Estaba volando. No en un carruaje, ni en un caballo. Estaba por si
mismo, como un ave. Podía verlo todo y su cuerpo se sentía ligero. Se miró las
manos, eran transparentes. Estaba fuera de su cuerpo, pero no en el mundo de
los vivos. Lo que se extendía bajo él era Gloom Town. Vio la torre del reloj, el
salón de baile, la calle Nightshade. A lo lejos estaba la mansión. Al otro lado
el lago, con tan amplio horizonte que hubiera podido pasar por mar. Iba volando
rápido, mucho. Distinguió un sonido familiar, rítmico, constante. Era el tren,
estaba volando por encima de el, a su mismo paso.
—Es un sueño —se dijo en voz alta.
La cama se mecía. ¿Porqué la cama se mecía?
Algo lo sacudió con fuerza. Entonces, como si le cortaran las
alas, comenzó a caer. La misma sensación de saltar al abismo desde el puente de
piedra. Caía con rapidez, iba a chocar contra el techo del vagón. Cerró los
ojos, esperando a sentir el impacto.
—Señor. Disculpe, señor.
Edward se sacudió con violencia. Abrió los ojos.
Un hombre lo miraba con los ojos entrecerrados. Tenía una de esas
narices que se conectan directo con la frente y cejas que terminaban en un
rizo. Llevaba un overol manchado de hollín. Debía ser el conductor del tren.
¿Qué hacía él ahí? ¿Cómo había entrado en su departamento?
—¿Qué... —dijo con dificultad.
—Mil disculpas, señor. Es que estaba empezando a preocuparme.
—¿Preocuparse? —murmuró. Su departamento temblaba, el candelabro
se mecía. Se llevó las manos a la cara, se frotó los ojos. No era su
departamento. Seguía dentro del tren.
—¿Qué estoy...? Oh no, ¡Me quedé dormido! —exclamó, tratando de
convencerse de que seguía soñando.
—Sí, al parecer así fue. Lo habría dejado en paz, pero ya me
parecía raro que llevara tanto tiempo aquí —el conductor parecía avergonzado. Aún
así sonrió mostrando una hilera de dientes muy chuecos.
—No, no se preocupe. Oh, seguramente ya pasamos el monte Moontower
¿no es así? —preguntó Edward acomodándose el cuello de la camisa y pasando las
manos para aplacarse el cabello.
—Así es señor, ya la hemos pasado... varias veces —respondió, estrujando
su sombrero con ambas manos.
—¿Cómo que varias veces?
—Sí, es que usted ha estado aquí desde ayer.
El muchacho quedó pasmado. Pero si había abordado el tren ese
mismo día.
—¿Desde ayer? No me diga que pasé la noche aquí.
—Así es, señor. Intenté despertarlo varias veces. No logré que
reaccionara hasta ahora. Disculpe mi agresividad.
No podía creerlo aún. ¿Era posible aquello? ¿Había pasado la noche
entera en el tren dando vueltas una y otra vez? Eso no era lo peor, ya era el
día siguiente. Se llevó las manos al bolsillo del chaleco y sacó el reloj. Las
manecillas marcaban las nueve aún. Pronto recordó que era la única hora que
marcaba el artefacto desde el día en que llegó.
—Ay no, no. ¿En dónde estamos? —preguntó mientras observaba por la
ventana. El pueblo entero se veía desde ahí, como en su sueño.
—Acabamos de pasar la estación de Blackrose. Vamos rumbo al cañón. La siguiente parada es el monte
Moontower.
—De acuerdo. ¿Tiene idea de que hora es?
El conductor sacó un gran reloj con un tren grabado en la parte
trasera. De su ropa se desprendió una nube de polvo oscuro.
—Son las diez con diez, señor.
—¡Oh, no puede ser! Ya voy retrasado, llegaré tarde —se lamentó
Edward —. Van a despedirme.
—¿A dónde se dirige?
—A la mansión —respondió él, frotándose las sienes con las palmas.
Los labios delgados del hombre se tensaron sobre su descuidada
dentadura en un gesto maquiavélico.
—Habrá que acelerar la marcha del tren —murmuró conteniendo un
grito de emoción y abriendo mucho los ojos.
—¿De verdad? No, no es necesario... es decir... me ayudaría mucho,
pero...
—Le preguntaré a los pasajeros. Si no les importa podremos hacerlo
—dijo, más para sí mismo que a Edward, quién lo miró con preocupación.
—¿Está muy seguro de...
—No diga más, no sería la primera vez que sucede —espetó y salió
del vagón dando grandes zancadas con sus largas piernas.
El muchacho, aún muy avergonzado, se alegro de estar solo. No
quería pensar en que pasaría si llegaran a despedirlo. Se imagino a Darkus Grim
reprendiéndolo e indicando a Leonard que lo escoltara hasta su departamento
para recoger sus cosas. ¿Qué harían con él? ¿Sería tan terrible que lo
expulsarían de Gloom Town? Le pediría a Grim otra oportunidad, le diría que con
gusto buscaría otro empleo, pero que lo dejara quedarse.
El conductor volvió. Su expresión era aún más inquietante que
antes. Los ojos le brillaban de manera casi sobrenatural.
—No se preocupe. ¡Llegaremos a la mansión en menos de cinco
minutos!
Sin decir más se dirigió a la locomotora.
—Damas y caballeros —dijo con voz eufórica por la bocina — ¡Aquí
vamos!
El silbato lanzó un chirrido escalofriante y las cosas dentro del
vagón comenzaron a mecerse con violencia. Por un segundo pareció que iban a
descarrilarse. El vapor entró por las ventanas y cubrió el exterior. La
fricción de las ruedas sobre las vías provocaba un escándalo infernal. La risa
alocada del conductor se mezclaba con todo aquél escándalo.
Edward tuvo que sujetarse del asiento de enfrente para no caer
cada vez que el tren pasaba por una curva.
Pasaron por una serie de montañas y rocas, dónde creyó ver el
rostro de una calavera aparecer en la ventana, sólo para desaparecer con igual
velocidad. Las vías siguieron por un puente que cruzaba un río. La madera debajo
de ellos crujía como si fuera a despedazarse en cualquier momento. Los vagones
se ladeaban de tal forma que las ruedas perdían el contacto con las vías por
momentos.
Más allá, entre el vapor que emanaba a borbotones por la chimenea,
apareció la gran torre en medio de tejados y casas de diferentes tamaños.
Pasaron zumbando por el andén del monte Moontower, el cual tembló ante el
impacto y vibración de la furiosa locomotora. Siguieron el descenso por el
costado hasta llegar al bosque y debajo de él. Para cuando llegaron a la zona
oscura, los frenos del tren comenzaron a chillar como mil lamentos de pequeñas
voces agudas.
A pesar de que intentó sujetarse lo más fuerte que pudo, Edward salió
disparado hacia el asiento de adelante y cayó con un golpe seco delante de él.
Poco a poco el vapor fue dispersándose. El tren detuvo por
completo la marcha.
El muchacho se levantó algo mareado por el golpe.
—¡Llegamos! —anunció la voz en la bocina —. Siguiente parada: área
central.
Sin tiempo para recuperarse, Edward se dirigió a la puerta del
vagón. Salió de él a tropiezos, casi pasando por encima del hombre de los
boletos que aún estaba aferrado a la baranda con expresión tensa y el rostro
lívido.
—¡Disculpe! —espetó sin mirar atrás.
—No se preocupe —le respondió él en un susurro y voz temblorosa.
Con el corazón en la garganta, Edward subió por las grandes
escaleras hasta el bosque y corrió el largo trecho entre la estación en medio
del bosque y la reja desde donde habían liberado al sauce.
Pasó por el jardín, el corredor escondido entre maleza, las
estatuas lúgubres que guardaban la entrada y se paró frente al dragón.
—¿Quién está ahí? —dijo con su habitual voz grave.
—Edward... Black... wells... recolec... recolector —dijo él, entre
jadeos.
—Entre, señor Blackwells. Bienvenido.
Las puertas se abrieron, mientras el dragón saludaba a alguien más
detrás de él.
—Bienvenido, señor Sinister.
Edward paró en seco. Leonard estaba detrás de él, observándolo
intrigado.
—Comenzaba a preocuparme por ti. ¿Dónde estabas? —le dijo su
compañero, con severidad.
—Larga historia. Lo siento —respondió él, aún jadeando.
—Vaya, estás en pésima forma, amigo. Ven aquí, sígueme.
Ambos dieron la vuelta y siguieron hacia el puente de piedra. El
dragón bufó, indignado y cerró las puertas.
—Te adelantaste a lo que tenía planeado para hoy, pero veo que te
hace mucha falta —le dijo Leonard.
—De verdad lo siento. ¿No estoy despedido verdad?
—¿Despedido? ¡Oh vamos! Por supuesto que no. ¿Crees que es tan
fácil deshacerte de nosotros? No, no, estás aquí por un largo tiempo.
Edward se sintió reconfortado. Tuvo que sentarse un momento en el
pasto.
—Me alegra oír eso —dijo, agotado.
—¿Qué te pasa? —Leonard lo miraba como si estuviera viendo algo
que jamás había visto.
—Corrí desde el andén —respondió.
—¿Y eso qué? ¿Acaso olvidaste que estás muerto?
—No... ¿Qué tiene eso que ver?
—Bien, vamos. Acompáñame. Necesitamos ponerte en forma.
Su compañero lo llevó de regreso hasta el jardín, por las
escaleras y de nuevo al bosque.
—¿Qué quieres decir con ponerme en forma? —lo cuestionó Edward.
Sintió que debía sentarse de nuevo, pero no quería demostrar que aún estaba
cansado.
—Tu cuerpo esta hecho para muchas cosas, mi amigo. Pero tu mente,
al parecer, se rehúsa a aceptar tus nuevas habilidades. Ya lograste uno de los
procesos más difíciles, la descorporeación. Y ya has hecho muchos avances en tu
forma etérea. Ahora es el turno de lo que usas en este mundo. Debes olvidar tus
límites, ¿comprendes?
—No del todo —respondió él.
—¿Porqué estás tan cansado?
—Porque corrí.
—¡No! Estás cansado porque crees que debes estarlo. Cuando estabas
vivo y corrías tu cuerpo reaccionaba así, pero este es tu nuevo cuerpo. Dime
una cosa ¿Crees que podrías aguantar, intacto, una caída desde la cima de un
árbol?
—No, no creo.
—Entonces, es probable que no. Porque eso piensas... ¿Ahora ya fui
más claro?
Edward lo medito un rato.
—¿Y cómo se supone que me olvide de esas cosas? —dijo por fin.
—Haciéndolo y dándote cuenta de lo que eres capaz. Corre hasta no
poder más y luego sigue corriendo. Lánzate de un acantilado. Si te rompes algo
hay manera de repararlo con facilidad. ¿Has estado durmiendo?
—Sí... ¿eso que tiene que ver? —el muchacho se sintió avergonzado
por el incidente del tren. No creía necesario contárselo a Leonard.
—Que podrías no hacerlo y estarías bien. Inténtalo. Quédate
despierto toda la noche. Sal a explorar. No va a pasarte nada.
—Pero me gusta dormir, se siente bien.
—Claro que sí. Pero no lo hagas todo el tiempo. Te acostumbrarás.
¿Qué tiene de bueno tener resistencia y velocidad si no las usas? —Leonard se
paró al límite del bosque —. Ven, te reto a una carrera.
—Pero... —las piernas le temblaban y se sentía muy agitado.
—¿Pero qué? Anda, corre.
Edward lo miró con recelo. Después se acercó a él.
—No se si pueda...
—Olvídalo, no pienses. Hazlo.
Su compañero corrió por el sendero, dejándolo atrás. El muchacho
admiró el bosque, no quería correr. Comenzó a trotar. Las piernas empezaban a
dolerle y sintió como perdía de nuevo el aliento. Aunque Leonard tenía razón.
¿Qué más podía pasarle? Ya se había lanzado de un acantilado sin saber que le
esperaba. Había volado en un carruaje ¿Porqué no podría hacer lo demás?
Aumentó la velocidad. Sus piernas se tensaron. Ardían. Siguió
adelante.
Recorrió un trecho considerable. Ya ni siquiera sabía dónde
estaba. El paisaje había cambiado. Los árboles eran más altos y más densos. Sus
hojas y ramas ocultaban la luz del día casi por completo. Se sintió observado
por miles de diminutos ojos. Creyó ver luces de colores más allá del sendero.
Estaba por rendirse, el dolor era insoportable. El pecho también
empezaba a arder. El aliento lo
había abandonado, pero entonces se le ocurrió que no lo necesitaba.
Corrió con más fuerza y mucho más rápido. Era cierto, el dolor no
existía, estaba en su mente nada más. Sólo debía superarlo. Los árboles pasaban
a una gran velocidad y el bosque cada vez se ponía más oscuro y espectral. El
viento que aullaba en los troncos huecos le dio escalofríos. Escuchó el crujir
de algo muy grande, como si un árbol se hubiera derrumbado.
Entonces vio a Leonard, venía en dirección contraria.
—Da la vuelta —le gritó para después pasarlo de largo.
—¿Porqué? —gritó a su vez Edward, pero su compañero no tuvo tiempo
de responder.
Entre la espesura de la maleza distinguió algo que parecía una
roca grande y un par de luces pequeñas, como llamas dentro de una linterna. La
cosa entonces se movió con brusquedad y emitió un aullido pavoroso. Un sonido
como el de varias rocas cayendo por un risco y el gruñido de una criatura de
gran tamaño.
Edward dio la vuelta de inmediato, surcando varios árboles y
perdiendo el sendero de vista. Por un segundo sintió pánico de perderse. No
tenía idea de a donde iba hasta que la luz del día lo guió de vuelta al camino
hacia la mansión. El recorrido era mucho más corto de lo que imaginaba.
Pronto vio a Leonard. Intentó alcanzarlo para hablarle pero lo
rebasó. Iba demasiado rápido. La reja de la mansión apareció antes de lo que
esperaba. Había comenzado a frenarse, cuando pasó el límite del camino. Se
dirigía al muro de piedra. No iba a poder detenerse a tiempo.
Se estrelló contra el muro. El golpe lo impulsó hacia atrás y cayó
al piso, levantando una nube de polvo. Un tremendo dolor lo envolvió. Tenía las
piernas en llamas y el resto del cuerpo le punzaba.
Leonard llegó, riéndose a carcajadas.
—Pero que golpe te has dado, compañero.
Edward no respondió, se retorcía en el piso.
—¡Maldición! —gritó por fin —. Duele... no es... mental.
—No, ese es tu cuerpo adaptándose. Pero la buena noticia es que lo
has logrado. Te dolerá el resto del día. Pero cada vez irá doliendo mucho
menos. Si entrenas a diario, claro.
—¿Qué dem... demonios era eso? —preguntó, aún retorciéndose.
—No lo sé, pero que bueno que diste la vuelta a tiempo. Sonaba
peligroso.
El muchacho se calmó pero cuando intentó levantarse las piernas no
le respondieron. Decidió que se quedaría ahí un rato más. Estaba temblando de
pies a cabeza.
—¿Y... ahora... qué?
—Ahora, esperaré a que puedas levantarte para ir con lo que sigue.
Pasó un buen rato antes de que Edward se recuperara lo suficiente
para poder levantarse y caminar sin problemas. El dolor disminuyó mucho en muy
poco tiempo, pero el cuerpo entero se le había tensado y le costó recobrar la
movilidad.
Hasta entonces procedieron a subir por la escalera. Luego Leonard
escaló el pequeño muro que rodeaba el jardín. Su compañero hizo lo mismo.
—Bien. Quiero que saltes.
Edward volteo a verlo como si hubiera descubierto que su amigo
estaba loco. Abajo no había más que pasto y algunas rocas dispersas. Pero la altura
debía ser de al menos seis metros.
—Esto no va a gustarme —dijo Edward, frunciendo los labios.
—Te gustará cuando descubras que no pasa nada. Te facilitará
muchas cosas.
—Sí claro, va a doler.
—No, prometo que esta vez no dolerá. Sólo quiero que te olvides de
tu mortalidad. El instinto dice que si te caes podrías romperte el cuello y
morir. Quiero que cambies ese instinto. Salta.
Observó el fondo con desidia. Sabía que si lo pensaba demasiado no
lo haría. Se puso de pie en el borde del muro y saltó.
—Cuidado con las rocas —dijo Leonard en el último segundo.
Mientras caía se obligó a no cerrar los ojos. Era lo mismo que
saltar desde el puente, pero esta vez impactaría contra algo.
En menos de lo que pensó ya había llegado al fondo. Se vio
obligado a doblar las rodillas y rodar por el pasto. Quedó sentado, mirando con
una expresión tonta a su amigo.
—¿Estás bien? —le gritó desde lo alto del muro.
—Creo que sí. Eso no estuvo tan mal —respondió, esbozando una
sonrisa.
—Te lo dije.
Subió de nuevo por las escaleras, trepó al muro y saltó. Repitió
aquél proceso hasta que estuvo satisfecho con ello. Era más divertido de lo que
quería admitir.
Ninguno de los dos notó la sombra que los observaba desde una
ventana en la torre más alta de la mansión.
Aquel día, más tarde, Leonard llevó a Edward de vuelta a la Tierra
de mortales. Esto representó un alivio para él, ya que fuera de su cuerpo no
sentía la tensión y el dolor que lo perseguirían el resto del día.
Ahí, su compañero le impuso varios ejercicios que debía llevar a
cabo y practicar diariamente para que su desempeño en ambos mundos fuera el
correcto.
—Entonces —le dijo cuando ya estaban de vuelta en el salón de los
casilleros —, quiero que dediques estos días en practicar todo lo que hicimos
hoy. Cada día debes hacer algo que te lleve un paso más allá del límite. Duerme
poco. Durante el día puedes venir aquí. Yo te acompañaré cada vez que pueda.
Debes entrenar del otro lado.
—De acuerdo. Lo intentaré —dijo Edward.
—No lo intentes, hazlo.
El muchacho se alegró de haber sido sincero con Leonard aquella
noche en la taberna. Desde entonces ya no se sentía menospreciado. Pensaba que
su compañero ahora hacía todo lo posible por sacar el potencial que veía en él.
Y él haría su mejor esfuerzo por olvidarse de las cosas que lo limitaban de
cualquier forma.
Estaban por salir del salón cuando el ancho y enorme vocero de
Darkus Grim entró, con dificultad.
—¡Sinister! —demandó con su gruesa voz.
—Ah, hola Blathus. No me digas. Grim quiere que deje mis múltiples
ocupaciones para ir a tomar el té con él ¿no es así? —respondió Leonard con el
típico sarcasmo que le afloraba cuando se mencionaba al dirigente de la
sociedad.
Balthus no respondió. Lo miraba con severidad.
—De acuerdo, muchacho, dile al Amo
Grim que voy en seguida. Vamos, Edward —indicó. El chico se levantó del
banco y se dispuso a seguirlo.
—No —espetó el hombre —. Quiere verte a ti. Solo.
—Vaya, que suerte la mía ¿no crees? —dijo a su compañero. Él se
limitó a encogerse de hombros —. No importa, espérame en el jardín.
—Sí, esta bien —respondió mirando al ancho vocero que no le
devolvió la mirada.
—En camino, gran hombre. No hay que hacer esperar al jefe.
El atardecer estaba próximo. A Edward le gustaban más ahora que el
cielo estaba despejado todo el día y toda la noche.
Fue a sentarse sobre la barda donde había estado practicando el
salto. Increíble que en un solo intento hubiera superado la aversión que sentía
por las alturas. Incluso el saltar del puente ya no le resultaba peligroso ni
escalofriante.
El cuerpo aún le dolía. Pero estaba seguro que pronto pasaría.
Ahora se creía capaz de muchas cosas.
Admiró los árboles, las flores, el viento meciendo con pasividad
las hojas. Los colores del cielo que iban de un naranja intenso a un violeta
que pronto se convertiría en azul muy oscuro. Era raro ver una luna a mitad del
día.
Todo aquello había estado vivo alguna vez, como él. Y como él
había llegado a aquel mundo para convertirse en otra versión de sí mismo. No
sabía si mejor, no podía asegurarlo.
Se preguntó que habría sido aquello en la parte oscura del bosque,
lo que le hizo pensar que clase de criaturas habitarían en él. Hasta ahora sólo
había visto lo normal, perros, algunos gatos que iban y venían por los tejados
del pueblo, cuervos y, por supuesto, los caballos alados. Pero si algo le
indicaban estos últimos era que, con toda seguridad, había otra clase de
animales y seres en los vastos bosques que rodeaban la parte urbana de Gloom
Town.
Pensó que sería bueno visitar la biblioteca esa noche. Después de
todo, debía intentar no dormir. Aunque la idea aún le resultaba difícil. Era
una de las cosas que más le gustaban. Pero por otro lado tenía ganas de conocer
el pueblo de noche y ver si tal vez ofrecía algo distinto.
Para cuando Leonard lo alcanzó, la luna comenzaba su ascenso desde
el cañón y el cielo ahora era una paleta de matices azules y morados.
—Al parecer Grim tenía mucho que decir —le dijo Edward en tono de
burla, pero Leonard parecía muy serio.
—Ven, salgamos de aquí. Tengo algo que contarte. Te lo diré cuando
lleguemos la taberna.
Caminaron a la estación y tomaron el tren al pueblo. Después
recorrieron algunas calles aledañas al centro y cortaron camino por algunos
callejones hasta Cuerno y Escama. Una
vez dentro Leonard parecía más relajado.
—Bien, creo que es importante que sepas esto —dijo con tono
misterioso a Edward, quien lo miró muy atento —. Grim me llamó para
interrogarme. Me hizo muchas preguntas.
—Creo que sé a dónde va esto —dijo el muchacho, preocupado.
—Sí, yo también lo creo.
—Buenas noches, muchachos —los interrumpió Aghna en tono coqueto.
Pasó un trapo por la mesa para limpiarla y puso un plato con algo que parecían
semillas muy grandes y de un verde desteñido —. ¿Les traigo lo de siempre?
—Sí, esta bien —dijo Leonard en un tono inusualmente serio. Aghna
lo miró confundida.
—Yo preferiría probar otra cosa —le dijo Edward, con una
sonrisilla, tratando de compensar la seriedad de su compañero.
—¡Claro! Veamos... tengo licor de manzana verde ¿Qué tal suena
eso?
—Suena excelente. Muchas gracias.
—Ya vuelvo —dijo la mujer, guiñándoles un ojo.
Edward se dio la vuelta para encarar a Leonard.
—Así que... las preguntas que hizo Darkus. ¿Eran sobre mi?
El hombre se limitó a mover la cabeza de arriba abajo con lentitud
contemplativa.
—¿Porqué está tan interesado en mi? ¿Acaso hice algo que no debía?
—No, nada de eso. Fue muy extraño, en realidad. Primero hizo
preguntas sobre que tanto había logrado contigo. De que eras capaz y como has
estado desempeñándote en estos días.
La tensión del muchacho se redujo. Aquello tenía cierto sentido.
—¿Estás seguro que no te estaba evaluando a ti?
Leonard quedó en silencio y desvió la mirada al fuego, como si la
idea ni siquiera le hubiera pasado por la cabeza antes.
—Bueno, no importa ¿Qué más te preguntó? —lo cuestionó.
—La mayoría fueron preguntas sobre si estabas adaptándote bien, que
tan cómodo estás con lo que se te asignó...
Edward de nuevo sintió alivio.
—De acuerdo. ¿No piensas que quizá sea normal?
—¿A qué te refieres?
—A que, tal vez, sólo quiere estar seguro de que su nuevo empleado
va por buen camino. Y puede ser que también estuviera probando si tú estás
haciendo bien un trabajo al cual apenas fuiste asignado.
Su compañero calló de nuevo. Edward se sintió, con extrañeza,
poderoso.
—No lo sé —dijo Leonard —. Hay algo que me inquieta. No confío en
él.
—Eso lo sé. Escucha, no sé que pasó entre ustedes. Pero pienso que
tu odio hacia él te está cegando de algo que puede ser rutinario. Dime, es la
primera vez que interroga así a alguien sobre un nuevo integrante.
De nuevo silencio. El hombre, medio oculto en la sombra de la
chimenea, parecía incómodo.
—No lo sé. Supongo que no.
Edward, satisfecho con la respuesta, se reclinó en la silla. Hasta
ahora no tenía razones para desconfiar de Darkus. A pesar de que parecía muy
exigente, no podía estar seguro de que era una mala persona. Aunque tampoco de
que todas sus intenciones fueran buenas. La simple verdad era que no lo
conocía.
—Bien, de acuerdo. Tal vez me sobresalte un poco por nada. Entonces
explícame esto, ¿porqué no te llamó a ti? ¿No crees que sería más lógico
preguntarte todo eso?
—Ya te lo dije. Quizá te estaba evaluando a ti, de una manera no
tan directa.
—Puede ser eso. Pero te diré algo Edward. No te sientas tan cómodo
con esto. Sí, quizá no sea nada. O, tal vez, eso quiere que pensemos. No confío
en ese hombre y es la última vez que lo diré ¿de acuerdo?
—¿Porqué tanto enojo? ¿Qué te hizo? ¿Acaso te obligó a trabajar
para él? —de inmediato sintió un nudo en el estómago. Sabía que no debía haber
preguntado aquello. Pero estaba hecho. Leonard se cruzó de brazos y miró
alrededor. Su pie comenzó a golpear con impaciencia el piso. Se adelantó hacia
la mesa. El fuego de la chimenea le iluminó el rostro. La boca torcida, con el
oscuro bigote cayéndole sobre el labio superior. Las frente llena de surcos. La
luz amarillenta intensificaba arrugas que no eran visibles con normalidad. Debía
haber sido algunos años mayor que Edward cuando murió, aunque no demasiados. Pero
de pronto parecía más viejo.
—No todos estamos aquí por placer, Edward, o porque íbamos a
iniciar una nueva vida. No, algunos nos quedamos como sentencia. Yo era libre.
Era libre de hacer lo que quería hasta el día en que ese maldito navío nos dejó
varados en una isla olvidada a pudrirnos.
‹‹El día que morí y llegué aquí, ese día perdí mi libertad. El honorable Darkus Grim decidió que debía
servirle. Decidió que mis actos en vida ameritaban esa sentencia. ¿Por qué?
Porque creo que es un tirano. Porque de alguna manera engañó a todos para subir
a la cima y controlarnos a su antojo.
Ahora fue Edward quien quedó en completo silencio. Jamás hubiera
imaginado algo así. Ante él estaba un Leonard nuevo por completo. Claro, sabía
que no era muy feliz con su trabajo. Pero aquello le daba una perspectiva muy
diferente de las cosas.
—¿Acaso no estuviste ante el Ojo?
—El Ojo no siempre ha estado aquí. De haber estado el día en que
llegué, las cosas serían diferentes. Sé que no debí ser la persona más amable,
o la más caritativa. Mi único crimen fue el de ser libre y hacer lo que me
pareciera correcto. Darkus no piensa eso.
Leonard se ocultó en las sombras una vez más. Edward se sintió un
poco avergonzado. No pensaba que el tema fuera tan delicado.
Aghna llegó con sus tragos y los puso frente a ellos. De inmediato
advirtió la tensión de la conversación y se apartó con rapidez para no
interrumpir.
—Lo lamento, Leonard.
—Olvídalo. Si te lo cuento es para que seas precavido y no confíes
con tal ingenuidad. Incluso aquí, en Gloom Town, las cosas nunca son lo que
parecen.
La tranquilidad que había sentido se desvaneció con ese último
comentario. Edward quedó muy inquieto por el tema. Podía ser que Darkus sólo
estuviera haciendo su trabajo. ¿O pudiera ser que tuviera un plan que lo
involucrara? ¿Acaso había cuestiones más oscuras develándose poco a poco en un
lugar que le parecía de los más inocente? Entonces pensó en las criaturas que
habitaban en sus rincones más ocultos.
El tema no volvió a surgir, ni esa ni las siguientes noches en que
acompañó a Leonard a Cuerno y Escama.
En su lugar hablaban de cómo había estado el día en la mansión, de los nuevos avances
de Edward y el como iba adaptándose a su entorno.
Leonard, a pesar del tiempo que llevaba ahí, no estaba tan versado
en los temas a los que Edward había encontrado fascinantes. Por lo que solía
contarle de todo aquello y su compañero se notaba intrigado, más no encantado
con ello.
En menos tiempo del que pensó ya había logrado acostumbrarse a sus
nuevas habilidades. Correr por el monte Moontower de noche se había convertido
en una de sus actividades preferidas. Había perfeccionado su habilidad de tal
forma que podía escalar muros e incluso subirse a los tejados de casas que
parecían abandonadas. Le gustaba mirar el amanecer desde ahí.
Algunas noches iba al pueblo. Paseaba por las calles hasta que
decidía volver a casa en el tren. A veces pasaba horas con la nariz metida en los
múltiples libros que le ofrecían los largos pasillos de la biblioteca.
Otras noches dormía y eso le gustaba. Aunque Leonard dijera lo
contrario, pensaba que dormir de vez en cuando reponía energías y lo ayudaba a
estar en mejor forma.
Cuando por fin logró entender el uso de la bañera, encontró gran placer
en tomar largos baños de agua caliente después de un día pesado. En aquellas
sesiones era el mayor tiempo que pasaba en su departamento, pues el resto
estaba fuera entrenando o en otras ocupaciones.
Durante el día iba a la Tierra de mortales para seguir practicando
en su forma etérea. Hasta ahora había dominado el movimiento. Podía caminar,
correr y levitar sin problemas. Concentrar su energía para mover objetos aún le
costaba, no lo había logrado del todo, pero seguía trabajando en ello.
Aún no le asignaban un área en específico. Había probado con
esencias de la naturaleza y algunos animales pequeños. Le parecían interesantes
y le gustaba, pero aún quedaba probar su habilidad en almas humanas. Sabía que
no faltaba mucho para ello.
Sucedió un día en el que volvía de la Tierra de mortales, más
agotado que de costumbre. Entró al salón de casilleros, que en esos momentos
estaba vació. Por lo general se encontraba con Leonard ahí, pero esa tarde era
probable que tuviera más deberes que cubrir. Después de lo que sabía, Edward
sentía cierto pesar por él. En especial porque el resto de los recolectores
parecían encantados con su trabajo. La mayoría le sonreían y hasta estrechaban
la mano cuando se encontraban frente a los armarios. Pero fuera de eso jamás había
entablado conversaciones con alguno de ellos. No parecían muy intrigados por la
presencia de un nuevo colega.
Se disponía a colgar su abrigo cuando una voz muy familiar retumbó
en las paredes del salón.
—Edward Blackwells —dijo.
Se dio la vuelta para encontrarse con Balthus. Un par de
recolectores salieron del salón e inclinaron la cabeza ante el hombre como si
fuera algún miembro de la realeza.
—Ah ¿qué tal?... —respondió, disimulando su repentina
preocupación. No sabía si debía imitar a sus compañeros.
—Buenas tardes. Darkus Grim desea una audiencia con usted, si ya
terminó con sus deberes.
La repentina amabilidad del hombre lo dejó pasmado. Se le quedó
mirando sin responder nada hasta que Balthus le dirigió una mirada confundida.
—Claro. Sí. Ya he terminado.
—Bien. Por favor sígame. Y lleve el abrigo puesto.
Edward asintió, tomó el abrigo de nuevo y se lo puso mientras
salían al vestíbulo.
Por segunda vez desde su llegada subieron al techo de la mansión.
El muchacho había olvidado como era. Sobre él se alzaba la imponente torre,
iluminada por el gran portal entre las nubes. Su luz verdosa hacía que aquella
sección pareciera un mundo diferente por completo.
Ya en el interior de la torre, se percibía un frío más intenso.
Los retratos de caras estrictas no ayudaban con el ambiente sombrío que
envolvía todo.
Balthus tocó a la puerta.
—¿Sí? —dijo la espectral voz de Darkus desde el interior.
—Edward Blackwells está aquí, señor.
—Pase —indicó.
La puerta se abrió lo suficiente para dejarlo entrar. Balthus se
hizo a un lado para dejarlo pasar. Edward sintió el estómago en sus pies.
Recordaba su primera y única audiencia con Darkus, pero trató de evitar todo
pensamiento que le provocara malestar.
Una vez dentro, la puerta se cerró haciendo eco en el pasillo.
Darkus estaba sentado tras su escritorio. Escribía con una gran
pluma carmesí sobre un largo pergamino. Llevaba unas gafas redondas que lo
hacían ver más viejo y frágil. Aún así no perdía aquella rigidez en el rostro.
—Siéntese, joven Blackwells —dijo con amabilidad, indicándole la
silla frente al escritorio.
—Gracias —respondió y tomó asiento.
El hombre no habló por unos momentos. Se limitó a seguir
escribiendo, hasta que pareció terminar con aquél asunto y dejó la pluma junto
a un tintero muy elegante.
—No sirven para nada ¿sabe? —dijo por fin, removiéndose las gafas
con una larga y pálida mano —. Pero me acostumbré a ellas y los viejos hábitos
son difíciles de olvidar. Incluso después de morir, ¿no lo cree?
Edward estaba confundido. No esperaba una conversación casual de
un hombre tan autoritario. Se relajó un poco. Aunque sintió que no debía bajar
la guardia.
—Claro. Yo aún me siento a tomar el té cuando tengo la oportunidad
—le dijo, con cuidado de mirarlo a los ojos. Era difícil.
—¡Ah! Entonces debe ser suerte que lo llamara en este momento.
Tengo una tetera sobre la caldera. Permítame.
Darkus se levantó de su asiento y fue tras los estantes de su
oficina. Reapareció con un par de tazas y la tetera sobre una pequeña charola. La
tetera, alta y elegante, tenía pintadas unas serpientes que se enroscaban entre
ellas a manera de cenefas que decoraban los bordes del utensilio. Las tazas
hacían juego con ésta y usaban una retorcida cola para formar el asa. Repartió
las tazas y sirvió un líquido violeta en cada una. Le ofreció una a Edward y
procedió a volver a su asiento.
—Lo llaman té de cardo. Una
flor algo complicada de encontrar aquí. Pero conozco a alguien que las cultiva.
Al muchacho le pareció extraña toda esa situación. Seguía indeciso
sobre que pensar. Aún en su amabilidad, había una chispa en los ojos de Darkus,
algo que no podía identificar del todo. Iba a inquirir sobre el peculiar juego
de té, pero prefirió llevarse la taza a los labios.
—Tengo entendido —continúo Darkus —, que se ha adaptado bien a su
entorno, ¿no es así, joven Blackwells?
—Así es, señor. Después de todo este tiempo ya me siento como en
casa.
—Me alegra saberlo. ¿Y qué me dice de su posición como recolector?
¿La agrada?
—Claro. Ha sido una experiencia interesante.
—¿Diría que es usted competente en su área de trabajo?
—Sí. Es decir, a comparación de cuando llegué creo que he avanzado
mucho.
—Muy bien. ¿Ya ha hecho pruebas con todo tipo de almas?
Sintió el impulso de desviar la mirada y lo hizo, pero lo disimulo
mostrando interés en el retrato que colgaba sobre la chimenea.
—No, señor. Aún no he sido asignado a las almas humanas.
La preocupación volvió a él.
—Ya veo. ¿Porqué?
—No sabría decirlo. Supongo que no he probado tener la capacidad
suficiente.
Darkus bebió un largo sorbo de su taza.
—Tonterías —aseveró —, por lo que me cuenta el señor Sinister,
creo que usted es tan capaz como cualquiera de mis recolectores. Hasta podría
pensar que tiene la habilidad necesaria para manejar almas negativas.
Edward habría palidecido en aquél instante, de no ser porque su
piel ya era muy blanca. Después de haber leído el Manual del Recolector completo, sabía que las almas negativas eran
algo con lo que nunca quería tener nada que ver.
—Pero, por supuesto, no voy a introducirlo a semejante tarea sin
antes haber comenzado con las áreas más sencillas. Sin embargo, creo que es
hora de que comience con el aspecto humano de esta organización. ¿Tiene algún
inconveniente con ello?
El muchacho tragó saliva. El Darkus que recordaba de su primer
encuentro comenzaba a destellar entre aquella cortesía.
—No, señor. No lo tengo.
Por supuesto que lo tenía. Pero ninguna respuesta habría sido válida
para justificar sus inseguridades.
—Buena respuesta, joven Blackwells. Entonces, le pediré que
notifique al señor Sinister de mi decisión. Mañana a primera hora comienza en
el área. Estoy seguro que su entrenamiento ha sido más que satisfactorio.
Edward no supo que decir. De cierta forma, estaba preparado para
ese momento. Pero la idea no le agradaba en lo absoluto.
Darkus puso la taza vacía sobre el escritorio y entrelazó los
dedos.
—Me da la impresión de que es en esa área donde pertenece.
—¿Qué le hace pensar eso, señor?
—Mi intuición me lo dicta. Además el Ojo rara vez se equivoca. Mi
confianza está puesta en él. Es un excelente té, ¿no es así?
Miró su taza, estaba casi llena. Se la llevó de nuevo a la boca y
lo terminó de un trago.
—Sí, lo es. Le agradezco que lo compartiera.
—No hay nada que agradecer, joven Blackwells. La hospitalidad
también es una vieja costumbre. Una que jamás debe perderse. Al menos en mi
opinión. Estoy seguro que habrá quienes no estén de acuerdo.
Hasta entonces Edward advirtió la guadaña que descansaba dentro de
una vitrina muy adornada. Era similar a su hoz, excepto por la hoja larga, como
el pico de un ave gigantesca.
—¿Fue usted recolector también?
Darkus pareció sorprendido.
—Sí, lo fui, por un tiempo. Después fueron ocupándome otras
tareas.
El hombre se levantó de su asiento y se dirigió a la puerta.
—No deseo quitarle más tiempo. Estoy seguro que tiene muchas más
cosas que hacer. Después de todo, Gloom Town es un lugar lleno de curiosidades.
Ni todo el tiempo que ofrece la eternidad bastaría para develar todos sus
secretos.
Abrió la puerta con delicadeza. Edward se levantó de su silla y se
dispuso a salir. De nuevo notó la penetrante mirada de Darkus. Era como si
quisiera leerle la mente.
—Reitero mi agradecimiento, señor.
—No es nada, joven Blackwells, no es nada en lo absoluto. Que
tenga usted una excelente tarde.
Salio al pasillo. El cerrojo de la puerta resonó detrás. Las
miradas severas de los retratos le causaron escalofríos. Pero de todas, la de
Darkus Grim era la peor.
Leonard ya lo esperaba en Cuerno
y Escama, en la habitual mesa cercana a la chimenea. Le hubiera gustado
irse directo a casa, pero no quería dejar plantado a su compañero.
—Buenas noches, joven Edward —lo saludo Angus desde detrás de la
barra. El muchacho alzo la mano y la sacudió en el aire, esbozando una sonrisa
—. ¿Licor de manzana o vino con frutas?
—Creo que esta noche el vino estará bien, pero sin la fruta.
Fue a la mesa y se dejó caer en la silla.
—Lo siento, me adelante porque no te vi. Uno de los escribanos me
dijo que te vio con Balthus. ¿Todo está bien?
—Darkus quiere que inicie con las almas humanas mañana —dijo con
pesar a su amigo. Se dio la vuelta y observó a una trío de hombres que jugaban
con naipes en una mesa junto a la ventana.
—Bueno, ya sabes. Iba a pasar tarde o temprano.
—Sí, lo sé.
—Tranquilo, Ed. Empezarás por los casos sencillos.
Edward lo miró con desdén.
—Sí, perdón. Edward.
—Gracias. No voy a mentir. Me preocupa. Es una responsabilidad muy
grande. Ayudar a la gente a trascender no debe ser nada fácil.
—Lo harás bien. Sólo debes relajarte y dejar que suceda. Recuerda
todo lo que has logrado hasta ahora.
Leonard tenía razón. Había logrado mucho. Cosas que pensó que
nunca podría hacer ahora le eran muy fáciles. Aún así hubiera preferido que
aquella noche durara un poco más.
Terminaron sus tragos, pagaron y se despidieron afuera de la
taberna. Edward se dirigió la biblioteca. Quizá ahí encontraría algo que le
ayudara con su nueva asignación. O tal vez era mejor buscar algo que lo
distrajera de aquello.
Por cada página que leía debía volver tres más para comprender lo
que había estado leyendo. Al final se dio cuenta que le estaba costando mucho
concentrarse. Subió a la terraza para sentir el aire fresco de la noche. La
luna le sonreía desde el cielo.
Le gustaba el pueblo de noche porque usualmente no había mucha
gente. Y ese era con exactitud el problema. No creía ser bueno tratando con las
personas, lo ponían nervioso. Por supuesto, tenía cierta experiencia con ello.
Recordaba un tiempo en el que atendía la clientela en la tienda de su padre.
Pero incluso entonces era difícil.
Sonrió. Parecían años de aquello y tan sólo habían pasado unos
cuantos meses. Sin embargo el tiempo ya no importaba. Tuvo la sensación de que
podían pasar años sin que lo notara. ¿Por qué habría de preocuparse por algo
que tenía de sobra? Claro que los relojes avanzaban y el calendario seguía su
curso. Pero no les prestaba demasiada atención, parecían ser parte de las
decoraciones. Como Darkus le había dicho, los viejos hábitos eran difíciles de
romper.
Aún así, las manecillas de todos los relojes del pueblo parecieron
ir más rápido que de costumbre aquella noche. Para cuando caminaba de vuelta a
casa, el horizonte anunciaba al nuevo día que estaba por llegar.
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