viernes, 15 de julio de 2016

14- Lucius D'arque

Pasaron algunos días antes de que Edward tuviera la mente clara con respecto a lo que había pasado la noche del festival de los muertos. Recordaba todo como un sueño. Apenas creía que había sido capaz de acercarse a Eliza y establecer conversación con ella. Mucho menos creía que lo hubiera invitado a bailar y le permitiera acompañarla a su casa. Esa parte de la celebración la recordaba con una sonrisa boba en el rostro. Pero como una nube llena de furiosa tormenta llegaba el recuerdo del espectro en el bosque y el encuentro con el tal Lucius. Una parte de él se negaba a creer lo que le había dicho. De alguna forma lo hacía sentirse traicionado y, de ser cierto, significaba que todo a su alrededor corría un temible peligro. Esa idea era la que menos podía soportar. Sin embargo lo que Leonard le había contado no dejaban de darle vueltas en la cabeza. Después de todo, Darkus era el hombre que había obligado a su amigo a quedarse en la sociedad. En el tiempo que lo conocía no pensaba en él como una mala persona, sólo alguien que había sido privado de su estilo de vida y lo expresaba con claridad. La razón era incierta, pero sus tropiezos en vida no podían haber sido tan graves. Hasta dónde Edward sabía, la muerte le deparaba un destino cruel a aquellos cuyos actos fueran dignos de castigo. Un destino como el que Lucius estaba sufriendo. Con esto no pudo evitar preguntarse si él era una de esas almas, condenada a una existencia de dolor por sus actos.
La otra parte le indicaba que había algo sincero en el hombre tras el espejo, así como algo siniestro detrás del director de la sociedad. Descubrió que se mantenía tranquilo mientras pensara lo contrario. Pero eso era sólo porque no consentiría que su presente se viera afectado por algo que ni siquiera le incumbía. ¿Qué tenía que ver él en las luchas de poder y cosas que no comprendía del todo? ¿Porqué tendría que afectarle aquello sólo por un accidente? O quizá no había sido accidental el encuentro. Tal vez había sido en el momento justo y era él quién tenía que poner un alto a todo. ¿Estaba preparado para algo así? Podría ser. En los últimos meses se había dado cuenta de su potencial, ya nada le parecía imposible. ¿Quería hacerlo? Por supuesto que no. No quería verse fuera de su tranquilidad. Pero si lo que Lucius decía era cierto entonces no había tranquilidad a la cuál aspirar. Pues, según él, todo eso se acabaría si Darkus lograba el supuesto objetivo.
Al menos mientras viajaba a la Tierra de mortales podía concentrarse en su labor. Pero en los pocos momentos de paz que gozaba, las ideas volvían para atormentarlo. Llegó un punto en que pensó pedir audiencia con Darkus con el simple propósito de buscar cualquier cosa que le pareciera sospechosa. Después de meditarlo la idea no pareció ser muy firme, así decidió que sería mejor hablarlo con alguien. Pero la única persona en quién confiaba era Leonard y sabía lo que opinaría al respecto. Con seguridad daría la razón a Lucius e iniciaría una revolución en el acto al confirmar que su director tramaba algo. Aunque nada perdía al intentar hablarlo con seriedad.

En los días que habían pasado desde el festival todo volvió a la normalidad con una velocidad sorprendente. Las decoraciones en las calles habían desaparecido y los habitantes del pueblo regresaron a sus actividades cotidianas como si nada hubiera ocurrido ahí. De vez en cuando se escuchaban comentarios sobre el excelente desfile o lo divertido que había sido todo. Aquél era el único vestigio de las celebraciones que tuvieron lugar días atrás.
Parte de los actos cotidianos fue el regreso a las tardes en Cuerno y Escama con Leonard después de un largo día de trabajo en la mansión. Edward vio, en una de esas tardes, la oportunidad perfecta para sacar el tema. Su amigo estaba de muy buen humor, lo cuál era poco usual. Aquella noche, el propietario de la taberna los acompañaba a la mesa.
—Sí, una vez tuve un encuentro con el espíritu de la noche de muertos —relataba Angus en voz baja y con los ojos entrecerrados —. Estaba buscando leña a mitad del bosque cuando me sorprendió el anochecer. Fue entonces que vi unos grandes ojos entre la niebla, amarillos como llamas y una gran sonrisa con dientes afilados.
Agna, qué estaba a su lado, giró los ojos con escepticismo.
—Vino a mi con sus garras grandes, pero yo estaba preparado —continuó el hombre haciendo ademanes, atrayendo la atención de quienes estaban en mesas aledañas —. Tomé el hacha y atesté un golpe en su contra. El primero lo fallé, la criatura era demasiado rápida. Pero al segundo no tuvo tanta suerte. Con un rápido movimiento le clavé el arma en la espalda, mientras eso me hizo esto con sus filosas garras.
Mostró a todos tres largas líneas que iban desde el codo hasta la palma de su mano. Varios hicieron exclamaciones de sorpresa.
—Un árbol le hizo eso —le susurró Aghna a Edward —. Intentaba quitarle las bellotas a una ardilla cuando el muy torpe cayó de bruces y se rasgó el brazo con las ramas.
El muchacho tuvo que morderse los labios para reprimir una carcajada. El resto aplaudió cuando Angus terminó su heroica historia diciendo que había ahuyentado a la criatura a gritos.
—Bueno, bueno. Suficiente de tus aventuras por esta noche —dijo la mujer levantándose —. Dejemos que nuestros clientes atiendan sus asuntos.
Los hombres que solían reunirse para jugar naipes fueron los primeros en retomar su juego. Les siguieron los demás comensales, murmurando y comentando la historia que acababan de escuchar.
—Si necesitan algo estamos a sus ordenes, caballeros —les dijo Angus. El banco debajo de él crujió al liberarlo de su gran peso.
—Gracias —respondieron al unísono Leonard y Edward.
—Vaya que debió ser aterrador toparse con ese espíritu —aseguró su amigo.
—Pudo ser peor. Además no fue lo único peculiar con lo que me topé esa noche —respondió él, observando la reacción de su compañero.
—¿Qué quieres decir? —preguntó algo incrédulo.
—Necesito contarte algo, Leonard. Pero primero quiero saber si serías capaz de darme una opinión sobre Darkus sin dejarte llevar por lo que pasó entre ustedes.
Su amigo lo miró sombrío. La sonrisa desapareció de su rostro, aunque no por completo.
—No la necesitas. Ya te la he dicho suficientes veces. No confío en él y es todo.
—¿Por qué? Sé lo que te hizo. ¿Pero acaso hay algo más? Algo que no sólo tenga que ver contigo. Algo que tenga entre manos.
Leonard quedó pensativo mirando el fuego de la chimenea.
—Sí, hay algo más —declaró.
Edward sintió otro peso encima. No quería seguir con aquello. Pero por otro lado sentía que no tenía más opción.
—Tiene algún tiempo desde que sucedió. Antes de Balthus yo solía ser el asistente de Darkus —contó el hombre con expresión sombría —. Por supuesto no me confiaba muchas cosas, sólo me enviaba a resolver todo aquello de lo que él no quería encargarse. A veces pienso que era un pretexto para mantenerme ocupado todo el día.
‹‹ Una noche estaba a punto de irme cuando recordé que debía llevarle unas cosas a la torre. Lo habría pospuesto, pero sabía que encontraría la manera de hacerme pagar por ello, así que subí cuanto antes. Extrañamente encontré su habitación vacía. Entré para dejar lo que debía entregarle y me di cuenta de algo que estaba sobre su escritorio. Pero en ese momento él entró. Logré disimular que hubiera visto algo, aún así me interrogó sobre aquello. Nunca lo había visto tan furioso, en sus ojos había algo distinto, una ira asesina, si es que le puedo llamar así. Al final no sé si quedó convencido. Sólo sé que al siguiente día me envió al área de listas y contrató a Balthus un tiempo después.
Procedió a beber un largo trago del tarro como solía hacer. Mientra tanto Edward se sintió abatido. Las piezas se estaban conectando, eso no le gustaba. Parecía que él sería una pieza clave en todo ese asunto.
—¿Qué fue lo que viste con exactitud? —preguntó en contra de todo deseo.
—Algún tipo de diagrama lleno de símbolos extraños, tú sabes, cómo las runas que representan a los dioses... pero distintas. También había un mapa de Gloom Town en el que marcaba puntos clave del pueblo y sus alrededores.
Edward meditó aquello. Pensó en las runas de los dioses y en lo que había dicho Eliza sobre el dios oscuro cuyo nombre no recordaba. Hasta entonces no había pensado en la existencia de dioses oscuros, pero si existían los que cuidaban las Tierras de Muerte sería lógico que existiera algo de lo cuál debían protegerlos. ¿Sería posible que ese fuera el poder oculto de Darkus? Algún tipo de comunión con esos dioses.
Sin embargo creyó que seguía precipitándose. Aún no estaba por completo seguro que todo eso fuera cierto. Era posible, claro, pero no sentía que lo hubiera confirmado. El hecho de que Leonard no hubiera hecho algún comentario odioso hacia Darkus a lo largo de su relato lo perturbó más. Esa era la clase de opinión que buscaba.
—¿Qué sabes de un tal Lucius D’arque? —inquirió el muchacho. El repentino cambio de tema tomó por sorpresa a su amigo.
—Lucius... me suena ese nombre. ¿Quién es?
—Creo que solía trabajar en la sociedad —pensó que sería mejor no darle tantos detalles. Así quizá sería más fácil confirmar algunas cosas —. ¿Crees poder investigar al respecto?
—¿A qué viene todo esto? —preguntó Leonard, confuso.
—¿Puedes o no? —espetó su compañero.
—Vaya, relájate chico. Sí, puedo hacerlo.
—Lo lamento. Es que... siento que algo no va bien —por primera vez desde que había llegado a Gloom Town, Edward sintió su calma perturbada. Comenzó a pensar que todo había sido demasiado bello para ser cierto. Tal vez por fin comenzaba a ver la cara oculta de aquél lugar. Se llevó las manos a las sienes, a pesar de que el presión que sentía era más bien emocional.
—Debo asumir que tiene que ver con Grim.
—Sí, pero prefiero contártelo cuando hayas investigado lo que te pedí.
—Bien, lo haré. Ahora, bebe y cálmate. Lo que sea que pase seguro tiene una solución.
Y Leonard tuvo razón. Con cada trago del vino la cabeza le parecía más ligera, los problemas lejanos. Pero la sensación no iba a durar para siempre.

Esa noche Edward pasó todo el tiempo que pudo investigando sobre dioses oscuros en la biblioteca. Además de la mención que se hacía de Ténebre, ahora lo recordaba, era aquella de la historia que Eliza le había contado. Cuando preguntó sobre el tema, una de las asistentes del lugar lo miró con recelo y negó, cortante, que hubiera tal cosa en el recinto. El muchacho no supo si preocuparse más, pero decidió no pensar en nada hasta la mañana siguiente.
Leonard llegó con actitud misteriosa al final del turno.
—Ey, ya sé porque se me hacía conocido el nombre —le dijo casi en un susurro —. Tenías razón, Lucius D’arque trabajaba aquí hace mucho tiempo. Antes que yo llegara. Pregunté a uno de los escribanos. Parece que solía ser asistente de Darkus también.
—¿Tienes idea de qué pasó con él?
—Al parecer dejó la sociedad. No sé muy bien la razón, pero me dijeron que tuvo un altercado con nuestro estimado director.
Aquél, pensó Edward, confirmaba hasta cierto grado la veracidad de la historia de Lucius. Lo último que quedaba era preguntarle al mismo Darkus, pero en vista del destino que habían sufrido sus últimos dos asistentes, era mejor sacar conjeturas propias.
—Bueno, ¿ahora vas a contarme qué tienes en mente?
—Sí, pero no aquí. Creo que lo mejor será que vayamos al departamento.
Terminaron de guardar sus cosas y fueron al patio de la mansión para abordar un carruaje. Durante el camino no hablaron nada, pero Edward supo que su compañero podía percibir que estaba preocupado.
Ambos se sentaron a la mesa del comedor una vez que llegaron.
—Todo parece indicar que tenías razón —comenzó Edward —. Puede ser que Darkus no sea quien aparenta ser.
Su amigo lo miro entre satisfecho e intrigado.
—Encontré a Lucius. Según su historia no se fue de la sociedad. Grim lo expulsó porque descubrió algo que pone en peligro todo como lo conocemos.
—¿De qué hablas? ¿Cómo que lo encontraste?
—La noche de muertos —continuó —, mientras buscaba tu lista encontré una puerta debajo de las escaleras. Lleva a un salón lleno de objetos abandonados, entre ellos un espejo muy peculiar. Lucius está encerrado en él. Creo que es un portal. Dijo que estaba prisionero en un lugar donde solo hay oscuridad y odio.
—Suena como el Dominio de sombras —dijo Leonard.
El muchacho lo miró, confundido.
—Es el lugar al que enviamos a las almas negativas. No sabes mucho al respecto porque no es tu área —aseguró él. Edward quiso decirle que sabía más de lo que él pensaba, pero lo dejó seguir —. Verás, el turno nocturno se encarga de ellas. Son las almas de aquellos que han cometido crímenes; Asesinos, corruptos, esa clase de gente, tú entiendes. A diferencia del resto que les es permitido seguir adelante, estas almas van directo al dominio de sombras. Un lugar donde solo existe oscuridad y el tiempo no pasa. Imagina los sentimientos más horrendos y violentos de la humanidad concentrados en un solo lugar, alimentándose de esa misma negatividad una y otra vez por la eternidad. Es un destino peor que cualquiera que puedas imaginarte, una tierra de pesadillas constantes.
Algo llegó a la mente de Edward, no estuvo seguro que era, pero le pareció como si recordara algo similar a lo que le estaba describiendo su amigo. Sintió un repentino pesar por Lucius.
—¿Es posible que un alma inocente entre ahí? —preguntó.
—Bueno, no sé que consideres inocente, pero entiendo que quieres decir y te diré algo; Si Darkus quería deshacerse de Lucius en un lugar que estuviera aislado de las Tierras de Muerte, ese era el sitio indicado. Jamás saldría de ahí y no podría contar su secreto a nadie. Hasta ahora.
Ambos quedaron en silencio, contemplando la noche desde la ventana. Pasó un rato antes de que alguno volviera a decir algo.
—Ya sabía que éste día llegaría pronto —dijo Leonard, aún mirando la ventana —. Los secretos del hombre no podían mantenerse ocultos por siempre. Sabía que un descuido iba a volver para atormentarlo.
—Aún no puedo creerlo. No quisiera creerlo —el muchacho tenía la mirada perdida en el horizonte.
—¿Tanto te agradaba Darkus?
—No me refiero a eso. Es que esto significa que todo está por cambiar.
—Cierto. El cambio, como la muerte, es de las pocas cosas que podemos estar seguros durante y después de la vida. Todo siempre cambia. Ahora procuremos que cambie para bien.
Edward sintió en su interior que algo se abría paso. Ya lo había sentido antes, pero en pequeñas cantidades. Ahora creía que iba a partirle las costillas por la mitad para salir de golpe desde su corazón. Era una extraña mezcla de miedo y decisión. Leonard tenía razón. Si todo iba cambiar, era mejor que hiciera lo posible para equilibrar la balanza.

Después de dos días aún no se había decidido a volver al salón abandonado. Ya no porque desconfiara, sino porque sabía que esa visita marcaría un punto sin retorno en su camino. Aunque no tenía por qué ser así. Podía escuchar lo que Lucius tuviera que decir, pero eso no lo obligaba a nada. Mientras le daba vueltas al asunto observaba las últimas hojas caer de los árboles desde la terraza del departamento. Decidió que entra más lo pospusiera menos querría hacerlo.
Llamó a Ace, que estaba acurrucado en su montón de paja. Se sintió mal por molestarlo, pero el caballo parecía más que contento de acompañarlo.
Volaron directo a la mansión. La luz de la tarde ya comenzaba a cederle el paso al anochecer. Aterrizaron a las afueras del bosque cerca de los límites de la mansión. Indicó a su compañero que lo esperara ahí.
Algunos recolectores venían bajando por la escalera. Edward los saludó como sin nada y procedió a saltar la barda con rapidez para que nadie más se diera cuenta. Ahora, con la luz del atardecer, advirtió unos huecos y piedras que estaban dispuestos a manera de escalones por los que sería más fácil subir. Con cierta amargura pensó que de haberlos visto antes no estaría metido en aquel asunto. Vio el hueco que llevaba a las escaleras, estaba bien oculto entre sombras y trozos de madera. Dio un último vistazo a su alrededor, cuando estuvo seguro que nadie lo miraba, entró.
Se olvidó por completo que el pasillo estaba a oscuras. Lamentó no haber llevado consigo una fuente de luz, lo haría después. Se paró frente a la gran puerta, se tomó unos segundos y la abrió.
Por las rendijas entraba un poco de los últimos rayos del atardecer. Todo seguía igual, excepto por el espejo al fondo que ahora estaba descubierto. Recordó que le había parecido un dragón enroscado y dormido, ahora veía la razón. Las enredaderas no solo tenían espinas. En ellas había grietas que asemejaban escamas grandes. Pensó que aunque era elegante y muy elaborado, no dejaba de haber algo siniestro en él. El interior era negro intenso, aún con la poca luz que había en el cuarto, como si la absorbiera por completo.
—¿Hola? —llamó con cautela.
—Volviste —respondió la voz distorsionada desde el espejo.
—Sí. Debía aclarar cosas antes.
—No te culpo. Hiciste bien en no confiar al principio, ahora lo sé —el rostro blanco y sin expresión apareció en el espejo, seguido del torso y las manos cubiertas por la negrura —. Yo tampoco lo habría hecho.
Edward lo observó materializarse. Había olvidado el detalle de la máscara. Se preguntaba como podría haberlo hecho siendo que era lo más llamativo de aquel personaje.
—¿Porqué llevas esa máscara? —inquirió el muchacho sin preámbulos. Aún intentaba descifrar si había ojos detrás o no. Lucius hizo una pausa antes de responder.
—Ya te he contado la naturaleza del lugar que habito. El dolor aquí es regla, la oscuridad la única compañera —habló en voz baja —. No sé cuánto llevo aquí, podría ser una eternidad y no lo sabría. Pero desde que fui confinado a esta pesadilla he sido torturado, humillado, reducido a las formas más bajas que puede alcanzar un alma humana.
El muchacho se sintió conmovido, en su voz había genuino sufrimiento. Sin embargo esperó a que el hombre terminara de hablar.
—Debido a eso —continuó —, mi rostro y cuerpo han sido mutilados. Ya no soy lo que solía ser. Este escondite me ha proporcionado refugio de mis atormentadores, así como esta máscara te protege a ti de mi temible apariencia. Te aseguro que no querrás ver lo que hay debajo, y aún cuando quisieras no te lo permitiría. Prefiero mantener mi dolor para mi. Nadie más.
Guardaron silencio. Edward decidió que eso no interferiría con lo demás. Aún tenía sus reservas y planeaba ir con cuidado el resto del camino. Si se dejaba influenciar por aquella triste historia terminaría por sucumbir a todo lo que el hombre dijera.
—Entonces —dijo con firmeza y aclarándose la garganta —, sabemos que estamos en peligro. ¿Cómo lo detenemos?
—Me gusta tu actitud, muchacho. Pero no es tan sencillo como eso. Tengo una vaga idea de lo que podemos hacer, pero para llevarla a cabo necesitare de un primer favor. Una misión, si quieres verlo así.
—De acuerdo, ¿cuál es esa idea? —Edward se sorprendió de lo determinado que sonaba.
—Es probable que quieras sentarte. Hay mucho que discutir —dijo Lucius. Hasta entonces notó un silbido que provenía de su pecho, cómo si el mero acto de tomar aire para hablar fuera de extrema dificultad —. La fortaleza de nuestro enemigo radica, no sólo en su mente estratégica y tenaz, hábil para manipular las mentes débiles. Cómo ya te lo había mencionado, posee un poder que podría subyugar a los mismos dioses. ¿Tienes idea de cómo es posible que tal poder exista en primer lugar?
—¿Tiene que ver con los dioses oscuros? —cuestionó.
—No, no en realidad. Se trata de un poder creado por los dioses protectores de esta tierra. Un poder que, por supuesto, ha caído en las manos incorrectas. Aunque ellos no tendrían manera de saberlo. Han pasado eras desde que ese poder tocó las Tierras de Muerte por primera vez y no siempre le perteneció a Darkus.
‹‹ Ahora, ese poder, no existe por sí mismo. Es algo etéreo que necesita de un recipiente para ser manipulado, algo que lo contenga. En este caso se trata de la posesión más preciada de nuestro rival. Una guadaña otorgada por la Muerte misma al hombre para llevar a cabo su labor.
Edward de inmediato identificó el objeto descrito. El instrumento que descansaba en una vitrina detrás del escritorio del director de la sociedad. Sintió un nudo en el estómago.
—Y debo suponer que habrá que quitársela —dijo con temor.
—¡No seas tonto, muchacho! Inténtalo siquiera y entenderás como es este lugar en carne propia... o alma, en realidad. Darkus y su séquito jamás te permitirían poner un dedo sobre ella. Aún si lo hicieras no llegarías muy lejos. No tienes idea de cómo manipularla.
Se relajó por un instante. Ya se imaginaba escabulléndose a mitad de la noche en la torre, sin ninguna idea de cómo salir de ahí ileso.
—No, no. Nosotros debemos actuar en las sombras —respondió Lucius, agitándose y tosiendo —. Pretender que nada está sucediendo, hacer que Darkus se sienta seguro de que nadie sabe sus planes. Además, no podemos sólo destituirlo y expulsarlo como hizo conmigo, no. Primero debemos exponerlo ante sus seguidores como el fraude que es. Así todos se volverán en su contra y llevarlo a su justo destino será más sencillo. Y para eso necesitamos que use su poder. Por supuesto que eso requerirá tiempo.
—¿Cómo haremos ...—se detuvo a pensar. Ya estaba involucrado en su totalidad. Aún podía negarse, pero todo parecía demasiado serio como para huir.
—... para que use ese poder?
—Habrá que provocarlo. Y cuándo eso suceda necesitaremos algo con que defendernos.
Había demasiadas preguntas en su cabeza ahora, todo comenzaba a dar vueltas de nuevo. Empezó a cuestionarse si lo que estaba haciendo era correcto, pero se sorprendió descubriendo que todas esas dudas venían del miedo que sentía por involucrarse en tal situación. Cerró los ojos y se tranquilizó. Lo más importante ahora era saber su papel.
—De acuerdo, un momento. Así que Darkus tiene un arma poderosa creada por los mismos dioses. Aún no comprendo que quieres de mi —le dijo con los ojos todavía cerrados.
—Lo que necesito es que encuentres algo por mi y me lo traigas —concretó Lucius.
—Suena muy sencillo.
—No lo es.
—Eso imagine.
—Para que comprendas que es lo que te pido, debes escuchar algo más.
Edward comenzaba a perder la paciencia. Pero se dijo que el hombre llevaba años sin hablar con nadie.
—Está bien. Cuéntamelo —respondió, paciente.
—El arma de Darkus no es única. Existe otra cuyo poder es el mismo que su contraparte. Pero está escondida en algún lugar del pueblo. Sólo él sabe dónde está.
—Espera... entonces, ¿tiene dos armas de igual poder? Eso no es muy alentador, debes aceptarlo —lo interrumpió el muchacho.
—Cierto, pero la ocultó porque no sabe como usarla. Ese error le costará todo. Nosotros debemos encontrarla.
—¿De qué nos servirá si no sabemos como usarla?
—¡Una cosa a la vez! Si se la quitamos de las manos tendremos una gran ventaja sobre él. ¿Comprendes? —al parecer Lucius también comenzaba a exasperarse.
—Bien. De acuerdo. Entonces ¿qué es lo primero que quieres que haga?
Los ánimos se apaciguaron una vez más.
—Necesito que me traigas un libro. Un libro que Darkus tiene oculto en su oficina —sentenció el hombre.
El nudo en el estómago volvió con mayor fuerza, sintió que le estrujaban los intestinos con una vara de hierro ardiendo. Así que después de todo si tendrá que escabullirse para robar algo. Intentó no mostrarse incómodo.
—¿Cómo entraré a la torre sin que note mi presencia? —preguntó. Era lo primero que había llegado a su mente.
—El viejo Grim tiene el hábito de dar paseos nocturnos. Le ayudan a despejar la mente. O al menos eso decía. Suele tardar bastante. Podrías aprovechar ese momento para encontrarlo. Puedo asegurarte que es un hombre de hábitos, no dejará de hacerlo por ningún motivo —le aseguró.
Al menos esa parte podía corroborarla.
—Creo que si te das prisa, podrías hacerlo esta misma noche.
El salón había quedado sumido en la penumbra sin que Edward lo notara. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba ahí. Ace debía estar inquieto o quizá ya se había ido al bosque.
—Nada de eso. Debo planearlo —aseveró el muchacho. Vio que Lucius iba a reprenderlo, pero se contuvo, lo cuál era sabio. Para esos momentos Edward hubiera salido del salón sin decirle más.
—Bien. Pero no tardes mucho. Entre más tiempo te tomes más ventaja tiene él sobre nosotros. No te confíes y no confíes en su palabra.
—¿Cómo es el libro? —lo único que ahora quería era salir. El salón de pronto le resultaba insoportablemente encerrado.
—Será muy fácil reconocerlo. Su cubierta es de piel rojiza, muy común, pero sus páginas son negras y está escrito en tinta plateada. ¿Crees poder recordar eso?
—Claro, no será un problema.
—Y no te molestes en buscarlo en el primer lugar que te venga a la mente. Con seguridad lo tiene bien oculto. Puede ser una tabla suelta en el piso o un ladrillo en la pared. Piensa en lugares poco comunes para un libro. Eso te hará más sencilla la búsqueda.
Edward asintió con la cabeza. Se levantó del banco donde se había sentado.
—Ya es hora de que me vaya. Hay mucho que hacer —le dijo con fatiga.
—En cuánto lo tengas, tráelo. Quiero descifrar esto lo antes posible —respondió Lucius. Su voz de nuevo parecía enferma y débil.
—Lo haré. Ten una buena noche —no supo si era correcto decirle eso a un hombre en su condición. Pero estaba acostumbrado y no creía que fuera a molestarlo.
—Gracias Edward, por confiar y volver. Si trabajamos juntos lograremos mucho, ya lo verás —le dijo con tal sinceridad que casi lo hizo sentir mal por dejarlo solo en la oscuridad del salón.
—No tienes nada que agradecer —respondió y se dirigió a la salida con rapidez, cerrando la puerta detrás.

Se alegró de no tener que trabajar al día siguiente de aquel encuentro. En cuanto despertó después de una noche de sueño reparador, las ideas le cayeron encima con tal peso que no se levantó hasta pasado el medio día. Pensó que sería buena idea tomarlo con calma, pero se dio cuenta que estando en casa no dejaba de pensar en la cuestión del libro. Lo que más le preocupaba era ser descubierto, ya fuera durante o después. No pensó en preguntarle eso a Lucius. ¿Tenía que reemplazar el libro con algo? Sabía que Darkus no tendría piedad contra él. Lo desaparecería y nadie haría nada para evitarlo. Quizá Leonard. Sí, aquella era una buena idea. Se lo contaría todo, tal vez así estaría un poco más protegido.
Por ahora lo único que no quería era seguir pensando en ello. Podría ser que un paseo por el pueblo lo ayudara a distraerse. Echó un vistazo a la alacena para ver que le hacía falta. Iría a la calle Nightshade para mirar los aparadores y comprar algunos bocadillos, frutas, dulces y té.
Los días gélidos aparecían de forma ocasional. Aquél era uno de ellos. El viento ya no era fresco, sino que parecía cortar la piel, en especial en las partes más altas como el monte Moontower. Esto quería decir que el Invierno apenas despertaba, enviando pequeñas señales de su próxima presencia. A Ace no parecía importarle, de hecho se le notaba más ágil entre más frío estuviera el clima.
Descendieron en el centro del parque, donde no había mucha gente. El caballo lo seguía de cerca cuando iniciaron el recorrido hacia la calle Nightshade.
Para ser un día de descanso las calles parecían solitarias y el mercado no estaba tan repleto de personas como lo hubiera pensado. Camino a las tiendas Ace se quedó mirando los puestos de frutas, moviendo los labios como solía hacer cuando pedía comida a Edward. El muchacho le compró algunas manzanas e hidromoras que lo mantendrían entretenido por el resto del paseo.
Observaron que había de nuevo en los aparadores. Algunas linternas, calabazas y flores sobrevivían ahí desde la noche de muertos, otras habían sido reemplazadas por las habituales decoraciones de las tiendas. En el aparador de una tienda de libros vio varios tomos muy grandes con las portadas envueltas en piel rojiza, como imaginaba aquél descrito por Lucius. Se preguntó si sería buena idea comprar uno en caso de necesitar un reemplazo que colocar en la oficina de Darkus.
Aún no podía creer que estaba considerando hacer algo tan arriesgado. Una vez más pensó que estaba muy a tiempo de negarse. ¿Pero qué pasaría después? ¿Era capaz de seguir adelante con su rutina sabiendo todo lo que sabía? Preocupándose porque en cualquier momento todo resultaría cierto y ya sería muy tarde para hacer algo.
Vio su reflejo en el aparador de la tienda. De nuevo había dejado que esos pensamientos tomaran el control. Así que hizo lo primero que se le ocurrió para distraerse. Entró a la tienda y compró el libro. Al menos eso le daba una vaga sensación de tranquilidad.
Sin embargo cuando salía de ahí todo pensamiento relacionado con Darkus, Lucius y el libro se desvaneció como por arte de magia. Eliza observaba la vitrina de la tienda frente a la que él estaba parado. Llevaba la cabeza cubierta con el gorro de su capa, pero un mechón pelirrojo le asomaba por el borde. Por supuesto sus ojos eran lo que más resaltaban de aquella imagen. Entre el brazo y la cintura sostenía una canasta grande. Edward había tenido intenciones de visitarla en todo ese tiempo, pero no se le había ocurrido un buen pretexto. Además no sabía si lo que habían hablado esa noche era una invitación abierta a ello. Pero esa era la oportunidad perfecta para reestablecer el contacto.
Se acercó decidido, dejando a Ace detrás. El caballo bebía agua de un barril grande cerca de la tienda de libros. La chica estudiaba el contenido de un pedazo de papel que tenía en la mano.
—Buen día, señorita Hallow —la saludo con animo.
—¡Edward! Que sorpresa —respondió ella, algo sobresaltada.
—Oh lo lamento, no quise asustarla —de pronto temió haber sido demasiado efusivo.
—No, no, nada de eso. Me da gusto verte. ¿Cómo has estado?
Le extrañó la confianza con la que le hablaba, pero así era mejor.
—Toda va bien —mintió —. ¿Qué tal usted?
—Oh vamos, no es necesaria tanta formalidad, Edward. Ya me doy cuenta que eres todo un caballero —le dijo con tal sonrisa que le provocó un escalofrío.
—En ese caso, ¿cómo estás tú? —pregunto, devolviéndole la sonrisa.
—Todo muy bien. Hago mis compras matutinas... aunque, claro está, se me ha hecho un poco tarde. ¿Qué hay de ti?
—Salí a pasear un rato, para relajarme y despejar la mente.
—Imagino que un recolector debe tener mucho en que pensar.
Él se limitó a sonreír.
—Qué enigmático —dijo ella estudiándolo con sus bellos ojos.
—¿Le importaría si la acompaño? —preguntó, sin darse cuenta de su reincidencia en la formalidad.
—En lo absoluto. Siempre hago mis compras yo sola. Un poco de compañía me caería bien, para variar. Vayamos.
Entraron a la tienda. En ella había toda clase de canastas llenas al tope con diferentes cosas. Más allá frascos repletos de polvos, hojas, entre otras cosas. Parecía un lugar de especias y semillas.
—Debo reabastecer mi alacena. Los rituales de Otoño se llevaron casi todo lo que tenía —comentó, pasando los delicados dedos sobre las etiquetas en los frascos. Edward recordó la noche del baile.
—¿Qué clase de rituales son esos? Si no le importa que pregunte.
—Ofrendas, en su mayoría. Una ocasional danza bajo la luz de la luna —por su ojos cruzó la mirada de quien oculta algo para sí mismo por ser muy especial —, en fin. Es la época en que más invierto mi yerbas, semillas y frutos.
—Eso me recuerda —dijo él —, después de acompañarla a casa tuve un encuentro con una criatura peculiar.
Eliza dejó el frasco que estaba observando y puso su atención en él.
—Así que te topaste con el espíritu —aseguró, sorprendiéndolo.
—Sí, así es ¿cómo...?
—Lo vi deambulando en las sombras del bosque cuando íbamos camino a la cabaña —respondió con una sonrisa disimulada.
—Me parece extraño que no se acercara a nosotros en ese momento.
—Quizá prefiere que sus víctimas vayan solas —dijo haciendo una exagerada voz macabra y acercándose a Edward con los ojos muy abiertos. El muchacho sintió un repentino golpe de calor y como el rostro le ardía —. O tal vez supo que soy yo quien le deja ofrendas en el camino. Cómo sea, supuse que se encontrarían.
La chica devolvió la atención a las etiquetas de los frascos y comenzó a hacer cuentas con los dedos. Él la admiró. No podía dejar de observar sus movimientos entre delicados e impulsivos.
—Creo que estuve cerca de ser una de sus víctimas —dijo después de un incómodo silencio y desviando la mirada a una de las canastas que había cerca.
—Es una broma. La verdad no creo que quisiera hacerte daño, sólo está haciendo su trabajo —de pronto sonaba defensiva, aunque no molesta. Sin embargo él recordó los ojos luminosos y la sonrisa de dientes desiguales en medio de la oscuridad.
—Pues me dio un muy buen susto.
—Bueno, ¿qué sería la noche de Samhain sin unos cuántos sustos?
Edward meditó su respuesta. Luego recordó a la criatura alzando la mano al obtener la ofrenda que quería, casi como un saludo.
—Bien... puede que tenga razón —le respondió.
—De nuevo tan formal, Edward —dijo entre divertida y enternecida, mientras ponía en su canasta algo que parecía pasto largo y seco.
—Es que no estoy acostumbrado, lo siento.
—Está bien.
Continuaron el recorrido por la tienda. El muchacho inspeccionó de cerca el contenido de una pequeña canasta cercana. Contenía muchos pequeños manojos de ramas gruesas y oscuras que se torcían al final, unidas con hilo.
—Esto no es una garra de cuervo —dijo a la chica, señalando el letrero que lo marcaba como tal.
—Tal vez sea porque no lo son —le respondió Eliza aprovechando para poner varias en su propia canasta —. Se llaman así porque eso asemejan. Pocas cosas en ésta tienda son de origen animal y si lo son es porque los propios animales lo mudaron, abandonaron o ya no lo necesitaban. Usualmente recolectaría esto yo misma, pero con el Invierno tan próximo no creo tener el tiempo.
Edward descubrió que, una vez más se sentía fascinado por todo aquello, como en sus primeros días. Por supuesto que en los meses que llevaba cada día encontraba algo que lo sorprendía o intrigaba. Pero con todo el asunto de Darkus pensó, con tristeza, que su mundo había perdido algo de brillo. Sin embargo Eliza parecía devolverlo con todas las novedades que ahora le presentaba.
—¿No te resulta peligroso? —le preguntó cuando se dirigían a pagar la canasta que ahora estaba repleta de toda clase de hiervas y frascos.
—¿Peligroso? ¿De qué hablas?
—De recolectar todo esto en los bosques.
—¿Por qué lo sería? Los bosques son el lugar más tranquilo en la región. ¿De verdad piensas que son peligrosos?
Pensó en el espíritu y en la criatura enorme que había visto hacía mucho tiempo. Guardó silencio, pero su mirada culpable lo delató.
—Oh no, ¡Eso no puedo permitirlo, Edward! —exclamó la chica con emoción, como si hubiera encontrado un nuevo reto que superar. Pagó apresurada y tomó su canasta con júbilo —. Dejaremos esto en la cabaña y vendrás conmigo al bosque. Hay mucho que mostrarte.
—Permíteme ayudar con eso —ofreció él.
—No, no hace falta. Pero muchas gracias.
Salieron de la tienda y Eliza comenzó a caminar en dirección al arco que marcaba la entrada de la calle Nightshade. Edward iba tras ella y de pronto recordó que no estaban solos. Se dio la vuelta para buscar a Ace, pero ya no estaba cerca de dónde lo había visto por última vez.
—¡Eliza! Un momento —la llamó. La chica, que ya se había alejado bastante, volvió.
Pronto encontró a Ace, con la cabeza pegada al escaparate de una de las tiendas como buscando algo.
—¡Ahí estás! Perdóname —le dijo, acercándose para acariciarlo. El caballo respondió sacudiendo la cabeza con alegría —. Ven, vamos. No creerás a quién encontré.
Lo llevó hasta dónde Eliza esperaba. Su rostro resplandeció al verlo. De inmediato comenzó a usar esa voz melosa como lo había hecho la noche en el jardín.
—Hola, yo te conozco.
El caballo dio saltitos con sus patas delanteras, sacudiendo sus crines. A Edward le preocupó de pronto que ella pudiera conectar los hechos y supiera que también había estado en el jardín aquella noche.
—¿De verdad? —fingió él.
—Sí, nos encontramos una noche en el cementerio Blackrose, mientras recolectaba bayas —respondió, acariciándole el mentón —. Sé que era él por esos lindos ojos que tiene.
Ace estaba encantado una vez más con la chica y Edward pensó que no podía culparlo.
—No sabía que eran amigos —dijo Eliza al muchacho.
—Sí, es una historia interesante. Por ahora será mejor que vayamos. Creo que no tendrá problemas en llevarnos a los dos ¿verdad, amigo?
El caballo plantó las patas con firmeza y levantó el pecho con orgullo, emitiendo un resoplido en señal de aceptación. De inmediato dobló las rodillas para que la chica pudiera subir con facilidad.
—¡Vaya! Qué acomedido —exclamó Edward y luego dijo a Eliza —. Conmigo nunca hace eso.
Ella sonrió mientras él subía al lomo del caballo.
—Sujétate bien —advirtió Edward.
—No te preocupes, ya tengo experiencia —asintió, asegurando la canasta con un brazo y rodeando la cintura del muchacho con el otro. Él sintió un cosquilleo que le estremeció el cuerpo entero.
—Adelante, amigo —indicó a Ace con voz temblorosa y los tres despegaron hacia el cielo que, para entonces, ya estaba despejado.
Desde el cielo, la cabaña de Eliza resaltaba de entre el resto del bosque por el claro círculo de árboles que la rodeaba. Era como si la misma vegetación se hubiera apartado para darle su espacio y, aún así, la casa parecía pertenecer al mismo bosque. Era más grande de lo que Edward había imaginado. La fachada pequeña ocultaba un largo invernadero en la parte trasera de la casa.
Descendieron cerca de la entrada. El muchacho se disponía a bajar para ayudar a su acompañante, pero ella bajó con un salto ágil lleno de gracia. Edward intentó algo similar, pero terminó tambaleándose cuando llegó al suelo. Se sintió aliviado cuando se dio cuenta que la chica no lo había visto. Ace pareció burlarse con un relincho agudo, al cual el muchacho respondió con una mirada inquisidora.
—Dejaré esto en el pórtico y podremos irnos. No te muevas —indicó a Edward y antes de que él pudiera responder algo, la chica ya estaba saltando su propia cerca. Puso sus compras cerca de la entrada a la cabaña y se dirigió de nuevo a ellos.
—¿Tú también vendrás con nosotros, guapo? —dijo, guiñando un ojo a Ace. El caballo asintió, feliz —. Vengan, daremos un paseo por el bosque. Te demostraré que no hay nada que temer.
Iniciaron el recorrido en silencio. La primera sección del bosque era muy tranquila y la luz del día aún entraba por entre las ramas y hojas, que en algunos árboles ya eran escasas. Ahí sólo se oía el ocasional viento paseándose entre las plantas. Pero entonces encontraron una línea que marcaba con claridad la parte externa del bosque y lo que yacía en el interior. Era una división casi recta en la que la luz dejaba de iluminar una gran parte del bosque. Parecía que dentro reinaba una noche perpetua con vestigios de cosas que apenas lograban verse con los rastros de una luz de origen incierto.
Edward se detuvo en seco, mientras Ace y Eliza seguían con naturalidad. Ella se acercó al muchacho.
—Oye, no pasa nada —aseguró con una sonrisa.
—Lo sé, sólo estaba... admirando el panorama —mintió Edward. La chica rió y siguió adentrándose a la oscuridad.
El interior fue como revivir la noche de muertos. La poca luz que había parecía venir de pequeñas motas empotradas en los troncos de los árboles y de rayos azulados que se colaban por la maraña de ramas y hojas que los cubría por completo. Esta vez estuvo seguro de ver pequeños ojos que observaban desde la oscuridad, en los huecos de troncos y entre los arbustos de colores peculiares que había cerca. De vez en cuando se podían escuchar algo como gruñidos y ecos de risas agudas que le ponían los pelos de punta, pero tanto Ace como Eliza parecían acostumbrados a todo aquello, lo cual le dio cierta tranquilidad.
Pequeñas criaturas parecían corretear en el suelo lleno de hojas secas y en las plantas bajas que los rodeaban. Edward se paralizo al escucharlos, pero la chica le aseguró que no había nada que temer. Pensó que podría tratarse de ardillas o ratones, pero sabía que aquellos bosques estaban habitados por criaturas de las que quizá no tenía idea. Vinieron a su mente hadas, gnomos y toda clase de personajes fantásticos que, hasta entonces, moraban en su imaginación, producto de alguna historia fantástica que hubiera leído.
Eliza se detuvo en seco, asustando un poco. Ella le indicó, poniendo un dedo sobre sus labios, que guardara silencio.
—¿Qué sucede? —susurró Edward. La chica enfatizó su ademán con los ojos muy abiertos. Se quedaron inmóviles por completo. Incluso Ace se detuvo y alzó las orejas, pendiente de su entorno.
De las entrañas del bosque emanó un sonido leve y muy claro. Parecía el graznido de un ave muy grande y armoniosa. Edward pensó que estaba intentando articular palabras, aunque no lo estaba logrando muy bien. La sonrisa de Eliza se amplió. Les indicó que la siguieran con el mayor sigilo que les fuera posible.
Hacía mucho que el sendero del bosque había desaparecido, pero en aquella parte las raíces de los árboles se alzaban del piso, creando un laberinto de vegetación casi impenetrable. La chica, con agilidad gatuna, comenzó a escalarlas como si fuera algo que practicara todos los días.
Edward se dio cuenta que las raíces y troncos en aquella parte crecían en torno a algo, como si rodearan algo. Entre ellos se percibía un brillo que le pareció familiar. Se adentraron más entre las raíces y treparon  por ellas. Ace se quedó atrás con la cabeza inclinada, como guardando respeto ante algo. Quiso preguntarle de que se trataba pero Eliza se estaba alejando con rapidez, iba a perderla de vista si no la seguía, así que se adelantó, dando tumbos y aferrándose a lo que tuviera cerca.
Caminaron con extrema cautela sobre un delgado tronco. Debajo yacía una gran fosa de la cual no se podía ver el fondo. Por fin llegaron a la parte alta donde terminaban las raíces y comenzaban los troncos de lo gruesos árboles. Edward se dio cuenta que ya estaban varios metros por encima del nivel del suelo. Se alegró que las alturas ya no fueran un problema para él. Las hojas sobre sus cabezas cambiaban de colores como si se tratara de papel tornasol, coloreando todo a su alrededor.
Eliza se detuvo e indicó a Edward que se acercara, aún con el dedo sobre los labios reiterándole que no debía hacer ni un ruido. Estaban cercanos a una brecha entre los troncos de los árboles de la que emanaba un resplandor blanco.
La luz lo segó por un momento, pero cuando sus ojos se acostumbraron vio un inmenso santuario protegido por los árboles que parecían alzarse más allá del cielo. Hojas doradas caían del gran vórtice de luz que iluminaba con majestuosidad aquel lugar. El extraño canto de ave provenía de ahí, pero el santuario parecía estar vacio. Observó a Eliza en busca de una explicación, pero ella parecía hipnotizada mirando algo.
—Oye —la llamó  en un susurro —. ¿Qué estás mirando?
Ella giró la cabeza para verlo aún sonriendo. De pronto hizo una mueca de confusión.
—¿Qué acaso no lo ves? —le espetó con cierta molestia.
—¿Ver qué?
La chica aún lo miraba como si hubiera cometido un terrible error. Edward se sintió cohibido por ello.
—No estás viendo como deberías. Vamos, eres recolector. Tú sabes cómo observar. Observar de verdad. Cierra los ojos y mira.
Por un segundo se quedó pasmado. No tenía idea de lo que ella quería decir. Pero entonces recordó como era ver las cosas en su estado etéreo y le llegó a la mente el día en que habían viajado a la Tierra de mortales para retribuir la esencia del sauce. Hasta aquel momento nunca había pensado en usar sus habilidades en el mundo de los muertos, ni siquiera estaba seguro de poder hacerlo. Cerró los ojos e intentó concentrarse. El canto, lejos de distraerlo, se introdujo en su mente. Parecía guiarlo por una neblina muy similar a la del abismo en la mansión, aquella que le permitía descorporarse. Sintió, por un segundo, como si fuera a suceder, pero la sorpresa lo hizo volver en sí. Abrió los ojos súbitamente. Percibió el cuerpo entero entumido, como sucedía una vez que volvía por el portal a la mansión.
El santuario frente a él parecía el mismo, pero esta vez vio una enorme ave en su interior. No era cualquier ave, se trataba de un cuervo. Él era el que entonaba los cantos misteriosos. Sus plumas brillaban entre azul y plateado, la cabeza era por completo negra, adornada con un medallón muy brillante, cuyo resplandor sé unía con aquél que iluminaba la cámara.
Rodeándolo, había lo que parecían ser espíritus, todos de diferentes formas y colores. Eran ellos quienes hacían que las hojas se tornaran en varias tonalidades. Unidos por sus extremidades, ya fueran manos, pezuñas, ramas u hojas, formaban un círculo alrededor de la gran y majestuosa ave. Recibían de ella energía en forma de hebras plateadas que emanaban de sus alas abiertas.
En ese momento supo que estaba sucediendo. Se miró las manos y el cuerpo, percibiendo finas hebras luminosas que fluctuaban por sus brazos, piernas, todo lo que estuviera en contacto con otra cosa. También fluían desde Eliza. Las de la chica brillaban con gran intensidad y tenían tonalidades anaranjadas, cafés y cobrizas, a diferencia de las suyas que, aunque levemente más tenues, resplandecían como esmeraldas y plata lustrosa. No tuvo que preguntarse que era aquello, ya lo había visto antes. Lo percibía todos los días al conectarse con las personas a las que acompañaba desde la Tierra de mortales. Las hebras de luz que emanaban de ambos se conectaban con las que brillaban dentro de los árboles y que iban directo a la congregación de espíritus dentro del santuario. Era un constante ir y venir de energía entre todo lo que los rodeaba, al ritmo de lo que en vida hubieran sido los latidos de sus corazones.
Las preocupaciones, el miedo, las sombras, todo había desaparecido en aquél maravilloso instante en el que estuvo conectado por completo a su entorno. Por un segundo se olvido del bosque, de los árboles, incluso de Eliza a pesar de que estaba a menos de un metro de él. Era parte de algo más grande.
Pero tan pronto como había logrado aquello, la conexión se rompió y salió del trance con violencia, como si algo lo hubiera empujado. Creyó haber caído por el impacto que recibió, pero al abrir los ojos se dio cuenta que estaba en la exacta posición en la que había iniciado todo.
Eliza aún parecía embelezada. Sus bellos ojos violeta aún perdidos en la majestuosidad del acto que presenciaban. Pero entonces él se dio cuenta que ya no lograba ver a los espíritus. El santuario ahora parecía un gran claro del bosque sumido en una imposible oscuridad nocturna.
La chica cerró los ojos y alzó el rostro. Se quedó inmóvil por varios segundos, hasta que, con gran tranquilidad, le dirigió una mirada de paz absoluta.
—¿Ahora entiendes porque no hay nada que temer en el bosque? —le dijo sonriendo.
Edward se limitó a observarla y esbozar una sonrisa. Aún se preguntaba qué había roto la conexión de aquella forma.
La chica se sacudió y estiró los brazos, como si apenas hubiera despertado.
—Ahora volvamos —dijo como si ahí no hubiera pasado nada. Saltó por las raíces y, en menos de la mitad del tiempo que le había tomado subir, ya estaba abajo.
El camino de vuelta fue una experiencia nueva en su totalidad. Las sombras ya no le parecían siniestras, sino protectoras. Las ramas danzantes sobre su cabeza bailaban de alegría y ya no como demonios que acecharan en la oscuridad. Cualquier criatura que deambulara el bosque estaba ahí como parte de él y no buscaba hacerle daño. Comprendía ahora que todo estaba conectado. Sólo hacía falta verlo con los ojos correctos.
—Ninguna historia en ninguno de los libros que he leído podría describir con precisión lo que acabamos de presenciar —dijo a Eliza mientras volvían a la parte luminosa del bosque.
—Las maravillas que aguardan más allá de los límites son sólo para los que nos atrevemos a explorarlas. Ahora eres uno de los afortunados —respondió ella. En aquél momento le parecía más radiante y hermosa.
—Debo agradecerte que me ayudaras con eso.
Ace los seguía de cerca, jugueteando con cualquier cosa que encontrara en su camino. También su humor había mejorado.
Llegaron con prontitud al claro en el que la cabaña de Eliza se alzaba. Era curioso como los caminos desconocidos siempre parecían más cortos cuando se les conocía mejor.
—¿Te quedarías a tomar el té? —lo invitó ella.
—Con todo gusto —respondió él.
 El jardín frontal estaba delimitado por una cerca rústica que la misma Eliza había construido con tablas de diferentes tamaños y grosores. En un principio parecía desordenada y dispareja, pero al observarla mejor tenía un cierto encanto. Se había tomado el tiempo de decorarla con garigoles y dibujos de hojas muy bien trazados. Al parecer la chica tenía buena habilidad con los pinceles.
Varias plantas y enredaderas salvajes cubrían la mayor parte del terreno, extendiéndose hasta la fachada de la cabaña, cobijando con su follaje desde el pórtico hasta el tejado, dejando libre algunos espacios en los que asomaba la madera con la que estaba construida la casa. Sin embargo había partes en las que Edward se preguntaba si la cabaña era una construcción o algo que surgía del mismo bosque. Algunas paredes parecían crecer desde el suelo y las decoraciones en las ventanas constaban de ramas que nacían de las mismas tablas que las conformaban.
La puerta de la entrada crujió cuando Eliza la destrabó para abrirse paso. Ésta también estaba decorada con motivos de hojas. El dintel estaba coronado por una estrella de cinco picos rodeada por un círculo. El pentagrama de las brujas, pensó él, aunque no sabía con exactitud porque lo sabía.
—Bueno, bienvenido a mi hogar, Edward Blackwells —anunció Eliza, extendiendo las manos hacia el techo. Ace asomó la cabeza por una de las grandes ventanas abiertas.
El interior no era menos llamativo. Constaba de una gran estancia que en partes estaba solo dividida por cortinas. Pero la mayoría de las habitaciones que había normalmente en una casa, en esta estaban todas en contacto. El pequeño rincón que constituía la cocina era también parte del recibidor, así como de una especie de sala con un montón de cojines apilados junto con unos cuantos libros. Más allá había una pequeña escalera que llevaba a un segundo piso. Al fondo de la gran estancia una puerta de cristal llevaba al invernadero detrás de la casa. No había muchas cosas alrededor, pero Eliza no parecía ser la clase de persona que necesitaba mucho para ser feliz.
—Es un muy bonito hogar —respondió después de admirar todo lo que alcanzaba a ver. La chica sonrió y se dirigió a la parte de la cocina.
—Adelante. Puedes ir al invernadero. En seguida estoy contigo —indicó mientras llenaba de agua la tetera que tenía en la mano.
Se adelantó hasta la puerta de cristal y la empujó con cuidado.
El invernadero era, o eso le pareció, mucho más grande que la cabaña. Estaba lleno de plantas y flores, algunas de colores muy llamativos. Un olor penetrante a tierra mojada impregnaba todo, resultándole confortante. Varias enredaderas con distintos tipos de hojas pendían de cuerdas que cruzaban el lugar de lado a lado.
Justo en medio del lugar crecía un enorme árbol, cuyas ramas eran tan altas que habían atravesado el techo de cristal. Las ramas que estaban debajo del techo crecían frondosas, las que estaban por encima habían perdido la mayoría de sus hojas. De las ramas más bajas pendían frutos redondos de un color pálido.
Además de la luz que entraba por las paredes de cristal, pequeñas lámparas de tela iluminaban con calidez la parte baja del invernadero.
Dio un paseo entre las plantas, admirándolas y percibiendo sus distintos aromas. Vio una flor rojiza que le recordó el color en la portada del libro que había comprado, fue entonces que recordó lo que aún debía realizar. Giró los ojos abatido, harto de sus propios pensamientos que se negaban a dejar de torturarlo. Se dio la vuelta con enojo y se encontró cara a cara con Eliza, quien pareció sobresaltada.
—¿Estás bien? —preguntó casi en un grito.
—Lo lamento, sí... estoy bien —mintió él.
Ella lo miró con sospecha, pero era posible que aún no se sintiera con la suficiente confianza para indagar en lo que estaba sucediendo. Así, optó por indicarle un banco de madera frente a un gran muñón de tronco que hacía la función de mesa.
—Así fue como lo encontré. Yo no corté el árbol —aclaró la chica, a lo que Edward la miró por completo confundido —. Lo siento, no sé porqué sentí que debía mencionarlo.
—No te preocupes, no hacía falta —respondió él, con una sonrisita incómoda.
Eliza sirvió el té y entregó su taza a Edward. Bebió un sorbo, percibiendo un sabor dulce y a la vez un poco ácido.
—Interesante. ¿Qué es?
La chica olfateo su taza, después metió la punta del dedo en ella para luego llevársela a la boca. Se relamió los labios y miró hacia arriba como recordando algo.
—La verdad no tengo idea, estaba en la tetera cuando la puse a hervir —respondió encogiéndose de hombros. El muchacho la miró, entre divertido y confundido. Era impresionante la forma en que Eliza cambiaba de actitud de un momento a otro. Podía ser elegante y misteriosa, mientras que al siguiente minuto era tierna con mirada soñadora, como una niña.
 —Entonces ¿Qué tal el paseo de hoy? —le preguntó la chica. Bebió un sorbo de té y subió las piernas al banco, adoptando una posición poco usual.
Edward, que no estaba en lo absoluto acostumbrado aún a la falta de formalidad, abrió los ojos sorprendido, pero con rapidez disimuló mirando el fondo de la taza con gran curiosidad.
—Revelador, sin duda alguna —dijo, aclarándose la garganta —. Discúlpame si soy directo, pero en verdad me siento intrigado. ¿Cómo es que conoces tantas cosas del bosque?
—Oh bien, como ya te lo había mencionado, voy por ahí recolectando cosas. Paso más tiempo el los bosques que en cualquier otro lugar —mientras respondía, retomó su posición anterior —. Es curioso, porque siempre hay algo nuevo que encontrar. Por ejemplo el ritual de hoy, es apenas la segunda vez que puedo presenciarlo.
—¿Y qué hay con ser una bruja? —soltó él.
—¿Qué hay con ello? —preguntó la chica, defensiva.
—Perdona, no quiero ser entrometido o impertinente. Es que es algo tan nuevo para mi.
—No te preocupes, lo entiendo —dijo, relajándose —. Está bien. ¿Qué quieres saber?
—¿Cómo es? ¿Acaso usas poderes para... lo que sea? ¿Vas por ahí lanzando rayos e invocando cosas?
Ella, que estaba bebiendo de su taza, soltó una carcajada, volcándose el té encima. Edward se apresuró a alcanzarle una servilleta de la charola.
—No hace falta, gracias —respondió, aún riéndose —. Disculpa, es que tu visión de una bruja es muy... muy...
—¿Fantasiosa? ¿Inexacta?
—Irreal. Soy tan normal como cualquiera. La diferencia es que estoy en contacto con mi entorno. Además la magia no es algo que se pueda usar para todo. Te malacostumbrarías si lo hicieras... Aunque claro que puedo hacer varias cosas.
Ambos se quedaron en silencio un rato.
—¿Porqué no me preguntas lo que quieres preguntar? —inquirió Eliza, por fin.
—No sé de que hablas —respondió él, en verdad intrigado.
—¿Te gustaría aprender a usar la magia, Edward?
El muchacho quedó pasmado por un segundo. Había considerado pedírselo, pero no sabía con exactitud si siquiera era posible. Aunque no estaba de más considerarlo. Quizá algo de eso podría ayudarlo en un futuro que parecía aproximarse a pasos agigantados. Volvió al mismo asunto del libro, pero con Eliza como su aliada tal vez podría lograr algo más. Aunque no quería involucrarla en ello. Sí pudiera enseñarle unos cuantos trucos sería suficiente.
—Puede ser... —respondió, enigmático.
—¿Es eso un sí?
—De acuerdo. Sí, me gustaría.
La chica se levantó, tomó la servilleta que tenía al alcance y comenzó a limpiarse con ella donde el té se había derramado.
—Con gusto podría enseñarte. Pero hay varias cosas que debes entender primero.
Edward la miró con atención.
—Primero, como ya dije, no puedes usar la magia para todo. Te servirá para todo, pero no puedes usarla como un pretexto para no hacer algo que puedes hacer por ti mismo. ¿Está eso claro?
—Sí, eso creo.
—Segundo. No puedes usarla en contra de nadie. Por supuesto existe la cláusula de la defensa propia. Pero fuera de eso no puedes atacar ni perjudicar a nadie con ella ¿de acuerdo? En especial si se trata de venganza.
—Entendido.
—Y por último. Debes comprender que no eres mejor que nadie por tener estas habilidades. No estás por encima de nadie ni de nada. Simplemente tienes otra visión de las cosas y si te es posible, compártela y siempre ayuda a quienes lo necesiten. Convive con tu entorno como lo que eres, una parte de él.
Quedó atónito. Aquellas palabras lo habían conmovido de una manera que no comprendía en su totalidad. Nunca se había sentido mejor que nadie, ni siquiera en su posición de recolector. Su oficio siempre era el de ayudar a quienes lo necesitaban. Las almas que acompañaba día a día eran prueba de ello. Con temor pensó en lo que se aproximaba y se le ocurrió que quizá en sus manos estaba ayudar a inclinar la balanza a su favor, no en contra de nadie, sino a favor de todos los habitantes de Gloom Town.
—Lo entiendo —respondió. Eliza lo miraba con suma atención y comenzaba a ponerlo nervioso. Pero eso se debía a que su belleza le imponía tanto como su actitud. Hasta entonces se dio cuenta que con ella no se sentía capaz de llevar las riendas de una situación, pues era ella quien lo había guiado desde que se conocieran aquella noche del baile o incluso desde antes. Podría haberla confrontado en el cementerio, pero había decidido esconderse ¿Por qué?
—¡Me alegro! —exclamó con júbilo la chica —. Sabía que había algo en ti, lo presentía, desde la noche del baile. Ahora dime, ¿te gustaría ver algo en lo que he estado trabajando, Edward? —preguntó, misteriosa.
—Claro —respondió, aún atónito.
Eliza dio un salto e indicó con el dedo que la siguiera.
Entraron de nuevo a la estancia donde ella apartó una de las cortinas, revelando un pasillo lleno de estantes con frascos, y un pedestal en el que descansaba un libro muy grande. Sobre una mesa llena con instrumentos metálicos, entre otras cosas, yacía un bulto grande cubierto por una sábana.
La chica lanzó su mirada misteriosa una vez más antes de develar lo que estaba oculto debajo. Apartó la cubierta de forma dramática. Sobre la mesa había algo similar a una escoba, repleta de alambres, tuercas y tornillos. Un asiento sobresalía del mango, debajo de éste dos pedales. En la parte donde el mango se conectaba con las cerdas, atado con alambres de cobre, descansaba un cilindro metálico. El artefacto entero estaba cubierto por runas y símbolos, tallados a mano con gran cuidado.
—No estoy seguro de qué estoy presenciando —puntualizo Edward.
—Es una escoba que vuela. Aún no, en realidad, pero lo será algún día. Pronto.
—Interesante... Pero ¿para qué querrías algo así?
Eliza lo miró con los ojos molestos.
—Creo que fui clara al describir su función —respondió indignada.
—Claro, lo fuiste. Pero ya tenemos caballos voladores... ¿porqué una escoba?
La chica quedó en silencio. Se cubrió la boca con una mano, considerando que iba a responder.
—Bueno, parecía una idea divertida. En mi época existía la creencia de que las brujas volaban en escobas.
—Aún es así —la interrumpió él.
—Sí, pues, pensé que sería divertido si en realidad lo hiciera... no lo sé. Ahora que lo dices suena tonto.
Su mirada pareció perder brillo y en su rostro se reflejó un profundo desanimo. Edward comprendió que había sido muy insensible ante algo que era importante para ella.
—Creo que es una maravillosa idea —se apresuró a decir.
—¿De verdad?
—¡Claro! Quise decir que ya tenemos caballos ¿porqué no escobas u otros artefactos comunes que nos permitan volar?
Eliza le sonrió.
—Supongo que sí. Pero aún no logro hacerla volar, no conmigo encima.
—Estoy seguro que en algún momento lo harás. Se ve que sabes mucho sobre estas cosas.
Cubrió la escoba con la sábana. Se dio la vuelta y pareció darse cuenta de algo.
—¡Oh! ¡ya es tarde! —exclamó sobresaltada —. Escucha, Edward, no quisiera que te fueras... pero aún debo hacer algunas cosas.
—No tiene importancia —respondió él con cortesía —. Yo también tengo asuntos pendientes.
—Pero, en verdad, ha sido un día interesante. Y espero verte pronto. ¿Podrías venir pasado mañana?
—Creo que podría, sí.
Ambos caminaron hasta la puerta de entrada. Eliza la abrió y cedió el paso a Edward.
—Gracias por todo. Nos veremos muy pronto —se despidió él.
—No tienes nada que agradecerme, de verdad fue un buen día —y sin decir más se acercó a él y le dio un beso en la mejilla —. Nos vemos pronto, Edward Blackwells.
Atónito, una vez más aquel día, salió al jardín delantero.
Ace, que se había recostado sobre el pasto, comenzó a levantarse cuando vio al muchacho salir de la cabaña.
—Vamos, amigo —le dijo al caballo, distraído. Se dio la vuelta para ver si Eliza aún estaba ahí. Pero la puerta de la cabaña estaba cerrada. Aún así una sonrisa se dibujó en su rostro.
Se había hecho de noche muy pronto. En las ventanas de la parte baja de la casa refulgía el tenue resplandor de la luz de velas. La noche era fresca, pero no parecía tan helada como había sido el resto del día. Era una noche excelente, o así lo pensó él.
Con un montón de pensamientos revoloteando en su mente y las sensaciones al tope, mezclándose unas con otras, Edward subió al lomo de su fiel compañero. Ambos se elevaron hacia el cielo, dejando atrás el bosque y todos los bellos misterios que ahí se ocultaban. Pero sin duda alguna, pensó mientras el viento gélido le acariciaba el rostro, el más enigmático y hermoso de todos era Eliza Hallow.



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