El camino de vuelta le pareció mucho más largo. Algunas
de las linternas se habían apagado gracias al viento que soplaba helado. El
frío le calaba hasta lo más profundo. Había partes del sendero que se ocultaban
en las sombras. Un paso en falso y podría desviarse. Los sonidos del bosque
parecieron intensificarse. Aullidos, las últimas hojas del otoño sacudiéndose
en ramas peladas como huesudas manos de cadáveres que parecían querer
alcanzarlo. Pequeñas luces revoloteaban en la oscuridad, no quería pensarlo,
pero sentía diminutos ojos puestos sobre él. El último comentario de Eliza lo
había dejado muy intranquilo. ¿Qué o quién era el espíritu de la noche de
muertos?
Entonces los sonidos se detuvieron. El súbito silencio
lo impregnó todo. Lo único que ahora se escuchaba eran las hojas secas crujir
bajo sus pisadas. Todo aquello le pareció muy familiar. Creyó escuchar pasos
detrás.
—Es mi imaginación, y nada más —se dijo en un
murmullo. Cruzó los brazos y encorvó la espalda. Los pasos se hicieron más
fuertes. Se apresuró, pero el pueblo aún parecía terriblemente lejano. Había
alguien detrás de él. Dio unos cuantos pasos más antes de decidirse a encarar a
quien sea que lo estuviera siguiendo.
Se detuvo en seco y dio la vuelta decidido. El cuerpo
entero se le estremeció con terror. No había nadie ahí, pero su mente le hizo
pensar lo contrario. Estudió sus alrededores. Las luces que pensó como ojos no
eran más que luciérnagas.
—Mi imaginación... y nada más —se repitió con firmeza.
Continuó su caminata por las entrañas del bosque. Estaba siendo un completo
ridículo. ¿De qué tenía miedo? ¿Fantasmas o brujas? ¿Asesinos o ladrones?
Aquello ya no debía afectarlo, estaba muy por encima de todo eso.
El viento volvió desde lo más profundo de la oscuridad,
lo envolvió con sus gélidas garras e hizo revolotear un montón de hojas a su
alrededor. Un remolino de tierra se formó frente a él. Las linternas a su
alrededor se apagaron, excepto por una. La llama de ésta tembló. El humo del
resto comenzó a unirse dentro del remolino. De entre aquel revoltijo emergió
una figura alargada. Usaba un sombrero puntiagudo y un abrigo ceñido a su
esquelético torso. En donde el rostro debía estar no había más que un oscuro
vacío. Parecía un espantapájaros roto. Con cada movimiento que hacía en su
interior se escuchaba el crujir de ramas podridas. Extendió una mano larga y
peluda como una tarántula.
A Edward le hubiera gustado cubrirse los ojos y salir
corriendo de ahí. En lugar de eso se quedó parado, helado y muerto de miedo.
—Ofrenda —gruñó desde el hueco entre el sombrero y el
cuello del abrigo. Era como si intentara hablar mientras aspiraba por la boca.
El muchacho se quedó muy quieto en su lugar, sin decir nada.
—¡Ofrenda! —repitió la cosa, sacudiendo los horribles
dedos arácnidos.
—No tengo nada — dijo con un hilo de voz.
Ambos quedaron en completo silencio. Dos ojos blancos
resplandecientes aparecieron en el rostro de la criatura y junto con ellos una
larga boca llena de dientes desiguales y torcidos. Los separó, emitiendo una
pavoroso aullido gutural. El viento a su alrededor gruñó furioso junto con él.
Edward quiso correr pero las piernas no le respondieron. Se quedó mirando aquel
terrorífico espectáculo sin poder despegar los ojos.
Fue entonces que algo lo empujó por la espalda y lo
levanto por las piernas. Estaba flotando. Alejándose a gran velocidad de la
criatura. De entre su traje algo salió y voló por el aire. El objeto rodó hasta
los pies del alargado personaje. Éste se agachó y la espalda pareció romperse
en el proceso. Tomó la cosa redonda y la admiró. Era la calavera de azúcar que
los payasos habían obsequiado a Edward.
Complacido, se la llevó a la boca y le arrancó un buen
pedazo de un solo mordisco. Levantó la mano como despidiéndose, mientras el
viento lo desvanecía tan rápido como había aparecido antes.
Hasta entonces el muchacho se dio cuenta que eso que
lo estaba cargando era Ace. Galopaba veloz hacia los monolitos de piedra. Por
fin habían llegado al pueblo.
—Gracias, amigo —le dijo, aliviado y aún confuso,
aferrándose a su cuello.
Una vez recuperando la compostura y de vuelta en la civilización,
Edward y Ace se hicieron camino entre las calles y casas aledañas a la plaza.
El muchacho seguía perturbado por su encuentro, así que se dispuso a buscar a
Leonard para despedirse y volver a casa. Habían sido suficientes emociones por
una noche.
El barullo de la multitud llegaba hasta ellos,
amortiguado por los ecos de las callejuelas. La fiesta continuaba y era
probable que siguiera así por varias horas más.
En el cielo las lunas aún seguían unidas, pero las
luces a su alrededor se atenuaban, indicando que el ritual pronto llegaría a su
fin.
Alcanzaron la calle que conectaba con la torre del
reloj. Por ahí podrían pasar sin problemas aunque hubiera gente merodeando
fuera de las aceras.
A lo lejos vio un grupo de gente que iban en su
dirección. Algunos estaban cubiertos por capas de viaje. Se dirigían a la
mansión y detrás de ellos venía Leonard, rezagándose. No se le veía en buen
estado.
—¡Ey! —lo llamó Edward. El hombre miró a su alrededor
confundido. Le pareció extraño que no advirtiera al caballo en medio de la
calle —¡Leonard!
—Edward, mi amigo. ¿Dónde demonios estabas? —dijo
tambaleándose y arrastrando las palabras. Después pareció recordar algo —.
¡Claro! ¡La chica! ¿Qué hiciste, galán? Te vi, la llevaste al bosque ¿no es
cierto? Muy inteligente —Le guiñó un ojo.
—¿Qué estás...? ¡No! Sólo estaba acompañándola a casa
—exclamó, molesto.
—¡Bah! No tienes que ocultarme nada. Somos amigos, ¿no?
—Basta, estás terrible. Vamos, te llevaré a casa.
—No, no, no, absolutamente no puedo. Pues verás, su
majestad me ha encomendado que guíe a estas pobres almas en su camino al otro
lado. Los portales se van a cerrar pronto y no queremos que nadie quede
atrapado ¿verdad?
El grupo de viajeros ya se había adelantado mucho,
casi llegaban a los límites del pueblo.
—Para como estás no creo que sea buena idea. Deja que
yo me encargue.
Bajó de Ace y fue caminando detrás del grupo mientras
Leonard lo seguía dando tumbos. Cuando estuvieron en el tramo del bosque sintió
escalofríos. No quería volver a encontrarse con la criatura o con nada que
estuviera muy fuera de lo común. Por fortuna llegaron pronto a los terrenos de
la mansión.
El edificio tenía un aura muy diferente de noche.
Parecía más siniestra, como un castillo o una catedral abandonada. Subieron por
las escaleras hasta que su amigo lo detuvo. Puso una mano pesada en su hombro.
Tenía un aspecto angustiado, con una sombra poco usual en el rostro.
—Escucha, amigo —habló con sinceridad en la voz —.
Espero que puedas perdonarme. Te ruego que no piense mal de mi.
Edward sintió tristeza al verlo. No era su culpa,
tenía sus motivos para sentirse así. Era obvio que intentaba ocultar sus
sentimientos detrás de la dureza que siempre aparentaba. Pero ahora, en aquel
estado, afloraba lo que yacía debajo de su gruesa piel.
—Oye, tranquilo. No pasa nada. Está bien —lo calmó —.
Yo entiendo. Creo que estás pasando por algo difícil, pero sé que no eres una
mala persona.
El hombre lo miró aliviado. Dio unas palmadas en los
hombros al muchacho y sonrió.
—Gracias. Creo que ya puedo encargarme de esto. Me
siento mejor.
—¿En verdad? Aún puedo hacerlo yo.
—No, no te preocupes, ve a casa. Pero antes, ¿podrías
hacerme un favor?
—Claro, ¿qué necesitas?
—Bien, hace un rato salí de prisa y tiré una de mis
listas por aquí. Creo que cayó debajo de las escaleras. ¿Te molestaría buscarla
por mi?
Edward miró por el muro de piedra. La caída no era muy
alta y todo estaba muy oscuro, pero no iba a negarse a un favor tan simple.
—Esta bien. La buscaré. ¿Seguro que no necesitas que
te lleve a casa?
—No, no. Estaré bien. Ya debo irme.
El grupo había desaparecido y con seguridad ya estaban
a las puertas de la mansión.
—De acuerdo, nos vemos pronto —se despidió el muchacho
y vio a su amigo alejarse. Aunque aún se tambaleaba un poco, parecía que podría
llegar sin problemas.
—¿Me esperarías aquí? —preguntó a Ace, quien asintió.
Le dio unas palmadas y saltó el muro.
La base de la escalera era una extraña mezcla entre
rocas y grandes vigas de madera. Desde arriba no parecía que hubiera mucho
espacio para perder el pergamino, pero abajo había cientos de huecos y fisuras
donde podría haber caído. Por supuesto la falta de luz no ayudaba en nada.
Pasó varios minutos buscando pero no logró mucho. Le
pareció ver un pedazo de madera derrumbada puesta sobre algo que parecía una
puerta. Aunque lo que menos quería esa noche era explorar. Resolvió volver
temprano al día siguiente para buscar la lista con luz de día, seguro que sería
más fácil encontrarla.
—¿Ace? ¿Estás ahí? —llamó, pero el caballo no
respondió. Escuchó sus cascos golpear contra la piedra a lo lejos. Había ido a
perseguir algo.
Agotado y harto escaló las vigas, intentando alcanzar
una roca sobresaliente del muro para subir por él. Logró llegar hasta una, puso
su pie sobre una de las vigas. Lo siguiente que supo fue que la roca se
desmoronó entre sus dedos. La madera crujió bajo su peso y se quebró. Dio con
las rodillas en el piso de tierra y cayó de espaldas a la puerta oculta. Se
quedó sentado ahí tratando de comprender que había pasado, pero entonces algo
más sucumbió bajo su peso y comenzó a caer por una superficie rígida. Rodó a
gran velocidad hasta impactar contra un muro. De inmediato se levantó
adolorido. Los huesos de la espalda y el cuello crujieron al levantarse.
Aquello por lo que había rodado eran escaleras. Estaba en lo que parecía ser
otro de los túneles subterráneos de la mansión.
¿Ahora qué? Pensó con
amargura. Para su satisfacción, la lista de Leonard estaba a sus pies. Debió
haber estado oculta en la oscuridad todo ese tiempo. Se agachó para recogerla mientras
su esqueleto entero se estremecía.
Le pareció escuchar un murmullo detrás de él. Se quedó
en silencio.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —dijo el eco de una voz muy
tenue, apenas se le escuchaba. En contra de todo deseo siguió por el pasillo
hasta encontrar una alta puerta de madera al final.
—¿Hola? —llamó. Su voz volvió a él desde el fondo.
—¡Ayúdame! —gritó el eco detrás de la puerta.
Se acercó con cautela. La puerta era similar a la de
la torre de Darkus. La madera parecía quemada detrás de un diseño de hierro
forjado. En ella también se veían cráneos, alas y otros motivos comunes en la
mansión. Pero éstos de alguna forma se percibían más rígidos y siniestros.
Pegó el oído al helado metal. La voz llamó de nuevo
desde el interior.
Implorando que nada fuera a saltar o aparecer de
sorpresa, tomó la manija y abrió la puerta con precaución. Lanzó un temible chirrido
que lo hizo sobresaltarse. El interior parecía tranquilo, aunque sumido en sombras.
Pero sus ojos se habían adaptado bien a la oscuridad y podía ver mucho mejor,
casi con claridad.
Era una bodega llena de objetos abandonados, algunos
cubiertos con telas, otros con una gruesa capa de polvo y telarañas. La mayoría
eran alargados. Las paredes estaban repletas de marcos de distintas formas,
también cubiertos. Parecía tratarse de pinturas o retratos. Por pequeñas
rendijas cerca del techo se colaban rayos de luna azulados, iluminando
parcialmente el salón.
—¿Hola? —dijo de nuevo. Su voz volvió a responder.
—¡Ayúdame! ¡Te lo imploro! ¡Ayúdame! —la voz sonaba
apagada por algo. Por un segundo la confundió con su propio eco.
—¿Dónde estás? No puedo verte.
—Sigue adelante. Encontrarás un objeto grande cubierto
por una cortina negra —dijo con desesperación.
Edward continuó el recorrido hasta toparse con lo que
le había sido descrito. Era el más grande de los objetos en el cuarto y el
único oculto bajo una tela oscura.
—Eso es, descúbrelo —le indicó la voz, implorante.
Tomó la cortina y tiró de ella con fuerza. Cayó al
piso, levantando una gran nube de polvo. Su primera impresión fue la de un
dragón adormecido y enroscado en un lecho empotrado en la pared. Dio un salto
hacia atrás. El objeto tenía púas largas, era metálico, como plata que hubiera estado
presente en un incendio, ennegrecida por el humo. Varias enredaderas gruesas se
enroscaban para darle vuelta a lo que parecía un abismo sin fondo. Era un
espejo y las enredaderas formaban el marco. Sin embargo en su interior nada se
reflejaba, ni el cuarto ni él mismo, al menos no con claridad.
—¿Estás ahí?
Nadie respondió.
Una mano blanca se fue formando detrás del cristal. A
ella le siguió el brazo y torso de un hombre. Conforme el cuerpo iba apareciendo,
se cubría de un vapor oscuro que formaba una túnica negra a su alrededor. Por
último apareció un rostro, pálido como porcelana con las cuencas de los ojos
vacías y una expresión inmóvil.
—¡Sí! ¡Aquí estoy! —dijo con desesperación que poco a
poco se convirtió en alivio —No puedo creerlo, por fin alguien vino. Después de
tantos años. Al fin.
Edward lo observó con curiosidad. Su boca no se movía
mientras hablaba. Lo que llevaba era una máscara.
—¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?
—Estoy atrapado, debes ayúdame por favor. No tienes
idea de cómo es este lugar —la voz del hombre estaba distorsionada, como si
fueran varias voces. Edward sintió escalofríos.
—¿Qué lugar es ese? —preguntó
—Un lugar terrible dónde lo único que existe es dolor,
sombras y odio. La misma existencia en éste lugar es dolorosa. No sé cuánto más
pueda soportarlo —se lamentó el fantasmagórico personaje.
—¿Cómo es que llegaste ahí?
El silencio se hizo presente. Si había ojos detrás de
la máscara, estaban clavados en el muchacho, lo hacían sentirse incómodo y
asustado. Era obvio que intentaba discernir si podía confiar en él.
—Me aprisionaron aquí— respondió por fin —. Pero juro
que no soy culpable. Mi único crimen fue saber cosas que no se suponía que
supiera.
De nuevo silencio. Edward no estaba seguro querer
involucrarse en aquello.
—¿Quién fue? —preguntó, aún así. Aunque tuvo la
sensación de que pronto iba a arrepentirse.
—Antes de que te cuente más, debo saber que puedo
confiar en ti. ¿Trabajas en la sociedad? —inquirió el hombre.
—Sí.
—¿Cuál es tu trabajo?
—Soy recolector.
—Entonces conoces a Darkus Grim.
—Así es.
—¿Confías en él? ¿Le jurarías lealtad?
De nuevo aquella cuestión. Vino a su mente todo lo que
Leonard le había dicho. Pero no podía dejar de pensar que en realidad no sabía
nada de él. Las pocas veces que lo había tratado no eran suficientes para
juzgar aquello. Los empleados lo apreciaban, eso era un hecho. Excepto, claro,
por Leonard. Pero eso no indicaba que fuera una persona confiable. Si algo
indicaba era que tenía un buen trato con la gente. Pero los buenos tratos podían
ir en función de otras intenciones.
—No lo conozco lo suficiente para poner mi confianza
en él. Y mi lealtad la juré a mi profesión, no a una persona—dijo por fin.
El hombre en el espejo bajó la cabeza, pensativo.
—Lo que voy a decirte no se lo puedes contar a nadie. También
deberás guardar el secreto de mi existencia, ¿entiendes? —aunque se había
calmado, en su voz había algo que imploraba ser escuchado. Lo que estaba a
punto de contar llevaba años reprimido y necesitaba salir.
—Entiendo —asintió Edward.
—De acuerdo. Escucha con atención. También solía ser
un recolector. Estuve en Gloom Town por mucho tiempo hasta que puse mi
confianza en la persona equivocada. Verás, yo era mucho más que un recolector.
Era la mano derecha de Darkus. Me confiaba trabajos que a nadie más mencionaba.
Muchas de las cosas que ahora das por hecho fueron ideas mías. Por supuesto que
ya no escucharás sobre eso. Él se llevó todo el crédito y todas mis esperanzas.
El muchacho sintió un peso terrible sobre él. ¿Podría
ser que Leonard hubiera tenido la razón todo este tiempo?
—¿Él? ¿Darkus Grim? —inquirió, incrédulo aún.
—Él mismo. No debes creer en lo que dice. Aparenta ser
un hombre de bien pero por dentro se esconde algo peligroso y vil. Todos
ustedes recolectores sólo son peones en su juego. Un juego que está por ganar
en cualquier momento. Sucumbir ante él es entregar la libertad, la voluntad, tu
ser entero a una causa egoísta e injusta.
Edward se sintió asustado, perdido y un poco ofendido.
Se preguntó si acaso había estado del lado incorrecto todo el tiempo. Pero,
como bien lo había dicho antes, no estaba apoyando a ningún lado. Lo que hacía
lo hacía porque era bueno en ello, no porque Darkus se lo mandara.
—Lo único que él busca es un beneficio personal
—continuo el hombre —. No cometas el error de pensar que ve por el bien común.
Tiene un plan y si nadie hace nada al respecto lo llevará a cabo.
—¿Qué clase de plan? ¿Qué es lo que está buscando?
—El poder absoluto sobre las Tierras de Muerte.
—Pero eso ya lo tiene.
—¡No, muchacho! ¡Piénsalo! Es director de la sociedad
y tiene influencia en el pueblo, sí. Pero lo que él quiere es mantenerlo todo
bajo su imperio. Quiere decidir quienes entran y quienes no en estas tierras. ¡Está
dispuesto a abandonar miles de almas en el mundo mortal! ¡Quiere el control de
todo lo que conoces y crees! Incluso de los dioses mismos.
—Pero... ¿Es eso posible?
—Lo es si tienes el poder que él posee. Es obvio que
no lo demuestra para no asustar a quienes lo rodean, pero lo he visto. Tiene un
poder que pocos logramos imaginar. Y a pesar de todo quiere más. Es lo terrible
del poder ¿sabes? Una vez que tienes un poco ya no quieres dejarlo y buscas
más, a costa de lo que sea. Así tenga que esclavizarlos uno por uno con sus
propias garras.
—¿Si tiene ese poder porqué no lo ha usado?
—Porque no es tonto. Quiere que la gente vaya hacia él.
Se los está ganando poco a poco. Pronto estarán todos comiendo de su mano y lo
peor es que ni siquiera lo notarán. Ya ha empezado, cuando tomó el puesto de
director y juró proteger el pueblo. Ahora todos lo creen un santo. Yo no lo
creí, vi más allá de su fachada y mira lo que me hizo.
Por un lado todo eso sonaba terrible. De ser cierto
todos en la sociedad corrían algún peligro. Mantuvieron un momento de silencio.
Edward intentó asimilar todo aquello. Por supuesto que Darkus era misterioso,
pero eso no lo hacía el tirano que el hombre estaba describiendo. Aunque
pensándolo bien ¿cómo podía estar seguro?. Quizá él y Leonard tenían razón,
quizá los demás estaban cegados por la actitud de su director. Pero por el otro
lado...
—¿Cómo sé que todo esto es cierto? —preguntó el
muchacho sin apartar los ojos de la pálida máscara.
—Ya te lo he dicho, estuve ahí. Conozco sus planes
casi a la perfección. Nunca se lo dijo a nadie más que a mi y cuando intenté persuadirlo
de no desviar su propósito me aprisionó aquí, en éste horrible lugar.
—Sí, comprendo esa parte. Pero ¿cómo sé que es verdad?
Es decir, ¿cómo sé que no eres peligroso y sólo quieres que te ayude a escapar?
—Edward mostró una gran firmeza en su actitud, una que ni él mismo estaba
acostumbrado a ver en sí.
—No quiero que me ayudes a escapar. Estoy más allá de
cualquier esperanza —dijo el hombre bajando la voz. Posó la mano sobre el
espejo como si fuera a tocarlo y ésta atravesó el cristal. Edward dio un paso
atrás, pero la mano del hombre comenzó a crepitar como lo hubiera hecho un
trozo de papel en llamas. De ella salió humo y comenzó a desvanecerse. El
hombre detrás del cristal se retorcía de dolor. Introdujo de nuevo la mano y la
cubrió con su túnica.
—Puedo salir de aquí, pero si lo intentara dejaría de
existir.
—De acuerdo. Pero eso no me asegura que puedo confiar
en ti.
—¡No seas necio, muchacho! Si no me escuchas perderás
todo lo que tienes. Gloom Town como lo conoces dejará de existir. Todo por lo
que has luchado, todo lo que hayas logrado en este mundo servirá de muy poco
cuando seas un esclavo más del hombre para el que trabajas. No tendrás libertad
y la eternidad es mucho tiempo para no ser libre.
Volvieron a quedar en silencio. Eran demasiadas cosas.
Edward comenzó a sentirse exhausto y de muy mal humor.
—Suponiendo que todo fuera cierto. ¿Qué planeas hacer
al respecto? Ya que no puedes salir —lo cuestionó.
—Tengo un plan, algo que he estado maquinando desde
que llegué aquí. Pero no puedo hacerlo si no me ayudas. Necesito ojos en tu
mundo y tú podrías hacerlo si estás dispuesto a creerme. Darkus tiene poder,
sí. Pero Gloom Town oculta un poder que nos ayudaría a vencerlo. Por favor,
imploro tu ayuda.
—No lo sé. Necesito pensarlo.
—¡No hay tiempo! —gritó muy exaltado.
—Quizá no, pero aún así debo meditarlo —exigió con
firmeza —. Aún hay cosas que debo aclarar. Por ahora debo irme. Ya tuve
suficiente por esta noche.
—Al menos promete que lo pensarás.
—Creo que ya dije que lo haría.
—Bien. De verdad espero que aclares tu mente. Las
cosas no están para consideraciones.
Edward permaneció en silencio. Se agachó para tomar la
cortina oscura y volver a cubrir el espejo.
—¡No! No lo cubras.
—¿Pero que tal si alguien viene?
—Ya te lo dije, nadie ha estado aquí en años. Darkus
se encargó de aislarme de todo para siempre. No sé cómo es que llegaste tú.
Pero me alegra que así fuera.
El muchacho pensó en explicarle el accidente, pero
decidió que sólo quería salir de ahí.
—Por cierto. No me has dicho tu nombre —lo detuvo el
hombre. El otro se tomó un tiempo antes de responder.
—Soy Edward Blackwells.
—Mucho gusto, Edward. Yo soy Lucius D’arque —dijo con
una repentina formalidad —. Espero verte pronto y recuerda, no le menciones
esto a nadie. Nunca estuviste aquí.
Edward se limitó a asentir con la cabeza. Dejó la
cortina, tomó la lista de Leonard y se dirigió a la puerta.
—¡Gracias! Por cierto —gritó Lucius desde el otro lado
del salón.
—¿Por qué? —respondió él, cansado.
—Por escucharme.
Salió sin decir más y cerró la puerta detrás de él.
Era muy pesada. Subió las escaleras y tuvo que agacharse para salir por el
hueco por el que había caído. Pensó en abrir la puerta oculta pero decidió que
así el lugar se mantendría en secreto por más tiempo.
Cuando salió fue deslumbrado por la luz de la luna
llena. La otra luna bajaba con lentitud por el lado opuesto al que se había
elevado. Las luces en el cielo habían desaparecido.
Miró con pesar el muro. Para su fortuna Ace estaba en
la escalera, buscándolo. Lo llamó, el caballo bajó y ambos volaron hacia el
cielo nocturno. Había muchas cosas que considerar, pensar y aclarar, pero por
ahora lo único que quería era irse a casa. No sabía cuantas sorpresas o sustos
más podría soportar esa noche.
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