jueves, 14 de julio de 2016

4- El Ojo


La puerta crujió suavemente mientras se abría, en el interior sólo había oscuridad y nada más. Entró sigilosamente y dudo antes de cerrar la puerta.
¿Estás muerto, que más puede pasarte? pensó mientras sentía cierto temor de quedarse a oscuras. Cerró la puerta lentamente y todo rastro de luz desapareció, dejándolo en completo desconcierto. Pasaron algunos momentos y una voz resonó en todo el cuarto dando la impresión de que estaban en una iglesia. Edward se sobresaltó.
—Buenas noches Edward —dijo cortésmente la extraña y profunda voz.
—Buenas noches —respondió él aclarándose la garganta.
—¿Cómo estás? —preguntó la voz.
—No sabría decirlo con exactitud, confundido y algo asustado supongo —dijo Edward sintiéndose un poco ridículo —. Vaya lugar, si que me ha impresionado.
—Te puedo asegurar que no será lo único que verás. De hecho este es solamente el comienzo de un viaje muy largo que te espera, conocerás y harás cosas que nunca imaginaste posibles.
—Pero... ¿cómo puedo comenzar un viaje si ni siquiera pude terminar el anterior? —le dijo Edward con un poco de tristeza en la voz —. No puedo evitar pensar en lo que dejé atrás.
—Tienes dos opciones, mi amigo: Vivir en el pasado y tomar la muerte como una maldición o puedes ocuparte de tu futuro y ver esto como una nueva oportunidad de comenzar. Yo te sugiero la segunda opción, pues puedo ver que tienes un gran futuro por delante y depende de ti aprovecharlo o lamentarlo. —la voz sonaba como si tuviera plena confianza en lo que acababa de decir.
—¿Cómo está tan seguro?
—¿Acaso no te dijeron quién soy?
—Él no dijo mucho al respecto
—Ya veo, a veces Leonard es un poco distraído, pero no es mala persona. Creo que es hora de que nos conozcamos —la voz adquirió un tono reflexivo.
Un haz de luz comenzó a surgir del techo, derramándose poco a poco sobre una extraña figura. La luz reveló una escultura que representaba a un ojo, el cuál remitió a Edward a jeroglíficos egipcios que había visto alguna vez en un libro. Se encontraba en un soporte parecido al de un globo terráqueo lleno de tuercas y engranes que giraban con lentitud, rechinando ocasionalmente. El muchacho pensó en el interior de su reloj de bolsillo. La curiosa figura se posaba en una pequeña mesa de hierro. El globo ocular estaba tallado en lo que parecía ser mármol y la pupila constaba de un espiral plateado grabado en el mármol y girando lentamente al compás de los engranes.
—Mucho gusto, Edward Blackwells —dijo la misma misteriosa voz que seguía sin presentar un lugar de origen definido.
—¿Dónde estás? —preguntó Edward mirando alrededor, donde solamente había oscuridad.
—Justo frente a ti.
Observó la figura por un momento y se acercó unos pasos más hasta quedar a menos de medio metro de la mesa de hierro. La idea de que la escultura le estuviera hablando era ridícula e imposible, tanto como la idea de que un caballo alado pasara volando sobre su cabeza o que un dragón de piedra les hubiera dado acceso a una mansión que se encontraba en medio de la nada donde la gente iba a parar al morir. Más absurdo que la idea de que hacía unas horas había tenido una discusión con su mejor amigo y más tarde había despertado tendido en un bosque a la mitad de la noche.
—¿Qué eres? —preguntó intrigado, mirando el hipnotizante ritmo de los engranes.
—Mejor pregúntame quién fui  —dijo la escultura en tono teatral.
—¿Quién fuiste?
—Verás, hace mucho yo era un gran alquimista y hechicero, cartógrafo, científico y muchas otras cosas más. Un buen día inventé está maquina que ves aquí, ¿puedes adivinar para qué servía?
—No realmente —respondió Edward después de dar varios vistazos al mecanismo.
—Servía para comunicarse con las almas de los muertos y ver más profundamente en ellos, para así ayudarlos a resolver sus asuntos pendientes. Pero resultó que mi maquina requería de algo único para funcionar correctamente.
—¿Tu vida?
—Casi. Mi alma en realidad. Solamente un alma humana impulsaría propiamente el mecanismo. Siendo yo el único que conocía cómo funcionaba pues, se podría decir que ofrecí la vida por mi gran descubrimiento. Cuando ellos llegaron para llevarme, les expliqué cual era mi función y me trajeron aquí. No fue ninguna coincidencia que necesitaran a alguien que tuviera la habilidad de ver en lo profundo de las almas justo cuando yo morí, por eso estoy aquí. Voy a mostrarte lo que fue tu vida, al menos los momentos más importantes y con esto decidiremos que será de ti. —El espiral de la pupila comenzó a girar con rapidez.
—Un momento… ¿decidiremos? —preguntó Edward un poco desorientado
—No creas que soy el único que debe tomar la decisión. Tú me dirás que es lo que piensas, tu opinión también cuenta.
Edward comenzaba a recordar que cuando era muy pequeño, solían darle lecciones acerca de Dios y el paraíso, solían decirle que después de haber muerto tendría que pasar por un juicio para determinar si iría al cielo o al infierno, por eso debía ser bueno en vida. Sin embargo esto no era nada parecido a un juicio, y aquellas lecciones jamás le habían hablado del mundo de los muertos ni de nada de lo que había visto esa noche. Si era totalmente honesto consigo, al llegar a la pubertad había comenzado a cuestionarse si todo lo que le habían dicho sus maestros, entre otras figuras autoritarias, era del todo cierto.
Una brillante luz salió disparada del espiral del ojo e interrumpió abruptamente sus pensamientos. El impacto le provocó caer de espaldas. La oscuridad que lo rodeaba comenzaba a dispersarse lentamente.
—Prepárate, va a ser un viaje largo al pasado. —la voz del ojo resonaba en su cabeza mientras la oscuridad se difuminaba, dando inicio a un viaje muy poco común.

—31 de Octubre de 1840 —dijo la grave voz del Ojo —. Un día muy importante, me parece que tú mejor que nadie sabe por qué.
—El día en que nací —dijo Edward levantándose.
La escena, que ya se había aclarado por completo, reveló una habitación, una habitación que él conocía muy bien. Era su cuarto de juegos, pero en aquel momento no había juguetes ni libros de cuentos, por el contrario, se percibía un ambiente gris, triste y un poco lúgubre, en seguida supo porque. Vio a una mujer acostada en una cama muy pequeña, una mujer que reconoció gracias al retrato que su padre siempre llevaba en su reloj de bolsillo. Un hombre joven, muy parecido a Edward, estaba a su lado sosteniendo una blanca y temblorosa mano. La mujer estaba pálida con un tono casi gris, estaba empapada en sudor y con los ojos medio abiertos. Por la ventana podía verse que era de noche.
—No dejare que te vayas, tienes que ver a nuestro hijo, por favor, quédate —le decía desesperado el hombre mientras apretaba con fuerza su mano.
—No…puedo, no…puedo más —decía ella con voz muy débil y temblorosa.
—¡Por favor, no…no te vayas, no podemos vivir sin ti! —sollozaba él con voz profunda y a punto de quebrarse —. Debes verlo, vas a verlo, esto pasará pronto, y vas a estar bien.
Ella casi no podía hablar. Otro hombre entró a la habitación con un pequeño bulto envuelto en sabanas y se lo dio a ella, quien lo tomó entre sus brazos cariñosamente aunque parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano.
—Oh…pequeño Edward, es…tan hermoso —dijo sin aliento. Besó al bebé en la frente y se lo dio a su esposo, quien lo miró por algunos momentos, después lo abrazó y también le besó la frente. Pasaron algunos instantes de silencio y por fin ella dijo —te amo Maximilian, con todo mi corazón, no lo olvides, y siempre dile a mi pequeño hijo que lo veré crecer desde donde esté... siempre los amare a los dos. —Sus ojos se cerraron y su mano cayó a un costado de la cama. La paz le llenaba el rostro, no parecía que hubiera sufrido y en sus labios se esbozaba una ligera sonrisa. Su esposo comenzó a llorar mientras abrazaba al bebé, se inclinó y la beso, llenándole el rostro con sus lágrimas.
—Oh Eleonore... te amo —dijo finalmente con voz trémula.
Con esto la escena comenzó a desvanecerse y Edward sintió una lagrima caer por su mejilla.
—Tu madre murió más joven de lo que tú eres ahora. Pero al menos pudo verte y tenerte en sus brazos unos momentos, los suficientes para estar segura que podría irse en paz y con una sonrisa —dijo el Ojo con voz tranquila.
Edward pensaba en lo mucho que extrañaba a su madre a pesar de jamás haberla conocido. Su padre le contaba lo maravillosa que había sido, como se habían encontrado un cálido día de verano en un parque y a partir de ese momento no se separaron ni un segundo. Cuando Maximilian Blackwells le contaba estas historias, miraba melancólico el retrato de su esposa y sonreía, dejando salir una lagrima de vez en cuando. Pero Edward sabía que no era un lamento, sino la alegría de haber podido compartir parte de su vida con la mujer que más amó y con su más preciado regalo, que ahora estaba sentado en su regazo escuchando atentamente el relato. Pero aquello parecía tan lejano ahora y Edward se sintió triste.
—¿La conociste? —preguntó pensativo.
—Sí, una verdadera dama. Los ama, a tu padre y a ti, mucho —respondió el Ojo y al muchacho le dio la impresión de que estaba sonriendo, pero tan sólo en su imaginación, ya que aunque hubiera estado presente, estaba seguro de que aquella escultura no tenía boca ni expresión.
—¿Qué pasó con ella?
—Cumplió su promesa, te observó hasta que estuvo segura de que eras un buen muchacho y que tu padre podría cuidarte. Se aseguró de que siempre tuvieran un lugar para vivir y que nunca les faltara comida. Cuando estuvo segura que lo lograrían decidió descansar, se fue en paz. Es una mujer realmente amable, Edward.
Él se sintió aliviado de escuchar esto. En las últimas horas su mente se había estado preparando para un cambio completo de la percepción del mundo. Vida después de la muerte, ángeles guardianes, quizá todo aquello no era tan extraño y alejado de su realidad. De cierta forma él jamás lo había cuestionado, así que probablemente el cambio se había adaptado más fácilmente a él, que a muchas otras personas que tuvieran aquella experiencia.
La habitación, casi imperceptiblemente se había convertido en su cuarto de juegos, lleno de juguetes y un amplio estante repleto de libros de cuentos y rimas. Una mujer de mediana edad se balanceaba lentamente en una mecedora, con un pequeño niño en su regazo, mientras le leía, con voz dulce, uno de los libros del estante. Inmediatamente la escena cambió. Ahora un niño más grande estaba sentado en la mecedora. Frente a él un hombre de unos cincuenta años, alto, con pelo gris, barba blanca, y lentes, leyendo en voz alta un libro grueso y pesado que tenía en la mano. El niño de diez años lo escuchaba con poco entusiasmo.
—¿Recuerdas a estas personas? —preguntó el Ojo.
—¡Pero claro que los recuerdo! Ella era mi nana, la señorita Morgan y él es mi tutor, el señor Gray. Era un hombre bueno y siempre me escuchaba. No importaba si la lección del día era la más importante, siempre tenía tiempo para oír mis problemas y ayudarme a resolverlos.
—Otra gran perdida ¿no es así? Cuando él murió tuviste que abandonar la seguridad de tu casa para asistir al colegio y enfrentarte al mundo exterior tú solo.
—Así fue —respondió Edward con voz nostálgica. Intentó decir algo más pero no pudo, la voz le temblaba.
—Aunque mírate, eras un niño tan feliz, siempre observando el mundo a tu alrededor, pensando en que todo era mágico y como te gustaba dibujarlo, adorabas representar al mundo en papel.
Edward veía una rápida sucesión de imágenes. En un momento estaba garabateando en una hoja de papel en una esquina de la habitación, al siguiente estaba montado en la espalda de su padre que pretendía ser un caballo, riendo, con los ojos radiantes de felicidad. Después estaban afuera, volando un papalote, un momento mágico y entrañable. Un segundo más tarde estaban dentro otra vez, con el pequeño Edward sentado al piano mientras su padre le enseñaba a tocar algunas notas. La imagen cambió a un Edward más grande tocando, ya no solamente notas al azar, sino melodías enteras. Los dibujos en el cuarto de juegos (que ahora constaba de un escritorio y libros más serios) eran mucho más elaborados, llenos de sombras y detalles. Algunos incluso representaban creaciones del muchacho.
—Los libros también eran tu pasión, devorabas uno tras otro. Siempre cuentos e historias fantásticas de mundos increíbles y llenos de magia —continuó el Ojo. Edward no pudo evitar soltar unas cuantas lágrimas al verse y lo feliz que había sido en su niñez.

De pronto el piso de la habitación se cubrió de hojas de otoño y un fuerte viento comenzó a soplar, las paredes y los personajes desaparecieron lentamente, dando paso a un pequeño edificio cuadrado a unos metros de Edward. La campana de una pequeña torre situada sobre el edifico sonaba lentamente. De entre los árboles sin hojas un muchacho de tal vez trece o catorce años con libros bajo el brazo (el mismo que había observado tocar el piano), corría a las puertas, donde un hombre alto y de aspecto severo vestido con una toga oscura esperaba con reloj en mano.
—Llega tarde joven Blackbells —dijo el hombre con enojo —. No es la mejor forma de comenzar su vida escolar ¿no es así?
—Es Blackwells —murmuró el chico apretando los dientes y mirando al suelo.
—¿Qué ha dicho? —dijo el hombre con desprecio.
—Que mi nombre es Blackwells… señor —respondió el chico, mirándolo y entonando un cierto sarcasmo en la última palabra.
—Como sea. Ahora entre, antes de que decida dejarlo afuera —lo tomó por el hombro y tiró de él, haciendo que el pobre muchacho casi cayera al suelo.
En ese momento otro chico llegó corriendo tras ellos.
—¡Ah! joven Barker, llego justo antes de que las puertas se cerraran —exclamó el hombre con voz infinitamente más amable.
—¿No va a reprenderlo? —inquirió el joven Edward incrédulo. El maestro se volvió hacia él con ira y se inclinó para tomarlo por la solapa con fuerza. El joven Barker le dirigió una mirada desafiante y esbozó una sonrisa.
—Es la última advertencia, no permitiré sus insolencias en mi aula —gruño y lo soltó con desagrado. Los libros de Edward cayeron al piso y el maestro recogió uno de ellos y lo miró, arrugando la nariz como si se tratara de algo que oliera muy mal.
—Historias fantásticas y cuentos de hadas —recitó con la boca torcida —. Basura para destruir la mente sin duda. —Le arrojó el libro. Su compañero rió burlonamente.
—También lo recuerdo a él. Hombre despiadado y cruel, nunca me agrado estar bajo su tutela —dijo Edward, siguiéndose a sí mismo, a su altivo compañero y a su antiguo maestro.
Caminaron por un largo pasillo y se detuvieron frente a una puerta abierta de lo que parecía ser un aula de clases; dentro se escuchaban risas y murmullos. El primero en entrar fue el muchacho de actitud arrogante, seguido del maestro y finalmente el chico escuálido detrás de él, todo se volvió silencio. Edward sintió que el estómago se le hundía, tuvo la sensación de que las manos le sudaban (aunque estaban perfectamente secas). Dudó unos segundos y cruzó el umbral.
—Siéntese, joven Blackfalls —dijo el hombre y le dio otro empujón. Los chicos del aula rieron.
—Es Blackwe...
—Última advertencia... sien–te–se, ¡ahora! —El maestro señalaba un pequeño escritorio vacío y viejo en el otro extremo del aula, parecía que nadie se había sentado ahí durante muchos años. Edward sintió el impulso de golpear al hombre en su áspero rostro, incluso apretó los puños.
El chico caminó entre los escritorios de sus compañeros quienes lo miraban y comenzaban a murmurar cosas.
—Miren que pequeño es —soltó el primer chico a los otros, como si de una estocada se tratara —, parece que va de rodillas.
Todos comenzaron a reír y a gritarle cosas como “enano” y “pequeño duende”. Las risas resonaban en toda el aula y en la cabeza de Edward.
—Y le gustan los cuentos de hadas —escupió el joven Barker con voz chillona. —¿crees en las hadas, pequeño bobo?
—Pero que tonto —dijo otro muchacho más allá.
Los chicos comenzaron a tirarle bolas de papel he incluso las plumas para escribir. El pobre chico corrió a su asiento y se encogió detrás del escritorio, con la mirada clavada en el piso.
—Basta de juegos, muchachos— sentenció el maestro —. Es hora de comenzar.
Edward sintió un terrible nudo en la garganta, el mentón le temblaba. Intentó tragar saliva, pero descubrió que su garganta estaba totalmente seca.
—¿Por qué es tan malo ser distinto? ¿Por qué les molestaba tanto que no fuera como ellos?, ni siquiera me dieron una oportunidad... Una mirada el primer día y asumieron que no valía la pena. Prefirieron burlarse a tenderme una mano. —la voz del muchacho se quebró. Caminó al lado de los escritorios mirando a cada uno de sus antiguos compañeros, frunciendo el ceño y apretando los labios sin notarlo. Sintió un poco de odio hacia ellos y secretamente se preguntó que había sido de cada uno y si alguna vez se detuvieron a pensar el daño que le habían ocasionado. Seguramente ahora tendrían vidas más felices y jamás habrían pagado por lo que le habían hecho. Ya no quería seguir viendo más de aquella escena. El aula de clases, junto con sus indeseables habitantes, comenzaba a disolverse.
—Es extraño como se sienten amenazados por lo que es distinto. Quizá piensan que de alguna forma eso cambiará sus vidas y su primera reacción es tratar de eliminarlo. Es algo que aún no logro entender del todo, pero no es una excusa para que te trataran de esa forma. Fue una época dura, a mi parecer —La voz del Ojo sonaba pasiva, aunque firme —. Sin embargo, creo que es mucho mejor enfrentar tu pasado que huir de él, ¿no te parece?
Edward no contestó. Pensaba en todas aquellas veces que lo habían humillado, que lo habían hecho sentir como si no fuera parte del mundo, alguien (o incluso algo) que había simplemente aparecido y que no había tenido un nacimiento como el del resto. No solamente había sido aquel momento, siempre alguien se había esforzado en excluirlo, en hacerlo sentir un odio profundo, un malestar incurable. No se trataba solamente de aquella crueldad disfrazada de inocencia, también sucedía en la edad más avanzada en que se tiene plena conciencia de lo que uno dice y hace, y de las repercusiones que esto puede tener contra alguien. Pero a nadie le importaba, lo hacían a un lado y se burlaban. La sociedad estaba podrida hasta la medula, ¿cómo demonios había permitido que lo trataran así? ¿Por qué lo había permitido? Porque se sentía débil y pequeño, porque así lo habían hecho sentir siempre y él lo había creído en verdad. Si tan solo tuviera la oportunidad de mostrarles lo que se sentía, que supieran lo que es sentirse indefenso contra algo más grande por simples limitaciones físicas.
Fue hasta ese momento en que se dio cuenta. El enojo más grande lo sentía hacia él mismo por haber permitido todo aquello. Ahora, en la muerte, no se podía hacer nada al respecto.
A su alrededor se manifestaba una nueva escena. El súbito cambio de escenario le hizo volver en sí.
—Así que creciste y continuaste estudiando. Eras un chico muy solitario. Tu única compañía era tu padre, hasta que conociste a otro muchacho tan solitario como tú. —El Ojo parecía no haber notado su corta ausencia.

La oscuridad se convirtió en un día de invierno. En un camino delimitado por árboles, un muchacho de quizá 17 años caminaba por ahí. Un fuerte viento y una terrible nevada aparecieron y el joven Edward apenas podía ver. De pronto un ruido de galope se oyó a lo lejos haciéndose cada vez más fuerte, pero Edward parecía no darse cuenta de eso.
—¡CUIDADO! —gritó alguien. Una sombra salió corriendo de entre los árboles. La figura empujó al joven Edward justo cuando un carruaje tirado por dos caballos sin control pasó por ahí a gran velocidad. Si ese chico no lo hubiera empujado, probablemente habría llegado mucho antes a la mansión. El carruaje se perdió en la nevada y ambos se quedaron tirados en la nieve, confundidos.
—Gracias —dijo el joven Edward jadeando y buscando con la mirada al otro muchacho, quien apareció repentinamente tras un montículo de nieve. Tardaron varios segundos en levantarse ya que se les hundían los pies y las manos —. Me has salvado la vida —dijo mientras se sacudía la nieve del abrigo y le dirigía una sincera mirada de gratitud.
—No tienes que agradecerme —dijo el otro muchacho igual de agotado —. Lugar correcto, tiempo correcto —agregó y sonrió.
—Soy Edward…Blackwells —le dijo extendiendo la mano, el otro la estrechó.
—Adam Hunter —se presentó y volvió a sonreír. Su rosado rostro resplandecía y los ojos le brillaban. Edward recordó que en aquél momento había pensado que seguramente sería un amigo sincero. Cuando lo vio empujándolo para salvarlo pensó que debía sentir gratitud, de hecho pensó que debía sentir alegría de ver a su mejor amigo, pero no era así. En lo profundo de su corazón el resentimiento, ya de por si alimentado por el recuerdo pasado, crecía lentamente y le ardía el rostro con el solo recuerdo de lo que seguramente había pasado unas horas antes. 
—¿En qué piensas muchacho? —inquirió la voz del Ojo en su cabeza.
—Es solamente que... no sirvió de nada —murmuró Edward
—¿A qué te refieres?
—A que él me salvó... y después acabó conmigo, sin pensarlo, solamente lo hizo... ¿por qué lo hizo? —Era de lo más extraño, no recordaba exactamente la razón por la que habían peleado, solamente recordaba el hecho de que su amigo lo había asesinado.
—¿Acaso dudas de su cariño por ti?
—¡Él me asesinó! ¿Cómo se supone que reaccione ante eso? ¿Debo perdonarlo acaso? ¡¿Debo pensar que tuvo un mal momento y decidió acabar con mi vida así nada más?!... ni siquiera puedo recordar por qué lo hizo.
—¿Pero acaso no recuerdas todos los buenos momentos que pasaste con él?, eran inseparables.
Al igual que las imágenes de su niñez, comenzó una pequeña remembranza de todo lo que habían vivido juntos. Recordaba las lecciones que habían tomado en la casa de campo de su adinerado tío sobre como comportarse caballerosamente ante la sociedad, lecciones que Edward tomaba demasiado en serio, mientras que Adam creía que eran requerimientos tontos. También les habían enseñado equitación (lo cual Edward disfrutaba mucho) y algo de esgrima (para lo cuál Adam era muy malo). Solían escapar por el campo y jugar con naipes o discutir los libros de los autores que compartían. También pudo ver cuando Adam trataba de enseñarle a jugar rugby o cricket en el verano, pero Edward no estaba demasiado interesado en ello.
—¡Vamos Edward!, que te dé un poco el sol —solía decirle mientras le tiraba la pelota de rugby, derribándole el libro que estuviera leyendo en aquel momento.
—Prefiero la lectura, Adam, es mucho menos violenta —respondía él, recogiendo su preciado tesoro del piso.
—Te harás viejo si sigues leyendo todo el día.
—Y tú un bruto si sigues participando en esa barbarie.
—Tal vez, pero al menos seré un bruto adinerado —y con esa respuesta ambos terminaban riendo.
Otra de las imágenes le recordó cuando Adam había robado una botella de licor de su tío y la habían vaciado en menos de dos horas mientras jugaban con naipes. Poco después ambos prometieron jamás volver a beber en toda su vida. Adam olvidó aquella promesa muy pronto, Edward jamás. Lo mismo había sucedido con un habano que su tío había olvidado descuidadamente en el salón de la casa. Aquella casa de campo se había convertido en su segundo hogar.
Sin embargo, a pesar de todas aquellas diferencias, Edward jamás se había cuestionado por qué era tan buen amigo de Adam.
—Con mayor razón debo saber por qué hizo lo que hizo —dijo con una profunda tristeza.
—No debes apresurarte, Edward. Llegaremos a eso muy pronto —respondió el Ojo con voz apacible. Al muchacho se le hizo un nudo en la garganta y en el estomago. No lo había considerado, pronto vería el momento de su propia muerte y eso no sería fácil.
—¿Te importaría si continuamos?
—No... no, adelante —respondió él con voz temblorosa.

Las imágenes dieron paso a una gélida tarde de invierno. El sol, oculto detrás de nubes grisáceas, bañaba ligeramente los oscuros tejados y chimeneas de la ciudad. Entre todos aquellos edificios se extendía un amplio parque, un tanto desierto debido al clima.
Edward se vio a si mismo (tal cual era en aquél momento) sentado al pie de un enorme roble, con la nariz metida en un libro, como era su costumbre. Lo que pasó en seguida fue algo muy extraño. La simple aparición de una persona hizo que su mente se llenara de nuevos recuerdos e ideas, como si hubieran abierto una llave de agua en su cerebro y ésta hubiera estallado, inundando todo a su paso. Por supuesto ella no era una simple persona y ahora recordaba todo con absoluta claridad. Una mezcla de alegría, ira, tristeza y calidez se precipitó en todo su ser, no pudo hacer más que quedarse completamente petrificado.
A la orilla del lago caminaba una joven cuyo cabello resplandecía, a pesar de los escasos rayos de sol. El vestido gris, que ceñía su delgada figura, ondeaba con gracia cuando el viento soplaba con delicadeza. En sus manos había un libro abierto, del cual no apartaba la mirada, ni siquiera para mirar por donde iba. Pronto su camino se cruzó con los pies del muchacho que leía recargado en el roble. Lo siguiente que supieron fue que la joven estaba arrodillada en el pasto y Edward la ayudaba a levantarse con la cara ardiéndole en vergüenza y con miles de disculpas saliendo atropelladamente de su boca.
—Lo lamento tanto... no me di cuenta, lo siento mucho —decía el muchacho.
—No se disculpe, creo que no estaba observando por donde iba —respondió amablemente la chica con las mejillas encendidas. Edward la miró fijamente. Tenía una belleza peculiar, la clase de belleza que se podía apreciar en un retrato.
—¡Su libró! —exclamó él mientras daba una dramática vuelta para recoger el libro que había quedado unos centímetros más allá de su dueña.
—Muchas gracias —respondió sonriendo —. ¿Qué hay del suyo?
Por un momento Edward se preguntó de que hablaba, pues su sonrisa lo había cautivado por varios segundos, después comprendió y fue por el libro que había abandonado al pie del árbol.
—¡Pero qué notable coincidencia! —exclamó el muchacho al darse cuenta que ambos tenían el mismo ejemplar en las manos.
—Si que lo es... dígame, ¿cómo le ha parecido hasta ahora? —La chica parecía alegre de haber encontrado a alguien con quien conversar.
—Lo encuentro fascinante, no he podido soltarlo desde que lo compré, de hecho estoy por terminarlo —respondió Edward con el mismo entusiasmo.
—Entonces será mejor que no hablemos mucho al respecto, apenas lo he comenzado esta mañana —dijo ella tímidamente. Edward sonrió, buscando desesperadamente una manera de continuar la conversación.
—Si no le parece demasiado atrevido, me gustaría saber su nombre —dijo finalmente.
—Se lo diré si usted me da a cambio el suyo.
—Mi nombre es Edward Blackwells —dijo con una gran sonrisa, inclinando la cabeza ligeramente.
—Mucho gusto señor Blackwells, mi nombre es Helena Hyde —dijo replicando el ademán.
Edward, mirando aquél recuerdo como un extraño reflejo de si mismo, intentó acariciar el rostro de Helena, para darse cuenta que su mano lo traspasaba como si se tratara de niebla. El muchacho dejó escapar otra lágrima.
—Ahora ya jamás te volveré a ver, aunque atesoraré este momento por siempre.
El Ojo quedó en completo silencio y, por alguna razón, esto no le gustó en lo absoluto.
Aquél había sido el comienzo. Una frase, una pregunta y pronto estaban absortos en su conversación mientras caminaban por el parque. Entre más tiempo pasaba, Edward sentía algo extraño, como un cosquilleo dentro del pecho, mientras ese vacío, que a menudo pretendía ignorar, parecía llenarse con cada frase y con cada risa. En la visión los días pasaban rápidamente, el sol se ocultaba dando paso a la luna y comenzaban el ciclo una vez más. Los días que pasó conversando con ella en el parque le habían parecido los mejores en mucho tiempo, a pesar de las miradas juiciosas que habían comenzado a suscitarse a su alrededor.
Pronto se dio cuenta que aquel día en que se había sentado al pie del árbol, sin mayor expectativa que la de terminar su lectura, había quedado muy atrás. Se sentía inusualmente afortunado.
Unos momentos más tarde, ambos estaban sentados en un banco del parque, cubiertos por la sombra de un magnifico árbol. La conversación comenzaba a tornarse más personal, por fin habían alcanzado ese punto.
—¿Cuál es su historia, señorita Hyde? —se atrevió a preguntar Edward.
—Por favor Edward, creo que las formalidades ya no son necesarias entre nosotros —respondió la chica sonriendo.
—Lo lamento, no logro acostumbrarme.
—No te disculpes, y respondiendo a tu pregunta, mi historia no es tan interesante como puedes creer.
—Al menos debe ser más interesante que la mía. Hasta hace unos días mi vida no era más que solitarias tardes, acompañado solamente de mis libros.
—¿Qué la hizo cambiar?
—Debo decir que su aparición, señorita Hyde... es decir, Helena —Edward se sonrojó y desvió la mirada, la chica sonrió y respiró profundamente, cerrando brevemente los ojos.
—Huí de casa hace un tiempo —dijo por fin con un suspiro largo y melancólico. El muchacho la miró un poco sorprendido —. Mis padres habían hecho un trato para casarme con un hombre, un hombre mayor... y todo por sus propios intereses.
Ambos guardaron silencio por varios segundos.
—Hace ya casi tres años de eso —dijo ella con el mismo tono —. Pero no me arrepiento, de haberme quedado habría sido infeliz el resto de mi vida.
—Estoy en completo acuerdo con us... contigo. El pasar el resto de tu vida con alguien debe ser decisión del corazón y no del bolsillo —dijo él, solemne. Ella guardó silencio.
—Y sus padres, ¿no la han buscado? —preguntó el muchacho al no obtener respuesta de ella.
—Se dieron por vencidos cuando mi tía les escribió una carta diciendo que había salido de Londres sin aviso alguno, al igual que con ellos.
—¿Los extrañas?, ¿extrañas tu hogar?
Ella miró al horizonte y su rostro fue acentuado por los últimos rayos de un sol que había decidido asomarse de entre las nubes al final del ocaso.
Edward la observó y se sintió al borde de un peligroso abismo, uno en el que quizá no sería tan malo dejarse caer. Aunque ahora ya no se sentía tan seguro.
—A veces. Pero luego recuerdo lo que hubiera sucedido de haberme quedado y la opinión de mis padres en estos momentos. Deben pensar lo peor de mi. Ahora ya no encuentro razones para volver, por el contrario, cada día pienso que quizá puedo ser más feliz aquí.
Edward, el que ahora era un fantasmal testigo del encuentro, se sentó al lado de ella e intentó tocar su mano, obteniendo el mismo resultado una vez más.
—¿Y ha encontrado motivos para ser más feliz?
—Puede ser que haya conocido a alguien que me ha impresionado, de una buena manera —ella sonrió tímidamente y se sonrojó, sin embargo no le quitaba la mirada de encima y Edward sintió una punzada extraña en su interior.
Ahora que tenía la visión de un ángulo distinto, veía algo que no terminaba de convencerlo. Había algo distinto en aquella situación, no le agradaba la forma en que su mente jugaba con él.
—Me siento tremendamente halagado por causarle esa impresión y, por supuesto, me sentiré terriblemente avergonzado si no se refería a mi —Edward también se sonrojó y no pudo mantener la mirada.
—Edward... por supuesto que estoy hablando de ti —la chica le tomó las manos y él la miró directamente a los ojos. Por un segundo ambos se quedaron petrificados.
La mirada de Helena era penetrante. Casi sentía que podía tocar su alma. Ella deslizó su mano por el rostro del chico y este se quedó muy quieto, pues no estaba completamente seguro de lo que debía hacer.
Lo siguiente que supieron fue que sus labios se tocaban y el viento a su alrededor se había vuelto loco.
Ambos muchachos sintieron un torrente de emociones, aunque no exactamente las mismas. Su sombra del pasado manifestaba un grado altísimo de sorpresa que eventualmente se convirtió en alegría, euforia y algo de miedo. Sin embargo, su contraparte del presente se sentía ansioso, un poco triste y por sobre todas las cosas molesto. Su mente le susurraba al oído maliciosamente, sugiriéndole que debía sentir cierta repulsión al mirar aquella escena. Se sorprendió terriblemente enojado al dejar pasar aquella idea. ¿Cómo era posible que sintiera eso por la mujer que amaba? ¿Por qué su mente era tan cruel en aquellos momentos? Lo suficientemente cruel para sugerirle otra idea que lo inquieto de más, ¿qué podía saber él sobre amar a alguien si jamás había sucedido antes?
El momento terminó después de una eternidad y ambos rieron, radiantes de felicidad (o al menos eso creía de ella, ya no estaba completamente seguro).

Pronto paseaban nuevamente a la orilla del río, con el gélido viento empalideciendo sus rostros y la tenue luz de una luna plateada que los miraba atenta desde el punto más alto de la ciudad. El primer beso había sido solamente el preludio de muchos otros que vinieron acompañados de comentarios hostiles y miradas inquisidoras por parte de la gente que los atestiguaba. Para Helena esto parecía carecer de cualquier importancia, pero a Edward se le helaba la sangre y sentía escalofríos cada vez que sucedía.
—No deberías darle importancia a esas cosas Edward —le dijo ella con un dejo de arrogancia en su voz.
—Sé que no debería, es solo que no puedo evitarlo, me hace sentir que estoy haciendo algo mal.
—El único mal que estas haciendo es escucharlos.
—Quizá... pero he estado pensando, tal vez deberíamos comenzar a pensar en formalizar nuestra unión.
Ella se detuvo y abrió los ojos. Lo miró, como si estuviera tratando de leer sus pensamientos.
—Edward... acaso me estás pidiendo que... —no terminó la frase, esperaba que él hubiera entendido lo suficiente. El muchacho también abrió los ojos sorprendido.
—¡No!, es decir, no aún... es que, no creo que sea el momento adecuado. —La expresión de la chica se transformó en menos de un segundo.
—¿Por qué no? Tenemos lo necesario... ¿no es así?, ¿acaso no me amas?
—Eso es incuestionable, pero debemos ser honestos, tú vives con tu tía y mi empleo no me da lo suficiente para tener un hogar propio... al menos no aún.
—Creí que tu padre se hacía cargo de los gastos, creí que tenía un buen empleo.
—Y es así, pero él no ha estado bien, está cansado y debo ayudarlo. Son tiempos difíciles, querida. Por eso debemos pensarlo muy bien antes de dar el siguiente paso.
Ella permaneció en silencio y Edward la miró con tristeza, sentía que no debía haber dicho nada o al menos debía haber esperado un poco. Sin embargo, ahora que su visión se había expandido, sentía que en su mente se abría una nueva ventana, una que le provocaba cierto terror. No estaba seguro de querer saber que revelaría la luz que comenzaba a colarse a través de ella.
El escenario comenzó a moverse rápido una vez más. Edward flotaba entre callejones estrechos que serpenteaban a su alrededor, por un camino que conocía demasiado bien. Pronto llegó a su hogar, tal como lo recordaba de hace unos meses y por el que los años habían pasado rápidamente desde su última visión.
Atravesó la puerta principal como si se tratara de una cortina de humo y subió por las escaleras hasta el dormitorio de su padre. En un principio no supo por que había hecho aquello, pero pronto recordó algo en lo que había pensado unos minutos (¿o acaso eran horas?) antes. 
Se detuvo un momento antes de atravesar la puerta y cerró los ojos por unos segundos. Después caminó unos cuantos pasos. Estaba en la habitación de su padre.

En la cama yacía un hombre cuya piel era del color de la ceniza. Algunos cabellos oscuros se asomaban entre una densa selva gris, como evidencia de que Maximilian Blackwells había sido joven también. Sin embargo eso había sido mucho tiempo atrás, o eso le parecía. Las arrugas en el rostro lo hacían ver mucho más viejo de lo que realmente era. Tenía la barbilla reclinada sobre su clavícula y los ojos eran dos rendijas muy delgadas, surcadas de líneas que el tiempo había esculpido bruscamente en el rostro del hombre.
A su lado, agotado, estaba su hijo, sosteniendo una débil y muy delgada mano. Había encontrado a su padre tendido en el piso junto a la mesa del comedor unos minutos antes.
—Llamaré al médico, solo serán unos minutos... —decía Edward, jadeando.
—No, ya es muy tarde para eso, te necesito aquí conmigo —respondió su padre. Su voz era como un viento endeble colándose por una diminuta abertura.
—Te pondrás bien, permíteme llamarlo
—Ya te lo he dicho... este... es el final de mi camino...
—No digas eso
—Debes entenderlo Edward, tu... tu madre me quiere a su lado. —Una sonrisa asomó en sus labios. Su hijo no pudo decir nada más.
El muchacho, que miraba aquel recuerdo con una amarga expresión, pensó que era suficiente haberlo vivido una vez y que no veía el sentido de estar presenciando aquello de nuevo.
—¿Qué haré sin ti? —dijo Edward entre sollozos.
—Seguir adelante, hijo... he dejado... todo listo para ti, es todo tuyo... no es mucho, pero es tuyo...
—Eso no me interesa, padre. No quiero que te vayas.
—No puedes hacer nada al respecto, nadie puede. Eres un buen muchacho... estarás bien... puedes ser quien... quien tú quieras, jamás olvides eso...
—Padre... no...
—No te pre... preocupes, nos... volveremos a... ver...
Y con esa sonrisa en los labios, cerró los ojos y cayó en el más profundo de los sueños. Edward sostuvo su mano con más fuerza y lloró en silencio. El amanecer parecía muy lejano ahora, pero acompañaría a su padre hasta que este llegara.
—Es un buen hombre, tu padre. También lo conocí. —Por un segundo Edward se sobresaltó, había olvidado por completo que el Ojo estaba ahí con él, mirando todo lo que él había visto, silencioso.
—¿Él está con mi madre ahora? —preguntó Edward en voz baja
—Sí.
Edward sonrió, mientras se preguntaba si volvería a verlos ahora que él también estaba muerto. También se preguntó si tal vez, de alguna forma, se habían enterado de lo que había pasado con él.

El muchacho salió de la habitación de su padre, bajó las escaleras y encontró que las cortinas de la sala estaban cerradas, los relojes detenidos y los espejos cubiertos con sábanas. Habían traído todas las sillas de las que disponían y las colocaron frente al féretro, como si de un morboso espectáculo se tratara. Su padre ahora era la exhibición principal a la que muchos entraban para ver de cerca y despedirse amablemente de él o por mórbida curiosidad. Pero Edward estaba demasiado devastado para sacar de ahí a los mirones. Se encontraba postrado en un sillón cercano al ataúd, con la mente completamente en blanco y la mirada perdida en el piso. De vez en vez alguien se acercaba para darle la mano y presentarle sus condolencias y el muchacho respondía con un ausente se los agradezco mientras volvía a sentarse.
Adam entró en la habitación, agitado, buscando ansiosamente con la mirada. Llevaba el sombrero en una mano, el bastón en la otra y un exagerado abrigo que hacía ver sus hombros demasiado grandes. En cuanto vio a su amigo en el sillón se dirigió a él, atravesando al Edward del presente en el proceso.
—Amigo mío... lo siento tanto, hace unos minutos que me hicieron llegar la noticia —dijo con voz grave y penosa. Alzó a su amigo y lo estrechó fuertemente, esto pareció devolver al muchacho en sí.
—No hace falta... él está mejor ahora —respondió Edward. Las palabras parecían arrastrarse fuera de su boca y tropezar con el borde para encontrar una aparatosa muerte al hacerse pedazos contra el piso.
Adam tomó una silla inmediatamente y la colocó al lado de su mejor amigo. Se quedaron ahí por varias horas.
Edward estaba comenzando a quedarse dormido cuando una figura cubierta por un velo negro entró a la estancia. Su aura pareció llenarlo todo de tal manera que el muchacho se despertó sobresaltado. La figura se acercó con prisa a él y se descubrió el rostro con una fina mano pálida.
—Oh Edward —dijo con una voz apenas audible, mientras gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas. El chico se levantó y la miró esperanzado. Por primera vez desde la noche anterior se sentía reconfortado. La abrazó con ímpetu durante una eternidad y finalmente se separaron.
—Gracias por estar aquí, confieso que esperaba tu presencia. Dadas las circunstancias, lamento no poder ido a buscarte personalmente.
—No tienes que disculparte, no lo hagas. —Ella se limpió las lágrimas y dirigió una mirada breve al muchacho que esperaba a ser introducido a la conversación.
Edward vio algo en esa mirada. Ahora era demasiado tarde para preocuparse por aquello.
—Debo presentarte a mi mejor amigo, el señor Adam Hunter —dijo Edward, aclarando su garganta.
—Nada de “señor” —dijo Adam sonriendo tanto como la situación se lo permitía, estrechó la mano de Helena —. Es un placer señorita Hyde. —Se inclinó cortésmente y besó su fina mano. La muchacha se sonrojó.
—Sabe mi nombre —dijo Helena, más para sí misma que para él.
—Por supuesto usted no requiere de introducción, Edward ya le ha ahorrado esa molestia.
Pronto Edward se descubrió molesto y queriendo escapar de aquel recuerdo. Quería recriminar al Ojo por hacerle presenciar tales cosas una vez más.
—El pasado puede doler, Edward, pero gracias a él somos quienes somos. Sin embargo te muestro esto por que aún hay algo que debes comprender, algo que tu ira previa y algunas circunstancias no te permitieron presenciar. —Aquel comentario hizo que la piel de Edward se erizara, cada vez le parecía más claro que el Ojo podía leer sus pensamientos. Sin embargo aquello quedó atrás cuando analizó lo que le había dicho.
—Me gustaría preguntar algo —dijo Edward con voz tenue, claramente atormentada por sus pensamientos.
—¿Qué sucede? —La voz del Ojo resonó dentro de su cabeza, como si fuera la primera vez que lo escuchaba hablar.
—¿Se acerca el momento en el que sabré con exactitud como fue que morí?
El Ojo quedó un momento en silencio.
—Así es.
—Me asusta.
—¿A qué le temes?
—A la verdad.
—Creí que estabas seguro de saber lo que había sucedido.
—Yo también.
Ambos quedaron en silencio y la función continuó.

La estancia se congeló por completo y todos los personajes se desvanecieron. El lugar adquirió una atmósfera terriblemente fúnebre, algo que parecía imposible en un principio. Del ataúd de su padre comenzó a emanar una espesa niebla oscura. Primero se expandió por el piso y comenzó a escalar las paredes, eventualmente consumiendo el techo por completo. La oscuridad comenzó a quebrarse, como si se tratara de un cristal gigantesco. Entre las grietas aparecieron fragmentos de los recuerdos que Edward ya había presenciado, desde su infancia hasta el funeral de su padre. Todos como una extraña y muy personal galería de arte. Ahora se encontraba atrapado en aquella maraña de sombras y memorias. Las grietas se expandieron más y más, una luz cegadora se abría paso entre ellas hasta que destruyó las sombras por completo e hizo desaparecer los recuerdos. En su lugar había aparecido un amplio jardín, adornado con una bella fuente y varios arcos llenos de flores. El vivo color verde del lugar se complementaba con el azul del cielo, que no exhibía ni una nube aquel día.
El escenario se quedó quieto por unos segundos, en completo silencio. Pero Edward sabía que no sería así por mucho tiempo.
—No puedo entender que me estés haciendo esto... después de todo lo que hemos pasado, eres como mi hermano— decía un Edward completamente fuera de sí mismo.
—Edward, sabes muy bien lo mucho que te aprecio, pero nadie planeó que esto pasara, así no son las cosas —le respondió Adam tomándolo por los hombros.
—¡Suéltame! —gritó Edward empujando a su amigo violentamente —. Si me apreciaras como dices, esto no estaría sucediendo.
—Tienes que tranquilizarte... —El rostro de su amigo comenzaba a enrojecer.
—¡No tengo intensiones de tranquilizarme! ¡No voy a consentir esto! —Edward golpeó la mesa que tenía al lado y una de las tazas, que había sobre ella, se hizo pedazos. Helena simplemente miraba con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Y qué pretendes hacer? Ella ya tomó una decisión y tienes que respetarla.
—¡No te atrevas a culparla de esto! ¿Crees que no he visto como la tratas? Si tanto la quieres tendrás que pelear por ella.
Los tres se quedaron en silencio por unos segundos y Adam contempló a Edward con una mirada compasiva, la cuál solamente pudo ver a través de aquél recuerdo.
—Si eso quieres —dijo con un suspiro.
Adam se quitó el saco y comenzó a subirse las mangas de la camisa. Edward lo miró un poco confundido.
—Creo que estamos más allá de una pelea de puños, somos mejores que eso... no pienso denigrarme a tal nivel.
—Edward...
—Te reto, formalmente, a un duelo. Si he de morir, al menos moriré con honor.
Edward no recordaba haber dicho eso último. Para ser sincero no recordaba más que el hecho de que la ira parecía arrastrarse de la boca del estómago hasta su garganta, desgarrando todo a su paso. De hecho le había sorprendido la tranquilidad de aquellas palabras. Por un segundo se sintió estúpido, por que muy en su interior la idea de que él mismo había provocado su muerte se había encendido como una diminuta llama. Pero aquello que había dicho tenía al menos un poco de razón, su muerte podría haber sido honorable. Sin embargo Adam lo había asesinado de la manera más sucia. Aquello no tenía ni una pizca de honor. No estaba molesto por estar muerto, estaba molesto por que su amigo, al que consideraba su hermano, no había sido lo suficientemente decente para terminar el duelo. Quizá si no le hubiera disparado por la espalda aquella situación sería un poco mejor, pero lo había traicionado, lo había ofendido quitándole la vida de una manera tan cobarde.
Perdido en aquella reflexión, Edward no supo como había sucedido, pero ahora él y su amigo sostenían un par de pistolas y se disponían a iniciar con las acostumbradas formalidades de un evento como tal.
Recordó haber pensado que Adam era aún más cobarde por no acceder a su petición de un duelo de espadas, ya que sabía que Edward tendría ventaja con ellas.
Hasta aquel momento no se detuvo a observar a Helena, quien permanecía extrañamente inexpresiva al respecto del duelo, con excepción de las lágrimas que le resbalaban lentamente por las mejillas. En ese momento algo lo golpeó con fuerza en la mente.
—Estaba planeado... planearon asesinarme —susurró Edward, mientras su sombra del pasado cargaba una bala en la pistola. El Ojo permaneció en silencio.
—Tengo razón, ¿no es cierto? Estaba planeado.
—Solamente puedo decirte que debes seguir mirando.
—¡No quiero seguir mirando! Ya sé lo que va a suceder, estoy harto de revivir los peores momento de mi vida, me rehúso a continuar.
—Edward, entiendo que estés asustado, pero para seguir adelante tienes que saber la verdad.
—Ahora la sé, todo esto no fue coincidencia, sabían que debían deshacerse de mi o jamás los dejaría estar juntos.
—Por favor Edward, solamente unos minutos y todo habrá terminado.
En contra de su voluntad, el muchacho se quedó en silencio y contempló como, después de haber acordado el número de pasos, el recuerdo de su amigo y de si mismo se pusieron espalda con espalda, a la mitad del jardín, y dieron un paso muy lento.
Poco a poco ambos se iban alejando uno del otro, mientras Helena los observaba, con aquella extraña expresión y en completo silencio.
—Esto es una tontería, ¡basta! —se dijo Edward a si mismo y, aunque sabía que sería inútil e incluso ridículo, se dirigió a si mismo.
—Detén está idiotez, ¡van a traicionarte! —se gritó y trató de detenerse, pero su sombra lo atravesó con gran decisión.
Ahora tenía el punto de vista más extraño de la situación. Estaba en el punto exacto donde había muerto, pero ahora podría ver como había sucedido en realidad.
Fue poco decir que se quedó helado cuando vio lo que sucedía, en realidad era como haberse sumergido a las profundidades del mar de golpe y la presión del agua lo aplastara es un segundo. Adam había dejado caer la pistola y se había detenido, puso las manos en su rostro.
—No puedo hacer esto —se dijo a sí mismo, pero Edward no lo escuchó.
En ese instante la ira de Edward se calmó, dando paso a una profunda compasión. Pero, como si se tratara de una fuerte ola, la ira se había retirado brevemente, solamente para dar paso a un golpe tan certero e intenso a su corazón, que cayó de espaldas al ver a Helena correr hacía Adam, tomar la pistola y, sin remordimiento, sin pensarlo, con ojos vacíos como los de un cadáver, haló del gatillo.
Pudo ver el recorrido de la bala, dirigirse en línea recta hacia él, atravesarlo por segunda vez (ahora de frente) e incrustarse en la espalda de un Edward que estaba por darse la vuelta, totalmente ignorante del destino que le esperaba.
Fue un momento de completo silencio, Estaba tendido en el pasto, junto a su propio cadáver. Observó a Adam llevarse las manos a la cabeza con horror, abriendo la boca para gritar algo que no entendió. Helena estaba petrificada, con la pistola en la mano, sin ninguna señal de arrepentimiento en el rostro. El silencio era insoportable, la ira ya no estaba solamente es su garganta y su estómago, lo llenaba por completo hasta lo más profundo de su alma. Pero no podía expresarla, era tan potente que no podía hacer nada con ella.
El sol en el vibrante cielo azul comenzó a brillar intensamente, como si de un estallido se tratara, hasta que se convirtió en una cegadora luz blanca. La luz comenzó a retraerse hacia la extraña escultura llena de engranes y resortes. La oscuridad volvió a dominar el resto del recinto.


—¿Por qué? —preguntó Edward finalmente en voz inaudible. Aunque lo sabía, aún no podía comprenderlo.
—Tú sabes la razón —respondió el Ojo con voz como un suspiro —. Sabes la clase de mujer que era, buscando al mejor postor para vender aquello que confundiste con amor.
—No me amaba... no me... amó, nunca y tampoco a Adam.
—Ahora te das cuenta que, quien tú creías que te había traicionado realmente te quería y en quien tenías plena confianza, te traicionó.
Después permanecieron en silencio durante unos minutos.

—Sé que es difícil Edward, pero llegó la hora de tomar decisiones —declaró.
—Decisiones… —repitió el muchacho, absorto en sus recuerdos. Ahora estaban más vivos que nunca. Quizá es un buen momento para la venganza. Aquél pensamiento entró fugazmente y se acomodó en un rincón oscuro de su mente.
Podía ver a Helena riéndose, internamente, sintiéndose muy bien consigo misma por su increíble talento para engañar a Edward. El pobre tonto ni siquiera lo vio venir decía burlona aquella imagen en su cabeza. Y de pronto imaginó que Adam tal vez, si era el buen amigo que recordaba, no podría perdonarla por lo que había hecho. No le daría la satisfacción de lograr lo que ella buscaba. Era ahí donde residía una pequeña esperanza de justicia para él, aunque quizá aquello no era suficiente. Después de todo Helena era la reina del engaño, nada la detenía de fingir arrepentimiento.
La ira ardía en su interior, se apoderaba, lo quemaba y se sentía capaz de cualquier cosa en aquel momento. Estar muerto tendría que servir de algo. No solamente se vengaría de la arpía, buscaría también a cada una de las personas que lo humillaron y los mataría de miedo, los asustaría y perseguiría hasta que sus traicioneros y vacíos corazones no resistieran más. Los arrastraría a la tumba junto con él.
—Entiendo tu disgusto Edward, pero la venganza no es la solución.
—Lo sé —murmuró con los ojos apretados —. Pero entonces, ¿qué se supone que haga? ¿Dejarlos vivir felizmente mientras se aprovechan de los débiles y corrompen el mundo? —Algo en su interior estaba frenético, como una ave furiosa golpeando los barrotes de una jaula que estaba por ser vencida. De pronto sintió mucho miedo, un miedo inusual y se dio cuenta que no era él quién estaba hablando, era alguien más, alguien que dormía en su interior y ahora estaba despierto y tomando el control.
—Nadie escapa su destino. Ellos vendrán ante mí y, si no han cambiado su manera de vivir, entonces no tendrán la oportunidad de decidir lo que les espera. A ellos les aguarda un lugar en el que tendrán tiempo de sobra para reflexionar sobre sus actos. Pero eso no te corresponde a ti Edward Blackwells, eso corresponde al corazón de cada alma.
—¡No creo que sea suficiente! —gritó Edward cediendo el completo control a aquel ser, y ese miedo se multiplicó al grado que comenzó a temblar incontrolablemente. De pronto volvió en sí —. Lo siento…mucho… por favor, debe disculparme.
—No es tu culpa. Ahora, debo contarte que hay una opción, es comprensible que la tomes si así lo quieres.
»En ocasiones los recuerdos nos dañan en lugar de ayudarnos y, basado en lo que hemos visto esta noche, debo insistir en que consideres mi sugerencia. Dime Edward, si hubiera una manera de dejar atrás los malos recuerdos ¿la aceptarías? —el Ojo cobró una sorpresiva seriedad.
Una pequeña esperanza, como un pequeño trozo de carbón encendido, se abrió paso entre el odio que lo llenaba. Los recuerdos siempre lo habían atormentado. Podía perdonar, pero jamás olvidar, y lo primero le costaba demasiado.
—Sí —se limitó a responder.
—Entonces aquí la tienes.
De los orificios en la mesa de hierro comenzó a emanar algo que parecía plata derretida. La sustancia formó una pequeña copa y esta se llenó de un líquido transparente con un ligero tono verdoso.
—Bebe esto. Te permitirá disminuir el impacto de tus recuerdos. Debo aclararte que no los olvidarás, estarán ahí siempre, como un sueño distante de algo que sucedió años atrás. Eventualmente así será y habrás superado lo que sucedió. Asegúrate de beberlo todo.
—¿No hay manera de olvidarlos por completo?
—No sin pagar un gran precio. Si bebes más de lo que hay en la copa, olvidarás tus malos recuerdos, pero también olvidarás los buenos y quizá incluso quién eres. No debes perder de vista que, aunque fueran terribles, es parte de tu pasado, es parte de quien eres. Si los borraras por completo quizá serías más feliz, pero siempre sentirías que algo falta en tu interior, porque estarías incompleto.
Edward tomó la copa y miró el líquido, no le importaba lo que fuera, con tal de que aquel terrible dolor desapareciera o se mitigara. Como si se tratara de un sueño, sintió el frío metal posarse sobre sus labios y el líquido cuando tocó su lengua por primera vez. A pesar de ser refrescante, no sabía a nada, un cosquilleo agradable recorrió su garganta. Su mente interpretó aquel momento como un gran compendio de imágenes representando sus recuerdos. Estaban pegados en un libro de recortes que se cerraba con lentitud y se quedaba muy quieto sobre un escritorio, iluminado por una solitaria vela. Un escalofrío reconfortante le recorrió la espalda y pronto la ira y el dolor parecían retroceder en su interior. Habían dejado residuos, brazas que aún estaban tibias. Se apagarían, con el tiempo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó el Ojo.
—Mejor —respondió Edward, agotado.
—Bien, porque ahora debemos decidir que hacer contigo. Tú destino está en tus manos Edward. ¿Considerarías la posibilidad de volver?
—No quiero volver, nunca más —dijo Edward de inmediato, y era totalmente verdad, ni siquiera tenía que reflexionarlo —. Pero, ¿qué pasaría si no vuelvo?
—Bueno, hay una gran variedad de opciones. En este momento tienes el universo a tu disposición, solamente debes elegir sabiamente.
—Yo... lo único que quiero es ser feliz.
El Ojo soltó una risa irónica. —Y bien, ¿quién no? Pero eso no depende de mi, eso es elección tuya. Aunque debo decir que me has hecho esto muy fácil, lo único que puedo hacer por ti es darte un nuevo comienzo, tú segunda oportunidad.
Edward quedó unos momentos en silencio.
—Está bien, la única idea que podría rechazar en este momento es la de volver a... al mundo de los vivos, o como sea que lo llamen. ¿Prometes que no volveré?
—Sí, puedo prometer eso. Al menos por mi cuenta.
—¿Qué significa eso?
—Que no te enviaré ahora, pero si por algún motivo quieres volver en el futuro, será decisión tuya.
—¿Por qué querría hacer eso?
—Es mera información, que sepas que no estás sujeto a nada.
—Comprendo. Antes de hacer eso quiero saber si podré pertenecer a este nuevo lugar, sin prejuicios. ¿Podré obtener comprensión y todo aquello en lo que fallé?
—A esa clase de cosas me refería, Edward. Supongo que puedo ayudar con eso. Despreocúpate, solamente sé tú mismo. Estoy seguro que en el lugar al que vas serás muy bien recibido.
—Me alegra escucharlo.
—¿Estás listo?
—Creo que sí
—Necesito que estés convencido
—Lo estoy
—Bien, aquí vamos
Edward cerró los ojos y levantó la cabeza como si estuviera ante la reina a punto de nombrarlo caballero.
—¿Pasa algo? —inquirió el Ojo.
—¿No vas a enviarme hacia mi nueva vida?
—No, eso no me corresponde a mi, te voy a dar algo que te permitirá seguir, ahora espera unos segundos.
El Ojo cerró inesperadamente lo que parecían ser sus párpados. Por unos instantes nada pasó y después lo párpados retrocedieron. Los engranes de la escultura giraban apresurados. Algo parecido a una enorme lágrima dorada se derramó sobre la mesa de hierro. Segundos más tarde la sustancia se solidificó en la forma de una moneda grande. El objeto parecía hecho de esmeralda con un pequeño espiral violeta incrustado en el centro.
—Esa moneda es lo que te permitirá llegar a tu destino, un boleto si así lo quieres ver. Tómalo y llévaselo a Leonard, él sabe que hacer.
Edward estiró la mano y tomó la moneda. Luego de observarla un momento, revisó que su bolsillo estuviera en buenas condiciones y la depositó en él.
—Gracias... por todo —dijo Edward con voz débil. Se sentía mucho mejor ahora, pero aún estaba agotado emocionalmente.
—No tienes nada que agradecerme, fue un placer conocerte Edward Blackwells.
Edward sonrió tímidamente, sentía que debía estrechar la mano del hombre con el que había estado hablando, pero dadas las circunstancias, simplemente se llevó la mano a la nuca y se la rascó distraídamente.
—Adiós
—Hasta pronto
—¿Pronto?
—Más de lo que crees. —El misterioso artefacto comenzó a desaparecer en la oscuridad. Una diminuta ranura de luz apareció en medio de las sombras. La puerta del recinto se abría y detrás de ella esperaba la sala en la que había estado antes.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario