaban,
amenazando con apagarse.
Edward asintió y guardó silencio.
—No se preocupe, ya hemos llegado —aseguró Elizabeth.
Más allá, en un claro del bosque, se alzaba una cabaña
que parecía ser parte de la vegetación. Sus muros de madera estaban cubiertos
por plantas, al igual que la cerca que daba la bienvenida a los visitantes. Dos
grandes calabazas marcaban la entrada, ambas escarbadas con el símbolo de la estrella.
El pórtico estaba lleno de linternas de colores.
—Que linda cabaña. ¿Es su hogar? —se sentía
reconfortado ante la vista de aquel lugar. El bosque parecía menos amenazante.
—Sí, no es mucho, pero es mío.
—Yo creo que es más que suficiente.
—Bueno, ahora sabe dónde encontrarme, señor
Blackwells. Le agradezco el baile y la compañía.
—Soy yo quién debe agradecerle. Esa
historia fue maravillosa. No podré sacármela de la cabeza por un buen tiempo.
Y, por supuesto, gracias por... —levantó la mano donde ya no había rastros de
heridas ni polvo.
—Oh, ni lo mencione. Sólo quería ayudar —volvió a
sonreír. No había perdido el efecto que le provocaba, por el contrario, lo
había intensificado.
—Confío que nos veremos de nuevo —dijo Edward mientras
ella se alejaba hacia la cerca.
—Es probable que así sea. Buena noche, señor
Blackwells.
—Edward. Puede llamarme Edward. Buena noche.
—Y usted puede llamarme Eliza.
Continuó caminando hasta llegar a la puerta de la
cabaña mientras él la contemplaba como hipnotizado. Aún no podía creerlo.
Cuando estuvo a punto de entrar, se dio la vuelta para enfrentarlo de nuevo.
—Por cierto, Edward —gritó desde el pórtico —. Tenga
cuidado con el espíritu de la noche de muertos.
Sin más explicación, desapareció detrás de la puerta,
abandonando al muchacho en el largo camino de vuelta al pueblo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario