viernes, 15 de julio de 2016

8- Una Noche en Cuerno y Escama

El carruaje llegó puntual la mañana siguiente. Para el gusto de Edward, era Ace quien lo conducía. El caballo tampoco parecía disgustado con ello.
Leonard ya lo esperaba en el cuarto de los casilleros, mirando pensativo por una rendija.
—Buenos días —lo saludó Edward. El hombre pareció salir de un trance y lo miró confundido.
—Hola —dijo, como recordando que debía hacerlo.
—¿Todo está bien?
—Sí, todo excelente. Me gusta la vista desde aquí —explicó —. Bien, toma tú abrigo y sígueme.
 Edward se apresuró a ponerse el abrigo. Después salieron al vestíbulo.
—¿Leíste el manual? —le preguntó Leonard mientras caminaban a la puerta principal.
—Una parte —respondió Edward.
—¿Qué parte?
—La que hablaba sobre los portales.
Salieron hacia el jardín frontal y Edward observó de nuevo las dos estatuas que guardaban la entrada. Sus ojos no se movieron, ni dieron señal de estar conscientes. Sin embargo aún creía que ambas lo observaban de vuelta con sus ojos vacíos detrás de la mortaja que remarcaba sus cadavéricas facciones. Eran aún más escalofriantes de día.
—Muy bien. ¿Al menos viste la parte sobre las almas?
—Leí algunas cosas sobre eso.
Leonard lo guió hacia el costado de la mansión, donde encontraron una vereda enmarcada por un barandal de roca y varias lámparas de hierro. Gran parte estaba cubierto de hierba.
—Entonces sabes que hay varios tipos de almas, ¿no es así?
—Sí... eso creo. ¿A dónde vamos?
—A un lugar que te hará comprender mejor eso que no leíste.
—Yo... tenía intensión de leerlo, pero al parecer me quedé dormido —se excusó Edward.
—No tiene importancia. El manual es sólo una guía. Lo mejor es experimentarlo y entenderlo mientras lo llevas a cabo. Con el tiempo entenderás más sobre las almas. Pero aún así es parte de mi trabajo darte nociones sobre ello.
—Entiendo.
La vereda los llevó hasta la parte de atrás de la mansión, donde se extendía un jardín pequeño rodeado por un muro de roca y rejas.
El jardín estaba lleno de extrañas flores, algunas con colores vibrantes, otras más tenues, algunas pálidas y apagadas. Leonard se detuvo en la reja. Ésta daba paso a una larga y retorcida escalera que bajaba por el barranco hasta donde iniciaba el bosque. Más allá se percibía el límite del pueblo, dónde las copas de los árboles se convertían en tejados largos, oscuros y puntiagudos.
—¿Tienes idea de a que me refiero cuando digo alma, Edward?
—¿A nosotros?
—Sí, de cierta forma. El alma es nuestra esencia. Sin ella seríamos cajas vacías. O al menos eso creemos aquí. Hasta ahora no se ha probado lo contrario.
Edward se quedó en silencio.
—Ahora, si leíste la parte acerca de los tipos de almas que existen, sabrás que no somos los únicos que las poseen —continuó Leonard, paseándose entre las flores.
—Leí que también los animales y plantas también las tienen.
—Sí... y no. Verás, cada uno la tiene a su manera. Y cada una es única. Las almas de los animales son más parecidas a las de las personas. Lo entenderás cuando las veas, pues es algo que se nota a simple vista.
—¿Quieres decir que no sólo me encargaré de traer personas?
—En un principio. Primero te serán asignados casos sencillos. Cada tipo de alma tiene su división en la sociedad. Hay quienes se especializan en ciertas áreas y ya veremos en cuál área encajas mejor.
—Entonces... ¿Estas flores solían estar vivas? —preguntó Edward observando una que parecía ser una rosa de color violeta con pequeñas venas azuladas.
—Bueno, tal como tú y como yo, aún lo están. Simplemente cambiaron su aspecto. Trascendieron, si así quieres llamarlo. La muerte, como ya te habrás dado cuenta, es un cambio de estado.
—Una nueva vida —dijo Edward pensativo.
—Sí, supongo.
Leonard se acercó de nuevo a la reja que daba a las escaleras.
—Es gracias a la muerte de lo que existe en aquél mundo, que éste puede existir.
—Interesante —se limitó a responder el muchacho.
Cada día que pasaba en su nuevo hogar comprendía más cosas y se le abrían nuevos caminos. Hasta aquél día no había pensado nunca en que pasaba cuando un árbol moría o incluso un animal. Aunque recordaba la historia de un perro fantasmal que aparecía en los campos cercanos a una granja y la historia de la difunta Ana Bolena quién aparecía en un carruaje tirado por cuatro caballos decapitados. Pero ninguna de esas historias le habían hecho cuestionarse si los animales tenían almas y mucho menos las plantas.
—Me parece que lo entenderás mejor una vez que lo experimentes. Ven, demos un paseo de vuelta a la Tierra de Mortales.
A Edward se le sobresaltó el corazón. No esperaba tener que volver tan pronto y la sola idea de tener que saltar al abismo le ponía los pelos de punta. Sin embargo se dijo que en eso constaba su trabajo y entre más rápido se acostumbrara a ello mejor.
Volvieron al interior de la mansión, pasando por las tétricas estatuas y el dragón de la puerta.
Esta vez Edward tuvo que identificarse a si mismo mientras el dragón le dirigía una mirada cautelosa.
—Esta bien, puede pasar, señor Blackwells —dijo con su grave voz después de estudiarlo por varios segundos.
—Ve, por tu hoz. Te veo en el túnel ¿recuerdas como llegar? —le preguntó Leonard.
—Claro, anoche estuve estudiando el mapa —respondió Edward orgulloso.
—Muy bien por ti, chico.
Notó un dejo de desinterés en aquella frase, pero decidió no decir nada al respecto.  

El túnel estaba lleno de recolectores, más de cómo lo habían visto el día anterior. Se dirigieron a la puerta asignada a Edward y Leonard dejó que hiciera lo que debía hacer.
El muchacho tomó el pergamino, el cuál contenía números confusos y símbolos que no pudo comprender.
—Son coordenadas. En el caso de plantas y flores encontraras eso y éstos símbolos que indican lo que debes encontrar. Cuando se trata de animales también indica la especie y nombre. Con las personas se incluye el nombre y causa de muerte —explicó Leonard.
Edward colocó el pergamino en el marco y abrió la reja. Intentó no mirar abajo.
—¿Listo? Recuerda la posición —le indicó su compañero.
Cruzó los brazos sobre el pecho y tensó el cuerpo. Sin pensarlo más se dejó caer al vacío.
Todo pasó tal cuál había sucedido el día anterior. El cuerpo se le relajo y la desagradable sensación de la piel siendo arrancada del músculo lo tomó por sorpresa de nuevo. Aún así el proceso fue más rápido, o al menos eso le pareció.
Al abrir los ojos ya estaba parado en un campo. En aquel lugar no había cercas, ni casas. Tampoco había campos de siembra. Un árbol solitario, torcido y con las ramas apuntando al suelo parecía esperar en medio del basto terreno.
Leonard apareció tras Edward. Al muchacho le tomó un poco recordar como debía moverse, pero en unos minutos logró lo que antes le había costado casi un día entero.
Ambos se acercaron al árbol. La superficie era amarillenta, recordaba a un hueso. Al pie se extendían varios pedazos de corteza que se habían desprendido del tronco como la piel de una serpiente.
Entre más se acercaban, Edward más advertía un fulgor que palpitaba en el interior del tronco. Ahora tenía el presentimiento de que podía ver a través de él.
—Quédate aquí y observa como lo hago —le indicó su compañero. Se acercó con cautela, poniéndose en cuclillas. Puso una mano sobre el tronco y esperó.
El fulgor palpitante comenzó a fluir por el resto del árbol, llenando cada rama y raíz. El muchacho no supo si había sucedido, pues fue en un parpadeo que el suelo pareció levantarse como si se tratara de un gran suspiro. Las ramas crujieron, por un momento pareció que iban a colapsarse. De cada extremidad emanó el fulgor espectral que fue desprendiéndose poco a poco del cuerpo que lo contenía. Edward supuso que el árbol estaba pasando por su propio proceso de descorporeación.
Leonard retrocedió, dándole espacio al espectro que se materializaba frente a ellos.
Numerosas hojas aparecieron en las ramas que volvían a tomar su forma previa. El tronco se estiro, crujiendo y recubriéndose de corteza. Edward quedó atónito, el sauce volvía a la vida frente a sus ojos.
No estuvo seguro de que aquello que se formaba entre las nuevas hojas y ramas era un rostro hasta que una voz como una suave ráfaga de viento comenzó a pronunciar palabras con dificultad.
—Por fin llegaron... pensé que iban a dejarme aquí para siempre —logró decir por fin el viento entre las hojas.
—De ninguna manera, fuimos notificados en cuanto el último aliento de vida abandonó su cuerpo —dijo Leonard comprensivo —¿Entonces está listo?
—Sí —respondió el viento en un largo suspiro, casi como si estuviera cantando.
Leonard tomó entre sus manos una esfera, que Edward no había visto hasta aquel momento, y la extendió frente a él. El espectro del árbol perdió su forma una vez más. El fulgor anaranjado comenzó a circular y hacer espirales, danzando y abriéndose camino hacia la esfera de cristal. El viento sopló fuerte a su alrededor. El tronco se quebró de nuevo y las ramas cayeron tan rápido como se habían levantado. Las hojas se desvanecieron en el aire.
La aparición se había ido por completo y la esfera resplandecía con los tonos del tronco y las hojas del viejo sauce.
—Fácil ¿no? —dijo Leonard guardando la esfera con cuidado en un morral que llevaba colgado al hombro.
—Eso creo —respondió Edward
—Claro, era el único árbol aquí. Ahora imagina llegar y encontrarte con un bosque y no saber si lo que buscas es un árbol, un arbusto o una pequeña flor en medio de todas aquellas posibilidades... Ya no sería tan fácil ¿no crees?
—Supongo que no.
—Lo menciono para que no creas que ningún área es fácil, todas tienen sus retos. Por eso tenemos gente especializada. ¿Te gustan las plantas y la naturaleza?
—No podría decir que no.
—Eso me dice todo lo que necesito saber. Bueno, ahora ya sabes que hacer.
Edward iba a replicar aquel comentario, pero decidió posponerlo para otra ocasión. Mientras tanto tomó la hoz y abrió el portal en un hueco entre las raíces del sauce.

De vuelta en la mansión Leonard le indicó a Edward que lo siguiera hasta el jardín lleno de flores donde habían estado antes. El recorrido no se detuvo ahí. Salieron por la reja y bajaron las torcidas escaleras. Algunas partes del trecho estaban niveladas de modo que las escaleras se volvían caminos serpenteantes y planos.
Pronto las copas de los árboles habían pasado de estar al nivel de sus pies a elevarse muchos metros por encima de ellos.
A pesar de que el día era brillante, dentro del bosque parecía un perpetuo crepúsculo.
Llegaron a la base de las escaleras, donde un arco de piedra del que pendía una elaborada lámpara marcaba el final del dominio de la mansión.
—Las almas, o esencias, de la naturaleza son importantes para nuestro mundo. De ellas surgen todo lo que ves aquí. Cada árbol que muere, cada flor, es liberada aquí para encontrar su lugar y su nueva forma. De ellos surgen nuevas cosas, únicas en este mundo.
Leonard extrajo la esfera del saco y se la entregó a Edward con sumo cuidado. El resplandor que emitía brillaba con más fuerza.
—Adelante, sólo ofrécela al bosque —le instruyó Leonard poniendo las manos frente a él. Edward lo imitó y elevó la esfera a la altura de su cabeza.
Una ráfaga de viento meció las hojas y ramas, llegó hasta ellos y los envolvió, revolviéndoles el cabello y sacudiendo los abrigos. Unas hojas, llevadas por el viento, revolotearon a su alrededor. La esfera brilló con intensidad para luego comenzar a liberar el resplandor. Los espirales danzantes se unieron al viento. La estela de luz serpenteó entre los troncos, bajó al suelo acariciando el pasto y se elevó a las copas de los árboles, reconociendo su nuevo hogar.
—Gracias —susurró el viento como lo había hecho antes.
La brisa se dispersó. La calma volvió mientras la esencia del viejo sauce se perdió entre troncos y hojas.
—Fascinante —murmuró Edward.
—Bastante —dijo Leonard a su lado. En su voz un dejo de costumbre. El muchacho se preguntó como podía permanecer tan indiferente a tales maravillas.
—Aún tenemos tiempo de que te muestre unos cuantos trucos más. ¿Qué tan listo estás para saltar de nuevo al abismo?
A Edward le volvió la ansiedad, pero no tenía opciones. En un futuro debería saltar tantas veces como le permitiera el día.
—Vamos. Ya me estoy acostumbrando—le dijo a su compañero con pesar. El hombre le dio unas palmadas afectuosas en el hombro. Ambos subieron con calma de vuelta a la mansión.

Aquel día Leonard inició a Edward en el arte de concentrar su energía e intentar mover objetos como puertas, apagar la llama de una vela y hacer rodar pequeñas rocas por el suelo. Lo más que el muchacho había logrado era que una flama debilucha se meciera a punto de apagarse. Aquello le había costado más que todo el esfuerzo que había hecho para poder moverse en su cuerpo etéreo. Sin embargo Leonard lo llamó un gran avance y eso fue más que suficiente para él.
El muchacho había preguntado para que servía tal habilidad. Su compañero respondió que a veces los vivos podían, aunque no a propósito, interponerse en la tarea del recolector y había que persuadirlos para quitarlos del camino.

—Entonces, ¿Qué tal te ha parecido todo hasta ahora? —preguntó Leonard cuando estuvieron de regreso en el salón de los guardarropas.
—Nuevo, interesante. Ha sido un cambio completo. Creo que me siento muy bien aquí. Aunque hay algunas cosas que aún me preocupan —respondió Edward, guardando la hoz en su casillero.
—¿Qué te preocupa, muchacho?
—La primera cosa que se me ocurre es qué pasará si me asignan a traer almas humanas. Creo que no soy bueno con el tacto o con las personas en general.
—Eso aún no lo decidimos, hay que hacer pruebas. Pero no te preocupes, serás asignado a lo que te guste y mejor se te dé.
—¿Es complicado? ¿Ser recolector de... personas? —Aquello le sonaba demasiado extraño.
—Ya te lo dije, cada área tiene sus retos. Aunque si quieres hablar de complicaciones puedes preguntarle a los del turno nocturno.
—¿El turno nocturno? ¿De qué se ocupan ellos?
—De las que llamamos almas negativas, el tipo más peligroso y difícil de manejar.
Edward reflexionó un momento. Se le ocurría que debía haber todo tipo de personalidades en las almas, después de todo, se trataba de personas. De pronto le llegó la idea de que sucedería si fuera asignado a esa área. Su cara debió reflejar la angustia repentina que sintió, pues su compañero soltó una risa inesperada.
—No te preocupes, chico. No asignamos a un nuevo recolector a esas áreas complejas. Eso se gana con experiencia y tiempo.
El muchacho se sintió aliviado.
—Bien, me alegra que tuviéramos esta conversación. Nos vemos mañana —espetó Leonard y se dirigió a la puerta de la sala. El corte repentino hizo que Edward se sobresaltara.
—¿A dónde va? —le preguntó con sorpresa. Su compañero se detuvo, igual de sorprendido.
—Tengo asuntos pendientes en el pueblo —respondió señalando algo a sus espaldas con el pulgar.
—Oh, entiendo... ¿puedo acompañarlo?, es decir, acompañarte —soltó Edward. Leonard pareció aún más sorprendido, aunque no molesto.
—Yo... supongo que sí. Aunque no sé si... —el hombre observó al chico que parecía muy intrigado. Era evidente que le había costado mucho preguntar y no quería hacerlo sentir mal.
—Sí, vamos. Será buena idea que conozcas parte del pueblo de una buena vez.
Edward guardó su abrigo con prisa y cerró el candado.
—Gracias, espero no ser una molestia —dijo con timidez.
—No, nada de eso. Vamos.

Detrás del mostrador esperaba Wilhelm, sonriente como siempre.
—¿Ya a casa, señores? —les dijo alegre.
—Esta noche nos dirigimos al pueblo —respondió Leonard.
—Excelente. Ya regreso —dijo el hombre y desapareció como solía hacerlo.
—¿A qué parte del pueblo iremos? —preguntó Edward, observando un burdo mapa que Wilhelm tenía sobre el mostrador.
—Ya verás. Es un lugar que suelo frecuentar. En especial después de un largo día —dijo su compañero, mientras se rascaba el mentón con desgana.
Edward se sorprendió al ver llegar a Wilhelm guiando a un caballo de apariencia fantasmal. Los ojos negros le resaltaban del rostro y las crines plateadas resplandecían con la luz del atardecer que estaba por concluir.
—Tendrán el honor de ser conducidos por la bella Silverwood esta tarde, caballeros —anunció Wilhelm.
—El placer es nuestro, señorita —dijo Leonard inclinándose y entrando al carruaje.
—¿Ace está bien? —inquirió Edward.
—Oh, él está en perfecto estado, señor Blackwells. Le diré que preguntó.
—Muchas gracias —dijo el muchacho, divertido aquel comentario —. Con su permiso, mademoiselle.
La yegua inclinó la cabeza con elegancia.
El carruaje comenzó su acostumbrado trayecto, pero no aceleró. En su lugar dio vuelta y comenzó el descenso por una vereda al costado de la mansión y hacia el bosque. Edward se alegró de no tener que volar aquella noche. Aunque después de saltar tantas veces desde el puente, pensó, volar ya no debía ser tan malo.
—No te molesta si me relajo un poco, ¿verdad? —preguntó Leonard mientras se aflojaba el cuello de la camisa.
—En lo absoluto, adelante. Después de todo lo que resolvimos hoy, es bien merecido —respondió Edward que, aunque lo hubiera querido, no perdía la postura recta y solemne.
—Ya aprenderás a relajarte, muchacho.

La luz del ocaso se desvaneció en cuanto llegaron al bosque. Afuera el ambiente se había vuelto azul y lúgubre. Las únicas luces que indicaban un poco de civilización eran pequeñas lámparas que marcaban el sendero hasta el inicio del pueblo.
Pronto alcanzaron la frontera, marcada por altos arcos de roca oscura. Las columnas que los sostenían consistían en grandes monolitos representando personajes, unos con cabezas de animales y otros más humanos. Edward no pudo observarlos por mucho tiempo, pues se vio ofuscado por una extraña sensación de familiaridad.
Una prolongada calle, digna de su ciudad natal, les daba la bienvenida. A los costados se alzaban edificios con ventanas alargadas. Dentro brillaban tenues luces anaranjadas. La tierra en el camino del bosque se fundió con el empedrado que hizo a la carroza sacudirse. Los oscuros techos, altos y afilados, se anteponían a un cielo violeta en cuyo horizonte asomaba el resplandor amarillento de la luna.
A pesar de que las sombras que predominaban y lo ángulos pronunciados de las construcciones le daban un aspecto tétrico al pueblo, Edward sintió una extraña, pero reconfortante, sensación de familiaridad, tal como la había experimentado en la mansión. Sin embargo, esta vez era algo distinto. A su parecer se encontraba en una versión alterna de los paisajes que solía ver en vida.
El carruaje viró y a su paso fue revelando una curiosa amalgama de arquitecturas. Algunos edificios parecían sacados de distintas épocas y algunos más de otras culturas.
No era difícil adivinar que aquella parte era el centro del pueblo, pues las calles eran mucho más amplias e iluminadas. Los postes de luz eran altos, grandes y elaborados. Varios de los edificios no tenían aspectos de casas. La mayoría eran comercios y establecimientos entre los cuales Edward identificó el ayuntamiento, gracias a las enormes letras caladas que así lo indicaban en la marquesina del edificio.
A donde fuera que mirase, había algo que estudiar con detenimiento. Al principio toda aquella mezcla resultó confusa. Pero poco a poco fue asentándose en su mente, ya de por si, saturada de nuevas cosas.
El carruaje se detuvo y la sacudida sacó al muchacho de su trance.
—Llegamos —anunció Leonard. Abrió la puerta y bajó del carruaje. Su compañero hizo lo mismo.
—Gracias, linda. Un placer.
—Sí, muchas gracias.
Silverwood asintió, de nuevo con elegancia, y continuó hasta desaparecer en un callejón más adelante.
—Bueno, chico, has descubierto mi oscuro secreto. Mi único asunto pendiente aquí es una vieja costumbre que tengo desde que llegué a este mundo —dijo Leonard con pereza —. Bienvenido a Cuerno y Escama.
Edward estudió el establecimiento. Una típica posada con motivos celtas tallados en las numerosas tablas que lo componían. En lo alto de un poste el letrero que presentaba una cornucopia por la cuál asomaba el esqueleto de un pescado.
Leonard le indicó al muchacho que lo siguiera.
Entraron por una gran puerta que chirrió al abrirla y retumbó al cerrarse. A pesar del escándalo ninguno de los asistentes, que abarrotaban el lugar, pareció notar su presencia.
El interior estaba nublado por el vapor de un caldero hirviente detrás de una gran barra. La iluminación era tenue, proveniente de unas cuantas velas dispuestas sobre repisas, sostenidas en su sitio por la cera de otras miles que habían perecido ahí. Una chimenea solitaria adornaba el fondo e iluminaba una solitaria mesa, casi oculta en un rincón. Edward la miró con recelo.
—Adivinaste, ese es mi lugar de siempre —dijo Leonard y procedió a evadir al resto de las mesas. El muchacho lo siguió, un poco arrepentido de su decisión.
Apenas se habían sentado, una voz retumbó detrás de ellos.
—Enseguida estaré con usted, señor Sinister.
—No hay prisa —respondió el hombre, estirándose con pereza.
—Así que ¿vienes aquí todos los días? — preguntó Edward mirando a su alrededor. La voz no parecía venir de ninguna de las personas que estaban ahí. Un par de hombres muy pálidos y altos, con facciones cadavéricas le devolvieron la mirada y él la desvió con rapidez.
—Sí. Como dije, en especial después de días largos.
—Vaya. Pues... tiene cierto encanto, debo admitirlo —el muchacho observó los paneles que rodeaban el techo. Tenían grabados personajes y animales. Parecía contar una historia, pero la oscuridad no le permitía seguirla.
—Es tranquilo, tienen buenos tragos y cada quien se ocupa de sus asuntos.
Ambos quedaron en silencio por unos momentos. Edward siguió observando sus alrededores y notó una pequeña figura de madera. Representaba una criatura con orejas puntiagudas, montando un grillo gigante como si de un caballo se tratara. Una de sus manos estaba extendida al frente, entregando un regalo invisible a quién sea que se le pusiera en frente. La figura estaba rodeada de flores y plantas. Un par de velas amarillas formaban parte del curioso altar. Edward se preguntó como es que no la había notado antes. Estuvo a punto de comentarlo, cuando la misteriosa voz se hizo presente de nuevo.
—Buena noche, señor Sinister. Perdone la tardanza, estamos intentando organizar la bodega, pero ya sabe como... ¡Ah! ¡Hola! Disculpe, no lo había visto señor... —Un hombre corpulento, de barba espesa y rojiza, de quijada prominente y escasa cabellera observaba con interés al muchacho, quién apenas notó que estaba siendo observado.
—Blackwells, Edward. Edward Blackwells —repitió con torpeza.
—Excelente, mucho gusto. No creo haberlo visto por aquí antes —dijo el hombre, jovial.
—Apenas llegó hace unos días. Es una de nuestras “nuevas adquisiciones” —bromeó Leonard, quitándole la palabra a Edward, quien lo miró un poco ofendido.
—Un nuevo miembro de la Sociedad ¿eh? Pues es un gusto recibirlo aquí, señor Blackwells. No dude en pedir lo que quiera, esta noche va por la casa —el hombre dio unas palmadas al muchacho y casi lo hizo irse de espaldas.
—Que amable, muchas gracias —respondió con una sonrisa tímida.
—Cuanta generosidad, Angus. ¿También lo que yo pida será cortesía de la casa? —Leonard sonrió.
—Claro ¿por qué no? En honor a nuestro nuevo invitado —respondió mientras reía —. Me imagino que querrá lo de siempre.
—Ya me conoces. Trae uno para el muchacho también —indicó.
—Con todo gusto. Reitero mi bienvenida, señor Blackwells.
—Gracias —dijo Edward.
Angus se retiró y el silencio pareció volver a reinar el interior de la taberna.
—¿Qué es, con exactitud, “lo de siempre” — preguntó el muchacho, algo preocupado.
—Tranquilo, chico. Ya verás —respondió el otro, desviando su atención al techo.
—De acuerdo, seré muy claro con esto Leonard, porque no quiero que interfiera en el trabajo después —soltó Edward, exasperado, pero tratando de contenerse —. Tengo la sensación de que me subestimas demasiado. Está claro que aún no sé muchas cosas. No es fácil ser nuevo en algo. Pero soy muy capaz. Puedo hacer mucho y con dedicación puedo hacer lo que me proponga. Así que agradecería que dejaras de verme como un novato incapaz. Y por cierto, nada de “chico” o “muchacho”, no soy un niño.
Leonard lo miró confundido y se inclinó sobre la mesa para verlo mejor.
—Vaya ¿De dónde vino todo eso? —inquirió con un dejo de incredulidad.
—¡Lo ves! Es eso a lo que me refiero. Crees que no puedo ser asertivo o capaz de decir lo que pienso. Pero está claro que si lo necesito lo haré.
—Bien, comprendo —Leonard apoyó la frente sobre las manos entrelazadas —. De acuerdo, quizá sí te he subestimado un poco. Pero es que nunca he hecho esto ¿si? En muchas formas yo también soy novato. Recuerda que se lo dije a Grim, no es a lo que me asignaron. Pero, como ya habrás notado, no puedes razonar con ese hombre.
Edward tuvo el impulso de preguntarle porque las había tanta fricción entre ellos, pero no quería desviarse del tema. En especial cuando había logrado derribar ese muro que sentía cuando hablaba con su compañero.
—Tienes razón. Lo lamento, no había pensado en ello. Pero eso no quiere decir que debas desesperarte cada vez que no logro hacer algo en el primer intento.
El hombre lo observó, sus ojos emitían algo que no había percibido antes.
—¿Recuerdas lo que dije sobre tu actitud y que era eso lo que necesitabas para llevar a cabo tu trabajo?
—Sí, lo recuerdo —respondió Edward.
—Bueno, es justo lo que veo en ti ahora mismo. Alguien capaz de sobreponerse a los retos que vengan. Así que la próxima vez que te preocupe que no podrás hacer algo o que es muy complicado, recuerda esta conversación y el cómo te hace sentir que te subestimen y úsalo.
Ahora fue Edward quien se quedó en silencio. Aquél era un excelente consejo.
—Disculpen la interrupción. Aquí tienen —Angus depositó dos tarros gruesos de madera en la mesa—. Espero que sea de su agrado, señor Blackwells. Disfrútenlo.
—Muchas gracias —respondieron ambos comensales al unísono. Angus les guiño un ojo y se alejó.
—Y sobre lo demás no tenía idea. De ahora en adelante recordaré llamarte Edward ¿de acuerdo? —dijo Leonard atrayendo el tarro hacía sí.
—Lo siento, no quise que sonara así. Es sólo que me hace sentir... pequeño —Algo en la mente de Edward pareció salir a la superficie, algo que hubiera estado hundido desde siempre. Le vino a la mente su viejo salón de clases y la sensación de ser diminuto. Pero no logró conectar la relación.
—¿Estás bien? —inquirió Leonard, al parecer su mirada se había perdido.
—Sí —respondió, aún ausente.
—En fin, olvidemos todo eso y bebamos. Mañana será un nuevo día —dijo el hombre y se llevó el tarro a la boca.
—¿Qué fue lo que bebí? —preguntó Edward mirando el contenido del tarro. Su compañero puso el suyo de nuevo en la mesa.
—No has bebido nada aún.
—Quiero decir, después de ver mi pasado. El Ojo, me dio a beber algo que me hizo sentir mejor.
—¡Oh! Claro. El agua del lago. Creí que lo olvidarías.
—Acabo de recordarlo. ¿Qué lago?
—Más allá del bosque hay un gran lago, de nombre Áqueron, cuya agua tiene la propiedad de llevarse los malos recuerdos. Una especie de “purificación del alma” si así lo quieres ver...
—Pero no debes beber más de ella, pues podrías olvidar quien eres —dijo Edward recordando lo que el Ojo le había dicho.
—... sí, exacto. Beber de más te hará perder la memoria. Es lo que le dan a las almas que deciden volver a la Tierra de Mortales.
—¿Tú la bebiste?
—¿Qué? ¿Porqué lo preguntas?
—Curiosidad.
Leonard desvió la mirada a la chimenea y volvió a llevarse el tarro a la boca.
—Sí —respondió dubitativo.
—¿Y recuerdas algo de quién eras antes?
El hombre pareció incomodarse con la pregunta. Edward fingió que no lo notaba e insistió con la mirada. Leonard entonces miró el fuego de la chimenea.
—Muy poco. Solía viajar y ser libre. Iba a donde quería cuando quería. Tenía un barco, eso lo recuerdo bien.
—¿Cuánto tiempo llevas en la Sociedad?
—El tiempo deja de importar cuando estás muerto. Tiempo es todo lo que tienes aquí —en aquel comentario Edward pudo ver que su compañero era mucho más de lo que aparentaba. Su ojos reflejaban el fuego de la chimenea, perdidos.
—Lo lamento, no quise...
—¡Bah! Ni lo menciones —espetó Leonard y bebió del tarro. Ahí estaba de nuevo.
—Sé que no te agrada que pregunte, pero ¿por qué te desagrada Darkus Grim?
—Después de cómo te trató, ¿me preguntas eso?
—Sé que no fue muy amable, pero tú pareces odiarlo.
—No me gusta que me den ordenes. No soy la clase de persona que puedes manejar por un capricho. Y tal parece que ha puesto los ojos en ti por alguna razón. No fui asignado a ser tu asistente sólo porque sí.
Edward quedó pasmado. No había pensado en ello desde el día que había conocido a Darkus.
—¿Qué crees que sea? —preguntó confuso.
—No tengo idea. Pero te diré algo, Edward. No confío en ese hombre y tú tampoco deberías —la advertencia hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.
—¡Oh! Pero si era cierto —una voz femenina cruzó la taberna entera y llegó hasta sus oídos —. Así que tenemos un nuevo habitante en el pueblo.
—¡Aghna! Gusto en verte —dijo Leonard saludando. Edward se dio la vuelta para encontrarse con una mujer alta de cuerpo ancho, envuelta en un vestido largo y con la cabellera contenida en una trenza desaliñada.
—Leonard ¿cómo estás? Angus me dijo que venías acompañado, pero no le creí. Pensé que era una de sus bromas, ya lo conoces.
La mujer iba acercándose a la mesa con los ojos clavados en Edward, quien sonrió, ofuscado por la sorpresa.
—¡Hola! Soy Aghna, esposa de Angus. Bienvenido ¿cómo te llamas? —el rostro de la mujer estaba radiante con una gran sonrisa. Edward se levantó para presentarse.
—Soy Edward Blackwells, señora. Un placer —hizo una pequeña reverencia.
—Pero si es todo un caballero. Tal vez puedas enseñarle algunos modales a tu amigo —dijo guiñándole un ojo a Leonard.
—Bueno, no todos podemos ser caballeros, querida —dijo Leonard sonriendo.
—¡Ja! Tú nunca cambiarás. Así que ¿cuánto tiempo llevas aquí? —dijo Aghna acercando un banco a su mesa.
—Llegue hace un par de días —respondió Edward.
—Que gusto ¿Y cómo te han tratado hasta ahora? ¿Todo va bien?
—No puedo quejarme. Me dieron un departamento y un trabajo, todo el mismo día.
Aghna rió.
—Eso está muy bien. ¿Ya visitaste el pueblo? Es lindo, ¿Verdad?
—No he tenido la oportunidad.
—Vaya, debes hacerlo. Vas a encontrar muchos lugares interesantes. Pero ninguno como nuestra taberna. Este lugar es único.
—Hablando de eso, ¿Qué estás cocinando ahí? —inquirió Leonard señalando con la cabeza el caldero que llenaba de vapor el lugar.
—Es uno de los experimentos de Angus, ya sabes como es. Y mira como dejó todo. Le advertí que no lo hiciera, pero el día que ese hombre me escuche...
Un estruendo de cosas metálicas y vidrio estrellándose llegó desde detrás de la barra. Varios de los comensales miraron para ver que lo había provocado.
—¡Aghna! ¡Ven aquí! ¡Ayúdame con esto! —resonó la voz de Angus por la taberna.
—Ves lo que te digo. Que los dioses me den paciencia. ¡Ya voy! —la mujer miró de nuevo a Edward —. Fue un placer conocerte, espero que vengas a visitarnos más seguido y cualquier cosa que necesites no dudes en pedirla ¿de acuerdo?
—Se lo agradezco, madame. Eso haré.
—Eres un encanto. Nos veremos mañana Leonard. Tengan una excelente noche.
—¡Aghna! Ven acá o perderemos más vasos.
—¡Que se pierdan! Conseguimos más —dijo la mujer exasperada.
—Suerte con eso —se burló Leonard.
Ella rió, luego se fue perdiendo entre las mesas y las cabezas de los asistentes curiosos.
—Bueno Edward, ya es hora de irnos —Leonard se dio cuenta de que el tarro de su compañero seguía lleno—. Pero si ni siquiera la has probado.
Edward miró el contenido, era viscoso y se colgaba de los bordes. El color marrón del mismo no le ayudaba en nada.
—¿Qué... es esto?
—Dale un trago, prometo que no te pasará nada.
Se llevó el tarro a la boca y sintió la espesura. Más que líquido parecía una pasta extraña. El sabor era amargo. Intentó tragarlo con dificultad. Un ardor le recorrió todo el trayecto desde la garganta hasta la boca del estómago. Tosió ruidosamente y dejó el tarro sobre la mesa.
—¿Ahora sí vas a decirme que es? —dijo Edward, apenas pudiendo pronunciar algo.
—Veneno de araña.
El muchacho sintió la cosa volver por su garganta. Iba a devolverla, pero decidió tragárselo por segunda vez en lugar de hacer un espectáculo de sí mismo.
—¡¿Qué?!
—Bueno, no es tal cual veneno. Lo mezclan con otras cosas... En realidad no estoy seguro de qué sea —dijo Leonard tomando el tarro y bebiéndose el contenido —. Ahora vámonos.
Edward fue detrás de él intentando no vomitar. El vapor del caldero no mejoraba la situación. Una vez fuera tomó una bocanada de aire fresco y las nauseas se detuvieron de inmediato.
—Debí preguntarlo primero —dijo, aún mareado.
—Sí, pero de haberte dicho te habrías negado a probarlo.
—Podría haber probado el tuyo.
—Eso ya no importa. Vamos a casa.
Leonard se acercó a la calle donde aún circulaban algunos carruajes e hizo una seña a uno de ellos. Pronto estaban en el aire una vez más. Con la conmoción del veneno, Edward ni siquiera sintió el viaje.
—Llegamos —anunció Leonard.
—Excelente. Entonces nos veremos mañana —dijo Edward extendiéndole una mano.
—¡Oh, es verdad! No te lo dije. Mañana tienes el día libre.
—Entiendo... ¿Y qué se supone que debo hacer?
—Yo aprovecharía para explorar el pueblo. Tienes un mapa ¿no?
—Sí.
—El centro es un buen lugar para comenzar. En el mapa hay unas notas extra para que sepas como tomar el tren o un carruaje. Toma, esto te facilitará las cosas.
Leonard le entregó un saco de piel que tintineaba con el movimiento.
—Puedes pagar con eso. Una moneda por carruaje, dos por un boleto de tren. Lo demás puedes preguntarlo a dónde sea que vayas.
—No, no puedo aceptarlo —dijo él devolviendo el dinero a su compañero.
—¿De que hablas? Es tu primer pago.
—Oh, eso cambia las cosas —guardó el saco en su bolsillo y volvió a extender la mano.
—Muchas gracias por todo, Leonard. Ten una buena noche.
—Sí, igual para ti. Oye y otra cosa. No vayas a contar a nadie nada de lo que te dije ¿de acuerdo?
—¿A quién se lo contaría?
—Eso es. Nos vemos pasado mañana, misma hora en el salón de casilleros.
—De acuerdo. Hasta entonces.
Edward bajó del carruaje, se despidió del caballo cuyo nombre no supo y espero a que éste despegara y se perdiera en la oscuridad de la noche.
Subió al departamento, se quitó los zapatos y notó por fin lo exhausto que estaba.
Bebió un vaso de agua para quitarse el horrendo sabor del veneno y se llevó el mapa del pueblo a la cama, donde lo estudió con detenimiento hasta quedarse dormido.

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