La luz del día fue penetrando con lentitud por todos
los rincones del departamento. Edward estaba recostado en la cama. Ni siquiera
había intentado dormir, de haberlo hecho hubiera sido por unos cuantos minutos
y aquello no le servía de nada. Se levantó y fue hasta el escritorio. Vio la
luna llena levantándose. Aún en su estado más redondo no podría haberla
confundido por un sol. Tenía un aura única, emanaba una luz distinta.
Se lavó la cara y el cuello. Luego se cambió de ropa.
Después de algunos meses su armario ya empezaba a llenarse de distintas prendas
que había conseguido a su medida en una tienda de la calle Nightshade.
Puso a hervir agua sobre el calentador y preparó té.
Salió al balcón y observó el día aclararse poco a poco. Estaba nervioso, pero
no quería pensar en ello. Tomaría el tren, ya estaba acostumbrado a ello. Había
visto a la niña de la estación un par de veces más. El resto ella dejaba notas
indicando donde tomar el boleto y pidiéndoles a los clientes que dejaran un par
de monedas que consideraran bonitas.
Vio pasar al cartero. Esa mañana no se detuvo en su
casa. No le sorprendía. Lo único que había recibido los pasados meses eran
volantes de las obras que se presentaban en el teatro, al cual no se había
decidido a ir. También recibía invitaciones a los eventos que se organizaban en
el pueblo en honor a las distintas temporadas. En ocasiones, la mayoría, se
trataban de celebrar a un nuevo dios.
Con el conocimiento adquirido en la biblioteca, sabía
que había suficientes dioses para cubrir el año entero, aunque aún no sabía sus
orígenes o historias. Se les celebraba en los cambios de estaciones y a la
mitad de cada uno de ellos. Cuando las temporadas de lluvia daban paso a la
época en que los días duraban más y cuando el cielo claro era reemplazado por
tardes grises y frías.
En la Tierra de Muerte siempre hacía frío, por lo que
el calendario dividía las estaciones en dos. Un otoño muy largo y un invierno
que duraba un poco menos. Por supuesto que dentro de estas dos estaciones había
una época en que las plantas renacían y los días se aclaraban. Pero el único
calor que se percibía en aquél mundo venía de fogatas, calentadores y
chimeneas. Donde fuera que el fuego estuviese presente.
Aún no se había decidido a asistir a ninguna
celebración fuera del pueblo. Se llevaban a cabo en monumentos y ofrendas que
estaban esparcidos entre los bosques y otras partes. La torre de la luna era
uno de ellos y aún así nunca se había decidido a entrar durante sus recorridos
nocturnos por el monte Moontower.
El familiar sonido de alas batiéndose en el aire interrumpió
sus cavilaciones. En lo alto vio una silueta oscura. Un carruaje se dirigía a
su calle. Las pocas personas que pasaban por ahí se pegaron a las bardas de las
casas para dejar el camino libre.
Cuando aterrizó lo primero que pensó es que hacía
mucho tiempo que no veía a Ace. Al caballo que llevaba aquel carruaje lo
reconocía, pero no sabía su nombre.
Leonard bajó del carro. Al advertir que Edward lo
observaba desde el balcón alzó la mano para saludarlo y pedirle que bajara.
—Buen día, compañero —le dijo, estrechándole la mano —. ¿Estás listo?
—¿Alguna vez lo he estado? —respondió el muchacho.
Su amigo rió.
—No es que no me alegre verte, pero ¿qué haces aquí?
—Bueno, hoy no me sentía con ganas de caminar, así que
pensé que no te molestaría si compartimos el viaje —dijo su compañero, dándole
una palmada amistosa en el hombro.
—En lo absoluto. Vamos.
Cuando llegaron a la mansión y bajaron del carruaje,
Edward esperaba poder preguntarle a Wilhelm sobre Ace; pero el hombre no estaba
ahí. Decidió que lo haría al volver a casa.
Ya con el uniforme puesto, el muchacho se dispuso a ir
al puente, pero Leonard lo detuvo.
—Este es un proceso distinto. Ven —le dijo, caminando
en dirección opuesta a donde siempre iban. De pronto Edward recordó sus primeros
días en la mansión. No le gustaba tener que posponer más de lo necesario su
nueva tarea.
Aunque sólo había estudiado el mapa, conocía bien
ciertos caminos. El que estaban recorriendo ahora no era uno de ellos.
—Lo primero que se hace con las almas humanas —explicó
su compañero —, es traer la lista de las personas que te han sido asignadas.
Normalmente es tarea mía hacerlo. Pero quiero que sepas en caso de que me
asignen otra cosa o se me olvide.
—Espero que no suceda lo segundo —respondió Edward con
cierta severidad.
Durante el camino se fueron uniendo a ellos varias
personas. Algunas llevaban abrigo. Otras vestían de forma más casual.
Pronto llegaron a una sala que ya había visto antes.
Estaba repleta de mesas largas con hombres vestidos de túnicas amarillentas. A
diferencia de la primera vez, el lugar estaba abarrotado de recolectores. Iban
y venían entre las mesas y apenas podía pasarse entre ellos.
Leonard le indicó que lo siguiera. Ambos se
apretujaron en el tumulto hasta que pudieron llegar a una de las mesas.
—Blackwells, Edward —comenzó a decir el hombre, sin dirigirse
a nadie en específico —¡Blackwells, Edward!
—Blackwells, Edward —replicó uno de los escribanos,
levantando en el aire dos largos pergamino.
El
muchacho se abrió paso entre los demás asistentes y recolectores hasta poder
alcanzar las listas con la punta de los dedos.
—Salgamos de aquí —indicó Leonard. Una vez afuera la
tranquilidad volvió.
—Vaya. Que lío —dijo Edward, sorprendido.
—Sí. Así es todas las mañanas.
Dejaron atrás la sala de escritura y se dirigieron al
túnel. El momento estaba llegando. Pero, tal cual le había sucedido la primera
vez que debía saltar al abismo, era mejor no pensar en ello y hacerlo.
Edward observó la lista. Los nombres estaban escritos
con tinta roja. Debajo de ellos estaban lo que debían ser coordenadas, como en
las demás listas que había visto antes. Había al menos sesenta nombre escritos.
—No te preocupes, esas sólo son tus asignaciones de la
semana. Tienes ese periodo para cumplirlas. Puedes tardar más, pero el trabajo
se irá acumulando y no creo que quieras eso —le aconsejó su compañero.
Ya frente a la reja, Edward colocó la copia de la
lista en el marco y miró el abismo con preocupación. Se aseguro que tuviera
bien sujeta la hoz. Volteo a ver a Leonard como si fuera a despedirse de él.
—Es cierto lo que te dije. Comenzarás con casos
sencillos, así que no te preocupes demasiado. De verdad creo que lo harás bien
—le dijo con una sonrisa —. Animo.
—Gracias.
—Cuando vuelvas lleva a la persona con el Ojo. Ahí nos
encontraremos. Te ayudaré con el resto del proceso para que sepas que debes
hacer. Pero sólo será hoy. A partir de mañana tendrás que hacerlo tú ¿de
acuerdo?
Se dio cuenta que, si bien no era la primera vez que
cruzaba a la Tierra de mortales solo, era el primer proceso de transición en el
que Leonard no lo acompañaría.
—Sí. Esta bien —respondió, sin lograr disimular los
nervios.
—Bien, hasta entonces.
Su compañero dio la vuelta y se perdió de vista.
Observó a los demás recolectores. Abrían la reja y
saltaban sin pensarlo. Uno de ellos, con el rostro cubierto hasta la nariz, lo
miró e hizo una especie de saludo militar en su dirección. Edward respondió
alzando una mano. El recolector se dejó caer de espaldas hacia al abismo. Debía
intentar eso alguna vez, pero ahora no era el momento, ya tenía suficientes
novedades.
Cerró los ojos y saltó.
La niebla del abismo se disipó con rapidez. Pronto se
encontraba parado junto a una figura humanoide, quieta y silenciosa. Tenía los
brazos extendidos hacia el frente y miraba con permanente melancolía hacia el
cielo. En él brillaba el sol. A pesar de esto el día parecía haber sido
despojado de todo su brillo. En el ambiente reinaba el silencio a excepción de
un murmullo lejano. Más allá de un vasto campo repleto de lápidas, se
encontraba un pequeño grupo de personas, reunidos ante una tumba. Edward se
dirigió, con sigilo, hacia ellos.
Fue extraño, jamás había estado en presencia de
mortales desde su propia muerte. Era como verlos a través de su reflejo en un
lago, como algo que estuviera ahí, pero a la vez no. Para él, ellos eran los
fantasmas.
Sentía su energía emanar de ellos como el calor de una
fogata. Pero en ese caso era gélido, desgarrador, dolía. Comenzó a sentirse
triste, aunque algo en su interior le indicaba que aquél sentimiento no le
pertenecía. Se sobrepuso a ello y recorrió la escena con la mirada.
Un sacerdote leía en voz alta algún pasaje de la
biblia que llevaba en la mano. A su alrededor los presentes sollozaban y se
limitaban a observar el hueco en la tierra que ya había sido cubierto. El
hombre de la sotana bendijo a los presentes y dio por concluido su servicio.
Los más cercanos a la tumba eran un hombre con la
mirada perdida en el rectángulo de tierra, una joven alta de cabello lacio, un
muchacho delgado y un jovencillo.
Edward se acercó a ellos. Emanaban algo distinto al
resto. Sí, también sentían un profundo dolor, pero al mismo tiempo algo cálido,
alivio. Sentían que un largo y penoso ciclo había llegado a su fin. Por
supuesto que no se alegraban de aquello, pero pensaban que, quién quiera que estuviera
en la tumba, ahora estaba en un lugar mejor.
Todas las sensaciones lo embargaron. No sabía como era
posible que supiera todo eso, pero lo sabía. Cerró los ojos en un intento por
tranquilizarse. Eso logró mitigar los sentimientos ajenos.
En aquella nueva serenidad, notó que algo lo llamaba. Estudió
la escena con más cuidado. Ahora que varios de los presentes se estaban retirando,
por fin vio a la mujer que, sentada sobre una lápida, observaba al hombre y a
los muchachos.
Estaba perdida en ellos, como si quisiera que su
imagen se grabara para siempre en su mente. El cabello le serpenteaba con el
viento, al igual que su vestido claro que le daba una apariencia fantasmal.
No fue por eso que supo que era ella a quién debía
dirigirse, sino por el peculiar magnetismo que lo llamaba. Al parecer no lo
había visto.
Tras observarla por unos segundos, reunió toda la tranquilidad
que pudo y se acercó poco a poco.
La mujer no lo vio hasta que estuvo casi a su lado. Sólo
entonces desvió la mirada de su familia y la puso en el extraño hombre vestido
de negro. Lo miró con ojos grandes y suplicantes.
—¿Es usted a quien todos temen? —preguntó ella en un
susurro y la voz quebrada —¿Es la muerte en persona?
—Me temo, mi querida señora, que la muerte es más bien
una circunstancia. Yo vengo en nombre de ella —respondió él.
La mujer rompió a llorar. Edward se quedó pasmado. No
percibió tristeza, más bien tranquilidad, como si un enorme peso hubiera
desaparecido en ella.
Se acercó. Sintió que debía consolarla de alguna forma,
pero no supo que hacer. Los nervios se apoderaron por un segundo, pero se dijo
que debía calmarse.
—Pensé que iba a desvanecerme en el olvido —dijo por
fin entre sollozos —. Pero supongo que ha venido a llevarme a la vida más allá
de ésta.
Él se alegró de saber que decir.
—Así es. Vine para acompañarla.
De nuevo percibió la tranquilidad de la mujer. Los
pensamientos de ella ahora resonaban en su cabeza. Durante el momento crucial
había tenido dudas de que al cerrar los ojos por última vez, podría abrirlos de
nuevo para encontrarse con un nuevo comienzo. Estaba aterrada de no existir
más, de dormir por siempre un descanso sin sueño y sumirse en la oscuridad
eterna.
Pero ahora aparecía un extraño hombre que, como ella, había
dejado el mundo para trascenderlo. Era la prueba final de que existía algo más
allá de lo que había dejado atrás.
—Me alegra tanto que esté aquí —le dijo en un susurro.
Extendió una mano y ciñó la de él con fuerza.
Edward sintió, por primera vez desde su muerte, la
calidez de otra alma humana. Venía de la sincera gratitud que ella sentía. Le
llenaba por completo y todas las tristezas ajenas e inseguridades propias
fueron alejadas de ahí, como un faro en medio de las sombras.
Sólo pudo sonreírle y sujetar su mano. La conexión
estaba hecha. Ahora podía llevarla consigo al mundo de los espíritus.
Ella se dio la vuelta para ver a su familia una vez
más. Ahora sabía que en un tiempo se volverían a reunir. Él pensó en sus padres
y se sintió conmovido.
—¿Cree que podría despedirme de ellos? —le preguntó.
—Por supuesto. Tome el tiempo que crea necesario —la
animó Edward.
De nuevo lo miró con ojos llenos de gratitud. Se
acercó a los cuatro asistentes que habían quedado solos frente a la tumba. Aún
en la lejanía, él podía percibir lo que sentían.
El hombre, ahora comenzaba a sentirse culpable por
sentirse aliviado. Pero ella, acercándose y rodeándole la cintura con sus
brazos, logro hacer que el pensamiento se borrara. No estaba aliviado por la
muerte de su esposa, lo estaba por que la terrible enfermedad que la aquejaba
en vida por fin se había ido. Le dio un beso en la mejilla y le pasó los dedos
por el cabello, al tiempo que el viento hacía lo mismo con los otros tres. La
mujer se acercó a sus hijos. Dio un beso a cada uno de ellos y los miró
pensando que debían ser fuertes, con la promesa de que ella estaría cuidándolos
y protegiéndolos siempre.
Los cuatro se abrazaron. Edward sabía que habían
sentido las caricias de su madre y esposa. Se lo guardarían por un tiempo antes
de hablarlo con el otro, pues temían que aquello sólo fuera provocado por el
deseo de sentir su cercanía una última vez.
Con una última mirada, ella se alejó de su familia.
Levantó el rostro al cielo y fue iluminada por el sol. El brillo del día había
vuelto. Era una mañana muy hermosa.
—Gracias por permitirme ese momento—le dijo a Edward
con voz serena —. Ahora creo que estoy lista para irme.
Él le sonrió, extendió su brazo y se lo ofreció en
apoyo. Ella lo tomó.
La guió por el cementerio hasta una cripta descuidada
que reposaba a la sombra de un árbol muy grande.
Indicó a su acompañante que lo esperara ahí mientras él
abría el portal.
Como había hecho ya muchas veces, alzó la hoz y rasgó
el interior de la puerta. El
espiral de luces apareció ante ellos.
—Comenzaba a preguntarme para que servía eso —dijo
ella entre curiosa y aliviada.
Edward extendió una mano para ayudarla a subir los
escalones de la cripta. Ella volvió a ceñirle el brazo, no quería entrar sola
al portal. Así que ambos lo hicieron al mismo tiempo.
Pronto el resplandeciente caos comenzó a disolverse
para revelar la caída desde el cielo a la torre. La mujer se aferró al brazo de
él y cerró los ojos. La sujetó con fuerza para que se sintiera más segura.
Abrió los ojos en cuanto sintió que estaban en suelo
firme.
—¿Está bien? —inquirió Edward, preocupado.
—Sí, es sólo que fue inesperado.
Él iba a responder, pero se dio cuenta que ella
observaba todo a su alrededor, intrigada por el lugar al que habían llegado.
—¡Que hermoso palacio! —exclamó mirando las molduras y
la pintura en el techo—¿Vive usted aquí?
Edward rió. Le parecía que estaba con una niña pequeña
ahora.
—No, es dónde trabajo. Sé que es muy probable que
tenga muchas dudas. Si viene conmigo será más fácil que lo comprenda.
Ella siguió observando todo mientras salían del
recinto de los vitrales. Prestó especial atención al resto de los recolectores
que llegaban acompañando a otras personas.
El camino hacia el salón del Ojo no era difícil, por
suerte era uno de los que él recordaba bien. De pronto se dio cuenta que no era
el único que se dirigía ahí. Le preocupó que aquello fuera a retrasarlo por el
resto del día. Hasta ese momento no había pensado que él no era el único que
llevaría a alguien ante el Ojo y, por propia experiencia, sabía que aquél
proceso no era fácil ni rápido.
Llegaron a la sala de espera, que en ese momento estaba
lleno de recolectores con sus respectivos acompañantes.
—Impresionante, no es nada de lo que imaginaba —le
dijo ella mirando la gran fila delante de ellos.
—Créame, esto no es nada —respondió él.
Al parecer las personas entraban y salían mucho más
rápido de lo que pensaba. ¿Cómo era eso posible? Recordaba la noche en que
llegó y lo largo que le había parecido el proceso, en especial recorrer su
pasado y decidir que pasaría con él. También recordaba que esa noche la sala
estaba vacía, no había visto otras almas llegar.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó la mujer.
Intentó discernir que era lo que estaba sintiendo,
pero se dio cuenta que ya no podía intuir sus pensamientos ni sensaciones. La
conexión debía romperse una vez que recuperaban sus cuerpos en la Tierra de
muerte.
—Viene la parte en que revisará los acontecimientos
del pasado para decidir su futuro y el lugar a dónde irá.
—¿Quiere decir que no me quedaré aquí?
—No lo sé, puede ser que sí. Pero hay muchas otras
opciones.
Sin embargo se dio cuenta que no había pensado mucho
en ello. Recordaba el lugar donde había visitado a sus padres, pero no podía
asegurar que en verdad hubiera muchos lugares o mundos diferentes. Aunque
tampoco lo dudaba. Lo mejor sería actuar con seguridad y no implantar dudas en
alguien que era por completo nueva a todo aquello. A él no le habría gustado.
Era extraño ver como las personas entraban
desorientadas al salón del Ojo, para salir un minuto más tarde sorprendidos,
felices o, en su mayoría, aún más confundidos. La fila avanzó con rapidez y
pronto llegó su turno.
—Entonces ¿Qué es lo que debo hacer?
—Lo único que hay que hacer es entrar por esta puerta.
Yo estaré aquí esperándola para llevarla a lo que sigue una vez que haya
terminado ahí dentro.
—De acuerdo.
Edward le abrió la puerta. Ella entró cautelosa a la
oscuridad del cuarto. Una vez adentro él puso atención por si lograba escuchar
la voz del Ojo, pero nada pasaba por aquella puerta.
Recordó su primer día ahí. Era increíble que después
de tanto tiempo fuera la primera vez que visitaba esa parte de la mansión. Todo
parecía igual que antes.
Algunas personas se miraban sorprendidas al espejo. A
la mayoría les costaba comprender que eran ellos mismos los que se veían en él.
Se tocaban el rostro y abrían la boca para corroborarlo.
Pensó en que la noche de su llegada había escuchado
murmullos en el espejo. Creyó que se trataba de gente hablando en el cuarto
contiguo. Pero ahora que lo reflexionaba, no creía que fuera posible escuchar
algo a través de las gruesas paredes.
—¿Cómo te fue? —dijo alguien detrás de él. Era
Leonard.
—Excelente, creo que lo hice bastante bien.
—¡Ah! ¿Qué te dije? Me da gusto. Ahora te ayudaré con
lo que sigue para que sepas con exactitud que hacer.
—Me parece que lo sé. Iremos a la sala de los espejos
¿no es así?
—Sí, pero ¿recuerdas lo que debes decir una vez ahí y
cómo colocar la moneda?
El muchacho pensó un momento.
—No, no con exactitud.
Leonard asintió con una sonrisa astuta.
La puerta se abrió. La mujer salió del cuarto,
guardando con gran cautela algo entre las manos. Tenía un semblante alegre y
los ojos le brillaban mucho más que antes.
—Veo que le ha ido bien —le dijo Edward sonriendo.
—Fue una experiencia maravillosa —dijo ella, solemne —.
Lo vi todo, desde el inicio. Apenas puedo creerlo.
La mujer miró a Leonard como esperando a que los
presentaran.
—Oh claro. Él es el señor Sinister. Nos acompañará el
resto del proceso.
—Mucho gusto —respondió él, inclinando la cabeza.
—Un gusto, que nombre tan peculiar tiene. Por cierto,
no recuerdo que usted me haya dicho su nombre —dijo, dirigiéndose al muchacho.
—Que descuidado, discúlpeme. Soy Edward Blackwells, madame —también inclinó la cabeza.
—Edward, vaya, cómo mi hijo más pequeño —sostuvo la
moneda cerca del pecho.
—Bien, será mejor seguir —aseguró Leonard,
interrumpiendo el momento.
La llevaron por los pasillos de la mansión hasta
encontrar el corredor de las puertas con las aldabas elegantes. Se acercaron a
una de ellas para asegurarse que el cuarto estaba disponible. Les llevó tres
intentos, pero al fin encontraron uno.
La mujer se mostró desconfiada ante el panorama. No
podían culparla, aquellos cuartos eran, en su opinión, los más lúgubres en la
mansión y la vista del cráneo que coronaba el espejo quizá no era muy
alentadora.
Pero Edward le aseguró que todo estaría bien, a lo que
ella pareció responder bien. Si ya había llegado tan lejos en su compañía es
porque el hombre era alguien en quien se podía confiar.
Leonard pidió la moneda e indicó al muchacho, con
sutileza, que observara con cuidado lo que estaba por hacer.
El hombre elevó la moneda al cráneo y pidieron permiso
a la deidad de los muertos para cruzar el umbral, tal como lo habían hecho con
Edward la primera vez. Entonces dieron paso a la mujer para que fuera hacia el
espejo, pero ella se dio la vuelta.
—Gracias —dijo a ambos. Se acercó a Edward para
tomarlo de la mano de nuevo y le dio un beso en la mejilla —. En verdad muchas
gracias.
Él quedó atónito por ello y le estrechó la mano también.
—Gracias a usted —le dijo.
Leonard le sonrió con amabilidad y volvió a inclinar
la cabeza.
Ella se acercó al espejo y lo contempló antes de ver
lo que aparecía en el reflejo. Ellos no pudieron ver lo que había en él, pero a
ella se le llenaron los ojos de lágrimas y el rostro se le iluminó. Miró una
vez más atrás, como para confirmar que eso que veía era para ella. Ambos
asintieron, animándola a cruzar el umbral. Las velas sobre el marco del espejo
resplandecieron, iluminando el salón entero a la vez que la mujer entraba.
Después, cuando el proceso terminó, el cuarto quedó en silencio.
—Entonces... ¿qué opinas? —preguntó Leonard ya en el
vestíbulo de la mansión.
—Fue reconfortante —le dijo Edward aún emocionado. Lo
había logrado y se sentía bien con ello.
—Me alegra escucharlo. Aún tienes más por hacer —señaló
el pergamino que sujetaba su compañero.
—Lo sé, pero el primer paso era el más difícil.
—Cierto. En cuanto termines nos vemos donde siempre.
—De acuerdo. Gracias.
Sonrió a su amigo y él le devolvió la sonrisa, para
luego seguir cada uno por su camino.
No supo si era por lo motivado que se sentía, pero el
resto del día le pareció fácil. En cuanto llegaba al lugar comenzaba a sentir
esos extraños impulsos que lo llevaban con las persona que debía acompañar. Su
nueva habilidad de intuir las sensaciones de otros era de gran ayuda para
reconfortarlos y hacerles sentir confianza hacia él. Así se lograba la conexión
y el resto era sencillo.
La mayoría de las personas que visitó fueron ancianos
cuyas muertes no los había sorprendido. Algunos incluso lo esperaban. Encontró
que la reacción de la mayoría era agradecimiento, porque al fin sabían que las
creencias de todo una vida resultaban ciertas, aún si el mínimo ápice de duda
los había invadido durante sus últimos momentos. A Edward se le recibía con
cariño y muestras de afecto. Por supuesto más de uno le había preguntado si él
era la muerte e incluso algunas otras deidades. Pero parecían conformes con la
misma respuesta que daba a todos. Él sólo era un mensajero.
Terminó su turno cuando ya había atardecido. Encontró
a Leonard en el salón y acordaron que esa noche Edward sólo quería ir a casa y
tomar un baño caliente. Aunque le había ido bien, aquél había sido un día algo
pesado, después de todo había visitado al menos diez lugares diferentes entre
cementerios y casas, algunas en lugares del mundo que nunca conocería de no ser
por su actual situación.
Se despidió de su amigo y fue a pedir un carruaje.
Cuando llegó notó a Wilhelm algo cabizbajo.
—Buenas noches —lo saludó alegre.
—Oh Buenas noches, señor Blackwells. No lo vi venir
—respondió con voz agotada.
—No se preocupe. ¿Está todo bien?
—En realidad no, señor. Tenemos un problema con un
colega nuestro.
Sintió que algo estaba mal y tenía una idea de quién
se trataba, pero era mejor confirmarlo antes de hacer más suposiciones, pero
Wilhelm se adelantó a ello.
—Es Ace, señor —le dijo con pesar.
—Oh no, ¿qué sucede?
—Está muy mal desde hace algunos días. Le insistí en
que no debía seguir trabajando por ahora, pero siguió haciéndolo hasta que el
otro día se desplomó allá atrás.
La idea de volver a casa pronto le pareció lejana.
Aunque sólo había visto a Ace un par de veces, había sentido una conexión que en
ese momento no entendía, pero con sus recientes experiencias sabía que aquello
era muy posible.
—¿Cree que pueda verlo?
Wilhelm pareció sorprendido, pero de una buena manera.
—Claro, señor. Venga, por aquí.
Abrió la pequeña reja que separaba el patio del
pórtico y lo llevó a la parte trasera donde varios establos había sido
dispuestos flanqueando las paredes de la mansión.
Los demás caballos parecían inquietos. En uno de los
establos más escondidos sobresalía la parte trasera de un animal que antes había
sido negro como el cielo nocturno, pero ahora exhibía un pelaje grisáceo y
opaco.
Al acercarse Edward, el caballo se movió, parecía
responder a su presencia. Se introdujo en el pequeño espacio en el interior.
Los establos estaban diseñados para ser un lugar de reposo, pero no para que un
caballo viviera en ellos.
Además del pelaje gris, las alas de Ace también
estaban en mal estado, parecían huesos cubiertos con una mortaja vieja. Su
mirada ya no emitía el brillo usual, sus ojos parecían dos canicas lechosas.
—Hola, amigo —dijo Edward intentando no sonar triste,
pero le costaba mucho al verlo en ese estado.
El animal movió las patas como si fuera a levantarse,
pero daba golpecillos torpes y no lograba más que levantar tierra. El muchacho se
acercó más para evitar que se siguiera moviendo, sostuvo su cabeza y se la puso
en el regazo.
Wilhelm los miró a ambos preocupados.
Un par de caballos aparecieron detrás de él y
parecieron indicarle que querían que los siguiera. Así lo hizo el hombre,
dejando a Edward y Ace solos por un instante.
El muchacho continuó hablándole en susurros, tratando
de reconfortarlo. Después de todo lo que había pasado ese día, le pareció
increíble que fuera mucho más sencillo empatizar con el caballo.
Ace alzó la cabeza, sus crines estaban rígidas como
paja. Abrió el hocico como si quisiera hablar, pero no produjo ningún sonido.
Edward pensó en como los perros lamían a sus dueños para mostrarles cariño. En
ese momento Wilhem reapareció en la puerta del pequeño establo.
—Señor, los otros caballos me indican que será mejor
sacarlo de ahí —dijo con solemnidad.
—¿Porqué? ¿No es mejor que esté aquí cubierto?
—Es una petición de sus compañeros, señor. Ayúdeme a
ponerlo aquí fuera.
Edward miró al animal con preocupación. Acarició su
cabeza una vez más y la puso con cariño sobre las hojas secas del suelo. ¿Cómo
iba a cargar a semejante criatura?
Wilhelm tomó las patas traseras y el muchacho las
delanteras. No quería lastimarlo. Pero el caballo resultó ser más ligero de lo
que creían. Ni siquiera opuso resistencia.
Pronto lo tenían extendido en medio de los establos.
El resto de los caballos salieron a su encuentro y lo rodearon. Edward
comprendió lo que quizá estaba sucediendo, pero ¿cómo era posible?
—Creí que estaba muerto —dijo en un murmullo.
—¿Señor? —preguntó el viejo, confundido.
—¿No se supone que todas las criaturas de este mundo
están muertas? Es decir, como nosotros. ¿Es posible que mueran? ¿Es posible que
nosotros...?
—Oh señor. No estás criaturas, no. Ellos provienen de
éste mundo, verá. Por lo tanto aquí nacen... y aquí perecen también.
Era cruel, pensó. En un mundo en el que todo renace no
debía haber enfermedad o muerte. No era justo. En especial en aquellas
criaturas tan majestuosas.
Los caballos se reunieron en un circulo alrededor del
moribundo Ace. Wilhelm y Edward estaban al centro junto con él. Quiso acercarse
para acariciar al animal, pero el viejo le indicó que no lo hiciera. Algo más
estaba sucediendo ahí. Los animales comenzaron a golpear el piso con las
pezuñas y agacharon la cabeza.
Ace daba algunas patadas débiles. Cerró los ojos. El
viento soplaba con fuerza alrededor de ellos, formando un remolino de polvo y
hojas que los aislaron del resto del mundo. Las pesuñas en el piso sonaban con
mucha más fuerza, como tambores de guerra y el viento aullaba, sacudiendo las
crines de los animales y el cabello de los dos hombres que presenciaban la
escena.
Entonces se detuvieron y bajaron las cabezas. El
viento no cesó.
El cuerpo de Ace empezó a deteriorarse ante sus ojos, como
una roca que se fuera desmoronando con una rápida erosión. Cada pedazo de carne
que se desprendía parecía secarse en el acto. Cuando el proceso terminó, en
lugar del caballo había un gran montón de hojas oscuras y secas.
Hasta entonces el viento dejó de soplar y los caballos
levantaron la cabeza. Estaba hecho.
Edward observó las hojas con pesar. Era increíble la
rapidez con la que todo había sucedido. Wilhelm estrujaba su sombrero con
expresión compungida.
Se quedaron unos minutos más, dejando que aquello
tomara su lugar, tratando de entender todo lo que estaba pasando. Ace había
muerto en el lugar donde la muerte misma da vida a todo. Pero entonces ¿Qué
pasaría con él? ¿Qué había de su alma y esencia? Leonard no le había hablado de
ello.
Sería mejor apartarse y dejar que el resto de los
caballos siguieran el ritual en el que estaban. Pero éstos no se movieron. Al
igual que los hombres, seguían expectantes y atentos al lugar donde Ace había
estado segundos antes.
Las hojas secas comenzaron a crujir. Se estaban
desmoronando también. El proceso no había terminado. Algo se movía debajo de
ellas. Tardó un poco en distinguirlo, pero había una criatura ahí. Primero
asomó un mechón de pelo plateado. Le siguieron un par de patitas que quitaban
con torpeza las hojas alrededor. Como un retoño, una pequeña cabeza se asomó,
sacudiéndose. Le siguió un cuerpo alargado y escuálido que tenía un par de
capullos en la espalda. No era más grande que un gato y se movía con torpeza.
Aún tenía los ojos cerrados como los tienen los bebes recién nacidos.
Los caballos sacudieron sus crines y relincharon
felices. Wilhelm tenía los ojos muy abiertos y la boca torcida como si fuera a
sonreír. Edward aún no entendía del todo lo que había pasado. Pero aquella
criatura le pareció muy tierna. Daba tumbos para poder ponerse de pie y cuando
al fin lo lograba sus patas resbalaban y terminaba de nuevo en la cama de hojas
secas de las que había salido.
Abrió los ojos. Lo primero que distinguió fue una
silueta oscura, alta y que tenía toda su atención puesta en él. Era Edward. Fue
hacia el saltando, y dando cabriolas torpes. Para cuando llegó con él le daba
golpecitos con las patas delanteras y emitía pequeños relinchos adorables. El
muchacho lo cargó, se retorcía con alegría.
—¿Qué tal, amiguito? Eres una lindura —le dijo
acariciándole la húmeda nariz.
—Vaya, uno cree saberlo todo ¿no? —Wilhelm seguía
atónito.
Uno de los caballos se acercó a él y le dio unos
golpecillos con la cabeza para llamar su atención. El anciano se acercó para
escuchar lo que tenía que decir.
—Bien, se lo diré. Señor, me informan que Ace ha
desarrollado un lazo muy importante, quizá el más importante de su ciclo.
—¡Ace! Así que sigues siendo el mismo, pequeño —dijo
al potrillo que seguía relinchando en sus brazos.
—Sí. La cosa es que... ahora usted tendrá que cuidar
de él.
Edward se detuvo en seco y miró al hombre con
incredulidad.
—Pero, no sé nada de cuidar caballos.
—Ah no se preocupe, son muy independientes. Sólo debe
asegurarse de que tenga alimento hasta que pueda buscarlo él solo. Lo cual
normalmente sucede cuando desarrollan las alas. Eso es lo que me indican ellos
—explicó señalando a los caballos. No lo había notado, pero ahora todos tenían
su atención puesta en él. Sintió un escalofrío al ver todos los diminutos ojos
oscuros en si dirección.
—Bien, de acuerdo. Parece que ahora somos tú y yo ¿no
es así?
El potrillo soltó un relincho agudo y movió
enérgicamente las crines.
—Vamos, iras conmigo a casa.
Se quitó el saco y lo envolvió con él, pero el animal
estaba tan inquieto que continuaba destapándose.
Al llegar a casa usó algunos de los cojines de la
estancia para hacerle un lugar donde podría descansar. Pretendí meterse a la
tina de agua caliente y estar tranquilo, pero el pequeño Ace jugueteaba y
salpicaba todo. No le importó, pensaba que era el animal más tierno que había
visto nunca. Al final el agua lo relajó y terminó por dormirse en el piso del
baño. Edward contempló el techo y ambos se quedaron ahí por largo rato.
Los último momentos del día lo habían tomado por
completa sorpresa. Pero eso le gustaba, cada día encontraba algo nuevo y algo
que lo mantenía alerta. Lo importante de todo es que había superado algo que él
consideraba como la prueba final. Ahora se sentía invencible, podría hacer lo
que le pidieran, tenía en sus manos todas las herramientas que necesitaba y
ahora que lo tenía todo pocas cosas le presentarían resistencia. La confianza
que sentía en sus habilidades en ambos mundos lo llevaron a pasar los
siguientes meses muy satisfecho con su trabajo. Continuó con los entrenamientos
nocturnos ya que ahora era más difícil hacerlo durante el día en la Tierra de
Mortales. De vez en cuando tenía espacios libres en los que seguía, pero con
sus nuevas ocupaciones sentía que no los requería demasiado.
Durante sus paseos por el pueblo procuraba mantenerse alejado
de los bosques. No creía que hubiera cosas demasiado peligrosas, pero tampoco
creía necesario arriesgarse. No quería que le hicieran daño y en definitiva no
quería hacerle daño a lo que habitaba ahí. Lo más lejos que había llegado eran
los arcos de piedra y a veces, cuando sentía ganas y estaba de humor para
caminar, iba del pueblo a la mansión y de regreso, pasando por el trecho del
bosque que marcaba el límite.
Había explorado la mayoría de las tiendas en la calle
Nightshade dónde pudo adquirir ropa, algunos dulces extraños y de vez en cuando
algún artefacto que le pareciera interesante para ponerlo como decoración en su
departamento. Debía visitar a diario los puestos de fruta dónde exhibían cosas
muy comunes como manzanas y naranjas junto a especies exóticas que no había
visto antes. Ace había desarrollado un especial gusto por algo llamado hidromoras, una fruta con cáscara dura
de color azul brillante que cuando se abría revelaba cientos de granos violeta
de los cuales salía suficiente jugo para llenar una jarra mediana. Era muy
dulce. Al potrillo le gustaba juguetear con ellas antes de morderlas y
comérselas con todo y la cáscara. Solía dejar un rastro de jugo por toda la
casa que Edward después tenía que limpiar.
También se había decidido a ir al teatro. No le
gustaba la idea de hacerlo solo, pero a Leonard no parecía encantarle la idea,
de modo que un día compró su boleto de entrada y disfrutó del espectáculo.
Al salir conversó un rato con un grupo de aficionados
que al parecer sabían mucho del tema. Pero no los trató lo suficiente para
entablar una amistad, sin embargo le había gustado ese rato de charla.
Fue así como el tiempo voló y las tardes brillantes dieron
paso a días lluviosos, para después darle la bienvenida al inicio del segundo
otoño, en el que los árboles perdían la mayoría de sus hojas y las lunas eran
más grandes que de costumbre. Las noches eran más oscuras y el viento soplaba
más frío. Durante la tarde la luna cubría el pueblo con su luz anaranjada,
dándole a todo el aspecto de una fotografía en sepia.
Durante estas épocas la gente parecía más animada que
de costumbre, se percibía un ambiente festivo a donde sea que fuera y Edward
sólo podía adivinar la razón de ello.
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