viernes, 15 de julio de 2016

10- La Torre

Estaba volando. No en un carruaje, ni en un caballo. Estaba por si mismo, como un ave. Podía verlo todo y su cuerpo se sentía ligero. Se miró las manos, eran transparentes. Estaba fuera de su cuerpo, pero no en el mundo de los vivos. Lo que se extendía bajo él era Gloom Town. Vio la torre del reloj, el salón de baile, la calle Nightshade. A lo lejos estaba la mansión. Al otro lado el lago, con tan amplio horizonte que hubiera podido pasar por mar. Iba volando rápido, mucho. Distinguió un sonido familiar, rítmico, constante. Era el tren, estaba volando por encima de el, a su mismo paso.
—Es un sueño —se dijo en voz alta.
La cama se mecía. ¿Porqué la cama se mecía?
Algo lo sacudió con fuerza. Entonces, como si le cortaran las alas, comenzó a caer. La misma sensación de saltar al abismo desde el puente de piedra. Caía con rapidez, iba a chocar contra el techo del vagón. Cerró los ojos, esperando a sentir el impacto.
—Señor. Disculpe, señor.
Edward se sacudió con violencia. Abrió los ojos.
Un hombre lo miraba con los ojos entrecerrados. Tenía una de esas narices que se conectan directo con la frente y cejas que terminaban en un rizo. Llevaba un overol manchado de hollín. Debía ser el conductor del tren. ¿Qué hacía él ahí? ¿Cómo había entrado en su departamento?
—¿Qué... —dijo con dificultad.
—Mil disculpas, señor. Es que estaba empezando a preocuparme.
—¿Preocuparse? —murmuró. Su departamento temblaba, el candelabro se mecía. Se llevó las manos a la cara, se frotó los ojos. No era su departamento. Seguía dentro del tren.
—¿Qué estoy...? Oh no, ¡Me quedé dormido! —exclamó, tratando de convencerse de que seguía soñando.
—Sí, al parecer así fue. Lo habría dejado en paz, pero ya me parecía raro que llevara tanto tiempo aquí —el conductor parecía avergonzado. Aún así sonrió mostrando una hilera de dientes muy chuecos. 
—No, no se preocupe. Oh, seguramente ya pasamos el monte Moontower ¿no es así? —preguntó Edward acomodándose el cuello de la camisa y pasando las manos para aplacarse el cabello.
—Así es señor, ya la hemos pasado... varias veces —respondió, estrujando su sombrero con ambas manos.
—¿Cómo que varias veces?
—Sí, es que usted ha estado aquí desde ayer.
El muchacho quedó pasmado. Pero si había abordado el tren ese mismo día.
—¿Desde ayer? No me diga que pasé la noche aquí.
—Así es, señor. Intenté despertarlo varias veces. No logré que reaccionara hasta ahora. Disculpe mi agresividad.
No podía creerlo aún. ¿Era posible aquello? ¿Había pasado la noche entera en el tren dando vueltas una y otra vez? Eso no era lo peor, ya era el día siguiente. Se llevó las manos al bolsillo del chaleco y sacó el reloj. Las manecillas marcaban las nueve aún. Pronto recordó que era la única hora que marcaba el artefacto desde el día en que llegó.
—Ay no, no. ¿En dónde estamos? —preguntó mientras observaba por la ventana. El pueblo entero se veía desde ahí, como en su sueño.
—Acabamos de pasar la estación de Blackrose. Vamos rumbo al cañón. La siguiente parada es el monte Moontower.
—De acuerdo. ¿Tiene idea de que hora es?
El conductor sacó un gran reloj con un tren grabado en la parte trasera. De su ropa se desprendió una nube de polvo oscuro.
—Son las diez con diez, señor.
—¡Oh, no puede ser! Ya voy retrasado, llegaré tarde —se lamentó Edward —. Van a despedirme.
—¿A dónde se dirige?
—A la mansión —respondió él, frotándose las sienes con las palmas.
Los labios delgados del hombre se tensaron sobre su descuidada dentadura en un gesto maquiavélico.
—Habrá que acelerar la marcha del tren —murmuró conteniendo un grito de emoción y abriendo mucho los ojos.
—¿De verdad? No, no es necesario... es decir... me ayudaría mucho, pero...
—Le preguntaré a los pasajeros. Si no les importa podremos hacerlo —dijo, más para sí mismo que a Edward, quién lo miró con preocupación.
—¿Está muy seguro de...
—No diga más, no sería la primera vez que sucede —espetó y salió del vagón dando grandes zancadas con sus largas piernas.
El muchacho, aún muy avergonzado, se alegro de estar solo. No quería pensar en que pasaría si llegaran a despedirlo. Se imagino a Darkus Grim reprendiéndolo e indicando a Leonard que lo escoltara hasta su departamento para recoger sus cosas. ¿Qué harían con él? ¿Sería tan terrible que lo expulsarían de Gloom Town? Le pediría a Grim otra oportunidad, le diría que con gusto buscaría otro empleo, pero que lo dejara quedarse.
El conductor volvió. Su expresión era aún más inquietante que antes. Los ojos le brillaban de manera casi sobrenatural.
—No se preocupe. ¡Llegaremos a la mansión en menos de cinco minutos!
Sin decir más se dirigió a la locomotora.
—Damas y caballeros —dijo con voz eufórica por la bocina — ¡Aquí vamos!
El silbato lanzó un chirrido escalofriante y las cosas dentro del vagón comenzaron a mecerse con violencia. Por un segundo pareció que iban a descarrilarse. El vapor entró por las ventanas y cubrió el exterior. La fricción de las ruedas sobre las vías provocaba un escándalo infernal. La risa alocada del conductor se mezclaba con todo aquél escándalo.
Edward tuvo que sujetarse del asiento de enfrente para no caer cada vez que el tren pasaba por una curva.
Pasaron por una serie de montañas y rocas, dónde creyó ver el rostro de una calavera aparecer en la ventana, sólo para desaparecer con igual velocidad. Las vías siguieron por un puente que cruzaba un río. La madera debajo de ellos crujía como si fuera a despedazarse en cualquier momento. Los vagones se ladeaban de tal forma que las ruedas perdían el contacto con las vías por momentos.
Más allá, entre el vapor que emanaba a borbotones por la chimenea, apareció la gran torre en medio de tejados y casas de diferentes tamaños. Pasaron zumbando por el andén del monte Moontower, el cual tembló ante el impacto y vibración de la furiosa locomotora. Siguieron el descenso por el costado hasta llegar al bosque y debajo de él. Para cuando llegaron a la zona oscura, los frenos del tren comenzaron a chillar como mil lamentos de pequeñas voces agudas.
A pesar de que intentó sujetarse lo más fuerte que pudo, Edward salió disparado hacia el asiento de adelante y cayó con un golpe seco delante de él.
Poco a poco el vapor fue dispersándose. El tren detuvo por completo la marcha.
El muchacho se levantó algo mareado por el golpe.
—¡Llegamos! —anunció la voz en la bocina —. Siguiente parada: área central.
Sin tiempo para recuperarse, Edward se dirigió a la puerta del vagón. Salió de él a tropiezos, casi pasando por encima del hombre de los boletos que aún estaba aferrado a la baranda con expresión tensa y el rostro lívido.
—¡Disculpe! —espetó sin mirar atrás.
—No se preocupe —le respondió él en un susurro y voz temblorosa.
Con el corazón en la garganta, Edward subió por las grandes escaleras hasta el bosque y corrió el largo trecho entre la estación en medio del bosque y la reja desde donde habían liberado al sauce.
Pasó por el jardín, el corredor escondido entre maleza, las estatuas lúgubres que guardaban la entrada y se paró frente al dragón.
—¿Quién está ahí? —dijo con su habitual voz grave.
—Edward... Black... wells... recolec... recolector —dijo él, entre jadeos.
—Entre, señor Blackwells. Bienvenido.
Las puertas se abrieron, mientras el dragón saludaba a alguien más detrás de él.
—Bienvenido, señor Sinister.
Edward paró en seco. Leonard estaba detrás de él, observándolo intrigado.
—Comenzaba a preocuparme por ti. ¿Dónde estabas? —le dijo su compañero, con severidad.
—Larga historia. Lo siento —respondió él, aún jadeando.
—Vaya, estás en pésima forma, amigo. Ven aquí, sígueme.
Ambos dieron la vuelta y siguieron hacia el puente de piedra. El dragón bufó, indignado y cerró las puertas.
—Te adelantaste a lo que tenía planeado para hoy, pero veo que te hace mucha falta —le dijo Leonard.
—De verdad lo siento. ¿No estoy despedido verdad?
—¿Despedido? ¡Oh vamos! Por supuesto que no. ¿Crees que es tan fácil deshacerte de nosotros? No, no, estás aquí por un largo tiempo.
Edward se sintió reconfortado. Tuvo que sentarse un momento en el pasto.
—Me alegra oír eso —dijo, agotado.
—¿Qué te pasa? —Leonard lo miraba como si estuviera viendo algo que jamás había visto.
—Corrí desde el andén —respondió.
—¿Y eso qué? ¿Acaso olvidaste que estás muerto?
—No... ¿Qué tiene eso que ver?
—Bien, vamos. Acompáñame. Necesitamos ponerte en forma.
Su compañero lo llevó de regreso hasta el jardín, por las escaleras y de nuevo al bosque.
—¿Qué quieres decir con ponerme en forma? —lo cuestionó Edward. Sintió que debía sentarse de nuevo, pero no quería demostrar que aún estaba cansado.
—Tu cuerpo esta hecho para muchas cosas, mi amigo. Pero tu mente, al parecer, se rehúsa a aceptar tus nuevas habilidades. Ya lograste uno de los procesos más difíciles, la descorporeación. Y ya has hecho muchos avances en tu forma etérea. Ahora es el turno de lo que usas en este mundo. Debes olvidar tus límites, ¿comprendes?
—No del todo —respondió él.
—¿Porqué estás tan cansado?
—Porque corrí.
—¡No! Estás cansado porque crees que debes estarlo. Cuando estabas vivo y corrías tu cuerpo reaccionaba así, pero este es tu nuevo cuerpo. Dime una cosa ¿Crees que podrías aguantar, intacto, una caída desde la cima de un árbol?
—No, no creo.
—Entonces, es probable que no. Porque eso piensas... ¿Ahora ya fui más claro?
Edward lo medito un rato.
—¿Y cómo se supone que me olvide de esas cosas? —dijo por fin.
—Haciéndolo y dándote cuenta de lo que eres capaz. Corre hasta no poder más y luego sigue corriendo. Lánzate de un acantilado. Si te rompes algo hay manera de repararlo con facilidad. ¿Has estado durmiendo?
—Sí... ¿eso que tiene que ver? —el muchacho se sintió avergonzado por el incidente del tren. No creía necesario contárselo a Leonard.
—Que podrías no hacerlo y estarías bien. Inténtalo. Quédate despierto toda la noche. Sal a explorar. No va a pasarte nada.
—Pero me gusta dormir, se siente bien.
—Claro que sí. Pero no lo hagas todo el tiempo. Te acostumbrarás. ¿Qué tiene de bueno tener resistencia y velocidad si no las usas? —Leonard se paró al límite del bosque —. Ven, te reto a una carrera.
—Pero... —las piernas le temblaban y se sentía muy agitado.
—¿Pero qué? Anda, corre.
Edward lo miró con recelo. Después se acercó a él.
—No se si pueda...
—Olvídalo, no pienses. Hazlo.
Su compañero corrió por el sendero, dejándolo atrás. El muchacho admiró el bosque, no quería correr. Comenzó a trotar. Las piernas empezaban a dolerle y sintió como perdía de nuevo el aliento. Aunque Leonard tenía razón. ¿Qué más podía pasarle? Ya se había lanzado de un acantilado sin saber que le esperaba. Había volado en un carruaje ¿Porqué no podría hacer lo demás?
Aumentó la velocidad. Sus piernas se tensaron. Ardían. Siguió adelante.
Recorrió un trecho considerable. Ya ni siquiera sabía dónde estaba. El paisaje había cambiado. Los árboles eran más altos y más densos. Sus hojas y ramas ocultaban la luz del día casi por completo. Se sintió observado por miles de diminutos ojos. Creyó ver luces de colores más allá del sendero.
Estaba por rendirse, el dolor era insoportable. El pecho también empezaba a arder.  El aliento lo había abandonado, pero entonces se le ocurrió que no lo necesitaba.
Corrió con más fuerza y mucho más rápido. Era cierto, el dolor no existía, estaba en su mente nada más. Sólo debía superarlo. Los árboles pasaban a una gran velocidad y el bosque cada vez se ponía más oscuro y espectral. El viento que aullaba en los troncos huecos le dio escalofríos. Escuchó el crujir de algo muy grande, como si un árbol se hubiera derrumbado.
Entonces vio a Leonard, venía en dirección contraria.
—Da la vuelta —le gritó para después pasarlo de largo.
—¿Porqué? —gritó a su vez Edward, pero su compañero no tuvo tiempo de responder.
Entre la espesura de la maleza distinguió algo que parecía una roca grande y un par de luces pequeñas, como llamas dentro de una linterna. La cosa entonces se movió con brusquedad y emitió un aullido pavoroso. Un sonido como el de varias rocas cayendo por un risco y el gruñido de una criatura de gran tamaño.
Edward dio la vuelta de inmediato, surcando varios árboles y perdiendo el sendero de vista. Por un segundo sintió pánico de perderse. No tenía idea de a donde iba hasta que la luz del día lo guió de vuelta al camino hacia la mansión. El recorrido era mucho más corto de lo que imaginaba.
Pronto vio a Leonard. Intentó alcanzarlo para hablarle pero lo rebasó. Iba demasiado rápido. La reja de la mansión apareció antes de lo que esperaba. Había comenzado a frenarse, cuando pasó el límite del camino. Se dirigía al muro de piedra. No iba a poder detenerse a tiempo.
Se estrelló contra el muro. El golpe lo impulsó hacia atrás y cayó al piso, levantando una nube de polvo. Un tremendo dolor lo envolvió. Tenía las piernas en llamas y el resto del cuerpo le punzaba.
Leonard llegó, riéndose a carcajadas.
—Pero que golpe te has dado, compañero.
Edward no respondió, se retorcía en el piso.
—¡Maldición! —gritó por fin —. Duele... no es... mental.
—No, ese es tu cuerpo adaptándose. Pero la buena noticia es que lo has logrado. Te dolerá el resto del día. Pero cada vez irá doliendo mucho menos. Si entrenas a diario, claro.
—¿Qué dem... demonios era eso? —preguntó, aún retorciéndose.
—No lo sé, pero que bueno que diste la vuelta a tiempo. Sonaba peligroso.
El muchacho se calmó pero cuando intentó levantarse las piernas no le respondieron. Decidió que se quedaría ahí un rato más. Estaba temblando de pies a cabeza.
—¿Y... ahora... qué?
—Ahora, esperaré a que puedas levantarte para ir con lo que sigue.

Pasó un buen rato antes de que Edward se recuperara lo suficiente para poder levantarse y caminar sin problemas. El dolor disminuyó mucho en muy poco tiempo, pero el cuerpo entero se le había tensado y le costó recobrar la movilidad.
Hasta entonces procedieron a subir por la escalera. Luego Leonard escaló el pequeño muro que rodeaba el jardín. Su compañero hizo lo mismo.
—Bien. Quiero que saltes.
Edward volteo a verlo como si hubiera descubierto que su amigo estaba loco. Abajo no había más que pasto y algunas rocas dispersas. Pero la altura debía ser de al menos seis metros.
—Esto no va a gustarme —dijo Edward, frunciendo los labios.
—Te gustará cuando descubras que no pasa nada. Te facilitará muchas cosas.
—Sí claro, va a doler.
—No, prometo que esta vez no dolerá. Sólo quiero que te olvides de tu mortalidad. El instinto dice que si te caes podrías romperte el cuello y morir. Quiero que cambies ese instinto. Salta.
Observó el fondo con desidia. Sabía que si lo pensaba demasiado no lo haría. Se puso de pie en el borde del muro y saltó.
—Cuidado con las rocas —dijo Leonard en el último segundo.
Mientras caía se obligó a no cerrar los ojos. Era lo mismo que saltar desde el puente, pero esta vez impactaría contra algo.
En menos de lo que pensó ya había llegado al fondo. Se vio obligado a doblar las rodillas y rodar por el pasto. Quedó sentado, mirando con una expresión tonta a su amigo.
—¿Estás bien? —le gritó desde lo alto del muro.
—Creo que sí. Eso no estuvo tan mal —respondió, esbozando una sonrisa.
—Te lo dije.
Subió de nuevo por las escaleras, trepó al muro y saltó. Repitió aquél proceso hasta que estuvo satisfecho con ello. Era más divertido de lo que quería admitir.
Ninguno de los dos notó la sombra que los observaba desde una ventana en la torre más alta de la mansión.
Aquel día, más tarde, Leonard llevó a Edward de vuelta a la Tierra de mortales. Esto representó un alivio para él, ya que fuera de su cuerpo no sentía la tensión y el dolor que lo perseguirían el resto del día.
Ahí, su compañero le impuso varios ejercicios que debía llevar a cabo y practicar diariamente para que su desempeño en ambos mundos fuera el correcto.

—Entonces —le dijo cuando ya estaban de vuelta en el salón de los casilleros —, quiero que dediques estos días en practicar todo lo que hicimos hoy. Cada día debes hacer algo que te lleve un paso más allá del límite. Duerme poco. Durante el día puedes venir aquí. Yo te acompañaré cada vez que pueda. Debes entrenar del otro lado.
—De acuerdo. Lo intentaré —dijo Edward.
—No lo intentes, hazlo.
El muchacho se alegró de haber sido sincero con Leonard aquella noche en la taberna. Desde entonces ya no se sentía menospreciado. Pensaba que su compañero ahora hacía todo lo posible por sacar el potencial que veía en él. Y él haría su mejor esfuerzo por olvidarse de las cosas que lo limitaban de cualquier forma.
Estaban por salir del salón cuando el ancho y enorme vocero de Darkus Grim entró, con dificultad.
—¡Sinister! —demandó con su gruesa voz.
—Ah, hola Blathus. No me digas. Grim quiere que deje mis múltiples ocupaciones para ir a tomar el té con él ¿no es así? —respondió Leonard con el típico sarcasmo que le afloraba cuando se mencionaba al dirigente de la sociedad.
Balthus no respondió. Lo miraba con severidad.
—De acuerdo, muchacho, dile al Amo Grim que voy en seguida. Vamos, Edward —indicó. El chico se levantó del banco y se dispuso a seguirlo.
—No —espetó el hombre —. Quiere verte a ti. Solo.
—Vaya, que suerte la mía ¿no crees? —dijo a su compañero. Él se limitó a encogerse de hombros —. No importa, espérame en el jardín.
—Sí, esta bien —respondió mirando al ancho vocero que no le devolvió la mirada.
—En camino, gran hombre. No hay que hacer esperar al jefe.

El atardecer estaba próximo. A Edward le gustaban más ahora que el cielo estaba despejado todo el día y toda la noche.
Fue a sentarse sobre la barda donde había estado practicando el salto. Increíble que en un solo intento hubiera superado la aversión que sentía por las alturas. Incluso el saltar del puente ya no le resultaba peligroso ni escalofriante.
El cuerpo aún le dolía. Pero estaba seguro que pronto pasaría. Ahora se creía capaz de muchas cosas.
Admiró los árboles, las flores, el viento meciendo con pasividad las hojas. Los colores del cielo que iban de un naranja intenso a un violeta que pronto se convertiría en azul muy oscuro. Era raro ver una luna a mitad del día.
Todo aquello había estado vivo alguna vez, como él. Y como él había llegado a aquel mundo para convertirse en otra versión de sí mismo. No sabía si mejor, no podía asegurarlo.
Se preguntó que habría sido aquello en la parte oscura del bosque, lo que le hizo pensar que clase de criaturas habitarían en él. Hasta ahora sólo había visto lo normal, perros, algunos gatos que iban y venían por los tejados del pueblo, cuervos y, por supuesto, los caballos alados. Pero si algo le indicaban estos últimos era que, con toda seguridad, había otra clase de animales y seres en los vastos bosques que rodeaban la parte urbana de Gloom Town.
Pensó que sería bueno visitar la biblioteca esa noche. Después de todo, debía intentar no dormir. Aunque la idea aún le resultaba difícil. Era una de las cosas que más le gustaban. Pero por otro lado tenía ganas de conocer el pueblo de noche y ver si tal vez ofrecía algo distinto.
Para cuando Leonard lo alcanzó, la luna comenzaba su ascenso desde el cañón y el cielo ahora era una paleta de matices azules y morados.
—Al parecer Grim tenía mucho que decir —le dijo Edward en tono de burla, pero Leonard parecía muy serio.
—Ven, salgamos de aquí. Tengo algo que contarte. Te lo diré cuando lleguemos la taberna.
Caminaron a la estación y tomaron el tren al pueblo. Después recorrieron algunas calles aledañas al centro y cortaron camino por algunos callejones hasta Cuerno y Escama. Una vez dentro Leonard parecía más relajado.
—Bien, creo que es importante que sepas esto —dijo con tono misterioso a Edward, quien lo miró muy atento —. Grim me llamó para interrogarme. Me hizo muchas preguntas.
—Creo que sé a dónde va esto —dijo el muchacho, preocupado.
—Sí, yo también lo creo.
—Buenas noches, muchachos —los interrumpió Aghna en tono coqueto. Pasó un trapo por la mesa para limpiarla y puso un plato con algo que parecían semillas muy grandes y de un verde desteñido —. ¿Les traigo lo de siempre?
—Sí, esta bien —dijo Leonard en un tono inusualmente serio. Aghna lo miró confundida.
—Yo preferiría probar otra cosa —le dijo Edward, con una sonrisilla, tratando de compensar la seriedad de su compañero.
—¡Claro! Veamos... tengo licor de manzana verde ¿Qué tal suena eso?
—Suena excelente. Muchas gracias.
—Ya vuelvo —dijo la mujer, guiñándoles un ojo.
Edward se dio la vuelta para encarar a Leonard.
—Así que... las preguntas que hizo Darkus. ¿Eran sobre mi?
El hombre se limitó a mover la cabeza de arriba abajo con lentitud contemplativa.
—¿Porqué está tan interesado en mi? ¿Acaso hice algo que no debía?
—No, nada de eso. Fue muy extraño, en realidad. Primero hizo preguntas sobre que tanto había logrado contigo. De que eras capaz y como has estado desempeñándote en estos días.
La tensión del muchacho se redujo. Aquello tenía cierto sentido.
—¿Estás seguro que no te estaba evaluando a ti?
Leonard quedó en silencio y desvió la mirada al fuego, como si la idea ni siquiera le hubiera pasado por la cabeza antes.
—Bueno, no importa ¿Qué más te preguntó? —lo cuestionó.
—La mayoría fueron preguntas sobre si estabas adaptándote bien, que tan cómodo estás con lo que se te asignó...
Edward de nuevo sintió alivio.
—De acuerdo. ¿No piensas que quizá sea normal?
—¿A qué te refieres?
—A que, tal vez, sólo quiere estar seguro de que su nuevo empleado va por buen camino. Y puede ser que también estuviera probando si tú estás haciendo bien un trabajo al cual apenas fuiste asignado.
Su compañero calló de nuevo. Edward se sintió, con extrañeza, poderoso.
—No lo sé —dijo Leonard —. Hay algo que me inquieta. No confío en él.
—Eso lo sé. Escucha, no sé que pasó entre ustedes. Pero pienso que tu odio hacia él te está cegando de algo que puede ser rutinario. Dime, es la primera vez que interroga así a alguien sobre un nuevo integrante.
De nuevo silencio. El hombre, medio oculto en la sombra de la chimenea, parecía incómodo.
—No lo sé. Supongo que no.
Edward, satisfecho con la respuesta, se reclinó en la silla. Hasta ahora no tenía razones para desconfiar de Darkus. A pesar de que parecía muy exigente, no podía estar seguro de que era una mala persona. Aunque tampoco de que todas sus intenciones fueran buenas. La simple verdad era que no lo conocía.
—Bien, de acuerdo. Tal vez me sobresalte un poco por nada. Entonces explícame esto, ¿porqué no te llamó a ti? ¿No crees que sería más lógico preguntarte todo eso?
—Ya te lo dije. Quizá te estaba evaluando a ti, de una manera no tan directa.
—Puede ser eso. Pero te diré algo Edward. No te sientas tan cómodo con esto. Sí, quizá no sea nada. O, tal vez, eso quiere que pensemos. No confío en ese hombre y es la última vez que lo diré ¿de acuerdo?
—¿Porqué tanto enojo? ¿Qué te hizo? ¿Acaso te obligó a trabajar para él? —de inmediato sintió un nudo en el estómago. Sabía que no debía haber preguntado aquello. Pero estaba hecho. Leonard se cruzó de brazos y miró alrededor. Su pie comenzó a golpear con impaciencia el piso. Se adelantó hacia la mesa. El fuego de la chimenea le iluminó el rostro. La boca torcida, con el oscuro bigote cayéndole sobre el labio superior. Las frente llena de surcos. La luz amarillenta intensificaba arrugas que no eran visibles con normalidad. Debía haber sido algunos años mayor que Edward cuando murió, aunque no demasiados. Pero de pronto parecía más viejo.
—No todos estamos aquí por placer, Edward, o porque íbamos a iniciar una nueva vida. No, algunos nos quedamos como sentencia. Yo era libre. Era libre de hacer lo que quería hasta el día en que ese maldito navío nos dejó varados en una isla olvidada a pudrirnos.
‹‹El día que morí y llegué aquí, ese día perdí mi libertad. El honorable Darkus Grim decidió que debía servirle. Decidió que mis actos en vida ameritaban esa sentencia. ¿Por qué? Porque creo que es un tirano. Porque de alguna manera engañó a todos para subir a la cima y controlarnos a su antojo.
Ahora fue Edward quien quedó en completo silencio. Jamás hubiera imaginado algo así. Ante él estaba un Leonard nuevo por completo. Claro, sabía que no era muy feliz con su trabajo. Pero aquello le daba una perspectiva muy diferente de las cosas.
—¿Acaso no estuviste ante el Ojo?
—El Ojo no siempre ha estado aquí. De haber estado el día en que llegué, las cosas serían diferentes. Sé que no debí ser la persona más amable, o la más caritativa. Mi único crimen fue el de ser libre y hacer lo que me pareciera correcto. Darkus no piensa eso.
Leonard se ocultó en las sombras una vez más. Edward se sintió un poco avergonzado. No pensaba que el tema fuera tan delicado.
Aghna llegó con sus tragos y los puso frente a ellos. De inmediato advirtió la tensión de la conversación y se apartó con rapidez para no interrumpir.
—Lo lamento, Leonard.
—Olvídalo. Si te lo cuento es para que seas precavido y no confíes con tal ingenuidad. Incluso aquí, en Gloom Town, las cosas nunca son lo que parecen.
La tranquilidad que había sentido se desvaneció con ese último comentario. Edward quedó muy inquieto por el tema. Podía ser que Darkus sólo estuviera haciendo su trabajo. ¿O pudiera ser que tuviera un plan que lo involucrara? ¿Acaso había cuestiones más oscuras develándose poco a poco en un lugar que le parecía de los más inocente? Entonces pensó en las criaturas que habitaban en sus rincones más ocultos.

El tema no volvió a surgir, ni esa ni las siguientes noches en que acompañó a Leonard a Cuerno y Escama. En su lugar hablaban de cómo había estado el día en la mansión, de los nuevos avances de Edward y el como iba adaptándose a su entorno.
Leonard, a pesar del tiempo que llevaba ahí, no estaba tan versado en los temas a los que Edward había encontrado fascinantes. Por lo que solía contarle de todo aquello y su compañero se notaba intrigado, más no encantado con ello.
En menos tiempo del que pensó ya había logrado acostumbrarse a sus nuevas habilidades. Correr por el monte Moontower de noche se había convertido en una de sus actividades preferidas. Había perfeccionado su habilidad de tal forma que podía escalar muros e incluso subirse a los tejados de casas que parecían abandonadas. Le gustaba mirar el amanecer desde ahí.
Algunas noches iba al pueblo. Paseaba por las calles hasta que decidía volver a casa en el tren. A veces pasaba horas con la nariz metida en los múltiples libros que le ofrecían los largos pasillos de la biblioteca.
Otras noches dormía y eso le gustaba. Aunque Leonard dijera lo contrario, pensaba que dormir de vez en cuando reponía energías y lo ayudaba a estar en mejor forma.
Cuando por fin logró entender el uso de la bañera, encontró gran placer en tomar largos baños de agua caliente después de un día pesado. En aquellas sesiones era el mayor tiempo que pasaba en su departamento, pues el resto estaba fuera entrenando o en otras ocupaciones.
Durante el día iba a la Tierra de mortales para seguir practicando en su forma etérea. Hasta ahora había dominado el movimiento. Podía caminar, correr y levitar sin problemas. Concentrar su energía para mover objetos aún le costaba, no lo había logrado del todo, pero seguía trabajando en ello.
Aún no le asignaban un área en específico. Había probado con esencias de la naturaleza y algunos animales pequeños. Le parecían interesantes y le gustaba, pero aún quedaba probar su habilidad en almas humanas. Sabía que no faltaba mucho para ello.

Sucedió un día en el que volvía de la Tierra de mortales, más agotado que de costumbre. Entró al salón de casilleros, que en esos momentos estaba vació. Por lo general se encontraba con Leonard ahí, pero esa tarde era probable que tuviera más deberes que cubrir. Después de lo que sabía, Edward sentía cierto pesar por él. En especial porque el resto de los recolectores parecían encantados con su trabajo. La mayoría le sonreían y hasta estrechaban la mano cuando se encontraban frente a los armarios. Pero fuera de eso jamás había entablado conversaciones con alguno de ellos. No parecían muy intrigados por la presencia de un nuevo colega.
Se disponía a colgar su abrigo cuando una voz muy familiar retumbó en las paredes del salón.
—Edward Blackwells —dijo.
Se dio la vuelta para encontrarse con Balthus. Un par de recolectores salieron del salón e inclinaron la cabeza ante el hombre como si fuera algún miembro de la realeza.
—Ah ¿qué tal?... —respondió, disimulando su repentina preocupación. No sabía si debía imitar a sus compañeros.
—Buenas tardes. Darkus Grim desea una audiencia con usted, si ya terminó con sus deberes.
La repentina amabilidad del hombre lo dejó pasmado. Se le quedó mirando sin responder nada hasta que Balthus le dirigió una mirada confundida.
—Claro. Sí. Ya he terminado.
—Bien. Por favor sígame. Y lleve el abrigo puesto.
Edward asintió, tomó el abrigo de nuevo y se lo puso mientras salían al vestíbulo.
Por segunda vez desde su llegada subieron al techo de la mansión. El muchacho había olvidado como era. Sobre él se alzaba la imponente torre, iluminada por el gran portal entre las nubes. Su luz verdosa hacía que aquella sección pareciera un mundo diferente por completo.
Ya en el interior de la torre, se percibía un frío más intenso. Los retratos de caras estrictas no ayudaban con el ambiente sombrío que envolvía todo.
Balthus tocó a la puerta.
—¿Sí? —dijo la espectral voz de Darkus desde el interior.
—Edward Blackwells está aquí, señor.
—Pase —indicó.
La puerta se abrió lo suficiente para dejarlo entrar. Balthus se hizo a un lado para dejarlo pasar. Edward sintió el estómago en sus pies. Recordaba su primera y única audiencia con Darkus, pero trató de evitar todo pensamiento que le provocara malestar.
Una vez dentro, la puerta se cerró haciendo eco en el pasillo.
Darkus estaba sentado tras su escritorio. Escribía con una gran pluma carmesí sobre un largo pergamino. Llevaba unas gafas redondas que lo hacían ver más viejo y frágil. Aún así no perdía aquella rigidez en el rostro.
—Siéntese, joven Blackwells —dijo con amabilidad, indicándole la silla frente al escritorio.
—Gracias —respondió y tomó asiento.
El hombre no habló por unos momentos. Se limitó a seguir escribiendo, hasta que pareció terminar con aquél asunto y dejó la pluma junto a un tintero muy elegante.
—No sirven para nada ¿sabe? —dijo por fin, removiéndose las gafas con una larga y pálida mano —. Pero me acostumbré a ellas y los viejos hábitos son difíciles de olvidar. Incluso después de morir, ¿no lo cree?
Edward estaba confundido. No esperaba una conversación casual de un hombre tan autoritario. Se relajó un poco. Aunque sintió que no debía bajar la guardia.
—Claro. Yo aún me siento a tomar el té cuando tengo la oportunidad —le dijo, con cuidado de mirarlo a los ojos. Era difícil.
—¡Ah! Entonces debe ser suerte que lo llamara en este momento. Tengo una tetera sobre la caldera. Permítame.
Darkus se levantó de su asiento y fue tras los estantes de su oficina. Reapareció con un par de tazas y la tetera sobre una pequeña charola. La tetera, alta y elegante, tenía pintadas unas serpientes que se enroscaban entre ellas a manera de cenefas que decoraban los bordes del utensilio. Las tazas hacían juego con ésta y usaban una retorcida cola para formar el asa. Repartió las tazas y sirvió un líquido violeta en cada una. Le ofreció una a Edward y procedió a volver a su asiento.
—Lo llaman té de cardo. Una flor algo complicada de encontrar aquí. Pero conozco a alguien que las cultiva.  
Al muchacho le pareció extraña toda esa situación. Seguía indeciso sobre que pensar. Aún en su amabilidad, había una chispa en los ojos de Darkus, algo que no podía identificar del todo. Iba a inquirir sobre el peculiar juego de té, pero prefirió llevarse la taza a los labios.
—Tengo entendido —continúo Darkus —, que se ha adaptado bien a su entorno, ¿no es así, joven Blackwells?
—Así es, señor. Después de todo este tiempo ya me siento como en casa.
—Me alegra saberlo. ¿Y qué me dice de su posición como recolector? ¿La agrada?
—Claro. Ha sido una experiencia interesante.
—¿Diría que es usted competente en su área de trabajo?
—Sí. Es decir, a comparación de cuando llegué creo que he avanzado mucho.
—Muy bien. ¿Ya ha hecho pruebas con todo tipo de almas?
Sintió el impulso de desviar la mirada y lo hizo, pero lo disimulo mostrando interés en el retrato que colgaba sobre la chimenea.
—No, señor. Aún no he sido asignado a las almas humanas.
La preocupación volvió a él.
—Ya veo. ¿Porqué?
—No sabría decirlo. Supongo que no he probado tener la capacidad suficiente.
Darkus bebió un largo sorbo de su taza.
—Tonterías —aseveró —, por lo que me cuenta el señor Sinister, creo que usted es tan capaz como cualquiera de mis recolectores. Hasta podría pensar que tiene la habilidad necesaria para manejar almas negativas.
Edward habría palidecido en aquél instante, de no ser porque su piel ya era muy blanca. Después de haber leído el Manual del Recolector completo, sabía que las almas negativas eran algo con lo que nunca quería tener nada que ver.
—Pero, por supuesto, no voy a introducirlo a semejante tarea sin antes haber comenzado con las áreas más sencillas. Sin embargo, creo que es hora de que comience con el aspecto humano de esta organización. ¿Tiene algún inconveniente con ello?
El muchacho tragó saliva. El Darkus que recordaba de su primer encuentro comenzaba a destellar entre aquella cortesía.
—No, señor. No lo tengo.
Por supuesto que lo tenía. Pero ninguna respuesta habría sido válida para justificar sus inseguridades.
—Buena respuesta, joven Blackwells. Entonces, le pediré que notifique al señor Sinister de mi decisión. Mañana a primera hora comienza en el área. Estoy seguro que su entrenamiento ha sido más que satisfactorio.
Edward no supo que decir. De cierta forma, estaba preparado para ese momento. Pero la idea no le agradaba en lo absoluto.
Darkus puso la taza vacía sobre el escritorio y entrelazó los dedos.
—Me da la impresión de que es en esa área donde pertenece.
—¿Qué le hace pensar eso, señor?
—Mi intuición me lo dicta. Además el Ojo rara vez se equivoca. Mi confianza está puesta en él. Es un excelente té, ¿no es así?
Miró su taza, estaba casi llena. Se la llevó de nuevo a la boca y lo terminó de un trago.
—Sí, lo es. Le agradezco que lo compartiera.
—No hay nada que agradecer, joven Blackwells. La hospitalidad también es una vieja costumbre. Una que jamás debe perderse. Al menos en mi opinión. Estoy seguro que habrá quienes no estén de acuerdo.
Hasta entonces Edward advirtió la guadaña que descansaba dentro de una vitrina muy adornada. Era similar a su hoz, excepto por la hoja larga, como el pico de un ave gigantesca.
—¿Fue usted recolector también?
Darkus pareció sorprendido.
—Sí, lo fui, por un tiempo. Después fueron ocupándome otras tareas.
El hombre se levantó de su asiento y se dirigió a la puerta.
—No deseo quitarle más tiempo. Estoy seguro que tiene muchas más cosas que hacer. Después de todo, Gloom Town es un lugar lleno de curiosidades. Ni todo el tiempo que ofrece la eternidad bastaría para develar todos sus secretos.
Abrió la puerta con delicadeza. Edward se levantó de su silla y se dispuso a salir. De nuevo notó la penetrante mirada de Darkus. Era como si quisiera leerle la mente.
—Reitero mi agradecimiento, señor.
—No es nada, joven Blackwells, no es nada en lo absoluto. Que tenga usted una excelente tarde.
Salio al pasillo. El cerrojo de la puerta resonó detrás. Las miradas severas de los retratos le causaron escalofríos. Pero de todas, la de Darkus Grim era la peor.

Leonard ya lo esperaba en Cuerno y Escama, en la habitual mesa cercana a la chimenea. Le hubiera gustado irse directo a casa, pero no quería dejar plantado a su compañero.
—Buenas noches, joven Edward —lo saludo Angus desde detrás de la barra. El muchacho alzo la mano y la sacudió en el aire, esbozando una sonrisa —. ¿Licor de manzana o vino con frutas?
—Creo que esta noche el vino estará bien, pero sin la fruta.
Fue a la mesa y se dejó caer en la silla.
—Lo siento, me adelante porque no te vi. Uno de los escribanos me dijo que te vio con Balthus. ¿Todo está bien?
—Darkus quiere que inicie con las almas humanas mañana —dijo con pesar a su amigo. Se dio la vuelta y observó a una trío de hombres que jugaban con naipes en una mesa junto a la ventana.
—Bueno, ya sabes. Iba a pasar tarde o temprano.
—Sí, lo sé.
—Tranquilo, Ed. Empezarás por los casos sencillos.
Edward lo miró con desdén.
—Sí, perdón. Edward.
—Gracias. No voy a mentir. Me preocupa. Es una responsabilidad muy grande. Ayudar a la gente a trascender no debe ser nada fácil.
—Lo harás bien. Sólo debes relajarte y dejar que suceda. Recuerda todo lo que has logrado hasta ahora.
Leonard tenía razón. Había logrado mucho. Cosas que pensó que nunca podría hacer ahora le eran muy fáciles. Aún así hubiera preferido que aquella noche durara un poco más.
Terminaron sus tragos, pagaron y se despidieron afuera de la taberna. Edward se dirigió la biblioteca. Quizá ahí encontraría algo que le ayudara con su nueva asignación. O tal vez era mejor buscar algo que lo distrajera de aquello.
Por cada página que leía debía volver tres más para comprender lo que había estado leyendo. Al final se dio cuenta que le estaba costando mucho concentrarse. Subió a la terraza para sentir el aire fresco de la noche. La luna le sonreía desde el cielo.
Le gustaba el pueblo de noche porque usualmente no había mucha gente. Y ese era con exactitud el problema. No creía ser bueno tratando con las personas, lo ponían nervioso. Por supuesto, tenía cierta experiencia con ello. Recordaba un tiempo en el que atendía la clientela en la tienda de su padre. Pero incluso entonces era difícil.
Sonrió. Parecían años de aquello y tan sólo habían pasado unos cuantos meses. Sin embargo el tiempo ya no importaba. Tuvo la sensación de que podían pasar años sin que lo notara. ¿Por qué habría de preocuparse por algo que tenía de sobra? Claro que los relojes avanzaban y el calendario seguía su curso. Pero no les prestaba demasiada atención, parecían ser parte de las decoraciones. Como Darkus le había dicho, los viejos hábitos eran difíciles de romper.
Aún así, las manecillas de todos los relojes del pueblo parecieron ir más rápido que de costumbre aquella noche. Para cuando caminaba de vuelta a casa, el horizonte anunciaba al nuevo día que estaba por llegar.

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