viernes, 15 de julio de 2016

12- El Festival de los Muertos

Con el segundo otoño llegó a la Tierra de muerte la celebración más importante de todas. En las calles principales habían puesto grandes guirnaldas que iban de poste a poste, hechas con hojas secas de colores anaranjados, amarillos y cafés. Colgaron coronas de ramas secas, adornadas con frutos de la época y flores marchitas, en puertas y ventanas por igual.
En la mayoría de los comercios se ponían altares repletos de veladoras y dulces. En ellos abundaba la presencia de una flor amarilla similar a un crisantemo y otras de color morado que asemejaban cerebros. También eran decorados con papeles de color en lo que se veían escenas cotidianas protagonizadas por cómicos esqueletos.
Los pórticos y aleros de las ventanas se volvieron hogar de miles de calabazas talladas con símbolos y caras siniestras que al anochecer cobraban vida con las decenas de velas que se les ponían dentro.
Esqueletos de papel danzaban al paso del viento que aullaba en cada rincón, en una tétrica sinfonía acompañada de la niebla nocturna, proveniente de la oscuridad del bosque.
La panadería rebosaba de biscochos azucarados que representaban huesos y calaveras. Según la gente decía, aquél era el pan más delicioso de todo el año, por lo que nadie desaprovechaba la oportunidad de comprar uno cada vez que pasaban por ahí.
El aparador de Hilo de plata, la tienda dónde se elaboraban vestimentas a medida, se llenó de antifaces con caras burlonas, rostros de animales y otras más tétricas.
En la plaza, rodeando la fuente, se fueron colocando varios trozos de leña. Día con día aquella pila crecía un poco más.
Las paredes de la calle Nightshade y de los estrechos callejones entre las casas rebosaban de carteles invitando a eventos y reuniones que se realizarían todas las noches de Octubre y parte de Noviembre. Los mismo carteles, en forma de volantes, llegaban a cada casa a manos de los carteros que parecían estar más ocupados que de costumbre.
Incluso un circo ambulante había llegado a las afueras del pueblo y anunciaba su espectáculo exclusivo para la noche de Halloween.
De todo aquello la imagen que se veía en donde sea que se pusiera la vista, era aquella de un par de esqueletos, uno vestido con ropajes negros y sosteniendo una guadaña. La otra con un vestido de colores y un sombrero de plumas muy grande. La segunda siempre guiñaba un ojo y la primera observaba con el ceño fruncido.
Por supuesto, Edward estaba familiarizado con las celebraciones de la noche de brujas. En casa solían reunirse unas cuantas personas para pasar una velada tranquila en la que contaban historias de fantasmas y espectros. De vez en cuando asistía a lugares donde se clamaba que se sostendría una sesión espiritista o que se leería la fortuna de los asistentes. Pero con seguridad, el aspecto que más le gustaba de aquellas fechas mientras vivía, era que la gente parecía tener una percepción más abierta a las cosas. Se hablaba de monstruos, brujas y espíritus como un tema serio. Ahora, desde su nuevo punto de vista, no podía esperar a ver lo que ofrecía la tierra que había inspirado aquellas fiestas.
Durante aquellos meses el trabajo parecía aumentar. Se debía, según lo que decía el Manual del recolector, a que más almas entraban en contacto con el mundo espiritual y encontraban la forma de llamar su atención. Por lo que el muchacho dedujo que no todas las almas eran recolectadas al momento de morir. Otras debían deambular por el mundo de los vivos hasta encontrar la manera de contactar con el otro lado o hasta que alguien los ayudaba a trascender. Quizá, incluso, algunas vagaban por voluntad propia.
Por este aumento en el trabajo a veces se veía forzado a salir de la mansión cuando ya estaba por oscurecer, pero jamás una vez que había caído la noche. Aquél era el turno de lo recolectores nocturnos, quienes eran los encargados de lidiar con asuntos como las almas negativas. Se decía que durante ese turno la mansión se transformaba en un manicomio. Pero nunca había tenido la suficiente curiosidad o voluntad para quedarse a presenciar aquello.
Aún cuando terminaba el día agotado, le gustaba caminar por el pueblo antes de volver a casa. Pasear de noche por ahí, en especial en esa época, era un deleite. Las usuales luces se mezclaban con las llamas de velas y lámparas teñidas de morado y verde. El ambiente parecía mucho más espectral que de costumbre, pero también más festivo y divertido. Para entonces ya conocía todo de tal forma que podría recorrerlo con los ojos cerrados. Por lo tanto comenzó a preguntarse que otros secretos se escondían cruzando los grandes arcos de piedra que rodeaban el pueblo.
Una noche se encontró en el mapa con un campo grande más allá de los bosques del sur. Tan sólo el nombre era suficiente para provocar su interés. El título de Cementerio Blackrose escrito con una bella caligrafía, sobre un pedazo de tierra que parecía desolado era tan llamativo que se preguntó porque no había dado con aquél lugar antes. Se asomó por la ventana del comedor, el ambiente era fresco y la noche ideal para un paseo.
Para esas épocas Ace ya había crecido bastante y sus alas se desarrollaron con rapidez. Como no podía tenerlo dentro del departamento, le había hecho un rincón en el patio con un poco de paja para que descansara ahí. Pero al caballo le gustaba pasar la noche en el bosque de vez en cuando. Aún así, cada mañana estaba presente para llevar a Edward al trabajo.
Él había insistido en que no lo hiciera, le gustaba verlo libre por ahí yendo y viniendo a su antojo. Pero era el propio animal quien parecía muy entusiasmado con la idea de transportar al muchacho. Debía considerarlo como su ejercicio.
El lazo que habían formado desde el día en que lo vio renacer se hacía más y más fuerte al grado de que Edward comenzaba a entender, sin mucho esfuerzo, algunas de las cosas que Ace quería decirle.
Esa noche el caballo estaba afuera, correteando las hojas que llevaba el viento e intentando atraparlas bajo sus pezuñas. Al llamarlo, éste acudió veloz y con un movimiento de cabeza le indicó a su amigo que subiera.
Volaron sobre las casas del monte Moontower y siguieron por el bosque del este hasta alcanzar los alargados tejados de las casas en el pueblo. En él se veía mucho movimiento. Colgaban banderines en los establecimientos grandes y en algunos postes de las calles principales. Montaban también puestos pequeños en las aceras de la plaza.
Pasaron sobre la biblioteca y el parque, después el bosque del sur para descender al límite de éste, justo donde iniciaba un terreno muy extenso en el que las ramas de los árboles no eran tan densas.
Lo primero que encontraron al aterrizar fue un tramo de las vías del tren. Ahí también había una estación similar a la de Moontower, aunque esta parecía mejor cuidada. Estaba construida con piedra y mármol. En ella había esculturas de ángeles y coronas de flores. Casi parecía un monumento. Un sendero conectaba la estación con un gran arco oculto entre enredaderas secas y flores marchitas de colores peculiares. A pesar de lo que decía el mapa, las letras esculpidas en el arco denominaban el lugar como Jardín Blackrose.
La gran reja de hierro forjado presentaba un intrincado diseño entre el que apenas se podían apreciar algunas figuras como relojes de arena y símbolos que remitían a la alquimia. Las enredaderas la sujetaban firme en su posición, manteniéndola abierta de modo que los visitantes no encontraban restricción alguna para entrar. Una ráfaga de viento llegó desde el interior, meciendo las plantas y alborotándole el cabello.
Más allá de la reja esperaba un enorme jardín. En él había plantas, algunas recién crecidas, otras marchitas o muy descuidadas. Al igual que la mansión, parecía carecer de mantenimiento, pero aquél era un mal común en todo el pueblo, por lo que no lo sorprendió. Grandes muros de ladrillo estaban cubiertos por numerosas enredaderas que apenas dejaban ver lo que había detrás. Las cercas en el interior eran de hierro, algunas muy altas, otras pequeñas. El piso de ladrillos oscuros serpenteaba, comenzando en el arco de entrada para luego dividirse en múltiples opciones que llevaban a otras áreas del jardín. El lugar era un laberinto. Pensando en eso, se había colocado una placa que presentaba un mapa de las secciones en las que estaba dividido, pero incluso éste era confuso. Con el paso de los años habían ido añadiendo secciones, construyendo unas cosas sobre otras o entre ellas. Así mismo, cada vez añadían más planos al mapa para hacerlo similar a la construcción actual. Estaba trazado sobre varios materiales, haciendo de éste un remiendo de telas y pieles.
Pensó en volver, aún podía caminar por el pueblo. Pero después recordó que Ace estaba ahí, si se perdía no había más que salir volando. Así decidió adentrarse en el misterioso jardín.
Conforme fueron avanzando, descubrieron áreas que eran amplias y otras en las que apenas cabían los dos juntos. Ninguna era igual a la anterior. En unas crecían plantas por todas partes, en otras predominaban esculturas de piedra y paneles de cristal que asemejaban a los de un invernadero. Algunas partes debían accederse a través de escaleras, otras por túneles subterráneos. El jardín entero parecía un mundo en si mismo y estaba seguro, por más que avanzaban, que no habían explorado ni la mitad de él.
Pronto se dieron cuenta de un elemento que se repetía por donde pasaran. En cada sección había nombres escritos o grabados, algunos en los pedestales de las estatuas y esculturas, otros en simples placas empotradas en paredes que las contenían por montones. La mayoría puestos en lápidas que adornaban las jardineras y los pasillos. Debía haber miles o más esparcidos por todo el lugar. Pasillos angostos repletos de malesa, amplios patios con fuentes secas y a veces rotas, estatuas de ángeles implorantes, arcos altos que bien podrían pertenecer a una catedral gótica, todos ellos, por donde se les observara, tenían al menos diez nombres en ellos.
A través de un túnel, llegaron a una sección muy extensa, quizá la más amplia de todo el jardín. Era semejante a un cementerio, quizá de ahí sacaba el nombre que el mapa indicaba. Un número considerable de lápidas torcidas habían sido dispuestas a lo largo del terreno desigual, lleno de colinas y declives. Entre ellas nacían árboles anchos y altos que cubrían con su sombra grandes porciones del terreno.
El punto más elevado de esa área estaba ocupado por un monumento grande. Edward y Ace se acercaron para verlo mejor.  Lo conformaban tres columnas muy altas. Sobre ellas se posaban tres criaturas extrañas. La primera una figura humanoide con la cabeza de un ave negra. Guardaba entre sus manos una semilla de la que crecía un pequeño árbol. La segunda representaba una mujer que, con los brazos extendidos hacia el cielo, sostenía una esfera que emanaba luz y la proyectaba a su alrededor. La tercera escultura representaba un hombre recto de semblante imperturbable. Sostenía con ambas manos frente a sí, un disco con símbolos grabados alrededor. Las tres esculturas estaban protegidas por el manto oscuro que vestía la calavera sonriente con la mirada puesta en el horizonte, más allá del jardín.
Desde la base del monumento crecían enredaderas colmadas de aquella peculiar flor amarilla que exhibían la mayoría de los altares y, al contrario del resto de las esculturas y estatuas, ésta no tenía ni un solo nombre escrito por ningún lado.
Estaba intentando descifrar a quienes representaban las tres efigies en las columnas, cuando algo llegó hasta él, irrumpiendo la quietud de la noche.
Comenzó distante, podría haber pasado por el zumbido del viento entre las ramas de los árboles, pero creció poco a poco hasta alcanzar un eco inconfundible. Alguien cantaba, una mujer, joven y de voz muy armoniosa. Venía del otro lado del monumento. Se acercó más a las columnas, tratando de ocultarse para ver si lograba verla. Ace también se acercó y al poner su hocico cerca de las espalda del muchacho lo hizo sobresaltarse.
—¡Oye! Ven, escóndete —le dijo, susurrando. El caballo respondió echándose en el suelo cerca de la base y cubriéndose con sus alas.
No había nadie ahí, sólo lápidas enfiladas por los senderos abandonados y bañados en luz de luna. Lo único que se movía eran las sombras proyectadas por los árboles y un par de cuervos que picoteaban el piso. Observó, intrigado, pues la voz se hacía cada vez más clara y cercana.
Entonces la vio, una sombra que no pertenecía a ningún ave ni árbol. Se movía lenta y subía por la colina hacia el monumento. A Edward se le aceleró el corazón, o eso creyó sentir. No supo si debía alejarse o esperar a que pasara para hacer notar su presencia. Tal vez lo que debía hacer era volver al sendero y pretender que estaba ocupándose de sus asuntos. Pero ya era muy tarde, ella venía en su dirección y se daría cuenta que él estaba escondido detrás. Quizá pensaría que la estaba espiando o siguiendo y en definitiva no quería darle esa impresión. Luego vio a Ace, a él sí que lo notaría.
—¡Ace! ¡Ven aquí! ¡Rápido! —le indicó exagerando las palabras con el movimiento de los labios y en voz casi inaudible. Su compañero levantó las orejas y comenzó a descubrirse pero ya era tarde. Ella estaba a punto de pasar por dónde ellos estaban. Así que Edward decidió dar la vuelta a una de las columnas y ocultarse. Ella dejó de cantar.
—Oh lo siento, no quería molestarte —dijo con la misma voz dulce.
Lo había descubierto. Se sintió sumamente avergonzado. ¿Ahora qué iba a decirle? ¿Qué jugaba a las escondidas con su caballo? Vaya pretexto más bobo se le había ocurrido. Decidió que se mostraría desinteresado, como si hubiera estado buscando algo detrás de las columnas y no hubiera notado que ella estaba ahí. Contuvo la vergüenza y se dispuso a dar un paso fuera de su escondite para presentarse con formalidad.
—Hola, ¿dando un paseo nocturno? —su voz sonaba melosa, como si hablara con un pequeño— Pero que lindos ojos tienes.
—¿Qué? —murmuró Edward para sí mismo. Se dio la vuelta con cautela y asomó la cabeza antes de hacer cualquier otra cosa. Reconocía ese abundante cabello que lanzaba destellos cobrizos con la luz de la luna. La mano blanca que asomaba por la manga de un vestido claro le era familiar. Era la chica que había visto entre la multitud el día en que había presenciado su primer desfile. Acariciaba a Ace en la barbilla y el caballo parecía encantado con ello. Se calmó por un segundo antes de ponerse aún más nervioso al saber que era ella. Aunque no estaba seguro porque. Las chicas bonitas tenían ese efecto en él.
Entonces recordó algo que había llamado su atención aquél día, pero que no había hecho consciente hasta más tarde en el tren. Sus ojos. Eran grandes y magnéticos, tenía una mirada única. Pero eso no era todo, por un segundo creyó haber visto un reflejo violeta en ellos. Se quedó mirándola desde su escondite como hipnotizado, hasta que se dio cuenta que si llegaba a verlo se sentiría como un acosador. Ella seguía mimando al caballo y éste daba relinchos de felicidad, agitando las alas.
—Eso es —decía ella —. Bien, te dejaré seguir con lo tuyo y yo, me voy a casa. Suficientes lunabayas por esta noche. Adiós, guapo.
Ace se inclinó con cortesía y agitó sus crines gustoso. Hasta entonces Edward notó la canasta que llevaba ella en la otra mano, repleta de algo que parecían fresas blancuzcas. La chica hizo una reverencia ante el animal y sonrió de la manera más encantadora que él jamás había visto. Se alejó con el cabello ondeándole detrás y dando saltitos que luego se convertían en pasos largos como si bailara un vals con un compañero invisible. Reanudó su canto hasta que desapareció en el interior del túnel.
—Parece que alguien hizo una nueva amiga —dijo a Ace —. Tal vez algún día quieras presentármela.
Su amigo sacudió la cabeza y se enderezó con orgullo.
—Ven, vamos a casa. Otra noche seguiremos explorando.

Llegando al departamento lo primero que encontró fueron una serie de volantes e invitaciones en el piso. Las levanto para ponerlas en la mesa y sintió un sobre más pesado de lo usual. Era plateado y estaba lacrado con el escudo de la Sociedad. De inmediato lo abrió, temiendo que fuera una notificación urgente. Extrajo una gruesa hoja de papel impresa con una fina caligrafía que ya había visto antes. En ella se leía:

Estimado joven Blackwells:

Con motivo de las celebraciones anuales tendremos un evento en honor a todos los recolectores y funcionarios de nuestra honorable sociedad. Por lo tanto es mi deber informarle que, por supuesto, está cordialmente invitado a dicho evento.
Así mismo lo invito, e insisto, a que forme parte del resto de las celebraciones y actividades que se llevarán a cabo durante nuestro famoso Festival de los Muertos, a lo largo de las calles y plazas de Gloom Town.
El evento en cuestión consiste en un baile de máscaras, por lo que se le pide vestir de acuerdo a la situación. Puede llevar un acompañante si así lo desea.
Espero contar con su presencia la noche del 31 de Octubre en el salón de baile frente a la torre del reloj.
Sin más por el momento, quedo a sus ordenes y le deseo una excelente noche.

Darkus Grim
Director de la S.R.A


Jamás había sido muy adepto a los eventos sociales, pero este era distinto. No se trataba solo de la celebración más importante, sino que ofrecían un baile en honor al puesto que desempeñaba a diario y no podía rechazar una invitación como esa. En especial cuando estaba escrita por el director. Se consideraba afortunado de ser parte de ello y, pensándolo bien, nunca había asistido a un baile de máscaras. Aunque existía el ligero inconveniente de que sabía tanto de baile como de lo que fuera que moraba en los bosques de Gloom Town.

Aunque hubo algunos eventos días antes, el humor festivo llegó a su máximo esplendor el último día de Octubre. A los recolectores y demás funcionarios les ordenaron que terminaran su turno antes del medio día para poder preparar la mansión.
Esa noche y durante tres más, abrirían sus puertas a quienes desearan cruzar a la Tierra de mortales para visitar a sus seres queridos. Era la única época en la que los portales permitían un acceso de ida y vuelta sin necesidad de una hoz ni un recolector que los acompañara. Eso explicaba porque habían asignado a muchos asistentes a decorar los pasillos con flores y coronas y a triplicar la cantidad de velas. También colgaron telones y cortinas para disimular el estado de las paredes.
Edward estaba dejando las cosas en su casillero cuando Leonard lo alcanzó.
—Vaya, nos están sacando a patadas —dijo, molesto. El muchacho ignoró su mal humor.
—¿Tienes preparado tu atuendo para ésta noche? —le preguntó, animado.
El hombre hizo una mueca de desagrado.
—¡Bah! Improvisaré algo de último minuto. Si voy a presentarme no será por gusto, mi amigo. La verdad es que me siento obligado.
—Anímate, no creo que sea tan malo. Tampoco me agradan mucho las fiestas, pero ésta es especial.
Entonces Edward reflexionó porqué Leonard no parecía a gusto con la reunión de esa noche. Nada tenía que ver con las festividades, el problema era quien las organizaba. Así que decidió que no hablaría más del tema e iría a casa para prepararse.
—En fin, te veré esta noche —le dijo mientras le daba una palmada amistosa en el hombro.
—Claro. Ya nos veremos.

El ambiente se llenó de música al iniciar el atardecer. Los colores anaranjados del cielo complementaban la escena de un pueblo lleno de actividad y diversiones que no solían estar ahí. Había mucha más gente de la que se veía con normalidad, todos con vestidos de gala y algunos con disfraces, máscaras y antifaces.
Edward llegó junto con Ace y decidieron aterrizar unas calles antes de llegar a la plaza de la fuente. Cuando al fin llegaron vieron los puestos y banderines que habían colocado previamente. El pueblo parecía una feria ambulante, iluminado por los focos amarillentos y otras lámparas pálidas que daban a todos los que pasaran debajo un aspecto enfermizo.
Ace hizo una seña al muchacho y miró al callejón que guiaba al bosque.
—Oh, de acuerdo. Te veré más tarde ¿está bien? Estaré en el salón de baile.
El caballo guiño un ojo y se dirigió a la oscuridad más allá de los arcos de piedra.
En las pequeñas carpas se ofrecían bocadillos y bebidas elaboradas con ingredientes que se cosechaban exclusivamente en esa época del año. En otras había juegos de destreza y retos en los que varias personas ya estaban haciendo fila.
El alboroto de murmullos, risas y música fue acallado por trompetas que venían desde el final de la calle. Un grupo de personas enfiladas marchaban al compás de una tonada fúnebre. Sobre sus hombros llevaban un ataúd muy largo en el que debían caber al menos tres personas recostadas. Detrás de ellos un grupo de mujeres y hombres que sollozaban con exageración y de manera cómica. La gente reía al verlos. La banda que los precedía continuó su marcha luctuosa. Entonces todos se detuvieron en seco. El ataúd se abrió con estrépito, liberando a seis arlequines con el rostro pintado como esqueleto.
—¡Atención! —pidió el que venía al frente —. Damos inicio oficial a las festividades de la noche de muertos.
—¡Que comience la fiesta! —gritaron los otros cinco mientras todos saltaban fuera del ataúd.
La banda inició un ritmo eufórico y el grupo que había estado lloriqueando detrás de la procesión se despojó de sus ropajes negros para revelar vestidos y trajes de colores llamativos. Los arlequines pasaron por la multitud lanzando dulces y pequeños cráneos de azúcar. La fila que cargaba el ataúd extrajo de él dos marionetas gigantescas de esqueletos que danzaban al ritmo de la nueva música. El grito de asombro de la multitud recorrió la plaza entera.
La gran fogata alrededor de la fuente fue encendida hasta que las llamas parecían rebasar la altura de la biblioteca. Alrededor se congregó un grupo de danzantes que rendían tributo al fuego.
No había un solo rincón exento de la alegría festiva. En el cuadro en medio de la biblioteca y el teatro habían montado un pequeño escenario donde los actores tomaban turnos para relatar historias de espectros y monstruos.
Edward vio de lejos a Angus y Aghna, él vestido con un chaleco peludo y un enorme par de cuernos sobre su cabeza. Ella llevaba una corona de diamantes y un vestido rojo muy llamativo. Entregaban dulces que sacaban de un gran caldero dispuesto fuera de la taberna e invitaban a la gente a pasar.
En su camino hacia el salón de baile fue interceptado por tres payasos de aspecto siniestro que hacían sonar cornetas en lugar de hablar. Hicieron un par de trucos e ilusiones y terminaron por obsequiarle uno de esos cráneos de azúcar con su nombre en la frente.
Nunca había visto el salón de baile arreglado y aseado. Desde su primer paseo por el pueblo pocas veces lo habían abierto al público y en general era para eventos que nada tenían que ver con baile. Aquella noche brillaba esplendoroso con luces blancas y azules. De los balcones pendían banderines y cenefas de tela bordadas con patrones de esqueletos y lunas. Las puertas estaban abiertas de par en par dando la bienvenida a todos los asistentes.
Por dentro el ambiente era el doble de festivo, con vasijas llenas de flores, cientos de candelabros repletos de veladoras que bañaban todo en su calida luz anaranjada y mesas decoradas con toda clase de parafernalia de la época.
El salón era redondo y muy amplio. Las grandes ventanas que lo rodeaban eran vitrales con motivos de flores que brillaban con un resplandor anaranjado. En las orillas había un balcón que daba toda la vuelta al interior del edificio a manera de un segundo piso. En el centro se extendía una enorme escalera desde dónde se podía acceder a la parte alta. En ellos la gente charlaba y reía. La parte baja constaba en una amplia pista de baile pulida con tal perfección que reflejaba a las parejas que bailaban en ese momento.
Una tarima había sido dispuesta al costado de la escalera para albergar a la orquesta que tocaba melodías lentas. Todos sus integrantes vestían con trajes cuyo decorado remitía a osamentas.
Rodeando la pista, las mesas decoradas, llenas de comida y bebida esperaban por quienes se acercaran a tomar algo de ellas.
Edward entró buscando con la mirada a Leonard, pero iba a ser difícil entre aquella galería de rostros lúgubres, algunos alegres y uno que otro animal. Algunos compañeros lo reconocían y lo saludaban de lejos o se acercaban para darle un apretón de manos. Se preguntó como era posible hasta que se dio cuenta que no se había puesto el antifaz. Aunque le parecía que no era difícil reconocerlo aunque lo tuviera puesto. Tras colocárselo siguió en busca de su amigo hasta que por fin lo encontró cerca de una mesa donde servían bebidas en grandes tarros de peltre. Llevaba el usual uniforme que usaba durante las horas de trabajo.
—Debí adivinar que te encontraría cerca de las bebidas —le dijo, burlón.
—Bueno, ya me conoces. Además, si una noche amerita que beba en su honor, es ésta— respondió Leonard, alzando el tarro en el aire —. ¿De qué se supone que estás vestido?
—¿No es algo obvio? —dijo, sacudiendo el cuello adornado con grandes plumas negras y girando el rostro para mostrar de perfil la nariz puntiaguda del antifaz.
Su amigo lo contempló por unos segundos.
—Alguna clase de ave... el sombrero sobra, si me lo preguntas.
—No pude resistirme, me parece que va bien con el atuendo. Soy un cuervo, por cierto. ¿Tú qué se supone que eres? ¿Un recolector de almas?
—Algo así —Leonard dejó el tarro en la mesa y se colocó la máscara que llevaba colgada al cuello. Era una sonriente calavera —. Soy la muerte ¡Temed ante mi!
Edward rió.
—Que idea tan original —le dijo con sarcasmo.
—Ríe cuanto quieras, de todas formas no estaré aquí toda la noche.
—Vamos, amigo. Ya estás aquí. Al menos intenta divertirte un poco.
—Eso es lo que intento hacer —respondió y se llevó el tarro a la boca.
Pasaron un rato paseándose por las mesas observando lo que se ofrecía en ellas. Vieron a Balthus en el balcón, estudiando sus alrededores con cautela. Leonard tomó un tenedor de los bocadillos y una banda elástica que sostenía las servilletas en su lugar.
—¿Quieres ver algo gracioso? —dijo con mirada pícara detrás de la máscara.
Edward se dio la vuelta. Se había distraído con unos panecillos que tenían una peculiar crema grisácea encima y parecían espolvoreados con telarañas. Esperaba que no fuera el caso. Para cuando vio lo que su amigo estaba a punto de hacer fue muy tarde para detenerlo. El tenedor voló directo a su víctima. Balthus, que estaba de frente, se dio la vuelta y el cubierto se le clavó en el hombro.
—¿Pero qué estás haciendo? —lo reprendió el muchacho. Leonard reía a carcajadas.
—Intento divertirme, relájate. ¿Quieres intentarlo? —dijo, ofreciéndole otro tenedor.
—Claro que no.
Observó al hombre en el balcón, esperando que se pusiera furioso y buscara al culpable. Pero éste parecía no haberse dado cuenta. Se dio la vuelta para seguir vigilando la zona y le rompió la copa, con el mango del tenedor, al hombre que estaba a su lado. Leonard rió con más fuerza.
—¡Lo ves! No sintió nada —le dijo entre risotadas.
—No es gracioso —respondió Edward sin poder contener la risa. No pudo evitarlo y ambos terminaron llorando de risa cuando el hombre comenzó a reñir a Balthus, y mientras éste se daba la vuelta para confrontarlo, el tenedor se atoro en la peluca de una mujer, dándole un fuerte tirón, haciéndola graznar de sorpresa.
—¿Qué es tan divertido? —inquirió una voz grave detrás de ellos.
Edward se dio la vuelta para encontrarse cara a cara con un par de ojos grises tras un antifaz rojo de expresión maligna. De inmediato retomó la seriedad y le dio un codazo a Leonard.
—Estábamos... es que... —tartamudeo el muchacho.
—Tranquilo Darkus, sólo estamos pasando un buen rato ¿no es eso lo que querías? —respondió su compañero, quitándose la máscara.
El hombre, alto y con la boca contraída en una mueca severa, observó a ambos como solía hacerlo cuando quería imponerse.
—Sólo usted podría usar su uniforme como un simple disfraz, señor Sinister. Por lo menos podría intentar mostrar respeto a nuestra honorable sociedad —aseveró.
Ninguno dijo nada, pero la mirada que Leonard le dirigió fue más que suficiente.
—Me alegra verlo, joven Blackwells. Al menos uno de ustedes demuestra interés y devoción por su trabajo. Eso debo aplaudirlo.
—Gracias, señor. Pero mucho se lo debo al señor Sinister —dijo sin desviar la mirada. Darkus pareció intrigado, pero no molesto.
—Manténgase fuera de problemas, joven. Sigan disfrutando la noche —les espetó a ambos e hizo una seña a Balthus para que bajara. Luego procedió al escenario.
—Gracias, pero no tienes que defenderme —dijo Leonard, irritado.
—No lo hice. Sólo dije la verdad.
Él le dirigió una mirada a su amigo quién esbozo una sonrisa. Después siguieron riendo mientras el asistente de Darkus ocasionaba pequeños desastres a su paso.
La orquesta se detuvo y el director de la sociedad se colocó en el centro, levantando una copa y golpeándola con una cuchara, atrayendo la atención de todos. Abrió la boca para decir algo pero se distrajo. Observaba a Balthus, qué estaba de espaldas a él, intrigado. Edward y Leonard tuvieron que contener la risa una vez más.
—Imploro su atención —dijo por fin Darkus, entregando la copa a uno de los miembros de la orquesta —. Quiero aprovechar este momento para agradecer a todos su presencia. Durante mucho tiempo nuestra sociedad ha llevado a cabo una labor necesaria para la humanidad. Día con día hacemos un gran esfuerzo por ayudar a los recién fallecidos a encontrar su camino en la oscuridad y fuera de ella. Me gustaría que recuerden el día en que murieron y llegaron aquí. En como varios de los presentes se volvieron parte de nuestra sociedad. Miren hasta dónde hemos llegado. Los más antiguos recordarán como solían ser las cosas y los cambios que hemos logrado con el tiempo y, por supuesto, con la dedicación de todos ustedes. Lo único que quiero decir es gracias. Gracias por años devotos a tan noble obra. Gracias por los que decidieron quedarse y enfrentarse a los retos que conlleva esta colosal tarea que nos fue otorgada por Mort-Ném Sur-Ect, quien vela por nosotros y nuestras tierras. Por hoy podemos gozar del fruto de nuestros esfuerzos. Esta noche los celebramos a ustedes, así que dense un gran aplauso y feliciten a sus compañeros. De mi obtengan un sincero y profundo agradecimiento —terminó con una reverencia al público quien prorrumpió en aplausos. Muchos se daban palmadas amistosas y se abrazaban con estima. Edward se sintió conmovido por el discurso pero al mirar a Leonard, de brazos cruzados e imperturbable, decidió limitarse a seguir aplaudiendo.
Unos cuantos recolectores felicitaron a ambos y estrecharon manos.
—Míralos, parecen ovejas haciendo todo lo que el jefe les dice —gruñó Leonard.
—Vamos, amigo. No es por él, ¿sabes? Lo que hacemos merece reconocimiento —dijo el muchacho, comprensivo pero firme.
—En eso supongo que tienes razón. Buen trabajo, compañero —respondió y le estrechó la mano con fuerza.
—Buen trabajo y gracias por todo.
Siguieron explorando los contenidos de las charolas en las mesas. Edward tomó una copa de vino con frutas. mientras inspeccionaba un plato lleno de algo que le resultaba familiar. Se trataba de fresas de piel muy blanca con pequeñas motas azules. Probó una, era dulce y fresca. Combinada con el vino sabía muy bien aunque sabían aún mejor con el chocolate blanco y oscuro que hervían en dos ollas grandes a los costados de la mesa.
—Lunabayas —murmuró para sí mismo, recordando la noche en el jardín Blackrose. Dio un mordisco a una y se dio la vuelta para seguir observando lo que había al rededor.
Entre la multitud le pareció percibir un destello cobrizo. Sus sospechas se confirmaron cuando vio a una chica joven que llevaba un vestido modesto para la ocasión. Aún así se veía elegante y muy bonita, en especial con el antifaz plateado que enmarcaba unos bellos ojos violeta. El muchacho se quedó pasmado. Era la chica del cementerio. Se veía muy distinta a como la había encontrado las veces anteriores, pero su aura y su mirada eran inconfundibles. Se paseaba con gracia entre las personas, saludando a unos cuantos mientras pasaba.
—¿La conoces? —dijo Leonard detrás, asustándolo. Se había olvidado por un segundo de él.
—Eh.. no, claro que no —respondió alejando la mirada de ella y pretendiendo que observaba a otras personas —. Creí que la fiesta era sólo para la gente de la sociedad.
—No, es en honor a nosotros. Pero todos están invitados ¿Qué acaso te molesta que esté ella aquí?
—No, no dije eso... sólo...
—Ohhh vaya, vaya —dijo Leonard, la mirada pícara volvió a él. Edward comenzó a ponerse nervioso —. Ya veo lo que está pasando aquí.
—No sé de qué hablas.
—Yo creo que sí —su amigo junto las manos y se las puso en el costado del resto de rostro, haciendo una mueca burlona simulando estar conmovido —. Crecen tan rápido.
—Oh cállate —le espetó el muchacho, empujándolo y llevándose las copa a los labios. Bebió con tal rapidez que comenzó a sentirse mareado.
—Tranquilo, amigo. Recuerda todo lo que te he enseñado. Esto también cuenta como superar tus límites.
—No creo que sea una buena noche para lecciones.
—Yo creo que es perfecto para practicar tus habilidades sociales.
—¿Y que hay de ti? ¿Tu ni siquiera querías estar aquí?
—Pero aquí estoy. Así que vamos. Ve y háblale.
—¿Por qué querría hacer eso?
—Oh vamos Edward, todos necesitamos un poco de compañía. O al menos alguien con quien compartir esta noche y te aseguro que no soy el mejor. Dentro de unas horas habrá tanto veneno en mi cuerpo que no podré distinguir entre blanco y oscuro —diciendo esto se llevó el tarro a la boca y lo vació —. De cualquier forma si el árbol no vuela a los cuervos…
—¿Qué se supone que significa eso? —Edward lo miró entre confuso y asustado. Luego se dio la vuelta y vio que la chica iba hacia donde ellos estaban. De inmediato volvió a poner su atención en los postres y bebidas en la mesa. Leonard soltó una carcajada de incredulidad.
—De verdad vas a desaprovechar la oportunidad?
—Calla, te escuchará.
Siguió bebiendo y sintió que la cabeza le empezaba a dar vueltas. Así que dejó la copa y jugueteo con las plumas que le colgaban de las mangas, tratando de controlarse. Leonard negó con la cabeza y sonrió. La chica estaba merodeando la charola de frutas. Llevaba en las manos una copa plateada. Pasaba los dedos sobre los trozos de fruta como si fuera a tocarlos pero sin hacerlo. Edward pensó que había una elegancia muy natural en sus movimientos. Verla contonearse mientras estudiaba los postres le recordó, con extrañeza, a los movimientos de un gato. Por fin se detuvo y miro la comida, sonriendo.
—Tú, tú y tú... Y tú también —decía mientras escogía trozos de ciertas frutas y los ponía en su copa plateada. Después se acercó a las bebidas, tan cerca del muchacho que pudo oler su perfume. Olía dulce y fresca, como caminar por un bosque en el que recién había llovido.
—No sé repetirá esta oportunidad —le susurró Leonard. Edward estaba demasiado nervioso para responder algo. Se había quedado petrificado ante la presencia de la chica. Su amigo le dio un golpe con el codo —. ¡Vamos!
—¡Basta! —se quejó el muchacho, devolviéndole el golpe a su amigo.
 —Recuerda el abismo o la primer alma que ayudaste a cruzar ¿Recuerdas lo nervioso que estabas?
La mente de Edward se aclaro.  Su amigo tenía razón. Ya había logrado muchas cosas como para acobardarse en ese momento. Se enderezó, no tenía idea de que como podía iniciar la conversación, pero había tantos temas que era probable que la platica fluyeron de forma natural. Se aclaro la garganta.  Estaba listo para hacerlo. Entonces Leonard le dio otro golpe.  El muchacho no estaba preparado y perdió el equilibrio, derribando una copa con el brazo y aplastándola con la palma. Sintió un dolor agudo que se mitigó de inmediato. Tenía trozos de vidrió incrustados y de las heridas salía una sangre espesa, casi de color negro. La visión lo impactó. La chica soltó una exclamación de sorpresa y esto lo impactó aún más.
—¡Oh vaya! —exclamó acercándose —. ¿Está bien?
Pese a todo su esfuerzo, Edward quedó en blanco. Su mirada era casi hipnótica y le pareció que era mucho más bonita de cerca. Casi podía sentir la suavidad de su piel de sólo verla.
—¿Me permitiría ayudarle? —le dijo con voz dulce. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
—Sí, muchas gracias —respondió él, tímido.
Ella sacó de entre los pliegues de su falda una bolsa de cuero. La abrió con estudiada cautela e introdujo tres dedos en ella. Extrajo un polvo azulado. Procedió a quitar los trozos de cristal con delicadeza y pasó los dedos empolvados por sus heridas. Edward estaba incrédulo, la cabeza le daba vueltas y no gracias al vino. Ni siquiera pudo notar que las cortadas en la palma habían sanado casi de inmediato.
—Listo, eso será suficiente —aseguró ella, regalándole una sonrisa radiante. Edward se la devolvió, las palabras quedaron atoradas en su garganta —. Bueno, siga disfrutando la noche.
Se dio la vuelta para seguir su camino. Leonard le dio otro golpe con el codo en la espalda.
—¡Soy Edwell, Edwell Blackwards! —dijo casi gritando. Varios voltearon a verlo, sorprendidos. La chica lo miró de nuevo y se acercó.
—Oh, mucho gusto. Elizabeth Hallow —respondió con una reverencia y extendiéndole una delicada mano. Él la tomó, se inclinó para besarla, aunque dudo en hacerlo. Ya era muy tarde, sus piel era tan suave como había imaginado. Ella pareció sorprendida pero no incómoda.
—Que galante, señor Blackwards.
—¿Black...? No, no. Lo siento. Soy Blackwells, Edward Blackwells.
Ella sonrió una vez más. Él pensó que podría contemplar esa sonrisa por horas.
—De acuerdo, señor Blackwells. Lo tomaré en cuenta. ¿Es usted parte de la sociedad?
—Así es, soy recolector.
—¡Que interesante! Debe conocer muchos lugares y gente nueva —sus ojos se abrieron más, su atención ahora estaba por completo en él.
—Sí, he viajado y conocido sitios diferentes. Aunque las relaciones, como los viajes, siempre han sido breves.
—Puedo imaginarlo. Aún así es fascinante.
—Lo es, eso no puedo negarlo. Dígame, señorita Hallow, ¿usted a qué se dedica? —le tomó un tiempo darse cuenta, pero la timidez había desaparecido. Sentía que podría conversar con ella por largo tiempo.
—Un poco de todo. Podría decirse que también soy recolectora. Busco y recolecto ingredientes, entre muchas otras cosas. Si quisiera darle un nombre a mi profesión, sí se le puede llamar así, supongo que sería la bruja del pueblo —diciendo esta última parte con cierta reserva, terminó por beber un sorbo de su copa plateada.
—¿Bruja? ¿La clase de persona que vuela en escoba y hace amistad con los sapos? —preguntó Edward, sorprendido.
—Bueno, en realidad soy mucho más que eso, señor Blackwells —dijo indignada.
—Disculpe, no quise decir eso. Es que, a pesar de todo lo que he visto, no creo haberme topado con una bruja antes —se disculpó. Ella pareció tomarlo con calma.
—Nunca se sabe, podría haberse topado con muchas sin siquiera notarlas —volvió a sonreír.
—Supongo que tiene razón, lamento mi comentario. Fue impertinente.
La chica lo miró con ternura.
—No se preocupe. Es fácil olvidar que alguna vez debí ocultar quien era. Pero ahora todo es diferente —algo radiante le cruzó por la mirada —. Veo que ya ha sanado su herida por completo.
Edward se miró la palma. Tenía residuos del polvo azul, pero su mano estaba como nueva.
—Vaya, es cierto. Se lo agradezco mucho.
—¿No vas a presentarnos? —dijo una voz grave detrás. De nuevo se había olvidado de su amigo. La chica miró a ambos con curiosidad.
Entonces algo cruzó la mente de Edward. Sintió un temor irracional de que Leonard interfiriera. Recordó su casa en el mundo de los vivos y el funeral de su padre, pero no logró conectarlo con nada. ¿Acaso eran celos?
—Claro. Él es Leonard Sinister, mi asistente —lo introdujo Edward. Su amigo lo miró con entre inconforme y divertido con su comentario.
—Un gusto, señor Sinister. Elizabeth Hallow —esta vez se limitó a su pequeña reverencia.
—No creo haberla visto antes —le dijo el hombre intrigado. Edward estuvo a punto de intervenir para decir que él la había visto un par de veces, pero se contuvo.
—Quizá se debe a que no asisto a muchos eventos como estos. De hecho es mi primer baile —dijo con emoción contenida.
—¿Su primer baile? —respondió Leonard con falsa sorpresa, dándole palmadas a su amigo en la espalda —¿Y aún no la han invitado a bailar? Es una lástima.
—Bueno, la noche aún no termina. Además ¿quién dice que debo esperar a que me inviten? —aseguró levantando la nariz y torciendo la boca en una exagerada mueca de inconformidad —. De hecho, me preguntaba si le gustaría acompañarme a la pista, señor Blackwells.
El muchacho abrió los ojos y la boca, pero no supo que decir. Jamás lo habían invitado a bailar, mucho menos una chica.
—Si no aceptas tú, aceptaré yo —le murmuró su amigo.
—¡Claro! Será un honor —asintió y acribilló a Leonard con la mirada.
—¡Excelente! Vamos —ella lo tomó del brazo y lo llevó a la pista.
Edward miró a su amigo quién rió y con el movimiento de los labios dijo de nada.
La orquesta tocaba una melodía un poco más animada que lo que habían estado tocando esa noche. Tomaron su lugar en la pista y entonces el muchacho recordó que no sabía bailar. Aunque había visto a la gente hacerlo, ¿qué tan difícil podía ser?
—Ese amigo suyo es algo impetuoso ¿no es así? —le dijo ella, casi como reclamo.
—Eso parece. Pero cuando uno llega a conocerlo verá que no es el caso. Olvidémonos de él. Sabe, siempre he encontrado fascinante el tema de la magia —Y era cierto, pero lo que Edward quería era desviar el tema de Leonard, aún tenía ese extraño sentimiento que no lo dejaba en paz.
—Eso depende a que se refiera con magia, señor Blackwells —respondió Elizabeth, cuyos movimientos estaban llenos de gracia. Estaba claro que aunque fuera su primer baile, en definitiva era algo que practicaba fuera de la pista —. La muerte misma es mágica. Nos abre la mente a percepciones que en vida jamás imaginamos tener.
Aunque él se sentía torpe, debía considerar que estaba haciendo un buen trabajo. No parecía desagradarle a su compañera. Su dialogo fue interrumpido cuando debieron cambiar de pareja. Edward dio la mano a una mujer con antifaz de conejo, después a una que llevaba grandes plumas en la cabeza. De nuevo volvieron a juntarse.
—Lo que dice es cierto —retomó él —. Pero creo que me refiero a la clase de magia que usted practica. La que puede enfrascarse y medirse ¿Es acaso una habilidad nata?
Las parejas volvieron a separarse para formar un circulo. Dieron un par de vueltas y las mujeres se formaron al centro mientras los hombres aplaudían al ritmo de la música.
—En mi caso, sí —respondió ella cuando volvieron a unirse —. Soy así desde que puedo recordar. Pero también es algo que puede aprenderse y que debe estudiarse con constancia. Como todo, si no se usa, se pierde.
Hicieron filas y comenzaron a intercambiarse entre ellos mismos. Esta vez fue el turno de una mujer robusta con antifaz de arlequín y otra con un gran sombrero decorado con cráneos de colores.
—¿Y qué es necesario para poder aprenderla? —volvieron a unirse y comenzaron a dar vueltas con las manos entrelazadas.
—Paciencia, mucha. Interés, disposición y una mente amplia. Por supuesto, un tutor preparado.
El vigor del baile lo había animado, mezclado con la desinhibición que causaba el vino, lo hacían sentir capaz de lo que fuera.
—O tutora —dijo sin retraerse. Elizabeth pareció, una vez más, sorprendida.
—Claro, podría ser.
El circulo se volvió a formar, dieron tres vueltas y la melodía terminó. Todos aplaudieron entre risas.
—Digame, señorita Hallow. ¿Qué le ha parecido su primer baile de salón?
—En realidad no lo sabré, hasta que pueda compararlo con otro —dijo con una mirada que le hizo a Edward estremecerse por completo.
Bailaron tres piezas más. La última una melodía alocada que les había exigido desprenderse de las inhibiciones y las reglas de etiqueta. Al principio Edward se sintió incomodo, pero al ver que el resto de los asistentes disfrutaban de aquel baile animado comenzó a sentirse mejor.
Al terminar el baile entre risas y euforia, ambos fueron de vuelta a la mesa de las bebidas.
—Eso ha sido muy divertido. Muchas gracias —le dijo Elizabeth, animada. Tomaron un par de copas de refrescante jugo.
—Gracias a usted.
Leonard entonces se acercó a ellos. Había estado sentado en la parte alejada del salón. Se le notaba que había bebido suficiente.
—Vaya, querido amigo. Te he visto hacer muchas cosas, pero no creí que el baile se te diera bien. Un aplauso para ti —comenzó a aplaudir y a inclinarse en una reverencia cómica —. Usted también ha estado fenomenal, señorita. Excelente.
Edward y Elizabeth rieron.
Sin aviso alguno, un silencio espectral llenó el recinto. La música se detuvo y los asistentes callaron. Fuertes campanadas se colaron desde los ventanales y la puerta principal. El público comenzó a murmurar. Elizabeth se detuvo y miró afuera, expectante. Muchos comenzaron a salir del salón con moderada prisa.
—Es la hora —susurró ella —. Venga, acompáñeme —dijo a Edward y lo tomó por el brazo de nuevo para que la siguiera. De pronto le pareció diez años más joven.
Caminaron fuera del recinto y vieron que todos afuera estaban en silencio admirando el cielo. Lo único que irrumpía la tranquilidad eran las campanas que emitían sus roncas voces desde lo más profundo de la torre del reloj. La media noche había llegado.
—¿Qué está pasando? —preguntó a Elizabeth.
—Observe.
No tardó en darse cuenta que un lado del pueblo se estaba aclarando como si estuviera amaneciendo. Mientras el otro parecía sumido en la oscuridad aún. Las sombras se intensificaron. La luna que brillaba redonda y plateada en aquel momento, se mantenía quieta en su punto mas alto. La otra luna, el faro brillante, emergía desde el cañón y subía al cielo con gran velocidad.
Aunque no era la primera vez que lo veían, todos parecían sorprendidos. Miraban a ambas lunas con las bocas abiertas tanto como los ojos. Elizabeth estaba hipnotizada por aquello. Sus ojos violeta resplandecían con el brillo de ambas lunas.
Por fin ambas lunas se unieron. Fueron momentos en que todo se sumió en la oscuridad. Entonces un halo brillante se formó alrededor de ellas y bañó el pueblo entero en luz fría y azulada.
Estallaron los aplausos. Muchas parejas a su alrededor se besaron. Edward miró a Elizabeth, aún conmovida por el momento. Aún lo tenía aferrado por el brazo, seguro porque no había reparado en ello. Decidió que disfrutaría de ello mientras pudiera.
El cielo se llenó con luces verdosas y moradas, haciendo olas y chispeando, iluminándolo todo con sus colores. Se quedaron varios minutos observando aquél bello espectáculo. Pronto todos comenzaron con los murmullos y la charla, para después volver a lo que estaban antes de lo sucedido.
—Que belleza —dijo ella en un suspiro. Soltó el brazo de Edward, quién sonrió satisfecho.
—No podría estar más de acuerdo—respondió —. Si me permite la pregunta, ¿qué acaba de suceder?
—Me encantaría contárselo, señor Blackwells, en verdad que sí. Pero tendrá que ser otro día. Es hora de que me vaya a casa —lo miró con sinceridad en los ojos. Él se estremeció por dentro una vez más.
—Permítame que la acompañe.
—Oh, no quisiera molestarlo.
—En lo absoluto, no es molestia.
—Pero con seguridad su amigo lo espera.
Edward se dio la vuelta para buscar a Leonard en el salón. Seguía cerca de las bebidas. Miraba su reflejo en una cuchara y se peinaba el bigote con los dedos.
—Él estará bien. Lo encontraré después. Además me interesa mucho lo que usted me pueda contar.
Se quitó el antifaz y sonrió a la chica.
—En ese caso, me complacerá que lo haga. Muchas gracias.
Le ofreció el brazo y ella lo tomó de nuevo.
Caminaron a lo largo del pueblo, entre puestos y cirqueros. Entre luces, aromas y colores. Llegaron al final de la plaza, ahí fueron hacia una calle estrecha que terminaba por convertirse en un callejón. Ella también se removió el antifaz. Su piel resplandeció con la luz cálida.
—Bien —asentó Elizabeth —. Me imagino que debe estar enterado de las deidades que guardan estas tierras. Como miembro de la sociedad debe conocer al menos a una de ellas.
—Sí, estoy al tanto de ello. No las conozco a todas, pero sé de varias y lo que representan.
—¿Cree en ellas? —preguntó la chica con repentina seriedad.
—Después de todo lo que he visto, ¿cómo podría no hacerlo?
—Lo que sus ojos le muestran no tiene importancia alguna. Mi pregunta es si reconoce que existe un poder más grande que va más allá de cualquier comprensión, que nos conecta a todos y que influye lo que nos rodea. ¿Está consciente de lo que trato de explicar?
El viento frío sopló por el callejón haciendo vibrar cada fibra de su ser. Observó las luces en el cielo y el eclipse que poco a poco iba desprendiéndose, revelando la dualidad de las lunas que daban cobijo con su luz a bosques y montañas, ríos, lagos, edificios y a sus respectivos habitantes.
—Sí, creo en ellos —dijo convencido.
—De acuerdo. Cuenta una antigua leyenda que la diosa Plenamuna, protectora del faro nocturno, y el dios Átermun, protector del faro brillante, estaban muy enamorados el uno del otro. Pero su amor era imposible, ya que no podían descuidar la guardia que cada uno debía montar en su respectivo momento. Verá, se dice que el oscuro dios Ténebre espera un momento de debilidad para poder tomar el control de las Tierras de Muerte, por lo tanto ambos dioses jamás deben permitirlo.
  ‹‹ Con tan importante tarea asignada a ellos, era imposible que pudieran estar juntos. Pero entonces Muerte vio lo mucho que deseaban estar juntos y aunque sabía que no podrían estarlo siempre, decidió darles una oportunidad. Conmovida por el anhelo que se tenían, accedió a permitirles consumar su amor por una noche al año. Se dice que tan intenso deseo por fin saciado es lo que produce las luces que vemos en el cielo de esta noche. También se cree que todo el evento es causa de que la línea entre nuestro mundo y el de los vivos se haga más delgada, permitiendo el paso de los difuntos hacia el otro lado.
—¿Y el dios oscuro? ¿Porqué no ha logrado entrar en nuestro mundo? —inquirió Edward, inmerso en la historia. Las luces de las lámparas parecieron parpadear y el ambiente se hizo más frío. Elizabeth se mostró preocupada mientras dejaban atrás el pueblo, cruzando los monolitos de piedra hacia la oscuridad del bosque.
—Algunos creen que las luces celestiales no le permiten encontrar las Tierras de Muerte. Yo creo que además de eso los dioses nocturnos nos protegen. Noxbis, la bestia guardiana de las sombras, por ejemplo. El bosque está inquieto esta noche ¿puede sentirlo?
Las últimas casas habían quedado muy atrás. Su única luz, las velas dentro calabazas que habían sido dispuestas marcando un camino al interior del bosque. El viento aullaba entre las ramas y las sombras danzaban, parecían burlarse de ellos. Escucharon cantos como de aves chillonas que parecían risas agudas y macabras. El eco de lo que fuera que habitara en el bosque retumbaba de un lado y luego del otro, como pasos de alguna criatura de proporciones gigantes.
Las velas en el interior de las linternas parpadeaban, amenazando con apagarse.
Edward asintió y guardó silencio.
—No se preocupe, ya hemos llegado —aseguró Elizabeth.
Más allá, en un claro del bosque, se alzaba una cabaña que parecía ser parte de la vegetación. Sus muros de madera estaban cubiertos por plantas, al igual que la cerca que daba la bienvenida a los visitantes. Dos grandes calabazas marcaban la entrada, ambas escarbadas con el símbolo de la estrella. El pórtico estaba lleno de linternas de colores.
—Que linda cabaña. ¿Es su hogar? —se sentía reconfortado ante la vista de aquel lugar. El bosque parecía menos amenazante.
—Sí, no es mucho, pero es mío.
—Yo creo que es más que suficiente.
—Bueno, ahora sabe dónde encontrarme, señor Blackwells. Le agradezco el baile y la compañía.
  —Soy yo quién debe agradecerle. Esa historia fue maravillosa. No podré sacármela de la cabeza por un buen tiempo. Y, por supuesto, gracias por... —levantó la mano donde ya no había rastros de heridas ni polvo.
—Oh, ni lo mencione. Sólo quería ayudar —volvió a sonreír. No había perdido el efecto que le provocaba, por el contrario, lo había intensificado.
—Confío que nos veremos de nuevo —dijo Edward mientras ella se alejaba hacia la cerca.
—Es probable que así sea. Buena noche, señor Blackwells.
—Edward. Puede llamarme Edward. Buena noche.
—Y usted puede llamarme Eliza.
Continuó caminando hasta llegar a la puerta de la cabaña mientras él la contemplaba como hipnotizado. Aún no podía creerlo. Cuando estuvo a punto de entrar, se dio la vuelta para enfrentarlo de nuevo.
—Por cierto, Edward —gritó desde el pórtico —. Tenga cuidado con el espíritu de la noche de muertos.
Sin más explicación, desapareció detrás de la puerta, abandonando al muchacho en el largo camino de vuelta al pueblo.

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