jueves, 14 de julio de 2016

3- La Sociedad de Recolectores

Como si se tratara del telón de un teatro, las puertas revelaron una escena un tanto confusa de un espectáculo, ya de por sí, desconcertante. Lo primero que Edward percibió fue un vestíbulo amplio, iluminado cálidamente por un gran candelabro de hierro que pendía del techo abovedado. No estaba seguro si se trataba del recibidor de un ostentoso castillo o el de una magnífica residencia digna del más exigente aristócrata. Cualquiera que fuera el caso, los días de gloria de aquel lugar habían dejado su huella y se habían marchado hacía mucho tiempo. La cámara entera estaba cubierta por una fina capa de polvo, destiñendo cualquier color brillante que alguna vez hubiera alegrado la vista. El tapiz estaba lleno de rasgaduras y se desprendía de las paredes, como viejas heridas de batalla que ya habían cicatrizado. Las balaustradas de las amplias escaleras que se escurrían por los costados estaban opacas, casi grises, al igual que los elaborados paneles de madera que adornaban los muros. A todo esto se le añadían polvorientas cortinas de terciopelo oscuro, que bien podrían tratarse de mortajas.
Aunque aquella visión no era particularmente reconfortante, Edward se dio cuenta de un vago sentimiento hogareño, algo que le indicaba que el lugar no era desagradable en lo absoluto.
En el balcón que daba la vuelta al recibidor, dando acceso a otros cuartos de la mansión, se movían figuras oscuras y sigilosas como sombras. Algunas cargaban con una hoz a sus espaldas, otras llevaban pergaminos amarillentos en las manos o grandes sacos llenos de ellos.
—¿Quiénes son todos ellos? —inquirió Edward sin dejar de observar el lugar de lado a lado.
—Recolectores, mensajeros, guías. Todos y cada uno empleados de nuestra gran sociedad —respondió Leonard sin dejar de caminar —. Por favor no se quede atrás.
Edward se dio cuenta de que su compañero ya se había adelantado y apresuró el paso para alcanzarlo a la mitad de una de las escaleras.
—¿Qué es exactamente este lugar? ¿A dónde vamos? — el muchacho de pronto se sintió como un niño curioso y temió que quizá pudiera exasperar de nuevo a su acompañante.
—¿A escuchado hablar de que al momento de morir, su vida entera pasa frente a sus ojos?— contestó el hombre sin perder la calma.
—Sí, alguna vez escuché sobre eso.
—Pues no sucede al momento de morir, sino después y no se trata de su vida entera, solamente los fragmentos significativos.
—¿Entonces va a mostrarme mi vida?
—Yo no.
—¿Quién lo hará?
—Lo descubrirá en unos momentos.
Su recorrido continuó por un pasillo amplio que exhibía la misma decadencia del vestíbulo, pero al mismo tiempo aquella sensación agradable, aunque desconcertante. Se cruzaron con más de aquellas figuras cubiertas en capas negras. Algunas llevaban el rostro descubierto y les sonreían amablemente, otros iban cubiertos en su totalidad, excepto por los ojos. Las lámparas, empotradas a las paredes, emitían un fulgor anaranjado intermitente que causaba un peculiar contraste con la luz azulada que se colaba por los ventanales.
—¿Le molestaría si hago otra pregunta? —Edward no quería ser molesto, pero todo a su alrededor era nuevo y no podía evitar contenerse. Le pareció que la boca de Leonard se torcía en una sonrisa involuntaria.
—Adelante, le responderé lo que pueda —dijo con un tono más amable.
—¿Qué es lo que hacen aquí?
—Somos una sociedad dedicada a hacer más fácil la transición de las personas entre la vida y la muerte. Los recolectores viajan entre mundos para traer aquí las almas de los muertos, donde examinarán lo más relevante de su vida y dependiendo de ello veremos que pasa después —recitó aquellas palabras como si las hubiera leído en algún manual—. Pero ellos no son los únicos, hay quienes desempeñamos otra clase de funciones necesarias. En mi caso es llevar mensaje importantes que se refieran a casos irregulares en las listas; así fue como me enteré de su situación.
—Entonces, ¿se suponía que alguien debía traerme aquí en el momento en que... morí? —La idea aún no terminaba de adaptarse en su cabeza.
—Así es, pero algo debió suceder. Aún no me explico como es que no apareció en la lista.
—¿Cómo fue que llegué al bosque?
Leonard se detuvo tan inesperadamente que Edward chocó contra él.
—Sabe, esa es una excelente pregunta... esas cosas no suelen suceder.
—¿Qué significa eso?
—Significa que... —quedó pensativo por un instante y después continuó su camino —, significa que tiene una pregunta más que yo no puedo responder, aunque estoy seguro que él podrá.
—¿Quién es él?
—Está por enterarse, ya llegamos —Leonard señaló una gran puerta adornada con un ojo muy estilizado grabado en ella. La perilla rechinó y la puerta se abrió perezosamente. —Pase, por favor —agregó, cediéndole el paso.

Ambos entraron a una sala amplia, con sillones, libreros y una pequeña mesa de centro. El cuarto carecía de ventanas y exhibía solamente dos puertas: aquella por la que habían entrado y otra en el extremo opuesto de la habitación.
—Tome asiento, señor Blackwells —dijo Leonard indicándole un sillón individual algo desvencijado. Edward se acercó y escuchó la madera rechinar bajo su peso —. Enseguida volveré para explicarle todo... aunque creo que ya cubrí gran parte. De cualquier manera debo asegurarme de que está listo. —Y sin dar más explicación desapareció detrás de la misteriosa puerta, dejándolo completamente a solas.
Una vez más se encontraba a merced de su mente que sin duda le haría llegar cientos de preguntas y ninguna respuesta, así como miles de pensamientos con respecto a lo que estaba sucediendo. Lo primero que se preguntó fue: ¿cuánto tiempo había pasado desde que había despertado en el bosque?
Desde que morí pensó con un escalofrío. Antes de que otros pensamientos intentaran ganar la prioridad en su cerebro, sacó su reloj de bolsillo. Las manecillas aún indicaban que eran las nueve en punto. De modo que, o en el mundo de los muertos el tiempo no existía o su reloj simplemente había dejado de funcionar. Decidió que la segunda opción era mejor idea y se cubrió el rostro con las manos. Mientras trataba de ordenar su mente en silencio, algo se introdujo poco a poco en sus pensamientos. Un sonido bajo pero muy perceptible, el caminar de una manecilla. Alzó el rostro y pudo notar un reloj en la pared que había pasado desapercibido en su primera inspección del cuarto. Se levantó del sillón (que emitió un quejido) y pudo ver con claridad que el reloj indicaba que eran las dos y veinticinco. Después de todo el tiempo si existía ahí.
Advirtió cierta sorpresa al no sentirse agotado, al menos no físicamente, aunque suponía que haber estado inconciente por las pasadas horas probablemente le habría concedido un poco de descanso. Luego recordó que estaba muerto, así que probablemente su cuerpo ya no necesitaría dormir del todo.
Era gracioso aquello de estar muerto, gracioso porque era muy similar a estar vivo. No podía atravesar paredes y no flotaba como los fantasmas de sus libros. Sin embargo, a pesar de no haber probado alimento ni bebida en muchas horas, no sentía hambre ni sed, ni siquiera tenía la garganta seca. Aún respiraba con normalidad, pero si dejaba de hacerlo por un rato no sucedía nada. De hecho descubrió que podía exhalar todo el aire en sus pulmones y no sentía aquella horrible desesperación por respirar, pero tampoco podía hablar.
Estar muerto no era nada similar a lo que imaginaba aunque, si era sincero, no había pensado demasiado en ello. De vez en cuando, al leer historias de fantasmas, se imaginaba como sería el estar muerto. No obstante, cuando su padre le contaba acerca de su madre, las cosas cambiaban, pues a ella no la imaginaba como un fantasma, sino como un ángel.
Una repentina idea le hizo sobresaltarse, sus padres también estaban muertos, ¿acaso se encontraría con ellos?, ¿habían pasado ellos por ahí también?
Comenzó a dar vueltas por la habitación, preguntándose si quizá Leonard sabría sobre ellos. Sus pensamientos fueron interrumpidos por una visión inesperada. Primero pensó que había alguien más con él en la sala y luego se dio cuenta que no era así. Un Edward pálido como la cera y con profundas ojeras le devolvía la mirada desde un espejo que, al parecer, también había pasado por alto. Notó que su ropa parecía haberse decolorado y ahora hacía juego con el deteriorado tapiz y las polvorientas cortinas del vestíbulo. El resto de él no había cambiado en lo absoluto. Se acercó un poco más al espejo y advirtió un ligero murmullo que parecía venir de la habitación contigua. No podía entender lo que decía, pero sin duda alguien estaba hablando en voz muy baja y entre más se acercaba, el murmullo parecía provenir del espejo mismo.
—¿Qué hace? —preguntó la ya familiar voz de Leonard al descubrir a Edward con el oído casi pegado al espejo. El muchacho se apartó sobresaltado.
—Oh...eh...yo...no vi que había vuelto, me pareció... escuchar algo en...
—Bueno, no importa —lo interrumpió —. ¿Está listo?
—¿Para qué?
—Ya se lo expliqué. Entrará a esta habitación y...
—Claro, examinar mi vida, lo siento.
—No se disculpe, entiendo que todo sea nuevo para usted, todos pasamos por esto —Leonard abrió la puerta y le indicó que entrará.
—Lo cual me recuerda, me gustaría hacerle una última pregunta, si es posible
—Claro, ¿qué quiere saber? —Leonard volvió a sonreír involuntariamente
—Se trata de mis padres... en realidad mi madre murió cuando yo nací, pero mi padre murió hace poco y... me preguntaba si quizá usted los habría visto, o al menos a él. — La mirada del hombre fue de completa confusión como si no esperara esa clase de pregunta, después quedó unos segundos pensativo.
—Muchas personas llegan y pasan por aquí todos los días, señor Blackwells. Si su padre estuvo aquí, no sabría decirle con exactitud cuando ni en que circunstancias... lo lamento. —En sus ojos pudo notar verdadera comprensión.
 —No lo lamente, debí saber que no fue el único en pasar por aquí. —Edward sintió cierta decepción y se dispuso a entrar en la habitación. Leonard lo detuvo justo antes de entrar.
—Probablemente él pueda ayudarlo —dijo señalando con la cabeza el interior y sin más, se dirigió a la puerta por la que habían entrado antes y salió.
Edward se quedó solo una vez más.

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