Como si se tratara del telón de un teatro, las puertas
revelaron una escena un tanto confusa de un espectáculo, ya de por sí,
desconcertante. Lo primero que Edward percibió fue un vestíbulo amplio,
iluminado cálidamente por un gran candelabro de hierro que pendía del techo
abovedado. No estaba seguro si se trataba del recibidor de un ostentoso
castillo o el de una magnífica residencia digna del más exigente aristócrata.
Cualquiera que fuera el caso, los días de gloria de aquel lugar habían dejado
su huella y se habían marchado hacía mucho tiempo. La cámara entera estaba
cubierta por una fina capa de polvo, destiñendo cualquier color brillante que
alguna vez hubiera alegrado la vista. El tapiz estaba lleno de rasgaduras y se
desprendía de las paredes, como viejas heridas de batalla que ya habían
cicatrizado. Las balaustradas de las amplias escaleras que se escurrían por los
costados estaban opacas, casi grises, al igual que los elaborados paneles de
madera que adornaban los muros. A todo esto se le añadían polvorientas cortinas
de terciopelo oscuro, que bien podrían tratarse de mortajas.
Aunque aquella visión no era particularmente
reconfortante, Edward se dio cuenta de un vago sentimiento hogareño, algo que
le indicaba que el lugar no era desagradable en lo absoluto.
En el balcón que daba la vuelta al recibidor, dando
acceso a otros cuartos de la mansión, se movían figuras oscuras y sigilosas
como sombras. Algunas cargaban con una hoz a sus espaldas, otras llevaban
pergaminos amarillentos en las manos o grandes sacos llenos de ellos.
—¿Quiénes son todos ellos? —inquirió Edward sin dejar
de observar el lugar de lado a lado.
—Recolectores, mensajeros, guías. Todos y cada uno
empleados de nuestra gran sociedad —respondió Leonard sin dejar de caminar —.
Por favor no se quede atrás.
Edward se dio cuenta de que su compañero ya se había
adelantado y apresuró el paso para alcanzarlo a la mitad de una de las
escaleras.
—¿Qué es exactamente este lugar? ¿A dónde vamos? — el
muchacho de pronto se sintió como un niño curioso y temió que quizá pudiera
exasperar de nuevo a su acompañante.
—¿A escuchado hablar de que al momento de morir, su
vida entera pasa frente a sus ojos?— contestó el hombre sin perder la calma.
—Sí, alguna vez escuché sobre eso.
—Pues no sucede al momento de morir, sino después y no
se trata de su vida entera, solamente los fragmentos significativos.
—¿Entonces va a mostrarme mi vida?
—Yo no.
—¿Quién lo hará?
—Lo descubrirá en unos momentos.
Su recorrido continuó por un pasillo amplio que
exhibía la misma decadencia del vestíbulo, pero al mismo tiempo aquella
sensación agradable, aunque desconcertante. Se cruzaron con más de aquellas
figuras cubiertas en capas negras. Algunas llevaban el rostro descubierto y les
sonreían amablemente, otros iban cubiertos en su totalidad, excepto por los
ojos. Las lámparas, empotradas a las paredes, emitían un fulgor anaranjado
intermitente que causaba un peculiar contraste con la luz azulada que se colaba
por los ventanales.
—¿Le molestaría si hago otra pregunta? —Edward no quería
ser molesto, pero todo a su alrededor era nuevo y no podía evitar contenerse.
Le pareció que la boca de Leonard se torcía en una sonrisa involuntaria.
—Adelante, le responderé lo que pueda —dijo con un
tono más amable.
—¿Qué es lo que hacen aquí?
—Somos una sociedad dedicada a hacer más fácil la
transición de las personas entre la vida y la muerte. Los recolectores viajan
entre mundos para traer aquí las almas de los muertos, donde examinarán lo más
relevante de su vida y dependiendo de ello veremos que pasa después —recitó
aquellas palabras como si las hubiera leído en algún manual—. Pero ellos no son
los únicos, hay quienes desempeñamos otra clase de funciones necesarias. En mi
caso es llevar mensaje importantes que se refieran a casos irregulares en las
listas; así fue como me enteré de su situación.
—Entonces, ¿se suponía que alguien debía traerme aquí
en el momento en que... morí? —La idea aún no terminaba de adaptarse en su
cabeza.
—Así es, pero algo debió suceder. Aún no me explico
como es que no apareció en la lista.
—¿Cómo fue que llegué al bosque?
Leonard se detuvo tan inesperadamente que Edward chocó
contra él.
—Sabe, esa es una excelente pregunta... esas cosas no
suelen suceder.
—¿Qué significa eso?
—Significa que... —quedó pensativo por un instante y
después continuó su camino —, significa que tiene una pregunta más que yo no
puedo responder, aunque estoy seguro que él podrá.
—¿Quién es él?
—Está por enterarse, ya llegamos —Leonard señaló una
gran puerta adornada con un ojo muy estilizado grabado en ella. La perilla
rechinó y la puerta se abrió perezosamente. —Pase, por favor —agregó,
cediéndole el paso.
Ambos entraron a una sala amplia, con sillones,
libreros y una pequeña mesa de centro. El cuarto carecía de ventanas y exhibía
solamente dos puertas: aquella por la que habían entrado y otra en el extremo
opuesto de la habitación.
—Tome asiento, señor Blackwells —dijo Leonard
indicándole un sillón individual algo desvencijado. Edward se acercó y escuchó
la madera rechinar bajo su peso —. Enseguida volveré para explicarle todo...
aunque creo que ya cubrí gran parte. De cualquier manera debo asegurarme de que
está listo. —Y sin dar más explicación desapareció detrás de la misteriosa
puerta, dejándolo completamente a solas.
Una vez más se encontraba a merced de su mente que sin
duda le haría llegar cientos de preguntas y ninguna respuesta, así como miles
de pensamientos con respecto a lo que estaba sucediendo. Lo primero que se
preguntó fue: ¿cuánto tiempo había pasado desde que había despertado en el
bosque?
Desde que morí pensó con un
escalofrío. Antes de que otros pensamientos intentaran ganar la prioridad en su
cerebro, sacó su reloj de bolsillo. Las manecillas aún indicaban que eran las
nueve en punto. De modo que, o en el mundo de los muertos el tiempo no existía
o su reloj simplemente había dejado de funcionar. Decidió que la segunda opción
era mejor idea y se cubrió el rostro con las manos. Mientras trataba de ordenar
su mente en silencio, algo se introdujo poco a poco en sus pensamientos. Un
sonido bajo pero muy perceptible, el caminar de una manecilla. Alzó el rostro y
pudo notar un reloj en la pared que había pasado desapercibido en su primera
inspección del cuarto. Se levantó del sillón (que emitió un quejido) y pudo ver
con claridad que el reloj indicaba que eran las dos y veinticinco. Después de
todo el tiempo si existía ahí.
Advirtió cierta sorpresa al no sentirse agotado, al
menos no físicamente, aunque suponía que haber estado inconciente por las
pasadas horas probablemente le habría concedido un poco de descanso. Luego
recordó que estaba muerto, así que probablemente su cuerpo ya no necesitaría
dormir del todo.
Era gracioso aquello de estar muerto, gracioso porque
era muy similar a estar vivo. No podía atravesar paredes y no flotaba como los
fantasmas de sus libros. Sin embargo, a pesar de no haber probado alimento ni
bebida en muchas horas, no sentía hambre ni sed, ni siquiera tenía la garganta
seca. Aún respiraba con normalidad, pero si dejaba de hacerlo por un rato no
sucedía nada. De hecho descubrió que podía exhalar todo el aire en sus pulmones
y no sentía aquella horrible desesperación por respirar, pero tampoco podía
hablar.
Estar muerto no era nada similar a lo que imaginaba
aunque, si era sincero, no había pensado demasiado en ello. De vez en cuando,
al leer historias de fantasmas, se imaginaba como sería el estar muerto. No
obstante, cuando su padre le contaba acerca de su madre, las cosas cambiaban,
pues a ella no la imaginaba como un fantasma, sino como un ángel.
Una repentina idea le hizo sobresaltarse, sus padres
también estaban muertos, ¿acaso se encontraría con ellos?, ¿habían pasado ellos
por ahí también?
Comenzó a dar vueltas por la habitación, preguntándose
si quizá Leonard sabría sobre ellos. Sus pensamientos fueron interrumpidos por
una visión inesperada. Primero pensó que había alguien más con él en la sala y
luego se dio cuenta que no era así. Un Edward pálido como la cera y con
profundas ojeras le devolvía la mirada desde un espejo que, al parecer, también
había pasado por alto. Notó que su ropa parecía haberse decolorado y ahora
hacía juego con el deteriorado tapiz y las polvorientas cortinas del vestíbulo.
El resto de él no había cambiado en lo absoluto. Se acercó un poco más al
espejo y advirtió un ligero murmullo que parecía venir de la habitación
contigua. No podía entender lo que decía, pero sin duda alguien estaba hablando
en voz muy baja y entre más se acercaba, el murmullo parecía provenir del
espejo mismo.
—¿Qué hace? —preguntó la ya familiar voz de Leonard al
descubrir a Edward con el oído casi pegado al espejo. El muchacho se apartó
sobresaltado.
—Oh...eh...yo...no vi que había vuelto, me pareció...
escuchar algo en...
—Bueno, no importa —lo interrumpió —. ¿Está listo?
—¿Para qué?
—Ya se lo expliqué. Entrará a esta habitación y...
—Claro, examinar mi vida, lo siento.
—No se disculpe, entiendo que todo sea nuevo para
usted, todos pasamos por esto —Leonard abrió la puerta y le indicó que entrará.
—Lo cual me recuerda, me gustaría hacerle una última
pregunta, si es posible
—Claro, ¿qué quiere saber? —Leonard volvió a sonreír
involuntariamente
—Se trata de mis padres... en realidad mi madre murió
cuando yo nací, pero mi padre murió hace poco y... me preguntaba si quizá usted
los habría visto, o al menos a él. — La mirada del hombre fue de completa
confusión como si no esperara esa clase de pregunta, después quedó unos
segundos pensativo.
—Muchas personas llegan y pasan por aquí todos los
días, señor Blackwells. Si su padre estuvo aquí, no sabría decirle con
exactitud cuando ni en que circunstancias... lo lamento. —En sus ojos pudo
notar verdadera comprensión.
—No lo
lamente, debí saber que no fue el único en pasar por aquí. —Edward sintió
cierta decepción y se dispuso a entrar en la habitación. Leonard lo detuvo
justo antes de entrar.
—Probablemente él pueda ayudarlo —dijo señalando con
la cabeza el interior y sin más, se dirigió a la puerta por la que habían
entrado antes y salió.
Edward se quedó solo una vez
más.
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