Pasaron algunos días antes de que Edward tuviera la
mente clara con respecto a lo que había pasado la noche del festival de los
muertos. Recordaba todo como un sueño. Apenas creía que había sido capaz de acercarse
a Eliza y establecer conversación con ella. Mucho menos creía que lo hubiera
invitado a bailar y le permitiera acompañarla a su casa. Esa parte de la
celebración la recordaba con una sonrisa boba en el rostro. Pero como una nube llena
de furiosa tormenta llegaba el recuerdo del espectro en el bosque y el
encuentro con el tal Lucius. Una parte de él se negaba a creer lo que le había
dicho. De alguna forma lo hacía sentirse traicionado y, de ser cierto, significaba
que todo a su alrededor corría un temible peligro. Esa idea era la que menos
podía soportar. Sin embargo lo que Leonard le había contado no dejaban de darle
vueltas en la cabeza. Después de todo, Darkus era el hombre que había obligado
a su amigo a quedarse en la sociedad. En el tiempo que lo conocía no pensaba en
él como una mala persona, sólo alguien que había sido privado de su estilo de
vida y lo expresaba con claridad. La razón era incierta, pero sus tropiezos en
vida no podían haber sido tan graves. Hasta dónde Edward sabía, la muerte le deparaba
un destino cruel a aquellos cuyos actos fueran dignos de castigo. Un destino
como el que Lucius estaba sufriendo. Con esto no pudo evitar preguntarse si él
era una de esas almas, condenada a una existencia de dolor por sus actos.
La otra parte le indicaba que había algo sincero en el
hombre tras el espejo, así como algo siniestro detrás del director de la
sociedad. Descubrió que se mantenía tranquilo mientras pensara lo contrario.
Pero eso era sólo porque no consentiría que su presente se viera afectado por
algo que ni siquiera le incumbía. ¿Qué tenía que ver él en las luchas de poder
y cosas que no comprendía del todo? ¿Porqué tendría que afectarle aquello sólo
por un accidente? O quizá no había sido accidental el encuentro. Tal vez había
sido en el momento justo y era él quién tenía que poner un alto a todo. ¿Estaba
preparado para algo así? Podría ser. En los últimos meses se había dado cuenta
de su potencial, ya nada le parecía imposible. ¿Quería hacerlo? Por supuesto
que no. No quería verse fuera de su tranquilidad. Pero si lo que Lucius decía
era cierto entonces no había tranquilidad a la cuál aspirar. Pues, según él,
todo eso se acabaría si Darkus lograba el supuesto objetivo.
Al menos mientras viajaba a la Tierra de mortales
podía concentrarse en su labor. Pero en los pocos momentos de paz que gozaba,
las ideas volvían para atormentarlo. Llegó un punto en que pensó pedir
audiencia con Darkus con el simple propósito de buscar cualquier cosa que le
pareciera sospechosa. Después de meditarlo la idea no pareció ser muy firme,
así decidió que sería mejor hablarlo con alguien. Pero la única persona en
quién confiaba era Leonard y sabía lo que opinaría al respecto. Con seguridad
daría la razón a Lucius e iniciaría una revolución en el acto al confirmar que su
director tramaba algo. Aunque nada perdía al intentar hablarlo con seriedad.
En los días que habían pasado desde el festival todo
volvió a la normalidad con una velocidad sorprendente. Las decoraciones en las
calles habían desaparecido y los habitantes del pueblo regresaron a sus
actividades cotidianas como si nada hubiera ocurrido ahí. De vez en cuando se
escuchaban comentarios sobre el excelente desfile o lo divertido que había sido
todo. Aquél era el único vestigio de las celebraciones que tuvieron lugar días
atrás.
Parte de los actos cotidianos fue el regreso a las
tardes en Cuerno y Escama con Leonard
después de un largo día de trabajo en la mansión. Edward vio, en una de esas
tardes, la oportunidad perfecta para sacar el tema. Su amigo estaba de muy buen
humor, lo cuál era poco usual. Aquella noche, el propietario de la taberna los
acompañaba a la mesa.
—Sí, una vez tuve un encuentro con el espíritu de la
noche de muertos —relataba Angus en voz baja y con los ojos entrecerrados —. Estaba
buscando leña a mitad del bosque cuando me sorprendió el anochecer. Fue
entonces que vi unos grandes ojos entre la niebla, amarillos como llamas y una
gran sonrisa con dientes afilados.
Agna, qué estaba a su lado, giró los ojos con
escepticismo.
—Vino a mi con sus garras grandes, pero yo estaba
preparado —continuó el hombre haciendo ademanes, atrayendo la atención de
quienes estaban en mesas aledañas —. Tomé el hacha y atesté un golpe en su contra.
El primero lo fallé, la criatura era demasiado rápida. Pero al segundo no tuvo
tanta suerte. Con un rápido movimiento le clavé el arma en la espalda, mientras
eso me hizo esto con sus filosas garras.
Mostró a todos tres largas líneas que iban desde el
codo hasta la palma de su mano. Varios hicieron exclamaciones de sorpresa.
—Un árbol le hizo eso —le susurró Aghna a Edward —.
Intentaba quitarle las bellotas a una ardilla cuando el muy torpe cayó de
bruces y se rasgó el brazo con las ramas.
El muchacho tuvo que morderse los labios para reprimir
una carcajada. El resto aplaudió cuando Angus terminó su heroica historia
diciendo que había ahuyentado a la criatura a gritos.
—Bueno, bueno. Suficiente de tus aventuras por esta
noche —dijo la mujer levantándose —. Dejemos que nuestros clientes atiendan sus
asuntos.
Los hombres que solían reunirse para jugar naipes
fueron los primeros en retomar su juego. Les siguieron los demás comensales,
murmurando y comentando la historia que acababan de escuchar.
—Si necesitan algo estamos a sus ordenes, caballeros —les
dijo Angus. El banco debajo de él crujió al liberarlo de su gran peso.
—Gracias —respondieron al unísono Leonard y Edward.
—Vaya que debió ser aterrador toparse con ese espíritu
—aseguró su amigo.
—Pudo ser peor. Además no fue lo único peculiar con lo
que me topé esa noche —respondió él, observando la reacción de su compañero.
—¿Qué quieres decir? —preguntó algo incrédulo.
—Necesito contarte algo, Leonard. Pero primero quiero
saber si serías capaz de darme una opinión sobre Darkus sin dejarte llevar por
lo que pasó entre ustedes.
Su amigo lo miró sombrío. La sonrisa desapareció de su
rostro, aunque no por completo.
—No la necesitas. Ya te la he dicho suficientes veces.
No confío en él y es todo.
—¿Por qué? Sé lo que te hizo. ¿Pero acaso hay algo
más? Algo que no sólo tenga que ver contigo. Algo que tenga entre manos.
Leonard quedó pensativo mirando el fuego de la
chimenea.
—Sí, hay algo más —declaró.
Edward sintió otro peso encima. No quería seguir con
aquello. Pero por otro lado sentía que no tenía más opción.
—Tiene algún tiempo desde que sucedió. Antes de
Balthus yo solía ser el asistente de Darkus —contó el hombre con expresión sombría
—. Por supuesto no me confiaba muchas cosas, sólo me enviaba a resolver todo aquello
de lo que él no quería encargarse. A veces pienso que era un pretexto para
mantenerme ocupado todo el día.
‹‹ Una noche estaba a punto de irme cuando recordé que
debía llevarle unas cosas a la torre. Lo habría pospuesto, pero sabía que
encontraría la manera de hacerme pagar por ello, así que subí cuanto antes. Extrañamente
encontré su habitación vacía. Entré para dejar lo que debía entregarle y me di
cuenta de algo que estaba sobre su escritorio. Pero en ese momento él entró.
Logré disimular que hubiera visto algo, aún así me interrogó sobre aquello.
Nunca lo había visto tan furioso, en sus ojos había algo distinto, una ira
asesina, si es que le puedo llamar así. Al final no sé si quedó convencido.
Sólo sé que al siguiente día me envió al área de listas y contrató a Balthus un
tiempo después.
Procedió a beber un largo trago del tarro como solía
hacer. Mientra tanto Edward se sintió abatido. Las piezas se estaban
conectando, eso no le gustaba. Parecía que él sería una pieza clave en todo ese
asunto.
—¿Qué fue lo que viste con exactitud? —preguntó en
contra de todo deseo.
—Algún tipo de diagrama lleno de símbolos extraños, tú
sabes, cómo las runas que representan a los dioses... pero distintas. También
había un mapa de Gloom Town en el que marcaba puntos clave del pueblo y sus alrededores.
Edward meditó aquello. Pensó en las runas de los
dioses y en lo que había dicho Eliza sobre el dios oscuro cuyo nombre no
recordaba. Hasta entonces no había pensado en la existencia de dioses oscuros,
pero si existían los que cuidaban las Tierras de Muerte sería lógico que
existiera algo de lo cuál debían protegerlos. ¿Sería posible que ese fuera el
poder oculto de Darkus? Algún tipo de comunión con esos dioses.
Sin embargo creyó que seguía precipitándose. Aún no
estaba por completo seguro que todo eso fuera cierto. Era posible, claro, pero
no sentía que lo hubiera confirmado. El hecho de que Leonard no hubiera hecho
algún comentario odioso hacia Darkus a lo largo de su relato lo perturbó más. Esa
era la clase de opinión que buscaba.
—¿Qué sabes de un tal Lucius D’arque? —inquirió el
muchacho. El repentino cambio de tema tomó por sorpresa a su amigo.
—Lucius... me suena ese nombre. ¿Quién es?
—Creo que solía trabajar en la sociedad —pensó que
sería mejor no darle tantos detalles. Así quizá sería más fácil confirmar
algunas cosas —. ¿Crees poder investigar al respecto?
—¿A qué viene todo esto? —preguntó Leonard, confuso.
—¿Puedes o no? —espetó su compañero.
—Vaya, relájate chico. Sí, puedo hacerlo.
—Lo lamento. Es que... siento que algo no va bien —por
primera vez desde que había llegado a Gloom Town, Edward sintió su calma perturbada.
Comenzó a pensar que todo había sido demasiado bello para ser cierto. Tal vez
por fin comenzaba a ver la cara oculta de aquél lugar. Se llevó las manos a las
sienes, a pesar de que el presión que sentía era más bien emocional.
—Debo asumir que tiene que ver con Grim.
—Sí, pero prefiero contártelo cuando hayas investigado
lo que te pedí.
—Bien, lo haré. Ahora, bebe y cálmate. Lo que sea que pase
seguro tiene una solución.
Y Leonard tuvo razón. Con cada trago del vino la
cabeza le parecía más ligera, los problemas lejanos. Pero la sensación no iba a
durar para siempre.
Esa noche Edward pasó todo el tiempo que pudo
investigando sobre dioses oscuros en la biblioteca. Además de la mención que se
hacía de Ténebre, ahora lo recordaba, era aquella de la historia que Eliza le
había contado. Cuando preguntó sobre el tema, una de las asistentes del lugar
lo miró con recelo y negó, cortante, que hubiera tal cosa en el recinto. El
muchacho no supo si preocuparse más, pero decidió no pensar en nada hasta la
mañana siguiente.
Leonard llegó con actitud misteriosa al final del
turno.
—Ey, ya sé porque se me hacía conocido el nombre —le
dijo casi en un susurro —. Tenías razón, Lucius D’arque trabajaba aquí hace mucho
tiempo. Antes que yo llegara. Pregunté a uno de los escribanos. Parece que
solía ser asistente de Darkus también.
—¿Tienes idea de qué pasó con él?
—Al parecer dejó la sociedad. No sé muy bien la razón,
pero me dijeron que tuvo un altercado con nuestro estimado director.
Aquél, pensó Edward, confirmaba hasta cierto grado la
veracidad de la historia de Lucius. Lo último que quedaba era preguntarle al
mismo Darkus, pero en vista del destino que habían sufrido sus últimos dos
asistentes, era mejor sacar conjeturas propias.
—Bueno, ¿ahora vas a contarme qué tienes en mente?
—Sí, pero no aquí. Creo que lo mejor será que vayamos
al departamento.
Terminaron de guardar sus cosas y fueron al patio de
la mansión para abordar un carruaje. Durante el camino no hablaron nada, pero
Edward supo que su compañero podía percibir que estaba preocupado.
Ambos se sentaron a la mesa del comedor una vez que
llegaron.
—Todo parece indicar que tenías razón —comenzó Edward
—. Puede ser que Darkus no sea quien aparenta ser.
Su amigo lo miro entre satisfecho e intrigado.
—Encontré a Lucius. Según su historia no se fue de la
sociedad. Grim lo expulsó porque descubrió algo que pone en peligro todo como
lo conocemos.
—¿De qué hablas? ¿Cómo que lo encontraste?
—La noche de muertos —continuó —, mientras buscaba tu
lista encontré una puerta debajo de las escaleras. Lleva a un salón lleno de
objetos abandonados, entre ellos un espejo muy peculiar. Lucius está encerrado
en él. Creo que es un portal. Dijo que estaba prisionero en un lugar donde solo
hay oscuridad y odio.
—Suena como el Dominio de sombras —dijo Leonard.
El muchacho lo miró, confundido.
—Es el lugar al que enviamos a las almas negativas. No
sabes mucho al respecto porque no es tu área —aseguró él. Edward quiso decirle
que sabía más de lo que él pensaba, pero lo dejó seguir —. Verás, el turno
nocturno se encarga de ellas. Son las almas de aquellos que han cometido
crímenes; Asesinos, corruptos, esa clase de gente, tú entiendes. A diferencia
del resto que les es permitido seguir adelante, estas almas van directo al
dominio de sombras. Un lugar donde solo existe oscuridad y el tiempo no pasa.
Imagina los sentimientos más horrendos y violentos de la humanidad concentrados
en un solo lugar, alimentándose de esa misma negatividad una y otra vez por la
eternidad. Es un destino peor que cualquiera que puedas imaginarte, una tierra
de pesadillas constantes.
Algo llegó a la mente de Edward, no estuvo seguro que
era, pero le pareció como si recordara algo similar a lo que le estaba
describiendo su amigo. Sintió un repentino pesar por Lucius.
—¿Es posible que un alma inocente entre ahí?
—preguntó.
—Bueno, no sé que consideres inocente, pero entiendo
que quieres decir y te diré algo; Si Darkus quería deshacerse de Lucius en un
lugar que estuviera aislado de las Tierras de Muerte, ese era el sitio
indicado. Jamás saldría de ahí y no podría contar su secreto a nadie. Hasta
ahora.
Ambos quedaron en silencio, contemplando la noche
desde la ventana. Pasó un rato antes de que alguno volviera a decir algo.
—Ya sabía que éste día llegaría pronto —dijo Leonard,
aún mirando la ventana —. Los secretos del hombre no podían mantenerse ocultos
por siempre. Sabía que un descuido iba a volver para atormentarlo.
—Aún no puedo creerlo. No quisiera creerlo —el
muchacho tenía la mirada perdida en el horizonte.
—¿Tanto te agradaba Darkus?
—No me refiero a eso. Es que esto significa que todo
está por cambiar.
—Cierto. El cambio, como la muerte, es de las pocas
cosas que podemos estar seguros durante y después de la vida. Todo siempre
cambia. Ahora procuremos que cambie para bien.
Edward sintió en su interior que algo se abría paso.
Ya lo había sentido antes, pero en pequeñas cantidades. Ahora creía que iba a
partirle las costillas por la mitad para salir de golpe desde su corazón. Era
una extraña mezcla de miedo y decisión. Leonard tenía razón. Si todo iba
cambiar, era mejor que hiciera lo posible para equilibrar la balanza.
Después de dos días aún no se había decidido a volver
al salón abandonado. Ya no porque desconfiara, sino porque sabía que esa visita
marcaría un punto sin retorno en su camino. Aunque no tenía por qué ser así.
Podía escuchar lo que Lucius tuviera que decir, pero eso no lo obligaba a nada.
Mientras le daba vueltas al asunto observaba las últimas hojas caer de los árboles
desde la terraza del departamento. Decidió que entra más lo pospusiera menos
querría hacerlo.
Llamó a Ace, que estaba acurrucado en su montón de
paja. Se sintió mal por molestarlo, pero el caballo parecía más que contento de
acompañarlo.
Volaron directo a la mansión. La luz de la tarde ya
comenzaba a cederle el paso al anochecer. Aterrizaron a las afueras del bosque
cerca de los límites de la mansión. Indicó a su compañero que lo esperara ahí.
Algunos recolectores venían bajando por la escalera.
Edward los saludó como sin nada y procedió a saltar la barda con rapidez para
que nadie más se diera cuenta. Ahora, con la luz del atardecer, advirtió unos
huecos y piedras que estaban dispuestos a manera de escalones por los que sería
más fácil subir. Con cierta amargura pensó que de haberlos visto antes no
estaría metido en aquel asunto. Vio el hueco que llevaba a las escaleras,
estaba bien oculto entre sombras y trozos de madera. Dio un último vistazo a su
alrededor, cuando estuvo seguro que nadie lo miraba, entró.
Se olvidó por completo que el pasillo estaba a
oscuras. Lamentó no haber llevado consigo una fuente de luz, lo haría después.
Se paró frente a la gran puerta, se tomó unos segundos y la abrió.
Por las rendijas entraba un poco de los últimos rayos
del atardecer. Todo seguía igual, excepto por el espejo al fondo que ahora
estaba descubierto. Recordó que le había parecido un dragón enroscado y dormido,
ahora veía la razón. Las enredaderas no solo tenían espinas. En ellas había
grietas que asemejaban escamas grandes. Pensó que aunque era elegante y muy
elaborado, no dejaba de haber algo siniestro en él. El interior era negro
intenso, aún con la poca luz que había en el cuarto, como si la absorbiera por
completo.
—¿Hola? —llamó con cautela.
—Volviste —respondió la voz distorsionada desde el
espejo.
—Sí. Debía aclarar cosas antes.
—No te culpo. Hiciste bien en no confiar al principio,
ahora lo sé —el rostro blanco y sin expresión apareció en el espejo, seguido
del torso y las manos cubiertas por la negrura —. Yo tampoco lo habría hecho.
Edward lo observó materializarse. Había olvidado el
detalle de la máscara. Se preguntaba como podría haberlo hecho siendo que era lo
más llamativo de aquel personaje.
—¿Porqué llevas esa máscara? —inquirió el muchacho sin
preámbulos. Aún intentaba descifrar si había ojos detrás o no. Lucius hizo una
pausa antes de responder.
—Ya te he contado la naturaleza del lugar que habito. El
dolor aquí es regla, la oscuridad la única compañera —habló en voz baja —. No
sé cuánto llevo aquí, podría ser una eternidad y no lo sabría. Pero desde que
fui confinado a esta pesadilla he sido torturado, humillado, reducido a las
formas más bajas que puede alcanzar un alma humana.
El muchacho se sintió conmovido, en su voz había
genuino sufrimiento. Sin embargo esperó a que el hombre terminara de hablar.
—Debido a eso —continuó —, mi rostro y cuerpo han sido
mutilados. Ya no soy lo que solía ser. Este escondite me ha proporcionado
refugio de mis atormentadores, así como esta máscara te protege a ti de mi
temible apariencia. Te aseguro que no querrás ver lo que hay debajo, y aún
cuando quisieras no te lo permitiría. Prefiero mantener mi dolor para mi. Nadie
más.
Guardaron silencio. Edward decidió que eso no
interferiría con lo demás. Aún tenía sus reservas y planeaba ir con cuidado el
resto del camino. Si se dejaba influenciar por aquella triste historia
terminaría por sucumbir a todo lo que el hombre dijera.
—Entonces —dijo con firmeza y aclarándose la garganta
—, sabemos que estamos en peligro. ¿Cómo lo detenemos?
—Me gusta tu actitud, muchacho. Pero no es tan
sencillo como eso. Tengo una vaga idea de lo que podemos hacer, pero para llevarla
a cabo necesitare de un primer favor. Una misión, si quieres verlo así.
—De acuerdo, ¿cuál es esa idea? —Edward se sorprendió
de lo determinado que sonaba.
—Es probable que quieras sentarte. Hay mucho que
discutir —dijo Lucius. Hasta entonces notó un silbido que provenía de su pecho,
cómo si el mero acto de tomar aire para hablar fuera de extrema dificultad —.
La fortaleza de nuestro enemigo radica, no sólo en su mente estratégica y
tenaz, hábil para manipular las mentes débiles. Cómo ya te lo había mencionado,
posee un poder que podría subyugar a los mismos dioses. ¿Tienes idea de cómo es
posible que tal poder exista en primer lugar?
—¿Tiene que ver con los dioses oscuros? —cuestionó.
—No, no en realidad. Se trata de un poder creado por los
dioses protectores de esta tierra. Un poder que, por supuesto, ha caído en las
manos incorrectas. Aunque ellos no tendrían manera de saberlo. Han pasado eras
desde que ese poder tocó las Tierras de Muerte por primera vez y no siempre le
perteneció a Darkus.
‹‹ Ahora, ese poder, no existe por sí mismo. Es algo etéreo
que necesita de un recipiente para ser manipulado, algo que lo contenga. En este
caso se trata de la posesión más preciada de nuestro rival. Una guadaña
otorgada por la Muerte misma al hombre para llevar a cabo su labor.
Edward de inmediato identificó el objeto descrito. El
instrumento que descansaba en una vitrina detrás del escritorio del director de
la sociedad. Sintió un nudo en el estómago.
—Y debo suponer que habrá que quitársela —dijo con
temor.
—¡No seas tonto, muchacho! Inténtalo siquiera y
entenderás como es este lugar en carne propia... o alma, en realidad. Darkus y
su séquito jamás te permitirían poner un dedo sobre ella. Aún si lo hicieras no
llegarías muy lejos. No tienes idea de cómo manipularla.
Se relajó por un instante. Ya se imaginaba
escabulléndose a mitad de la noche en la torre, sin ninguna idea de cómo salir
de ahí ileso.
—No, no. Nosotros debemos actuar en las sombras
—respondió Lucius, agitándose y tosiendo —. Pretender que nada está sucediendo,
hacer que Darkus se sienta seguro de que nadie sabe sus planes. Además, no
podemos sólo destituirlo y expulsarlo como hizo conmigo, no. Primero debemos
exponerlo ante sus seguidores como el fraude que es. Así todos se volverán en
su contra y llevarlo a su justo destino será más sencillo. Y para eso
necesitamos que use su poder. Por supuesto que eso requerirá tiempo.
—¿Cómo haremos ...—se detuvo a pensar. Ya estaba
involucrado en su totalidad. Aún podía negarse, pero todo parecía demasiado
serio como para huir.
—... para que use ese poder?
—Habrá que provocarlo. Y cuándo eso suceda
necesitaremos algo con que defendernos.
Había demasiadas preguntas en su cabeza ahora, todo comenzaba
a dar vueltas de nuevo. Empezó a cuestionarse si lo que estaba haciendo era
correcto, pero se sorprendió descubriendo que todas esas dudas venían del miedo
que sentía por involucrarse en tal situación. Cerró los ojos y se tranquilizó.
Lo más importante ahora era saber su papel.
—De acuerdo, un momento. Así que Darkus tiene un arma
poderosa creada por los mismos dioses. Aún no comprendo que quieres de mi —le
dijo con los ojos todavía cerrados.
—Lo que necesito es que encuentres algo por mi y me lo
traigas —concretó Lucius.
—Suena muy sencillo.
—No lo es.
—Eso imagine.
—Para que comprendas que es lo que te pido, debes
escuchar algo más.
Edward comenzaba a perder la paciencia. Pero se dijo
que el hombre llevaba años sin hablar con nadie.
—Está bien. Cuéntamelo —respondió, paciente.
—El arma de Darkus no es única. Existe otra cuyo poder
es el mismo que su contraparte. Pero está escondida en algún lugar del pueblo. Sólo
él sabe dónde está.
—Espera... entonces, ¿tiene dos armas de igual poder?
Eso no es muy alentador, debes aceptarlo —lo interrumpió el muchacho.
—Cierto, pero la ocultó porque no sabe como usarla.
Ese error le costará todo. Nosotros debemos encontrarla.
—¿De qué nos servirá si no sabemos como usarla?
—¡Una cosa a la vez! Si se la quitamos de las manos
tendremos una gran ventaja sobre él. ¿Comprendes? —al parecer Lucius también
comenzaba a exasperarse.
—Bien. De acuerdo. Entonces ¿qué es lo primero que
quieres que haga?
Los ánimos se apaciguaron una vez más.
—Necesito que me traigas un libro. Un libro que Darkus
tiene oculto en su oficina —sentenció el hombre.
El nudo en el estómago volvió con mayor fuerza, sintió
que le estrujaban los intestinos con una vara de hierro ardiendo. Así que
después de todo si tendrá que escabullirse para robar algo. Intentó no
mostrarse incómodo.
—¿Cómo entraré a la torre sin que note mi presencia? —preguntó.
Era lo primero que había llegado a su mente.
—El viejo Grim tiene el hábito de dar paseos
nocturnos. Le ayudan a despejar la mente. O al menos eso decía. Suele tardar
bastante. Podrías aprovechar ese momento para encontrarlo. Puedo asegurarte que
es un hombre de hábitos, no dejará de hacerlo por ningún motivo —le aseguró.
Al menos esa parte podía corroborarla.
—Creo que si te das prisa, podrías hacerlo esta misma
noche.
El salón había quedado sumido en la penumbra sin que
Edward lo notara. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba ahí. Ace debía estar
inquieto o quizá ya se había ido al bosque.
—Nada de eso. Debo planearlo —aseveró el muchacho. Vio
que Lucius iba a reprenderlo, pero se contuvo, lo cuál era sabio. Para esos
momentos Edward hubiera salido del salón sin decirle más.
—Bien. Pero no tardes mucho. Entre más tiempo te tomes
más ventaja tiene él sobre nosotros. No te confíes y no confíes en su palabra.
—¿Cómo es el libro? —lo único que ahora quería era
salir. El salón de pronto le resultaba insoportablemente encerrado.
—Será muy fácil reconocerlo. Su cubierta es de piel
rojiza, muy común, pero sus páginas son negras y está escrito en tinta
plateada. ¿Crees poder recordar eso?
—Claro, no será un problema.
—Y no te molestes en buscarlo en el primer lugar que
te venga a la mente. Con seguridad lo tiene bien oculto. Puede ser una tabla
suelta en el piso o un ladrillo en la pared. Piensa en lugares poco comunes
para un libro. Eso te hará más sencilla la búsqueda.
Edward asintió con la cabeza. Se levantó del banco
donde se había sentado.
—Ya es hora de que me vaya. Hay mucho que hacer —le
dijo con fatiga.
—En cuánto lo tengas, tráelo. Quiero descifrar esto lo
antes posible —respondió Lucius. Su voz de nuevo parecía enferma y débil.
—Lo haré. Ten una buena noche —no supo si era correcto
decirle eso a un hombre en su condición. Pero estaba acostumbrado y no creía
que fuera a molestarlo.
—Gracias Edward, por confiar y volver. Si trabajamos
juntos lograremos mucho, ya lo verás —le dijo con tal sinceridad que casi lo
hizo sentir mal por dejarlo solo en la oscuridad del salón.
—No tienes nada que agradecer —respondió y se dirigió a
la salida con rapidez, cerrando la puerta detrás.
Se alegró de no tener que trabajar al día siguiente de
aquel encuentro. En cuanto despertó después de una noche de sueño reparador,
las ideas le cayeron encima con tal peso que no se levantó hasta pasado el
medio día. Pensó que sería buena idea tomarlo con calma, pero se dio cuenta que
estando en casa no dejaba de pensar en la cuestión del libro. Lo que más le
preocupaba era ser descubierto, ya fuera durante o después. No pensó en
preguntarle eso a Lucius. ¿Tenía que reemplazar el libro con algo? Sabía que
Darkus no tendría piedad contra él. Lo desaparecería y nadie haría nada para
evitarlo. Quizá Leonard. Sí, aquella era una buena idea. Se lo contaría todo, tal
vez así estaría un poco más protegido.
Por ahora lo único que no quería era seguir pensando
en ello. Podría ser que un paseo por el pueblo lo ayudara a distraerse. Echó un
vistazo a la alacena para ver que le hacía falta. Iría a la calle Nightshade
para mirar los aparadores y comprar algunos bocadillos, frutas, dulces y té.
Los días gélidos aparecían de forma ocasional. Aquél
era uno de ellos. El viento ya no era fresco, sino que parecía cortar la piel,
en especial en las partes más altas como el monte Moontower. Esto quería decir
que el Invierno apenas despertaba, enviando pequeñas señales de su próxima
presencia. A Ace no parecía importarle, de hecho se le notaba más ágil entre
más frío estuviera el clima.
Descendieron en el centro del parque, donde no había
mucha gente. El caballo lo seguía de cerca cuando iniciaron el recorrido hacia
la calle Nightshade.
Para ser un día de descanso las calles parecían
solitarias y el mercado no estaba tan repleto de personas como lo hubiera
pensado. Camino a las tiendas Ace se quedó mirando los puestos de frutas,
moviendo los labios como solía hacer cuando pedía comida a Edward. El muchacho
le compró algunas manzanas e hidromoras
que lo mantendrían entretenido por el resto del paseo.
Observaron que había de nuevo en los aparadores. Algunas
linternas, calabazas y flores sobrevivían ahí desde la noche de muertos, otras
habían sido reemplazadas por las habituales decoraciones de las tiendas. En el
aparador de una tienda de libros vio varios tomos muy grandes con las portadas
envueltas en piel rojiza, como imaginaba aquél descrito por Lucius. Se preguntó
si sería buena idea comprar uno en caso de necesitar un reemplazo que colocar
en la oficina de Darkus.
Aún no podía creer que estaba considerando hacer algo
tan arriesgado. Una vez más pensó que estaba muy a tiempo de negarse. ¿Pero qué
pasaría después? ¿Era capaz de seguir adelante con su rutina sabiendo todo lo
que sabía? Preocupándose porque en cualquier momento todo resultaría cierto y
ya sería muy tarde para hacer algo.
Vio su reflejo en el aparador de la tienda. De nuevo
había dejado que esos pensamientos tomaran el control. Así que hizo lo primero
que se le ocurrió para distraerse. Entró a la tienda y compró el libro. Al
menos eso le daba una vaga sensación de tranquilidad.
Sin embargo cuando salía de ahí todo pensamiento
relacionado con Darkus, Lucius y el libro se desvaneció como por arte de magia.
Eliza observaba la vitrina de la tienda frente a la que él estaba parado.
Llevaba la cabeza cubierta con el gorro de su capa, pero un mechón pelirrojo le
asomaba por el borde. Por supuesto sus ojos eran lo que más resaltaban de
aquella imagen. Entre el brazo y la cintura sostenía una canasta grande. Edward
había tenido intenciones de visitarla en todo ese tiempo, pero no se le había
ocurrido un buen pretexto. Además no sabía si lo que habían hablado esa noche
era una invitación abierta a ello. Pero esa era la oportunidad perfecta para reestablecer
el contacto.
Se acercó decidido, dejando a Ace detrás. El caballo
bebía agua de un barril grande cerca de la tienda de libros. La chica estudiaba
el contenido de un pedazo de papel que tenía en la mano.
—Buen día, señorita Hallow —la saludo con animo.
—¡Edward! Que sorpresa —respondió ella, algo
sobresaltada.
—Oh lo lamento, no quise asustarla —de pronto temió
haber sido demasiado efusivo.
—No, no, nada de eso. Me da gusto verte. ¿Cómo has
estado?
Le extrañó la confianza con la que le hablaba, pero
así era mejor.
—Toda va bien —mintió —. ¿Qué tal usted?
—Oh vamos, no es necesaria tanta formalidad, Edward. Ya
me doy cuenta que eres todo un caballero —le dijo con tal sonrisa que le
provocó un escalofrío.
—En ese caso, ¿cómo estás tú? —pregunto, devolviéndole
la sonrisa.
—Todo muy bien. Hago mis compras matutinas... aunque,
claro está, se me ha hecho un poco tarde. ¿Qué hay de ti?
—Salí a pasear un rato, para relajarme y despejar la
mente.
—Imagino que un recolector debe tener mucho en que
pensar.
Él se limitó a sonreír.
—Qué enigmático —dijo ella estudiándolo con sus bellos
ojos.
—¿Le importaría si la acompaño? —preguntó, sin darse
cuenta de su reincidencia en la formalidad.
—En lo absoluto. Siempre hago mis compras yo sola. Un
poco de compañía me caería bien, para variar. Vayamos.
Entraron a la tienda. En ella había toda clase de
canastas llenas al tope con diferentes cosas. Más allá frascos repletos de
polvos, hojas, entre otras cosas. Parecía un lugar de especias y semillas.
—Debo reabastecer mi alacena. Los rituales de Otoño se
llevaron casi todo lo que tenía —comentó, pasando los delicados dedos sobre las
etiquetas en los frascos. Edward recordó la noche del baile.
—¿Qué clase de rituales son esos? Si no le importa que
pregunte.
—Ofrendas, en su mayoría. Una ocasional danza bajo la
luz de la luna —por su ojos cruzó la mirada de quien oculta algo para sí mismo
por ser muy especial —, en fin. Es la época en que más invierto mi yerbas,
semillas y frutos.
—Eso me recuerda —dijo él —, después de acompañarla a
casa tuve un encuentro con una criatura peculiar.
Eliza dejó el frasco que estaba observando y puso su
atención en él.
—Así que te topaste con el espíritu —aseguró,
sorprendiéndolo.
—Sí, así es ¿cómo...?
—Lo vi deambulando en las sombras del bosque cuando íbamos
camino a la cabaña —respondió con una sonrisa disimulada.
—Me parece extraño que no se acercara a nosotros en
ese momento.
—Quizá prefiere que sus víctimas vayan solas —dijo
haciendo una exagerada voz macabra y acercándose a Edward con los ojos muy
abiertos. El muchacho sintió un repentino golpe de calor y como el rostro le
ardía —. O tal vez supo que soy yo quien le deja ofrendas en el camino. Cómo
sea, supuse que se encontrarían.
La chica devolvió la atención a las etiquetas de los
frascos y comenzó a hacer cuentas con los dedos. Él la admiró. No podía dejar
de observar sus movimientos entre delicados e impulsivos.
—Creo que estuve cerca de ser una de sus víctimas
—dijo después de un incómodo silencio y desviando la mirada a una de las
canastas que había cerca.
—Es una broma. La verdad no creo que quisiera hacerte
daño, sólo está haciendo su trabajo —de pronto sonaba defensiva, aunque no
molesta. Sin embargo él recordó los ojos luminosos y la sonrisa de dientes
desiguales en medio de la oscuridad.
—Pues me dio un muy buen susto.
—Bueno, ¿qué sería la noche de Samhain sin unos
cuántos sustos?
Edward meditó su respuesta. Luego recordó a la
criatura alzando la mano al obtener la ofrenda que quería, casi como un saludo.
—Bien... puede que tenga razón —le respondió.
—De nuevo tan formal, Edward —dijo entre divertida y
enternecida, mientras ponía en su canasta algo que parecía pasto largo y seco.
—Es que no estoy acostumbrado, lo siento.
—Está bien.
Continuaron el recorrido por la tienda. El muchacho
inspeccionó de cerca el contenido de una pequeña canasta cercana. Contenía
muchos pequeños manojos de ramas gruesas y oscuras que se torcían al final,
unidas con hilo.
—Esto no es una garra de cuervo —dijo a la chica, señalando
el letrero que lo marcaba como tal.
—Tal vez sea porque no lo son —le respondió Eliza
aprovechando para poner varias en su propia canasta —. Se llaman así porque eso
asemejan. Pocas cosas en ésta tienda son de origen animal y si lo son es porque
los propios animales lo mudaron, abandonaron o ya no lo necesitaban. Usualmente
recolectaría esto yo misma, pero con el Invierno tan próximo no creo tener el
tiempo.
Edward descubrió que, una vez más se sentía fascinado
por todo aquello, como en sus primeros días. Por supuesto que en los meses que
llevaba cada día encontraba algo que lo sorprendía o intrigaba. Pero con todo
el asunto de Darkus pensó, con tristeza, que su mundo había perdido algo de
brillo. Sin embargo Eliza parecía devolverlo con todas las novedades que ahora
le presentaba.
—¿No te resulta peligroso? —le preguntó cuando se
dirigían a pagar la canasta que ahora estaba repleta de toda clase de hiervas y
frascos.
—¿Peligroso? ¿De qué hablas?
—De recolectar todo esto en los bosques.
—¿Por qué lo sería? Los bosques son el lugar más
tranquilo en la región. ¿De verdad piensas que son peligrosos?
Pensó en el espíritu y en la criatura enorme que había
visto hacía mucho tiempo. Guardó silencio, pero su mirada culpable lo delató.
—Oh no, ¡Eso no puedo permitirlo, Edward! —exclamó la
chica con emoción, como si hubiera encontrado un nuevo reto que superar. Pagó
apresurada y tomó su canasta con júbilo —. Dejaremos esto en la cabaña y
vendrás conmigo al bosque. Hay mucho que mostrarte.
—Permíteme ayudar con eso —ofreció él.
—No, no hace falta. Pero muchas gracias.
Salieron de la tienda y Eliza comenzó a caminar en
dirección al arco que marcaba la entrada de la calle Nightshade. Edward iba
tras ella y de pronto recordó que no estaban solos. Se dio la vuelta para
buscar a Ace, pero ya no estaba cerca de dónde lo había visto por última vez.
—¡Eliza! Un momento —la llamó. La chica, que ya se
había alejado bastante, volvió.
Pronto encontró a Ace, con la cabeza pegada al
escaparate de una de las tiendas como buscando algo.
—¡Ahí estás! Perdóname —le dijo, acercándose para
acariciarlo. El caballo respondió sacudiendo la cabeza con alegría —. Ven,
vamos. No creerás a quién encontré.
Lo llevó hasta dónde Eliza esperaba. Su rostro
resplandeció al verlo. De inmediato comenzó a usar esa voz melosa como lo había
hecho la noche en el jardín.
—Hola, yo te conozco.
El caballo dio saltitos con sus patas delanteras,
sacudiendo sus crines. A Edward le preocupó de pronto que ella pudiera conectar
los hechos y supiera que también había estado en el jardín aquella noche.
—¿De verdad? —fingió él.
—Sí, nos encontramos una noche en el cementerio
Blackrose, mientras recolectaba bayas —respondió, acariciándole el mentón —. Sé
que era él por esos lindos ojos que tiene.
Ace estaba encantado una vez más con la chica y Edward
pensó que no podía culparlo.
—No sabía que eran amigos —dijo Eliza al muchacho.
—Sí, es una historia interesante. Por ahora será mejor
que vayamos. Creo que no tendrá problemas en llevarnos a los dos ¿verdad,
amigo?
El caballo plantó las patas con firmeza y levantó el
pecho con orgullo, emitiendo un resoplido en señal de aceptación. De inmediato
dobló las rodillas para que la chica pudiera subir con facilidad.
—¡Vaya! Qué acomedido —exclamó Edward y luego dijo a
Eliza —. Conmigo nunca hace eso.
Ella sonrió mientras él subía al lomo del caballo.
—Sujétate bien —advirtió Edward.
—No te preocupes, ya tengo experiencia —asintió,
asegurando la canasta con un brazo y rodeando la cintura del muchacho con el
otro. Él sintió un cosquilleo que le estremeció el cuerpo entero.
—Adelante, amigo —indicó a Ace con voz temblorosa y
los tres despegaron hacia el cielo que, para entonces, ya estaba despejado.
Desde el cielo, la cabaña de Eliza resaltaba de entre
el resto del bosque por el claro círculo de árboles que la rodeaba. Era como si
la misma vegetación se hubiera apartado para darle su espacio y, aún así, la
casa parecía pertenecer al mismo bosque. Era más grande de lo que Edward había imaginado.
La fachada pequeña ocultaba un largo invernadero en la parte trasera de la
casa.
Descendieron cerca de la entrada. El muchacho se
disponía a bajar para ayudar a su acompañante, pero ella bajó con un salto ágil
lleno de gracia. Edward intentó algo similar, pero terminó tambaleándose cuando
llegó al suelo. Se sintió aliviado cuando se dio cuenta que la chica no lo
había visto. Ace pareció burlarse con un relincho agudo, al cual el muchacho
respondió con una mirada inquisidora.
—Dejaré esto en el pórtico y podremos irnos. No te
muevas —indicó a Edward y antes de que él pudiera responder algo, la chica ya
estaba saltando su propia cerca. Puso sus compras cerca de la entrada a la
cabaña y se dirigió de nuevo a ellos.
—¿Tú también vendrás con nosotros, guapo? —dijo,
guiñando un ojo a Ace. El caballo asintió, feliz —. Vengan, daremos un paseo
por el bosque. Te demostraré que no hay nada que temer.
Iniciaron el recorrido en silencio. La primera sección
del bosque era muy tranquila y la luz del día aún entraba por entre las ramas y
hojas, que en algunos árboles ya eran escasas. Ahí sólo se oía el ocasional
viento paseándose entre las plantas. Pero entonces encontraron una línea que
marcaba con claridad la parte externa del bosque y lo que yacía en el interior.
Era una división casi recta en la que la luz dejaba de iluminar una gran parte
del bosque. Parecía que dentro reinaba una noche perpetua con vestigios de
cosas que apenas lograban verse con los rastros de una luz de origen incierto.
Edward se detuvo en seco, mientras Ace y Eliza seguían
con naturalidad. Ella se acercó al muchacho.
—Oye, no pasa nada —aseguró con una sonrisa.
—Lo sé, sólo estaba... admirando el panorama —mintió
Edward. La chica rió y siguió adentrándose a la oscuridad.
El interior fue como revivir la noche de muertos. La
poca luz que había parecía venir de pequeñas motas empotradas en los troncos de
los árboles y de rayos azulados que se colaban por la maraña de ramas y hojas
que los cubría por completo. Esta vez estuvo seguro de ver pequeños ojos que
observaban desde la oscuridad, en los huecos de troncos y entre los arbustos de
colores peculiares que había cerca. De vez en cuando se podían escuchar algo
como gruñidos y ecos de risas agudas que le ponían los pelos de punta, pero
tanto Ace como Eliza parecían acostumbrados a todo aquello, lo cual le dio
cierta tranquilidad.
Pequeñas criaturas parecían corretear en el suelo
lleno de hojas secas y en las plantas bajas que los rodeaban. Edward se
paralizo al escucharlos, pero la chica le aseguró que no había nada que temer.
Pensó que podría tratarse de ardillas o ratones, pero sabía que aquellos
bosques estaban habitados por criaturas de las que quizá no tenía idea.
Vinieron a su mente hadas, gnomos y toda clase de personajes fantásticos que,
hasta entonces, moraban en su imaginación, producto de alguna historia
fantástica que hubiera leído.
Eliza se detuvo en seco, asustando un poco. Ella le
indicó, poniendo un dedo sobre sus labios, que guardara silencio.
—¿Qué sucede? —susurró Edward. La chica enfatizó su
ademán con los ojos muy abiertos. Se quedaron inmóviles por completo. Incluso
Ace se detuvo y alzó las orejas, pendiente de su entorno.
De las entrañas del bosque emanó un sonido leve y muy
claro. Parecía el graznido de un ave muy grande y armoniosa. Edward pensó que
estaba intentando articular palabras, aunque no lo estaba logrando muy bien. La
sonrisa de Eliza se amplió. Les indicó que la siguieran con el mayor sigilo que
les fuera posible.
Hacía mucho que el sendero del bosque había
desaparecido, pero en aquella parte las raíces de los árboles se alzaban del
piso, creando un laberinto de vegetación casi impenetrable. La chica, con
agilidad gatuna, comenzó a escalarlas como si fuera algo que practicara todos
los días.
Edward se dio cuenta que las raíces y troncos en
aquella parte crecían en torno a algo, como si rodearan algo. Entre ellos se
percibía un brillo que le pareció familiar. Se adentraron más entre las raíces
y treparon por ellas. Ace se quedó
atrás con la cabeza inclinada, como guardando respeto ante algo. Quiso
preguntarle de que se trataba pero Eliza se estaba alejando con rapidez, iba a
perderla de vista si no la seguía, así que se adelantó, dando tumbos y
aferrándose a lo que tuviera cerca.
Caminaron con extrema cautela sobre un delgado tronco.
Debajo yacía una gran fosa de la cual no se podía ver el fondo. Por fin
llegaron a la parte alta donde terminaban las raíces y comenzaban los troncos
de lo gruesos árboles. Edward se dio cuenta que ya estaban varios metros por
encima del nivel del suelo. Se alegró que las alturas ya no fueran un problema
para él. Las hojas sobre sus cabezas cambiaban de colores como si se tratara de
papel tornasol, coloreando todo a su alrededor.
Eliza se detuvo e indicó a Edward que se acercara, aún
con el dedo sobre los labios reiterándole que no debía hacer ni un ruido.
Estaban cercanos a una brecha entre los troncos de los árboles de la que
emanaba un resplandor blanco.
La luz lo segó por un momento, pero cuando sus ojos se
acostumbraron vio un inmenso santuario protegido por los árboles que parecían
alzarse más allá del cielo. Hojas doradas caían del gran vórtice de luz que
iluminaba con majestuosidad aquel lugar. El extraño canto de ave provenía de
ahí, pero el santuario parecía estar vacio. Observó a Eliza en busca de una
explicación, pero ella parecía hipnotizada mirando algo.
—Oye —la llamó
en un susurro —. ¿Qué estás mirando?
Ella giró la cabeza para verlo aún sonriendo. De
pronto hizo una mueca de confusión.
—¿Qué acaso no lo ves? —le espetó con cierta molestia.
—¿Ver qué?
La chica aún lo miraba como si hubiera cometido un terrible
error. Edward se sintió cohibido por ello.
—No estás viendo como deberías. Vamos, eres
recolector. Tú sabes cómo observar. Observar de verdad. Cierra los ojos y mira.
Por un segundo se quedó pasmado. No tenía idea de lo
que ella quería decir. Pero entonces recordó como era ver las cosas en su
estado etéreo y le llegó a la mente el día en que habían viajado a la Tierra de
mortales para retribuir la esencia del sauce. Hasta aquel momento nunca había
pensado en usar sus habilidades en el mundo de los muertos, ni siquiera estaba
seguro de poder hacerlo. Cerró los ojos e intentó concentrarse. El canto, lejos
de distraerlo, se introdujo en su mente. Parecía guiarlo por una neblina muy
similar a la del abismo en la mansión, aquella que le permitía descorporarse. Sintió,
por un segundo, como si fuera a suceder, pero la sorpresa lo hizo volver en sí.
Abrió los ojos súbitamente. Percibió el cuerpo entero entumido, como sucedía
una vez que volvía por el portal a la mansión.
El santuario frente a él parecía el mismo, pero esta
vez vio una enorme ave en su interior. No era cualquier ave, se trataba de un
cuervo. Él era el que entonaba los cantos misteriosos. Sus plumas brillaban
entre azul y plateado, la cabeza era por completo negra, adornada con un
medallón muy brillante, cuyo resplandor sé unía con aquél que iluminaba la
cámara.
Rodeándolo, había lo que parecían ser espíritus, todos
de diferentes formas y colores. Eran ellos quienes hacían que las hojas se
tornaran en varias tonalidades. Unidos por sus extremidades, ya fueran manos,
pezuñas, ramas u hojas, formaban un círculo alrededor de la gran y majestuosa
ave. Recibían de ella energía en forma de hebras plateadas que emanaban de sus
alas abiertas.
En ese momento supo que estaba sucediendo. Se miró las
manos y el cuerpo, percibiendo finas hebras luminosas que fluctuaban por sus
brazos, piernas, todo lo que estuviera en contacto con otra cosa. También
fluían desde Eliza. Las de la chica brillaban con gran intensidad y tenían
tonalidades anaranjadas, cafés y cobrizas, a diferencia de las suyas que,
aunque levemente más tenues, resplandecían como esmeraldas y plata lustrosa. No
tuvo que preguntarse que era aquello, ya lo había visto antes. Lo percibía
todos los días al conectarse con las personas a las que acompañaba desde la
Tierra de mortales. Las hebras de luz que emanaban de ambos se conectaban con
las que brillaban dentro de los árboles y que iban directo a la congregación de
espíritus dentro del santuario. Era un constante ir y venir de energía entre
todo lo que los rodeaba, al ritmo de lo que en vida hubieran sido los latidos
de sus corazones.
Las preocupaciones, el miedo, las sombras, todo había
desaparecido en aquél maravilloso instante en el que estuvo conectado por
completo a su entorno. Por un segundo se olvido del bosque, de los árboles,
incluso de Eliza a pesar de que estaba a menos de un metro de él. Era parte de
algo más grande.
Pero tan pronto como había logrado aquello, la
conexión se rompió y salió del trance con violencia, como si algo lo hubiera empujado.
Creyó haber caído por el impacto que recibió, pero al abrir los ojos se dio
cuenta que estaba en la exacta posición en la que había iniciado todo.
Eliza aún parecía embelezada. Sus bellos ojos violeta
aún perdidos en la majestuosidad del acto que presenciaban. Pero entonces él se
dio cuenta que ya no lograba ver a los espíritus. El santuario ahora parecía un
gran claro del bosque sumido en una imposible oscuridad nocturna.
La chica cerró los ojos y alzó el rostro. Se quedó
inmóvil por varios segundos, hasta que, con gran tranquilidad, le dirigió una
mirada de paz absoluta.
—¿Ahora entiendes porque no hay nada que temer en el
bosque? —le dijo sonriendo.
Edward se limitó a observarla y esbozar una sonrisa.
Aún se preguntaba qué había roto la conexión de aquella forma.
La chica se sacudió y estiró los brazos, como si
apenas hubiera despertado.
—Ahora volvamos —dijo como si ahí no hubiera pasado
nada. Saltó por las raíces y, en menos de la mitad del tiempo que le había
tomado subir, ya estaba abajo.
El camino de vuelta fue una experiencia nueva en su
totalidad. Las sombras ya no le parecían siniestras, sino protectoras. Las
ramas danzantes sobre su cabeza bailaban de alegría y ya no como demonios que
acecharan en la oscuridad. Cualquier criatura que deambulara el bosque estaba
ahí como parte de él y no buscaba hacerle daño. Comprendía ahora que todo estaba
conectado. Sólo hacía falta verlo con los ojos correctos.
—Ninguna historia en ninguno de los libros que he
leído podría describir con precisión lo que acabamos de presenciar —dijo a
Eliza mientras volvían a la parte luminosa del bosque.
—Las maravillas que aguardan más allá de los límites
son sólo para los que nos atrevemos a explorarlas. Ahora eres uno de los
afortunados —respondió ella. En aquél momento le parecía más radiante y
hermosa.
—Debo agradecerte que me ayudaras con eso.
Ace los seguía de cerca, jugueteando con cualquier
cosa que encontrara en su camino. También su humor había mejorado.
Llegaron con prontitud al claro en el que la cabaña de
Eliza se alzaba. Era curioso como los caminos desconocidos siempre parecían más
cortos cuando se les conocía mejor.
—¿Te quedarías a tomar el té? —lo invitó ella.
—Con todo gusto —respondió él.
El jardín
frontal estaba delimitado por una cerca rústica que la misma Eliza había
construido con tablas de diferentes tamaños y grosores. En un principio parecía
desordenada y dispareja, pero al observarla mejor tenía un cierto encanto. Se
había tomado el tiempo de decorarla con garigoles y dibujos de hojas muy bien
trazados. Al parecer la chica tenía buena habilidad con los pinceles.
Varias plantas y enredaderas salvajes cubrían la mayor
parte del terreno, extendiéndose hasta la fachada de la cabaña, cobijando con
su follaje desde el pórtico hasta el tejado, dejando libre algunos espacios en
los que asomaba la madera con la que estaba construida la casa. Sin embargo
había partes en las que Edward se preguntaba si la cabaña era una construcción
o algo que surgía del mismo bosque. Algunas paredes parecían crecer desde el
suelo y las decoraciones en las ventanas constaban de ramas que nacían de las
mismas tablas que las conformaban.
La puerta de la entrada crujió cuando Eliza la
destrabó para abrirse paso. Ésta también estaba decorada con motivos de hojas.
El dintel estaba coronado por una estrella de cinco picos rodeada por un círculo.
El pentagrama de las brujas, pensó él, aunque no sabía con exactitud porque lo
sabía.
—Bueno, bienvenido a mi hogar, Edward Blackwells
—anunció Eliza, extendiendo las manos hacia el techo. Ace asomó la cabeza por
una de las grandes ventanas abiertas.
El interior no era menos llamativo. Constaba de una
gran estancia que en partes estaba solo dividida por cortinas. Pero la mayoría
de las habitaciones que había normalmente en una casa, en esta estaban todas en
contacto. El pequeño rincón que constituía la cocina era también parte del
recibidor, así como de una especie de sala con un montón de cojines apilados
junto con unos cuantos libros. Más allá había una pequeña escalera que llevaba
a un segundo piso. Al fondo de la gran estancia una puerta de cristal llevaba
al invernadero detrás de la casa. No había muchas cosas alrededor, pero Eliza
no parecía ser la clase de persona que necesitaba mucho para ser feliz.
—Es un muy bonito hogar —respondió después de admirar
todo lo que alcanzaba a ver. La chica sonrió y se dirigió a la parte de la
cocina.
—Adelante. Puedes ir al invernadero. En seguida estoy
contigo —indicó mientras llenaba de agua la tetera que tenía en la mano.
Se adelantó hasta la puerta de cristal y la empujó con
cuidado.
El invernadero era, o eso le pareció, mucho más grande
que la cabaña. Estaba lleno de plantas y flores, algunas de colores muy
llamativos. Un olor penetrante a tierra mojada impregnaba todo, resultándole
confortante. Varias enredaderas con distintos tipos de hojas pendían de cuerdas
que cruzaban el lugar de lado a lado.
Justo en medio del lugar crecía un enorme árbol, cuyas
ramas eran tan altas que habían atravesado el techo de cristal. Las ramas que
estaban debajo del techo crecían frondosas, las que estaban por encima habían
perdido la mayoría de sus hojas. De las ramas más bajas pendían frutos redondos
de un color pálido.
Además de la luz que entraba por las paredes de
cristal, pequeñas lámparas de tela iluminaban con calidez la parte baja del
invernadero.
Dio un paseo entre las plantas, admirándolas y
percibiendo sus distintos aromas. Vio una flor rojiza que le recordó el color
en la portada del libro que había comprado, fue entonces que recordó lo que aún
debía realizar. Giró los ojos abatido, harto de sus propios pensamientos que se
negaban a dejar de torturarlo. Se dio la vuelta con enojo y se encontró cara a
cara con Eliza, quien pareció sobresaltada.
—¿Estás bien? —preguntó casi en un grito.
—Lo lamento, sí... estoy bien —mintió él.
Ella lo miró con sospecha, pero era posible que aún no
se sintiera con la suficiente confianza para indagar en lo que estaba
sucediendo. Así, optó por indicarle un banco de madera frente a un gran muñón
de tronco que hacía la función de mesa.
—Así fue como lo encontré. Yo no corté el árbol —aclaró
la chica, a lo que Edward la miró por completo confundido —. Lo siento, no sé
porqué sentí que debía mencionarlo.
—No te preocupes, no hacía falta —respondió él, con
una sonrisita incómoda.
Eliza sirvió el té y entregó su taza a Edward. Bebió
un sorbo, percibiendo un sabor dulce y a la vez un poco ácido.
—Interesante. ¿Qué es?
La chica olfateo su taza, después metió la punta del
dedo en ella para luego llevársela a la boca. Se relamió los labios y miró
hacia arriba como recordando algo.
—La verdad no tengo idea, estaba en la tetera cuando
la puse a hervir —respondió encogiéndose de hombros. El muchacho la miró, entre
divertido y confundido. Era impresionante la forma en que Eliza cambiaba de
actitud de un momento a otro. Podía ser elegante y misteriosa, mientras que al
siguiente minuto era tierna con mirada soñadora, como una niña.
—Entonces
¿Qué tal el paseo de hoy? —le preguntó la chica. Bebió un sorbo de té y subió las
piernas al banco, adoptando una posición poco usual.
Edward, que no estaba en lo absoluto acostumbrado aún
a la falta de formalidad, abrió los ojos sorprendido, pero con rapidez disimuló
mirando el fondo de la taza con gran curiosidad.
—Revelador, sin duda alguna —dijo, aclarándose la
garganta —. Discúlpame si soy directo, pero en verdad me siento intrigado. ¿Cómo
es que conoces tantas cosas del bosque?
—Oh bien, como ya te lo había mencionado, voy por ahí
recolectando cosas. Paso más tiempo el los bosques que en cualquier otro lugar
—mientras respondía, retomó su posición anterior —. Es curioso, porque siempre
hay algo nuevo que encontrar. Por ejemplo el ritual de hoy, es apenas la
segunda vez que puedo presenciarlo.
—¿Y qué hay con ser una bruja? —soltó él.
—¿Qué hay con ello? —preguntó la chica, defensiva.
—Perdona, no quiero ser entrometido o impertinente. Es
que es algo tan nuevo para mi.
—No te preocupes, lo entiendo —dijo, relajándose —.
Está bien. ¿Qué quieres saber?
—¿Cómo es? ¿Acaso usas poderes para... lo que sea?
¿Vas por ahí lanzando rayos e invocando cosas?
Ella, que estaba bebiendo de su taza, soltó una
carcajada, volcándose el té encima. Edward se apresuró a alcanzarle una
servilleta de la charola.
—No hace falta, gracias —respondió, aún riéndose —.
Disculpa, es que tu visión de una bruja es muy... muy...
—¿Fantasiosa? ¿Inexacta?
—Irreal. Soy tan normal como cualquiera. La diferencia
es que estoy en contacto con mi entorno. Además la magia no es algo que se
pueda usar para todo. Te malacostumbrarías si lo hicieras... Aunque claro que
puedo hacer varias cosas.
Ambos se quedaron en silencio un rato.
—¿Porqué no me preguntas lo que quieres preguntar?
—inquirió Eliza, por fin.
—No sé de que hablas —respondió él, en verdad intrigado.
—¿Te gustaría aprender a usar la magia, Edward?
El muchacho quedó pasmado por un segundo. Había
considerado pedírselo, pero no sabía con exactitud si siquiera era posible.
Aunque no estaba de más considerarlo. Quizá algo de eso podría ayudarlo en un
futuro que parecía aproximarse a pasos agigantados. Volvió al mismo asunto del
libro, pero con Eliza como su aliada tal vez podría lograr algo más. Aunque no
quería involucrarla en ello. Sí pudiera enseñarle unos cuantos trucos sería
suficiente.
—Puede ser... —respondió, enigmático.
—¿Es eso un sí?
—De acuerdo. Sí, me gustaría.
La chica se levantó, tomó la servilleta que tenía al
alcance y comenzó a limpiarse con ella donde el té se había derramado.
—Con gusto podría enseñarte. Pero hay varias cosas que
debes entender primero.
Edward la miró con atención.
—Primero, como ya dije, no puedes usar la magia para
todo. Te servirá para todo, pero no puedes usarla como un pretexto para no
hacer algo que puedes hacer por ti mismo. ¿Está eso claro?
—Sí, eso creo.
—Segundo. No puedes usarla en contra de nadie. Por
supuesto existe la cláusula de la defensa propia. Pero fuera de eso no puedes
atacar ni perjudicar a nadie con ella ¿de acuerdo? En especial si se trata de
venganza.
—Entendido.
—Y por último. Debes comprender que no eres mejor que
nadie por tener estas habilidades. No estás por encima de nadie ni de nada.
Simplemente tienes otra visión de las cosas y si te es posible, compártela y
siempre ayuda a quienes lo necesiten. Convive con tu entorno como lo que eres,
una parte de él.
Quedó atónito. Aquellas palabras lo habían conmovido
de una manera que no comprendía en su totalidad. Nunca se había sentido mejor
que nadie, ni siquiera en su posición de recolector. Su oficio siempre era el
de ayudar a quienes lo necesitaban. Las almas que acompañaba día a día eran
prueba de ello. Con temor pensó en lo que se aproximaba y se le ocurrió que
quizá en sus manos estaba ayudar a inclinar la balanza a su favor, no en contra
de nadie, sino a favor de todos los habitantes de Gloom Town.
—Lo entiendo —respondió. Eliza lo miraba con suma
atención y comenzaba a ponerlo nervioso. Pero eso se debía a que su belleza le
imponía tanto como su actitud. Hasta entonces se dio cuenta que con ella no se
sentía capaz de llevar las riendas de una situación, pues era ella quien lo
había guiado desde que se conocieran aquella noche del baile o incluso desde
antes. Podría haberla confrontado en el cementerio, pero había decidido
esconderse ¿Por qué?
—¡Me alegro! —exclamó con júbilo la chica —. Sabía que
había algo en ti, lo presentía, desde la noche del baile. Ahora dime, ¿te
gustaría ver algo en lo que he estado trabajando, Edward? —preguntó,
misteriosa.
—Claro —respondió, aún atónito.
Eliza dio un salto e indicó con el dedo que la
siguiera.
Entraron de nuevo a la estancia donde ella apartó una
de las cortinas, revelando un pasillo lleno de estantes con frascos, y un
pedestal en el que descansaba un libro muy grande. Sobre una mesa llena con
instrumentos metálicos, entre otras cosas, yacía un bulto grande cubierto por
una sábana.
La chica lanzó su mirada misteriosa una vez más antes
de develar lo que estaba oculto debajo. Apartó la cubierta de forma dramática.
Sobre la mesa había algo similar a una escoba, repleta de alambres, tuercas y
tornillos. Un asiento sobresalía del mango, debajo de éste dos pedales. En la
parte donde el mango se conectaba con las cerdas, atado con alambres de cobre, descansaba
un cilindro metálico. El artefacto entero estaba cubierto por runas y símbolos,
tallados a mano con gran cuidado.
—No estoy seguro de qué estoy presenciando —puntualizo
Edward.
—Es una escoba que vuela. Aún no, en realidad, pero lo
será algún día. Pronto.
—Interesante... Pero ¿para qué querrías algo así?
Eliza lo miró con los ojos molestos.
—Creo que fui clara al describir su función —respondió
indignada.
—Claro, lo fuiste. Pero ya tenemos caballos
voladores... ¿porqué una escoba?
La chica quedó en silencio. Se cubrió la boca con una
mano, considerando que iba a responder.
—Bueno, parecía una idea divertida. En mi época
existía la creencia de que las brujas volaban en escobas.
—Aún es así —la interrumpió él.
—Sí, pues, pensé que sería divertido si en realidad lo
hiciera... no lo sé. Ahora que lo dices suena tonto.
Su mirada pareció perder brillo y en su rostro se
reflejó un profundo desanimo. Edward comprendió que había sido muy insensible
ante algo que era importante para ella.
—Creo que es una maravillosa idea —se apresuró a
decir.
—¿De verdad?
—¡Claro! Quise decir que ya tenemos caballos ¿porqué
no escobas u otros artefactos comunes que nos permitan volar?
Eliza le sonrió.
—Supongo que sí. Pero aún no logro hacerla volar, no
conmigo encima.
—Estoy seguro que en algún momento lo harás. Se ve que
sabes mucho sobre estas cosas.
Cubrió la escoba con la sábana. Se dio la vuelta y
pareció darse cuenta de algo.
—¡Oh! ¡ya es tarde! —exclamó sobresaltada —. Escucha,
Edward, no quisiera que te fueras... pero aún debo hacer algunas cosas.
—No tiene importancia —respondió él con cortesía —. Yo
también tengo asuntos pendientes.
—Pero, en verdad, ha sido un día interesante. Y espero
verte pronto. ¿Podrías venir pasado mañana?
—Creo que podría, sí.
Ambos caminaron hasta la puerta de entrada. Eliza la
abrió y cedió el paso a Edward.
—Gracias por todo. Nos veremos muy pronto —se despidió
él.
—No tienes nada que agradecerme, de verdad fue un buen
día —y sin decir más se acercó a él y le dio un beso en la mejilla —. Nos vemos
pronto, Edward Blackwells.
Atónito, una vez más aquel día, salió al jardín
delantero.
Ace, que se había recostado sobre el pasto, comenzó a
levantarse cuando vio al muchacho salir de la cabaña.
—Vamos, amigo —le dijo al caballo, distraído. Se dio
la vuelta para ver si Eliza aún estaba ahí. Pero la puerta de la cabaña estaba
cerrada. Aún así una sonrisa se dibujó en su rostro.
Se había hecho de noche muy pronto. En las ventanas de
la parte baja de la casa refulgía el tenue resplandor de la luz de velas. La
noche era fresca, pero no parecía tan helada como había sido el resto del día.
Era una noche excelente, o así lo pensó él.
Con un montón de pensamientos revoloteando en su mente
y las sensaciones al tope, mezclándose unas con otras, Edward subió al lomo de
su fiel compañero. Ambos se elevaron hacia el cielo, dejando atrás el bosque y
todos los bellos misterios que ahí se ocultaban. Pero sin duda alguna, pensó
mientras el viento gélido le acariciaba el rostro, el más enigmático y hermoso
de todos era Eliza Hallow.
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