jueves, 14 de julio de 2016

2- La Mansión

Las bisagras de la puerta chillaron como si nadie la hubiera tocado desde hacía mil años. Lo primero que vio fue un gran muro de roca gris. Quedó perplejo ante tal visión y se asomó por el umbral. El muro apenas dejaba que la puerta se abriera lo suficiente para que Edward pudiera pasar. Cuando la cerró se dio cuenta de que estaba hábilmente disimulada con el viejo tronco, como si de un pasaje secreto se tratase. Dio la vuelta al tronco y se encontró con un gran jardín, algo descuidado a su parecer. El pasto no había sido podado en algún tiempo y observó que las flores parecían estar marchitas o, en una inspección más cercana, quizá solamente habían perdido parte de su color, pero seguían vivas. Aunque Edward no era experto en botánica, podía asegurar que jamás había visto flores tan extrañas. La pieza central del jardín era un elegante y pequeño invernadero (que tenía más apariencia de quiosco a su parecer). En su interior crecía un rosal y aquellas eran las únicas flores en todo el jardín que parecían haber conservado su color original. Miró sobre el muro de piedra que rodeaba todo el jardín. Más allá, en el lienzo oscuro del cielo nocturno, asomaba entre la neblina la silueta de una casa, o quizá un castillo, no podía estar completamente seguro. Solamente supo que el gran orbe plateado, que lo había seguido desde que inició su recorrido en el bosque, parecía asomarse tímidamente por detrás de la misteriosa construcción.

—Buenas noches —dijo una voz grave y rasposa detrás de Edward. Se sobresaltó como si aquellas palabras fueran agua helada que le hubieran lanzado sin ningún aviso. Se llevó una instintiva mano al corazón y miró detrás suyo con gran recelo. Un hombre, parado a unos metros de él como en espera de algo, le devolvía la mirada con ojos agotados. Los grandes círculos oscuros que tenían alrededor evidenciaban una severa falta de sueño. Sin embargo lo más peculiar del individuo era su atuendo, pues llevaba una gabardina oscura y larga. Edward hubiera pensado que se trataba de un magistrado de no ser por el aspecto desaliñado del hombre.
­—Buenas no… —respondió Edward.
—¿Es usted el señor Edward Blackwells?
—Pues…sí, así es, ¿Cómo es que sabe...
—Sígame, por favor —indicó el hombre y echó la cabeza hacia atrás, reiterando su indicación. Comenzó a caminar rápido hacia la salida del jardín. Edward lo siguió.
—Disculpe el retraso, pero hubo algún error en la lista y su registro jamás apareció, por eso no enviamos a nadie a buscarlo. Debe saber que estas cosas no pasan usualmente —miró el pergamino que llevaba en la mano y arqueó una ceja —. Vaya, aquí dice que llegó algo temprano. De hecho parece que llegó mucho antes de la fecha en la que lo esperábamos. —Su voz no abandonaba el tono aburrido con el que había iniciado. Al parecer toda aquella situación le resultaba rutinaria.
—¿Me estaban esperando? —preguntó Edward muy confundido, tratando de no perderle el paso.
—¡Pues claro que lo estábamos esperando!, como a todos —respondió algo frustrado
—¿A quién se refiere con todos?
—¡A todo el mundo! —dijo el sujeto, visiblemente exaltado.
—Pero no lo comprendo, ¿qué retraso? ¿Por qué habrían de ir a buscarme? ¿Acaso hice algo malo? —Edward tenía que dar pasos muy grandes para alcanzar al hombre, quien se detuvo en seco.
—Oh vaya... no lo sabe ¿cierto? —le dijo el sujeto, dándose la vuelta lentamente. Su mirada y tono de voz de pronto adquirieron una seriedad espectral, que nada tenía que ver con su actitud previa.
—¡¿Saber qué?! —dijo Edward casi gritando.
—Usted está muerto —sentenció, cerrando el pergamino que llevaba en la mano.
Y así, sin ningún aviso previo, sin llamadas de atención o advertencia alguna, Edward Blackwells supo que era cierto, había muerto. ¿Cómo? No lo recordaba, a pesar de que lo intentó. Pero era verdad, como el extraño dato breve del número de hojas en el árbol de su visión, una visión que parecía haber tenido hace mil años. Así de sencillo, estaba muerto y no había más que decir al respecto.
Mientras él trataba de digerir este súbito hecho, el hombre continuó su discurso:
—Ha llegado a la Tierra de Muerte, aunque seguro usted debe tener otro nombre para ella. El inframundo, purgatorio, el más allá... todos son el mismo sitio. —Miró a Edward, quién se había quedado petrificado con la mirada perdida. —¡Oh! por favor no se sienta mal, no es el único que ha pasado por esto, ni lo será... y sí lo hace sentir mejor, no es el único que no lo sabía —agregó al ver el rostro del muchacho, después continúo con su camino, pero Edward no lo siguió.
A pesar de que todo apuntaba al mismo fin, estaba tratando de juntar sus ideas para saber que no se estaba volviendo loco. No podía aceptarlo simplemente porque sí, su mente podía estarle jugando una broma cruel y extraña. Quizá aún estaba tendido en el bosque y no lograba despertar. Quizá ni siquiera había bosque, tal vez se había quedado profundamente dormido mientras leía algo y aquello no estaba sucediendo realmente.
De pronto todo tenía sentido, como si lo hubiera sabido todo el tiempo pero las piezas de aquel rompecabezas flotaran sin unirse. Al principio la noticia le había sorprendido, pero ahora parecía algo muy lógico. En su interior lo había aceptado, claro que estaba muerto, era muy obvio. ¿Era un sueño? Por supuesto que no, era demasiado real, tangible, sentía el viento frío en su piel y el piso debajo de él. En sus sueños solía flotar y todo parecía ser un fantasma de lo que veía cuando estaba despierto, pero esto era distinto. Era como si hubiera decidido estirar la mano ante un espejo y su reflejo le diera la mano de vuelta, aquel reflejo intangible, pero inevitablemente real. Durante años había leído innumerables historias de fantasmas y apariciones, quizá ahora estaba en una, la suya.
—No quiero molestarlo, pero en verdad necesito que me siga —dijo el sujeto con un tono mucho más comprensivo. Edward continuó caminando detrás de él, aún con la mente en otro lado.
—¿Cómo sucedió? —Las palabras le resonaron en la cabeza como si vinieran del exterior.
—Eso no lo se —respondió el hombre con solemnidad —. Estoy seguro de que si se concentra podrá recordarlo.
Edward cerró los ojos. Primero pensó en el bosque y cómo había aparecido ahí sin ninguna explicación. ¿Pero qué sucedió antes?, antes de la extraña visión que había tenido. Se vio a sí mismo tirado en el bosque, era obvio que había caído, ¿por qué había caído?. Sintió un ligero escozor en la espalda, seguido de un zumbido distante. ¡BUM! Un disparo y un agudo dolor, como si algo lo hubiera mordido con fuerza, algo diminuto.
Ese maldito... él lo hizo pensó y abrió los ojos con furia.
—¡Él lo hizo! ¡Él me mató! —dijo furioso. Sin realmente pensar en lo que hacía, se dio la vuelta y descubrió que estaba a la mitad de un largo puente de piedra. Comenzó a caminar en dirección al jardín.
—¡Oiga! ¡Vuelva aquí! —El hombre corrió tras de él y se puso enfrente para detenerlo.
—¡Apártese! —dijo con la sangre hirviéndole.
—Ya se lo dije, no puede hacer nada, ¡está muerto!
—¡Le dije que se aparte! —Edward empujó al hombre pero éste probó ser más fuerte y le devolvió el empujón, derribando al muchacho limpiamente.
—Oiga lo siento, pero me tiene que escuchar. Se acabó, no puede hacer nada al respecto. Pero le prometo que si viene conmigo obtendrá las respuestas a todas sus preguntas. —El hombre le tendió la mano. Edward parecía reflexivo una vez más.
—Lo lamento —dijo después de unos segundos en voz muy baja sin levantar la mirada.
—No se preocupe, ahora levántese o nos quedaremos aquí hasta el amanecer. —Volvió a extender su mano en señal de ayuda y Edward la aceptó esta vez. Continuaron el camino por el puente de piedra.
—¿De verdad no hay algo que pueda hacer? —insistió Edward después de unos momentos de más reflexión.
—Vaya que es testarudo, amigo —le dijo con cierta incredulidad el hombre —. Así es la muerte, inesperada, un momento estás, al siguiente ya no. Nunca sabes como o cuando sucederá. Puede ser pasiva para alguno, para otros no tanto. Yo me consideraría afortunado, ya que veo que no fue doloroso para usted, al menos físicamente.
—¿Y usted que sabe de eso? —dijo Edward molesto. «Usted no tiene ni idea, no estuvo ahí cuando sucedió».
—Sé que no luce como las victimas de un horrible accidente —dijo con calma como si se tratara de una conversación casual mientras tomaban el té —. Llegan aquí llenas de heridas, destrozados, huesos rotos, esa clase de cosas. Eventualmente se arreglan, pero en el momento es un fastidio, créame.
—¿Qué pasará con lo que dejé atrás? —preguntó, en un esfuerzo por cambiar el tema.
—Sabe, no entiendo por qué las personas no pueden simplemente aceptarlo y seguir adelante ­—dijo irritado —. Su otra vida se acabó, es hora de comenzar una nueva. Eso es lo que debería preocuparle ahora.
Ambos se quedaron en silencio y el hombre pareció darse cuenta de que estaba siendo un poco insensible al respecto. Se detuvo y puso una mano en el hombro del muchacho.
—Escuche, soy muy malo para los sentimientos y me disculpo por eso. Pero le aseguro que vivir en el pasado no le hará ningún bien. No se preocupe, de este lado no la pasará mal.
Edward sintió una repentina simpatía por el sujeto. Sus rasgos duros, el bigote y la barba que le sombreaban ligeramente el contorno de la boca le conferían cierta sabiduría y el muchacho pudo adivinar que estaría cerca de los 33 o 35 años.
—Siempre pensé que cuando uno moría se volvía transparente y arrastraba cadenas asustando a los vivos de vez en cuando —dijo Edward desanimado. Repentinamente le pareció que aquél había sido un comentario impropiamente ligero para la situación y, sin embargo, tenía mucho que ver.
—¿Qué le hizo pensar eso?
—Lo leí en un cuento de Dickens.
—Vaya, no conozco a tal personaje, pero le aseguro que no está tan equivocado al respecto.
—¿A qué se refiere? —preguntó Edward algo intranquilo.
—Calma, amigo. De ser necesario se lo explicaré después.
Así, continuaron el resto del camino en silencio.

No tardaron en llegar al final del puente, donde les esperaba el misterioso edificio. Sus altos muros de piedra se alzaban imponentes, iluminados por la luz tenue que asomaba detrás de pequeñas y alargadas ventanas. Una torre crecía entre tejados oscuros, como tratando de alcanzar el cielo, donde se extendía algo que Edward no había visto desde el jardín: Entre nubes se abría paso un halo de luz verdosa y en su interior un extraño vapor formaba un enorme espiral del que salían pequeñas sombras. Aquellas sombras se introducían en las numerosas ventanas que coronaban el tejado de la torre. Sus observaciones fueron abruptamente interrumpidas cuando lo que parecía ser un ave gigantesca pasó volando sobre sus cabezas para luego desaparecer detrás de uno de los tejados. Edward quedó impactado con aquella majestuosa visión y se percató de que no se trataba de un ave, sino de un hermoso corcel alado, algo que jamás hubiera imaginado ver más allá de las ilustraciones de un viejo libro de cuentos que tenía en su niñez. De pronto la idea de montar una de esas formidables criaturas le resultaba extrañamente reconfortante.
—Bienvenido a la mansión de las almas —dijo el sujeto señalando ceremoniosamente el lugar.
Edward sintió que debía decir algo, pero seguía demasiado impactado por lo que veía y no pudo hacer más que abrir la boca por unos segundos y volverla a cerrar.
Después de un breve trecho llegaron a la entrada. Una escalera de poca altura los esperaba. A los costados, a manera de guardianes, se alzaban dos estatuas; figuras altas envueltas en telas delgadas que resaltaban sus esqueléticos cuerpos y con el rostro oculto. La figura de la derecha sostenía una balanza, su contraparte una guadaña. Formaban un arco de entrada sosteniendo un reloj de arena con manos huesudas de pálido mármol. Al pasar entre ellas Edward sintió un escalofrío, casi aseguraba que lo seguían con la mirada y, después de ver los caballos alados, dudaba que no fuera así.
Una gran puerta doble les esperaban al final de la escalera y empotrado en el dintel, la cabeza de un feroz dragón que parecía estar dormido. A los costados de la puerta colgaban banderines con el escudo que Edward había visto en la entrada secreta del árbol. También notó una inusual carencia de perillas y cerrojos.
El hombre tocó la puerta usando la elegante aldaba. La bestia despertó, penetrando la oscuridad con el espectral brillo de sus amarillentos ojos. Un vapor ligero comenzó a emanar de sus fosas nasales.
—Identifíquese —ordenó con voz grave.
—Leonard Sinister, departamento de listas y mensajería... y aparentemente guía temporal —respondió con un dejo de sarcasmo.
—¿Quién lo acompaña? —preguntó el dragón, clavando la mirada en el muchacho.
—Edward Blackwells, alma perdida, debo llevarlo ante el ojo.
   —Bienvenido señor Sinister, bienvenido señor Blackwells —respondió mientras las puertas se abrían. Pero Edward no lo notó, pues miraba al dragón con gran interés e intriga, preguntándose si podría resistir lo que viniera, sin comenzar a cuestionarse su cordura.

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