viernes, 15 de julio de 2016

11- La Primer Alma

La luz del día fue penetrando con lentitud por todos los rincones del departamento. Edward estaba recostado en la cama. Ni siquiera había intentado dormir, de haberlo hecho hubiera sido por unos cuantos minutos y aquello no le servía de nada. Se levantó y fue hasta el escritorio. Vio la luna llena levantándose. Aún en su estado más redondo no podría haberla confundido por un sol. Tenía un aura única, emanaba una luz distinta.
Se lavó la cara y el cuello. Luego se cambió de ropa. Después de algunos meses su armario ya empezaba a llenarse de distintas prendas que había conseguido a su medida en una tienda de la calle Nightshade.
Puso a hervir agua sobre el calentador y preparó té. Salió al balcón y observó el día aclararse poco a poco. Estaba nervioso, pero no quería pensar en ello. Tomaría el tren, ya estaba acostumbrado a ello. Había visto a la niña de la estación un par de veces más. El resto ella dejaba notas indicando donde tomar el boleto y pidiéndoles a los clientes que dejaran un par de monedas que consideraran bonitas.
Vio pasar al cartero. Esa mañana no se detuvo en su casa. No le sorprendía. Lo único que había recibido los pasados meses eran volantes de las obras que se presentaban en el teatro, al cual no se había decidido a ir. También recibía invitaciones a los eventos que se organizaban en el pueblo en honor a las distintas temporadas. En ocasiones, la mayoría, se trataban de celebrar a un nuevo dios.
Con el conocimiento adquirido en la biblioteca, sabía que había suficientes dioses para cubrir el año entero, aunque aún no sabía sus orígenes o historias. Se les celebraba en los cambios de estaciones y a la mitad de cada uno de ellos. Cuando las temporadas de lluvia daban paso a la época en que los días duraban más y cuando el cielo claro era reemplazado por tardes grises y frías.
En la Tierra de Muerte siempre hacía frío, por lo que el calendario dividía las estaciones en dos. Un otoño muy largo y un invierno que duraba un poco menos. Por supuesto que dentro de estas dos estaciones había una época en que las plantas renacían y los días se aclaraban. Pero el único calor que se percibía en aquél mundo venía de fogatas, calentadores y chimeneas. Donde fuera que el fuego estuviese presente.
Aún no se había decidido a asistir a ninguna celebración fuera del pueblo. Se llevaban a cabo en monumentos y ofrendas que estaban esparcidos entre los bosques y otras partes. La torre de la luna era uno de ellos y aún así nunca se había decidido a entrar durante sus recorridos nocturnos por el monte Moontower.
El familiar sonido de alas batiéndose en el aire interrumpió sus cavilaciones. En lo alto vio una silueta oscura. Un carruaje se dirigía a su calle. Las pocas personas que pasaban por ahí se pegaron a las bardas de las casas para dejar el camino libre.
Cuando aterrizó lo primero que pensó es que hacía mucho tiempo que no veía a Ace. Al caballo que llevaba aquel carruaje lo reconocía, pero no sabía su nombre.
Leonard bajó del carro. Al advertir que Edward lo observaba desde el balcón alzó la mano para saludarlo y pedirle que bajara.
—Buen día, compañero —le  dijo, estrechándole la mano —. ¿Estás listo?
—¿Alguna vez lo he estado? —respondió el muchacho.
Su amigo rió.
—No es que no me alegre verte, pero ¿qué haces aquí?
—Bueno, hoy no me sentía con ganas de caminar, así que pensé que no te molestaría si compartimos el viaje —dijo su compañero, dándole una palmada amistosa en el hombro.
—En lo absoluto. Vamos.

Cuando llegaron a la mansión y bajaron del carruaje, Edward esperaba poder preguntarle a Wilhelm sobre Ace; pero el hombre no estaba ahí. Decidió que lo haría al volver a casa.
Ya con el uniforme puesto, el muchacho se dispuso a ir al puente, pero Leonard lo detuvo.
—Este es un proceso distinto. Ven —le dijo, caminando en dirección opuesta a donde siempre iban. De pronto Edward recordó sus primeros días en la mansión. No le gustaba tener que posponer más de lo necesario su nueva tarea.
Aunque sólo había estudiado el mapa, conocía bien ciertos caminos. El que estaban recorriendo ahora no era uno de ellos.
—Lo primero que se hace con las almas humanas —explicó su compañero —, es traer la lista de las personas que te han sido asignadas. Normalmente es tarea mía hacerlo. Pero quiero que sepas en caso de que me asignen otra cosa o se me olvide.
—Espero que no suceda lo segundo —respondió Edward con cierta severidad.
Durante el camino se fueron uniendo a ellos varias personas. Algunas llevaban abrigo. Otras vestían de forma más casual.
Pronto llegaron a una sala que ya había visto antes. Estaba repleta de mesas largas con hombres vestidos de túnicas amarillentas. A diferencia de la primera vez, el lugar estaba abarrotado de recolectores. Iban y venían entre las mesas y apenas podía pasarse entre ellos.
Leonard le indicó que lo siguiera. Ambos se apretujaron en el tumulto hasta que pudieron llegar a una de las mesas.
—Blackwells, Edward —comenzó a decir el hombre, sin dirigirse a nadie en específico —¡Blackwells, Edward!
—Blackwells, Edward —replicó uno de los escribanos, levantando en el aire dos largos pergamino.
 El muchacho se abrió paso entre los demás asistentes y recolectores hasta poder alcanzar las listas con la punta de los dedos.
—Salgamos de aquí —indicó Leonard. Una vez afuera la tranquilidad volvió.
—Vaya. Que lío —dijo Edward, sorprendido.
—Sí. Así es todas las mañanas.
Dejaron atrás la sala de escritura y se dirigieron al túnel. El momento estaba llegando. Pero, tal cual le había sucedido la primera vez que debía saltar al abismo, era mejor no pensar en ello y hacerlo.
Edward observó la lista. Los nombres estaban escritos con tinta roja. Debajo de ellos estaban lo que debían ser coordenadas, como en las demás listas que había visto antes. Había al menos sesenta nombre escritos.
—No te preocupes, esas sólo son tus asignaciones de la semana. Tienes ese periodo para cumplirlas. Puedes tardar más, pero el trabajo se irá acumulando y no creo que quieras eso —le aconsejó su compañero.
Ya frente a la reja, Edward colocó la copia de la lista en el marco y miró el abismo con preocupación. Se aseguro que tuviera bien sujeta la hoz. Volteo a ver a Leonard como si fuera a despedirse de él.
—Es cierto lo que te dije. Comenzarás con casos sencillos, así que no te preocupes demasiado. De verdad creo que lo harás bien —le dijo con una sonrisa —. Animo.
—Gracias.
—Cuando vuelvas lleva a la persona con el Ojo. Ahí nos encontraremos. Te ayudaré con el resto del proceso para que sepas que debes hacer. Pero sólo será hoy. A partir de mañana tendrás que hacerlo tú ¿de acuerdo?
Se dio cuenta que, si bien no era la primera vez que cruzaba a la Tierra de mortales solo, era el primer proceso de transición en el que Leonard no lo acompañaría.
—Sí. Esta bien —respondió, sin lograr disimular los nervios.
—Bien, hasta entonces.
Su compañero dio la vuelta y se perdió de vista.
Observó a los demás recolectores. Abrían la reja y saltaban sin pensarlo. Uno de ellos, con el rostro cubierto hasta la nariz, lo miró e hizo una especie de saludo militar en su dirección. Edward respondió alzando una mano. El recolector se dejó caer de espaldas hacia al abismo. Debía intentar eso alguna vez, pero ahora no era el momento, ya tenía suficientes novedades.
Cerró los ojos y saltó.

La niebla del abismo se disipó con rapidez. Pronto se encontraba parado junto a una figura humanoide, quieta y silenciosa. Tenía los brazos extendidos hacia el frente y miraba con permanente melancolía hacia el cielo. En él brillaba el sol. A pesar de esto el día parecía haber sido despojado de todo su brillo. En el ambiente reinaba el silencio a excepción de un murmullo lejano. Más allá de un vasto campo repleto de lápidas, se encontraba un pequeño grupo de personas, reunidos ante una tumba. Edward se dirigió, con sigilo, hacia ellos.
Fue extraño, jamás había estado en presencia de mortales desde su propia muerte. Era como verlos a través de su reflejo en un lago, como algo que estuviera ahí, pero a la vez no. Para él, ellos eran los fantasmas.
Sentía su energía emanar de ellos como el calor de una fogata. Pero en ese caso era gélido, desgarrador, dolía. Comenzó a sentirse triste, aunque algo en su interior le indicaba que aquél sentimiento no le pertenecía. Se sobrepuso a ello y recorrió la escena con la mirada.
Un sacerdote leía en voz alta algún pasaje de la biblia que llevaba en la mano. A su alrededor los presentes sollozaban y se limitaban a observar el hueco en la tierra que ya había sido cubierto. El hombre de la sotana bendijo a los presentes y dio por concluido su servicio.
Los más cercanos a la tumba eran un hombre con la mirada perdida en el rectángulo de tierra, una joven alta de cabello lacio, un muchacho delgado y un jovencillo.
Edward se acercó a ellos. Emanaban algo distinto al resto. Sí, también sentían un profundo dolor, pero al mismo tiempo algo cálido, alivio. Sentían que un largo y penoso ciclo había llegado a su fin. Por supuesto que no se alegraban de aquello, pero pensaban que, quién quiera que estuviera en la tumba, ahora estaba en un lugar mejor.
Todas las sensaciones lo embargaron. No sabía como era posible que supiera todo eso, pero lo sabía. Cerró los ojos en un intento por tranquilizarse. Eso logró mitigar los sentimientos ajenos.
En aquella nueva serenidad, notó que algo lo llamaba. Estudió la escena con más cuidado. Ahora que varios de los presentes se estaban retirando, por fin vio a la mujer que, sentada sobre una lápida, observaba al hombre y a los muchachos.
Estaba perdida en ellos, como si quisiera que su imagen se grabara para siempre en su mente. El cabello le serpenteaba con el viento, al igual que su vestido claro que le daba una apariencia fantasmal.
No fue por eso que supo que era ella a quién debía dirigirse, sino por el peculiar magnetismo que lo llamaba. Al parecer no lo había visto.
Tras observarla por unos segundos, reunió toda la tranquilidad que pudo y se acercó poco a poco.
La mujer no lo vio hasta que estuvo casi a su lado. Sólo entonces desvió la mirada de su familia y la puso en el extraño hombre vestido de negro. Lo miró con ojos grandes y suplicantes.
—¿Es usted a quien todos temen? —preguntó ella en un susurro y la voz quebrada —¿Es la muerte en persona?
—Me temo, mi querida señora, que la muerte es más bien una circunstancia. Yo vengo en nombre de ella —respondió él.
La mujer rompió a llorar. Edward se quedó pasmado. No percibió tristeza, más bien tranquilidad, como si un enorme peso hubiera desaparecido en ella.
Se acercó. Sintió que debía consolarla de alguna forma, pero no supo que hacer. Los nervios se apoderaron por un segundo, pero se dijo que debía calmarse.
—Pensé que iba a desvanecerme en el olvido —dijo por fin entre sollozos —. Pero supongo que ha venido a llevarme a la vida más allá de ésta.
Él se alegró de saber que decir.
—Así es. Vine para acompañarla.
De nuevo percibió la tranquilidad de la mujer. Los pensamientos de ella ahora resonaban en su cabeza. Durante el momento crucial había tenido dudas de que al cerrar los ojos por última vez, podría abrirlos de nuevo para encontrarse con un nuevo comienzo. Estaba aterrada de no existir más, de dormir por siempre un descanso sin sueño y sumirse en la oscuridad eterna.
Pero ahora aparecía un extraño hombre que, como ella, había dejado el mundo para trascenderlo. Era la prueba final de que existía algo más allá de lo que había dejado atrás.
—Me alegra tanto que esté aquí —le dijo en un susurro. Extendió una mano y ciñó la de él con fuerza.
Edward sintió, por primera vez desde su muerte, la calidez de otra alma humana. Venía de la sincera gratitud que ella sentía. Le llenaba por completo y todas las tristezas ajenas e inseguridades propias fueron alejadas de ahí, como un faro en medio de las sombras.
Sólo pudo sonreírle y sujetar su mano. La conexión estaba hecha. Ahora podía llevarla consigo al mundo de los espíritus.
Ella se dio la vuelta para ver a su familia una vez más. Ahora sabía que en un tiempo se volverían a reunir. Él pensó en sus padres y se sintió conmovido.
—¿Cree que podría despedirme de ellos? —le preguntó.
—Por supuesto. Tome el tiempo que crea necesario —la animó Edward.
De nuevo lo miró con ojos llenos de gratitud. Se acercó a los cuatro asistentes que habían quedado solos frente a la tumba. Aún en la lejanía, él podía percibir lo que sentían.
El hombre, ahora comenzaba a sentirse culpable por sentirse aliviado. Pero ella, acercándose y rodeándole la cintura con sus brazos, logro hacer que el pensamiento se borrara. No estaba aliviado por la muerte de su esposa, lo estaba por que la terrible enfermedad que la aquejaba en vida por fin se había ido. Le dio un beso en la mejilla y le pasó los dedos por el cabello, al tiempo que el viento hacía lo mismo con los otros tres. La mujer se acercó a sus hijos. Dio un beso a cada uno de ellos y los miró pensando que debían ser fuertes, con la promesa de que ella estaría cuidándolos y protegiéndolos siempre.
Los cuatro se abrazaron. Edward sabía que habían sentido las caricias de su madre y esposa. Se lo guardarían por un tiempo antes de hablarlo con el otro, pues temían que aquello sólo fuera provocado por el deseo de sentir su cercanía una última vez.
Con una última mirada, ella se alejó de su familia. Levantó el rostro al cielo y fue iluminada por el sol. El brillo del día había vuelto. Era una mañana muy hermosa.
—Gracias por permitirme ese momento—le dijo a Edward con voz serena —. Ahora creo que estoy lista para irme.
Él le sonrió, extendió su brazo y se lo ofreció en apoyo. Ella lo tomó.
La guió por el cementerio hasta una cripta descuidada que reposaba a la sombra de un árbol muy grande.
Indicó a su acompañante que lo esperara ahí mientras él abría el portal.
Como había hecho ya muchas veces, alzó la hoz y rasgó el  interior de la puerta. El espiral de luces apareció ante ellos.
—Comenzaba a preguntarme para que servía eso —dijo ella entre curiosa y aliviada.
Edward extendió una mano para ayudarla a subir los escalones de la cripta. Ella volvió a ceñirle el brazo, no quería entrar sola al portal. Así que ambos lo hicieron al mismo tiempo.
Pronto el resplandeciente caos comenzó a disolverse para revelar la caída desde el cielo a la torre. La mujer se aferró al brazo de él y cerró los ojos. La sujetó con fuerza para que se sintiera más segura.
Abrió los ojos en cuanto sintió que estaban en suelo firme.
—¿Está bien? —inquirió Edward, preocupado.
—Sí, es sólo que fue inesperado.
Él iba a responder, pero se dio cuenta que ella observaba todo a su alrededor, intrigada por el lugar al que habían llegado.
—¡Que hermoso palacio! —exclamó mirando las molduras y la pintura en el techo—¿Vive usted aquí?
Edward rió. Le parecía que estaba con una niña pequeña ahora.
—No, es dónde trabajo. Sé que es muy probable que tenga muchas dudas. Si viene conmigo será más fácil que lo comprenda.
Ella siguió observando todo mientras salían del recinto de los vitrales. Prestó especial atención al resto de los recolectores que llegaban acompañando a otras personas.
El camino hacia el salón del Ojo no era difícil, por suerte era uno de los que él recordaba bien. De pronto se dio cuenta que no era el único que se dirigía ahí. Le preocupó que aquello fuera a retrasarlo por el resto del día. Hasta ese momento no había pensado que él no era el único que llevaría a alguien ante el Ojo y, por propia experiencia, sabía que aquél proceso no era fácil ni rápido.
Llegaron a la sala de espera, que en ese momento estaba lleno de recolectores con sus respectivos acompañantes.
—Impresionante, no es nada de lo que imaginaba —le dijo ella mirando la gran fila delante de ellos.
—Créame, esto no es nada —respondió él.
Al parecer las personas entraban y salían mucho más rápido de lo que pensaba. ¿Cómo era eso posible? Recordaba la noche en que llegó y lo largo que le había parecido el proceso, en especial recorrer su pasado y decidir que pasaría con él. También recordaba que esa noche la sala estaba vacía, no había visto otras almas llegar.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó la mujer.
Intentó discernir que era lo que estaba sintiendo, pero se dio cuenta que ya no podía intuir sus pensamientos ni sensaciones. La conexión debía romperse una vez que recuperaban sus cuerpos en la Tierra de muerte.
—Viene la parte en que revisará los acontecimientos del pasado para decidir su futuro y el lugar a dónde irá.
—¿Quiere decir que no me quedaré aquí?
—No lo sé, puede ser que sí. Pero hay muchas otras opciones.
Sin embargo se dio cuenta que no había pensado mucho en ello. Recordaba el lugar donde había visitado a sus padres, pero no podía asegurar que en verdad hubiera muchos lugares o mundos diferentes. Aunque tampoco lo dudaba. Lo mejor sería actuar con seguridad y no implantar dudas en alguien que era por completo nueva a todo aquello. A él no le habría gustado.
Era extraño ver como las personas entraban desorientadas al salón del Ojo, para salir un minuto más tarde sorprendidos, felices o, en su mayoría, aún más confundidos. La fila avanzó con rapidez y pronto llegó su turno.
—Entonces ¿Qué es lo que debo hacer?
—Lo único que hay que hacer es entrar por esta puerta. Yo estaré aquí esperándola para llevarla a lo que sigue una vez que haya terminado ahí dentro.
—De acuerdo.
Edward le abrió la puerta. Ella entró cautelosa a la oscuridad del cuarto. Una vez adentro él puso atención por si lograba escuchar la voz del Ojo, pero nada pasaba por aquella puerta.
Recordó su primer día ahí. Era increíble que después de tanto tiempo fuera la primera vez que visitaba esa parte de la mansión. Todo parecía igual que antes.
Algunas personas se miraban sorprendidas al espejo. A la mayoría les costaba comprender que eran ellos mismos los que se veían en él. Se tocaban el rostro y abrían la boca para corroborarlo.
Pensó en que la noche de su llegada había escuchado murmullos en el espejo. Creyó que se trataba de gente hablando en el cuarto contiguo. Pero ahora que lo reflexionaba, no creía que fuera posible escuchar algo a través de las gruesas paredes.
—¿Cómo te fue? —dijo alguien detrás de él. Era Leonard.
—Excelente, creo que lo hice bastante bien.
—¡Ah! ¿Qué te dije? Me da gusto. Ahora te ayudaré con lo que sigue para que sepas con exactitud que hacer.
—Me parece que lo sé. Iremos a la sala de los espejos ¿no es así?
—Sí, pero ¿recuerdas lo que debes decir una vez ahí y cómo colocar la moneda?
El muchacho pensó un momento.
—No, no con exactitud.
Leonard asintió con una sonrisa astuta.
La puerta se abrió. La mujer salió del cuarto, guardando con gran cautela algo entre las manos. Tenía un semblante alegre y los ojos le brillaban mucho más que antes.
—Veo que le ha ido bien —le dijo Edward sonriendo.
—Fue una experiencia maravillosa —dijo ella, solemne —. Lo vi todo, desde el inicio. Apenas puedo creerlo.
La mujer miró a Leonard como esperando a que los presentaran.
—Oh claro. Él es el señor Sinister. Nos acompañará el resto del proceso.
—Mucho gusto —respondió él, inclinando la cabeza.
—Un gusto, que nombre tan peculiar tiene. Por cierto, no recuerdo que usted me haya dicho su nombre —dijo, dirigiéndose al muchacho.
—Que descuidado, discúlpeme. Soy Edward Blackwells, madame —también inclinó la cabeza.
—Edward, vaya, cómo mi hijo más pequeño —sostuvo la moneda cerca del pecho.
—Bien, será mejor seguir —aseguró Leonard, interrumpiendo el momento.
La llevaron por los pasillos de la mansión hasta encontrar el corredor de las puertas con las aldabas elegantes. Se acercaron a una de ellas para asegurarse que el cuarto estaba disponible. Les llevó tres intentos, pero al fin encontraron uno.
La mujer se mostró desconfiada ante el panorama. No podían culparla, aquellos cuartos eran, en su opinión, los más lúgubres en la mansión y la vista del cráneo que coronaba el espejo quizá no era muy alentadora.
Pero Edward le aseguró que todo estaría bien, a lo que ella pareció responder bien. Si ya había llegado tan lejos en su compañía es porque el hombre era alguien en quien se podía confiar.
Leonard pidió la moneda e indicó al muchacho, con sutileza, que observara con cuidado lo que estaba por hacer.
El hombre elevó la moneda al cráneo y pidieron permiso a la deidad de los muertos para cruzar el umbral, tal como lo habían hecho con Edward la primera vez. Entonces dieron paso a la mujer para que fuera hacia el espejo, pero ella se dio la vuelta.
—Gracias —dijo a ambos. Se acercó a Edward para tomarlo de la mano de nuevo y le dio un beso en la mejilla —. En verdad muchas gracias.
Él quedó atónito por ello y le estrechó la mano también.
—Gracias a usted —le dijo.
Leonard le sonrió con amabilidad y volvió a inclinar la cabeza.
Ella se acercó al espejo y lo contempló antes de ver lo que aparecía en el reflejo. Ellos no pudieron ver lo que había en él, pero a ella se le llenaron los ojos de lágrimas y el rostro se le iluminó. Miró una vez más atrás, como para confirmar que eso que veía era para ella. Ambos asintieron, animándola a cruzar el umbral. Las velas sobre el marco del espejo resplandecieron, iluminando el salón entero a la vez que la mujer entraba. Después, cuando el proceso terminó, el cuarto quedó en silencio.
—Entonces... ¿qué opinas? —preguntó Leonard ya en el vestíbulo de la mansión.
—Fue reconfortante —le dijo Edward aún emocionado. Lo había logrado y se sentía bien con ello.
—Me alegra escucharlo. Aún tienes más por hacer —señaló el pergamino que sujetaba su compañero.
—Lo sé, pero el primer paso era el más difícil.
—Cierto. En cuanto termines nos vemos donde siempre.
—De acuerdo. Gracias.
Sonrió a su amigo y él le devolvió la sonrisa, para luego seguir cada uno por su camino.

No supo si era por lo motivado que se sentía, pero el resto del día le pareció fácil. En cuanto llegaba al lugar comenzaba a sentir esos extraños impulsos que lo llevaban con las persona que debía acompañar. Su nueva habilidad de intuir las sensaciones de otros era de gran ayuda para reconfortarlos y hacerles sentir confianza hacia él. Así se lograba la conexión y el resto era sencillo.
La mayoría de las personas que visitó fueron ancianos cuyas muertes no los había sorprendido. Algunos incluso lo esperaban. Encontró que la reacción de la mayoría era agradecimiento, porque al fin sabían que las creencias de todo una vida resultaban ciertas, aún si el mínimo ápice de duda los había invadido durante sus últimos momentos. A Edward se le recibía con cariño y muestras de afecto. Por supuesto más de uno le había preguntado si él era la muerte e incluso algunas otras deidades. Pero parecían conformes con la misma respuesta que daba a todos. Él sólo era un mensajero.

Terminó su turno cuando ya había atardecido. Encontró a Leonard en el salón y acordaron que esa noche Edward sólo quería ir a casa y tomar un baño caliente. Aunque le había ido bien, aquél había sido un día algo pesado, después de todo había visitado al menos diez lugares diferentes entre cementerios y casas, algunas en lugares del mundo que nunca conocería de no ser por su actual situación.
Se despidió de su amigo y fue a pedir un carruaje. Cuando llegó notó a Wilhelm algo cabizbajo.
—Buenas noches —lo saludó alegre.
—Oh Buenas noches, señor Blackwells. No lo vi venir —respondió con voz agotada.
—No se preocupe. ¿Está todo bien?
—En realidad no, señor. Tenemos un problema con un colega nuestro.
Sintió que algo estaba mal y tenía una idea de quién se trataba, pero era mejor confirmarlo antes de hacer más suposiciones, pero Wilhelm se adelantó a ello.
—Es Ace, señor —le dijo con pesar.
—Oh no, ¿qué sucede?
—Está muy mal desde hace algunos días. Le insistí en que no debía seguir trabajando por ahora, pero siguió haciéndolo hasta que el otro día se desplomó allá atrás.
La idea de volver a casa pronto le pareció lejana. Aunque sólo había visto a Ace un par de veces, había sentido una conexión que en ese momento no entendía, pero con sus recientes experiencias sabía que aquello era muy posible.
—¿Cree que pueda verlo?
Wilhelm pareció sorprendido, pero de una buena manera.
—Claro, señor. Venga, por aquí.
Abrió la pequeña reja que separaba el patio del pórtico y lo llevó a la parte trasera donde varios establos había sido dispuestos flanqueando las paredes de la mansión.
Los demás caballos parecían inquietos. En uno de los establos más escondidos sobresalía la parte trasera de un animal que antes había sido negro como el cielo nocturno, pero ahora exhibía un pelaje grisáceo y opaco.
Al acercarse Edward, el caballo se movió, parecía responder a su presencia. Se introdujo en el pequeño espacio en el interior. Los establos estaban diseñados para ser un lugar de reposo, pero no para que un caballo viviera en ellos.
Además del pelaje gris, las alas de Ace también estaban en mal estado, parecían huesos cubiertos con una mortaja vieja. Su mirada ya no emitía el brillo usual, sus ojos parecían dos canicas lechosas.
—Hola, amigo —dijo Edward intentando no sonar triste, pero le costaba mucho al verlo en ese estado.
El animal movió las patas como si fuera a levantarse, pero daba golpecillos torpes y no lograba más que levantar tierra. El muchacho se acercó más para evitar que se siguiera moviendo, sostuvo su cabeza y se la puso en el regazo.
Wilhelm los miró a ambos preocupados.
Un par de caballos aparecieron detrás de él y parecieron indicarle que querían que los siguiera. Así lo hizo el hombre, dejando a Edward y Ace solos por un instante.
El muchacho continuó hablándole en susurros, tratando de reconfortarlo. Después de todo lo que había pasado ese día, le pareció increíble que fuera mucho más sencillo empatizar con el caballo.
Ace alzó la cabeza, sus crines estaban rígidas como paja. Abrió el hocico como si quisiera hablar, pero no produjo ningún sonido. Edward pensó en como los perros lamían a sus dueños para mostrarles cariño. En ese momento Wilhem reapareció en la puerta del pequeño establo.
—Señor, los otros caballos me indican que será mejor sacarlo de ahí —dijo con solemnidad.
—¿Porqué? ¿No es mejor que esté aquí cubierto?
—Es una petición de sus compañeros, señor. Ayúdeme a ponerlo aquí fuera.
Edward miró al animal con preocupación. Acarició su cabeza una vez más y la puso con cariño sobre las hojas secas del suelo. ¿Cómo iba a cargar a semejante criatura?
Wilhelm tomó las patas traseras y el muchacho las delanteras. No quería lastimarlo. Pero el caballo resultó ser más ligero de lo que creían. Ni siquiera opuso resistencia.
Pronto lo tenían extendido en medio de los establos. El resto de los caballos salieron a su encuentro y lo rodearon. Edward comprendió lo que quizá estaba sucediendo, pero ¿cómo era posible?
—Creí que estaba muerto —dijo en un murmullo.
—¿Señor? —preguntó el viejo, confundido.
—¿No se supone que todas las criaturas de este mundo están muertas? Es decir, como nosotros. ¿Es posible que mueran? ¿Es posible que nosotros...?
—Oh señor. No estás criaturas, no. Ellos provienen de éste mundo, verá. Por lo tanto aquí nacen... y aquí perecen también.
Era cruel, pensó. En un mundo en el que todo renace no debía haber enfermedad o muerte. No era justo. En especial en aquellas criaturas tan majestuosas.
Los caballos se reunieron en un circulo alrededor del moribundo Ace. Wilhelm y Edward estaban al centro junto con él. Quiso acercarse para acariciar al animal, pero el viejo le indicó que no lo hiciera. Algo más estaba sucediendo ahí. Los animales comenzaron a golpear el piso con las pezuñas y agacharon la cabeza.
Ace daba algunas patadas débiles. Cerró los ojos. El viento soplaba con fuerza alrededor de ellos, formando un remolino de polvo y hojas que los aislaron del resto del mundo. Las pesuñas en el piso sonaban con mucha más fuerza, como tambores de guerra y el viento aullaba, sacudiendo las crines de los animales y el cabello de los dos hombres que presenciaban la escena.
Entonces se detuvieron y bajaron las cabezas. El viento no cesó.
El cuerpo de Ace empezó a deteriorarse ante sus ojos, como una roca que se fuera desmoronando con una rápida erosión. Cada pedazo de carne que se desprendía parecía secarse en el acto. Cuando el proceso terminó, en lugar del caballo había un gran montón de hojas oscuras y secas.
Hasta entonces el viento dejó de soplar y los caballos levantaron la cabeza. Estaba hecho.
Edward observó las hojas con pesar. Era increíble la rapidez con la que todo había sucedido. Wilhelm estrujaba su sombrero con expresión compungida.
Se quedaron unos minutos más, dejando que aquello tomara su lugar, tratando de entender todo lo que estaba pasando. Ace había muerto en el lugar donde la muerte misma da vida a todo. Pero entonces ¿Qué pasaría con él? ¿Qué había de su alma y esencia? Leonard no le había hablado de ello.
Sería mejor apartarse y dejar que el resto de los caballos siguieran el ritual en el que estaban. Pero éstos no se movieron. Al igual que los hombres, seguían expectantes y atentos al lugar donde Ace había estado segundos antes.
Las hojas secas comenzaron a crujir. Se estaban desmoronando también. El proceso no había terminado. Algo se movía debajo de ellas. Tardó un poco en distinguirlo, pero había una criatura ahí. Primero asomó un mechón de pelo plateado. Le siguieron un par de patitas que quitaban con torpeza las hojas alrededor. Como un retoño, una pequeña cabeza se asomó, sacudiéndose. Le siguió un cuerpo alargado y escuálido que tenía un par de capullos en la espalda. No era más grande que un gato y se movía con torpeza. Aún tenía los ojos cerrados como los tienen los bebes recién nacidos.
Los caballos sacudieron sus crines y relincharon felices. Wilhelm tenía los ojos muy abiertos y la boca torcida como si fuera a sonreír. Edward aún no entendía del todo lo que había pasado. Pero aquella criatura le pareció muy tierna. Daba tumbos para poder ponerse de pie y cuando al fin lo lograba sus patas resbalaban y terminaba de nuevo en la cama de hojas secas de las que había salido.
Abrió los ojos. Lo primero que distinguió fue una silueta oscura, alta y que tenía toda su atención puesta en él. Era Edward. Fue hacia el saltando, y dando cabriolas torpes. Para cuando llegó con él le daba golpecitos con las patas delanteras y emitía pequeños relinchos adorables. El muchacho lo cargó, se retorcía con alegría.
—¿Qué tal, amiguito? Eres una lindura —le dijo acariciándole la húmeda nariz.
—Vaya, uno cree saberlo todo ¿no? —Wilhelm seguía atónito.
Uno de los caballos se acercó a él y le dio unos golpecillos con la cabeza para llamar su atención. El anciano se acercó para escuchar lo que tenía que decir.
—Bien, se lo diré. Señor, me informan que Ace ha desarrollado un lazo muy importante, quizá el más importante de su ciclo.
—¡Ace! Así que sigues siendo el mismo, pequeño —dijo al potrillo que seguía relinchando en sus brazos.
—Sí. La cosa es que... ahora usted tendrá que cuidar de él.
Edward se detuvo en seco y miró al hombre con incredulidad.
—Pero, no sé nada de cuidar caballos.
—Ah no se preocupe, son muy independientes. Sólo debe asegurarse de que tenga alimento hasta que pueda buscarlo él solo. Lo cual normalmente sucede cuando desarrollan las alas. Eso es lo que me indican ellos —explicó señalando a los caballos. No lo había notado, pero ahora todos tenían su atención puesta en él. Sintió un escalofrío al ver todos los diminutos ojos oscuros en si dirección.
—Bien, de acuerdo. Parece que ahora somos tú y yo ¿no es así?
El potrillo soltó un relincho agudo y movió enérgicamente las crines.
—Vamos, iras conmigo a casa.
Se quitó el saco y lo envolvió con él, pero el animal estaba tan inquieto que continuaba destapándose.
Al llegar a casa usó algunos de los cojines de la estancia para hacerle un lugar donde podría descansar. Pretendí meterse a la tina de agua caliente y estar tranquilo, pero el pequeño Ace jugueteaba y salpicaba todo. No le importó, pensaba que era el animal más tierno que había visto nunca. Al final el agua lo relajó y terminó por dormirse en el piso del baño. Edward contempló el techo y ambos se quedaron ahí por largo rato.

Los último momentos del día lo habían tomado por completa sorpresa. Pero eso le gustaba, cada día encontraba algo nuevo y algo que lo mantenía alerta. Lo importante de todo es que había superado algo que él consideraba como la prueba final. Ahora se sentía invencible, podría hacer lo que le pidieran, tenía en sus manos todas las herramientas que necesitaba y ahora que lo tenía todo pocas cosas le presentarían resistencia. La confianza que sentía en sus habilidades en ambos mundos lo llevaron a pasar los siguientes meses muy satisfecho con su trabajo. Continuó con los entrenamientos nocturnos ya que ahora era más difícil hacerlo durante el día en la Tierra de Mortales. De vez en cuando tenía espacios libres en los que seguía, pero con sus nuevas ocupaciones sentía que no los requería demasiado.
Durante sus paseos por el pueblo procuraba mantenerse alejado de los bosques. No creía que hubiera cosas demasiado peligrosas, pero tampoco creía necesario arriesgarse. No quería que le hicieran daño y en definitiva no quería hacerle daño a lo que habitaba ahí. Lo más lejos que había llegado eran los arcos de piedra y a veces, cuando sentía ganas y estaba de humor para caminar, iba del pueblo a la mansión y de regreso, pasando por el trecho del bosque que marcaba el límite.
Había explorado la mayoría de las tiendas en la calle Nightshade dónde pudo adquirir ropa, algunos dulces extraños y de vez en cuando algún artefacto que le pareciera interesante para ponerlo como decoración en su departamento. Debía visitar a diario los puestos de fruta dónde exhibían cosas muy comunes como manzanas y naranjas junto a especies exóticas que no había visto antes. Ace había desarrollado un especial gusto por algo llamado hidromoras, una fruta con cáscara dura de color azul brillante que cuando se abría revelaba cientos de granos violeta de los cuales salía suficiente jugo para llenar una jarra mediana. Era muy dulce. Al potrillo le gustaba juguetear con ellas antes de morderlas y comérselas con todo y la cáscara. Solía dejar un rastro de jugo por toda la casa que Edward después tenía que limpiar.
También se había decidido a ir al teatro. No le gustaba la idea de hacerlo solo, pero a Leonard no parecía encantarle la idea, de modo que un día compró su boleto de entrada y disfrutó del espectáculo.
Al salir conversó un rato con un grupo de aficionados que al parecer sabían mucho del tema. Pero no los trató lo suficiente para entablar una amistad, sin embargo le había gustado ese rato de charla.
Fue así como el tiempo voló y las tardes brillantes dieron paso a días lluviosos, para después darle la bienvenida al inicio del segundo otoño, en el que los árboles perdían la mayoría de sus hojas y las lunas eran más grandes que de costumbre. Las noches eran más oscuras y el viento soplaba más frío. Durante la tarde la luna cubría el pueblo con su luz anaranjada, dándole a todo el aspecto de una fotografía en sepia.
Durante estas épocas la gente parecía más animada que de costumbre, se percibía un ambiente festivo a donde sea que fuera y Edward sólo podía adivinar la razón de ello.

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