El carruaje llegó puntual la mañana siguiente. Para el
gusto de Edward, era Ace quien lo conducía. El caballo tampoco parecía
disgustado con ello.
Leonard ya lo esperaba en el cuarto de los casilleros,
mirando pensativo por una rendija.
—Buenos días —lo saludó Edward. El hombre pareció
salir de un trance y lo miró confundido.
—Hola —dijo, como recordando que debía hacerlo.
—¿Todo está bien?
—Sí, todo excelente. Me gusta la vista desde aquí
—explicó —. Bien, toma tú abrigo y sígueme.
Edward se
apresuró a ponerse el abrigo. Después salieron al vestíbulo.
—¿Leíste el manual? —le preguntó Leonard mientras
caminaban a la puerta principal.
—Una parte —respondió Edward.
—¿Qué parte?
—La que hablaba sobre los portales.
Salieron hacia el jardín frontal y Edward observó de
nuevo las dos estatuas que guardaban la entrada. Sus ojos no se movieron, ni
dieron señal de estar conscientes. Sin embargo aún creía que ambas lo
observaban de vuelta con sus ojos vacíos detrás de la mortaja que remarcaba sus
cadavéricas facciones. Eran aún más escalofriantes de día.
—Muy bien. ¿Al menos viste la parte sobre las almas?
—Leí algunas cosas sobre eso.
Leonard lo guió hacia el costado de la mansión, donde
encontraron una vereda enmarcada por un barandal de roca y varias lámparas de
hierro. Gran parte estaba cubierto de hierba.
—Entonces sabes que hay varios tipos de almas, ¿no es
así?
—Sí... eso creo. ¿A dónde vamos?
—A un lugar que te hará comprender mejor eso que no
leíste.
—Yo... tenía intensión de leerlo, pero al parecer me
quedé dormido —se excusó Edward.
—No tiene importancia. El manual es sólo una guía. Lo
mejor es experimentarlo y entenderlo mientras lo llevas a cabo. Con el tiempo
entenderás más sobre las almas. Pero aún así es parte de mi trabajo darte
nociones sobre ello.
—Entiendo.
La vereda los llevó hasta la parte de atrás de la
mansión, donde se extendía un jardín pequeño rodeado por un muro de roca y
rejas.
El jardín estaba lleno de extrañas flores, algunas con
colores vibrantes, otras más tenues, algunas pálidas y apagadas. Leonard se
detuvo en la reja. Ésta daba paso a una larga y retorcida escalera que bajaba
por el barranco hasta donde iniciaba el bosque. Más allá se percibía el límite
del pueblo, dónde las copas de los árboles se convertían en tejados largos,
oscuros y puntiagudos.
—¿Tienes idea de a que me refiero cuando digo alma, Edward?
—¿A nosotros?
—Sí, de cierta forma. El alma es nuestra esencia. Sin
ella seríamos cajas vacías. O al menos eso creemos aquí. Hasta ahora no se ha
probado lo contrario.
Edward se quedó en silencio.
—Ahora, si leíste la parte acerca de los tipos de
almas que existen, sabrás que no somos los únicos que las poseen —continuó
Leonard, paseándose entre las flores.
—Leí que también los animales y plantas también las
tienen.
—Sí... y no. Verás, cada uno la tiene a su manera. Y
cada una es única. Las almas de los animales son más parecidas a las de las
personas. Lo entenderás cuando las veas, pues es algo que se nota a simple
vista.
—¿Quieres decir que no sólo me encargaré de traer
personas?
—En un principio. Primero te serán asignados casos
sencillos. Cada tipo de alma tiene su división en la sociedad. Hay quienes se
especializan en ciertas áreas y ya veremos en cuál área encajas mejor.
—Entonces... ¿Estas flores solían estar vivas?
—preguntó Edward observando una que parecía ser una rosa de color violeta con
pequeñas venas azuladas.
—Bueno, tal como tú y como yo, aún lo están.
Simplemente cambiaron su aspecto. Trascendieron, si así quieres llamarlo. La
muerte, como ya te habrás dado cuenta, es un cambio de estado.
—Una nueva vida —dijo Edward pensativo.
—Sí, supongo.
Leonard se acercó de nuevo a la reja que daba a las
escaleras.
—Es gracias a la muerte de lo que existe en aquél
mundo, que éste puede existir.
—Interesante —se limitó a responder el muchacho.
Cada día que pasaba en su nuevo hogar comprendía más
cosas y se le abrían nuevos caminos. Hasta aquél día no había pensado nunca en
que pasaba cuando un árbol moría o incluso un animal. Aunque recordaba la
historia de un perro fantasmal que aparecía en los campos cercanos a una granja
y la historia de la difunta Ana Bolena quién aparecía en un carruaje tirado por
cuatro caballos decapitados. Pero ninguna de esas historias le habían hecho
cuestionarse si los animales tenían almas y mucho menos las plantas.
—Me parece que lo entenderás mejor una vez que lo
experimentes. Ven, demos un paseo de vuelta a la Tierra de Mortales.
A Edward se le sobresaltó el corazón. No esperaba
tener que volver tan pronto y la sola idea de tener que saltar al abismo le
ponía los pelos de punta. Sin embargo se dijo que en eso constaba su trabajo y
entre más rápido se acostumbrara a ello mejor.
Volvieron al interior de la mansión, pasando por las
tétricas estatuas y el dragón de la puerta.
Esta vez Edward tuvo que identificarse a si mismo
mientras el dragón le dirigía una mirada cautelosa.
—Esta bien, puede pasar, señor Blackwells —dijo con su
grave voz después de estudiarlo por varios segundos.
—Ve, por tu hoz. Te veo en el túnel ¿recuerdas como
llegar? —le preguntó Leonard.
—Claro, anoche estuve estudiando el mapa —respondió
Edward orgulloso.
—Muy bien por ti, chico.
Notó un dejo de desinterés en aquella frase, pero
decidió no decir nada al respecto.
El túnel estaba lleno de recolectores, más de cómo lo
habían visto el día anterior. Se dirigieron a la puerta asignada a Edward y
Leonard dejó que hiciera lo que debía hacer.
El muchacho tomó el pergamino, el cuál contenía
números confusos y símbolos que no pudo comprender.
—Son coordenadas. En el caso de plantas y flores
encontraras eso y éstos símbolos que indican lo que debes encontrar. Cuando se
trata de animales también indica la especie y nombre. Con las personas se incluye
el nombre y causa de muerte —explicó Leonard.
Edward colocó el pergamino en el marco y abrió la
reja. Intentó no mirar abajo.
—¿Listo? Recuerda la posición —le indicó su compañero.
Cruzó los brazos sobre el pecho y tensó el cuerpo. Sin
pensarlo más se dejó caer al vacío.
Todo pasó tal cuál había sucedido el día anterior. El
cuerpo se le relajo y la desagradable sensación de la piel siendo arrancada del
músculo lo tomó por sorpresa de nuevo. Aún así el proceso fue más rápido, o al
menos eso le pareció.
Al abrir los ojos ya estaba parado en un campo. En
aquel lugar no había cercas, ni casas. Tampoco había campos de siembra. Un
árbol solitario, torcido y con las ramas apuntando al suelo parecía esperar en medio
del basto terreno.
Leonard apareció tras Edward. Al muchacho le tomó un
poco recordar como debía moverse, pero en unos minutos logró lo que antes le
había costado casi un día entero.
Ambos se acercaron al árbol. La superficie era
amarillenta, recordaba a un hueso. Al pie se extendían varios pedazos de
corteza que se habían desprendido del tronco como la piel de una serpiente.
Entre más se acercaban, Edward más advertía un fulgor
que palpitaba en el interior del tronco. Ahora tenía el presentimiento de que
podía ver a través de él.
—Quédate aquí y observa como lo hago —le indicó su
compañero. Se acercó con cautela, poniéndose en cuclillas. Puso una mano sobre
el tronco y esperó.
El fulgor palpitante comenzó a fluir por el resto del
árbol, llenando cada rama y raíz. El muchacho no supo si había sucedido, pues
fue en un parpadeo que el suelo pareció levantarse como si se tratara de un
gran suspiro. Las ramas crujieron, por un momento pareció que iban a
colapsarse. De cada extremidad emanó el fulgor espectral que fue
desprendiéndose poco a poco del cuerpo que lo contenía. Edward supuso que el
árbol estaba pasando por su propio proceso de descorporeación.
Leonard retrocedió, dándole espacio al espectro que se
materializaba frente a ellos.
Numerosas hojas aparecieron en las ramas que volvían a
tomar su forma previa. El tronco se estiro, crujiendo y recubriéndose de
corteza. Edward quedó atónito, el sauce volvía a la vida frente a sus ojos.
No estuvo seguro de que aquello que se formaba entre
las nuevas hojas y ramas era un rostro hasta que una voz como una suave ráfaga
de viento comenzó a pronunciar palabras con dificultad.
—Por fin llegaron... pensé que iban a dejarme aquí
para siempre —logró decir por fin el viento entre las hojas.
—De ninguna manera, fuimos notificados en cuanto el
último aliento de vida abandonó su cuerpo —dijo Leonard comprensivo —¿Entonces
está listo?
—Sí —respondió el viento en un largo suspiro, casi
como si estuviera cantando.
Leonard tomó entre sus manos una esfera, que Edward no
había visto hasta aquel momento, y la extendió frente a él. El espectro del
árbol perdió su forma una vez más. El fulgor anaranjado comenzó a circular y
hacer espirales, danzando y abriéndose camino hacia la esfera de cristal. El
viento sopló fuerte a su alrededor. El tronco se quebró de nuevo y las ramas
cayeron tan rápido como se habían levantado. Las hojas se desvanecieron en el
aire.
La aparición se había ido por completo y la esfera resplandecía
con los tonos del tronco y las hojas del viejo sauce.
—Fácil ¿no? —dijo Leonard guardando la esfera con
cuidado en un morral que llevaba colgado al hombro.
—Eso creo —respondió Edward
—Claro, era el único árbol aquí. Ahora imagina llegar
y encontrarte con un bosque y no saber si lo que buscas es un árbol, un arbusto
o una pequeña flor en medio de todas aquellas posibilidades... Ya no sería tan
fácil ¿no crees?
—Supongo que no.
—Lo menciono para que no creas que ningún área es
fácil, todas tienen sus retos. Por eso tenemos gente especializada. ¿Te gustan
las plantas y la naturaleza?
—No podría decir que no.
—Eso me dice todo lo que necesito saber. Bueno, ahora
ya sabes que hacer.
Edward iba a replicar aquel comentario, pero decidió
posponerlo para otra ocasión. Mientras tanto tomó la hoz y abrió el portal en
un hueco entre las raíces del sauce.
De vuelta en la mansión Leonard le indicó a Edward que
lo siguiera hasta el jardín lleno de flores donde habían estado antes. El
recorrido no se detuvo ahí. Salieron por la reja y bajaron las torcidas
escaleras. Algunas partes del trecho estaban niveladas de modo que las
escaleras se volvían caminos serpenteantes y planos.
Pronto las copas de los árboles habían pasado de estar
al nivel de sus pies a elevarse muchos metros por encima de ellos.
A pesar de que el día era brillante, dentro del bosque
parecía un perpetuo crepúsculo.
Llegaron a la base de las escaleras, donde un arco de
piedra del que pendía una elaborada lámpara marcaba el final del dominio de la
mansión.
—Las almas, o esencias, de la naturaleza son
importantes para nuestro mundo. De ellas surgen todo lo que ves aquí. Cada
árbol que muere, cada flor, es liberada aquí para encontrar su lugar y su nueva
forma. De ellos surgen nuevas cosas, únicas en este mundo.
Leonard extrajo la esfera del saco y se la entregó a
Edward con sumo cuidado. El resplandor que emitía brillaba con más fuerza.
—Adelante, sólo ofrécela al bosque —le instruyó
Leonard poniendo las manos frente a él. Edward lo imitó y elevó la esfera a la
altura de su cabeza.
Una ráfaga de viento meció las hojas y ramas, llegó
hasta ellos y los envolvió, revolviéndoles el cabello y sacudiendo los abrigos.
Unas hojas, llevadas por el viento, revolotearon a su alrededor. La esfera
brilló con intensidad para luego comenzar a liberar el resplandor. Los
espirales danzantes se unieron al viento. La estela de luz serpenteó entre los
troncos, bajó al suelo acariciando el pasto y se elevó a las copas de los árboles,
reconociendo su nuevo hogar.
—Gracias —susurró el viento como lo había hecho antes.
La brisa se dispersó. La calma volvió mientras la
esencia del viejo sauce se perdió entre troncos y hojas.
—Fascinante —murmuró Edward.
—Bastante —dijo Leonard a su lado. En su voz un dejo
de costumbre. El muchacho se preguntó como podía permanecer tan indiferente a
tales maravillas.
—Aún tenemos tiempo de que te muestre unos cuantos
trucos más. ¿Qué tan listo estás para saltar de nuevo al abismo?
A Edward le volvió la ansiedad, pero no tenía
opciones. En un futuro debería saltar tantas veces como le permitiera el día.
—Vamos. Ya me estoy acostumbrando—le dijo a su
compañero con pesar. El hombre le dio unas palmadas afectuosas en el hombro. Ambos
subieron con calma de vuelta a la mansión.
Aquel día Leonard inició a Edward en el arte de
concentrar su energía e intentar mover objetos como puertas, apagar la llama de
una vela y hacer rodar pequeñas rocas por el suelo. Lo más que el muchacho
había logrado era que una flama debilucha se meciera a punto de apagarse.
Aquello le había costado más que todo el esfuerzo que había hecho para poder
moverse en su cuerpo etéreo. Sin embargo Leonard lo llamó un gran avance y eso
fue más que suficiente para él.
El muchacho había preguntado para que servía tal
habilidad. Su compañero respondió que a veces los vivos podían, aunque no a
propósito, interponerse en la tarea del recolector y había que persuadirlos
para quitarlos del camino.
—Entonces, ¿Qué tal te ha parecido todo hasta ahora?
—preguntó Leonard cuando estuvieron de regreso en el salón de los guardarropas.
—Nuevo, interesante. Ha sido un cambio completo. Creo
que me siento muy bien aquí. Aunque hay algunas cosas que aún me preocupan
—respondió Edward, guardando la hoz en su casillero.
—¿Qué te preocupa, muchacho?
—La primera cosa que se me ocurre es qué pasará si me
asignan a traer almas humanas. Creo que no soy bueno con el tacto o con las
personas en general.
—Eso aún no lo decidimos, hay que hacer pruebas. Pero
no te preocupes, serás asignado a lo que te guste y mejor se te dé.
—¿Es complicado? ¿Ser recolector de... personas?
—Aquello le sonaba demasiado extraño.
—Ya te lo dije, cada área tiene sus retos. Aunque si
quieres hablar de complicaciones puedes preguntarle a los del turno nocturno.
—¿El turno nocturno? ¿De qué se ocupan ellos?
—De las que llamamos almas negativas, el tipo más peligroso y difícil de manejar.
Edward reflexionó un momento. Se le ocurría que debía
haber todo tipo de personalidades en las almas, después de todo, se trataba de
personas. De pronto le llegó la idea de que sucedería si fuera asignado a esa
área. Su cara debió reflejar la angustia repentina que sintió, pues su
compañero soltó una risa inesperada.
—No te preocupes, chico. No asignamos a un nuevo
recolector a esas áreas complejas. Eso se gana con experiencia y tiempo.
El muchacho se sintió aliviado.
—Bien, me alegra que tuviéramos esta conversación. Nos
vemos mañana —espetó Leonard y se dirigió a la puerta de la sala. El corte
repentino hizo que Edward se sobresaltara.
—¿A dónde va? —le preguntó con sorpresa. Su compañero
se detuvo, igual de sorprendido.
—Tengo asuntos pendientes en el pueblo —respondió
señalando algo a sus espaldas con el pulgar.
—Oh, entiendo... ¿puedo acompañarlo?, es decir,
acompañarte —soltó Edward. Leonard pareció aún más sorprendido, aunque no
molesto.
—Yo... supongo que sí. Aunque no sé si... —el hombre
observó al chico que parecía muy intrigado. Era evidente que le había costado
mucho preguntar y no quería hacerlo sentir mal.
—Sí, vamos. Será buena idea que conozcas parte del
pueblo de una buena vez.
Edward guardó su abrigo con prisa y cerró el candado.
—Gracias, espero no ser una molestia —dijo con
timidez.
—No, nada de eso. Vamos.
Detrás del mostrador esperaba Wilhelm, sonriente como
siempre.
—¿Ya a casa, señores? —les dijo alegre.
—Esta noche nos dirigimos al pueblo —respondió
Leonard.
—Excelente. Ya regreso —dijo el hombre y desapareció
como solía hacerlo.
—¿A qué parte del pueblo iremos? —preguntó Edward,
observando un burdo mapa que Wilhelm tenía sobre el mostrador.
—Ya verás. Es un lugar que suelo frecuentar. En
especial después de un largo día —dijo su compañero, mientras se rascaba el
mentón con desgana.
Edward se sorprendió al ver llegar a Wilhelm guiando a
un caballo de apariencia fantasmal. Los ojos negros le resaltaban del rostro y
las crines plateadas resplandecían con la luz del atardecer que estaba por
concluir.
—Tendrán el honor de ser conducidos por la bella
Silverwood esta tarde, caballeros —anunció Wilhelm.
—El placer es nuestro, señorita —dijo Leonard
inclinándose y entrando al carruaje.
—¿Ace está bien? —inquirió Edward.
—Oh, él está en perfecto estado, señor Blackwells. Le
diré que preguntó.
—Muchas gracias —dijo el muchacho, divertido aquel
comentario —. Con su permiso, mademoiselle.
La yegua inclinó la cabeza con elegancia.
El carruaje comenzó su acostumbrado trayecto, pero no
aceleró. En su lugar dio vuelta y comenzó el descenso por una vereda al costado
de la mansión y hacia el bosque. Edward se alegró de no tener que volar aquella
noche. Aunque después de saltar tantas veces desde el puente, pensó, volar ya
no debía ser tan malo.
—No te molesta si me relajo un poco, ¿verdad?
—preguntó Leonard mientras se aflojaba el cuello de la camisa.
—En lo absoluto, adelante. Después de todo lo que resolvimos
hoy, es bien merecido —respondió Edward que, aunque lo hubiera querido, no
perdía la postura recta y solemne.
—Ya aprenderás a relajarte, muchacho.
La luz del ocaso se desvaneció en cuanto llegaron al
bosque. Afuera el ambiente se había vuelto azul y lúgubre. Las únicas luces que
indicaban un poco de civilización eran pequeñas lámparas que marcaban el
sendero hasta el inicio del pueblo.
Pronto alcanzaron la frontera, marcada por altos arcos
de roca oscura. Las columnas que los sostenían consistían en grandes monolitos
representando personajes, unos con cabezas de animales y otros más humanos.
Edward no pudo observarlos por mucho tiempo, pues se vio ofuscado por una
extraña sensación de familiaridad.
Una prolongada calle, digna de su ciudad natal, les
daba la bienvenida. A los costados se alzaban edificios con ventanas alargadas.
Dentro brillaban tenues luces anaranjadas. La tierra en el camino del bosque se
fundió con el empedrado que hizo a la carroza sacudirse. Los oscuros techos,
altos y afilados, se anteponían a un cielo violeta en cuyo horizonte asomaba el
resplandor amarillento de la luna.
A pesar de que las sombras que predominaban y lo
ángulos pronunciados de las construcciones le daban un aspecto tétrico al
pueblo, Edward sintió una extraña, pero reconfortante, sensación de
familiaridad, tal como la había experimentado en la mansión. Sin embargo, esta
vez era algo distinto. A su parecer se encontraba en una versión alterna de los
paisajes que solía ver en vida.
El carruaje viró y a su paso fue revelando una curiosa
amalgama de arquitecturas. Algunos edificios parecían sacados de distintas
épocas y algunos más de otras culturas.
No era difícil adivinar que aquella parte era el
centro del pueblo, pues las calles eran mucho más amplias e iluminadas. Los
postes de luz eran altos, grandes y elaborados. Varios de los edificios no
tenían aspectos de casas. La mayoría eran comercios y establecimientos entre
los cuales Edward identificó el ayuntamiento, gracias a las enormes letras
caladas que así lo indicaban en la marquesina del edificio.
A donde fuera que mirase, había algo que estudiar con
detenimiento. Al principio toda aquella mezcla resultó confusa. Pero poco a
poco fue asentándose en su mente, ya de por si, saturada de nuevas cosas.
El carruaje se detuvo y la sacudida sacó al muchacho
de su trance.
—Llegamos —anunció Leonard. Abrió la puerta y bajó del
carruaje. Su compañero hizo lo mismo.
—Gracias, linda. Un placer.
—Sí, muchas gracias.
Silverwood asintió, de nuevo con elegancia, y continuó
hasta desaparecer en un callejón más adelante.
—Bueno, chico, has descubierto mi oscuro secreto. Mi
único asunto pendiente aquí es una vieja costumbre que tengo desde que llegué a
este mundo —dijo Leonard con pereza —. Bienvenido a Cuerno y Escama.
Edward estudió el establecimiento. Una típica posada
con motivos celtas tallados en las numerosas tablas que lo componían. En lo
alto de un poste el letrero que presentaba una cornucopia por la cuál asomaba
el esqueleto de un pescado.
Leonard le indicó al muchacho que lo siguiera.
Entraron por una gran puerta que chirrió al abrirla y
retumbó al cerrarse. A pesar del escándalo ninguno de los asistentes, que
abarrotaban el lugar, pareció notar su presencia.
El interior estaba nublado por el vapor de un caldero
hirviente detrás de una gran barra. La iluminación era tenue, proveniente de
unas cuantas velas dispuestas sobre repisas, sostenidas en su sitio por la cera
de otras miles que habían perecido ahí. Una chimenea solitaria adornaba el
fondo e iluminaba una solitaria mesa, casi oculta en un rincón. Edward la miró
con recelo.
—Adivinaste, ese es mi lugar de siempre —dijo Leonard
y procedió a evadir al resto de las mesas. El muchacho lo siguió, un poco
arrepentido de su decisión.
Apenas se habían sentado, una voz retumbó detrás de
ellos.
—Enseguida estaré con usted, señor Sinister.
—No hay prisa —respondió el hombre, estirándose con
pereza.
—Así que ¿vienes aquí todos los días? — preguntó
Edward mirando a su alrededor. La voz no parecía venir de ninguna de las
personas que estaban ahí. Un par de hombres muy pálidos y altos, con facciones
cadavéricas le devolvieron la mirada y él la desvió con rapidez.
—Sí. Como dije, en especial después de días largos.
—Vaya. Pues... tiene cierto encanto, debo admitirlo —el
muchacho observó los paneles que rodeaban el techo. Tenían grabados personajes
y animales. Parecía contar una historia, pero la oscuridad no le permitía
seguirla.
—Es tranquilo, tienen buenos tragos y cada quien se
ocupa de sus asuntos.
Ambos quedaron en silencio por unos momentos. Edward
siguió observando sus alrededores y notó una pequeña figura de madera. Representaba
una criatura con orejas puntiagudas, montando un grillo gigante como si de un
caballo se tratara. Una de sus manos estaba extendida al frente, entregando un
regalo invisible a quién sea que se le pusiera en frente. La figura estaba
rodeada de flores y plantas. Un par de velas amarillas formaban parte del curioso
altar. Edward se preguntó como es que no la había notado antes. Estuvo a punto
de comentarlo, cuando la misteriosa voz se hizo presente de nuevo.
—Buena noche, señor Sinister. Perdone la tardanza, estamos
intentando organizar la bodega, pero ya sabe como... ¡Ah! ¡Hola! Disculpe, no
lo había visto señor... —Un hombre corpulento, de barba espesa y rojiza, de
quijada prominente y escasa cabellera observaba con interés al muchacho, quién
apenas notó que estaba siendo observado.
—Blackwells, Edward. Edward Blackwells —repitió con
torpeza.
—Excelente, mucho gusto. No creo haberlo visto por
aquí antes —dijo el hombre, jovial.
—Apenas llegó hace unos días. Es una de nuestras
“nuevas adquisiciones” —bromeó Leonard, quitándole la palabra a Edward, quien
lo miró un poco ofendido.
—Un nuevo miembro de la Sociedad ¿eh? Pues es un gusto
recibirlo aquí, señor Blackwells. No dude en pedir lo que quiera, esta noche va
por la casa —el hombre dio unas palmadas al muchacho y casi lo hizo irse de
espaldas.
—Que amable, muchas gracias —respondió con una sonrisa
tímida.
—Cuanta generosidad, Angus. ¿También lo que yo pida
será cortesía de la casa? —Leonard sonrió.
—Claro ¿por qué no? En honor a nuestro nuevo invitado
—respondió mientras reía —. Me imagino que querrá lo de siempre.
—Ya me conoces. Trae uno para el muchacho también
—indicó.
—Con todo gusto. Reitero mi bienvenida, señor
Blackwells.
—Gracias —dijo Edward.
Angus se retiró y el silencio pareció volver a reinar
el interior de la taberna.
—¿Qué es, con exactitud, “lo de siempre” — preguntó el
muchacho, algo preocupado.
—Tranquilo, chico. Ya verás —respondió el otro, desviando
su atención al techo.
—De acuerdo, seré muy claro con esto Leonard, porque
no quiero que interfiera en el trabajo después —soltó Edward, exasperado, pero
tratando de contenerse —. Tengo la sensación de que me subestimas demasiado.
Está claro que aún no sé muchas cosas. No es fácil ser nuevo en algo. Pero soy
muy capaz. Puedo hacer mucho y con dedicación puedo hacer lo que me proponga.
Así que agradecería que dejaras de verme como un novato incapaz. Y por cierto,
nada de “chico” o “muchacho”, no soy un niño.
Leonard lo miró confundido y se inclinó sobre la mesa
para verlo mejor.
—Vaya ¿De dónde vino todo eso? —inquirió con un dejo
de incredulidad.
—¡Lo ves! Es eso a lo que me refiero. Crees que no
puedo ser asertivo o capaz de decir lo que pienso. Pero está claro que si lo necesito
lo haré.
—Bien, comprendo —Leonard apoyó la frente sobre las
manos entrelazadas —. De acuerdo, quizá sí te he subestimado un poco. Pero es
que nunca he hecho esto ¿si? En muchas formas yo también soy novato. Recuerda
que se lo dije a Grim, no es a lo que me asignaron. Pero, como ya habrás
notado, no puedes razonar con ese hombre.
Edward tuvo el impulso de preguntarle porque las había
tanta fricción entre ellos, pero no quería desviarse del tema. En especial cuando
había logrado derribar ese muro que sentía cuando hablaba con su compañero.
—Tienes razón. Lo lamento, no había pensado en ello.
Pero eso no quiere decir que debas desesperarte cada vez que no logro hacer
algo en el primer intento.
El hombre lo observó, sus ojos emitían algo que no
había percibido antes.
—¿Recuerdas lo que dije sobre tu actitud y que era eso
lo que necesitabas para llevar a cabo tu trabajo?
—Sí, lo recuerdo —respondió Edward.
—Bueno, es justo lo que veo en ti ahora mismo. Alguien
capaz de sobreponerse a los retos que vengan. Así que la próxima vez que te
preocupe que no podrás hacer algo o que es muy complicado, recuerda esta
conversación y el cómo te hace sentir que te subestimen y úsalo.
Ahora fue Edward quien se quedó en silencio. Aquél era
un excelente consejo.
—Disculpen la interrupción. Aquí tienen —Angus depositó
dos tarros gruesos de madera en la mesa—. Espero que sea de su agrado, señor
Blackwells. Disfrútenlo.
—Muchas gracias —respondieron ambos comensales al unísono.
Angus les guiño un ojo y se alejó.
—Y sobre lo demás no tenía idea. De ahora en adelante recordaré
llamarte Edward ¿de acuerdo? —dijo Leonard atrayendo el tarro hacía sí.
—Lo siento, no quise que sonara así. Es sólo que me
hace sentir... pequeño —Algo en la mente de Edward pareció salir a la
superficie, algo que hubiera estado hundido desde siempre. Le vino a la mente
su viejo salón de clases y la sensación de ser diminuto. Pero no logró conectar
la relación.
—¿Estás bien? —inquirió Leonard, al parecer su mirada
se había perdido.
—Sí —respondió, aún ausente.
—En fin, olvidemos todo eso y bebamos. Mañana será un
nuevo día —dijo el hombre y se llevó el tarro a la boca.
—¿Qué fue lo que bebí? —preguntó Edward mirando el
contenido del tarro. Su compañero puso el suyo de nuevo en la mesa.
—No has bebido nada aún.
—Quiero decir, después de ver mi pasado. El Ojo, me dio
a beber algo que me hizo sentir mejor.
—¡Oh! Claro. El agua del lago. Creí que lo olvidarías.
—Acabo de recordarlo. ¿Qué lago?
—Más allá del bosque hay un gran lago, de nombre Áqueron,
cuya agua tiene la propiedad de llevarse los malos recuerdos. Una especie de
“purificación del alma” si así lo quieres ver...
—Pero no debes beber más de ella, pues podrías olvidar
quien eres —dijo Edward recordando lo que el Ojo le había dicho.
—... sí, exacto. Beber de más te hará perder la
memoria. Es lo que le dan a las almas que deciden volver a la Tierra de
Mortales.
—¿Tú la bebiste?
—¿Qué? ¿Porqué lo preguntas?
—Curiosidad.
Leonard desvió la mirada a la chimenea y volvió a
llevarse el tarro a la boca.
—Sí —respondió dubitativo.
—¿Y recuerdas algo de quién eras antes?
El hombre pareció incomodarse con la pregunta. Edward
fingió que no lo notaba e insistió con la mirada. Leonard entonces miró el
fuego de la chimenea.
—Muy poco. Solía viajar y ser libre. Iba a donde
quería cuando quería. Tenía un barco, eso lo recuerdo bien.
—¿Cuánto tiempo llevas en la Sociedad?
—El tiempo deja de importar cuando estás muerto.
Tiempo es todo lo que tienes aquí —en aquel comentario Edward pudo ver que su
compañero era mucho más de lo que aparentaba. Su ojos reflejaban el fuego de la
chimenea, perdidos.
—Lo lamento, no quise...
—¡Bah! Ni lo menciones —espetó Leonard y bebió del
tarro. Ahí estaba de nuevo.
—Sé que no te agrada que pregunte, pero ¿por qué te
desagrada Darkus Grim?
—Después de cómo te trató, ¿me preguntas eso?
—Sé que no fue muy amable, pero tú pareces odiarlo.
—No me gusta que me den ordenes. No soy la clase de
persona que puedes manejar por un capricho. Y tal parece que ha puesto los ojos
en ti por alguna razón. No fui asignado a ser tu asistente sólo porque sí.
Edward quedó pasmado. No había pensado en ello desde
el día que había conocido a Darkus.
—¿Qué crees que sea? —preguntó confuso.
—No tengo idea. Pero te diré algo, Edward. No confío
en ese hombre y tú tampoco deberías —la advertencia hizo que un escalofrío le
recorriera la espalda.
—¡Oh! Pero si era cierto —una voz femenina cruzó la
taberna entera y llegó hasta sus oídos —. Así que tenemos un nuevo habitante en
el pueblo.
—¡Aghna! Gusto en verte —dijo Leonard saludando.
Edward se dio la vuelta para encontrarse con una mujer alta de cuerpo ancho,
envuelta en un vestido largo y con la cabellera contenida en una trenza desaliñada.
—Leonard ¿cómo estás? Angus me dijo que venías
acompañado, pero no le creí. Pensé que era una de sus bromas, ya lo conoces.
La mujer iba acercándose a la mesa con los ojos
clavados en Edward, quien sonrió, ofuscado por la sorpresa.
—¡Hola! Soy Aghna, esposa de Angus. Bienvenido ¿cómo
te llamas? —el rostro de la mujer estaba radiante con una gran sonrisa. Edward
se levantó para presentarse.
—Soy Edward Blackwells, señora. Un placer —hizo una
pequeña reverencia.
—Pero si es todo un caballero. Tal vez puedas
enseñarle algunos modales a tu amigo —dijo guiñándole un ojo a Leonard.
—Bueno, no todos podemos ser caballeros, querida —dijo
Leonard sonriendo.
—¡Ja! Tú nunca cambiarás. Así que ¿cuánto tiempo
llevas aquí? —dijo Aghna acercando un banco a su mesa.
—Llegue hace un par de días —respondió Edward.
—Que gusto ¿Y cómo te han tratado hasta ahora? ¿Todo
va bien?
—No puedo quejarme. Me dieron un departamento y un
trabajo, todo el mismo día.
Aghna rió.
—Eso está muy bien. ¿Ya visitaste el pueblo? Es lindo,
¿Verdad?
—No he tenido la oportunidad.
—Vaya, debes hacerlo. Vas a encontrar muchos lugares
interesantes. Pero ninguno como nuestra taberna. Este lugar es único.
—Hablando de eso, ¿Qué estás cocinando ahí? —inquirió
Leonard señalando con la cabeza el caldero que llenaba de vapor el lugar.
—Es uno de los experimentos de Angus, ya sabes como
es. Y mira como dejó todo. Le advertí que no lo hiciera, pero el día que ese
hombre me escuche...
Un estruendo de cosas metálicas y vidrio estrellándose
llegó desde detrás de la barra. Varios de los comensales miraron para ver que
lo había provocado.
—¡Aghna! ¡Ven aquí! ¡Ayúdame con esto! —resonó la voz
de Angus por la taberna.
—Ves lo que te digo. Que los dioses me den paciencia.
¡Ya voy! —la mujer miró de nuevo a Edward —. Fue un placer conocerte, espero
que vengas a visitarnos más seguido y cualquier cosa que necesites no dudes en
pedirla ¿de acuerdo?
—Se lo agradezco, madame.
Eso haré.
—Eres un encanto. Nos veremos mañana Leonard. Tengan
una excelente noche.
—¡Aghna! Ven acá o perderemos más vasos.
—¡Que se pierdan! Conseguimos más —dijo la mujer exasperada.
—Suerte con eso —se burló Leonard.
Ella rió, luego se fue perdiendo entre las mesas y las
cabezas de los asistentes curiosos.
—Bueno Edward, ya es hora de irnos —Leonard se dio
cuenta de que el tarro de su compañero seguía lleno—. Pero si ni siquiera la
has probado.
Edward miró el contenido, era viscoso y se colgaba de
los bordes. El color marrón del mismo no le ayudaba en nada.
—¿Qué... es esto?
—Dale un trago, prometo que no te pasará nada.
Se llevó el tarro a la boca y sintió la espesura. Más
que líquido parecía una pasta extraña. El sabor era amargo. Intentó tragarlo
con dificultad. Un ardor le recorrió todo el trayecto desde la garganta hasta
la boca del estómago. Tosió ruidosamente y dejó el tarro sobre la mesa.
—¿Ahora sí vas a decirme que es? —dijo Edward, apenas
pudiendo pronunciar algo.
—Veneno de araña.
El muchacho sintió la cosa volver por su garganta. Iba
a devolverla, pero decidió tragárselo por segunda vez en lugar de hacer un
espectáculo de sí mismo.
—¡¿Qué?!
—Bueno, no es tal cual veneno. Lo mezclan con otras
cosas... En realidad no estoy seguro de qué sea —dijo Leonard tomando el tarro
y bebiéndose el contenido —. Ahora vámonos.
Edward fue detrás de él intentando no vomitar. El
vapor del caldero no mejoraba la situación. Una vez fuera tomó una bocanada de
aire fresco y las nauseas se detuvieron de inmediato.
—Debí preguntarlo primero —dijo, aún mareado.
—Sí, pero de haberte dicho te habrías negado a
probarlo.
—Podría haber probado el tuyo.
—Eso ya no importa. Vamos a casa.
Leonard se acercó a la calle donde aún circulaban
algunos carruajes e hizo una seña a uno de ellos. Pronto estaban en el aire una
vez más. Con la conmoción del veneno, Edward ni siquiera sintió el viaje.
—Llegamos —anunció Leonard.
—Excelente. Entonces nos veremos mañana —dijo Edward
extendiéndole una mano.
—¡Oh, es verdad! No te lo dije. Mañana tienes el día
libre.
—Entiendo... ¿Y qué se supone que debo hacer?
—Yo aprovecharía para explorar el pueblo. Tienes un
mapa ¿no?
—Sí.
—El centro es un buen lugar para comenzar. En el mapa
hay unas notas extra para que sepas como tomar el tren o un carruaje. Toma,
esto te facilitará las cosas.
Leonard le entregó un saco de piel que tintineaba con
el movimiento.
—Puedes pagar con eso. Una moneda por carruaje, dos
por un boleto de tren. Lo demás puedes preguntarlo a dónde sea que vayas.
—No, no puedo aceptarlo —dijo él devolviendo el dinero
a su compañero.
—¿De que hablas? Es tu primer pago.
—Oh, eso cambia las cosas —guardó el saco en su
bolsillo y volvió a extender la mano.
—Muchas gracias por todo, Leonard. Ten una buena
noche.
—Sí, igual para ti. Oye y otra cosa. No vayas a contar
a nadie nada de lo que te dije ¿de acuerdo?
—¿A quién se lo contaría?
—Eso es. Nos vemos pasado mañana, misma hora en el
salón de casilleros.
—De acuerdo. Hasta entonces.
Edward bajó del carruaje, se despidió del caballo cuyo
nombre no supo y espero a que éste despegara y se perdiera en la oscuridad de
la noche.
Subió al departamento, se quitó los zapatos y notó por
fin lo exhausto que estaba.
Bebió un vaso de agua para quitarse el horrendo sabor
del veneno y se llevó el mapa del pueblo a la cama, donde lo estudió con
detenimiento hasta quedarse dormido.
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